Cubanálisis El Think-Tank

           ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

   

Dr. Eugenio Yáñez, Estados Unidos

 

 

 

El fantasma de Donald Trump sobre Raúl Castro y sus acólitos

 

Desde el pasado 20 de enero, cuando asumió la presidencia de Estados Unidos, no han sido pocas las personas -independientemente de las intenciones con que lo hicieran- que se han cuestionado si la demora del Presidente Trump en revisar lo establecido por Barack Obama con relación a La Habana y establecer claramente su política frente a la dictadura cubana, era porque en realidad se estaban definiendo procesos complejos o porque las conocidas propuestas electorales de Donald Trump sobre ese tema no pasarían de ser simplemente promesas.

 

Esa duda ha corroído a cubanos y extranjeros, y no pocos se han dejado consumir por la ansiedad y comenzaron a llegar a conclusiones precipitadamente: en otras palabras, comenzaron a actuar como esas personas que consideran que conocen las respuestas incluso antes de que se sepa cuáles son las preguntas, que es una manera de actuar típica de los iluminados, esos personajes que casi siempre “se las saben todas” y si existen algunas cosas que no se saben entonces sencillamente se las imaginan.

 

Recientemente, en un medio digital enfocado en la problemática cubana, y que se ha venido caracterizando cada vez más por un furibundo enfoque anti-Trump (siguiendo la pauta de la “gran prensa” americana, esa misma que nos aseguró continuamente con su “objetividad” e “imparcialidad” que era imposible que Hillary Clinton fuera derrotada en las elecciones), decidió publicar un artículo de opinión sobre las eventuales mentiras del presidente Trump con respecto a Cuba, aunque en realidad, después de leer tal escrito, no resultaba claro si se estaba refiriendo a mentiras que no aparecían por ningún lado, o a omisiones, pero eso en realidad ahora no viene al caso.

 

El miedo a lo inesperado

 

Lo real es que, en  estos momentos, cuando se va haciendo evidente que no demorará mucho el anuncio de la nueva política de la administración Trump frente a la dictadura cubana -se habla de que será en Miami durante el mes de junio- comienzan a aparecer y manifestarse las preocupaciones, recelos y miedos de significativos componentes del entorno cubano tanto del castrismo insular como del continental, donde pueden ser incluidos desde varios grupos de “lobbistas” (cabilderos) pro-castristas en Estados Unidos hasta funcionarios de tercera categoría de los órganos represivos cubanos, así como sectores del anticastrismo también insulares o continentales, preocupados también con algunas de las medidas que se comenta que serán implementadas o ya han sido propuestas de alguna manera aunque no hayan comenzado a implementarse, como ocurre en el caso específico de las ayudas financieras del gobierno de Estados Unidos para los opositores en Cuba y el exilio.

 

Todos, de un extremo a otro del espectro político y moral, unidos por el mismo cordón umbilical de anunciarnos que si el presidente Trump decidiera echar abajo totalmente o modificar sustancialmente las decisiones y concesiones del expresidente Obama frente a la dictadura castrista eso equivaldría más o menos a algo tan terrible como el Apocalipsis, el diluvio universal, o aquel gigantesco meteorito que acabó con los dinosaurios sobre nuestro planeta.

 

Es decir, que si los americanos no pudieran seguir yendo a aprender a bailar salsa a La Habana o a observar cómo se fabrican los tabacos o cómo las personas “se hacen santos” en las religiones afrocubanas, mediante un programa de “pueblo a pueblo”; o si determinadas compañías americanas no pudieran hacer negocios con contrapartes turísticas cubanas controladas por las fuerzas armadas del régimen, como se permitió en los últimos tiempos de la administración Obama; o si se revocara la orden a los organismos de inteligencia americanos de coordinar y cooperar con los aparatos castristas de la Seguridad del Estado, sería algo así como si el Cometa Haley se estrellara contra la Tierra, o como si se apagara el Sol, o se derritieran los polos y todo el planeta se inundara para siempre.

 

Sin embargo, no nos engañemos: que los lobbistas planteen las cosas de esta manera es parte sustancial de su trabajo, y por hacerlo adecuadamente les pagan, y no poco dinero. Y en toda lucha política en el mundo democrático quienes se oponen a una medida o un plan del gobierno de turno siempre dirán horrores de los proyectos gubernamentales, porque su razón de ser como opositores es desacreditar al gobierno y crear condiciones para que los actualmente adversarios puedan llegar a encabezar nuevas administraciones y que los gobernantes del momento tengan que pasar a la oposición.

