Cubanálisis El Think-Tank

           ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

   

Dr. Eugenio Yáñez, Estados Unidos

 

 

 

El Imperio contraataca:

espionaje CUBANO, Estados Unidos y Venezuela

 

En el campo de la realpolitik, las casualidades no existen: eso queda para el mundo de los enamorados.

 

No es casual entonces que en solamente siete días se hayan producido en Estados Unidos tres acontecimientos girando alrededor del tema del espionaje cubano contra intereses de esta nación: declaraciones del Secretario de Estado de Estados Unidos, John Kerry, sobre los espías de la “Red Avispa” que cumplen prisión en el país; un reportaje del influyente diario norteamericano The Washington Post sobre una espía de alto nivel Ana Belén Montes, conocida como “La Reina de Cuba” ; y la publicación por el Departamento de Justicia de una acusación del 2004 contra una ciudadana norteamericana acusada de conspirar para cometer espionaje a las órdenes de los servicios de inteligencia de Cuba.

 

¿A qué se debe esta ofensiva de “El Imperio” en estos momentos? ¿Qué pretende? Veamos más en detalle.

 

En uno de estos eventos, el pasado 17 de abril se conocieron declaraciones del Secretario de Estado norteamericano ante la poderosa Comisión de Asuntos Exteriores de la Cámara de Representantes, sobre reiterados intentos del régimen cubano por canjear al estadounidense Alan Gross, preso en Cuba (detenido en el 2009 y condenado a quince años de cárcel por “actos contra la independencia y la integridad territorial”), por los espías de la llamada “Red Avispa” que cumplen condena en Estados Unidos, y que la propaganda castrista identifica desde hace mucho tiempo como si fueran Cinco Héroes Antiterroristas.

 

John Kerry dijo claramente que La Habana intentaba canjear

 

“a Alan Gross por los cinco espías que están detenidos aquí en Estados Unidos y nos hemos negado a ello, porque no hay equivalencia … Alan Gross está detenido erróneamente, y no vamos a negociar como si se tratara de espía por espía, que es lo que están tratando de alegar”.

 

Es decir, Alan Gross no es considerado un espía por el gobierno Estados Unidos. A la vez, los integrantes de la Red Avispa que cumplen condena (no olvidar que cuatro integrantes de la red escaparon a la justicia y están en Cuba, y cinco colaboraron con la investigación del gobierno de los Estados Unidos) no son considerados “luchadores antiterroristas” en ningún momento, ni mucho menos “héroes”. Simplemente, espías capturados, que purgan su condena después de haberse celebrado juicios transparentes y procesos de apelación, donde disfrutaron de todas las garantías procesales, y no pantomimas de juicios como el que padeció Alan Gross.

 

En otro de los tres hechos referidos, el influyente diario The Washington Post publicó en lugar destacado, tanto en su resumen semanal como en su edición diaria, un extenso reportaje de Jim Popkin titulado “Ana Montes did much harm spying for Cuba. Chances are, you haven’t heard of her” (“Ana Montes hizo mucho daño espiando para Cuba. Lo más probable es que usted no haya oído hablar de ella”). La traducción al español de este reportaje se reproduce íntegramente en la Sección “Análisis en El Think-Tank”. La versión original en inglés puede leerse en la “Section in English”.

 

La extensión del reportaje sobre la que fuera la analista principal sobre el tema Cuba en la Agencia de Inteligencia del Pentágono norteamericano (DIA) que durante diecisiete años espió para el régimen cubano, así como la cantidad de fuentes que consulta y en las que se apoya el reportaje, y la amplia información que aporta, dejan claro que no se trata de un trabajo periodístico elaborado a la carrera ni superficialmente, ni parece haber sido producto de una inspiración etérea del autor para publicar en estos tiempos motivado por los aires de la primavera.

