Cubanálisis El Think-Tank

           ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

   

Dr. Eugenio Yáñez, Estados Unidos

 

 

 

El congreso de los perdedores

 

Antecedentes

 

Para fundamentar por qué podría terminarse llamando “congreso de los perdedores” al próximo cónclave del partido comunista cubano que está previsto para realizarse entre el 16 y el 19 de abril, es preciso primero recordar brevemente un poco de la historia de los congresos de los partidos comunistas en el poder en todo el mundo.

 

Comencemos con el 17º congreso del partido comunista (bolchevique), que puede definirse como el que inauguró “oficialmente” la política de purgas, prisiones, destierros  y asesinatos llevada a cabo por Stalin dentro del propio partido.

 

Los crímenes que comenzaron a materializarse a partir de ese congreso no fueron los primeros de Stalin, ni tampoco serían los últimos de él, sus secuaces y sus sucesores. Además de eliminar a sus rivales en las filas comunistas, la emprendió también contra los que calificó de “enemigos del pueblo” y “saboteadores”. Y ya en 1934 las muertes podían contarse por millones si además de la sanguinaria represión se tienen en cuenta las hambrunas provocadas en la población campesina por la colectivización forzosa de la agricultura y las confiscaciones “revolucionarias” de los “burgueses” urbanos y rurales.

 

Como se trata de un breve resumen histórico para utilizarlo como antecedente, concentremos la atención en el destino y la suerte de los militantes, delegados e invitados a esa cita del 17º congreso bolchevique soviético.

 

Entre el 26 de enero y el 16 de febrero de 1934 se celebró en Moscú el 17o Congreso del Partido Comunista (bolchevique) de la Unión Soviética, que la propaganda oficial bautizó como “el congreso de los vencedores”.

 

Serguei Kírov, entonces jefe del partido en Leningrado (San Petersburgo), era el más popular de los participantes en el congreso, y resultó el más votado para el cargo de  secretario general del partido, a pesar de que Iosif Stalin desempeñaba esa tarea desde 1922, tanto durante la enfermedad de Lenin como tras la muerte del caudillo fundador del “paraíso del proletariado”.

 

Sin embargo, Kírov no tenía ningún interés en ocupar la secretaría general del partido, por lo que Stalin, que había resultado segundo en votos recibidos, pasó a ocupar esa responsabilidad.

 

Como puede notarse, todavía entonces funcionaban dentro del bolchevismo determinados rasgos que si no pueden considerarse totalmente democráticos por lo menos no resultaban tan autocráticos como fuera típico de “el carácter ruso” en las formas y métodos de dirigir en esa extensa nación. Posteriormente, y hasta que llegó la Perestroika, sería impensable que hubiera varios candidatos diferentes para el cargo de secretario general del PCUS.

 

A partir  de febrero de 1934 dio comienzo una tenebrosa etapa donde el macabro georgiano electo secretario general, que desconfiaba de los delegados al congreso porque habían preferido a Kírov -contra quien sentía una envidia patológica-, fue imponiendo el terror más absoluto entre las filas de los militantes del partido para consolidar su poder, en lo que sería conocido en la historia como la “Gran Purga” de los años treinta.

 

Posteriormente, como resultado de la carnicería desatada por Stalin entre los militantes bolcheviques, pero también entre la oficialidad del ejército, los científicos, profesores, y la intelectualidad en general, el antes llamado “congreso de los vencedores” pasó a ser conocido (en voz baja, naturalmente) como “el congreso de los fusilados”.

 

Porque en los años siguientes a aquel cónclave partidista, de los 1,996 delegados participantes, fueron arrestados 1,108, y más de 700 terminaron ejecutados. Hasta el popular Kírov, que había declinado el cargo de secretario general para mantenerse al frente del partido en Leningrado, fue asesinado en diciembre de aquel mismo año 1934.

 

Hace muchos años recuerdo haber leído que durante el 18º congreso, celebrado en 1939, el primero tras la “Gran Purga” estalinista, se comprobó que el 80% de los participantes en el 17º ya no formaba parte del partido, fuera por fallecimiento, prisión, enfermedad, destierro, expulsión o separación voluntaria, aunque se trata de una cifra que habría que precisar con otras fuentes.

 

Tuvieron que transcurrir más de veinte años para que en el 20º Congreso del PCUS (ya desde 1952 era llamado así y se había eliminado lo de “bolchevique”), celebrado del 14 al 26 de febrero de 1956, Nikita Jrushov presentara lo que resultaría conocido en todo el mundo como “Informe Secreto” al Congreso, para comenzar a tener idea de las horrendas masacres perpetradas por Stalin utilizando criminales como Yagoda, Beria, y todos sus esmerados carniceros de turno, donde los asesinatos, “desapariciones” y ejecuciones extrajudiciales comenzaban a contarse por miles.

 

Todavía en nuestros días, después de un cuarto de siglo de la desaparición de la Unión Soviética, no puede asegurarse que ya sea completamente conocida la historia de los crímenes del comunismo en la URSS, no solamente los de Stalin ni los ejecutados contra los “enemigos” y “saboteadores”, sino también contra los militantes y “sin partido”, militares, intelectuales, artistas y ciudadanos en general, entre los que hubo muchos que apoyaban la ideología comunista, así como de ciudadanos de otros países asesinados dentro y fuera de la URSS, una lúgubre historia que ya en estos momentos permite referirse a millones de víctimas de aquel criminal experimento.

 

Los congresos de los partidos comunistas en el poder

 

La historia de todos los congresos de los partidos comunistas en el poder en lo que fue conocido como “el campo socialista” o posteriormente “países del socialismo real” tiene características comunes: no en todas esas naciones las purgas y asesinatos alcanzaron la magnitud, profundidad y alcance de las llevadas a cabo en la Unión Soviética, aunque China y Corea del Norte son casos dignos también de un estudio detallado, cuyos resultados también resultan espeluznantes.

