Cubanálisis El Think-Tank

           ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

   

Dr. Eugenio Yáñez, Estados Unidos

 

 

 

El nuevo teatro de operaciones políticas (TOP) cubano - I I I y FINAL-

  

En el nuevo teatro de operaciones políticas (TOP) cubano cada participante ha ido mostrando sus cartas, lo que no necesariamente significa que hayan sido completamente comprendidas por sus posibles aliados o contrincantes.

 

Las estrategias de los “enemigos” externos

 

Para “el imperio”, a través de la política desarrollada por el presidente Barack Obama, que en última instancia representa los intereses del establishment norteamericano, las opciones están claras y no es necesario confundirse con lenguaje barroco o abstraccionismo del léxico: desde el punto de vista de la seguridad nacional de Estados Unidos, la estabilidad en Cuba pesa más que la libertad y los derechos humanos de los cubanos.

 

No se trata de que Washington, como repiten tontamente algunos, haya traicionado a los cubanos de dentro y fuera de la isla o, peor aun, se haya vendido a la dictadura de los hermanos Castro, sino de algo mucho más sencillo: Estados Unidos no tiene ningún interés en lidiar con una guerra civil en Cuba que pueda derivar en una gran masacre interna y/o en éxodos masivos de cubanos hacia las costas de la Florida.

 

Y tampoco le interesa que en la isla, a solamente 90 millas de las costas de Key West, distancia que se cubre con un viaje de veinte minutos por avión o unas pocas horas en lancha rápida, pueda existir un gobierno inestable y débil, que permita que el país se convierta en un centro de oportunidades para el tránsito, estancia y distribución del narcotráfico y/o del terrorismo; en un paraíso para el refugio, entrenamiento y actividades de apoyo logístico de enemigos políticos de Estados Unidos o refugio para delincuentes comunes reclamados por la justicia estadounidense, ya sean asesinos, secuestradores, estafadores al Medicare o a las compañías de seguros, evasores de impuestos, o ladrones en gran escala.

 

Es un hecho indiscutible que la economía cubana está en ruinas, y sus verdaderas posibilidades de recibir inyecciones frescas de nuevos capitales están y estarán muy limitadas mientras el régimen no se decida a modificar las reglas del juego. Es decir, debe acabar de una vez por todas con el absurdo cáncer económico de la doble moneda,  tiene que darle mayor espacio a las iniciativas “no estatales” -para decirlo con el eufemismo neocastrista- y al capital extranjero, sin arbitrariedades tales como obligar a los inversionistas foráneos a contratar a los empleados a través de una institución estatal cuyas únicas funciones reales son controlar políticamente a los trabajadores a la vez que los esquilma de manera escandalosa, apropiándose de casi la totalidad de sus salarios, que arbitrariamente los convierte en una pequeña parte de lo devengado disfrazado de sueldos miserables pagados en pesos cubanos desvalorizados.

 

A pesar de esas realidades, sin embargo, no puede decirse que el estado “socialista” cubano sea un estado fallido, al estilo de Somalia, Haití, o algunas naciones africanas, árabes y hasta centroamericanas. Lamentablemente, el poder y la autoridad de Raúl Castro parecen lo suficientemente sólidos para considerar que podrá mantenerse al mando de la nave hasta su anunciado retiro, o hasta su muerte, y se supone que en el tiempo que se mantenga como dictador continuará creando las condiciones que garanticen una transición económica al post-castrismo sin demasiados sobresaltos,  aceptable para Estados Unidos. Incluso el fallecimiento de Fidel Castro, que por razones biológicas se producirá más tarde o más temprano, crearía conmoción nacional momentánea, pero no bastaría para que se produzca una desestabilización que el régimen no fuera capaz de haber previsto cómo controlarla de manera relativamente fácil. Aunque sin descartar totalmente la historia española, donde Franco dejó su sucesión “atada y bien atada” y ya se conoce cómo evolucionó todo de manera tan diferente a lo previsto por el Caudillo. Lo que no quiere decir que tendría que ser así necesariamente en Cuba.

 

Puede decirse que lo más “desestabilizador” que ha sucedido en la isla en casi cincuenta años, desde el final de la luchas guerrilleras en la Sierra del Escambray, fue el llamado “maleconazo” de 1994, que en el imaginario popular mal informado y en las leyendas urbanas de Miami cada vez se magnifica más y se desvirtúa su verdadero significado y trascendencia. Comparado con  otras inestabilidades sociales, como el Caracazo de 1989, el Bogotazo de 1948, los levantamientos panameños de 1964 reclamando el Canal, la guerra civil de República Dominicana en 1965, la masacre de Tlatelolco en Ciudad México en 1968, o los golpes de Estado de Castelo Branco en Brasil en 1964, de Pinochet en 1973, o de Videla en 1976, o hasta la crisis en New Orleans tras el paso del huracán Katrina, el llamado “maleconazo” habanero parece un juego de niños.