 

Un tercer elemento en este complejo andamiaje se hizo público pocos días después: un documento del Departamento de Justicia de Estados Unidos que permite conocer los cargos formulados por un Gran Jurado en 2004 contra Marta Rita Velázquez, alias Marta Rita Kviele, agente “Bárbara” para la seguridad cubana, de origen puertorriqueño, donde se demuestra en detalles el trabajo y procedimientos de “Bárbara” antes y durante el reclutamiento de la espía Ana Belén Montes, conocida en la comunidad de inteligencia norteamericana como “Reina de Cuba”, para que trabajara al servicio de la inteligencia castrista.

 

“Bárbara” era una funcionaria federal que trabajaba para USAID (Agencia Internacional de Desarrollo de Estados Unidos), y tras la detención de “La Reina de Cuba”, Ana Belén Montes, pocos días después de los atentados terroristas del 11 de septiembre del 2001, no tardó mucho en escapar: abandonó su país, y aunque inicialmente se consideraba que se encontraba en América Central, se sabe que actualmente reside en Suecia, detalle que ha sido confirmado por el gobierno sueco.

 

Desde 1988 está casada con un funcionario del Ministerio de Relaciones Exteriores de Suecia, de quien la cancillería de ese país señala, después de haber investigado en detalle, que no estaría involucrado en ninguna actividad criminal de su esposa. La agente fue notificada en diciembre del 2011 por el gobierno norteamericano de los delitos que se imputaban. No está claro si “Bárbara” posee actualmente la ciudadanía sueca, pero de cualquier forma su extradición a Estados Unidos sería un proceso jurídico muy complejo, pues Suecia considera el espionaje como delito político, y normalmente no autoriza extradiciones fuera de la Unión Europea por esta causa.

 

Una información detallada sobre la espía “Bárbara” y sus acciones contra Estados Unidos, basada en la acusación del Departamento de Justicia, aparece en el reportaje de Rolando Cartaya, de Martínoticias.com, titulado “Nace una espía: así reclutó Cuba a Ana Belén Montes”, que se reproduce en la Sección de Cubanálisis “Cuba en la prensa mundial”.

 

Otro elemento de menos trascendencia que ha sucedido recientemente, pero que no deja de ser significativo, ha sido el cambio registrado en la respuesta de Estados Unidos ante la solicitud de visa de Mariela Castro Espín, directora del CENESEX cubano (Centro de Educación Sexual), a quien se le concedió la visa para asistir a actividades de la ONU en New York, pero se le negó para cualquier otra actividad a más de veinticinco millas de radio de la Misión cubana ante Naciones Unidas, lo que le impide asistir a otro evento en Filadelfia al que había sido invitada. Debe recordarse que durante el 2012 la hija de Raúl Castro asistió a varios eventos en San Francisco y New York sin ninguna restricción de visado, y bajo la protección de agentes del gobierno federal norteamericano.

 

A las cuarenta y ocho posteriores a la publicación de este análisis, se conoció que el Departamento de Estado había eliminado la restricción territorial para Mariela Castro, por lo que podría viajar a Filadelfia. De manera que lo señalado en el párrafo anterior cambia por completo, porque las restricciones de su visado actual no difieren del recibido en el 2012

 

Entonces, como señaló agudamente el analista Frank Díaz Pou, son situaciones diferentes que parten desde posiciones diferentes, pero con un objetivo muy claro: desde el Departamento de Estado, el Departamento de Justicia, y el diario The Washington Post, con fuentes muy bien colocadas en el gobierno federal, se le hace saber al gobierno cubano que el gobierno de Estados Unidos tiene cuenta exacta e información en detalle de muchas de las actividades de espionaje surgidas en La Habana.

 

Cabe preguntarse entonces: ¿por qué salen a la luz ahora acontecimientos que datan de tanto tiempo atrás? La Red Avispa de los espías cubanos fue desarticulada en 1998; Ana Belén Montes, “La Reina de Cuba”, fue capturada en el 2001 y condenada a veinticinco años de prisión en el 2002 (se declaró culpable de espionaje para evitar la pena de muerte por traición); y “Bárbara” está acusada de conspiración para espiar desde el 2004, aunque es solamente ahora que se hace pública la acusación, que se mantuvo en secreto durante nueve años.