 

Sin embargo, otras purgas como las llevadas a cabo en su momento en Bulgaria, Alemania Oriental, Hungría, Polonia, Rumania, Yugoslavia, Albania, Vietnam y Mongolia, aunque también fueron trágicas e imperdonables, empequeñecen cuando se comparan con la “Gran Purga” soviética o la “Revolución Cultural Proletaria” china.

 

Sin embargo, hay algo común en todos los congresos de los partidos comunistas en el poder: es en esos cónclaves donde se ajustan y reajustan las fracciones partidistas, las camarillas se distribuyen los pedazos del pastel que cada una ha logrado obtener durante un tiempo, y se traza un mapa, difuso y cambiante, de cómo se reparten los mecanismos y privilegios y quienes son las “estrellas nacientes”, las ya consolidadas, y las “supernovas” de la nomenklatura que estallan y desaparecen en el más absoluto olvido como “no personas”, o con finales mucho más abruptos.

 

Aquí lo fundamental es que los congresos “legitiman” a quienes ya se habían repartido el poder anteriormente, entre congreso y congreso, y se presentan con el hecho consumado ante los delegados, porque antes de ese cónclave, que no es nada más que una formalidad, ya habían sido ascendidos o defenestrados miembros del buró político y del secretariado, y en ocasiones hasta el mismísimo secretario general.

 

Trotski, Kámenev, Zinoviev y Bujarin fueron expulsados del buró político bolchevique soviético sin que mediara congreso alguno. Nikita Jrushov fue defenestrado como secretario general del PCUS en 1964 y sustituido por Leonid Brezhnev sin que se realizara un congreso para eso. Igualmente, Deng Xiaoping en China o Wieslav Gomulka en Polonia fueron “tronados” sin que se estuviera realizando un congreso del partido. Gustav Husak fue “electo” secretario general del partido en la entonces Checoslovaquia prácticamente desde uno de los tanques invasores soviéticos que aplastaron la “Primavera de Praga” en 1968, y el carnicero rumano Nicolae Ceasescu ocupó el cargo de secretario general tras la muerte de su predecesor, sin necesidad de un congreso en ese momento.

 

Son los delegados al congreso quienes van allí en la mayoría de las ocasiones a legitimar lo que ya se ha “cocinado” antes, aunque se mantienen las apariencias de que son ellos quienes eligen a los miembros del comité central, pero todo es a través de una comisión interna de candidaturas previamente aprobada por el poder real. Una vez que han sido electos los miembros del comité central, éstos se reúnen para seleccionar al exclusivo buró político y elegir o ratificar al secretario general (o primer secretario, el nombre no importa). Además, el comité central elige al secretariado (que será el órgano encargado del funcionamiento diario y burocrático del partido).

 

Entonces, una vez culminadas esas formalidades y anunciados públicamente a bombo y platillo los nombres de los miembros del Olimpo comunista a partir de ese momento, los ripios de “democracia” partidista que se fingieron durante varios días en los congresos comienzan a desvanecerse inmediatamente.

 

Entre congreso y congreso (que supuestamente se deberían celebrar cada cinco años, para que los “planes quinquenales” coincidieran en el tiempo con los cónclaves partidistas) quien teóricamente dirige el partido es el comité central. Pero este órgano no está reunido permanentemente, y muchos de sus integrantes ocupan cargos de gobierno o del partido en provincias y organizaciones, y están dispersos por todo el país, por lo que el día tras día administrativo del partido corre a cargo de los múltiples burócratas del secretariado y de los departamentos integrados por mediocres burócratas profesionales al servicio del comité central, tales como ideológico, organización, cuadros, relaciones internacionales, económico, agropecuario, o de asuntos generales, entre otros.

 

Así entonces el comité central solamente se reúne, en el mejor de los casos, una vez cada tres meses, o cada seis, o incluso hasta una vez al año, en lo que se conoce como “pleno del comité central”. En los últimos años de dictadura activa de Fidel Castro el comité central del partido comunista cubano solamente se reunía si a él le parecía conveniente hacerlo, y nada más, lo que no sucedía muy a menudo.

 

De manera que entre los plenos del comité central quien realmente dirige el partido y traza su política y su estrategia es el buró político. El secretariado no traza políticas, sino solamente administra y controla las actividades del partido, aunque muchos “expertos” sobre el tema comunista no lo sepan. El buró político supuestamente podría reunirse una vez a la semana, aunque no siempre sea así, y en ocasiones se reúne, si acaso, una vez al mes o cada más tiempo.

 

Entonces, siguiendo esa misma lógica, quien dirige al partido cuando el buró político no está reunido, es el primer secretario, que termina convirtiéndose en la práctica diaria en un absoluto autócrata.

 

Conclusión: el primer secretario dirige al buró político, el buró político dirige al comité central, y el comité central -a través del secretariado y las instituciones territoriales y sectoriales subordinadas- a las organizaciones de base y militantes de a pie. Y a eso se le llama “democracia partidista” y “centralismo democrático”.

 

Por consiguiente, la proclamación formal de que el máximo órgano de dirección de un partido comunista es su congreso no es más que humo para confundir: ni el congreso ni los militantes de a pie en las bases dirigen nada ni son tenidos en cuenta más allá de las formalidades y la propaganda. El secretario general siempre ha sido, es y será “el Padrino” o capo de la mafia partidista, desde Lenin y Stalin hasta Kim Jong-un y Raúl Castro.

