Cubanálisis El Think-Tank

           ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

   

Dr. Eugenio Yáñez, Estados Unidos

 

 

 

El Díaz-Canel que ni el exilio ni los opositores quieren conocer

 

Del nuevo presidente cubano, Miguel Díaz-Canel, podemos decir que incluso desde antes de asumir su cargo ya había sido juzgado, sin derecho a la defensa, condenado, execrado, y en ningún momento escasearon los aspirantes a verdugos que con gusto se ofrecerían a ejecutar la sentencia, cualquiera que fuera.

 

Se reunieron varios tribunales por separado: los del castrismo de a pie, frustrado tras casi sesenta años de desilusiones; los del anticastrismo inconfundible; los representantes en la Tierra de una Santa Inquisición sedienta de crucifixiones; el del Parque del Dominó; el de la Opinión Pública (cualquier cosa que eso signifique); el de la Esquina Caliente del Parque Central en La Habana. Y además se pidieron opiniones expertas por separado a Poncio Pilatos, Sun-Tzu, Niccolò Machiavelli, al Gran Hermano y al Médico chino. Al final de todo este proceso, el veredicto fue unánime  y sin derecho a apelación: “títere, nada más que un títere”.

 

Y a partir de ahí nadie se preocupó de pensar en más nada: Miguel Mario Díaz-Canel Bermúdez no era ni sería nada más que un títere, alguien que ni pincha ni corta, y por consiguiente debería ser llamado cuchara, cucharita o cucharón durante los próximos tres años, hasta abril del 2021, cuando Raúl Castro (si todavía estuviera vivo) abandonaría el cargo de primer secretario del partido y se retiraría. Y el hasta entonces títere ocuparía también el cargo máximo de dirección partidista, además del de presidente de los consejos de Estado y de ministros, según decidió muy democráticamente el general sin  batallas y lo dio a conocer al país y al mundo el mismo día que dio un paso al lado y cedió públicamente sus cargos presidenciales.

 

De manera que tendremos prácticamente el primer caso en la historia de Cuba de un “títere” con plazo fijo no de remoción sino de promoción, puesto que de ser las cosas como las tiene “atadas y bien atadas” Raúl Castro, dentro de tres años ese “títere” tendrá todos los máximos poderes del país en sus manos. Y en caso de que mediante alguna reforma constitucional de birlibirloque que podría realizar el régimen, se separaran los cargos de presidente del Consejo de Estado y Presidente del Consejo de Ministros, como debería ser lo racional para agilizar el funcionamiento de la renqueante administración pública cubana y su anquilosada burocracia, evidentemente que Díaz-Canel debería ser, además de primer secretario del partido, el presidente del Consejo de Estado, y algún subordinado suyo ocupar el cargo de Presidente del Consejo de Ministros.

 

De cumplirse esos movimientos tendríamos un peculiar caso de “titiritismo” bananero, una de esas cosas que solamente se dan en el Macondo de Cien Años de Soledad o en la finca privada de los hermanos Castro, llamada también República de Cuba.

 

Veamos, sin embargo, los dos casos anteriores de “títeres” en la historia del castrismo.

 

La presidencia de Manuel Urrutia

 

Desde abril de 1959, antes de la caída de la dictadura anterior, había un relativo consenso entre las fuerzas revolucionarias, presionado por Fidel Castro, para designar al magistrado Dr. Manuel Urrutia Lleó como Presidente de la República al triunfo de la Revolución. Como se suponía que se repondría inmediatamente la Constitución de 1940, donde la máxima autoridad del país correspondía al Presidente, ese cargo no era cuestión de broma ni mucho menos.

 

Fidel Castro era en enero de 1959 solamente el Jefe del Ejército Rebelde, supuestamente subordinado a la autoridad civil. Posteriormente, de acuerdo a la Ley Fundamental del 7 de febrero de 1959 que sustituyó a la Constitución de 1940, que nunca fue reestablecida a pesar de que había sido una demagógica promesa de Castro durante la lucha contra el anterior gobierno, el líder guerrillero fue nombrado Primer Ministro, y las funciones legislativas pasaron al Consejo de Ministros. Pero incluso en esa espuria Ley Fundamental de 1959, que se mantuvo durante 17 años, la máxima autoridad del país correspondía al Presidente de la República.