 

¿Por qué todo esto?

 

Como sabemos que en estas situaciones los acontecimientos no se deben a casualidades, hay que tratar de entender las razones que pueda tener Estados Unidos para lanzar ahora esta ofensiva sobre el espionaje cubano en Estados Unidos, y dónde no hay razones para considerar que ya han salido a la luz pública todos los detalles de este choque de trenes.

 

La prensa oficialista de Cuba, y a partir de ella todos sus reproductores a lo largo y ancho del planeta, hablarán de “nuevas campañas del imperialismo contra la revolución cubana”, y de ahí no saldrán. Es comprensible, porque para eso les pagan en Cuba, aunque sea mal y poco, a esos llamados “periodistas”.

 

Y una buena parte de sus amplificadores propagandísticos en todo el mundo muchas veces hacen su despreciable tarea como un trabajo voluntario, es decir, sin cobrar nada, sencillamente porque están convencidos de la grandeza de la “revolución” cubana, porque se trata de ignorantes que no analizan las realidades que tienen ante sí, porque odian de manera visceral a Estados Unidos, o porque son unos miserables, aunque en algunas ocasiones algunos pocos de la pandillita puedan recibir desde una felicitación o alguna pequeña prebenda hasta una palmadita en la espalda, un cafecito en la embajada cubana correspondiente, o cualquier otra zanahoria “revolucionaria”.

 

Sin embargo, para poder entender el porqué de esta ofensiva norteamericana, que parece que apenas comienza ahora, no hay que mirar hacia Washington ni hacia La Habana, sino un poco más al sur: hacia Venezuela.

 

Como se sabe perfectamente, los acontecimientos que culminaron con la enfermedad, la última operación quirúrgica, y la confusa convalecencia de Hugo Chávez hasta su muerte, estuvieron marcados por una abierta y descarada injerencia del gobierno cubano en todos los asuntos internos de Venezuela.

 

Tras la muerte del caudillo venezolano (que había ganado las elecciones del día siete de  octubre del 2012, pero no pudo asumir la presidencia debido a su grave enfermedad), anunciada públicamente el 5 de marzo del 2013, comenzó en Venezuela un acelerado proceso contra-reloj para celebrar elecciones presidenciales en el plazo de treinta días, como señala la constitución venezolana. Se suponía que dadas todas las ventajas y las escandalosas facilidades que disfrutaba el oficialismo, la victoria sobre la oposición resultaría aplastante y masiva.

 

En ese período de treinta días, que culminó con las elecciones del 14 de abril, se sucedieron, como era de esperar, infinidad de irregularidades y engañifas en Venezuela, debido a la abierta parcialidad del Consejo Nacional Electoral, organismo que se supone debería estar al servicio del país en su conjunto y no de un partido político determinado, pero que en la práctica siempre actuó a favor del oficialismo chavista.

 

También fue escandaloso el hecho de haber “legalizado”, contra toda razón y legislación, el comienzo de un nuevo período presidencial de Hugo Chávez el 10 de enero del 2013 sin la presencia en el país del muy enfermo presidente electo, para garantizar la continuidad de Nicolás Maduro como Vicepresidente designado por Chávez.

 

Además, se produjo la designación de Nicolás Maduro, Vicepresidente cuyo mandato debió haber culminado al finalizar el anterior período presidencial el 10 de enero del 2013, para un sorprendente cargo provisional de “presidente encargado”, no contemplado en las leyes, desconociendo a la vez el nombramiento que correspondía al presidente de la Asamblea Nacional, Diosdado Cabello -que aceptó muy dócilmente su escandaloso ninguneo, quien sabe por qué- como Presidente Provisional del país, responsabilizado con convocar a elecciones en los siguientes treinta días, como señala la constitución. 