 

Como sucede, además, que la práctica de separar los máximos cargos del partido y del estado y gobierno en un tiempo no resultaba demasiado popular entre la nomenklatura en diversos países “socialistas”, muchas veces el secretario general era “electo” también jefe de Estado o de gobierno, y en algunos momentos determinados personajes desempeñaron los tres cargos simultáneamente, reduciendo la caricatura de “democracia socialista” a su mínima expresión. Fidel Castro lo hizo desde 1976 hasta su alejamiento del poder por problemas de salud en 2006 (treinta años) y Raúl Castro desde entonces hasta hoy (diez años). Sin embargo, tanto los chinos como los vietnamitas no parecen partidarios de esa santísima trinidad comunista, y mantienen ocupados esos cargos por diferentes personas. Hace solamente unos pocos días se conoció que en Vietnam fue “electo” por la Asamblea Nacional un nuevo primer ministro, relativamente “joven”, de 61 años, pero que no es el secretario general del partido ni el jefe de Estado.

 

El partido comunista cubano durante “la revolución”

 

La revolución cubana la llevaron a cabo diferentes grupos guerrilleros en las montañas y diferentes organizaciones clandestinas en pueblos y ciudades, en ambos frentes apoyados por movimientos activos en el exilio que contribuyeron activamente enviando dinero, armas, recursos y expediciones a la isla. Los insurrectos estaban agrupados en diferentes organizaciones clandestinas, entre las que se destacaban el Movimiento Revolucionario 26 de Julio (MR-26-7) y el Directorio Revolucionario (DR-13), aunque también existían otras de menor alcance o cantidad de participantes.

 

Ningún partido comunista encabezó esas luchas en nuestro país como sucedió en Rusia, China, Vietnam o Yugoslavia, ni ningún Ejército Rojo (ni de ningún color) impuso el comunismo en Cuba como lo hizo en Europa oriental y central, Mongolia y Corea. Los luchadores cubanos en las montañas y pueblos y ciudades respondían a movimientos cuyos principales objetivos eran la restitución de las libertades democráticas cercenadas por el golpe de estado de 1952, el restablecimiento de la Constitución de 1940 como ley fundamental de la república, y la instauración de un gobierno provisional que se encargaría de celebrar elecciones libres, democráticas y multipartidistas en el menor plazo posible.

 

Los comunistas cubanos de entonces, agrupados en el Partido Socialista Popular, vinieron a incorporarse a la insurrección antidictatorial solamente casi al final de la misma, aunque en el plano estrictamente personal hubo combatientes participando tanto en las guerrillas en las montañas como en la lucha clandestina urbana en pueblos y ciudades.

 

Fidel Castro, sin embargo, escamoteó “revolucionariamente” toda la dirección de la lucha insurreccional y los objetivos de la misma. Para comenzar, llamó a la Sierra Maestra a la dirección del MR-26-7 (que funcionaba en las ciudades y pueblos), para someterla a su control. Fue eliminando políticamente a todos los líderes de cualquier otra agrupación revolucionaria que no se plegara a sus designios personales, o a los que le apoyaban a él pero resultaban demasiado populares entre la población. Tras el triunfo de la lucha antibatistiana, si el Comandante advertía que algún enfrentamiento o popularidad ajena eran un peligro para su poder, la eliminación podía fácilmente dejar de ser solamente política para convertirse en física  o definitiva, es decir: prisión o muerte.

 

Como un sistema donde funcionara la democracia liberal no le permitiría lograr su máximo objetivo, que era nada menos que mantenerse toda la vida en el poder, se inventó una ideología y una militancia comunista por su cuenta como si fuera desde casi antes de nacer, incumplió todas las promesas y los programas por los que lucharon y murieron los cubanos que se enfrentaron a la tiranía, y que él mismo decía compartir y llevar a cabo, comenzó a destrozar la cincuentenaria república y todas sus instituciones, hasta que instauró una dictadura totalitaria que dura hasta nuestros días.

 

Para ello, comenzó a crear desde prácticamente cero “su” propio partido supuestamente comunista. Primero diferentes organizaciones fueron agrupadas en las así llamadas “Organizaciones Revolucionarias Integradas”, las ORI, (¡candela, candela, la ORI es la candela!, ¿recuerdan aquello?), integradas por el Movimiento Revolucionario 26 de Julio (MR-26-7), el Directorio Revolucionario 13 de Marzo (DR-13), y el Partido Socialista Popular (PSP).

 

El 8 de marzo de 1962 fue creada la Dirección Nacional de las ORI, y tan solamente dos semanas después se llevó a cabo una primera gran purga “revolucionaria” durante 1962, conocida como “la lucha contra el sectarismo”, donde un grupo de militantes provenientes del PSP fue acusado de intentar apoderarse del PURSC aprovechando su mayor experiencia y conocimientos en comparación con los comandantes de la lucha guerrillera, generalmente campesinos con pocos o nulos estudios, pero que como quiera que fuese habían ganado la guerra de guerrillas mientras muchos dirigentes del PSP andaban exiliados por Europa o Asia. Como resultado de ese proceso, los comandantes fueron reafirmados en el poder y muchos de los veteranos comunistas fueron relegados a un relativo segundo plano, pero en ningún momento se llegó a los extremos de las purgas soviéticas o chinas, y ninguno de los implicados en aquella “purificación” fue asesinado ni encarcelado al estilo Stalin o Mao.

 

Pocos días después de la primera defenestración “contra el sectarismo” las ORI fueron convertidas por Fidel Castro, sin consultar con nadie y mucho menos con la militancia, en el Partido Unido de la Revolución Socialista de Cuba (PURSC), y se estableció una Dirección Nacional formada por 25 miembros, con Fidel Castro como primer secretario y su hermano Raúl segundo. En esa Dirección Nacional 14 personas provenían del Ejército Rebelde o el MR-26-7, 10 eran antiguos militantes del PSP, y solamente 1 había pertenecido al DR-13.

