Cubanálisis El Think-Tank

           ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

   

Dr. Eugenio Yáñez, Estados Unidos

 

 

 

El nuevo teatro de operaciones políticas (TOP) cubano - I I -

 

Los disidentes y el exilio

 

Al analizar el primero de estos dos elementos importantes para una transición democrática en Cuba tenemos que lamentablemente describirlos como “los disidentes” y no “la disidencia”, porque ésta sigue siendo todavía sueño de una noche de verano, que no logra articularse, ni mucho menos convertirse en verdadera opción alternativa frente al régimen, y que, por una razón o por otra, no es capaz de arrastrar seguidores en cantidades suficientes para constituir una verdadera masa crítica capaz de impulsar un cambio político.

 

¿Cuántas organizaciones opositoras existen en Cuba? Es prácticamente imposible saberlo con exactitud, porque además de la enorme cantidad que existen, continuamente surgen otras o desaparecen algunas de las existentes. En algunas de ellas, para contar sus integrantes bastan los dedos de las manos y además hay que tener en cuenta que en ese pequeño grupo participan familiares del fundador o líder. Otras organizaciones, por el contrario, han crecido significativamente en membresía y son mucho más visibles en acciones de denuncia y enfrentamiento con el régimen. Algunas de ellas se han ido estructurando más allá de sus lugares de origen, y han logrado extenderse provincial o hasta nacionalmente. Sin embargo, desdichadamente, la mayoría de esa oposición la forman pequeños grupos mal organizados y sin un rumbo determinado más allá de rechazar las políticas y acciones de la dictadura, aunque eso no impide que reciban el embate de las fuerzas represivas igual que las organizaciones mayores, o a veces más violentamente aun, cuando la policía política considera que al ser menos visibles, tendrán menos efecto sus posibilidades de denuncias por maltratos y arbitrariedades.   

 

Si no bastara con la represión que sufren todos los opositores, algunos más, otros menos, además se producen continuas fricciones entre las organizaciones y en el seno de ellas mismas. Hace algunos meses resultó patético el lamentable espectáculo alrededor de las Damas de Blanco, con motivo de la filtración de un video sobre un mitin de repudio contra una de sus fundadoras, calificado eufemísticamente por los repudiantes como “rechazo”, porque supuestamente los de repudio solamente los organiza el régimen.

 

Si analizamos una serie de acusaciones sobre destinos inapropiados de recursos financieros, divulgadas también por los aparatos de seguridad del castrismo, nos quedamos con un mal sabor en la boca, no solamente por la posibilidad de falta absoluta de ética en algunas de las acciones que se ventilaron públicamente, sino también porque para muchas personas quedó la falsa impresión de que las Damas de Blanco no eran lo que parecían, sino que se trataba en las bases de señoras que actuaban por un puñado de dólares, y las líderes por cantidades muy superiores.

 

Estas acusaciones, independientemente de la mala fe inducida en algunas informaciones para beneficio del régimen, los desmentidos y contra-desmentidos de los vinculados directamente a la polémica, o de los periféricos que empujan para salir en la fotografía, los apoyos públicos y privados a estas o aquellas posiciones, las inefectivas y torpes políticas de la USAID, y no toda la necesaria transparencia por parte de los principales involucrados, dañaron la  imagen pública de una organización que, a base de sacrificios y heroísmo, fue ganando el reconocimiento y respeto de muchas personas en todo el mundo.  Los logros de antaño hoy están muy mermados no solo debido a los problemas mencionados, sino también por las diferencias de opinión entre el Cardenal Ortega y los opositores y exiliados sobre si hay o no hay presos políticos en el país, y así hemos llegado tristemente a un punto en que muchos se preguntan cual es la razón de ser de las Damas en estos momentos.

 

Y aunque dentro de Cuba y en el destierro hay quienes se comportan como maravillosos avestruces con la cabeza entre la arena para ignorar las realidades, el hecho cierto es que en los últimos tiempos la organización se dividió, perdió la fuerza que emanaba de su unidad, y a pesar de la retórica de que, lejos de dividirse, las Damas de Blanco se multiplicaron, el hecho cierto es que ahora hay varias organizaciones vinculadas con ese nombre, cada una de ellas actuando por su cuenta. Y no seamos cándidos: para el norteamericano, europeo, africano, asiático o latinoamericano interesado en saber desde lejos lo que sucede en Cuba, las “Damas de Blanco” son una única organización de señoras que visten de blanco, asisten a la iglesia, y reciben palizas por parte de los aparatos represivos. Esos observadores externos no tienen por qué conocer los matices ni las discrepancias de las diferentes organizaciones que se mueven a la sombra de ese nombre.