 

Por si fuera poco, los resultados oficiales de las elecciones del 14 de abril en Venezuela mostraron un resultado extremadamente ajustado: Nicolás Maduro había desperdiciado el capital político heredado de Hugo Chávez, producto de innumerables y estúpidas fallas durante su gestión provisional y la campaña electoral. De tal forma que, según los resultados oficiales ofrecidos la misma noche de las elecciones, Maduro le habría ganado a Henrique Capriles por un margen de alrededor de 272,000 votos, menos de dos puntos porcentuales, mientras que seis meses antes el fallecido Hugo Chávez lo aventajara por más de diez puntos y 1.6 millones de sufragios.

 

De inmediato, la oposición cuestionó los resultados oficiales de las elecciones, se quejó de múltiples fraudes, y llamó a manifestarse contra los resultados iniciales ofrecidos por el Consejo Nacional Electoral, que al día siguiente fueron proclamados como definitivos, con la consiguiente designación oficial del candidato oficialista como presidente electo.

 

Como resultado de los llamados de la oposición para que la población rechazara los resultados informados de las elecciones, el lunes quince de abril se produjeron diversas manifestaciones populares en Caracas y en todo el país, y choques con la fuerza pública y representantes del oficialismo, que culminaron con un saldo de nueve muertos y decenas de heridos, así como centenares de detenidos y actuaciones represivas violentas por parte de las fuerzas gubernamentales y grupos paramilitares contra quienes protestaban.

 

De inmediato, el oficialismo acusó a los “fascistas” y “la derecha” por la violencia, y señaló personalmente a Henrique Capriles como responsable de los disturbios que se produjeron en todo el país, amenazando con detenerlo como instigador de la violencia y responsabilizándolo por todas las muertes que ocurrieron durante las manifestaciones. Al mismo tiempo, aparecieron informaciones con relación a supuestos ataques de grupos violentos contra médicos cubanos destacados en el país, así como contra consultorios y otras instalaciones médicas en diversos lugares.

 

Simultáneamente, el gobierno amenazó con disolver por la fuerza toda manifestación de protesta que se pudiera realizar masivamente en rechazo a los resultados de las elecciones, considerados fraudulentos por una considerable proporción de la población, que a su vez rechazaba la injerencia del gobierno cubano en los asuntos internos de Venezuela.

 

A pesar de las múltiples quejas y protestas, que no cesaron durante muchas jornadas, el día 19 de abril tomó posesión en Caracas el nuevo gobierno venezolano, con Nicolás Maduro como presidente, durante una deslucida ceremonia que contó con la presencia de presidentes suramericanos y del Caribe, así como con la solidaria participación de varios gobernantes “democráticamente electos” alrededor del mundo, tan destacados como los presidentes de Cuba, Raúl Castro, de Irán, Mahmud Ahmadinejad, y de Belarús, Anatoli Lukashenko, además de recibir mensajes de felicitación de Kim Jong-un desde Corea del Norte y de Robert Mugabe desde Zimbabwe, entre otros “líderes”,

 

Al día siguiente, en un solemne acto oficial junto al flamante presidente Nicolás Maduro, y al que también se sumó oportunistamente el presidente nicaragüense Daniel Ortega, Raúl Castro visitó el “Cuartel de la Montaña”, simbólico lugar donde en 1992 se estableció la jefatura del teniente-coronel Hugo Chávez durante el fallido golpe de estado del 4 de febrero, en el que terminó rindiéndose sin combatir demasiado. En el Cuartel de la Montaña fueron depositados los restos mortales del fallecido caudillo, y la plaza se ha convertido en lugar de veneración de los chavistas.

 

Esta visita no hubiera ido más allá de un acto protocolar de no haber sido por un detalle muy significativo: en una absoluta falta de respeto a los venezolanos y a los protocolos internacionales, Raúl Castro asistió a esa ceremonia vestido con su uniforme militar, mostrando claramente sobre sus hombros sus grados, con las cuatro estrellas de general de ejército.

