Cubanálisis El Think-Tank

           ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

   

Dr. Eugenio Yáñez, Estados Unidos

 

 

 

 El silencio de los castristas 
 

Han pasado casi tres meses desde las elecciones presidenciales en Estados Unidos, y más de dos semanas desde que Donald Trump asumiera su cargo como cuadragésimo quinto presidente de esta gran nación, y resulta significativo el silencio que se mantiene en La Habana con relación al nuevo mandatario.
 
Dicen ciertos despistados -algunos de ellos que hasta se venden como profundos analistas e intelectuales de peso- que eso se debe a que los castristas tienen mucho miedo, y que no saben cómo enfrentarse al nuevo presidente. Tales despistados son los mismos que consideran, y repiten sin siquiera sonrojarse, que Donald Trump es un incapaz que actúa de manera impulsiva y sin pensar en lo que hace, y que eso tiene al régimen en ascuas. Casualmente, muchos de ellos fueron los que nos aseguraron que era “imposible” que Trump ganara las elecciones.
 
Ninguno de esos supuestos analistas se detiene a reflexionar -sería mucho pedirles cuando tienen la mente obnubilada con tanta frustración- cómo es posible que cualquier persona, siendo incapaz e impulsiva y que actúa sin pensar, pueda convertirse en multimillonario y en presidente de la nación más poderosa del planeta, después de vencer en elecciones primarias a otros dieciséis candidatos de su propio partido Republicano, y posteriormente a la candidata del partido Demócrata, que contaba además con todo el apoyo de los medios masivos de comunicación. Y a eso hay que añadirle que el nuevo presidente lo logró teniendo a buena parte de su propio partido resistiéndose a aceptar la realidad de que el contendiente Donald Trump sería el candidato porque así lo habían decidido los votantes en las elecciones primarias.
 
Entonces, sería bueno dejar de hablar tantas insensateces y tomarse las cosas en serio: siendo una persona incapaz, impulsiva, y que actúa sin pensar, y además sin ningún sentido de la decencia, la moral y la ética, se puede llegar a dictadorzuelo de cualquier república bananera latinoamericana o africana, como Cuba, Venezuela, Nicaragua, Bolivia, Zimbabwe, Guinea Ecuatorial, Somalia o Sudán, e incluso auto asignarse rimbombantes grados como Comandante en Jefe con carácter vitalicio, Generalísimo, Mariscal, o proclamarse Emperador, pero no se puede llegar a Presidente de los Estados Unidos. Así de sencillo.
 
Y tal vez los despistados no entiendan eso, pero de seguro los que en La Habana piensan desde las posiciones del poder -que aunque no sean demasiados son personas analíticas, capaces, frías y reflexivas- sí que lo saben perfectamente. Y en sus definiciones del “enemigo” y en los procesos de apreciación de la situación y de cálculos de correlación de fuerzas y medios y de definición de las situaciones operativas, no permiten que la burda propaganda partidista con la que se embrutece a la población cubana influya sobre sus mentes y análisis, o que encamine sus conclusiones hacia terrenos equivocados bajo las emociones del “antiimperialismo consecuente” o del “espíritu de Baraguá”, conceptos jurásicos que ya no tienen la más mínima importancia para un régimen sin ideología y un gobierno al que solo le interesa mantenerse en el poder el mayor tiempo posible.
 
El discutible “legado” de Barack Obama en el tema cubano
 
¿Qué está sucediendo entonces? Como la profesión de adivino no resulta demasiado rentable ni respetada en el mundo político contemporáneo, fundamentalmente porque no hay manera alguna de adivinar el futuro, lo más sensato que se puede intentar es tratar de analizar lo más fríamente posibles cuáles serían los diversos escenarios que se podrían estar produciendo, y por qué.
 
Así podemos entender, por ejemplo, por qué el energúmeno impuesto por los hermanos Castro como procónsul en la colonia venezolana, se desgañita en Caracas insultando al ya expresidente Barack Obama y acusándole por todos los males y desgracias de su país, lo cual no sirve absolutamente para nada más que para justificar su propia ineptitud y la absoluta corrupción de todos sus funcionarios “chavistas”, pero sin embargo tiene mucho cuidado de no tocar al nuevo presidente Donald Trump ni con el pétalo de una rosa. Eso solamente puede hacerlo el intelectualmente limitado dice que presidente venezolano con la orden o el visto bueno de La Habana, y hay que verlo entonces como un globo de ensayo o una sonda exploratoria, y no como una posición firme y definida para enfrentarse al “imperio”.
 
