Cubanálisis El Think-Tank

           ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

   

Dr. Eugenio Yáñez, Estados Unidos

 

 

 

El rey CASTRISTA está desnudo... y sin dinero para comprar ropa

 

Con el escándalo y el alboroto-tormenta-en-un-vaso-de-agua que se desató por la historieta de los llamados perfumes “revolucionarios” con los nombres de Ernesto y Hugo, para homenajear a Guevara y Chávez, y todos los ridículos, cursilerías, payasadas y desatinos alrededor de ello, pasó sin demasiados comentarios y sin que muchos se dieran cuenta un “movimiento de cuadros” que implica muchas cosas en la Cuba de los Castro.

 

Marino Murillo Jorge, Vicepresidente del Consejo de Ministros y Jefe de la Comisión Permanente para la Implementación y Desarrollo de los Lineamientos del Sexto Congreso del Partido Comunista de Cuba, fue designado nuevamente (ya lo había sido durante 2009-2011) como Ministro de Economía y Planificación, responsabilidad que tendrá que llevar a cabo sin abandonar sus otros cargos.

 

Como consecuencia de ese movimiento, el hasta entonces Ministro, Adel Yzquierdo, regresa a su anterior cargo como Viceministro Primero del mismo ministerio. Entonces, aunque no se haya mencionado eso, la persona que actuaba como Viceministro Primero hasta ese momento habría quedado sin trabajo a nivel de viceministro. Naturalmente, ese funcionario era la parte más débil de la cadena, pues tanto Murillo como Yzquierdo son miembros del poderoso Buró Político del partido, la institución que traza las directivas diarias para el (des)control y el (mal) funcionamiento del país.

 

La explicación oficialista de todos esos movimientos, a cargo del periódico “Granma”, órgano oficial del partido comunista, se reducía a un par de párrafos:

 

“…la implementación de los lineamientos de la política económica y social del Partido y la Revolución se adentra en las cuestiones más complejas y profundas.

 

Para llevar adelante esta tarea se considera necesario armonizar e integrar a un nivel superior el proceso de actualización del modelo económico y la planificación como principio de la conducción de la economía nacional”.

 

Hasta aquí la leyenda oficial. Comencemos, entonces, a tratar de desentrañar todo lo que se podría estar ocultando detrás de tales “movimientos de cuadros” y las declaraciones altisonantes del porqué del regreso a Murillo al cargo de ministro.

 

Si se supone que la implementación de los “lineamientos” se adentra en las cuestiones más compleja y profundas, sería de pensar que la persona encargada de coordinar y precisar esas cuestiones más profundas, así como implementarlas, debería dedicar todo su tiempo a esas tan imprescindibles definiciones e implementación.

 

Sin embargo, si además de esa tarea, ya de por sí monumental, compleja y agotadora, a la que se añade una vicepresidencia del Consejo de Ministros, esa misma persona tiene que asumir también la responsabilidad de conducir día tras día un ministerio encargado de tareas tan complejas como la dirección de la economía nacional y la planificación de la misma, no parecería que le podría quedar demasiado tiempo para dedicarlo para dedicarlo a funciones más complejas como esa abstractamente definida de “armonizar e integrar” el proceso de actualización del modelo económico.

 

Por otra parte, el ahora ya ex-ministro y a la vez viceministro primero Adel Yzquierdo, en su condición de miembro del exclusivo buró político del partido compuesto por 15 privilegiados, disfrutaba de un enorme poder para ejecutar eso que ahora el régimen festinadamente llama “la planificación como principio de la conducción de la economía nacional”. Eso solo sería posible si el mundo siguiera viviendo en tiempos del “socialismo real”, los planes quinquenales de la desaparecida Unión Soviética, el “gran salto hacia adelante” del afiebrado dirigente chino Mao Tse Tung, o la cacareada Zafra de los Diez Millones del invencible comandante de los mil fracasos.

 

EL PIB y la inversión extranjera

 

Lo único cierto y comprobado, y es el telón de fondo de esos enroques de altos cargos en el ajedrez de la “actualización” neocastrista, es que durante el primer semestre del 2014 la economía nacional creció un magro 0.6%, y con buena suerte y tal vez alguna que otra intervención divina, en el segundo semestre lo haga en un 0.8%, lo que daría un total de un 1.4% de crecimiento anual, cifra insuficiente prácticamente para cualquier país, y mucho más para una economía en bancarrota como la cubana.