 

No hay nada malo en ello, así es como funciona el juego gobierno-oposición en todo país democrático. Por eso en la lucha política democrática el lenguaje espeluznante sobre el futuro previsto o previsible será siempre la mayor y más completa expresión dialéctica de estos enfrentamientos.

 

Pero una cosa es expresar con demasiada pasión y facundia los argumentos frente a los proyectos del gobierno -como mismo hace cualquier gobierno con relación a las propuestas de la oposición- y otra es mentir impúdicamente, tergiversar las realidades y las informaciones, o interpretarlas y exponerlas de manera tendenciosa para lograr un objetivo preestablecido. Porque entre una y otra posición de este tipo existe un abismo ético y moral que en realidad resulta infranqueable.

 

Algo de esta naturaleza es lo que se está viendo en estos días cuando se habla sobre las posibles variantes de la política del presidente Trump frente a la dictadura castrista.

 

Intereses comerciales y frivolidad de algunas agencias de prensa

 

Un poderoso grupo de lobbistas y robustos intereses económicos en Washington que actúa a favor de “normalizar” las relaciones con Cuba, eliminar el embargo y olvidarse de las confiscaciones de propiedades americanas, de la protección que otorga el régimen a fugitivos de la justicia americana, y de la brutal represión contra los opositores en la isla, para poder actuar como si la nación esclava fuera un país como cualquier otro del Tercer Mundo, democrático y feliz, aunque con imperfecciones, y que los cubanos de a pie se las arreglen como puedan -si es que las pudieran arreglar de alguna manera- está argumentando y haciendo una fuerte campaña para convencer a incautos y personas poco informadas de que lo que defienden no solamente es legítimo, sino también favorable al pueblo cubano.

 

Naturalmente, nunca dirán que están defendiendo sus intereses de negocios, así como de los de muchos productores agropecuarios e industriales en diferentes estados de la Unión, además de los trabajos muy bien remunerados de los lobbistas profesionales, aunque nada de eso sea intrínsecamente ilegal. Sin embargo, es mucho más “políticamente correcto” declarar hipócritamente que “no es el tiempo correcto para estar echando para atrás medidas que han ayudado a fomentar el cambio dentro de Cuba y ayudar a los pequeños empresarios en Cuba a que puedan mejorar la situación de sus familias”, y que  “si el presidente Trump revierte las medidas en este momento clave, que son los últimos meses de la administración de Raúl Castro, más bien estaría dándole un espaldarazo a los más intransigentes del gobierno cubano para que respondan con medidas de aislamiento”.

 

O sea, que los lobbistas y hombres de negocios en Washington no estarían haciendo lo que están haciendo para beneficiarse a sí mismos, sino para continuar angelicalmente “fomentando el cambio” y “mejorando” la situación de los cubanos en la isla, aunque nadie pueda explicar claramente cuáles son esas eventuales mejorías para los cubanos de a pie. Porque lo único que se ha “mejorado” e incrementado en la Cuba castrista tras “el deshielo” propiciado por Barack Obama ha sido la represión y la propaganda. Sobre todo ahora que estamos “en los últimos meses” de Raúl Castro como dictador.

 

Al menos eso es lo que se puede constatar en esa peregrina declaración que CNN en español y la agencia española EFE reproducen bastante alegremente y sin siquiera preocuparse de buscar una opinión diferente de cualquiera de los muchos cubanos en la isla o el exilio que no ven las cosas a través de esos lentes color de rosa. Llama la atención que todos los que han sido consultados para opinar sobre el tema en los últimos días, tanto en EFE como en CNN, coinciden con la línea defendida por los lobbistas en Washington.

 

Un atribulado ex asesor de Obama dijo a EFE que “Parece que no entienden que hay un apoyo mayoritario entre los estadounidenses a la apertura a Cuba. Están enfocando esto como si fuera 1996, y no se dan cuenta de que las cosas han cambiado”. ¿Quién es el que no entiende? Apertura no es sinónimo de capitulación. Y hablar de apoyo mayoritario en base a encuestas, en tiempos en que las encuestas demostraron su divorcio con la realidad, no solamente es arriesgado, sino puede resultar cínico. ¿O tal vez este ex asesor del presidente Obama que EFE entrevista alegremente no se ha enterado todavía que Donald Trump ganó las elecciones?