Indudablemente, la victoria de Donald Trump en las elecciones presidenciales resultó algo inesperado tanto para Barack Obama como para Hillary Clinton, aunque no para Raúl Castro y su pandilla. Aparentemente, el establishment en Washington ni siquiera había contemplado seriamente ese escenario como posible, aunque lo consideraran muy improbable. De manera que los resultados electorales descolocaron completamente a la Casa Blanca y sus planes de continuidad política con respecto a La Habana, que deberían ser completados por la señora Clinton.
 
Ante ese descalabro, el presidente Obama decidió que en los dos meses que le quedaban como “pato cojo” (lame duck) hasta que entregara el poder a su sucesor, debería intentar concretar al máximo posible todos los proyectos de “deshielo” que estaban en cartera, algunos conocidos públicamente y otros no, siempre obsesionado porque el supuesto “legado” suyo sobre el tema cubano no pudiera ser abortado por la nueva administración, sobre todo cuando sabía que otros muchos de sus “legados” ya estaban en capilla ardiente aun desde antes de las elecciones presidenciales.
 
De manera que envió a la carrera a su cargabates predilecto, el señor Ben Rhodes, uno de sus asesores para la seguridad nacional, supuestamente un “experto” en temas cubanos, pero que si lo sueltan en las calles 23 y 12 y le piden que llegue hasta el Palacio de la Revolución sin utilizar un GPS, un mapa, o preguntarle a los transeúntes, quizás no logre avanzar más allá del Cementerio de Colón. La tarea de Rhodes fue coordinar apresuradamente con el régimen y finiquitar la mayor cantidad de temas pendientes o incluso en fases muy tempranas de desarrollo, con la intención de que el nuevo Presidente tuviera las manos amarradas lo más posible y se le dificultara echar abajo tales decisiones cuando se hiciera cargo de la Oficina Oval.
 
En términos morales y políticos, será la historia quien tendrá que juzgar y valorar las acciones del presidente Obama hacia el castrismo, y hasta dónde su estrategia de hacer concesiones sin solicitar nada -o casi nada- a cambio valió la pena y resultó útil para los Estados Unidos de América, que sería la primera obligación de cualquier presidente de esta gran nación. Pero también, y en segundo lugar, dictaminará hasta qué punto esas concesiones al régimen fueron, en última instancia, desfavorables para el martirizado pueblo cubano, que debería ser el beneficiario del sólido apoyo moral que siempre han representado los valores de la nación americana sobre la libertad, la democracia y los derechos de todos los seres humanos a la vida, la felicidad y la prosperidad.
 
Valores que, aparentemente, en su desespero por consolidar un endeble y discutible “legado”, el presidente Obama lanzó por la borda -aunque continuamente hablara tratando de sugerir lo contrario y refiriéndose a los “avances” (¿?) que se lograban a favor de la población- para dedicarse a consolidar la dictadura y garantizar la “estabilidad” en la isla, y cuyo patético acto final, a solamente unos pocos días de dejar la presidencia, fue la eliminación de la directiva “pies secos/pies mojados” y el programa de “parole” para los médicos y trabajadores de la salud que abandonaran las misiones “internacionalistas. Una orden ejecutiva que como presidente tenía todo el derecho a hacer, pero que fue aplicada in extremis incluso ignorando a los profesionales de la salud que ya estaban en trámites desde hacía meses, y que si todavía no habían llegado a Estados Unidos era simplemente porque su administración no realizó los trámites como correspondía hacer. Afortunadamente, tal ignominia ha ya sido enmendada y los médicos que habían solicitado el “parole” antes de la directiva de Obama comenzarán a llegar próximamente a EEUU.
 
No se puede olvidar que aunque la orden fuera absolutamente legal, y su precipitada aprobación fuera bien recibida en La Habana, la triste realidad es que dejaba “colgados de la brocha” a todos los cubanos que estaban en camino hacia este país cuando se firmó la orden por parte del presidente saliente, desde los que aun se encuentran en territorio suramericano hasta los que ya estaban incluso en los puntos fronterizos para entrar a Estados Unidos desde territorio mexicano. ¿Podría haberlo hecho mejor o más apropiadamente? La respuesta no es nada sencilla, pero hubiera bastado que en vez de hacer efectiva inmediatamente su directiva la hubiera puesto en efecto al menos con un mínimo de tiempo para que los que ya tocaban territorio americano hubieran podido culminar sus trámites.
 
