Cubanálisis El Think-Tank

ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

   

 

 

                         

                                   Dr. Eugenio Yáñez

                                                                                                                                                            

 

EL PAYASO DE CARACAS

 

“¡Suéltame, que lo mato! ¡Suéltame, que lo mato!” Así grita el guapetón del barrio cuando nadie le está agarrando, pero desesperado porque lo agarren, para que parezca que de verdad quiere pelear con alguien que le ha puesto en ridículo y desinflado su mito de guapo.

 

Así ha reaccionado el payaso de Caracas cuando el gobierno colombiano, después de un paciente y efectivo trabajo de inteligencia, denunció ante el mundo, con fotografías, coordenadas y detalles, la presencia de unos mil quinientos narco-delincuentes de las FARC y el ELN en territorio venezolano.

 

La misma gritería y supuesto honor ofendido que desató el gobierno ecuatoriano hace un par de años, cuando certeros misiles de las fuerzas armadas colombianas enviaron al otro mundo al segundo de las FARC, “Raúl Reyes”, y la pandilla que le acompañaba, mientras descansaban plácidamente en territorio ecuatoriano para reponerse de tropelías llevadas a cabo en territorio de Colombia con la complicidad del vecino gobierno.

 

Hugo Chávez “se ofendió” con la denuncia colombiana, cual ramera a la que le gritan en la cara su profesión, y formó un escándalo, o mil escándalos, pero no pudo desmentir la acusación del gobierno colombiano, lo cual hubiera sido demasiado fácil si realmente fuera falsa: bastaría con invitar a la zona observadores internacionales neutrales que trataran de encontrar rastros de la presencia narco-guerrillera denunciada por el presidente Uribe y, al no poder encontrar nada, hubieran puesto en ridículo al presidente colombiano saliente y, a la vez, certificado la voluntad pacifista y el apego a la ley del gobernante bolivariano.

 

No podía hacerlo, naturalmente, pues las denuncias eran sustanciales. Y a diferencia de la veintena que formaba la pandillita de “Raúl Reyes” descansando muy cerca de la frontera colombo-ecuatoriana, en Venezuela son alrededor de mil quinientos facinerosos en plan de turismo revolucionario, y mucho más adentro del territorio venezolano.

 

No cabe argumentar que haya sido un grupo aislado que penetró la frontera sin permiso ni conocimiento del gobierno de Caracas, como pretendió hacer el gobierno ecuatoriano, hasta que al escarbarse en las computadoras capturadas a “Reyes” salió a la luz mucha complicidad y desfachatez, obligando al presidente Rafael Correa a moderar su lenguaje y buscar hojas de parra desesperadamente.

 

Unos mil quinientos narco-turistas de las FARC en territorio venezolano no pueden pasar inadvertidos en la zona, ni para el gobierno bolivariano ni para la población. No andan en traje de baño con revistas en la mano para leer a la orilla del río, sino uniformados y armados, con mochilas y municiones, comida y avituallamiento, y aunque estuvieran en plan de descanso y recuperación para regresar al combate, era imposible enmascarar el espíritu bélico de tan selecto grupo.

 

En estos mismos momentos, en medio del conflicto, y después de una demagógica “propuesta de paz” al gobierno colombiano, con fines exclusivamente propagandísticos y sin nada sustancial a discutir más allá de las consabidas babosadas de siempre, la narco-guerrilla acaba de asesinar en una emboscada a seis militares en una remota región de Colombia.

 

Por eso fue que Hugo Chávez consideró necesario organizar un gran show internacional, una ópera bufa, como víctima ofendida, al mejor estilo de Fidel Castro. Esto, además, le vendría de maravillas para desviar la atención del escándalo de los miles de toneladas de alimentos descompuestos y podridos –que gracias a la colaboración cubana, entre otras cosas, ya suma la alarmante cifra de 170,000 toneladas-, la cada vez más escandalosa corrupción, la inseguridad ciudadana, la inflación, y el agudo desabastecimiento energético y alimentario.

 

Distracción importante de la opinión pública a solo muy pocas semanas de elecciones parlamentarias, donde el chavismo se las debe ver apretadas, y hasta podría perder el control de la asamblea que generosamente le regaló la oposición en el 2005 al decidir no participar en aquellas elecciones.

