Cubanálisis El Think-Tank

ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

   

 

 

                                Dr. Eugenio Yáñez

                                                                                                                                                            

 

EL RÉGIMEN A LA DEFENSIVA

 

Humilde, albañil, negro. Ese era el perfil revolucionario que utilizaba el régimen  en su propaganda para referirse al Comandante Juan Almeida. Pero cuando se trata de Orlando Zapata Tamayo, también humilde, albañil y negro, la imagen cambia: no es un proletario negro al que la revolución le devolvió la dignidad y le sacó de la discriminación, sino se pretende construir una imagen que va desde llamarlo mercenario hasta delincuente común violento y reincidente.

 

El régimen nunca pensó que Orlando Zapata Tamayo llevaría su huelga de hambre hasta las últimas consecuencias, y el fatal desenlace le tomó desprevenido. Por eso ahora se debate entre la torpeza y la represión para tratar de salvar la cara y encarar la repulsa mundial que tal hecho ha provocado.

 

Días antes habían lanzado a sus perros de presa a tratar de descaracterizar al disidente, y su horda de hienas comenzó a proferir epítetos sin fin contra el valiente: alguien que firma como “J. M. Álvarez” (imposible saber si es un José Manuel, una Juana María, o un Juanito Mariquita), en un “visionario” mamotreto escrito días antes de la muerte de Orlando,  titulado “Enésimo preso cubano en estado “agónico” (ninguno se muere)”, con un subtítulo que reza: “Con amigos terroristas se "agoniza" saludablemente”, señalaba lo siguiente:

 

Tanto Orlando como Ariel [se refiere a Ariel Sigler Amaya], fueron detenidos y condenados a penas de prisión en el año 2003. En aquel proceso judicial, los sancionados reconocieron que conspiraban para derribar la democracia popular cubana, e instalar una dictadura burguesa, y todos- igual que las Damas de Blanco- se definieron como pacíficos, lo cual no constituye problema alguno cuando ponen la mano para recoger dinero manchado de sangre, que le envían conocidos criminales contrarrevolucionarios”.   

 

Es decir, para el miserable personaje que firma bajo el disfraz de “J. M. Álvarez”, Orlando Zapata Tamayo era un preso por actividades políticas, un conspirador “para derribar la democracia popular cubana” (no olvidemos este detalle, que de inmediato volveremos a este punto).

 

Para más escarnio de quien escribe ese mamotreto se señala: “Lo que sorprende en este caso, es que después de tantos días sin comer, el tipo demuestre una capacidad física fuera de lo común, en una persona supuestamente apaleada y mal alimentada, extremos éstos, sólo “confirmados” por su progenitora”.

 

Menos de una semana después de publicado ese material en Kaosenlared, Orlando Zapata Tamayo falleció sin ceder en su huelga de hambre. Contra todos los llamados naturales de su propio instinto de conservación y las súplicas de sus seres queridos, prefirió mantenerse en un suicidio a cámara lenta y morir, antes que doblegarse. ¿Qué saben los miserables propagandistas asalariados del totalitarismo de dignidad y entereza?

 

En el periodismo decente quien hubiera cometido una burrada como la de “J. M. Álvarez” se podría mantener silencioso por un tiempo. Pero no se trata de periodismo decente, y es, además, Kaosenlared.

 

Por eso, entonces “J. M Álvarez”, quienquiera que sea esa piltrafa humana, añadiendo idiotez a su ignominia, publica tras la muerte de Zapata un nuevo mamotreto: “Cuba: Murió el mercenario, sus cómplices se lamentan”, que lleva como subtítulo esta joya literaria: “Discrepo con Raúl Castro en una cosa: No siento emoción alguna ante la desaparición de cualquiera que sirva al capitalismo”. Así, ni más ni menos.

 

Porque se perdieron los límites hace ya mucho tiempo. Y más papista que el Papa, se autoproclama gente tan, pero tan dura, que no cree en boberías:

 

Discrepo con el presidente cubano en una cosa: No siento emoción alguna ante la desaparición de cualquiera que sirva al capitalismo, de la misma manera que no lamento las bajas de los imperialistas en Oriente Medio”.