 

Sin embargo, no se trataba de que el visitante apareciera con un uniforme de gala militar debido a cualquier consideración protocolar, sino que lo hacía con el vestuario militar de uso diario en su país. El hecho de que Raúl Castro haya asistido a esta ceremonia vestido con el así llamado en las fuerzas armadas cubanas “uniforme de guarnición”, constituía un mensaje muy claro y significativo de un intento de marcar claramente el territorio que le pertenece, como mismo hacen las fieras que se establecen a la fuerza ante la manada: aquí el que manda soy yo.

 

De esta manera, el dictador cubano dejaba claramente señalado, antes de regresar a su país, que no le preocupaban para nada ninguna de las manifestaciones de los venezolanos en rechazo al resultado de las elecciones, ni las múltiples acusaciones de fraude en todo el país: el tirano de La Habana, actuando como todo un procónsul, en pleno uniforme de faena en medio de Caracas, como si la misma ciudad y el país entero fueran un cuartel de las fuerzas armadas cubanas, daba su total bendición al “presidente electo” recientemente, ignoraba todas y cada una de las múltiples acusaciones de fraude y falta de transparencia durante las elecciones, y dejaba ver claramente que Nicolás Maduro tendría todo el apoyo del régimen cubano desde el primer momento.

 

Mientras, el gobierno venezolano parecía estar creando aceleradamente las condiciones psicológicas y políticas para encarcelar a Henrique Capriles, acusándolo por las muertes durante los disturbios, al mismo tiempo que en la Asamblea Nacional venezolana se cercenaban escandalosamente las prerrogativas y derechos de los diputados opositores, desde el derecho a la palabra hasta la posibilidad de cobrar sus salarios, debido a que se negaban a reconocer a Nicolás Maduro como presidente de Venezuela.

 

El Imperio contraataca

 

Es aquí donde se comienza a entender la ofensiva pública del gobierno de Estados Unidos sobre el espionaje del gobierno cubano contra Estados Unidos, en un intento de presionar a Raúl Castro y los gobernantes cubanos por las acciones que abiertamente y sin disfraz se están llevando a cabo en Venezuela para consolidar al régimen de Nicolás Maduro, un gobierno que con muchas dificultades se podría mantener en el marco de la legalidad democrática.

 

Sobran razones para temer que en Venezuela se puedan llevar a cabo acciones violentas y que se violen de manera abierta leyes y normas de la convivencia pacífica, produciéndose diversas confrontaciones que pueden llevar al país hasta una guerra civil y un baño de sangre.

 

En un escenario de este tipo, habría que ver cómo está previsto que actúen las decenas de miles de colaboradores cubanos radicados en Venezuela: aunque en su inmensa mayoría se trata de civiles, habría que ver si en un momento de dificultades se recurre a su condición de “reservistas” de las fuerzas armadas cubanas y son armados por el gobierno de Nicolás Maduro para que participen con los grupos paramilitares en la represión de los venezolanos inconformes. Prácticamente todos los colaboradores civiles cubanos deben tener la instrucción militar imprescindible para empuñar alguno de los más de cien mil fusiles AKM-103 comprados por Hugo Chávez a Rusia hace varios años.

 

Podría parecer a primera vista que no tienen relación alguna las diferentes acciones, textos y declaraciones originadas en estos días en Estados Unidos sobre el espionaje del gobierno cubano, con los graves y complejos acontecimientos que suceden en Venezuela y que bordean los límites de la violencia y la ilegalidad en el país suramericano, puesto que cabría muy lógicamente preguntarse en qué sentido y hasta qué punto estas acciones del gobierno norteamericano podrían influir directamente sobre la conducta del gobierno cubano.