 

Los interesados de siempre en las superficialidades y asuntos secundarios continúan discutiendo de quién es la responsabilidad por el cisma de las Damas, quién actuó bien o quién actuó mal, y a quien debería repudiarse, o más bien “rechazarse”, porque no hay que olvidar que el “repudio” lo ejecuta solamente el régimen. Sin embargo, entre las Damas y todos los periféricos que las apoyan, participan, opinan, asesoran, (algunos de los cuales reciben también sus cuotas de palizas dominicales o cualquier día de la semana), muy pocos han logrado elaborar propuestas sensatas sobre lo que debería hacerse para superar el absurdo antagonismo y funcionar con una misma voluntad y estrategia. Y es que para ello es necesario renunciar verdaderamente a egos y vanidades, desmedidos afanes de protagonismo, delirios de grandeza, y también a recursos financieros que vienen aparejados con determinados cargos y funciones.

 

Con relación a las organizaciones opositoras en el país, se ha llegado a un punto en que ya no constituye noticia una información haciendo referencia a compromisos de unidad entre algunas de ellas, unidad que muchas veces, días después de haberse anunciado el supuesto compromiso, comienza a brillar por su ausencia, pues cada quien actúa según sus percepciones, mientras que los ecos de los acuerdos unitarios se diluyen. Y así la unidad solo se pone de manifiesto en que ninguna de estas organizaciones escapa a  los mítines de repudio y las palizas que reciben sus miembros en cualquier parte del país y por cualquier motivo, ya sea cuando llevan a cabo una protesta pública contra la dictadura o reclaman contra el abuso policial de algún esbirro represor contra personas indefensas.

 

Lo más grave, sin embargo, no resulta la cantidad de organizaciones existentes, ni tampoco la reiterada presencia de determinados opositores -casi siempre los mismos- en eventos internacionales y viajes al exterior, en una buena proporción a Miami, Madrid, México y varias capitales europeas. Lo que es muy peligroso es el maridaje exilio-opositores que se ha venido conformando en los últimos tiempos.

 

Determinadas organizaciones o instituciones exiliares, muchas de ellas -por no decir todas- que reciben apoyo financiero del gobierno de EEUU, “apadrinan” a “sus” propios opositores. Esto no tendría nada de objetable si no fuera porque ningunean a todos los demás y se comportan como si no existieran más opositores que los suyos.

 

Esa “profesionalización” de la oposición -ya el exilio está profesionalizado desde hace mucho tiempo- se pretende justificar con la necesidad de apoyar a los opositores ante el hostigamiento y el cerco del régimen contra ellos, lo cual es evidentemente cierto y hasta necesario, pero eso también crea el indeseado efecto de caramelizar las zanahorias y hacer mirar a determinados opositores más hacia los ingresos potenciales que hacia las tareas que les corresponderían en su calidad de individuos u organizaciones que se enfrentan a la dictadura y tratan de constituir alternativas realistas para los cubanos.

 

Alternativas que no han aparecido en mucho tiempo y que no parece que tengan demasiadas posibilidades de surgir y establecerse mientras las cosas continúen como están ahora en las relaciones opositores-exiliados y la forma en que actúan desde ambas partes, torpedeados siempre, sea implícita o explícitamente, por la perfidia del régimen de La Habana, a través de ataques directos y visibles o acciones subrepticias de sus muchos agentes en todas partes, y que lamentablemente, en ocasiones logran mucha más efectividad y trascendencia que las respuestas por parte del exilio o los opositores, que se caracterizan por actuar más a la defensiva que de forma proactiva.

 

Para decirlo claramente: los opositores no han logrado estrategias definidas, lo suficientemente claras, ajustadas y divulgadas para alcanzar, lo más importante, hacer que los cubanos las conozcan, se interesen en ellas, las discutan, y las tomen como propias.

 

Anunciar desde Miami un supuesto paro nacional en Cuba, sin fecha, objetivos, tácticas u organizaciones que lo dirigirían, más allá de los primeros quince segundos de atención concitados por los titulares, comienza a convertirse en espectáculo circense y nadie se lo toma en serio. O en otro ejemplo, hacer declaraciones ampulosas en varios países sobre realidades opositoras cubanas que no son palpables más allá de la mente de quien hace las declaraciones, podrá entretener momentáneamente a algunos lectores a quienes pueda interesar el tema, pero su efecto no trasciende más allá del próximo titular sobre la señora a la que le arrebataron la cartera cuando salía del supermercado.