 

Y continúa marcando su trasnochada militancia intransigente y energúmena: “se prestó a ser mercenario de Occidente, convirtiéndose en enemigo del pueblo cubano, y de todos los pueblos agredidos por el fascismo”. ¿Que tiene que ver el fascismo en todo esto? Nada, pero la gente “dura de verdad” no se detiene en pequeñeces.

 

“J. M. Álvarez”, cualquier pusilánime ser nada humano que se esconda tras este nombre, ¿tendría las hormonas suficientes para decirle eso mismo a la señora Reina Tamayo, la madre de Orlando, frente a frente? Sin segurosos ni “pueblo enardecido” para dar palizas con el apoyo de la policía que le respalden. Seguramente que no: las personalidades más duras de un régimen totalitario, cualquiera, se quiebran como cristales cuando no tienen el respaldo de la represión y la fuerza, porque, como infelices y encogidos, son cobardes. La “batalla de ideas” solamente la pelean cuando no hay ningún contrario.

 

Pero como resultó que la posición “dura” de La Habana generó el rechazo inmediato en todo el mundo, el régimen necesitaba contraatacar, y pretendió cambiar la historia de un Orlando disidente a delincuente común.

 

Nada nuevo bajo el sol: para el régimen, no hay adversarios decentes: en estos momentos el Dr. Darsi Ferrer está en prisión desde el mes de junio por un supuesto delito de comprar dos sacos de cemento en el mercado subterráneo. No será acusado de dirigir el Centro de Salud y Derechos Humanos “Juan Bruno Zayas”, ni de participar en marchas contestatarias el Día de los Derechos Humanos, ni por sus denuncias de los mitos y falsedades de la potencia médica (para eso están las palizas de las turbas del “pueblo enardecido”).

 

Y también a Zapata Tamayo pretenden ahora convertirlo en delincuente común:

 

Pese a todos los maquillajes, se trata de un preso común que inició su actividad delictiva en 1988. Procesado por los delitos de “violación de domicilio” (1993), “lesiones menos graves” (2000), “estafa” (2000), “lesiones y tenencia de arma blanca” (2000: heridas y fractura lineal de cráneo al ciudadano Leonardo Simón, con el empleo de un machete), “alteración del orden” y “desórdenes públicos” (2002), entre otras causas en nada vinculadas a la política, fue liberado bajo fianza el 9 de marzo de 2003 y volvió a delinquir el 20 del propio mes”.

 

Esa información la firma Enrique Ubieta Gómez en Cubadebate, y al menos su foto aparece junto a su firma en Juventud Rebelde: no se esconde como “J. M. Álvarez”.

 

Si las acusaciones de delincuente común que ahora se le quieren endilgar al valeroso cubano fallecido fueran ciertas, un marxista que fuera decente hasta las últimas consecuencias, lo que no es muy fácil de encontrar, por no decir “imposible”, debería decir que las condiciones materiales de la sociedad en que vivía Orlando le llevaron a delinquir, como a tantos miles de cubanos, porque las promesas de una revolución -que no lo es- lo condenaban al hambre, la miseria y la discriminación.

 

¿Tuvo Orlando alguna vez las mismas garantías procesales y los abogados calificados que han tenido, tienen y tendrán los espías de la “Red Avispa”, pagados por el sudor de los cubanos, esos cubanos humildes y sin derechos, como Orlando, a quienes no se les ha consultado su opinión sobre ese absurdo desembolso de recursos y esfuerzos? ¿Podía alguien haber solicitado al espurio Tribunal Supremo Popular cubano una revisión de la causa o de la sentencia de Zapata Tamayo? ¿Para qué?

 

Es significativo que con el supuesto historial delictivo que ahora le achacan a Orlando Zapata entre el año 2000 y el 2002, incluida una fractura de cráneo con un machete, haya sido liberado bajo fianza en marzo del 2003: no parece coherente con la tradición jurídica cubana de medio siglo de poder judicial al servicio incondicional del régimen.