¿Cuáles escenarios se podrían estar considerando en La Habana?
 
Sin embargo, a pesar de los esfuerzos de Obama para consolidar su discutible “legado” en el tema cubano, como tal esperpento ha sido montado sobre bases tan raquíticas y tan discutiblemente morales, resulta algo que pudiera ser muy seriamente cuestionado, rectificado, eliminado o modificado por la nueva administración, protegiendo los intereses de Estados Unidos, pero sin hacer innecesarias concesiones al castrismo. De hecho, al cumplirse dos semanas de la asunción del cargo por Donald Trump, su vocero anunció en conferencia de prensa que se estaba realizando una profunda revisión de “todas las políticas de EEUU hacia Cuba”. Es decir, hacia el régimen.
 
Veamos un hipotético ejemplo de posibles acciones que la actual administración pudiera acometer, y que podrían recibir absoluto apoyo bipartidista y de la población. Bastaría que Washington exigiera a La Habana la devolución de los delincuentes americanos fugitivos y protegidos por el gobierno cubano en la isla, con la clara advertencia que de no materializarse este pedido se comenzarían a recortar ventajas que la anterior administración había concedido unilateralmente, como podría ser reconsiderar la eliminación de Cuba de la lista de países patrocinadores del terrorismo (con todas las implicaciones de carácter financiero que ello implicaría contra el régimen), o reducir las categorías de americanos autorizados a viajar a Cuba, para que el endeble “legado” de Obama comenzase a resquebrajarse.
 
Porque en un caso como en el mencionado el régimen ni siquiera podría alegar que se trata de una intromisión en los “asuntos internos” cubanos, recurso tan manido como el de la “soberanía nacional”, como es típico en todas las dictaduras cada vez que tienen que enfrentarse a la presión internacional a causa de sus desmanes.
 
El silencio de La Habana hasta el momento no hay que interpretarlo entonces como temores ante la nueva administración, ni tampoco como incertidumbre, sino sería mucho más apropiado verlo como compás de espera, las fases que los militares llaman de apreciación de la situación y de reconocimiento del terreno, con el objetivo de definir suficientes “variantes” para enfrentarse a lo que pueda traer “el enemigo”. En un mundo civil y más sofisticado en el lenguaje -aunque no necesariamente en resultados- se trataría de la elaboración de matrices de análisis de las debilidades, amenazas, fortalezas y oportunidades, así como de escenarios y estrategias para diferentes situaciones, en función de lo que se hubiera definido como la “misión” y la “visión” de una organización, que en este caso sería el régimen cubano.
 
Otro factor que La Habana estaría considerando sería la relativa fortaleza de la nueva presidencia en el plano interno y sus posibilidades de presionar a la dictadura en dependencia de los diferentes escenarios. Los castristas pensantes -que no son todos los castristas ni mucho menos, pero que no tienen nada que ver con los papagayos oficiales a la hora de realizar sus análisis estratégicos- han estado ya desde antes de las elecciones recabando toda la información posible sobre Donald Trump y su personalidad, en un intento de definir el más exacto perfil psicológico posible del Presidente. De la misma manera que lo deben estar haciendo ahora apresuradamente, cuando ya se sabe quiénes son, con relación a sus asesores principales que pudieran tener que ver con las relaciones con el régimen, como los secretarios de Estado, de Seguridad Nacional, de Defensa, del Tesoro, y los jefes de las principales instituciones de inteligencia del país.
 
La apuesta por la ingobernabilidad o el impeachment
 
Y además, en La Habana ya se han dado cuenta claramente que la estrategia demostrada por un sector del establishment, el de la parte más recalcitrante del Partido Demócrata, el más timorato o rencoroso de los Republicanos, y el de lo más escandaloso de la izquierda intransigente y oportunista que forma la minoría vocinglera, incendiaria y vandálica que se enfrenta a la mayoría silenciosa que respeta las leyes y las reglas del juego, están apostando con todos sus recursos a la deslegitimación del Presidente, con el absurdo pretexto de que Hillary Clinton ganó el voto popular -lo cual no le sirve de nada en el incuestionablemente sólido sistema electoral americano que otorga la presidencia por la cantidad de votos electorales recibidos, no por la de votos populares- por lo que el castrismo se mantiene a la expectativa con razonable interés en esperar para ver cómo se desarrollan los acontecimientos.
 