 

Era imprescindible que Mambrú se fuera a la guerra. Sin margen para más nada, el teniente-coronel se desgañitó en los medios de prensa controlados profiriendo insultos e insensateces a diestra y siniestra, rompió con carácter inmediato –una vez más- las relaciones diplomáticas con Colombia, envió a todos sus genízaros a formar camorra en cuanto foro internacional sabe que no va a resolver nada, y ordenó a los venezolanos prepararse para la guerra, porque el presidente Uribe “es capaz de todo”. En el extremo de la ridiculez suspendió la visita a Cuba del 26 de julio, donde sería orador destacado, por el inminente peligro de invasión (algo que debe haberle agradecido en silencio Raúl Castro). Cualquier semejanza con La Habana de los años sesenta del siglo pasado no es pura coincidencia.

 

De paso, como quien no quiere las cosas, amenazó una vez más con interrumpir las ventas de petróleo a Estados Unidos en caso de producirse “una invasión” colombiano-estadounidense a territorio venezolano. Se dice que PDVSA está en estos momentos en “alerta amarilla”, por si hubiera que interrumpir los envíos del crudo a Estados Unidos: el colmo de la ridiculez.

 

Aunque en este caso se da la absurda peculiaridad de ser el vendedor quien amenaza a su cliente, como si fuera un bodeguero de La Habana amenazando al “usuario”. Tan preocupado está Chávez por formar escándalo que no tiene en cuenta la idiotez de su amenaza: si realmente algún día se interrumpieran definitivamente las exportaciones petroleras de Venezuela a Estados Unidos, la economía norteamericana se resentiría por algunos pocos meses hasta su readaptación con nuevos suministradores, pero la debacle de la economía venezolana sería permanente y la producción petrolera sufriría un daño irrecuperable durante muchísimo tiempo.

 

Daría risa, si no fuera algo trágico, el despacho de The Associated Press desde Caracas, señalando que “…el altercado diplomático con Colombia ha llegado en un momento oportuno para Hugo Chávez, quien podría beneficiarse políticamente si consigue desviar la atención de los venezolanos de una recesión, de la inflación más alta en Latinoamérica y de una delincuencia rampante”.

 

Porque el conflicto, simplemente, no es que haya “llegado en un momento oportuno”, sino que ha sido creado por Hugo Chávez en estos momentos precisamente para eso.

 

No hay que pensar que el teniente-coronel bolivariano sea tonto: él sabe perfectamente que el entorno latinoamericano en que se mueve, y más específicamente el suramericano, no le será nada hostil en esta circunstancia, y que puede aprovechar la situación a su favor si añade suficiente condimento para mantener en vilo a los venezolanos y llevar el tema de la “defensa de la soberanía” al terreno electoral.

 

De manera que el montaje escénico comenzó casi de inmediato, aprovechando todas las condiciones que podía tener a su favor en el entorno “antiimperialista”.

 

De inmediato la Organización de Estados Americanos (OEA), tras la presentación de las denuncias colombianas y el contra-escándalo chavista, hizo lo que mejor sabe hacer: nada. Y el Secretario General, tan involucrado contra el gobierno “golpista” hondureño durante el último año, se apresuró en declarar que la denuncia colombiana contra el gobierno venezolano es un asunto bilateral.

 

Hablemos claramente: ¿cuántos verdaderos problemas ha resuelto la OEA a lo largo de su historia? ¿Cuál es su credibilidad? ¿Qué gobierno latinoamericano o caribeño se siente compulsado por sus decisiones?

 

Sus más recientes decisiones de peso han sido eliminar las sanciones al régimen cubano por su incompatibilidad con el sistema democrático, que databan de la década del sesenta, y la muy bochornosa expulsión del gobierno de Honduras del seno de la organización, tras haber sacado a “Mel” Zelaya de la presidencia por intentar violar la Constitución del país, expulsión que mantiene hasta el presente.

 

UNASUR, la relativamente recién creada Unión de Naciones Suramericanas, demostró que puede competir de igual a igual con la vetusta OEA en cuanto a falta de efectividad e ineficiencia, y tras una reunión deslucida en Quito, sede pro témpore, no se pudo llegar a ninguna conclusión.

 

Estados Unidos se tomó muy seriamente la denuncia del gobierno colombiano. Arturo Valenzuela, subsecretario de Estado, declaró durante una visita a Trinidad y Tobago: “La posición de EE.UU. sobre esto es que queremos que ambos países encuentren una solución a su problema. Debemos dejar en claro que pensamos que las acusaciones presentadas por Colombia son serias y merecen ser revisadas y que sean respondidas por parte de los venezolanos”.