 

A mediados del primer semestre de este año, en la sesión extraordinaria de la inoperante, burocrática y siempre unánime Asamblea Nacional del Poder Popular, los más altos dirigentes del país y los más vinculados, responsabilizados y comprometidos con la economía nacional, se llenaron la boca y el pecho para destacar que para que hubiera un verdadero desarrollo en la Isla era necesario lograr crecer entre un 5 y un 7% anual, y que para ello se necesitarían nada más y nada menos que entre 5 y 7 mil millones de dólares anuales de inversiones, y que en esa extraordinaria cifra (para las condiciones de Cuba) la inversión extranjera jugaría un papel determinante.

 

Dentro de ese proyecto estratégico del régimen, el mega-puerto de El Mariel sería la joya de la corona. Sin embargo, diez meses después de inaugurado con bombos, platillos, y la presencia de la presidenta de Brasil, país que financió la construcción del gigantesco proyecto, las dos únicas informaciones de verdadero interés generadas desde ese puerto fueron las siguientes:

 

Una, que el primer buque extranjero que descargó en él -el mismo día que se produjo la inauguración oficial-fue un buque porta-contenedores cargado de pollos congelados procedentes de Estados Unidos (¿dónde está el bloqueo, madre mía?).

 

Dos, que el Papá-estado-proxeneta cubano, a través de una empresa estatal “encargada” de la contratación de la fuerza de trabajo, solamente se quedaría con el 60% del salario de los trabajadores cubanos que laboraran en el puerto (al pagarle 10 pesos cubanos -CUP- por cada dólar devengado -cuando el cambio oficial es 25=1-), a diferencia de en muchos otros lugares, donde puede apropiarse hasta del 95% del salario  de los trabajadores que, supuestamente, son los dueños del poder en Cuba (pagándoles cada dólar devengado a razón de 1US dólar equivalente a 1 peso cubano o CUP; es decir, si un trabajador fuera pagado por el inversionista extranjero con un salario de 500 dólares mensuales, por poner un ejemplo, el régimen se queda con todos esos dólares y le entrega al empleado cubano lo que reste de 500 CUP después de descontar impuestos y otras obligaciones con el Estado “proletario”).

 

Entonces, sin tener que desgastarnos en elucubraciones abstractas, polémicas sin sentido, o algún que otro trasnochado proyecto de investigación desde las nubes, valdría la pena que nos preguntáramos algunas cuestiones muy sencillas y concretas para tratar de ver si se pueden entender las realidades cubanas:

 

§         ¿Durante los primeros meses del año 2014, desde enero hasta septiembre, cuántos millones de dólares en inversiones extranjeras se han realizado en Cuba?

 

§         ¿Hasta cuántos millones de dólares se ha planificado que podría ascender la inversión extranjera en Cuba durante el próximo año 2015?

 

§         Considerando que la economía cubana llegara a alcanzar un crecimiento del 1.4% en el 2014, lo que muy bien podría ser considerado hasta casi como un milagro divino, ¿en que porcentaje se planificará el crecimiento del PIB para el 2015?

 

Si se pudiera contar con esas cifras en la mano, que como siempre constituyen prácticamente un secreto de estado en la finca de los hermanos Castro conocida también como República de Cuba, desde ahora mismo podríamos intuir que esas cifras no serían tan optimistas o elevadas como desesperadamente necesita el régimen para poder subsistir y asegurar su control del poder en el país. Si por un milagro se lograse la transparencia en la información económica, cubanos y extranjeros sabrían a qué atenerse y no tendría alguna importancia, o constituiría alguna diferencia, aunque fuera la mínima posible, que el ministro de economía y planificación del régimen fuera Marino Murillo, Adel Yzquierdo, Miguel Díaz-Canel, José Ramón Machado Ventura, Ramiro Valdés, el Pato Donald, Mickey Mouse, o hasta el mismísimo pipisigallo.