Porque Raúl Castro y sus más vetustos colaboradores “históricos” -que cada vez van siendo menos- recuerdan perfectamente -y eso les enseñó sabiamente Fidel Castro- que en el mundo occidental de los años sesenta y setenta del siglo pasado, la guerra de Vietnam no se perdió en los campos de batalla de Indochina sino en las ciudades americanas, con las Jane “Hanoi” Fonda y comparsa apoyando abierta y cínicamente a los vietnamitas, mientras hippies, desarraigados y todos los antisistema y renegados del país insultaban y agredían a los soldados americanos que regresaban a casa después de combatir en el sudeste asiático, llamándolos “baby killers”.
 
Un legítimo sentimiento de rechazo a la guerra en Vietnam, por las razones que fueran, y que se expresaba de acuerdo a las más sagradas tradiciones americanas en los marcos de la ley y el orden, fue secuestrado por pandillas de alborotadores y delincuentes que se adjudicaron la representación del país y de “el pueblo”. Y que se ganaron “corazones y mentes” de una parte de la población, frustrada y obnubilada, que le dio la espalda a sus líderes cívicos y políticos y a sus instituciones tradicionales para apoyar cualquier cosa en abstracto que proclamaran los vándalos, aunque en no pocas ocasiones no se supiera exactamente ni de qué se trataba.
 
En aquellos tiempos de “hagamos el amor y no la guerra”, de “contraculturas” y de “queremos promesas, no realidades”, muchos de los escandalosos que mantenían conductas vandálicas mientras tuvieran suficiente marihuana para consumir y pudieran vivir o malvivir sin tener que esforzarse demasiado, sabían que cualquier consigna que imaginaran y expresaran sería bienvenida si era en contra “sistema”, ya fuera en París 1968, Washington 1969, Universidad de Kent 1970, Chicago 1971 o New York 1972. Y la comprensión de esos acontecimientos no se debe desechar ni olvidar en estos tensos momentos. O al menos así podrían estar pensando en La Habana quienes elaboran y proponen las estrategias internacionales, si siguen razonando como lo hacían y han hecho habitualmente.
 
También estarían en La Habana observando con atención la apuesta de una parte de los enfurecidos más radicales y escandalosos al impeachment contra Donald Trump para intentar sacarlo de la presidencia, aunque sea tan malintencionada como absurda, porque en la medida que el presidente cumpla con las leyes no tiene la más mínima importancia si a sus opositores les resulta simpático o no el gobernante, y  afortunadamente en Washington no suceden cosas de ese tipo, como podrían suceder en el Quito de Rafael Correa, la Buenos Aires de Cristina Kirchner o la Brasilia de Dilma Rouseff, a pesar de que muchas instituciones y conductas morales en Estados Unidos se debilitaron demasiado tras ocho años de un excesivo abuso de lo “políticamente correcto”. Por lo tanto, la presión de un hipotético impeachment no deja de ser un factor que pretende distraer la atención del presidente de asuntos verdaderamente estratégicos, y el régimen castrista no debe ser ajeno a estos razonamientos.
 
El régimen trata de blindarse… hasta donde pueda
 
Por otra parte, hay que darse cuenta de que el régimen no ha modificado -al menos en el aspecto público- ni su política ni su conducta. Se mantiene y se incrementa la represión contra todo vestigio de oposición, y no se conceden espacios importantes de ningún tipo a quienes piensen diferente a la línea oficial, aunque se trate de “revolucionarios”, ni en los campos de la cultura, la educación ni el periodismo.
 
Lo único “diferente” en el lenguaje oficial de los últimos tiempos fue que Miguel Díaz-Canel, hipotético heredero del gobierno castrista -aunque no necesariamente del poder castrista- en una de sus insulsas y aburridas conversaciones con jóvenes -¿universitarios, artistas, trabajadores, estudiantes?- para inculcarles la cantaleta oficial de siempre sobre los valores y el legado “revolucionario”. El matiz que introdujo este advenedizo a la cúpula del régimen es que hizo referencia al “adversario” en vez de al “enemigo”. Y eso, hasta donde se recuerde, no había sucedido nunca. Como para analizar en serio no se puede creer en la casualidad, habrá que esperar para comprobar si se trató simplemente de un desliz oratorio del personaje -un lapsus mentis le gusta decir a los castristas- o un cambio conciente en el lenguaje, y más que todo en el mensaje.
 