 

Pero solamente para ser detenido nuevamente once días después (“volvió a delinquir el 20 del propio mes”), en medio de un ayuno de protesta, que no puede de ninguna manera considerarse como “causas en nada vinculadas a la política”. No se explica tampoco que le hubieran condenado “solamente” a tres años de privación de libertad en esos momentos, teniendo en cuenta la historia de horror que ahora se pretende lanzar sobre su cadáver.

 

¿Era Orlando un “mercenario” o un delincuente común? Pero mucho más importante que eso: ¿es que no era un ser humano? ¿Es que la muerte de un ser humano con antecedentes penales es más aceptable que la de un militante comunista que también puede tenerlos, o que no los tenga? ¿Acaso no sabe todo el mundo cómo se fabrican los procesos y las acusaciones en el paraíso socialista? Para poder declarar que “en Cuba no existen presos políticos” es necesario que todas las acusaciones contra todas las personas sean por delito común. Por eso el sistema judicial está diseñado para eso. ¿Y acaso son tan puros los jerarcas de la gerontocracia cubana, los jueces y fiscales revolucionarios, y los esbirros carcelarios?

 

Si fuera exacto lo que señala ese párrafo anterior sobre el supuesto “historial” del fallecido, entonces no se explica como fue posible que hubiera reconocido en el juicio de marzo del 2003 haber conspirado “para derribar la democracia popular cubana, e instalar una dictadura burguesa”, declaración que, por otra parte, además de ser un miserable invento, no tiene sentido, porque de seguro no la ha dicho ni dirá ningún prisionero de conciencia en Cuba en ningún momento, porque ese es el lenguaje de la nomenklatura.

 

Pero hay más todavía: en el afán apresurado de descaracterizar a Zapata Tamayo se hace referencia, sin mencionar fuentes que lo puedan confirmar, -hábito común del castrismo- a supuestas absurdas demandas del prisionero que le llevaron a la huelga de hambre: “Zapata era el candidato perfecto: un hombre “prescindible” para los enemigos de la Revolución, y fácil de convencer para que persistiera en un empeño absurdo, de imposibles demandas (televisión, cocina y teléfono personales en la celda)…”  Es de nuevo Ubieta Gómez quien lo escribe.

 

Con esto se pretende presentar a Zapata Tamayo como un infeliz tonto manipulado por malvados enemigos exteriores, todos dirigidos por el imperialismo yanqui, que lo habrían llevado al matadero para tener un mártir y fundamentos para atacar a la siempre noble y justa revolución cubana.

 

Ciertamente, Zapata no era un intelectual ni un profesional, no era ni siquiera un mediocre graduado de la Escuela del Partido o de la Facultad de Periodismo, pero demostró, con su vida y con su muerte, mucho más coraje, lucidez e inteligencia que la caterva de abundantes anodinos de la nomenklatura, y absolutamente más que sus matarifes y todos los que ahora escriben tratando de denigrarlo.

 

Con mucha más decencia, valentía y honestidad, algo excepcional en Kaosenlared, dándose cuenta de la burda maniobra que se lleva a cabo, Roberto Carbonell escribe el artículo “Orlando Zapata: un enemigo consecuente”, y señala:

 

 “…me es imposible entender cómo alguien, por muy poca instrucción que tenga, puede estar yendo conscientemente hacia una muerte segura, ignorando tan radicalmente el instinto de conservación, sólo porque quiere que le pongan un teléfono en su celda, como han dicho algunos, o por dinero, incluso por todo el dinero del mundo, o por una visa a los Estados Unidos. Algo ahí no encaja

 

Igual se empequeñece a si mismo, aquel que estuvo ayer reclamando mártires a la contrarrevolución y hoy, frente a la noticia, solo atina a insinuar que este individuo no se vale, porque era un engañado, uno que fue empujado por otros, que si era un vendedor de drogas, un delincuente de medio pelo, etc. Es aquella vieja y absurda manía de no reconocerle al enemigo, nunca, en ningún campo, ningún mérito, cuando parece obvio que esta vez lo tuvo.