 

En comparación con esas otras conmociones sociales mencionadas, los sucesos de La Habana se reducen a un desorden público no planeado en unas cuantas calles de la capital durante tres o cuatro horas, sin ningún tipo de reclamación política, algún que otro vandalismo (pedradas) contra vidrieras de tiendas, sin saqueos que valgan la pena mencionar. Y se redujo mediante la aplicación de una represión del tipo de “baja intensidad” a través de esbirros disfrazados de “pueblo enardecido”, sin demasiada visibilidad de la policía y los aparatos de seguridad, sin ningún fallecido por los disturbios y algunos pocos heridos, así como una cantidad relativamente modesta de detenidos, y según la leyenda oficial, todo finalizó abruptamente al aparecer en el lugar de los hechos Fidel Castro, convenientemente rodeado de una impresionante escolta, cuando ya los disturbios estaban bajo control.

 

Desde entonces, y especialmente tras la Proclama del 31 de Julio del 2006, la sucesión raulista ha establecido como parámetro represivo en La Habana golpizas puntuales a disidentes, que alternan o combinan con la detención por horas y su posterior liberación en lugares lejanos de sus domicilios, aunque a medida que nos alejamos de la capital, la brutalidad policiaca contra los opositores prima sobre las detenciones breves.

 

La estabilidad en Cuba, le interesa más a Washington y sus políticos, sean demócratas, republicanos o independientes, estén en la Casa Blanca, el Congreso o la oposición, y con independencia de las declaraciones para la prensa y la galería, que los reclamos de opositores en la isla y exiliados en Miami que se sienten preteridos o abandonados por la forma en que ha actuado y sigue actuando la administración Obama con el régimen neocastrista.

 

Europa, seguida por Japón, al igual que en los últimos setenta años de historia universal, se conforma con tratar de seguir de cerca al líder, Estados Unidos. La Unión Europea ya prácticamente ha echado a un lado, casi escandalosa y abiertamente, su Posición Común, para buscar sus propios acomodos con la dictadura cubana. Para eso requieren solamente una pequeña hoja de parra, que cada país se busca por sí mismo, desde cooperación en deportes o remozamiento de acueductos hasta exposiciones de arte o proyectos de agricultura suburbana. Además de guiarse, en general, por los mismos criterios que Washington en cuanto a la estabilidad isleña deseada, europeos y japoneses tienen el acicate de querer estar en el terreno en la mejor posición posible para cuando se produzca el esperado desembarco estadounidense, que de seguro no será con marines y paracaidistas, como tantas veces han anunciado los hermanos Castro, sino con equipos electrónicos, alimentos, ropa y automóviles.

 

A Europa y Japón nunca le ha pesado desde los tiempos de la guerra fría ser el segundo escalón de la ofensiva liderada por Estados Unidos, y aunque les pique el prurito del nacionalismo o del orgullo nacional, prefieren que los americanos vayan por delante, explorando el camino, desminándolo, y a la vez encarando las primeras eventuales confrontaciones o choques armados. Los europeos y los japoneses saben que por sí solos no pueden manejar globalmente un tema como este, que se desarrolla en el traspatio de Estados Unidos. De manera que buscan afianzarse sobre el terreno lo mejor y más sólidamente posible, y prepararse a toda velocidad para la cohabitación con los americanos dentro de la isla.

 

Solamente algunos españoles, porque ni siquiera son todos, siguen creyendo que están tan bien afianzados en Cuba que serán inmunes a la presencia norteamericana que ya ha comenzado a incrementarse desde el 17 de diciembre del 2004, y que se irá multiplicando a medida que se vayan distendiendo las restricciones del embargo y se impongan los intereses comerciales de los diferentes estados de la Unión, lo que ocurrirá irremisiblemente en algunos años a más tardar, a pesar del actual rechazo de una buena parte de la bancada republicana en el Congreso, jubilosa y fanáticamente apoyada por los legisladores cubanoamericanos.

 

Lo cual no constituye noticia, teniendo en cuenta que desde el 20 de enero del 2009, cuando inauguró su primer período presidencial, el presidente Obama ha tenido que enfrentar la resistencia acérrima y enconada de los republicanos en el Congreso, no solamente en el tema cubano, sino en todo lo que ha propuesto: el seguro de salud asequible; el plan de recuperación económica tras la debacle dejada por el presidente saliente George W Bush; la retirada de las tropas de Irak y Afganistán; las negociaciones nucleares con Irán; las relaciones especiales con Israel; la política energética; el tratado transpacífico; la política monetaria; el cierre del gobierno; la deuda nacional; las relaciones con Rusia, China, Japón, Europa occidental, América Latina, el mundo árabe y el resto del planeta; la política de defensa y las relaciones con la OTAN; y el matrimonio homosexual.