Mientras tanto la economía no mejora, algo que ni siquiera la más autista propaganda castrista puede ignorar, casi nadie en el país se toma en serio lo que puedan decir los noticieros de la televisión oficial o los escasos periódicos y revistas que todavía circulan. Y la coacción, represión, y arbitrariedades contra los trabajadores por cuenta propia y las cooperativas agropecuarias y no agropecuarias, lejos de disminuir, se incrementa y expande, en un absurdo intento por impedir el funcionamiento y resultados del sector de la economía que mejor funciona en el país. En esta edición de Cubanálisis se publican varios artículos sobre este tema.
 
Porque la tristemente célebre “empresa estatal socialista”, que programáticamente debería ser la columna vertebral de la economía castrista, lo único que ha mostrado recientemente es un colosal nivel de ineficiencias, descontrol y pérdidas, como se demostró en una información hecha pública recientemente sobre los resultados de actuaciones de auditoría por parte de la Contraloría General de la República, que a pesar de lo rimbombante del nombre de la institución y del lenguaje tan eufemístico y diversionista de toda la prensa oficial, no se puede desconocer.
 
Las inversiones extranjeras, por su parte, tan cacareadas y tan publicitadas en esas “carteras de inversiones” que los funcionarios del régimen muestran repitiendo como cacatúas sus supuestas bondades, no logran materializarse. En parte por el enrevesado sistema “legal” cubano, que no asegura imparcialidad ni ofrece garantías para nadie, y en parte por la enorme parafernalia de disposiciones y reglamentaciones establecidas por el régimen para su concreción, a lo que suma la proverbial ineptitud de muchos de sus funcionarios, que ocupan cargos decisores más por su “lealtad” que por su capacidad.
 
Sin resultados concretos que mostrar, cuando ya las promesas no emocionan ni a los más crédulos, y con una ideología en bancarrota incapaz de movilizar a los más entusiastas de la bobería, el régimen concentra su propaganda en destacar “el pensamiento y la obra” de Fidel Castro, presentando al Comandante como Dios en la Tierra, ignorando a propósito que ese “pensamiento” y esa “obra” representan el más absoluto y rotundo fracaso, sin nada positivo que mostrar, y sin un futuro que valiera la pena vivir ni en el más optimista de los mundos castristas.
 
Sin embargo, a pesar de todas estas realidades, los opositores no logran hacerse escuchar ni siquiera entre sus vecinos, mucho menos entre la población, y buena parte de ellos siguen siendo más conocidos en el extranjero y entre las aeromozas de las líneas aéreas que entre los residentes de sus propias cuadras.
 
Aunque aparentemente Nicolás Maduro logró capear el temporal durante 2016, gracias entre otras cosas a las desacertadas políticas de los opositores venezolanos y su casi absoluta incapacidad crónica para ponerse de acuerdo frente a la dictadura, la economía de la colonia suramericana de La Habana no solamente no prospera, sino que ni siquiera deja de empeorar, con la producción petrolera descendiendo continuamente, un deterioro permanente del nivel de vida de la población, una inflación galopante que diariamente pronostica nuevos récords para el año 2017, y unos niveles de corrupción que pasan del escándalo a la abominación. Ni siquiera el aumento de los precios del petróleo, con los niveles de corrupción y descontrol existentes en PDVSA, podrían garantizar una sustancial mejoría de la situación en Venezuela.
 
En otras palabras, resulta muy difícil entender cómo será posible que el gobierno  venezolano continúe sus subsidios al régimen, disfrazados de “colaboración”, sin que estas situaciones se resuelvan, y Nicolás Maduro evidentemente no es la persona indicada para solucionar una crisis que en buena medida su propia incapacidad y desparpajo han creado. De ahí que el fortalecimiento de los poderes del recién nombrado vicepresidente del país, Tareck El Aissami, personaje bien visto y aceptado en La Habana, haya sido pronosticado como preparación del relevo del inepto Nicolás Maduro, que dejaría el poder. Los procedimientos de esa maniobra pasarían ya sea por el referéndum revocatorio que Caracas no podría continuar impidiendo debido a las presiones internacionales, o por alguna otra modalidad de “relevo de cuadros” en la que el castrismo tienen tanta experiencia, que incluyen desde accidentes automovilísticos o de helicópteros hasta infartos o enfermedades fulminantes.
 