 

No debiera ser así. Los únicos valientes y realmente convencidos, no tienen que ser los de nuestro bando. Ni es el dinero imperialista el único motivo capaz de mover a alguien a llevarnos la contraria”.

 

Para posteriormente terminar con algo desacostumbrado en una publicación al servicio de las más oscuras causas en el mundo, y que habría que ver si puede causarle algún problema en su momento:

 

“…no podía dejar de señalar, frente a la vergüenza que me dan ciertas opiniones de quienes se dicen revolucionarios porque les conviene, que no es a ser cruel y a ser deshonesto, a lo que por lo general nos enseña vivir en la Cuba socialista. Honor a quien honor merece, en este caso a nuestro enemigo Orlando Zapata”.

 

Sin embargo, el caso de este periodista es la excepción que confirma la regla: el intento sistemático de desmeritar y desacreditar a cualquiera que se enfrente valientemente al régimen, sin limitarse en las más elementales consideraciones éticas. Todos los adversarios tienen que ser, y son y serán, “mercenarios”, “terroristas”, “mafiosos”, “vendepatrias”, “delincuentes”, “inmorales”, “plattistas”, y hasta “batistianos”. Los adversarios del régimen, todos, son, sin excepción, “enemigos de Cuba”, como si la tiranía de medio siglo de oprobios fuera Cuba.

 

Sin embargo, evidentemente, el rompecabezas del régimen no se logra componer, porque está compuesto de piezas falsas, y diseñado por artesanos inmorales y mediocres. Y con tales “periodistas” y tales “argumentos” solamente se puede convencer a cuadros profesionales del partido comunista o a los que todavía consideran que los problemas de Cuba son provocados por “el imperialismo”.

 

Resulta sorprendente que un supuesto prisionero común pretenda en su celda “televisión, cocina y teléfono personales”, aunque de haber sido cierto, estaría pidiendo menos de lo que disfrutó Fidel Castro en su etapa de prisionero-vacacionista tras el asalto al cuartel Moncada en 1953 (con excepción de la televisión, que entonces no estaba tan difundida).

 

¿Recuerda el señor Ubieta Gómez las condiciones carcelarias de Fidel Castro en el presidio de Isla de Pinos, contadas por él mismo en varias cartas que son de conocimiento público? ¿Recuerda las referencias a las comelatas, los camarones, los tabacos, y el aire de mar como si fuera en la playa, que menciona el Comandante en Jefe en esas cartas?

 

Por cierto, el Comandante, cabecilla y organizador de un asalto a un cuartel militar en medio de una ciudad cubana, en tiempos de paz y en plenos carnavales, donde murieron decenas de personas, además de los asesinados por la dictadura, fue condenado a quince años de prisión, pero solamente cumplió veintidós meses, al ser amnistiado.

 

Zapata Tamayo, por su parte, cumplía condena de treinta y seis años, mucho más larga que las de al menos tres de los espías de la “Red Avispa”, alias Los Cinco, condenados en tribunales norteamericanos, con todas las garantías procesales, por espiar y conspirar contra Estados Unidos.

 

Si esa larguísima y cruel condena de Orlando fue producto de “desórdenes” provocados en la prisión, es de suponer que varios establecimientos penales hayan sido incendiados y destruidos para merecer tantos años de confinamiento, pero no hay noticias de sucesos de ese tipo.

 

Los cantos plañideros de los plumíferos del régimen alegando que se le dio atención médica son inmorales: atenderlo en la enfermería de la prisión después de una golpiza, o de someterlo a muerte por sed, no es un acto humanitario, sino cinismo superlativo. El régimen le exige al presidente Obama “una firmita” para liberar a sus espías, pero nadie en Cuba pudo dar una orden que evitara la muerte de Zapata. Como tampoco se evitó recientemente la de decenas de pacientes del Hospital Psiquiátrico: cosas de la potencia médica y la democracia socialista.