 

Pero Fidel Castro decidió desconocer esa Ley e imponer su voluntad en el funcionamiento del gobierno y el país, por lo que entró en conflicto con el Presidente Urrutia, que estaba empeñado en cumplir las obligaciones que le correspondían por su cargo, y no estaba dispuesto a ser un simple “títere”. Y surgieron las desavenencias entre ellos, que trajeron como resultado el 17 de julio de 1959 un golpe de Estado palaciego de Fidel Castro contra Urrutia mediante una farsa teatral donde el “Comandante” renunciaba como Primer Ministro, con lo que buscaba -y obtuvo- la renuncia del Presidente, que finalmente terminó depuesto y asilado en la Embajada venezolana en La Habana. Como venganza el régimen demoró extraordinariamente la emisión del salvoconducto para que Urrutia pudiera salir del país, y tras más de 20 años de exilio,  falleció en Estados Unidos en 1981.

 

De manera que, en justicia, el Presidente Manuel Urrutia no fue realmente un “títere” de Fidel Castro, y precisamente por no quererlo ser se produjeron los choques entre ellos, y el dictador aprovechó su popularidad en aquellos momentos entre la población para sacarlo del poder.

 

La presidencia de Osvaldo Dorticós

 

Inmediatamente Castro nombró Presidente de la República al Dr. Osvaldo Dorticós Torrado, un oscuro burócrata se dice que vinculado a la Resistencia Cívica antes de 1959, abogado cienfueguero de clase media alta que ni era tan conocido ni tenía el prestigio anterior del depuesto Urrutia, ni obtuvo un mínimo consenso entre la camarilla del gobierno porque ni siquiera se les consultó. Dorticós comprendió de inmediato que su designación por Fidel Castro era simplemente una cuestión formal para funciones de ceremonial y protocolo, y para lo que le ordenara Fidel Castro, y ni por un instante se creyó que disfrutaba de poder real o que estaba por encima de la pandilla verde olivo,  pues sabía perfectamente que su función era la de “títere”, y la cumplió gozosamente.

 

Como supo mantenerse discretamente en su papel de segundón encumbrado sin ninguna intención de obtener más protagonismo que el que se le asignara, y supo acomodarse a los vaivenes “revolucionarios” de las leyes arbitrarias y contradictorias, las decisiones caprichosas de Fidel Castro, el avance desde las sombras a la luz pública del poder del partido -primero con el nombre de Organizaciones Revolucionarias Integradas, después Partido Unido de la Revolución Socialista de Cuba, y finalmente Partido Comunista- se mantuvo dentro de la camarilla durante muchos años, 17 de ellos como Presidente de la República -hasta 1976 cuando entró en vigor la “Constitución Socialista”- y miembro del Buró Político del Partido, además de funciones que le asignó en esos años Fidel Castro, fundamentalmente en la Junta Central de Planificación, donde contribuyó entusiasta e irresponsablemente a la destrucción de la economía nacional cubana.

 

Dorticós, además de orgulloso “títere” de Fidel Castro, fue cómplice de todas sus locas políticas y arbitrariedades, incluidas las confiscaciones sin compensación de los años sesenta que a la larga destrozaron la industria y la agricultura, la ofensiva revolucionaria en 1968, la subordinación absoluta a la URSS tras la invasión soviética de Checoslovaquia, las UMAP, la injerencia subversiva en América Latina, la zafra de los diez millones y las aventuras militares africanas. Cuando dejó de ser útil a Fidel Castro en primera línea, fue asignado a cargos de menos importancia donde tuvo resultados nada halagüeños, hasta que se suicidó en 1983.

 

Sin dudas, cuando se comparan los períodos presidenciales de Manuel Urrutia -7 meses- y de Osvaldo Dorticós -17 años- en el primero hay una voluntad de cumplir dignamente las obligaciones de la función presidencial y servir a los ciudadanos, y en el segundo una vergonzosa aceptación de un papel ridículo y bufonesco en aras de mantener el cargo y el figurado sin ninguna preocupación ni por la dignidad de la institución presidencial ni por el bienestar de los cubanos.