 

La producción nacional y la importación de alimentos

 

No está claro, por ejemplo, ni hay manera de saber, cuánto crecería la producción agropecuaria en Cuba en el 2014, y por lo tanto, tampoco estaría claro cuantos millones de dólares en alimentos sería necesario importar para abastecer a los cubanos, aunque fuera a niveles mínimos de consumo, con productos de muy  mala calidad y prácticamente sin opciones de variedad o estilos, y con racionamientos formales que se establecen a través de la “libreta” de racionamiento o limitaciones a las cantidades que pueden ser adquiridas en las instituciones estatales, o peor aún, racionamientos prácticos muy crueles, que son establecidos a través de una escandalosa, anquilosada y arbitraria política de precios oficiales.

 

Y si bien es cierto que el sistema de represión y control del régimen para sostenerse en el poder supone limitar extraordinariamente los niveles de consumo y de ingresos de toda la población, para que las presiones de las necesidades cotidianas de subsistencia dificulten a la población pensar en su condición humana o en liberarse de una brutal dictadura de más de medio siglo, no es menos cierto también que nunca el régimen cubano ha logrado la más mínima efectividad ni eficiencia para producir los más mínimos niveles de productos alimenticios incluso para el consumo elemental de la población, tarea que, a pesar de los errores, ineficiencias y atropellos del “socialismo real” se lograba cumplir mejor en la ya afortunadamente desaparecida Unión Soviética y en los países satélites de Europa del Este.

 

Cuba es un país tropical de fértiles tierras, donde incluso los aborígenes precolombinos producían para alimentarse, la yuca con que elaboraban el casabe, calabazas, boniatos, frijoles, frutas y maíz, que complementaban con la caza de jutías, cocodrilos, iguanas, y diferentes aves, y la pesca de diferentes especies de mar, ríos y lagunas, o que desde entonces utilizaban el ají como condimento habitual para asar en la parrilla indígena, lo que hoy se llamaría barbacoa cubana, la variante criolla del clásico “barbecue” estadounidense. Por eso es escandaloso que, más de quinientos años después, el gobierno “revolucionario” cubano no sea capaz de garantizar a la población no ya el tristemente célebre vaso de leche diario que se le ocurrió prometer a Raúl Castro, sino ni siquiera la dieta que resultaba habitual para los aborígenes de nuestro país, o la de los negros esclavizados por los españoles hasta 1886, o la de las decenas miles de culíes chinos que fueron importados fundamentalmente en el último cuarto del siglo 19, para sustituir la fuerza de trabajo de la que ya no se dispondría a partir de la abolición de la esclavitud en la Isla.

 

A ambos grupos, tanto al de los negros esclavos como al de los chinos “libres” que trabajaban en la agricultura bajo condiciones de semi-esclavitud o semi-feudalismo, sus propietarios o patrones les suministraban diariamente cantidades de alimentos para poder realizar tres comidas. Entre los diferentes suministros que recibían diariamente había plátanos, boniatos, yuca, otros tubérculos, hortalizas, carne salada de res, cerdo y aves, así como de pescado (bacalao), además de mangos, mameyes, aguacates, fruta bomba, melones y guanábanas. Podían consumir guarapo (jugo de caña) casi ilimitadamente y en ocasiones tomaban leche y consumían algunos de sus derivados.

 

Nada de eso era resultado de una bondad en abstracto de sus explotadores, que en ningún momento dieron demasiadas muestras de tenerla, sino porque se consideraba como algo imprescindible que cada uno de los que tenían que trabajar fuertemente en la agricultura de las plantaciones y fincas recibiera una alimentación que le permitiera reponer todas las energías desgastadas durante la jornada de trabajo, y además poder estar en condiciones de volver a trabajar al día siguiente.

 

Y no bastaba con ello a los esclavistas o señores cuasi-feudales de la Isla, porque además les interesaba también que su fuerza laboral tuviera las energías y capacidades necesarias para reproducirse y así garantizar la futura fuerza laboral necesaria para los esclavistas y dueños de plantaciones y fincas que, a partir de 1886, en vez de los antiguos esclavos liberados con la abolición, utilizarían “trabajadores libres” sobrecargados de necesidades y llevados a Cuba bajo presión y engaños desde China, así como los nuevos “libertos” que, sin tener ninguna otra opción ni capacitación, seguirían atados a la producción agropecuaria a través de sus antiguos dueños.