 

Aparentemente, Estados Unidos estaría buscando de alguna manera apoyo hacia la oposición venezolana, a través de intentar que el régimen cubano ejerciera algún tipo de acción de contención en Venezuela que 1) mantuviera al gobierno de Caracas como mínimo en los marcos de una precaria legalidad, que evitara una confrontación que desembocara en una violencia incontrolable (donde podrían participar los colaboradores cubanos, como ya se ha mencionado), 2) que ofreciera una salida aceptable a los reclamos de la oposición, y 3) que garantizara un mínimo de seguridad hacia la persona del líder opositor Henrique Capriles y sus colaboradores, que en definitiva lo que están reclamando son resultados transparentes y en los que se pueda confiar tras el conteo oficial de la votación.

 

Sin embargo, esa influencia que se pretende con estas acciones no sería ejercida de forma directa sobre el régimen cubano, sino indirecta, o al menos a través de un entreacto: en medio de las tensiones creadas en Estados Unidos tras el ataque terrorista durante la carrera de maratón en Boston, agitar el fantasma del espionaje cubano contra Estados Unidos y los daños que ya ha causado y podría causar contra el país en el futuro sería una manera efectiva de buscar claros resultados de rechazo hacia el gobierno cubano entre la población norteamericana, que sin dudas, en estas circunstancias mencionadas, es de suponer que rechazaría cualquier intento de buscar acercamiento o mejoría de relaciones entre La Habana y Washington, que el régimen neocastrista necesita con mucha urgencia.

 

Este estado de opinión entre la población en Estados Unidos rechazando las acciones del gobierno cubano dificultaría prácticamente toda posibilidad de pasos de acercamiento que al régimen cubano le interesaría en extremo que se llevaran a cabo, como la tan deseada exclusión de Cuba de la lista de países que fomentan y patrocinan el terrorismo, con todo lo que ello implica con respecto a las relaciones económicas y comerciales.

 

Además, ante la profundísima crisis económica que vive actualmente Venezuela, a causa del desorden, el clientelismo y el despilfarro del chavismo en función de sus intereses a corto plazo, crisis que se sabe que se agudizará en los próximos meses, poniendo en peligro el apoyo incondicional y el subsidio petrolero y financiero masivo del gobierno venezolano a La Habana, el gobierno cubano necesita desesperadamente, aunque jure continuamente todo lo contrario, la autorización del gobierno de Estados Unidos a los ciudadanos norteamericanos para viajar a Cuba en cualquier momento y sin limitaciones ni restricciones, en condición de turistas, lo que supondría la posibilidad de entrada de miles de millones de dólares anuales en las arcas castristas, pero que quedarían en el limbo si esos pasos de carácter aperturista no se llevan a cabo desde Washington.

 

En momentos en que se desvanecen las esperanzas del régimen de encontrar a corto plazo en las aguas cubanas petróleo comercializable, la continuidad de la relación privilegiada con Venezuela adquiere carácter estratégico para La Habana, pero simultáneamente es crítico y fundamental para la Isla mejorar de alguna manera las relaciones económicas con Estados Unidos.

 

También quedarían en suspenso con estas acciones americanas todos los intentos del lobby procastrista en los Estados Unidos para por lo menos aflojar las restricciones del embargo, fundamentalmente en lo que se refiere a la concesión de créditos para las compras en Estados Unidos, puesto que se conoce que la economía cubana ha retrocedido en los últimos tiempos en lo que se refiere a sus disponibilidades de moneda libremente convertible, a causa de la drástica reducción de las exportaciones cubanas y el aumento en espiral de gastos de importación, debido a las crónicas ineficiencias de la producción nacional y a las obligaciones del servicio de la deuda, que el gobierno debe cumplir inexcusablemente si pretende poder continuar disponiendo de un mínimo de crédito para evitar su parálisis.

 

Así como otros planes, tanto inmediatos como otros estratégicos a largo plazo, que serían de mucho beneficio para La Habana. Entre los primeros, la ampliación de los llamados “intercambios culturales” y las visitas de norteamericanos a Cuba dentro del programa llamado “pueblo a pueblo”.