 

No se trata de que todo lo hecho o propuesto por Obama sea o haya sido correcto o lo mejor que se podía hacer, que no es el caso, sino que, casi automáticamente, el rechazo republicano a todas y cada una de las iniciativas del Presidente ha amplificado el clima de racismo visceral contra el primer presidente negro del país, surgido desde la inauguración de su administración, que llevó a muchos ciudadanos a poner en duda que hubiera nacido en Estados Unidos o lo acusaron de ser un musulmán al servicio de los degolladores del Medio Oriente.

 

Las estrategias de la dictadura cubana

 

El régimen neocastrista, por su parte, ha reaccionado ante la “apertura” de Washington con  discursos ampulosos y exigencias desmedidas, que siguen teniendo un gran peso en la política interna cubana y alimentan a la izquierda carnicera en todo el mundo, fundamentalmente en América Latina, donde gustan incluso a gobernantes que no se atreven a mostrar abierta y públicamente su “antiimperialismo” agazapado y cargado de rencores históricos. Pero más allá de esa imagen de seguridad, confianza, optimismo, principios morales y definición estratégica de toda su política exterior e interior, es evidente que continúa descolocado y confuso, como se le ha visto desde diciembre del 2014 hasta la fecha, porque el ritmo de los acontecimientos parece haber sobrepasado su “apreciación de la situación” realizada desde antes que se desataran las nuevas realidades.

 

La dictadura sabe perfectamente, aunque no esté dispuesta a admitirlo públicamente, que la leyenda de la plaza sitiada donde David combate estoicamente frente a un malvado Goliat ya se desvaneció con las acciones unilaterales e incondicionales emprendidas por el gobierno estadounidense, muy fuertemente criticadas por la mayoría de los republicanos en Estados Unidos y por grupos de exiliados y opositores cubanos de línea “dura”, que sin embargo no ofrecen opciones realistas o novedosas ni logran sobrepasar el más de lo mismo de siempre.

 

Y también sabe la dictadura que mantener el discurso antimperialista cansino y repetitivo de siempre todavía puede servirle en los núcleos de su partido comunista o en reuniones de los comités de defensa de la revolución, o hasta en discursos públicos de barricada o declaraciones en la prensa oficial. Pero ese tono no tiene muchas posibilidades de continuar, porque la mayoría de los gobiernos, cancillerías y embajadas extranjeras entienden perfectamente que Obama simplemente puso a La Habana el puente imprescindible para el acercamiento y la distensión, y que si a partir de este momento no se avanza mucho más en este sentido es por la parálisis y el pánico del gobierno cubano y no por la “maldad” del “imperialismo”.  

 

Sin embargo, por mucha que sea la presión internacional solamente propiciará, si acaso, un ligero repliegue de la represión y sus formas más burdas de palizas y mítines de repudio por parte del neocastrismo, pero nunca su eliminación absoluta, porque el régimen sabe perfectamente que no puede mantenerse sin reprimir a la población, más que nunca cuando la situación económica se mantiene estancada y no da síntomas de mejoría en los aspectos concretos, aunque en las relaciones internacionales se logren avances, como los obtenidos en los temas de la renegociación de la deuda o los acercamientos de la Unión Europea.

 

Aparentemente, el interés de Raúl Castro y sus generales es asegurar a toda costa que la transición al post-castrismo transcurra sin sustos ni sobresaltos para los privilegiados y cómplices del poder durante más de medio siglo, con garantías elementales de que no habrá persecuciones ni castigos para los represores, o que al menos se limiten a los más comprometidos en arbitrariedades y abusos y los más conocidos por la población, pero sin afectar a la gran mayoría de oficiales superiores, intermedios e inferiores de las fuerzas armadas y el ministerio del interior. De manera que la tarea de eliminar definitivamente la represión del panorama cubano tendrá que ser asumida, en caso de interesarle hacerlo, por el sucesor de Raúl Castro, sea quien sea, pero que de seguro será una persona que no llevará el apellido Castro ni por casualidad. A pesar de lo que digan algunos despistados sobre Alejandro y Mariela, hijos de Raúl Castro.

 

El comportamiento y las expectativas de los cubanos en la isla desde el 17 de diciembre del 2014 se ponen de manifiesto en la clara admiración por Estados Unidos y el presidente Obama, que se hace evidente en los temas de conversación cotidianos en casi todas las familias, en la forma de vestirse, y en la aparición repentina de cantidad de banderas americanas y símbolos de ese país que se ven en todas partes y a todas horas. Eso tiene que haber sobrepasado las previsiones de segurosos y comisarios, que no es que estuvieran despistados -pues ellos tienen información constante de la situación operativa en el país y de los partes operativos nacionales y por territorios- sino que tal vez no tenían una idea más exacta de que fuera tan extendida y tan evidentemente expresada la admiración masiva de la población, independientemente de sus posiciones políticas, hacia el supuesto  máximo enemigo de la nación cubana.