 

Ya Karl Marx había explicado en Das Kapital lo que era el valor y el precio de la fuerza de trabajo y las necesidades mínimas que debía satisfacer para mantenerse y reproducirse, pero a pesar de las proclamaciones continuas del régimen sobre su condición de marxista-leninista y  todo su supuesto bla, bla, bla teórico, ninguno de sus cabecillas ni dirigentes principales estudió nunca seriamente literatura marxista en sus fuentes originales -en ocasiones ni en manuales soviéticos- ni aprendió ni siquiera el ABC de la doctrina en las tristemente famosas “tres fuentes y tres partes integrantes del marxismo” sencillamente explicadas por Lenin.

 

En resumen, que no aprendieron ni siquiera las lecciones principales y más elementales de aquel judío alemán al que no le gustaba trabajar y que, aun sin salirse de la biblioteca de Londres durante casi cuarenta años, tuvo la capacidad de darse cuenta de todo lo que no son capaces de discernir y entender los burócratas que constituyen la telaraña que conforma el aparato de dirección y la nomenklatura en que se basa y se apoya la gerontocracia parasitaria de La Rinconada, Punto Cero, y el Palacio de la Revolución en La Habana. 

 

Los trabajadores por cuenta propia

 

Por otra parte, el tan cacareado trabajo por cuenta propia, que impresiona a tantos turistas y a casi todos los corresponsales extranjeros en la Isla, no acaba de convertirse, como se había previsto originalmente, en el receptor de todos los trabajadores desplazados de los empleos estatales, ni podrá hacerlo nunca.

 

En primer lugar, porque la supuesta disponibilidad masiva de trabajadores del Estado que debería producirse con el aumento de la eficiencia y la racionalización en las empresas estatales ha quedado solamente en consignas, falsas promesas, utopías y demagogia: sigue sobrando personal en prácticamente todas las instituciones estatales y políticas del país, lo mismo empresariales que presupuestadas, y los trabajadores por cuenta propia, después de varios años, aun no llegan ni siquiera al medio millón, dentro de una fuerza laboral total de casi cinco millones. Y en ese menos de medio millón que representa menos del 10% de la fuerza laboral no existen solamente aquellos supuestos ex-empleados estatales racionalizados, sino también muchas personas que anteriormente no tenían vínculo laboral alguno, así como jubilados que no pueden vivir solamente con los ingresos de sus retiros.

 

En segundo lugar, porque las casi doscientas actividades autorizadas por el régimen para el ejercicio del trabajo por cuenta propia, en una lista más propia de un edicto de la Edad Media que de un proyecto para dinamizar la economía de un país en el siglo 21, no existen prácticamente actividades que puedan considerarse productivas como tal, sino que se trata fundamentalmente de actividades de servicios elementales a la población, que, por otra parte, no requieren de complejidades tecnológicas ni demasiados recursos para poder llevarse a cabo, por lo que al final del día las cuentas y resultados no son significativos para la economía nacional.

 

En tercer lugar, la prohibición establecida a los profesionales para ejercer legalmente sus especialidades por cuenta propia, incluso después de haber cumplido sus obligaciones diarias con el Estado, limita al trabajo por cuenta propia a un grupo de actividades que requieren menos calificación y conocimientos, dificultando así que una fuerza de trabajo bien calificada desarrolle actividades de creación de alto valor agregado.

 

Ocurre entonces que pueden verse médicos especialistas ejerciendo trabajos (naturalmente, por la izquierda) de camareros en “paladares”, porque lo que logran en un mes en actividades de este tipo (después de cumplir con el ejercicio de su profesión en las instituciones estatales que les corresponden) son ingresos superiores -entre el salario y las propinas- a los que recibirían si estuvieran en la máxima escala oficial de salud pública para los trabajadores de la medicina. El sueldo de esa escala es de 1,600 CUP ó pesos cubanos, equivalentes a 64 dólares, mientras que trabajando diariamente como “gastronómicos” después de haberlo hecho como especialistas de la medicina durante muchas horas, podrían obtener en menos tiempo 150 ó 180 pesos convertibles ó CUC, equivalentes a entre 3,750 y 4,500 pesos cubanos (CUP) mensuales.