La calma antes de la tormenta
 
Teniendo en cuenta todo lo anterior, ¿puede pensarse razonablemente que el régimen castrista desconoce todos los peligros de la situación? Sería difícil que fuera así. ¿Por qué no reacciona entonces? Depende de lo que se quiera entender por “reaccionar”.
 
Más que pensar que está “paralizado” por la supuesta imprevisibilidad de Donald Trump, que durante sus primeras semanas en La Casa Blanca ha demostrado no solamente que no es imprevisible, sino que está cumpliendo lo que prometió durante la campaña electoral, sería más apropiado suponer que el régimen está perfilando y actualizando continuamente sus estrategias para responder a las decisiones que el nuevo Presidente pueda tomar.
 
En La Habana saben que con Barack Obama pudieron darse el lujo de no respetarlo en las relaciones bilaterales, y de exigirle continuamente cada vez más, a pesar de todo lo que el entonces presidente concedía. El colmo del desprecio fue la fría acogida al presidente de Estados Unidos cuando aterrizó en La Habana, en un país donde el propio Raúl Castro, y antes que él el mismísimo Fidel Castro, recibían en el aeropuerto de Rancho Boyeros a los jefes de Estado o gobierno considerados de importancia trascendente para las relaciones con el castrismo.
 
Sin embargo, los castristas saben también que con Donald Trump tendrá que ser diferente necesariamente. Trump no solamente no es un político tradicional, o ni siquiera un político, pero es muchísimo más que el “showman” de televisión que algunos de quienes le odian fanáticamente quieren presentar.
 
Trump es básicamente un negociador, alguien acostumbrado a negociar durante toda su vida… y a obtener resultados favorables negociando. A ganar, aunque a veces pierda. Y así se está comportando en la Oficina Oval con relación a todo, y así lo hará con respecto a las relaciones con el régimen, aunque sus múltiples críticos intenten presentar cada uno de sus actos como tonterías o muestras de ineptitud. La impotencia y la envidia combinadas son lo peor de los males de este mundo, y el más capital de los siete pecados.
 
No se debería olvidar, además, que esas relaciones de EEUU con la dictadura ni son la prioridad del presidente Trump ni tampoco tienen demasiada importancia en comparación con todos los temas de política exterior que debe manejar y sobre los cuales decidir, sobre todo después de una complicada herencia geopolítica provocada por la debilidad del poderío planetario de Estados Unidos a causa de los ocho fatídicos años de “corrección política” de su predecesor.
 
Algo es mucho mejor que nada

 

Entonces, el régimen sabe que no se puede desesperar y tiene que tener mucha calma. Tal vez bajo bastidores haya intentado enviar, o enviado, algunos mensajes conciliatorios, quién sabe a través de qué vías, al nuevo presidente. Y no hay manera en este momento de saber si fueron recibidos, ni mucho menos respondidos.
 
Las pocas palabras mencionadas hasta ahora desde el Potomac referentes a las relaciones con la dictadura castrista auguran cuando menos un comportamiento diferente desde La Casa Blanca hacia La Habana.
 
Y los castristas saben que el nuevo presidente, hasta estos momentos, ha ido cumpliendo lo que ha prometido y anunciado, y no habría razón para pensar que no lo haría frente al castrismo. No se trata de que enviará la 82º división para acabar con el régimen totalitario, sino que de ninguna manera deberá esperarse que Washington continúe haciendo concesiones mientras La Habana se desgañita gritando que no tiene nada que conceder porque toda la culpa de los problemas la tiene Estados Unidos.
 
Con un organizador comunitario como Barack Obama esa política pudo haberle dado determinados resultados al castrismo. Frente a un pragmático negociador acostumbrado a ganar, como Donald Trump, Raúl Castro sabe que eso no funciona.
 
De manera que, más que preparando sus discursos con bravatas y bravuconerías frente al “imperi”, posiblemente estará analizando fría y profundamente junto a los pocos pensantes que le rodean y pueden expresarle opiniones y propuestas responsablemente, cuáles concesiones serían las que se le deberían o podrían ofrecer al ¿enemigo? ¿adversario? para poder continuar subsistiendo.
 
Las próximas semanas nos permitirán conocer mejor y más detalladamente cuáles son las realidades que se analizan y las estrategias que se diseñan y van tomando forma tras el silencio de los castristas.
 
Que en ningún caso es el de los corderos, sino el de los lobos ante el peligro.