 

Para enfrentar el castrismo de manera efectiva no basta con el valor y el heroísmo. Esa no es una tarea para Supermán ni algo que pueda resolver Tres Patines con una buena ocurrencia. Es necesario inteligencia, creatividad, sentido común, perseverancia y realismo político, cualidades y virtudes que no siempre están disponibles para todos los opositores o disidentes, independientemente de su valor personal, que algunos han demostrado con creces en más de una ocasión.

 

Mientras eso no se logre, todos los llamados para cualquier cosa, la recogida de firmas a través de la Internet que no tienen los cubanos de la isla, y todos los llamados, denuncias, peticiones, “tuitazos”, acuerdos, cartas abiertas, performances, protestas, ayunos, misas, y hasta heroicas huelgas de hambre de determinados prisioneros en reclamo de derechos elementales, seguirán teniendo más impacto en la prensa extranjera y en los corrillos de Miami, Madrid o Ciudad México que entre la población cubana, que tiene que luchar por la subsistencia más elemental de su familia mientras algunos opositores complican el tráfico aéreo internacional, según los augurios de un inefable esbirro intelectual del régimen ahora venido a menos.

 

El exilio

 

En cierto sentido, la realidad de los disidentes dentro de la isla se refleja en el exilio, sobre todo el miamense. O quizás sea a la inversa, la realidad del exilio se refleja en el comportamiento y acciones de los opositores dentro de Cuba. No se trata de que eso sea bueno o malo, sino de que, por existir en dos escenarios y condiciones diferentes por completo, las estrategias y tácticas de cada parte tienen que ser las que correspondan a cada realidad, sin que eso implique vivir de espaldas hacia la otra parte o pretender ignorarla por una razón o por otra.

 

El exilio también está dividido, no solamente en el gran cisma irreversible de exiliados-desterrados-emigrantes, que en los últimos tiempos ha ido siendo aceptado cada vez por muchas más personas, sino incluso dentro del propio exilio-destierro que podríamos llamar activo, que sería una manera más realista de definirlo que hablar de un exilio “militante” cuando esa eventual militancia está limitada, antes que todo, por las leyes de los países que acogen a los exiliados.

 

Llamarlo activo no significa desconocer las historias de valor y heroísmo que protagonizó el exilio cubano en todas partes, ni tampoco tener que aceptar mansamente como axiomas leyendas que perduran sin evidencias concretas para demostrarlas, y que no resisten el análisis más elemental.

 

Ese exilio activo, o tal vez sería mejor decir esos exiliados activos, también sufren las patologías de la división, la lucha desmedida por el protagonismo, el culto a los egos, y la necesidad de aferrarse a cualquier cosa que represente un hilo de esperanza libertaria que sirva como antídoto a la frustración, así sea momentáneamente.

 

Las declaraciones pomposas del tipo de que el exilio está más fuerte y más unido que nunca, o proclamaciones de unidad eterna y estrategias comunes que en ocasiones perduran menos que el clásico merengue en la puerta de un colegio, constituyen la versión exiliar del socialismo o muerte o de la unidad y apoyo inquebrantables del pueblo con su revolución, que se elaboran en La Habana para consumo interno de adoctrinados y desinformados, y también para tontos útiles cosmopolitas y miserables de toda laya.

 

Y esa división exiliar tiene su reflejo en las relaciones con los opositores dentro de Cuba, como ya hemos mencionado. Los esfuerzos y recursos de determinadas agrupaciones del exilio se canalizan y dirigen a apoyar -o en ocasiones a pretender controlar, lo que es mucho peor- a determinadas organizaciones, grupos o personalidades opositoras dentro del país.

 

También resulta lógico, elemental, que los opositores dentro de Cuba reciban con beneplácito oxigeno de sus compatriotas del exterior, sometidos, como tienen que vivir dentro de la isla, a las presiones, represión y arbitrariedades del régimen, que no les permiten trabajar para el Estado ni les autorizan licencias para trabajar por cuenta propia. Si reciben alguna ayuda económica de organizaciones exiliadas son tildados  de “mercenarios”, pero si no la reciben están obligados a trabajar “ilegalmente” por su cuenta, por lo que pueden ser sometidos a más presiones y extorsiones, e incluso enviados a la cárcel bajo ficciones jurídicas como la infame “peligrosidad social predelictiva” o cualquier otro delito que al venal e inmoral sistema judicial castrista le convenga.