 

De la misma manera, pero esta vez legalmente, pueden verse ingenieros, matemáticos, físicos, arquitectos o agrónomos trabajando como porteros o empleados de servicios en instalaciones turísticas, a pesar de los miserables salarios oficiales que son pagados por el gobierno, en busca del acceso a las propinas de huéspedes y clientes. Con solamente un peso convertible al día cualquiera de esos trabajadores gana mucho más en el equivalente en pesos cubanos que lo que recibe oficialmente como pago de la gerencia del hotel donde trabaja.

 

Y también se verán, ilegal o al menos muy discretamente, a otros profesionales en su tiempo libre o por estar retirados o alejados de sus profesiones, ejerciendo de taxistas o “boteros” -choferes de taxis colectivos de ruta fija- por las calles de La Habana o en los viajes intermunicipales o interprovinciales, o como choferes fijos para muchos cubanos o extranjeros de buena posición económica que los contratan durante sus visitas al país o durante plazos mayores en caso de personas que vivan en Cuba.

 

Las cooperativas no agropecuarias

 

Cómo el régimen no ve el trabajo por cuenta propia y los pequeños negocios como lo que realmente son, complemento de la gran producción, sino como mal necesario del que es imposible prescindir, lo permiten a regañadientes a la vez que pretenden asfixiarlo con abusivas regulaciones burocráticas y mecanismos absurdos, reforzados por la corrupta actuación de un cuerpo de ineptos inspectores y policías, que aprovechan cada ocasión para esquilmar a esos trabajadores y sacarles todo el dinero posible.

 

Entonces el régimen pretende ahora decantarse por las “cooperativas no agropecuarias” (CNA), que no son más que “formas no estatales” de organizar trabajadores y pequeñas empresas para llevar a cabo tareas que el Estado es incapaz de desarrollar a  través de sus grandes empresas estatales, que han fracasado durante más de 46 años de ineficiencia, pérdidas, incumplimiento, deterioro de infraestructura, malversación y desvío de recursos.

 

En la paranoica mentalidad de la camarilla cubana que detenta el poder, les parece más fácil y sencillo controlar una cooperativa no agropecuaria que a un grupo de trabajadores aislados trabajando por cuenta propia, a pesar de que la cooperativa es también, a fin de cuentas, trabajo por cuenta propia, aunque la teoría y la propaganda del régimen no lo quieran reconocer así. Tal vez eso tenga que ver con el dogma o postulado de la doctrina marxista que dice que “la socialización del trabajo”, entendiendo por eso la agrupación de trabajadores para producir, crea condiciones materiales y espirituales para el avance y la imposición del socialismo en el mundo, deduciendo de ahí que es preferible hasta una mala cooperativa antes que un grupo eficiente de trabajadores por cuenta propia.

 

Sin embargo, en la práctica, el Estado y sus mediocres teóricos de la “socialización” no otorgan demasiadas facilidades a las cooperativas no agropecuarias en comparación a los trabajadores por cuenta propia, y las recargan con los mismos mecanismos agobiantes, inefectivos e ineficientes de control burocrático desmesurado, imposiciones absurdas, inspectores parásitos, y policías corruptos, que aplican a los cuentapropistas.

 

Entregan entonces empresas quebradas, locales en mal estado, maquinarias que no están funcionando y tal vez algunas herramientas, en condiciones de arriendo para uso de los trabajadores de la CNA, que serían los ex-empleados de esas instituciones estatales que no logran nada positivo desde hace muchísimo tiempo, pero manteniendo el Estado “revolucionario” la propiedad sobre todos esos recursos.

 

¿Por qué? Hay que decir que, más que nada, por aberración o vicio, porque si está demostrado, década tras década, que ese Estado parasitario e inepto no fue capaz de lograr nada positivo ni productivo con esas instalaciones y empresas, no hay una razón suficiente, más allá de la ambición enfermiza de poder, para pretender continuar con la propiedad de algo que, simplemente, no se sabe qué hacer con eso ni tampoco hay mucho interés en aprenderlo.