 

Mientras tanto, el presidente brasileño Lula da Silva quiso restar importancia al diferendo, casi presentándolo como un asunto personal entre Uribe y Chávez, y que debería ser resuelto por el presidente entrante colombiano, Juan Manuel Santos, y Chávez. La presidenta argentina, por su parte, demostró más compromiso con el defenestrado director técnico de la selección de fútbol, Diego Armando Maradona, que con la crisis bi-nacional, y no se comprometió demasiado.

 

Los gobiernos de Ecuador, Bolivia, Paraguay y Uruguay son más proclives al populismo chavista, de manera que el hecho de que haya narco-terroristas colombianos bajo la hospitalaria sombrilla venezolana no tuvo más peso que el arreglo final del diferendo por la papelera fronteriza entre Argentina y Uruguay, o el avanzar en un acuerdo para compensaciones de la energía paraguaya por parte de Brasil.

 

El inefable Evo Morales, por su lado, restándole toda importancia a la denuncia colombiana, le envió a su colega Hugo una felicitación de cumpleaños.

 

El resucitado Fidel Castro, después del colosal ridículo de haber pronosticado una guerra nuclear en Medio Oriente y Corea antes de los cuartos de final del Mundial de Fútbol, entretenerse con delfines del acuario, abrumar a 115 embajadores cubanos con amenazas de una inminente guerra nuclear, y dar tareas absurdas a los integrantes del Centro de Investigaciones de la Economía Mundial, entre otras cosas, hizo referencia al potencial conflicto colombiano-venezolano, pero sin demasiado entusiasmo.

 

Ya se sabe que son muy pocos los que a estas alturas del juego se toman seriamente los tremendismos anunciados o la capacidad de predicción del decadente Oráculo en Jefe.

 

El gobierno cubano, por su parte, por boca del siempre gris y demasiado aburrido José Ramón Machado Ventura, dijo simplemente, en el acto por el 26 de julio en Santa Clara, que en caso de una “agresión” armada de Colombia contra Venezuela estaba claro de qué lado estaría Cuba.

 

Lo cual, como casi todo lo que dice el señor vicepresidente cubano, ni quiere decir nada ni tiene demasiada repercusión práctica: eso lo hubiera podido declarar un pionerito de ocho años con la misma trascendencia.

 

No dijo nada diferente Raúl Castro al hablar sobre el tema esa noche en la semi-cumbre Cuba-Venezuela. Y en su discurso ante el llamado Parlamento cubano el primero de agosto ni siquiera hizo mención al asunto.

 

Complementando la payasada chavista, el canciller venezolano Nicolás Maduro comenzó una gira relámpago por la región suramericana para promover apresuradamente ante los gobiernos vecinos un supuesto “plan de paz” venezolano, del que no se conocen todavía demasiados detalles.

 

Cabría preguntarse, entre otras cosas, para qué se necesitaría un plan de paz entre dos naciones que no están en guerra.

 

Sin embargo, Chávez, tratando de cuidarse ante la aplastante evidencia presentada por el gobierno colombiano, ha llegado a decir que “pudiera haber en alguna parte, algún grupito, porque ese es el problema”. Nada más.

 

Y utilizando su típico lenguaje cuartelero al que está acostumbrado, algo absolutamente inapropiado para un jefe de estado, dijo que hablarle de paz a Uribe “es como mentarle la madre”.

 

Dando continuidad a la puesta en escena, la Fiscal General de Venezuela, Luisa Ortega, acaba de declarar que las pruebas presentadas por Colombia carecen de valor jurídico. “Lo que quieren hacer ver es que el Estado venezolano es protector de los grupos irregulares, que facilita el tránsito de droga para justificar el ataque de distintos organismos internacionales”.

 

Colombia, por su parte, ha declarado solemnemente que “jamás ha pensado en atacar al hermano Pueblo de la República Bolivariana de Venezuela, como lo dice el Presidente de ese país, en un claro engaño político a su propia Nación”, algo que todos los que tenemos acceso a información no censurada sabemos perfectamente, pero que al payaso de Caracas no le conviene que se sepa en su país, y mucho menos en estos momentos. Por eso dice que el peligro de guerra con Colombia es ahora el mayor que ha habido en cien años.

 

Por eso el teniente-coronel ha seguido insistiendo recientemente en sus muy absurdas acusaciones: “Uribe es capaz de cualquier cosa en estos días que le quedan (...) Esto se ha convertido en una amenaza de guerra y nosotros no queremos guerra”. (…) “Lo de ese señor es una enfermedad... yo no sé como piensa la mente de Uribe, bueno sí un poco... menos mal que ya se va…”.