 

Y entre los planes estratégicos de largo alcance, y teniendo en cuenta los proyectos alrededor del desarrollo y puesta a punto del puerto de El Mariel, el acercamiento con Tampa, la costa occidental de La Florida y las costas del Golfo de México que se está produciendo en estos momentos, en un intento del régimen castrista de establecer relaciones a largo plazo con esos territorios, y a la vez, como subproducto, eliminar de manera definitiva, o al menos disminuir de forma significativa, un eventual protagonismo de Miami y de los cubanos de la costa este de La Florida en cualquier mejoría y desarrollo de relaciones económicas con la Isla.

 

Situación actual

 

Como puede verse, no es poco lo que está en juego, y de ahí la acción del gobierno de los Estados Unidos alrededor del tema del espionaje cubano, donde evidentemente muestra la eventual zanahoria en caso de “buena conducta” del régimen, y a la vez avisa de la posibilidad del garrote, de manera sutil, pero bien definida

 

El gobierno de La Habana, por su parte, de momento parece no haber acusado recibo de esta situación, al menos públicamente, aunque es de suponer que los aparatos de análisis de los órganos de la Seguridad del Estado ya hayan tomado las notas correspondientes.

 

La Habana necesita la ayuda de Venezuela, tanto en petróleo como en subsidios en general, y aunque perderlos no representaría necesariamente una crisis tan aguda y compleja como la que se produjo tras la caída de la Unión Soviética, en la medida que pueda mantener ese flujo de ayuda se esforzará por hacerlo. Nicolás Maduro, por su parte, tras los resultados de las elecciones del 14 de abril, sabe que su presidencia puede pender de un hilo sin la colaboración de La Habana, y no solamente en apoyo moral, que podría ser el menos trascendente: además de médicos, profesores y entrenadores deportivos que están presentes en el país por decenas de miles, el gobierno cubano colabora también con tecnología represiva, servicios de inteligencia y contrainteligencia, know-how de propaganda y “trabajo ideológico”, y amplias experiencias de control social.

 

El pasado viernes en la noche se anunció sorpresivamente una visita de veinticuatro horas de Nicolás Maduro a La Habana. “Vamos a hacer la comisión mixta con el Gobierno de Cuba para firmar los acuerdos de la nueva etapa de cooperación en salud, educación, deportes, para ratificar la alianza estratégica”, declaró Nicolás Maduro en su limitado lenguaje, refiriéndose a la XIII Reunión de la Comisión Intergubernamental que se realizaba en La Habana desde el viernes y que continuaría al día siguiente, donde se firmarían diferentes acuerdos de colaboración, cónclave que sería clausurado por él mismo personalmente.

 

Durante las conversaciones fueron firmados cincuenta y un proyectos de colaboración para ser ejecutados en 2013, así como tres contratos en el ámbito de la salud, la educación y la cultura, y un Memorando de Entendimiento que define las estrategias económicas a mediano y largo plazo. Se analizaron la marcha y resultados de las empresas mixtas cubano-venezolanas, y según señaló el diario cubano “Juventud Rebelde”

 

“Se acordó elaborar una agenda, cuya propuesta será sometida a consideración de ambos gobiernos en cuatro meses, que estará guiada por el Plan de la Patria 2013-2019 de Venezuela y los Lineamientos de la Política Económica del Partido y la Revolución y el Plan del Quinquenio de Cuba y su proyección hasta 2020”.

 

La oficialista Agencia Venezolana de Noticias resumió las palabras de Maduro en la clausura de la reunión de esta manera:

 

Cuba y Venezuela se comprometen a seguir el camino de unión trazado por Chávez

 

Raúl Castro, por su parte, fue muy claro en su respuesta:

 

“Reiteramos la voluntad indeclinable de Cuba de continuar la cooperación solidaria con Venezuela, que prestan miles de compatriotas dispuestos a compartir nuestra suerte con el bravo pueblo venezolano”.