 

Si el Estado entiende que no debe entregar gratuitamente esas instalaciones y recursos a los miembros de las cooperativas no agropecuarias que se crean, aunque fue ese mismo Estado quien se los apropió gratuitamente al momento de confiscarlos, muy bien podría venderlos a las CNA mediante créditos, y a precios justos, equivalentes, por ejemplo, a los precios que paga a los campesinos privados y las cooperativas agropecuarias por sus productos, y no a los precios leoninos y abusivos con que vende en las llamadas Tiendas Recaudadoras de Divisas (TRD).

 

El absurdo culto a la empresa estatal socialista y la planificación centralizada

 

A pesar de las declaraciones altisonantes del régimen y el coro obediente de sus militantes y papagayos insistiendo en el avance de la “actualización” del modelo y el cumplimiento de los “lineamientos”, día a día el gobierno continúa mordiéndose la cola a causa de su ineficiencia. Pero sobre todo a causa de su cobardía y mediocridad para dar los pasos necesarios para dinamizar verdaderamente la estancada economía cubana y ofrecer a la población, sometida a un nivel de desgaste, pobreza y depauperación continuada que borra toda esperanza para los cubanos y genera cada vez más los deseos de la población para emigrar hacia cualquier país en el mundo, con el objetivo de encontrar mejores, aunque sean mínimas, condiciones de vida para cada persona y sus familiares.

 

A estas alturas del siglo 21 insistir en el papel preponderante que deberá jugar la empresa estatal socialista en el desarrollo y funcionamiento de la economía nacional viene a ser algo así como defender la teoría geocéntrica de Ptolomeo para explicar astronomía, negar la circulación de la sangre o la existencia de eras geológicas en la evolución del planeta, o ser un enemigo declarado de la imprenta y a la vez partidario de continuar copiando a mano los documentos considerados sagrados, como hacían los auxiliares religiosos en la Edad Media. ¿Qué diferencia hay entre el rechazo al invento de Johannes Gutemberg en el siglo 15 y la paranoica repugnancia del régimen cubano hacia la Internet y la libre circulación de información? Evidentemente, ninguna.

 

De la misma manera, creerse de verdad que un puñado de burócratas desde un grupo de oficinas centrales, tal vez por estar iluminados por la gracia divina, y aunque dispongan de las mayores y más rápidas y modernas súper-computadoras -lo que no es el caso en Cuba- puede ser capaz de conocer exactamente, con meses o a veces hasta años de anticipación, las necesidades del país y de cada uno de sus pobladores en lo que se refiere a sus necesidades materiales y espirituales de bienes y servicios, y poder organizar la producción y distribución de los mismos si hubiera recursos materiales y financieros para ello, resulta mucho más ingenuo que escribir cartas a Los Reyes Magos o creerse que los espías de la Red Avispa podrán regresar a Cuba antes de cumplir las condenas que les impusieron los tribunales de justicia norteamericanos después de celebrarle juicio con todas las garantías procesales establecidas (aunque “Granma” afirme lo contrario).

 

A pesar de todo lo que se repite sobre “los cambios” en Cuba, de la aplastante cantidad de reportajes y comentarios sobre el tema, fundamentalmente a cargo de corresponsales de agencias de prensa extranjeras en La Habana, de periodistas de ocasión y carnavales, o de despistados turistas que se embelesan retratándose frente a antiguos autos americanos de los años cuarenta y cincuenta, hay realidades demasiado evidentes que no se ven porque no se quieren ver.

 

Las famosísimas “reformas” que asignan los ingenuos, despistados, y mal intencionados, a la era de Raúl Castro, son más incompletas, débiles y mal aplicadas que cualquiera de las reformas que se llevaron a cabo en cualquier país “socialista” durante la funesta época del “socialismo real”.

 

Téngase en cuenta que decisiones como establecer la reforma migratoria, la autorización para poseer teléfonos celulares, tener acceso a hoteles, o comprar-vender viejas viviendas y autos de muchos años de utilización entre personas, sin intervención estatal, o el “poder comprar” al Estado a precios para millonarios autos nuevos o usados pero mucho más modernos que los que circulan por las calles en manos privadas, no inciden demasiado en lo que sería estrictamente el funcionamiento de los mecanismos de gestión de la economía.