 

Cualquier malpensado podría decir que EFE y CNN se están comportando sobre este tema de la misma manera que los órganos de prensa de la dictadura en Cuba cuando salen a las calles a consultar “la opinión del pueblo” y solamente encuentran criterios favorables al régimen y muestras de apoyo incondicional a Raúl Castro.

 

Y en una evidente apología subrepticia de la dictadura se divulga ese reciente informe que señala con alarma que si la actual administración decidiera revertir todas las medidas de acercamiento (¿capitulación?) del expresidente Obama frente al régimen, eso podría costarle a Estados Unidos unos 6,600 millones de dólares y casi 12,300 puestos de trabajo desde ahora hasta el año 2021.

 

Con tal lenguaje apocalíptico podrían asustar a cualquiera que no estuviera al tanto de las realidades. Y eso es lo que pretenden los negociantes americanos y sus lobbistas, tarea que llevan a cabo no solamente con la muy entusiasta colaboración de diferentes agencias de noticias internacionales y órganos de prensa cada vez más dados al sensacionalismo y a lo que podríamos llamar “política rosada” que a los análisis serios y objetivos, sino también corresponsales extranjeros acreditados en La Habana que aunque no podrán ser acusados sin evidencias de ser agentes de influencia del castrismo, siempre se podría decir de varios de ellos que actúan de forma muy parecida a como lo haría cualquier agente de influencia castrista.

 

Curiosa contabilidad y cálculos que han manejado y presentado en el referido informe los  lobbistas que representan a esos interesados eventuales inversionistas y productores de Estados con fuertes economías agropecuarias. Manejando guarismos tremendistas, como corresponde a cualquier camarilla de iluminados que se respeten a sí mismos.

 

¿De dónde salieron tales cifras? ¿Y quién las calculó, y cómo? Veamos.

 

Un informe sobre el fin del mundo

 

Un grupo de lobbistas radicado en Washington conocido como “Engage Cuba Coalition”, que representa a poderosos intereses económicos americanos y cubanoamericanos y que está a favor del acercamiento bilateral con el régimen con criterios de “borrón y cuenta nueva”, acaba de publicar un informe alarmista a partir de la hipótesis de lo que podría suceder si el Presidente Donald Trump desarticulara “todo el régimen de regulaciones” establecido complacientemente por Barack Obama frente a la dictadura de Raúl Castro.

 

Entre las hipótesis de las medidas con las que podría terminar Donald Trump el referido informe incluye “la legalización de ciertos viajes, la expansión de remesas, el fin de la política de 'pies secos, pies mojados' y las licencias generales para ciertas exportaciones y colaboración en investigaciones”.

 

Aunque lo que se ha manejado hasta ahora, a partir de fuentes y criterios serios, no sería tan drástico como la eliminación total de las medidas aprobadas por la administración Obama, eso no es óbice para limitar o amortiguar el lenguaje apocalíptico de los lobbistas en su singular informe en defensa de los intereses de los grupos que representan -no necesariamente en defensa de los intereses de Estados Unidos como nación- para imponer políticas que les resulten convenientes a quienes les pagan por su trabajo.

 

El sector más afectado, según la catilinaria del informe, sería el de los viajes a la isla, en esa especie de turismo disfrazado que se ha dado en llamar “contactos pueblo a pueblo”, y que aunque no contribuyen demasiado a la expansión de la democracia en Cuba sí resultan una buena fuente de aprendizaje para los americanos que visitan la isla, que pueden conocer de primera mano los mojitos, el daiquirí y las playas cubanas, aunque no les quede demasiado tiempo, además de no dominar el lenguaje, para explicarle a los pobres cubanos las ventajas de vivir en democracia y en un Estado de derecho.

 

Según el citado informe, desarticular las autorizaciones de las doce categorías legales mediante las cuales los americanos en estos momentos pueden visitar Cuba sin violar las leyes, podría costarle hasta 3,500 millones de dólares a las aerolíneas y cruceros, a la vez que afectaría  10,154 empleos en las compañías involucradas.