 

Dicen los rumores, que será muy difícil comprobar, que llegó ya muerto al Hospital “Ameijeiras”, trasladado desde el tristemente célebre Combinado del Este, pero no hay que desgastarse con esto: haya llegado vivo o muerto, llegó para morirse, porque después de la hazaña de decenas de días sin alimentarse ni claudicar, ante la indiferencia y el desprecio del régimen, no había otro desenlace posible.

 

Quienes han sentido con indignación y dolor la muerte de Orlando Zapata Tamayo no son mafiosos, mercenarios, terroristas, enemigos de Cuba, sino todas las personas con un poco de sensibilidad en cualquier lugar del mundo, que no pueden comprender cómo es posible dejar morir de hambre a un ser humano que, después de varias semanas sin ingerir alimentos y agua, pierde la capacidad de lucidez y puede ser alimentado a la fuerza por vía parenteral aún contra su voluntad, si de verdad se pretende evitar un fatal desenlace.

 

Pero es que el régimen apostó a que Orlando Zapata se rendiría, y pensó siempre que en cualquier momento desistiría de su actitud, porque lo subestimaron precisamente por ser negro, humilde y albañil, y lo evaluaron como si fuera un “cuadrito” de la nomenklatura y no el hombre cabal, decidido y valiente que realmente era, y cuando se dieron cuenta de la realidad era demasiado tarde, aunque de verdad hubieran querido evitar su muerte, lo que no puede asegurarse a ciencia cierta.

 

¿Hubiera sido igual de haber sido intelectual, profesional y blanco? Porque el repudio mundial ha llegado –aunque bienvenido sea- después de la muerte de Orlando, no para evitarla o impedirla: imposible para Zapatero, Moratinos, el Cardenal Ortega o Lula da Silva guardar silencio ante tamaña ignominia. Sin embargo, el pésame de rigor es demasiado convencional para tomárselo en serio, si no va acompañado de acciones consecuentes.

 

No se puede desconocer tampoco que la muerte de Orlando Zapata Tamayo torpedea todos los esfuerzos de la administración de Barack Obama en Estados Unidos para distender las relaciones con Cuba, como anteriormente se torpedearon otros esfuerzos de Jimmy Carter y Bill Clinton con el éxodo del Mariel y el derribo de las avionetas de “Hermanos al Rescate”.

 

Los intentos en el Congreso de liberar los viajes de norteamericanos a Cuba o dar facilidades comerciales al régimen, como preludio de un levantamiento del embargo, son mucho más difíciles de sostener después de la barbaridad contra Orlando. Al régimen, claro, no le preocupa en lo más mínimo, porque eso es precisamente lo que necesita: un “enemigo” a quien culpar de toda su estulticia, ineptitud y desvergüenza.

 

Tampoco los muy amistosos funcionarios del gobierno español, encabezados por el desvergonzado canciller Miguel Ángel Moratinos, la tendrán fácil ahora para venderle a la Unión Europea la sevicia de echar abajo la Posición Común a cambio de lograr compromisos del régimen para el respeto a los derechos humanos, por mucho que puedan presionar los mezquinos intereses de los inversionistas españoles en Cuba.

 

Los esbirros, que solamente llevaron a Orlando al hospital cuando no había nada que hacer para salvarlo, tenían, lamentablemente, antecedentes suficientes de otras muchas huelgas de hambre en que la sangre no había llegado al río: demasiadas huelgas de hambre que terminaron sin pena ni gloria.

 

La imagen de la muerte en las mismas condiciones de Pedro Luis Boitel hace casi cuarenta años estaba lejana en la memoria de los represores: algunos de los verdugos directos de Orlando tal vez ni habían nacido cuando Boitel moría por huelga de hambre en una prisión castrista.