 

No se trata de que no tengan el alcance ni la profundidad de las comenzadas por Deng Xiaoping en China a fines de la década de los setenta, ni de las vietnamitas en la década de los ochenta, ni tampoco se parezcan ni de lejos a las reformas desarrolladas por el gobierno comunista húngaro durante los años ochenta, así como también por los búlgaros, polacos y alemanes del Este en menor escala.

 

Ni que decir que son mucho más timoratas, incompletas y mal aplicadas que las llevadas a cabo durante los experimentos de Tito en el comunismo yugoslavo, o las tan tímidas reformas económicas planteadas en la Unión Soviética tras la muerte de Stalin, o las que se propusieron y comenzaron en 1965, e incluso que las más conservadoras aplicadas allí bajo el sesgo del inmovilismo y la burocratización en 1979.

 

Las propuestas de los cubanos en la Isla que se agrupan alrededor de lo que llaman socialismo participativo y democrático, del cual su vocero más visible es Pedro Campos, y que se sienten realmente comprometidos con el socialismo como ideología y como sistema social, pero de ninguna manera con el estatismo extremo que caracteriza al gobierno cubano, son mucho más radicales, sensatas y prácticas que muchos de los “lineamientos” aprobados por el partido comunista cubano.

 

Incluso, a casi un siglo de su implantación, las reformas para el funcionamiento de la economía que se han aprobado bajo la dirección de Raúl Castro son más limitadas y timoratas que las establecidas y llevadas a cabo por Vladimir Lenin en medio de una violentísima guerra civil en 1921, y que dieron un respiro a la economía mientras estuvieron vigentes, hasta que Stalin acabó con ellas y estableció los funestos planes quinquenales de tan triste recordación. Y ni siquiera las del neocastrismo son más radicales que las que en su tiempo propusieron, y pagaron con su vida por ello ante la furia de Stalin, algunos economistas de la era soviética, como fueron Nikolai Bujarin y Evgueni Preobazhenski.

 

Todavía hoy, casi treinta o más años después de las polémicas teóricas alrededor de esos temas, muchos economistas cubanos en la Isla, de esos que pretenden “actualizar” el modelo y “perfeccionar” el sistema para lograr un socialismo próspero y sustentable -sin saber lo que es ni poder explicarlo- son ajenos por completo, y posiblemente ni siquiera han podido o querido leer en sus originales aunque fuera algunas líneas escritas por verdaderos y reconocidos teóricos que intentaron el “perfeccionamiento” de la economía socialista, como el polaco Woldzimierz Brus o el checo Ota Sik.

 

El Rey está desnudo

 

De manera que, a pesar de todo lo que pretenda asegurar la prensa del régimen, el rey no solamente continúa desnudo, sino que tampoco tiene dinero para comprar ropa, y ya son muy pocos los que en el mundo están dispuestos a prestarle una muda, porque no acostumbra a pagar sus deudas. Así que solo quedarían quienes deseen regalarle alguna ropa de uso o en mal estado, que sería la apropiada para dirigentes y funcionarios de un régimen que ha establecido la limosna y mendicidad como política de Estado.

 

Mientras la dictadura siga temiendo al funcionamiento del mercado como el diablo a la cruz, y mantenga su mentalidad de bodeguero abusador de Birán, la que ya a estas alturas del juego debe ser muy difícil que pueda modificar, hay muy pocas posibilidades de avanzar más allá de la demagogia en los noticieros oficiales de la televisión cubana y en las varias campañas propagandísticas que se están llevado a cabo.

 

Mientras se condene programática y conceptualmente “la concentración de la propiedad en personas jurídicas  o naturales” como pecado mortal, y se sigan considerando como aullidos de orates las consignas de “enriqueceos” o “enriquecerse es glorioso”, que está más que demostrado que responden mucho más a la realidad y a la condición humana que la perpetua e inalcanzable aspiración al hombre nuevo creada por Ernesto Guevara, o el culto a la miseria que proclaman los herederos de Hugo Chávez,  las cosas no cambiarán demasiado.

 

Aunque pasaran cincuenta y cinco años más dándole vueltas a la misma noria.