 

De nuevo, lo más complicado para el exilio, y se que esto no caerá bien entre muchos exiliados a los que respeto y con los cuales mantengo relaciones afables, es que no existen estrategias definidas sobre cómo enfrentar con efectividad el monstruo del castrismo para poder derrotarlo y superarlo. No para denunciarlo y acusarlo, lo que se ha ha hecho muchas veces y hay que seguir haciendo, pero que no resuelve por si solo la tragedia del pueblo cubano, cuya solución vendría solamente cuando funcionen estrategias que provoquen y conlleven la salida del régimen del poder.

 

Y a esa dictadura, en última instancia, mientras cuente con las fuerzas armadas y los aparatos represivos como garantes de su poder y sus deseos, más el apoyo de una masa crítica de la población que se siente comprometida con lo que se llama en abstracto “el proyecto revolucionario”, aunque nadie sepa exactamente cuál es ese proyecto, no se logrará sacar del poder con declaraciones, buenas intenciones, juramentos de verticalidad, aquelarres callejeros, o reuniones bajo techo. Y mucho menos acusando al gobierno de Estados Unidos, cualquiera que sea, el gobierno que más ha ayudado y apoyado a los exiliados cubanos durante más de medio siglo, de haber traicionado “al exilio” o “al pueblo cubano”, tratando de justificar con ello las propias insuficiencias para definir posiciones políticas realistas y funcionales y ser capaces de materializarlas.

 

En ocasiones basta con observar atentamente a algunos “líderes” del exilio hablando en la televisión u organizando eventos para comprender, sin ningún sentido de burla ni mucho menos, porque la tragedia de los cubanos es real y está frente a nosotros, que con “líderes” de esa talla y “visión” el régimen tiene asegurados otros 56 años en el poder.

 

Lamentablemente, a los cubanos nos cuesta mucho trabajo aprender algunas cosas y somos capaces de tropezar con la misma piedra no dos veces, sino muchas más, siempre convencidos de que las culpas de los fracasos son de los demás, y de que esta vez, con este proyecto que vamos a comenzar ahora, aunque se base en las mismas premisas y las mismas acciones de todos los anteriores, se obtendrán resultados diferentes. Algo que el ilustre e incomparable científico Albert Einstein definía como rasgos típicos de la locura.

 

El Congreso de Estados Unidos y los hombres de negocios de ese país

 

Un verdadero coliseo romano funciona en el capitolio en Washington a partir del 14 de diciembre del 2014 y el anuncio del restablecimiento de relaciones entre los gobiernos de Estados Unidos y La Habana. Si hasta ese momento las posiciones a favor y en contra del endurecimiento de las políticas de EEUU hacia Cuba estaban siempre presentes y actuaban como lima sorda desgastando continuamente posiciones de ambas partes, a partir del anuncio que se ha convertido, sin dudas, en histórico, las posiciones se han definido más aun y se han ido radicalizando en una dirección o la otra.

 

Guste o no, el proceso hacia la “normalización” de relaciones entre Washington y La Habana se va tornando cada vez más irreversible, porque va dejando de ser una iniciativa de la administración demócrata del Presidente Obama para convertirse en un interés del establishment estadounidense, es decir, un interés de los Estados Unidos de América y de sus ciudadanos,  independientemente de qué partido esté en la Casa Blanca y quién sea el presidente del país. Luchar contra esas realidades cada vez más es ir contra el sentido común y contra la política misma, que en definitiva no es otra cosa que el arte de lo posible. Esta misma semana que acaba de terminar, senadores demócratas y republicanos se reunían en La Habana con el primer vicepresidente del régimen, Miguel Díaz-Canel, para analizar la marcha del proceso de “normalización” de las relaciones entre los dos países -olvidémonos de los discursos de barricada del castrismo- y acelerar la concreción de la apertura de embajadas en ambas capitales.

 

Una buena parte de quienes favorecen un acercamiento entre ambas naciones y la mejoría de las relaciones con Cuba, incluyendo el levantamiento prácticamente incondicional del embargo, argumentan principios filosóficos de libertades que aseguran que merecen los estadounidenses y que en estos momentos tienen vedadas, como viajar a donde entiendan y hacer negocios como y donde consideren apropiado, pero no puede olvidarse que, en el fondo, también defienden las oportunidades de lograr mejores y mayores posibilidades comerciales para los territorios que representan ante el Congreso, lo cual no es una inmoralidad ni mucho menos, sino una de las razones de por qué actúan de esa manera, defendiendo lo que consideran son los más legítimos intereses de los electores a quienes representan.