 

Al fin y al cabo, si siempre por parte del gobierno se justificaron todas las carencias de los cubanos y todas las arbitrariedades del régimen con la leyenda de la plaza sitiada por el tan malvado imperialismo, ese cambio radical y completo en la política hacia La Habana por parte de ese imperialismo que ahora es necesario llamar prudentemente “vecino del norte”, es natural que haya desatado las expectativas de la población de la isla, que mientras peor informada y conocedora de las realidades haya estado hasta ahora con más exhuberancia da rienda suelta a expectativas, ilusiones, y hasta leyendas de lo que está por llegar desde “el norte”.

 

Por si fuera poco, va a entrar públicamente en la escena cubana otro protagonista del proceso de distensión entre Cuba y Estados Unidos, el Papa Francisco -mucho más él personalmente que el Vaticano como Estado o como institución religiosa- una persona carismática y que es muy bien visto por millones de creyentes y no creyentes en todo el mundo. Un prelado con una destacada y modesta conducta personal sorprendente y poco usual para quien ostenta tan alta jerarquía, que enfatiza en aspectos humanos de la doctrina social de la iglesia y destaca los grandes problemas de la humanidad hasta un nivel que linda muy de cerca con el populismo de la vertiente más abstracta del peronismo argentino original, que ya resulta también una persona especialmente popular entre los cubanos de a pie, y no solamente entre los creyentes. Y se trata de esos mismos cubanos que no siempre tienen las mejores opiniones sobre el Cardenal Ortega y de parte de la jerarquía católica en la isla.

 

Así que -oh, impredecible y paradójico destino- después de más de cincuenta y seis años pretendiendo lo contrario y denostando a diestra y siniestra a “los malos” en todas partes y a toda hora, resulta que dos de los personajes más populares entre los cubanos de la isla, y digo “de los más populares” para no ser absoluto, resultan ser en estos momentos nada más y nada menos que el representante del imperio y el vicario de Cristo en la Tierra, para los católicos. Es decir, el máximo representante de la explotación económica y material de todos los pueblos del mundo, según la propaganda comunista, junto con uno de los representantes del opio de los pueblos, según esa misma propaganda atea, que el régimen ha buscado ir modificando por su conveniencia desde hace unos años, son hoy para los cubanos figuras que opacan a los “superhéroes” del oficialismo.  

 

Varios ejemplos en la actuación del régimen en estos últimos tiempos permiten precisar hasta dónde se puede estar produciendo una situación de sorpresa operativa dentro del nada monolítico y siempre muy oscuro y borroso aparato del poder cubano.

 

Uno de esos ejemplos demuestra el ridículo, y la absoluta incoherencia mostrada por el Departamento Ideológico del Partido, a cargo de toda la censura y la represión ideológica. En una reciente conversación del jefe de ese departamento, que tiene grados de coronel de las fuerzas armadas, con periodistas y trabajadores de la prensa en el país, para hacer un balance del sector, este censor-jefe partidista se dirigió amenazadoramente a los convocados.  Haciendo uso de su autoridad había advertido que no sería tolerada más “la postura inconsulta y el desdoblamiento” de periodistas oficialistas que colaboran con medios extranjeros y sitios digitales financiados desde el exterior, cuando un grupo de los presentes en la reunión le respondió con quejas y críticas que tomaron por sorpresa al censor, que no está acostumbrado a que le repliquen, ni mucho menos de esa forma.

 

El reportaje de la reunión por los libelos oficiales del régimen, aunque se presentó como una discusión y análisis sobre la objetividad y profundidad de la información, la lucha contra el triunfalismo, y los deberes de los periodistas, reflejaba tantas incoherencias, medias verdades y disparates que resultaba prácticamente imposible comprender lo que allí había ocurrido. Al final, quedó la sensación de que los censores no tienen ni siquiera una mínima idea de cómo abordar la información ante las nuevas realidades del país y del mundo, y que además de mencionar las generalidades y lugares comunes habituales con que se cocinan en su propia salsa, recetaban lo único que siempre han sabido recetar durante más de medio siglo: obediencia o represión.

 

Otro ejemplo reciente se pudo apreciar en Cubadebate, libelo digital del régimen que, dadas las dificultades para acceder a Internet dentro de la isla se proyecta fundamentalmente como propaganda hacia el exterior. Al presentar una información sobre las celebraciones de los 500 años de fundación de la ciudad de Remedios, en el centro de la isla, el titular señalaba que Miguel Díaz-Canel y Machado Ventura (en ese orden) habían presidido las actividades. De igual forma, el no muy extenso texto con la información mantenía ese mismo orden al mencionar a ambos dirigentes.

