Cubanálisis El Think-Tank

ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

  

                                                                          Dr. Eugenio Yáñez

                                                                                                                                                            

 

EL DISCURSO DEL PRESIDENTE BUSH: EL HOMBRE Y SUS CIRCUNSTANCIAS

 

Si el régimen sucesorio en La Habana estuviera cercado, aislado y en bancarrota económica y de relaciones, el discurso del Presidente Bush del pasado miércoles 24 hubiera resultado apropiado, aunque no trascendental ni histórico.

 

Sin embargo, si no fuera esa la verdadera “situación operativa” del régimen de los militares en el poder en La Habana (Carlos Lage, Ricardo Alarcón y Felipe Pérez Roque son escenografía en las decisiones estratégicas), entonces el discurso no sería solamente inapropiado, sino hasta contraproducente.

 

Las soluciones correctas al problema equivocado resultan más ineficientes que las soluciones incorrectas al problema bien definido. Y aunque el discurso de George Bush, cierto, pero no nuevo, “puso un rostro humano a la tragedia del pueblo cubano” (Mel Martínez), la premisa de que es un apoyo firme al “camino para la transición a la democracia cuando muera el tirano” (Lincoln Díaz-Balart) supone uno de los escenarios posibles, pero no el único.

 

Por otra parte, el hecho de que “Estados Unidos no aceptará un nuevo rostro oprimiendo a Cuba” (Ileana Ros-Lehtinen) no puede desconocer que hace casi cuarenta y ocho años “un viejo rostro” ha hecho lo mismo, y aunque Estados Unidos no lo ha aceptado nunca, dentro de catorce meses (menos del tiempo que ya lleva el nuevo rostro al frente del país) la Revolución cubana cumplirá medio siglo y doce administraciones norteamericanas que, sin aceptarla, no han podido impedirle seguir en el poder.

 

E independientemente de las posiciones políticas de Estados Unidos, ni América Latina ni Europa piensan exactamente igual. Cuba preside actualmente el Movimiento No Alineado, irrelevante o no, mantiene relaciones con más de ciento cincuenta países, desde Alemania y Japón hasta Islas Seychelles y Vanuatu, Raúl Castro recibe al presidente de Honduras y al rey de Lesotho, el país mantiene una actividad internacional muy activa, y dentro de poco el régimen logrará en Naciones Unidas otra apabullante votación condenando “el bloqueo” de Estados Unidos.

 

La situación interna en Cuba es compleja y tensa, pero no necesariamente al borde del estallido, aunque en ocasiones parezca que faltan milímetros para ello. Los debates que se llevaron a cabo en torno al discurso de Raúl Castro el 26 de julio del 2007 sacaron a la luz infinidad de insatisfacciones, frustraciones, carencias, insuficiencias e ineficiencias, y no se limitaron a criticar los desastrosos mecanismos de gestión económica que asfixian al país, pero tampoco clamaron por el reemplazo del régimen ni por una carrera hacia la economía de mercado y la democracia tipo occidental.

 

Esos debates tuvieron una función de catarsis colectiva masiva, que es lo mismo que decir válvula de escape, aunque sin el alcance de un éxodo masivo como en 1980 ó 1994, pero no llevaron a los cubanos de a pie, ni a la nomenklatura y su élite, a clamar abiertamente por una transición democrática: sea por absoluta convicción, temor, ilusión, oportunismo o desconocimiento, todavía son muchos en Cuba los que consideran que las soluciones a los problemas cotidianos hay que obtenerlas dentro de lo que consideran un sistema social intrínsicamente justo, y sobre todo garantizando los cada vez más míticos “logros” de la revolución.

 

Sentir repugnancia ante la burda propaganda apologética de la Mesa Redonda oficial, no estar de acuerdo con desatender los servicios médicos a los nacionales para ponerlos al disfrute de los extranjeros, o decir abiertamente que el salario no alcanza para vivir, que la corrupción campea por sus respetos, que las empresas son ineficientes, o que los mecanismos del poder popular son inefectivos, no supone necesariamente que se estén viendo las alternativas en Miami, Praga, Caracas o Estocolmo.

 

Ni mucho menos que añorar los jeans o los McDonald’s en el mercado implique añorar a los marines o la guerra civil: muchos cubanos dentro de la Isla consideran, honestamente, que hace falta que Fidel Castro reciba unos funerales majestuosos y que entonces Raúl Castro acabe de hacer “algo”, no se sabe qué, para que las cosas mejoren.