 

Como esas aerolíneas y compañías de cruceros no han invertido 3,500 millones de dólares ni en Cuba ni en la Cochinchina para realizar sus viajes a Cuba, sino que utilizan sus aviones, buques, aeropuertos y puertos ya existentes, entonces no se trata, como indica tendenciosamente el estudio, de que se “perderían” esos miles de millones de dólares ni esos empleos, sino que, potencialmente, se dejarían de ganar esas cantidades. Todo eso a partir del discutible sofisma de que todos los demás factores se mantendrían sin transformaciones y más nada influiría en esos resultados económicos.

 

Por cierto, curiosamente, esa es la misma manera en que el castrismo calcula las “pérdidas” que provoca en su destartalada economía el “criminal bloqueo imperialista”, al que acusan de todos los males. Según ellos, no se trata de que dejen de ganar dinero, sino de que el país tiene “pérdidas” porque no puede vender tabacos en Estados Unidos, o rones, o medicinas, o cualquier producto que se les ocurra. Sin embargo, pudiendo vender carbón de marabú, por ejemplo, algo que fue autorizado a llevarse a cabo, entonces La Habana dice que su problema es que no tiene contenedores para transportarlo. ¿Habrán asesorado los “expertos” de Engage Cuba al régimen para presentar sus quejas, o habrá sido la dictadura cubana quien asesoró a los doctos lobbistas que elaboraron su reciente informe sobre el fin del mundo?

 

Veamos otros aspectos. Según el documento de marras, de revocarse la autorización para que empresas americanas exporten manufacturas a la isla, las compañías energéticas, químicas y tecnológicas que están negociando contratos con el castrismo perderían “929 millones de dólares”, además de que unos 1,359 empleos podrían verse afectados.

 

De nuevo, no es que tales compañías hayan invertido esos millones de dólares en la isla, sino que dejarían de ganarlos si no pueden cerrar sus contratos con la dictadura. Y lo mismo sucedería con los empleos asociados a tales empresas.

 

El informe se refiere también a la eventualidad de que se dificultara el envío de remesas desde EEUU a familiares y amigos en la Isla, o incluso que se eliminara totalmente (que es el sueño de los talibanes de la Calle Ocho). Ante tal contingencia, no se trata de que las compañías de transferencias de fondos y envío de remesas perderían 1,200 millones de dólares y hasta 782 empleos, como mistifica el informe, sino que dejarían de ganar esas cantidades. No pueden perder nada, porque no han invertido nada, o prácticamente nada, para hacer funcionar estos negocios, sino que utilizan las instalaciones, dispositivos y canales ya existentes.

 

El colmo del delirio

 

En el colmo del delirio, el informe de Engage Cuba señala que en el quimérico caso de que Trump restaurara la política de “pies secos/pies mojados”, permitiendo la entrada a Estados Unidos a todo cubano que pise territorio americano -hipótesis que, como dice el lenguaje popular cubano, “no se la cree ni el que asó la manteca”- eso le costaría a los contribuyentes americanos unos 953 millones de dólares a lo largo de cuatro años.

 

Con esa forma de “razonar y argumentar” Engage Cuba podría haber calculado también, por ejemplo, cuanta gasolina o diesel dejarían de vender las estaciones de servicio a los cubanos en Estados Unidos que se transportan hacia los lugares desde donde se envían las remesas hacia Cuba, o cuanto dejarían de ganar los taxistas que mueven viajeros hacia o desde los aeropuertos para los viajes a y desde Cuba. Hubieran sido algunos milloncitos más a agregar en las matemáticas, que podrían contribuir a hacer más dramático y mucho más espeluznante el informe.

 

Dice la agencia española EFE (¡una vez más EFE) que varios exdiplomáticos y expertos sobre el tema de Cuba contribuyeron al estudio, esperanzados en que el argumento económico pudiera convencer al Presidente, al que define como “un ex magnate inmobiliario con hoteles en todo el mundo”. Argumento más incoherente y superficial es muy difícil de encontrar. Pregúntese, por ejemplo, ¿qué experiencia comercial o empresarial tenía Barack Obama cuando dio luz verde al “deshielo” con la dictadura y le ofreció gratuitamente, además de innumerables concesiones políticas, otras de carácter económico, financiero, bancario y comercial sin exigir algo a cambio? Los antecedentes de negocios o la experiencia en determinados sectores raramente bastan para definir de por sí las decisiones de los presidentes americanos, quienes normalmente se rodean de asesores capacitados en los cuales puedan confiar.