 

Otros grupos, entre los que se encuentran varios senadores y representantes de origen cubanoamericano, se enfrentan ferozmente a las medidas adoptadas por el Presidente de EEUU, y argumentan continuamente sobre las faltas de libertades existentes en Cuba y los desmanes y abusos de la tiranía, además de las afectaciones provocadas por los hermanos Castro a las propiedades y negocios estadounidenses durante más de medio siglo.

 

Curiosamente, esos políticos cubanoamericanos o no nacieron en Cuba o no vivieron en la isla más allá de su más temprana niñez; sin embargo, consideran fervientemente que conocen muy a fondo las realidades de los cubanos de a pie dentro del infierno castrista, aunque en realidad tratan de responder, como es lógico y apropiado, a los intereses de sus electores en sus respectivos territorios que representan.

 

El verdadero problema en este caso es que las preferencias e intereses de los votantes de sus territorios no se mantienen estáticas permanentemente, y existen sólidas evidencias de que la correlación de fuerzas a favor de los enfoques “duros” hacia la dictadura cubana han ido cambiando a favor de los enfoques “blandos” después del anuncio de la nueva era en las relaciones entre ambas naciones.

 

Además, aun si estos políticos estuvieran interpretando vehementemente las posiciones, criterios e intereses de sus votantes, tienen también que recordar que aunque ellos no representan a los cubanos de la isla, no les vendría nada mal tener en cuenta que, aparentemente, muchos cubanos de “allá” no parecen simpatizar mayoritariamente con sus opiniones y acciones con relación a las posiciones que deberían mantenerse por parte de ambos gobiernos, y aunque eso no les afecte para nada en el plano electoral, al no tratarse de votantes efectivos en sus territorios, sería sensato que tuvieran también en cuenta esos puntos de vista.

 

Y de paso, si mantienen tales posiciones “duras”, tal vez sería mucho más conveniente que fueran coherentes y no defendieran ni apoyaran las relaciones comerciales o los buenos términos diplomáticos con otras tiranías que también esclavizan a sus pueblos, como las que existen en China, Vietnam y Arabia Saudita, naciones con las cuales algunos de esos mismos representantes electos, opuestos a mejorar las relaciones con Cuba, simpatizan y fomentan acercamientos de buena voluntad.

 

Los hombres de negocios estadounidenses, por su parte, parecen más interesados en las potenciales oportunidades de inversiones y comercio con los cubanos que en reclamaciones históricas sobre confiscaciones y arbitrariedades del régimen o en intentar la recuperación de lo que perdieron sus compañías en otros momentos. Principalmente porque mucho de lo perdido en Cuba ya fue recuperado en Estados Unidos a través del Departamento del Tesoro y las exenciones de impuestos concedidas por el IRS (Internal Revenue Service). Es decir, gracias al dinero de los contribuyentes.

 

La avalancha hacia Cuba de políticos, inversionistas y comerciantes se ha multiplicado exponencialmente desde diciembre del pasado año, y lejos de señales de disminución lo que se percibe en el horizonte es un incremento aun mayor. Viajan a la isla gobernadores, alcaldes, senadores, representantes, abogados, financistas, vendedores, autoridades religiosas, profesores, cabilderos, asesores políticos, encuestadores, artistas, científicos, y prácticamente todo el que aprecia nuevas oportunidades en la isla, en un sentido o en otro, y quiere conocer in situ el escenario y a los cubanos.

 

Pasadas las primeras euforias, y dejando a un lado los cantos de sirena y las declaraciones irresponsables de los soñadores o mentirosos de siempre, va siendo cada vez más claro que el país de Jauja no es el que está noventa millas al sur de Key West, sino en la imaginación y ensueños de mucho de los viajeros, y que las realidades a enfrentar en la finca de los hermanos Castro, a pesar de que se trata de situaciones completamente diferentes a las que existieron durante más de medio siglo, son bastante complejas y requieren andar con mucho cuidado para no fracasar estrepitosamente.