 

Desde el punto de vista jerárquico, al menos formalmente, era lógico haber mencionado antes al primer vicepresidente del país y posteriormente a uno de los vicepresidentes. Pero sucede que Machado Ventura es también segundo secretario del partido comunista y el PCC, según la Constitución vigente, “es la fuerza dirigente superior de la sociedad y del Estado”. Por lo tanto, tiene más jerarquía partidista que el primer vicepresidente. Esa contradicción también se expresó en las fotos, alrededor de quince o tal vez más, acompañando la información. Porque solamente en dos o tres fotos se mostraba al primer vicepresidente Díaz-Canel, mientras que en todas las demás se destacaba a Machado, segundo secretario del partido.

 

De manera que la información escrita y el mensaje visual no compaginaban. A algunos este detalle podrá parecerle una superficialidad o un hecho banal, pero en los mecanismos del poder en Cuba, donde nunca se producen equivocaciones jerárquicas a la hora de mencionar a los dirigentes en orden de importancia, la dicotomía entre los textos y las imágenes tienen que haber llamado la atención a muchos, que continuarán preguntándose cuál de los dos es en estos momentos el verdadero segundo al mando, aunque sea en las formalidades, y quién es el que ostenta el poder real. Pregunta que por otra parte lleva a cuestionarse si otra pata de esa mesa, el Comandante de la Revolución Ramiro Valdés, también vicepresidente, ha perdido poder con relación al “clásico” Machado o a la estrella emergente Díaz-Canel.

 

Otro ejemplo interesante, y será el último a abordar ahora, para no hacer interminable este texto, es el ridículo papel que le ha correspondido a Abel Prieto, asesor de Raúl Castro para los asuntos de la cultura y la intelectualidad, desde los preparativos para la Cumbre de Las Américas en Panamá hasta sus últimas intervenciones públicas en España. No es que Prieto fuera un intelectual brillante ni mucho menos, pero en un breve tiempo se ha transformado de alto funcionario que en contraste con otros a veces sostenía posiciones moderadas y tendencias aperturistas, a un guapetón de barrio de comportamiento grosero, que emplea un lenguaje arrabalero repleto de sandeces y barrabasadas que ni él mismo se las debe creer.

 

En los años sesenta la tarea de enfrentamiento contra los intelectuales “descarriados” se asignó a los militares: desde la Revista “Verde Olivo” Luis Pavón, bajo el seudónimo de Leopoldo Ávila, arremetió contra escritores cubanos que deberían entrar por el aro o ser multiplicados por cero, y así lo hizo. Como premio a su trabajo fue designado Presidente del Consejo Nacional de Cultura, antecedente del actual Ministerio de Cultura. Por su parte, Jorge “Papito” Serguera recibió las riendas del entonces llamado Instituto Cubano de Radiodifusión, con instrucciones de controlar a todos los eventuales “peligrosos” del sector, lo que llevó a cabo mediante prohibiciones de artistas, obras y composiciones musicales, e incluso llegó a establecer asignaciones porcentuales de cuánta música cubana, latinoamericana, del “campo socialista” o “extranjera” podía transmitirse por radio y televisión.

 

Pavón y Serguera eran militares y “cuadros” políticos, no intelectuales o artistas, aunque Pavón había incursionado con más pena que gloria en la poesía. La tarea de ambos era abiertamente represora, y no necesitaban disimular o fingir lo contrario, sino dejar bien claro para qué estaban en esos cargos y lo que se esperaba de ellos. Sin embargo, Abel Prieto no es más que un mediocre escritor relativamente bien aceptado en el gremio intelectual cubano cuando fue Presidente impuesto de la Unión de Escritores y Artistas y posteriormente Ministro de Cultura, y siempre se tuvo cuidado de que no apareciera como represor o comisario político del sector. ¿Por qué, a estas alturas, se le asigna esta tarea tan burda que pude desempeñar cualquier esbirro cultural de segunda categoría? ¿Y por qué la acepta? No será posible saberlo definitivamente, pero eso parece indicar que todavía pueden existir prioridades dentro del poder en Cuba que hasta el momento no están muy bien definidas, y que están mucho peor asignadas.

 

Las victorias estratégicas del régimen en el campo económico, a pesar de las fanfarrias de la ley de inversiones extranjeras, el Puerto de Mariel y la Zona Especial de Desarrollo, y del olvido sepulcral de los mágicos planes para obtener petróleo en gigantescas cantidades debajo de las superficies marítimas alrededor de la isla, se observan solamente en la prensa escrita y la televisión oficial, y no acaban de producir resultados realmente sólidos y claros como para vislumbrar avances hacia el desarrollo.