 

Y en su interminable desenfreno y necesidad de hablar sin detenerse, tratando de crear a toda costa un ambiente donde los venezolanos olviden sus dificultades cotidianas y la posibilidad de asestar un duro golpe electoral al chavismo, siguió con barbaridades de pacifismo-guerrerista secreto-público como estas:

 

Estamos alertas, hemos desplegado unidades en la frontera para defender nuestra soberanía (…) aéreas, antiaéreas, de infantería, de operaciones especiales, pero en secreto porque no queremos crear alarma en la población”.

 

Colombia ha respondido sin dejarse intimidar, y anunció la puesta en funcionamiento de una base aérea cercana a la frontera con Venezuela para vigilar y combatir a las guerrillas FARC y ELN en esa zona. La base “tendrá responsabilidad sobre los departamentos de Arauca (fronterizo con Venezuela) y Casanare, con un total de 69,000 kilómetros cuadrados, y contará con aeronaves de transporte, inteligencia y combate de ala fija y ala rotatoria”, declaró en un comunicado la Fuerza Aérea colombiana.

 

Aunque Chávez dice que “le dio tristeza” tener que estar “revisando planes de guerra”, (como aquellas lágrimas de Raúl Castro cuando el general Arnaldo Ochoa iba a ser fusilado, ¿recuerdan?), el conflicto real, un choque armado, tiene muy pocas posibilidades de que la sangre vaya a llegar al río o de pasar mucho más allá del “¡Suéltame, que lo mato! del teniente coronel, por diferentes razones:

 

Venezuela no está en condiciones políticas, económicas ni sociales para un conflicto armado con Colombia, que no le interesa a ningún venezolano, a pesar del discurso bélico del presidente Chávez. Con las tensiones sociales existentes en el país un choque bélico podría facilitar una unidad superficial inmediata alrededor del tema de la “defensa de la soberanía” y “la patria en peligro”, pero podría muy rápidamente revertirse en un rechazo popular a Chávez por su irresponsabilidad y conflictividad.

 

La fuerza armada venezolana, a pesar del imponente fortalecimiento en armamento y recursos que Chávez ha facilitado malbaratando irresponsablemente el dinero de los venezolanos, no ha tenido operaciones combativas por más de cuarenta años. La gran especialidad de sus más altos oficiales en activo, todos proclives al chavismo, son las “comisiones” a recibir en los negocios, y la más rampante corrupción.

 

Por el contrario, en todo ese tiempo, las fuerzas armadas colombianas han tenido que estar combatiendo a los miles y miles de insurgentes de las FARC, el ELN y elementos paramilitares, diseminados por todo el país, con colosales recursos financieros gracias al narcotráfico, y disfrutando del apoyo tácito o abierto de diferentes gobiernos, lo que incluye, además de propaganda y soporte diplomático, información de inteligencia, entrenamiento, asistencia médica, cobertura oficial, transporte y comunicaciones.

 

Ni mencionar siquiera que si Estados Unidos, que tiene tan poco interés como Colombia en un conflicto armado contra Venezuela, participara en una operación conjunta con los colombianos frente a la locura “bolivariana”, la duración de ese conflicto sería menor que lo que puede mantenerse un merengue en la puerta de una escuela.

 

Y finalmente, aunque no por eso sea menos importante, no hay que olvidar la congénita cobardía personal de Chávez cuando se ha visto frente a choques armados: tanto en el fallido e irresponsable intento de golpe de estado en 1992 contra el gobierno democráticamente electo de Carlos Andrés Pérez, como cuando fue sacado del poder en abril del 2002 por su responsabilidad y complicidad en los crímenes del puente Llaguno contra la población civil desarmada que protestaba por las arbitrariedades del chavismo. En esas dos ocasiones lo único que supo hacer el teniente-coronel golpista frustrado fue rendirse.

 

Aunque se queda sin garganta ni voz hablando de Simón Bolívar, en el evento de un improbable choque armado colombiano-venezolano, que en realidad nadie desea, no hace falta para nada, y nunca traería nada positivo, Hugo Chávez no emulará, ni por un instante, al Libertador.

 

Su actuación, payaso al fin, será la réplica de la de otro bufón, el narco-dictador Manuel Noriega en Panamá durante la invasión norteamericana de 1989: mucho alarde y escándalo, con un machete en la mano, pero buscando desesperadamente una embajada extranjera donde le quisieran dar asilo.