 

La presidencia de Miguel Díaz-Canel que acaba de comenzar

 

Veamos ahora la comparación de los dos presidentes civiles del castrismo con el recién designado Miguel Díaz-Canel. En primer lugar, debido a su edad (nació en 1960), no tiene nada que ver ni incluye en su biografía acciones combativas guerrilleras o urbanas contra la anterior tiranía, ni combates en Playa Girón o durante la guerra civil de los años sesenta en el Escambray. Tampoco tuvo edad para participar activamente en la campaña de alfabetización ni en la zafra de los diez millones que nunca se cumplieron.

 

Su biografía, entonces, tiene más que ver con “la construcción del socialismo” que con la épica combatiente. Obtuvo un título de Ingeniero Electrónico en la Universidad y en 1982, respondiendo a un llamado del Comandante en Jefe participó hasta 1985 en unidades coheteriles cuando al máximo líder le atacó la histeria porque los soviéticos le dijeron que no podrían defenderlo de un ataque de los americanos (eran los tiempos de Ronald Reagan).

 

Militarmente, esa es su historia. Un supuesto experto en temas cubanos que lo mencionó como “el coronel Díaz-Canel” porque apareció en una fotografía durante un ejercicio militar con grados de teniente-coronel de la reserva, lo único que logró hacer fue el ridículo.

 

Tras esa etapa coheteril del hoy Presidente, fue profesor universitario, hasta que se convirtió en un “cuadro profesional” cumpliendo funciones en la Unión de Jóvenes Comunistas (UJC) y el Partido Comunista de Cuba (PCC).

 

Posteriormente estuvo en Nicaragua dirigiendo la sección UJC entre los militares en ese país, y al regresar se incorporó al trabajo en la UJC, donde llegó a segundo secretario de la organización.

 

Quienes hablan sin saber no tienen en cuenta que, en una provincia cubana, el secretario general del partido en esa provincia es jefe de aire, mar y tierra, y Díaz-Canel fue durante nueve años (1994-2003) secretario general del partido en Villa Clara, y durante seis más (2003-2009) en la provincia de Holguín, donde además pasó a ser miembro del poderoso Buró Político del PCC.

 

Durante esos quince años dirigiendo en Villa Clara y Holguín no fue segundo de nadie, y se subordinaba exclusivamente al primer secretario del PCC, (entonces Fidel Castro) y al segundo secretario (entonces Raúl Castro, y posteriormente José Ramón Machado Ventura en 2008, cuando Raúl Castro sustituyó a su hermano enfermo). No parece el escenario ideal para estar obligado a actuar como un simple “títere” del régimen, aunque siempre debió cumplir, evidentemente, los lineamientos, directivas y úkases partidistas; él y todos los demás: de lo contrario, hubiera salido disparado como un clásico “volador de a peso”.

 

En 2009 fue designado Ministro de Educación Superior, y en 2012 Vicepresidente del Consejo de Ministros al frente de las áreas de educación, ciencia, cultura y deportes, hasta febrero del 2013, cuando sorprendió a (casi) todos al ser designado como Primer Vicepresidente de los Consejos de Estado y Ministros.

 

Y a pesar de las evidencias, casi durante cinco años tuvimos que escuchar a oráculos y gurús asegurándonos que el relevo evidente de Raúl Castro sería su hijo Alejandro o “los generales”, ignorando al “cuadro profesional” que además de haber dirigido en la UJC y el Partido durante casi veinte años, tenía historia de gobierno como ministro y como Vicepresidente del Consejo de Ministros, y que en 2018 ya cumplía quince años como miembro del Buró Político.

 

¿Qué podría esperarse del presidente Díaz-Canel?

 

Quienes se refieren al ortodoxo discurso inaugural de Díaz-Canel para asegurar que ineludiblemente todo será “más de lo mismo”, sería bueno que buscaran y leyeran todos los discursos de Mijail Gorbachov y Deng Xiaoping desde que asumieron los máximos cargos, a ver si encuentran una sola frase hablando de eliminar el socialismo en sus países o de regresar al capitalismo.