 

Aquel engendro del Partido Unido de la Revolución Socialista de Cuba duró hasta 1965. La Unión Soviética no lograba entender aquello del PURSC de los guerrilleros cubanos, donde algunos de sus aliados de siempre del PSP quedaban relegados, sobre todo después de la “lucha contra el sectarismo”, y demandaba la existencia de un partido comunista en serio y con ese nombre a cambio del apoyo militar, económico y diplomático que daba a Fidel Castro, mientras éste aventureramente organizaba guerrillas en América Latina y África, creaba movimientos alternativos “de izquierda revolucionaria” para ningunear a los jurásicos partidos comunistas latinoamericanos, a la vez que destruía aceleradamente la economía cubana con absurdas reformas agrarias y el delirio irresponsable de lograr una imposible zafra de diez millones de toneladas de azúcar.

 

Sin embargo, lo más que pudo conseguir el oso ruso entonces fue que en octubre de 1965 el Comandante en Jefe cambiara el nombre de PURSC por el de Partido Comunista de Cuba (PCC) y se inventara un Comité Central formado por una mayoría absoluta de incondicionales subordinados, donde de los 100 miembros que lo componían 72 venían del Ejército Rebelde o la lucha urbana con el MR-26-7, 24 del antiguo PSP, y solamente 4 del DR-13.

 

En el buró político de 1965, integrado por ocho miembros, todos eran incondicionales del primer secretario Fidel Castro: Raúl Castro; el “presidente” Osvaldo Dorticós (conocido como “cucharita”, porque ni pinchaba ni cortaba); el comandante Juan Almeida, viceministro primero de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR); el comandante Ramiro Valdés, ministro del Interior; el comandante Guillermo García, jefe del Ejército de Occidente; Armando Hart, participante en la insurrección urbana, que ya entonces era el jefe del departamento de organización del partido; y el comandante Sergio del Valle, jefe del Estado Mayor General de las FAR. Hay que recordar que durante 17 años, hasta diciembre de 1976, el grado militar más elevado existente en Cuba era el de Comandante, que seis de los ocho miembros del buró político creado en 1965 lo ostentaban, incluyendo a los dos hermanos Castro.

 

En la creación del secretariado del partido de 1965 hubo cierta “flexibilidad” por parte de Fidel Castro, al designar a Blas Roca, quien había sido secretario general del PSP, como integrante del mismo, aunque los mismos Fidel y Raúl Castro, así como varios otros incondicionales suyos, estaban incluidos también en esta camarilla. (El secretariado del partido existió hasta 1991, cuando Fidel Castro decidió que sus funciones pasaran al buró político, y fue restablecido en el año 2006 a instancias de Raúl Castro, cuando ya era inminente que la salud de Fidel Castro se resquebrajaba continuamente y no le permitiría continuar dirigiendo los destinos del país).

 

La peor parte en aquel establecimiento del comité central y sus órganos, como era ya costumbre, la llevó el grupo que provenía del Directorio Revolucionario (DR-13), con solamente cuatro de sus miembros formando parte del nuevo comité central del partido, uno de ellos el gris Faure Chaumont como miembro del secretariado, más por necesidad de guardar las formas ante la población cubana y el extranjero que por verdadero imperativo de funcionamiento de la organización o por capacidad del personaje.

 

Algunas de las purgas en Cuba

 

En el camino de este comité central volvió a surgir otro cuestionamiento, de nuevo por parte de militantes del antiguo partido comunista cubano, algunos de ellos “veteranos” ya golpeados anteriormente durante “la lucha contra el sectarismo” en 1963, que esta vez, en 1968, se oponían a la absoluta locura de la zafra de diez millones de toneladas de azúcar, los planes faraónicos del Comandante, el alejamiento de la Unión Soviética propugnado abiertamente por Fidel Castro con su absurda política exterior, a la así llamada “ofensiva revolucionaria” contra los restos de actividad económica privada que quedaba en el país, y al empecinamiento de implantar el criterio “castro-guevarista” de admitir solamente los estímulos morales sobre los materiales en los intentos para incentivar la producción y la productividad.

 

Este enfrentamiento de 1968 fue conocido como “la lucha contra la microfracción”. Y si en 1963 la batalla contra el “sectarismo” de veteranos comunistas se había materializado solamente en defenestraciones y demociones, esta vez el contraataque de Fidel Castro implicó condenas de cárcel hasta de 15 años, expulsiones del partido, y conversión en “no personas” de individuos que hasta poco antes habían sido considerados confiables “dirigentes revolucionarios” a pesar de que anteriormente hubieran cometido supuestos “errores”.

 

Y así funcionó todo hasta 1975, cuando se celebró, finalmente, el primer congreso del partido comunista de Cuba, no tanto por convicción de su necesidad por parte de Fidel Castro como por la presión soviética, que tras el fracaso de la zafra de los imposibles diez millones de toneladas de azúcar, del utópico proyecto de Fidel Castro pretendiendo “construir simultáneamente el socialismo y el comunismo”, y de la aventurera política exterior de injerencia en toda Latinoamérica, no estaba dispuesta a continuar financiando una “revolución” que no podía controlar desde Moscú.

 

De manera que la Unión Soviética impuso como condición innegociable para continuar apoyando el desastre castrista que se pasara a una etapa diferente de lógica y seriedad en Cuba, copia del anquilosado modelo soviético que ya existía y había sido impuesto en “el campo socialista”, etapa que en Cuba sería posteriormente conocida como la de la “institucionalización” (del manicomio castrista). De conjunto ese proyecto implicaría realizar un primer congreso del partido comunista, institucionalizar y reorganizar los organismos y órganos del gobierno y del Estado, implantar una nueva división político-administrativa del país, y establecer un sistema sensato para la dirección de la economía.