 

La doble moneda sigue lastrando el funcionamiento de la economía, el comercio internacional, la competitividad en el turismo y las condiciones de vida de la población, a la vez que limita los deseos de tomarse riesgos por parte de inversionistas extranjeros que no acaban de ver con claridad -porque no son tontos- como puede evolucionar el país en el futuro, cuando el propio gobierno no da muestras de saber cómo hacerlo. A pesar que desde el 2013 se hizo referencia a un famoso “día cero” donde todo comenzaría, como gran big-bang monetario castrista, ya han pasado alrededor de dos años del anuncio y ni siquiera se atisban en el horizonte posibilidades para su realización.

 

Continúan las gigantescas erogaciones anuales en divisas para importar productos para alimentación humana y ganadera que podrían generarse en el país, pero que no se logran por la absoluta ineficiencia de los aparatos estatales. En estos momentos el 85% de la ganadería del país está en manos de productores privados y cooperativas, mientras el ineficiente estado socialista se hace cargo del 15% restante. Pero sus gastos son cada vez mayores, sus resultados productivos siguen por el piso, y cada vez que se interfiere en las actividades de privados y cooperativistas es para prohibir y hacer daño, no para mejorar nada.

 

El estado sigue aferrado a las empresas estatales agropecuarias y azucareras, pero sus resultados continúan siendo bajísimos. En una reciente reunión en el municipio matancero de Colón, la información oficial reconoció, con el eufemismo de siempre, que “de manera general los resultados son más favorables que los del año anterior, aunque el peso productivo recae sobre el sector cooperativo y campesino”. Es decir, que las empresas estatales continúan aportando pérdidas y dificultades, mientras que los campesinos y los cooperativistas son quienes producen.

 

¿Y qué problemas tienen las empresas estatales de la agricultura y las azucareras? Muy sencillo: que todo es un desastre, como de costumbre. Dicho en el lenguaje oficial eufemístico de siempre es así: “Entre las principales causas de los bajos resultados figura el desaprovechamiento de la jornada laboral, mala preparación de los suelos y de la semilla, incorrecta utilización de las variedades cañeras y la escasa explotación de las áreas dedicadas a la ganadería, así como ineficiente organización de la cosecha y el transporte”. Lo mismo, prácticamente, que se decía en los años sesenta, setenta, ochenta, noventa, y durante todo lo que va del siglo 21.

 

Con esos problemas, esos conceptos, y buscando como soluciones únicamente las sosas palabras del catecismo de Machado Ventura de que “…ustedes pueden hacer un poquito más, todavía existen reservas de eficiencia sin explotar, necesidad de cambios en el orden organizativo e inclusive de superación profesional y técnica para conseguir mayores resultados”, está claro que las verdaderas soluciones no aparecerán, y de no ser por las evidentes limitaciones biológicas de la gerontocracia, pasarían cincuenta y seis años más sin que aflorara, ni de lejos, ese abstracto socialismo próspero y sustentable que nadie sabe que cosa es, dónde está, ni cómo se llega a él.

 

Lo más grave para el régimen, sin embargo, es que dentro de unos meses, en abril del 2016, manteniendo el principio de celebrarlo en el aniversario de la proclamación del “carácter socialista” de la revolución y los combates de Playa Girón, debería llevarse a cabo el séptimo congreso del partido comunista de Cuba, según se anunció en febrero del 2015.

 

Faltando menos de diez meses, y teniendo en cuenta todo el trabajo preparatorio de un evento de esta naturaleza, que de acuerdo al estilo de dirección de Raúl Castro debe realizarse de manera meticulosa y específica, todo parece indicar que los esfuerzos se concentrarían en presentar las grandes y milagrosas estrategias salvadoras en ese congreso, y que desde ahora hasta entonces seguirán los palos de ciego, remiendos de urgencia, curitas de mercurocromo y llamados absurdos al esfuerzo, el ahorro y la eficiencia, sin llevar a cabo transformaciones decisivas como las que requiere no solamente la economía, sino el país en general.

 

De manera que la población, que sabe que nada puede esperar en lo referente a las libertades políticas, pues no están contempladas en ningún momento por parte del régimen, tendría que esperar para el próximo año para alcanzar mejorías económicas, si es que entonces, en el mejor y más afortunado de los casos, podrían comenzar a producirse, aunque sea de manera muy limitada.

 

Las estrategias de los opositores, los disidentes y los exiliados

 

Los opositores, disidentes y exiliados, hay que decirlo crudamente, no parecen tener estrategias definidas en estos momentos para lidiar con las nuevas realidades de la Isla.