 

Pero bueno, esos “detalles” no son tan importantes para los lobbistas a la ofensiva, que en última instancia recurren al non plus ultra del pataleo, como ha hecho ahora el presidente de Engage Cuba en un comunicado donde declara que “si el presidente Trump da marcha atrás a la política hacia Cuba, añadiría más regulaciones destructoras de empleos a la economía, algo que contradice directamente sus promesas de campaña”.

 

Cosas de la vida: el lobbista en jefe de Engage Cuba se preocupa porque el presidente de Estados Unidos cumpla al pie de la letra sus promesas de campaña en cuanto a fortalecer la economía americana. Sin embargo, al mismo tiempo y sin sonrojarse este caballero ignora deliberadamente que Trump también prometió en su campaña apretarle las tuercas a la dictadura castrista, revisar toda la política hacia la isla establecida por el presidente Obama, y exigirle a La Habana acuerdos diferentes y más justos, y que además tuvieran en consideración los derechos humanos, libertades individuales y condiciones de vida de los cubanos. ¿Por qué para este cabildero en jefe una promesa del entonces candidato Donald Trump podría ser legítima y debería mantenerla, pero la otra no?

 

El Ministerio del Interior del régimen actuando igual que los lobbistas

 

Sin embargo, no son solo los lobbistas quienes recurren al tremendismo y el Apocalipsis para tratar de conjurar los temores sobre las medidas de política frente a la dictadura que pudiera presentar el Presidente Trump.

 

En días recientes, en lo que corresponsales de Reuters acreditados en La Habana llaman “una poco usual apertura a la prensa extranjera en temas de trata de personas y fraude migratorio”, apareció la información de que “funcionarios cubanos señalaron que las bandas de contrabandistas han estado tratando de reorganizarse y consolidarse”. Y mediante una velada amenaza y burdo chantaje, explicaron en una entrevista exclusiva que “Cuba y Estados Unidos han reducido drásticamente las cifras de tráfico humano desde que alcanzaron en enero un acuerdo histórico, [firmado a la carrera en los últimos días de Barack Obama] pero se arriesgan a perder esos avances si no reanudan los diálogos de alto nivel”.

 

De nuevo el tremendismo y el Apocalipsis. Esta vez a cargo de oficiales de bajo perfil del siniestro Ministerio del Interior castrista: tres tenientes coroneles representando a las direcciones de inmigración y extranjería, policía y guardafronteras -ninguno de ellos jefes de algo importante- decidieron destacar los “peligros” de las eventuales acciones del presidente Trump, pero sin mencionarlo a él. “Las conversaciones bilaterales permiten a múltiples organismos coordinar y actualizar estrategias contra organizaciones criminales” dijo el representante policial. “Estas organizaciones no van a cesar en su actuar delictivo, que va a involucrar indiscutiblemente a Cuba y Estados Unidos”, por lo que, expresó, “de forma conjunta vamos a seguir neutralizando el actuar de estas estructuras”. (Es muy fácil comprender lo que el Ministerio del Interior castrista considera “neutralizar”. Si alguien tiene dudas, puede preguntar a las Damas de Blanco cuando intentan salir los domingos para asistir a misa).

 

Por eso los “segurosos” insistieron mucho en que era “de suma importancia para ambos países” mantener la cooperación entre los gobiernos de Cuba y EEUU, ya que “se pone en riesgo la seguridad de ambos”, añadiendo que “la importancia de la cooperación salvaguarda los avances que hemos hecho”. Y aunque reconocieron que los contactos bilaterales directos de colaboración se mantienen, clamaron plañideramente que “las conversaciones de alto nivel son esenciales”, preocupados porque no se han producido desde el ascenso de Donald Trump a la presidencia.

 

Debería estar bien claro para cualquier persona mínimamente informada que ni siquiera los que creen que Santa Claus entra por las chimeneas en Navidad podrían suponer que estos oficiales castristas hubieran podido haberse dirigido a la prensa por su cuenta y sin haber recibido órdenes concretas y precisas no solamente de hacerlo, sino además de cómo hacerlo, cuándo, dónde, y qué decir.