 

No solamente por el interminable laberinto de regulaciones, disposiciones, órdenes, absurdos y arbitrariedades establecidas por la burocracia totalitaria y que muchos en los aparatos de poder en Cuba ven como lo más natural del mundo, business as usual, entre otras razones porque no tienen información o ni siquiera idea de cómo se pueden hacer las cosas de forma más eficiente y efectiva, sino también porque ese enjambre de funcionarios creado y fomentado por más de cincuenta años de castrismo, y cuya función principal no es otra que cuidar sus posiciones y tratar de asegurar las pocas migajas que recibe, no está acostumbrado a decidir por ellos mismos, y siempre requiere mirar hacia arriba, o en el mejor de los casos hacia el lado, para entender lo que se puede hacer y lo que no, y tener siempre protegidas las espaldas, por si acaso.

 

Y si todo esto no fuera motivo suficiente para enfriar los ánimos de quienes ya se ven desembarcando en la isla cargados con espejitos de colores para cambiar por oro y plata, de inmediato adoptan velocidades más mesuradas cuando se enteran, primero, que ya todo el oro y la plata se lo cogieron hace muchos años los hermanos Castro, y que con los salarios promedio de los cubanos sus posibilidades reales de consumo y, por lo tanto, de demanda efectiva, son absolutamente limitadas y podría materializarse, en el mejor de los casos, en sectores del mercado ridículamente baratos y poco rentables.  Porque en Cuba no existe  capacidad de consumo, ni siquiera del nivel de lo que universalmente se podría considerar de clase media baja, más allá de un grupo de cubanos que, por diferentes razones, disfruta de un estándar de vida evidentemente superior al de sus compatriotas en la isla, y que a pesar de ello son extremadamente selectivos a la hora de consumir, porque lo harán de acuerdo a sus patrones de compra más que de acuerdo a los patrones de venta de eventuales productores o comerciantes que ofrezcan sus productos.

 

De manera que, pasado el alboroto inicial, tanto de vendedores americanos utópicos como de compradores cubanos soñadores, las realidades del mercado con los pies sobre la tierra, y de las posibilidades efectivas de oferta y demanda, van tomando el lugar que verdaderamente les corresponde en las realidades cubanas de nuestros días, y las expectativas, quiérase o no, se han tenido que ir ajustando a las posibilidades materiales realmente existentes, que son mucho más limitadas que las ilusiones con que comenzó en diciembre del 2014, la fiesta del supuesto reencuentro perfecto y con final feliz.

 

La Unión Europea y la “culta” Europa

 

Con Europa las cosas no son exactamente iguales que con Estados Unidos, pero también tienen sus características que es necesario considerar.

 

En primer lugar, ya debería estar claro para todos que a la Unión Europea y a casi todos los gobiernos de los países que la componen le interesan mucho más las relaciones diplomáticas y comerciales, tratar de obtener posicionamientos ventajosos respecto a los capitales e inversionistas estadounidenses, y tratar de cobrar las enormes deudas que el régimen mantiene con muchos de ellos, individualmente o  a través del Club de París, que el bienestar o la libertad de los cubanos.  

 

Ese tema, al fin y al cabo, concierne a los cubanos y no a los 504 millones de europeos agrupados en la Unión, que ya tienen bastantes problemas sobre sí con las crisis económicas y el estancamiento, la inmigración desordenada, las naciones parásitas e irresponsables que intentan desconocer la disciplina fiscal y gubernamental, la debilidad financiera de algunos Estados miembros, y el yijadismo terrorista, como para estarse preocupando de los problemas de poco más de once millones de cubanos en una isla tropical y lejana allá por el Caribe.

 

La llamada Posición Común (P.C.), que subordinaba las relaciones de las naciones europeas con La Habana al respeto de principios democráticos y de los derechos humanos, en realidad nunca funcionó eficazmente, por la incapacidad europea de aceptar el reto que les planteó el entonces dictador de turno Fidel Castro ordenando a sus funcionarios gubernamentales que dejaran de asistir a todas las actividades de las representaciones diplomáticas europeas en La Habana, en represalia por la invitación a opositores y disidentes a participar en tales actividades. El camino del fracaso de la P.C. se inició con la búsqueda de “soluciones diplomáticas”, y una de las primeras, bochornosamente, fue dejar de invitar a sus sedes diplomáticas en La Habana a personas que no le gustaran al régimen castrista. Tal vez nunca llegaron a pedirle permiso al gobierno cubano de a quién invitar  a quién no, pero haber aceptado de hecho el chantaje fidelista -porque fue, como casi todas las suyas, una decisión absolutamente personal e inconsulta con sus supuestos “compañeros”- pero el apartheid en sus embajadas a opositores y disidentes caracterizaría la cobarde diplomacia europea ante la dictadura tropical.