 

Desde este punto, donde darían a Raúl Castro un plazo impreciso para que pueda haber  “cambios”, aunque no esté claro cuales “cambios”, se puedan ver o no ver sus efectos,  vengan las frustraciones nuevamente si no se ven determinadas mejorías, y comience, entonces sí, la corriente de opinión que diga que está bueno ya, que el camino tiene que ser otro, hay determinada distancia en el tiempo: inexorablemente, si no se perciben soluciones o esperanzas de prosperar sucedería de esta manera, pero pretender establecer un plazo, como pronóstico del tiempo o de la trayectoria de los huracanes, no tiene sentido.

 

Analizar si este discurso del Presidente en este momento tiene intenciones electorales caería en el campo de lo subjetivo y de las opiniones, donde todas son legítimas y, por lo tanto, con muchas posibilidades de resultar irreconciliables dada la carga emocional que albergamos todos los cubanos dentro y fuera del país.

 

Llamó la atención, sin embargo, que a pesar de haber sido anunciado con varios días de anticipación, las grandes cadenas televisivas norteamericanas que cubren toda la nación dieron más cobertura a los incendios de California que al discurso del Presidente.

 

Por otra parte, aunque fue transmitido hacia Cuba con traducción simultánea por Radio y Televisión Martí, para que los cubanos pudieran informarse “con gran riesgo”, menos de cinco horas después de finalizado el discurso la insoportable Mesa Redonda de la televisión oficial cubana (la única existente) retransmitió unos quince minutos de la intervención presidencial, y posteriormente Granma reprodujo en una página completa fragmentos del discurso.

 

Ciertamente, siempre fragmentos televisivos o escritos y no la versión completa, pero de cualquier manera ese “gran riesgo” que correrían los cubanos al informarse por Radio y Televisión Martí se hubiera evitado con una paciencia de cinco horas, cifra insignificante comparada con casi 48 años de castrismo.

 

Además, en muchos de los medios de Miami no se publicó, como hizo Cubanálisis-El Think-Tank, ni tampoco se retransmitió, la inmediata respuesta cubana con sus doce absurdas “contrapropuestas”, hecha pública unas tres horas después de finalizado el discurso.

 

Es verdad que era pura propaganda, pero un análisis balanceado requería ambas caras de la moneda, sobre todo si el discurso de Bush no tenía intención electoral: Miami se sorprendió de la retransmisión en Cuba de fragmentos del discurso del Presidente, pero pocos se preguntaron si el ignorar la respuesta de la otra parte no era una manera de actuar que recuerda la conducta habitual del Departamento de Orientación Revolucionaria (DOR) del Partido Comunista Cubano.

 

Por otra parte, parece que no solamente algunos de los asesores del Presidente tienen una visión muy peculiar de las realidades de la situación en Cuba, sino que, además, los redactores de sus discursos no califican entre los más destacados: criterios legítimos mal expresados son totalmente perjudiciales. Las constantes imprecisiones de Caleb McCarry sobre “sucesión” y “transición” son prueba de ello.

 

Es genuino considerar que Estados Unidos y el mundo democrático no pueden aceptar el chantaje de conformarse con la “estabilidad” de camposanto a cambio de la libertad dentro de Cuba para evitar el fantasma de un éxodo masivo, que por otra parte no sería incontrolable sino intencionado, y por lo tanto con fines agresivos. No se trata de acomodarse a una nueva tiranía en nombre de esa estabilidad, es muy correcto. 

 

Es muy acertado decir que “para la clase gobernante de Cuba, aferrarse al poder es más importante que el bienestar de su pueblo”; pero cuando a continuación se dice, según la versión oficial en español de La Casa Blanca, que “la palabra clave para nuestras relaciones futuras con Cuba no es "estabilidad". La palabra clave es "libertad"”, se establece una dicotomía conceptual que fue aprovechada de inmediato por el propio régimen, la prensa digital cuya línea editorial se basa en “combatir al imperialismo”, y los gobiernos democráticos donde el deporte nacional es el antiamericanismo:

 

Por lograr la libertad, no importa la inestabilidad, ergo, la guerra civil y la matanza en Cuba: que no haya sido eso lo que quiso decir el Presidente es una cosa, pero que ese fue el mensaje que se recogió en muchos receptores, es otra. Y si esa fue la percepción, legítima o manipulada, que provocó esa frase, entonces fue una frase desafortunada, no importan las intenciones.