 

Dentro de ese marco impuesto, y con continuas altas y bajas, reajustes, marchas atrás, cambios de dirección, “inventos” criollos, y presiones soviéticas, se realizaron seis congresos del partido comunista cubano: el primero en 1975, el segundo en 1980, el tercero en 1986, y el cuarto en 1991, cuando todavía existía la Unión Soviética, pero ya entonces prácticamente de nombre solamente. El quinto se realizó en 1997, ya en pleno “período especial” y sin la existencia de la URSS ni del “campo socialista”. Esos cinco congresos se realizaron bajo la bota, la fusta y la absoluta supremacía de Fidel Castro, y sobre todo en el cuarto congreso y el quinto debió presionar fuertemente frente a las ansias e intentos, solapados o no, de muchos militantes deseosos de cambiar los rumbos de desastre por los que el Comandante en Jefe llevaba al país con su soberbia y tozudez, imponiendo limitaciones, escaseces y sacrificios para todos, menos para él y los suyos.

 

El sexto congreso se realizó en 2011, después de 14 años sin cónclaves y donde el partido había ido reduciéndose a meras formalidades y funcionamiento burocrático, que solo comenzaron a revertirse realmente cuando Raúl Castro recibió el poder de manos de su enfermo hermano. Para poder llevar a cabo ese sexto congreso bajo la batuta del general,  quien había asumido el timón del buque haciendo agua desde la “crisis de salud” de su hermano, fue imprescindible realizar un gigantesco trabajo preparatorio.

 

Sin embargo, tras tantos baches, despreocupaciones estratégicas, tareas por terminar e indefiniciones en que se movía el partido en los últimos tiempos de Fidel Castro, el sexto congreso fue celebrado en dos partes: en 2011 el “congreso” como tal, complementado al año siguiente con una Conferencia Nacional del Partido, en 2012, con el objetivo de poder definir todo lo que había quedado colgando del desganado, mal organizado y peor ejecutado “congreso” en el 2011, y de manera fundamental lo que en la jerga comunista se conoce como “funcionamiento y vida interna del partido”, que no es más que la reglamentación de la rancia mentalidad inmovilista y definición de pautas estrictas para el funcionamiento de la burocracia partidista.

 

En esos seis cónclaves las luchas por el poder fueron siempre perfectamente controladas, primero por Fidel Castro durante los cinco primeros congresos realizados, y después por Raúl Castro en el sexto. Y aunque en cada ocasión había “movimientos de cuadros”, ascendiendo a algunos y cesanteando a otros, se trataba fundamentalmente de movidas de personajes secundarios que se utilizaban prácticamente como escenografía ambiental y decoración, porque los que verdaderamente detentaban el poder siempre se mantenían en la camarilla, sin cambios en los congresos.

 

Lo cual no quiere decir que no hubiera purgas, y no siempre asépticas y sin sangre. La primera gran “tronadera” masiva, como se dice en Cuba, ocurrió varias semanas después de realizado el tercer congreso del partido en febrero de 1986.

 

Fidel Castro, preocupado por los intentos del congreso y los militantes de formalizar y hacer funcionar un sistema de dirección económica que le impediría a él la posibilidad de hacer lo que le diera la gana con el país, a pesar de los acuerdos y resoluciones tomadas en el tercer congreso, aprovechó las celebraciones por los combates de Playa Girón el 19 de abril para criticar agriamente a los que comenzó a llamar “tecnócratas” que estarían destruyendo el país, y enseguida desató la funesta improvisación que muy pronto sería conocida como “Proceso de Rectificación de Errores y Tendencias Negativas”, cuya consigna más significativa, establecida 25 años después de haber proclamado en 1961 el “carácter socialista de la revolución”, quedó resumida en una expresión antológica para la historia del disparate mundial: “¡Ahora sí vamos a construir el socialismo!”

 

Se echaron abajo irresponsable y apresuradamente las modificaciones y reformas que se habían venido estableciendo en los últimos diez años de implementación paulatina del llamado Nuevo Sistema de Dirección y Planificación de la Economía, y se involucionó nuevamente hacia “el espíritu del Che”, los estímulos morales como únicos legítimos y aceptables, y la estigmatización de todo lo que fueran mecanismos económicos y técnicas económicas de cualquier tipo.

 

Humberto Pérez González, entonces miembro suplente del buró político, vicepresidente del consejo de ministros y presidente de la Junta Central de Planificación, así como sus colaboradores, que desde antes del primer congreso del partido en 1975 trabajaron bajo la guía de Raúl Castro en todos los proyectos que más tarde fueron aprobados en aquel primer congreso, fueron convertidos de la noche a la mañana en “no personas”.

 

Es cierto que no hubo ejecuciones ni prisiones como en las purgas soviéticas o en la “revolución cultural proletaria” china, pero Fidel Castro lanzó sobre ellos todo su odio, rencor y peso moral y político, los despojó de todos sus cargos partidistas y de gobierno, y los envió a trabajar a posiciones de base.

 

No podía perdonarles a esas personas que estuvieran trabajando en algo que él pensaba que le despojaría de su poder absoluto, aunque esa no fuera la intención de aquellos especialistas de altísima calificación. La hostilidad y rencor del Comandante en Jefe hacia esos funcionarios calificados y honestos que trabajaban en función de mejorar las cosas en el país en el plano económico quedaron resumidas en otra frase de Fidel Castro que pasará a la historia universal de la infamia, al definirlos en un discurso como

 

…un grupo de tecnócratas, enemigos personales míos, que hundieron al país y no se pegan un tiro”.

 

Si hubiera habido que pegarse un tiro por hundir al país no eran todos esos calificados profesionales quienes deberían haberlo hecho: el tiro correspondiente a Fidel Castro ya entonces hacía mucho tiempo que debería habérselo dado él mismo si hubiera tenido un mínimo de vergüenza, algo que nunca tuvo.

 

De Humberto Pérez González se vino a saber públicamente hace relativamente poco, casi treinta años después de su fulminante destitución, gracias a su participación en paneles y la publicación de artículos en la Revista “Temas”, en La Habana. Uno de esos artículos,  titulado “En el 40 aniversario del primer Congreso del Partido”, fue comentado en esa misma publicación por oponentes y algunos de los que fueran colaboradores del “grupo de Humberto” desde 1975.