 

Uno de los esfuerzos más vigorosos que casi de inmediato comenzaron a realizarse, muy alegremente, fueron los encabezados por el gobierno socialista español, incapaz de ocultar si no su simpatía al menos su tolerancia benigna hacia la dictadura cubana, con la intención de desmantelar esa Posición Común impulsada por el anterior gobierno del Partido Popular español. La movilización del PSOE para llevar a cabo esos intentos de desmantelamiento contó, además, con la evidente desidia e indolencia de muchos gobiernos del viejo continente, que mientras eso sucedía optaron por mirar hacia otro lado, como si no ocurriera nada.

 

Si no se logró demoler entonces la P.C. fue por la firme resistencia de unas pocas naciones europeas, algunas de las cuales habían sufrido en carne y territorio propios las muchas “maravillas” de los regímenes comunistas tras la Cortina de Hierro. Esas naciones nunca estuvieron dispuestas a hacerle el juego a la tiranía castrista y se negaron rotundamente a participar de la maniobra de levantar las sanciones que implicaban la Posición Común, y como esa decisión no era posible tomarla con esas naciones en contra, se fue dilatando el proceso tratando de buscar soluciones que resultaran aceptables para todos.

 

Mientras tanto, la aparente sólida muralla de la Posición Común comenzó a gotear poco a poco, y cada vez el salidero de agua ha sido mayor. Diferentes gobiernos, por su cuenta, y desconociendo olímpicamente el acuerdo entre ellos desde años atrás, comenzaron a enviar representantes a La Habana para conversar con el régimen y buscar caminos comunes para acciones de colaboración técnica, económica y profesional, movimiento que convenía perfectamente a las posiciones e intereses de la dictadura cubana.

 

Junto con los representantes de esos gobiernos, comenzaron a desfilar por La Habana diferentes representantes de organizaciones internacionales como FAO, UNESCO, OMS, UNICEF y otras, que por regla general terminaban sus visitas cantando loas a los “logros” de los cubanos en las áreas de su competencia, algunos tan apasionadamente que parecían más voceros oficiales del régimen o periodistas oficialistas que representantes de las organizaciones a las que pertenecían, o en ocasiones hasta presidían.

 

Uno por uno los funcionarios de gobiernos europeos de visita en La Habana estrechaban cada vez más las relaciones y ofrecían acuerdos de cooperación en las más diversas ramas imaginables, desde formación de futbolistas jóvenes hasta agricultura urbana y suburbana, pasando por rehabilitación de edificaciones de gran valor cultural, formación y capacitación de trabajadores comunitarios o proyectos de utilización artesanal de energías renovables en pequeña escala.

 

La competencia por elevar el nivel se trasladó de directores ministeriales y secretarios de Estado hasta ministros, y posteriormente cancilleres, llevándose la baza más valiosa hasta el momento, para beneplácito del régimen y de la izquierda carnicera en todo el mundo, la presencia del presidente de Francia, quien además de la visita de Estado realizada a La Habana aprovechó el “momento histórico” para irse hasta Punto Cero a conocer, saludar y departir alegremente con el decadente y decrépito tirano Fidel Castro, ahora dictador en retiro, quien tuvo a bien explicarle sus fórmulas esotéricas y mágicas para resolver, entre otras muchas cosas, la alimentación mundial, detener los efectos del cambio climático, y eliminar la escasez de agua potable en el mundo. C’est la vie, mon ami.

 

Ya en estos momentos la Posición Común vale menos que virginidad de jinetera en el Malecón, y se suceden las reuniones en La Habana y Bruselas, sede de la Unión Europea, para conversar y negociar sobre cooperación, relaciones comerciales, temas consulares y de transportes, construcciones y comunicaciones y hasta, como no, de derechos humanos. Eso sí, siempre dentro de las exigencias del régimen de “respetar” la soberanía cubana y no permitir la “injerencia en sus asuntos internos”. En otras palabras, conversar de derechos humanos, pero solamente en lo que interesa al régimen y cuando le interesa al régimen. No en balde un vicecanciller cubano dijo hace pocos días en Bruselas que, al fin y al cabo, en Cuba se disfrutaba de más libertad que en la Unión Europea, a la vez que no se padecían problemas que afectan al viejo continente, como el “desempleo creciente, la crisis social, la brutalidad policial y demás”, que no existen en Cuba.