 

¿Que hubiera pasado con una frase más comedida que mantuviera la misma intensidad de compromiso político? Decir algo así como “no basta con la estabilidad, es imprescindible la libertad para que esa estabilidad tenga sentido” parece que hubiera resultado más sensato. La izquierda marxista hubiera pataleado igualmente, cierta prensa española, y todas las “eminencias” latinoamericanas hubieran pataleado igualmente, pero los análisis realmente objetivos hubieran detectado más fácilmente el pataleo infundado.

 

Los presidentes, sobre todo de los de la primera potencia mundial, no pueden permitirse ciertos patinazos, ciertas imprecisiones. Decir que en Cuba “es ilegal que más de tres cubanos se reúnan sin permiso” es impreciso, en el mejor de los casos, para decirlo indulgentemente. Que así se comente en el Parque del Dominó de la Calle Ocho se puede entender, pero que lo diga el Presidente de los Estados Unidos es desafortunado.

 

¿Cuántos se reúnen en una fiesta de cumpleaños o en una boda sin permiso del gobierno? ¿En una parada de ómnibus a cualquier hora atestada de potenciales pasajeros esperando por los “camellos” o las flamantes “guaguas chinas? ¿En una peña beisbolera, o aún en casa de algún intelectual o profesor para compartir café mezclado con chícharos o “chispaetrén” y comentar sobre “la cosa”? ¿Cómo tú ves la cosa? “La cosa está muy dura” ¿Qué tú crees del tipo? ¿Se rompe o no se rompe?

 

¿Parece vulgaridad el idioma de las frases anteriores? Quién conozca Cuba sabe que ese es el idioma para hablar de “la cosa”, aún entre intelectuales y académicos. Y entre la nomenklatura también. No hay que llamarse a engaño.

 

¿Por qué debe el Presidente consumir prestigio que no abunda diciendo esa desafortunada frase sobre las reuniones de más de tres personas en Cuba? Pueden ser insuficiencias de sus asesores o de sus redactores de discursos, es verdad. Pero ¿quién selecciona a los asesores del Presidente? ¿Y a sus redactores de discursos?

 

Si bien es absolutamente cierto que “los programas de vigilancia vecinal no están pendientes de delincuentes. Más bien, vigilan a sus conciudadanos, manteniéndose al tanto de las idas y venidas de sus vecinos, quiénes los visitan y qué emisoras de radio escuchan. El sentido de comunidad y la simple confianza entre seres humanos no existe”, como lo es que se requiere aprobación “para viajar al extranjero y leer libros o revistas sin la aprobación explícita del Estado” no es correcto decir que “en Cuba es ilegal cambiar de trabajo, mudarse de casa…”.

 

Difícil no es sinónimo de ilegal. Ni el Presidente de los Estados Unidos puede hablar con la misma flexibilidad analítica de quienes toman café en el Versalles, hablan en español por determinadas emisoras de radio, o publican páginas web.

 

Las “nuevas iniciativas” resultaron divertidas. Autorizar licencias de exportación no comercial de computadoras para los cubanos, “si los gobernantes de Cuba acaban con las restricciones para el acceso al Internet que les imponen a todos”, es una manera enrevesada de exigir que el régimen elimine las prohibiciones al libre acceso a la información, su más preciado y sofisticado instrumento de represión, a cambio de un puñado, o una catarata, de computadoras: si el garrote es tan débil, y la zanahoria tan insuficiente, la “iniciativa” es inefectiva. Así de sencillo.

 

Invitar “a jóvenes cubanos de familias oprimidas a participar en programas de becas de la Alianza a favor de la Juventud Latinoamericana (Partnership for Latin American Youth), para ayudarlos a tener acceso equitativo a mayores oportunidades educativas, si los gobernantes cubanos permiten que participen libremente”, es tan inefectivo como lo anterior.

 

El acceso gratuito a la educación en Cuba es uno de los caballos de batalla de los “logros de la revolución”. Una hábil política propagandística durante décadas ha extendido este acceso a miles de jóvenes tercermundistas, fundamentalmente latinoamericanos y africanos.

 

Que la educación que estos jóvenes tercermundistas reciben gratuitamente y cargada de ideología no sea la mejor del mundo, o que se haga a costa de limitar accesos y condiciones de vida a los cubanos no cambia la percepción del obrero brasileño o del agricultor peruano que solo veía para sus hijos un futuro de parqueador de autos o camarero de restaurant de segunda categoría, y que ahora puede ser “dotor” o “bachiller” gracias al Comandante.

 

Gobernantes democráticos como los presidentes de Honduras o Paraguay no comparten la ideología totalitaria, pero se cuidan de condenar al régimen, sea porque nacionales de sus países estudian en Cuba, porque médicos cubanos prestan servicios en sus países o por ambas cosas a la vez.