 

Con relación a ese artículo, publicó hace pocos días su respuesta a un crítico de lo publicado, donde Humberto Pérez señala que abordará:

 

“… temas relacionados con el período 1971-1985, sobre todo a partir de 1976, en los que estimo puede estar presente una mala o insuficiente información y, en general, en los que considero de suficiente importancia como para que deban ser conocidos por las actuales y nuevas generaciones y que los conozcan tal y como ocurrieron, y no deformados ni tergiversados, cualquiera que pueda ser la causa de ello...”.

 

Sus colaboradores en aquel proyecto de 1975 están dispersos, algunos han fallecido, otros viven fuera de Cuba, y el resto habría tenido alguna que otra participación intelectual limitada y en publicaciones que no son de extensa divulgación ante el cubano de a pie, pero en sentido general languidecen en la oscuridad de haber desperdiciado muchos años de su vida teniendo que ser casi “no personas” en la isla.

 

Otra gran purga, y esta sí con implicaciones más graves, fusilamientos y largas penas de prisión, ocurrió en 1989, sin que mediara o estuviera próximo algún congreso del partido, en un proceso que finalmente se conocería como la Causa No 1 y la Causa No 2 de 1989.

 

La Causa No 1 se llevó a cabo contra el general de división, héroe de la República de Cuba y miembro del comité central del partido, Arnaldo Ochoa, muy popular entre la oficialidad de las fuerzas armadas cubanas por sus contundentes victorias militares en Angola (desobedeciendo las órdenes de Fidel Castro), y en Etiopía, además de su participación combatiendo a “los contras” en Nicaragua, y un halo anterior de “misiones internacionalistas” en Venezuela y otros países. El otro acusado principal en esa Causa fue el coronel del ministerio del Interior Antonio (Tony) Laguardia, un veterano aventurero de las tropas especiales de ese ministerio, que cargaba en sus espaldas y en su currículum decenas de misiones excepcionalmente sensitivas en el exterior, muchas de ellas encargadas por el propio Fidel Castro.

 

Fidel Castro utilizó la Causa No 1 para desviar de sobre su persona las pistas y evidencias que el gobierno de Estados Unidos tenía contra la isla por su participación activa en el narcotráfico y envío de drogas hacia EEUU, y sacrificó a Tony Laguardia y una decena de oficiales del ministerio del Interior presentándolos como los verdaderos culpables del innegable narcotráfico, pero como si ese coronel, su hermano gemelo, general, y los demás implicados, hubieran actuado por su cuenta, a espaldas del gobierno cubano, y sin autorización de nadie. De paso, involucró en la causa al general Arnaldo Ochoa, con la intención de deshacerse del exitoso militar que, aun sin pretenderlo concientemente, le restaba popularidad al Comandante entre la oficialidad y las tropas gracias a sus victorias, algo que un ego como el del Comandante en Jefe no podría perdonar nunca.

 

Los dos altos oficiales primero fueron acusados de narcotráfico, y se fabricaron todas las evidencias que resultaran necesarias para ello, lo que no resultó difícil, puesto que el narcotráfico había existido claramente, aunque no “por cuenta propia”, como se pretendió hacer creer, sino por orden de Fidel Castro. Pero de haberse condenado a los acusados a través de esa figura legal la pena de muerte no podría aplicarse, puesto que no estaba contemplada en los códigos para ese delito.

 

De manera que la acusación fue rápidamente cambiada y entonces se les acusó del delito de “actos hostiles contra un estado extranjero”, que conllevaba la pena de muerte. Ochoa y Laguardia fueron declarados culpables de realizar, ejecutando el narcotráfico, actos hostiles contra un estado extranjero, y fueron fusilados junto con dos subordinados más, mientras los otros acusados recibieron condenas de hasta treinta años de cárcel, en un juicio-circo público transmitido por televisión a todo el país.

 

Pocas semanas después se llevó a cabo la Causa No 2 contra el general de división José Abrantes, ministro del Interior, y todo el estado mayor de ese ministerio, a quienes se les acusó de haber actuado negligentemente en las investigaciones contra el narcotráfico, lo que posibilitó que “el enemigo”, que era, naturalmente, Estados Unidos, dispusiera de pruebas para acusar a “la revolución” de estar fomentando el narcotráfico.

 

El ministerio del Interior, tras los fusilamientos de Ochoa y Laguardia, había sido prácticamente ocupado por el vice-ministro primero de las FAR y miembro del buró político del partido, general de tres estrellas Abelardo Colomé Ibarra (“Furry”), quien fue llevando consigo oficiales de las fuerzas armadas a ocupar todos los cargos centrales, nacionales y provinciales del ministerio del Interior, mientras el destituido ministro era condenado a 20 años de cárcel, y sus colaboradores juzgados a penas de prisión de hasta 12 años. Algún tiempo después de estar cumpliendo su condena carcelaria, el exministro Abrantes falleció en la prisión, producto de un fallo cardiaco que no fue atendido con la urgencia requerida.

 

Prácticamente todos los oficiales del ministerio del Interior que no fueron detenidos en ese proceso fueron pasados a retiro forzosamente, o trasladados a actividades civiles sin ningún tipo de relación con los órganos de la seguridad. Y así se cerró esa segunda purga masiva en 1989.

 

Otra purga interesante, aunque no masiva, ocurrió en 1999 con la destitución de la entonces naciente estrella castrista Roberto Robaina, miembro del buró político y ministro de Relaciones Exteriores (canciller), acusado de hacer demasiado patente ante políticos extranjeros su interés en convertirse en el Adolfo Suárez de la transición cubana, y de manejos de dinero nada transparentes con corruptos políticos mexicanos. Destituido fulminantemente y convertido en “no persona” por un tiempo, posteriormente se supo que se dedicaba a pintar cuadros que intentaba vender (se dijo que algunos de esos cuadros fueron adquiridos en Estados Unidos), y que como cuentapropista poseía una “paladar” (restaurant privado), donde el plato estelar era el filete de pescado canciller.