 

Por si fuera poco, el domingo el periódico “Granma” anunciaba que

 

“Nicolás Maduro, Presidente de la República Bolivariana de Venezuela, dialogó este sábado durante cinco horas con el líder histórico de la Revolución cubana, Fidel Castro (…) En esa plática, ambos pasaron revista a las relaciones bilaterales y recordaron al recientemente desaparecido Comandante Hugo Chávez.”

 

Por su parte, el presidente Maduro comentó sobre esta reunión:

 

“Hoy estuvimos cinco horas conversando con Fidel y recordando al Comandante Chávez; ellos construyeron estos vínculos que van más allá de una alianza estratégica, pues es una relación entre hermanos (...) La huella de Chávez está fresca y por ahí van nuestros pasos de la unión con Cuba”.

 

Nada hacía considerar, en estas condiciones, que las supuestas presiones que pretendería ejercer Estados Unidos contra el régimen estuvieran dando resultados, aunque en realidad no había transcurrido tiempo suficiente para posibilitar eso. Nadie en su sano juicio debería esperar que presiones de este tipo generen resultados en tan pocas horas, porque están diseñadas para un medio plazo.

 

Las cosas no serán lo que parecen o lo que sale a la superficie continuamente, y tan importante como seguir detalladamente todo lo que se dice y lo que se hace será analizar también todo lo que no se dice y lo que no se hace.

 

Si la situación de Venezuela no evoluciona en dirección a estándares aceptables para la visión de Estados Unidos sobre lo que constituye la democracia en América Latina, podríamos esperar dentro de poco tiempo poder conocer más información sobre el espionaje cubano en los Estados Unidos.

 

Al fin y al cabo, “El Imperio” podría hacer aparecer informaciones más extensas sobre otros espías ya conocidos al servicio del gobierno cubano, capturados y convictos, como el matrimonio del funcionario retirado del Departamento de Estado Walter Myers y su esposa Gwendolyn, el Jefe del Departamento de Asilo del Servicio de Inmigración de Estados Unidos Mariano Faget, el matrimonio de Carlos y Elsa Álvarez, profesores de muchos años en Florida International University (FIU), o las decenas de funcionarios con cobertura diplomática de la Misión ante Naciones Unidas o la Oficina de Intereses de Cuba en Washington, que han sido identificados trabajando al servicio del gobierno cubano en Estados Unidos, y expulsados del país.

 

O nuevas sorpresas y revelaciones sobre otros espías al servicio del régimen cubano que hayan sido identificados por el gobierno de Estados Unidos, existan o no documentos acusatorios oficiales, como es en el caso de la agente “Bárbara”: esta confrontación es de larga data y sus perspectivas son del mismo tipo mientras los hermanos Castro estén en el poder en Cuba.

 

No olvidemos de que lo que está buscando Estados Unidos con estas maniobras no es detener totalmente la actividad del espionaje castrista contra Estados Unidos, algo que resultaría prácticamente imposible, sino la posibilidad y amenaza de crear las condiciones necesarias en la opinión pública norteamericana que contribuyan a evitar algún otro tipo de “deshielo” en las relaciones entre ambos países, o que se puedan materializar pasos de acercamiento que en última instancia beneficiarían a La Habana en el plano económico, que es lo que más interesa en La Rinconada.

 

Así que todavía podremos ver muchos nuevos capítulos de la ofensiva del gobierno de Estados Unidos contra la presencia y continua injerencia del castrismo en Venezuela. Y, a no dudarlo, también respuestas desde La Habana y Caracas contra muchas actividades de “El Imperio”.

 

De momento, ya comenzó el contragolpe “revolucionario” con la detención en Caracas del norteamericano Timothy Hallet Tracy, encarcelado por orden expresa del presidente Nicolás Maduro, supuestamente por formar parte de un plan injerencista de “la derecha” para desconocer los resultados de las elecciones del pasado 14 de abril, fomentar la violencia y desestabilizar a Venezuela. ¿Estaremos ante un nuevo Alan Gross, esta vez en Caracas?

 

Aparentemente, esta batalla puede ser muy larga, y apenas está comenzando.