 

Según los oficiales del régimen, desde el 2013 habrían sido detenidos 1,153 cubanos por intentar llegar a EEUU con visas o documentos de viaje falsos. Entre 2015 y 2016, en 23 ocasiones, el gobierno cubano habría detenido a un total de 86 extranjeros que trataban de ingresar a Estados Unidos a través de viajes ilegales desde territorio cubano. Y del 2010 al 2017, habrían detenido a 182 traficantes en territorio cubano, entre ellos cuatro americanos, confiscando 83 lanchas rápidas.

 

Es decir, según la versión que presentaron a la prensa, los castristas integrantes del Ministerio del Interior y los órganos de seguridad dictatoriales son personas angelicales y siempre actúan absolutamente apegados a derecho. (No mencionaron, naturalmente, las palizas y golpizas, las detenciones arbitrarias de opositores, los escandalosos robos de sus propiedades disfrazadas de “confiscaciones”, las brutales sentencias a prisión por pensar diferente, el acoso contra sus familiares, ni las infrahumanas condiciones de vida a que someten a los opositores en las innumerables cárceles del país.

 

Sin embargo, destacaron con mucho énfasis que desde el 12 de enero de 2017 no se han registrado casos como los mencionados. Según los referidos oficiales, durante los primeros 12 días del 2017 se interceptaron 69 hechos de salidas ilegales de personas. Pero en los tres meses y medio siguientes sólo se registraron 44 casos. Por su parte, los guardacostas de EEUU informaron que en abril no hubo detenciones de cubanos interceptados en el mar, lo que no sucedía desde hacía siete años.

 

Escuchando la forma de hablar utilizada actualmente por los represores en esa entrevista exclusiva, es interesante constatar la transfiguración del lenguaje de guapo de barrio con que los jerarcas castristas y sus funcionarios de todos los niveles se referían al gobierno de Estados Unidos tras la visita a Cuba de Barack Obama, y el desprecio que mostraban hacia las iniciativas y proyectos del entonces presidente, hasta burlándose de él y acusándolo de las más inverosímiles trampas, engañifas y malas intenciones, mordiendo despiadadamente la mano que no solamente les prometió la posibilidad de darles de comer, sino que también se comprometió públicamente ante el mundo que enterraba el hacha de la guerra y quería que los cubanos resolvieran los problemas por sí solos.

 

¿Qué se puede esperar de las próximas decisiones del Presidente Trump?

 

En un próximo análisis consideraremos los temores y preguntas alrededor de la eventual suspensión de las ayudas oficiales del gobierno de EEUU a los opositores en Cuba y en el exilio, así como el circo realizado en La Habana supuestamente para institucionalizar un “legado” de Raúl Castro, expresado en la aprobación (unánime, naturalmente) por parte de la Asamblea Nacional del Poder Popular de los documentos del partido comunista sobre la “actualización del modelo” y el supuesto futuro del país hasta 2030, lo que se  caracterizó por ser una perfecta exhibición de autismo político.

  

Indudablemente, el actual ocupante de la Casa Blanca no tiene el dominio de la oratoria ni la elocuencia en el hablar de su predecesor, pero la función de un presidente de los Estados Unidos no es sentar cátedra de retórica y dialéctica, sino defender los intereses de la nación buscando lo mejor para sus ciudadanos.

 

Por lo que sería de esperar que las políticas de Donald Trump frente a La Habana resulten más realistas que emocionales. Y naturalmente, quienes piensan que sus decisiones para manejar las relaciones con la dictadura estarán basadas en puro negocio, ya se frustrarán al ver más realpolitik que burdo mercantilismo.

 

El actual presidente americano sabe perfectamente que con la vetusta gerontocracia castrista -Raúl Castro acaba de cumplir 86 años- no se puede obtener nada por las buenas ni ofreciendo concesiones a cambio de nada. Y está dispuesto a presionar a la dictadura, aunque no sea hasta el extremo absoluto que quisieran los talibanes y tremendistas del anticastrismo bullanguero, que siempre se presentan como los más duros entre los duros. Pero tampoco estaría dispuesto a fracasar en sus políticas hacia La Habana mediante un inoperante enfoque de “poder blando” (soft power) y sin exigir nada a cambio, como le terminó sucediendo al ya ahora expresidente Barack Obama.

 

Y al igual que lo sabe el actual presidente de Estados Unidos también lo saben Raúl Castro y todos sus acólitos, que no logran descifrar lo que podría presentar el presidente en su política frente a la dictadura. Por eso, es más que suficiente el fantasma de Donald Trump flotando en el ambiente para que tengan que estar muy preocupados.