 

La tercera purga significativa ocurrió en el año 2009, entre el quinto congreso del partido, cuando todavía Fidel Castro era el máximo dirigente, y el sexto, cuando ya su hermano Raúl había asumido las riendas del estado y el partido en la isla.

 

Tampoco hubo ejecuciones ni prisiones, pero fue bastante sonada, porque los tronados fueron personas que la prensa extranjera -tantas veces despistada- daba como los seguros sucesores de las generaciones históricas de revolucionarios ya casi octogenarios.

 

El acontecimiento central de la purga fue la destitución de los miembros del buró político  Carlos Lage, vicepresidente del consejo de ministros, y Felipe Pérez Roque, ministro de Relaciones Exteriores, así como de otra decena de personajes de menor estatura pública. Esta vez no fue necesario especular demasiado para conocer las razones, porque las palabras escritas por Fidel Castro desde su retiro fueron muy precisas: “la miel del poder por el cual no conocieron sacrificio alguno, despertó en ellos ambiciones que los condujeron a un papel indigno”.

 

Fue el resultado de una investigación operativa de los servicios de seguridad controlados por Raúl Castro, que tras grabaciones, fotografías, videos, escuchas telefónicas, registros secretos e informes de colaboradores “del aparato”, construyeron un expediente operativo contra los “tronados” del cual era prácticamente imposible salvarse.

 

En el más rancio estilo estalinista, tanto Lage como Pérez Roque escribieron cartas de “autocrítica”, aceptando sus “errores” y jurando fidelidad a “la revolución”, es decir, a los hermanos Castro.

 

Aunque no fue exactamente en la misma purga, Raúl Castro aprovechó esos tiempos para eliminar del escenario a personajes indeseables que habían sido colocados en posiciones  importantes por su hermano mayor, y los fue moviendo con diferentes razones y pretextos en cada caso, pero sistemáticamente, hasta que no quedó ninguno de esos personajes meteoricamente promovidos que estaban en sus cargos cuando el general se hizo cargo del país “con carácter provisional”.

 

Los “tronados” de aquella purga, en mayor o menor medida, continúan en calidad de “no personas”, y trabajan en actividades relacionadas con su preparación profesional, pero sin ningún tipo de relevancia pública, y mantienen un bajísimo perfil, casi nulo.

 

Como se ha visto, los “movimientos de cuadros” y las separaciones fulminantes que alejan de los mecanismos del poder a los que se convierten en indeseables en la Cuba de los Castro no se han producido durante los congresos del partido comunista, sino en los períodos que median entre ellos, y sin relación con los acuerdos o los criterios de los militantes o los delegados a los congresos-aquelarres.

 

Sin embargo, para el próximo 7º congreso las cosas pueden resultar un poco diferentes.

 

El 7º congreso del PCC, congreso de los perdedores

 

Dentro de pocos días se realizará el séptimo circo-alharaca del partido comunista cubano, que muy bien podría ser conocido posteriormente como el congreso de los perdedores.

 

A diferencia de aquel “congreso de los vencedores” de 1934 en la Unión Soviética, que terminó resultando el “congreso de los fusilados” y los arrestados, no hay ninguna razón para suponer que eventos similares se vayan a producir en La Habana tras este congreso, ni serían de esperar grandes “tronaderas” y pases de cuenta en ese cónclave.

 

Porque ahora los problemas son otros.

 

Para el sexto congreso, realizado por partes en 2011 y 2012, Raúl Castro tenía el pretexto, y podría decirse que justificado hasta cierto punto, del caos organizativo y funcional que Fidel Castro había dejado tras de sí al momento de su separación del poder “con carácter provisional”, además de las lógicas confusiones e imprecisiones que la provisionalidad de sus nuevos cargos podrían implicar, más la caótica situación económica en el país.

 

Además, en los últimos tiempos del Comandante en Jefe al frente del Titanic no se reunía demasiado el comité central, ni tampoco el consejo de ministros ni el consejo de Estado, ni se visitaban las provincias por las máximas autoridades partidistas y gubernamentales. De hecho, los máximos jefes en cada una de las entonces catorce provincias existentes eran los secretarios provinciales del partido, quienes decidían sobre todo lo concerniente al partido, el gobierno y el Estado en sus territorios, con excepción de las actividades relacionadas con las fuerzas armadas y el ministerio del interior.

 

Ahora Raúl Castro ya no tiene esos pretextos, después de diez años al frente del país, dos de ellos “con carácter provisional”, pero ocho con todos los poderes oficialmente en sus manos. En ese tiempo ha logrado un funcionamiento más sistemático de las instituciones, lo cual no quiere decir que las haya hecho funcionar con eficacia. Y cuenta, además, con el mandato recibido en el sexto congreso del partido, donde colocó a sus peones en las posiciones partidistas que le interesaban y en los órganos del Estado y gobierno, donde ha ido colocando -y también sustituyendo- a muchos funcionarios.

 

Sin embargo, no tiene demasiados resultados positivos que mostrar.

 

La economía va de mal en peor, la agricultura es incapaz de producir los alimentos que necesita el país, anualmente hay que gastar casi dos mil millones de dólares importando alimentos imprescindibles que siempre fueron producidos en Cuba. La ley de inversiones del año 2014 no logra atraer a los inversionistas extranjeros imprescindibles para poder alcanzar niveles de crecimiento anual del PIB entre 5-7%, para lo cual es necesario invertir entre 2,000 y 2,500 millones de dólares cada año, cifra que ni de lejos se logra alcanzar, a pesar de las “bondades” de la cartera de negocios que el régimen ofrece tan desesperadamente en todas partes del mundo, buscando atraer a los antes tan odiados capitalistas extranjeros. Ni el puerto de Mariel, que en un momento resultó la joya de la corona, ha logrado despegar, y ya se conocen serios problemas estructurales y de dragado que afectarán su óptimo funcionamiento.