 

No están obligados a aceptar esa ayuda cubana, claro, pero ante la disyuntiva de ver sus empobrecidos países con necesidades sanitarias y la posibilidad de que médicos cubanos presten servicios gratuitamente o a precios irrisorios, deciden a favor de sus pueblos, no de la causa de la libertad de Cuba: no es de extrañar. ¿Quién no haría lo mismo?

 

 Y en cuanto a la iniciativa del multimillonario Fondo para la Libertad de Cuba, ¿qué decir? Por falta de dinero no ha sido nunca, ni será: Estados Unidos tiene suficiente. Pero si el fondo solamente funcionará cuando el gobierno cubano demuestre que ha adoptado “la libertad de expresión, la libertad de asociación, la libertad de prensa, la libertad de formar partidos políticos y la libertad de cambiar el gobierno mediante elecciones multipartidarias periódicas”, no puede funcionar con el actual régimen.

 

Ni en un eventual modelo chino, o vietnamita. En otras palabras, ese Fondo funcionará para el gobierno sucesor de los sucesores, en caso de que comience a abrirse a la democracia. Mientras tanto, nada, nunca, para nadie. Una vez más, son opciones para “después de…”, pero no para “mientras tanto…”. Sigue siendo todo o nada.

 

En eso que se conoce como realpolitik y que tan pocas personas entienden, que teorizó magistralmente Henry Kissinger y desarrolló Bismarck, el canciller de hierro, en el siglo XIX, pero que se remonta hasta Sun Tzu hace 25 siglos, o Gengis Khan, se negocia exigiendo al adversario, pero a la vez concediendo: si el adversario está tan débil que tiene que aceptar el ultimátum, o tan fuerte que no necesita conceder nada, entonces no se negocia. Lo sabe perfectamente Fidel Castro, lo saben Raúl y los sucesores. ¿Lo saben en Washington ahora?

 

¿Está tan débil el régimen cubano en estos momentos para establecerle exigencias sin ofrecer nada a cambio? Renuncien, entreguen el poder y esperen en la prisión hasta que lleguemos allí para organizar los tribunales y someterlos a la justicia. Moralmente válido, resulta prácticamente nulo.

 

En septiembre del 2001, después de los atentados terroristas, hablarle así a los talibanes afganos que protegían a Osama bin Laden no solo era necesario, sino imprescindible, y ese lenguaje contó con el apoyo del mundo. Ese mismo lenguaje hacia Cuba en estos momentos no solo no es imprescindible, sino inoportuno.

 

No se trata de contemporizar con el régimen totalitario, regalarle espacios, darle dádivas a cambio de nada, o mirar al otro lado mientras se consolida. Pero pedirle todo, a cambio de nada, a quién no está agonizando ni en sus finales, no es realista. Y con un lenguaje equívoco e impreciso, que no se granjea el apoyo internacional, menos todavía.

 

Sir ir más lejos, Hugo Chávez puede dar a Cuba más computadoras y más ayuda financiera para educación que la que ofreció el Presidente Bush. China puede dar más becas a cubanos que las ofrecidas por el Presidente. Venezuela, Irán y Angola pueden crear un Fondo para el Totalitarismo Sucesorio en Cuba, disfrazado con el nombre de Fondo de Solidaridad Revolucionaria, superior al que logren conseguir los secretarios (Ministros) Condolezza Rice y Carlos Gutiérrez, quienes por salir a buscar esos fondos no podrán concentrar toda su energía en recuperar todo el apoyo que ha perdido Estados Unidos en el mundo o materializar Tratados de Libre Comercio.

 

El mensaje a las fuerzas militares y de seguridad es correcto: hay espacio para ustedes en una Cuba democrática. Y si llegara el momento de una insurrección popular tendrán que decidir hacia que lado apuntar sus armas y en que lado de la historia colocarse. Pero no es nada nuevo: ese debate de conciencia funciona en los propios militares y en los cubanos dentro de la Isla desde hace muchos años, y la gran mayoría considera y desea que sabrán ponerse del lado correcto, y que las armas no tendrán que utilizarse. Lo importante no es lo que diga el Presidente de Estados Unidos sobre el tema, sino lo que dice el pueblo cubano dentro de la Isla. Y eso es lo que piensan y dicen.