 

Gritar contra el Presidente Obama alegando traición o abandono, como hacen algunos hasta de manera descompuesta, sirve tal vez para realizar catarsis o para satisfacción de algunos padrinazgos miamenses, pero no para mucho más. De nada vale recriminar o insultar al Cardenal Ortega porque dijo que en Cuba no quedan presos políticos, si cuando ese mismo Cardenal pide a los opositores que le muestren el listado de presos políticos existentes pasan los días y los días sin que tal listado aparezca.

 

Un reciente incidente en la Sección de Intereses de Estados Unidos en La Habana, donde dos ex-presos políticos pretendieron entregar al Cardenal un listado -otro más- de presos considerados políticos, y que fue rechazado por el prelado, aparentemente por considerar que se hacía en el lugar inapropiado y en forma descompuesta por los peticionarios, fue reflejado en la prensa superficial tendenciosamente. Ortega Alamino aparentemente dijo que llamaría a los encargados de la seguridad del evento para que no le molestaran más, pero los titulares publicados mencionaban que habría amenazado con llamar “a la seguridad”, sin apellidos, lo que sugeriría que amenazaba con llamar a la Seguridad del Estado, algo que nunca hizo el Cardenal. Pero así es como funciona la prensa amarilla en Miami, conocida también como la Capital del Sol y también como la Capital del Fraude al Medicare y a los Seguros. Un posterior desmentido por parte del Arzobispado de La Habana sobre el incidente ha dejado a los acusadores en posición delicada y ha dañado su credibilidad, a menos que puedan demostrar que los hechos ocurrieron de manera diferente a la versión divulgada por la jerarquía eclesiástica.

 

La oposición, para ser tomada en serio, tiene que actuar con seriedad y responsabilidad. De lo contrario, no se gana la credibilidad y el prestigio que resultan fundamentales en cualquier juego político en cualquier lugar del mundo y en cualquier época histórica. Reclamar asientos en mesas de negociaciones en base a derechos morales no funciona en el mundo de la realpolitik: ese puesto hay que ganarlo con resultados políticos y arrastre popular que demuestre suficiente poder de convocatoria y alternativas realistas frente a las de los poderes existentes, factores en los cuales los opositores cubanos en la isla, lamentablemente, hasta ahora tienen demasiado poco que mostrar.

 

Y viajar continuamente al exterior, participando en seminarios, congresos, comités,  reuniones, simposios o talleres puede servir para pasar unos días fuera del infierno de la isla, y para ser un poco más conocidos en el exterior, sobre todo en Miami, Washington y Madrid, pero también tiene un costo político. Por algo el régimen los autoriza a salir y regresar, y utiliza esos viajes y sus declaraciones en el extranjero contra el restablecimiento de relaciones con Estados Unidos para acusarlos de que no les interesa que mejore la situación de los cubanos de a pie.

 

No importan cuantas declaraciones de intenciones unitarias y plataformas programáticas o recogidas de firmas se proyecten o intenten a su regreso a la isla, si no se logra ganar la calle en el barrio donde se reside y encontrar seguidores entre los vecinos más cercanos.

 

Mucho más efecto político contestatario real tendría denunciar entre los vecinos y pobladores más cercanos de sus zonas de residencia diversos ejemplos de corrupción y escándalos, como la reciente francachela de Antonio Castro, el hijo del Comandante, vacilando la vida en las islas griegas y en balnearios de lujo turcos con el dinero de los cubanos que viven en la miseria. Como hacían el hijo del dictador dominicano Rafael Leónidas Trujillo o el del libio Muammar el-Gadafi.

 

Dos opositores mucho menos conocidos en Miami o internacionalmente, sin cargos pomposos ni declaraciones altisonantes, fueron postulados a las elecciones locales del poder popular en Cuba en meses pasados, y tuvieron más trascendencia e impacto internacional que muchos opositores profesionales actuales, que en ocasiones resultan mucho más profesionales que opositores.

 

No ganaron en sus circunscripciones ni mucho menos, pero decenas de cubanos, en ambos casos, dieron su voto a esos sencillos opositores cubanos, que desde la modestia de su actuación demostraron más poder de convocatoria y arrastre popular, en la relación día a día con sus vecinos, que algunos de los que gritan por aquí insultando a obispos y embajadores indistintamente, que anuncian programas sin pies ni cabeza de actividades y supuesta “lucha” que duran menos que el clásico merengue en la puerta del colegio, y que ya son personajes más conocidos en el aeropuerto de Miami que en las calles cercanas a sus casas en la isla.