 

Sin embargo, esos críticos pretenden que “el guajiro de Placetas”, como despectivamente ya lo llaman, queme todas las naves durante su primer discurso público. Y con esto no estoy pretendiendo decir que el flamante gobernante sería capaz de quemarlas en algún momento, así que no intenten acusarme de “díazcanelista”, porque eso no tendría ni pies ni cabeza.

 

Pero no creo que sea justo pretender no darle ni algunos días para observar cómo actúa. Es costumbre en muchos países serios que cuando comienza su gestión un nuevo líder se le otorguen hasta cien días de gracia, para ver si hace algo de interés, pero el ahora mandatario Miguel Díaz-Canel comenzó a ser crucificado incluso desde antes de ser designado por Raúl Castro como Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros de Cuba.

 

Manteniéndose dentro de “la revolución” y “el socialismo” Díaz-Canel podría liberalizar las relaciones de propiedad dentro de los marcos establecidos por “los lineamientos” del PCC, reducir los impuestos abusivos a los privados (y de paso dejar de llamarlos cuentapropistas), cesantear a los inspectores corruptos (casi todos), facilitar la creación de nuevas cooperativas no agropecuarias, cerrar o privatizar empresas estatales irrentables y parásitas, abandonar el discurso victimista que culpa de todos los males habido y por haber al “imperialismo” y al “bloqueo”, olvidar la estupidez de pretender regular centralizadamente el precio de un plátano o un boniato, dejar la paranoia de combatir “el enriquecimiento” y comenzar realmente a combatir la pobreza y la miseria, como hacen los gobiernos normales en el mundo.

 

Podría hacer todo eso sin dejar de ser fiel a sus palabras del discurso inaugural de que “no hay espacio para una transición que destruya tantos años de lucha”, porque estar interesado en mejorar las condiciones de vida de los cubanos no sería para nada pretender destruir “tantos años de lucha”. Si actuara así no sería un camino muy directo a la democracia, ni en ningún sentido hacia esa democracia que tanto necesitamos, pero al menos mostraría interés hacia ese pueblo que los castristas dicen defender y atender, pero que nunca lo demuestran en la vida cotidiana.

 

De paso, destaquemos, solamente como curioso detalle, que los tres presidentes civiles del castrismo son oriundos de la antigua provincia de Las Villas. Urrutia era de Yaguajay y Dorticós de Cienfuegos. Naturalmente que se trata más bien de una casualidad, porque en estos momentos no hay más base para comparar esos tres personajes que las conductas políticas. En el caso de dos de ellos -uno opositor y otro lacayo- no podrán cambiar las suyas por haber fallecido, pero al tercero no se le puede negar que tiene la oportunidad de modificar su rumbo si se decidiera a hacerlo.

 

En un próximo trabajo me propongo hacer un análisis de las características directivas y de liderazgo de Díaz-Canel, como en un momento lo hice comparando las de Fidel y Raúl Castro.

 

Mientras tanto, debemos mantenernos observando y recopilando toda la información posible para analizar detalladamente y sin apresurar conclusiones precipitadas ni ascender a coronel al nuevo presidente cubano. Nos simpatice o no, es el que hay, y ya no podremos borrarlo de la historia de nuestro país independientemente de cómo lo haga.

 

Nunca podrá ser una política inteligente para nadie, y mucho menos una política útil y práctica, colocar la carreta delante de los bueyes.

 

Ya que no pudimos elegir a este presidente, derecho que nos ha sido robado a los cubanos durante casi seis décadas por los tiranos del totalitarismo, seamos capaces al menos de saber evaluarlo como corresponde, tratando de contribuir de alguna manera realista a lo verdaderamente importante, que es ser capaces de quitarnos de arriba al maligno castrismo que nos corroe como un cáncer en plena metástasis, hasta poder lograr en nuestro país un verdadero Estado de Derecho, una sólida democracia y una economía que garantice la real prosperidad y las oportunidades de progreso de todos los cubanos que trabajen honestamente, independientemente de su ideología y de sus opiniones políticas.