 

Y como Orlando Zapata no se doblegó, como nunca se había doblegado en su vida, sorprendió a todo el aparato represivo con un hecho consumado que, en tiempos de Internet y extraordinario desarrollo de las comunicaciones, no se pudo ocultar al mundo, que comenzó a conocer la noticia casi al momento de producirse, a través de Internet, la prensa y las redes sociales, gracias a lo cual lo pudieron conocer también los cubanos en pocas horas o días, obligando al régimen a lanzar una ofensiva en la prensa mercenaria (o sea, la oficial) contra la persona de Orlando Zapata Tamayo, y una cruel referencia de Raúl Castro a “uno que se murió de hambre”, más su posterior timorata, cobarde, cínica y fría declaración  a la prensa extranjera, no publicada en Cuba, diciendo que era “lamentable” esa muerte.

 

Sin embargo, en realidad no ha sido “inútil” la muerte de Zapata, como ahora pretende hacer creer el régimen, que no logra disimular su preocupación, y ha lanzado todos sus perros de presa del pseudo-periodismo propagandista a tratar de recomponer y maquillar su imagen totalitaria, muy deteriorada con esta situación.

 

Ni es tampoco una muerte que le conviene a la “contrarrevolución”, como pregonan ahora los mancos mentales en La Habana: más bien, las cosas toman otro carácter.

 

Orlando Zapata Tamayo llevó el asunto a otro nivel mucho más alto: el de la acción decidida y consecuente, sin escándalos ni protagonismos. No pidiendo televisores ni teléfonos en la prisión, eso es falso, sino respeto y dignidad para su persona y todos los prisioneros de conciencia, políticos y comunes. Nada más que eso.

 

Pero fue capaz de mantener su posición hasta las últimas consecuencias. Y las personas decentes del otro bando (la decencia no tiene que ser tampoco exclusiva de exiliados y disidentes) también saben que eso merece respeto, aunque no se atrevan a decirlo.

 

Ir a una huelga de hambre no es una “posición de fuerza” para negociar, sino un recurso extremo de quien no tiene otra opción para intentar que sus reclamos sean tenidos en cuenta. Cuando la interrumpe sin lograr los objetivos, el huelguista pierde parte de su capacidad moral para enfrentar a los represores. Pero si es capaz de llevarla hasta lograr sus objetivos, o hasta el final, puede poner en serios aprietos a la tiranía: eso es lo que ha hecho, silenciosa y valientemente, Orlando Zapata Tamayo.

 

Tras su muerte, se enardecen quienes no temen al totalitarismo, y surgen nuevos compromisos y acciones. Otros prisioneros y disidentes, hasta el momento cinco personas, han comenzado huelgas de hambre, y otros han anunciado ayunos.

 

Merecen todo el respeto; nadie les obliga al sacrificio; y es de suponer que los que han comenzado huelgas de hambre saben muy bien que han tomado una decisión muy trascendental en estos momentos, tras el ejemplo de Zapata: si se pretende presionar al régimen por esa vía, y sin señalar límites temporales precisos a la protesta silenciosa de la huelga, la única manera de logarlo será siendo consecuentes hasta alcanzar los objetivos demandados, o hasta el trágico y fatal desenlace, con todo lo que ello significa, aunque de seguro los familiares, compañeros de lucha y amigos continuamente les pedirán desistir.

 

Es así no porque la “contrarrevolución” esté buscando “mártires” (muertos sobran en esta dictadura de medio siglo), sino porque esa actitud es la única que merecería respeto en esas condiciones, hasta de los adversarios.

 

Y, naturalmente, si en algún momento desisten de ese empeño, cuando fuera, habría que comprenderlos y aceptarlos: desde la comodidad de la calle y una vida más o menos aceptable no hay derecho para, ni se puede, juzgar la conducta atormentada de prisioneros de conciencia o disidentes sometidos a un cruel confinamiento, aislamiento, hambre, falta de higiene, insalubridad, y los peores maltratos, golpizas y vejaciones.

 

Aunque tampoco se puede olvidar que, a partir de ahora, y para siempre, cualquier intento dentro de Cuba de presionar al régimen realizando una huelga de hambre, y los resultados en que terminen esas acciones, los estará observando el mundo entero y, además, desde algún lugar, Orlando Zapata Tamayo.