 

Sutilmente, para aquellos exiliados aspirantes a futuros gobernantes de la Isla, es interesante la frase del Presidente: “los disidentes de hoy serán los líderes [cubanos] del mañana”. ¿Se dieron cuenta? Hay que estar en Regla o La Loma de la Cruz, mejor que en Flagler, Reforma, o el Paseo de La Castellana, para sustentar legítimas aspiraciones a liderazgo futuro.

 

Finalmente, la efectividad y el alcance del discurso del Presidente no se deben medir solamente en el sur de la Florida, sino en Marianao, Guanabacoa, Los Hoyos y Condado. Y en la Unión Europea, América Latina y el resto del mundo: por esos lares no parece que haya sido muy significativo el impacto.

 

Sin embargo, hay preocupaciones serias entre los cubanos dentro de la Isla: el discurso del Presidente da pie al régimen para que los disidentes que reciben ayuda económica sean considerados como “mercenarios” y “al servicio de una potencia extranjera”, y más reprimidos consecuentemente. Naturalmente, el régimen no necesita pretextos para reprimir, pero esta situación hace más difícil el status de la disidencia.

 

Vladimiro Roca, disidente y líder de la Coalición Todos Unidos, a quien muchos en Miami consideran “comunista”, declaró: “La estrategia de Washington ha fracasado y, aunque el embargo estadounidense contra Cuba ya no tiene importancia alguna ni representa una cuestión fundamental en la política, sigue siendo un tema electoral, y los republicanos están tratando de que no se pierda la Florida”.

 

Alina Fernández, la hija exiliada de Fidel Castro, dijo en una entrevista en Argentina: "Con los errores que ha cometido y a esta altura de su mandato, Bush podría guardarse su opinión. Puede transformarse en un pretexto para que la represión en Cuba recrudezca".

 

Mientras que el general Rafael del Pino se refiere irónicamente al “brillante e inteligente discurso” del Presidente, Andrés Oppenheimer, en ese mismo El Nuevo Herald, señala: “Bush merece elogio por haber hablado en apoyo de los derechos fundamentales de libertad en Cuba cuando gran parte del resto del mundo escandalosamente vuelve la cabeza en otra dirección. Pero Bush le hace el juego a Castro cuando anuncia los planes de EEUU para la transición en Cuba. Es hora de hacer más de lo anterior, y menos de esto último”.

 

Naturalmente, en el sur de la Florida y entre todos los “duros” en el mundo habrá miles de argumentos contra estas posiciones y asegurándonos que el Presidente Bush es “el hombre” y que “ahora sí”. Percepciones tan legítimas como las absolutamente opuestas.

 

¿Cómo podría entonces valorarse de una manera objetiva y fría la repercusión del Presidente Bush dentro del régimen cubano y la nomenklatura?

 

Hay una manera realista, sencilla y rápida: la respuesta del régimen a la declaración del Presidente correspondió al Canciller Felipe Pérez Roque, tres horas después del discurso de Bush: sin mucho tiempo para haber recibido precisas instrucciones, y contando con  sus propias neuronas, que no son muchas.

 

Alguna prensa española presenta a esta nulidad política e intelectual, que ascendió al estrellato por ser quien mejor interpretaba el pensamiento del Comandante, como alternativa de jefe de Gobierno cubano, en quien delegaría Raúl Castro. Como dice el refrán, “un tonto siempre encuentra uno más tonto que lo admira”.

 

Por su parte, el Comandante en Cama, desde su lecho oculto donde lo mismo vota que reflexiona, hizo aportes a la historia de Cuba y la historia militar al comentar sobre el discurso de Bush. Escribió Castro en su enésima reflexión que “un buque de guerra español se acercó a la costa y destruyó con sus cañones el pequeño central azucarero donde Carlos Manuel de Céspedes, a pocos kilómetros del mar, declaró la independencia de Cuba y puso en libertad a los esclavos que heredó”.

 

Si en 1868 los españoles tenían barcos capaces de destruir el central La Demajagua desde la costa, tal alcance y precisión de fuego supondría que tenían misiles en sus barcos, o al menos en ese barco. No se explica como fue posible que, treinta años más tarde, en 1898, la flota del almirante Cervera hubiera sido tan fulminantemente destruida y hundida por la marina de Estados Unidos en Santiago de Cuba.

 

Puede decirse, en resumen, que el discurso del Presidente Bush sobre Cuba tuvo a la vez aspectos positivos y negativos. Teniendo en cuenta que lo hizo en un momento peculiar, con un mensaje equívoco, y sin un objetivo preciso, los irrespetuosos podrían decir que el Presidente perdió una magnifica oportunidad de haberse quedado callado.