 

Prueba del creciente reacomodo europeo con la dictadura es el comunicado final de la reunión de hace un par de días en Bruselas entre funcionarios de la Unión Europea y la representación del régimen. Ese documento constituye una oda al vacío absoluto, a la palabrería hueca, y al hablar sin decir nada, que debería pasar a la historia como ejemplo de un lenguaje supuestamente diplomático y culto que, sin embargo, parecería más propio de una mala película de Cantinflas que de respetables funcionarios del continente donde surgieron los valores universales de la cultura contemporánea.

 

Sin embargo, eso es lo que se puede lograr cuando un grupo de políticos con mentalidad de mercachifles y muy alejados de la estatura y la majestad de los verdaderos líderes europeos que en su momento ha tenido orgullosamente el Viejo Continente. Serán solamente once millones de cubanos en la isla cautiva, pero en tiempos de crisis y presiones económicas no hay mercado demasiado pequeño, intereses sin importancia, ni infamias demasiado grandes para dejar de intentar obtener un puñado de dólares. O de euros en este caso.

 

Rusia, China, Vietnam y todos los “amigos”

 

De este grupo de “amigos” del régimen, en el que participan también Irán, Siria, Corea del Norte, Belarús y otras antiguas repúblicas soviéticas (las más reaccionarias) no hay nada demasiado nuevo que decir. Las relaciones de estos gobiernos con La Habana se fortalecen continuamente, no solamente por lo que representa Cuba en sí misma, como bandera, aunque ficticia, de las ideas “socialistas”, como por su carácter de llave de entrada a toda América Latina y el Caribe, a través de sus relaciones políticas, diplomáticas y comerciales con toda la región, y a la profunda penetración de sus servicios de inteligencia en todos los ámbitos y niveles continentales, ya sea a través de médicos y personal de salud, profesores, entrenadores deportivos, alfabetizadores, o gorilas puros y duros asesorando militares o garantizando la seguridad personal de jefes de Estado afines.

 

Para los más cavernícolas del régimen de La Habana el regreso a “los buenos viejos tiempos” de “los bolos” en el poder en Rusia y subsidiando el circo castrista cubano resulta el sueño de cada noche de verano, y en Cuba el clima es un eterno verano, así que esa utopía constituye el sueño permanente de estos despreciables personajes, todavía no satisfechos con el terrible e irreparable daño que han causado a la nación cubana durante más de medio siglo.

 

Sin embargo, ese regreso al pasado soviético no es posible, y los más realistas de la camarilla de Raúl Castro saben perfectamente que las condiciones para esa aberración ya no existen en nuestros días, y que, gústeles o no, tienen que aceptar, a regañadientes, las relaciones con Estados Unidos y la Unión Europea, es decir, con esos tan malvados imperialistas que han acusado y vilipendiado desde el inicio de los tiempos de ser los causantes de los males y desgracias del pueblo cubano y de todos los pueblos del mundo.

 

De manera que aunque continuarán coqueteando con el Putin de todas las Rusias y los mandarines de la Ciudad Prohibida, los ayatolas, el nieto de la dinastía Kim, el hijo de la dinastía al-Assad, los sobrinos del Tío Ho y el dictadorzuelo bielorruso, mantendrán la retórica para la galería, a la vez que tratarán de sacarle los mayores beneficios a esas relaciones, sea en financiamientos, créditos, condonaciones de deudas y determinadas condiciones comerciales favorables a la isla, a cambio fundamentalmente de alguna que otra exportación de materias primas o quizás servicios médicos o medicamentos, ofertas especiales de turismo para los ciudadanos de esas naciones, y apoyo en todos los organismos y organizaciones internacionales en que sea necesario el voto de la dictadura para proteger la imagen o el prestigio de sus inefables “amigos”.

 

Sin embargo, al final del día, mal que les pese, Raúl Castro, sus generales y todos los tecnócratas que le rodean, no tendrán más remedio que repetir la postura adoptada en Panamá durante la Cumbre de Las Américas, y decirle al presidente Obama que él no es responsable de las acciones de sus predecesores, que él es un hombre noble y bueno y cargados de buenas intenciones, y darle la mano sonriente. Y lo mismo van a tener que hacer frente a la Unión Europea para poder beneficiarse de las relaciones con esa casi treintena de países desarrollados del viejo continente.

 

Nunca como en este caso ha sido más cierta la frase de que las necesidades y los intereses políticos crean extraños compañeros de lecho.

 

(continuará)