 

Si se desea continuar como hasta ahora, cualquier estrategia vendrá bien, pues nunca se logrará nada realmente significativo más allá de recibir palizas e improperios, que es lo que siempre ha sucedido y parece que algunos consideran que se trata de una maldición que continuará sucediendo por siempre. Sin embargo, si realmente se desea y se intenta contribuir a los cambios que lleven al país a las libertades fundamentales y la prosperidad a la que tienen derecho todos los cubanos, entonces ya hace tiempo que deberían haberse puesto a pensar en objetivos concretos y estrategias realistas para lograrlos, y recordar que nadie que se considere a sí mismo como opositor honesto y decidido puede actuar como vedette o “celebrity” y estar buscando aparecer en prensa amarillista, revistas del corazón o programas de televisión insulsos en el sur de la Florida.

 

Las frases anteriores son duras, no caben dudas. Pero su intención no va dirigida contra las personas de los opositores o las organizaciones opositoras que día a día se enfrentan a la dictadura en los lugares más candentes, ni cuestionan su integridad personal ni su valor, que en muchas ocasiones han demostrado fehacientemente. Sin embargo, sí van dirigidas, con fuerza e intención, contra las estrategias absurdas, los programas cándidos, las piruetas intelectuales y la palabrería hueca que en tantas ocasiones, más que contribuir al desarrollo de la oposición y el cuestionamiento moral y político de la dictadura, restan prestigio a muchos disidentes y opositores que merecerían mucha mejor suerte, pero que no pueden lograrla mientras las cosas no se realicen adecuadamente siempre, y no como, lamentablemente, se hacen tantas veces.

 

Los exiliados, por su parte, parece que todavía no han logrado entender completamente un principio elemental de la lucha política: ningún exilio en el extranjero ha logrado derribar una dictadura en su país. Y si se mostrara algún ejemplo que lo haya logrado, sería sin dudas la excepción que confirma la regla y no la generalidad. Realidad que vale y valió para los rusos en París o Finlandia, los polacos en Chicago, los checos, húngaros y los propios alemanes del Este en Alemania Federal, los búlgaros en Grecia, los yugoslavos y albaneses en Italia, los chinos en Taiwán, Singapur o Malasia, los norcoreanos en Corea del Sur, y los cubanos en Miami o New Jersey.

 

Lo que no ha sido posible hasta ahora, ¿por qué llevaría a pensar que esta vez sí sería distinto? Y en caso de que se pensara así, que podría ser esta vez, habría que responder algo mucho más claro: ¿Por qué esta vez tendría ser diferente?

 

En Miami, New Jersey y Madrid, las tres mayores congregaciones de exiliados cubanos en el exterior, desde el 17 de diciembre del 2014, han abundado quejas, lamentos, frustraciones, acusaciones y polémicas estériles. Han escaseado, sin embargo, ideas novedosas, proyectos creativos y propuestas interesantes sobre cómo hacer las cosas en las nuevas condiciones que tenemos delante para lograr los objetivos que nos proponemos. Y todo eso considerando, generosamente, que tales objetivos se tienen bien, o al menos mínimamente definidos, más allá de una generalización imprecisa o del lugar común de declarar que lo que se persigue es “la libertad de Cuba”.

 

Mientras eso no exista, demasiados esfuerzos pueden resultar estériles. Pero el más estéril de todos sería, sin dudas, desgastarse pretendiendo llevar hacia atrás el reloj de la historia hasta el día anterior al 17 de diciembre del 2014, como si eso fuera posible.

 

Es un absurdo, pero menos grave y dañino que pensar que Cuba, esa Cuba que perdimos y que hemos abandonado como lugar de residencia en diferentes épocas y circunstancias, podría volver a ser, algún día, igual que la Cuba que dejamos atrás, como si el tiempo nunca hubiera transcurrido y los que quedaron allá no contaran para nada.

 

De la misma manera que esa Cuba, la Cuba de cada uno de nosotros que quedó en la isla ayer o hace medio siglo, es irreal y existe solamente en nuestros recuerdos y fantasías, así de irreal y fantásticas son las estrategias que diseñaremos para ella si no acabamos de comprender que la historia no tiene marcha atrás, y que gane quien gane las elecciones presidenciales en Estados Unidos en 2016, los intereses del establishment no serán modificados por las intenciones, la testarudez o la torpeza de un nuevo (o nueva) presidente.

 

Y con relación a las anteriores frases duras sobre el exilio, está claro que no van dirigidas contra los exiliados en general ni contra ninguno en particular, sino contra las malas estrategias, o la falta de estrategias, que no conducen a nada y que han demostrado en reiteradas ocasiones que no funcionan. Y que no tendrían por qué funcionar por el simple hecho de que se intentara una vez más de la misma manera que todas las oportunidades anteriores.

 

De manera que si no somos capaces de diseñar estrategias realistas y sensatas, basadas en el arte de lo posible y consensuadas con todos los protagonistas que representan a los cubanos de a pie, no a sus verdugos, los resultados no solamente serán decepcionantes, sino inefectivos por completo.

 

De ser así, mejor apagar la luz y acostarse a dormir.