 

El turismo, fuente importantísima de ingresos, que podría crecer mucho cuando se liberen más restricciones a los viajes de los americanos a Cuba, se ve ahora muy seriamente amenazado por la proliferación de epidemias en la isla, entre las que se destacan el zika, el dengue y el cólera, que podría afectar muy seriamente la afluencia de turistas al país. Los servicios médicos cubanos en el exterior, que constituyen la principal fuente de ingresos del régimen, ven su futuro nublado a causa de la inestabilidad de los gobiernos de los dos principales clientes de tales servicios, que son Venezuela y Brasil. Aunque los servicios médicos se brindan en más de 50 países, los dos mencionados cubren más del 80% de los ingresos por este rubro en las arcas de los hermanos Castro. Y el país, tanto los aparatos estatales como las empresas mixtas, cuentapropistas, cooperativistas y los cubanos de a pie, siguen atenazados en la trampa de la dualidad monetaria, que no se acaba de resolver y aun no está claro cuándo se intentará llevar a cabo la unificación, y mucho menos cómo. Proyectos de futuro a corto o largo plazo, con todos estos inconvenientes señalados, tienen tantas posibilidades de materializarse como una carta a Santa Claus o Los Reyes Magos enviada por correo.

 

Los éxitos más significativos que podrá mostrar Raúl Castro ante los delegados serán sin duda en política exterior. Poco a poco ha ido logrando legitimar al régimen ante los gobiernos de Europa, Canadá, Japón, Oceanía y Latinoamérica, como par en igualdad de condiciones, y se consolidó como gobierno “serio” ante la CELAC y la Unión Europea, mientras logró renegociar la deuda externa con Rusia, el Club de París, Japón, México, España, Argentina y otros importantes acreedores, lo que le abre el camino de acceso a nuevos créditos y le otorga determinado grado de “respetabilidad”.

 

El restablecimiento de relaciones con Estados Unidos muy bien puede resultar el cordero envenenado para el régimen. Si se enfrían mucho más las tensiones y se entra de lleno en una etapa de “deshielo”, que para cualquier país “normal” sería positiva, para el régimen el peligro de quedar sin un enemigo poderoso a quien acusar por todas las ineficiencias y las desgracias, junto a la inclemente naturaleza que no resulta nada “revolucionaria”, no ha caído nada bien entre una parte de los más elevados círculos de poder del régimen, aunque entre los cubanos de a pie y sectores intermedios del partido y el gobierno, la intelectualidad y los profesionales, y quién podría decir hasta dónde también entre los mandos bajos e intermedios de las fuerzas armadas y los aparatos de la seguridad, los mensajes de Obama parecen haber caído en tierra fértil, sobre todo algunas de sus expresiones muy claras y concretas, como las siguientes:

 

“… si se levantara el embargo mañana, los cubanos no se darían cuenta de su potencial sin una continuidad de los cambios aquí en Cuba”.

 

“… en Estados Unidos todavía es posible para alguien como yo -un niño que fue criado por una madre soltera, un niño mestizo que no tenía mucho dinero- aspirar al más alto cargo de la tierra y ganarlo. Eso es lo que es posible en los Estados Unidos”.

 

“… estoy seguro de que [Raúl Castro] no tiene por qué temer a las voces diferentes del pueblo cubano, y su capacidad de expresarse, reunirse, y votar por sus líderes”.

 

Frente a realidades de este tipo ni la brutal represión ni las promesas vacías pueden lograr muchas cosas positivas a favor del régimen. Pero, aparentemente, la camarilla en el poder, con Raúl Castro a la cabeza, y la siempre tenebrosa y cavernícola sombra de su hermano mayor desde lejos, no tiene muchas más opciones que ofrecer a sus militantes, ni a los cubanos en general. Ni tampoco ha logrado consensuar una política sensata y efectiva para poder enfrentar la nueva estrategia adoptada por “el imperio” frente a los escombros de revolución que quedan en el país.

 

Lo demuestra el secretismo con que ha sido preparado el próximo cónclave, no solamente en lo referente a la política frente a Estados Unidos, sino con relación a todos los temas que se supone serán discutidos en el congreso. No han sido obviados solamente el conocimiento y la discusión de los documentos del congreso por parte de lo que los comunistas llaman “el pueblo”, sino también por parte de la militancia que es la que supuestamente dirige la organización.

 

Una comparsa de grises “notables”, quién sabe seleccionados cómo ni por quiénes, tuvo a su cargo elaborar los documentos a ser sometidos al congreso, que fueron presentados en reuniones secretas a unos mil delegados al congreso (menos del 0.001% de la población), así como a la parte fundamental de la nomenklatura en organismos, provincias y municipios, donde supuestamente fueron analizados y discutidos, y ya con esa pantomima se dio por concluida la aberrante tarea de consultarlos con “la población”.

 

Quienes pidieron aplazamientos del congreso para poder discutir los documentos, fueron inmediatamente respondidos desde el libelo propagandístico que se considera periódico y órgano oficial del partido comunista, y la respuesta fue tajantemente negativa: nada se aplazará, no importa lo que pueda pensar o lo que desee la militancia.

 

Entonces, ¿qué se discutirá en este séptimo congreso del partido comunista de Cuba? Fundamentalmente, los siguientes seis documentos:

 

  • Evaluación de la economía durante el quinquenio 2011-2015, que indudablemente tiene muy pocos resultados positivos que mostrar, si es que tuviera algunos;

 

  • Análisis del cumplimiento (más bien debería ser de los incumplimientos) de los 313 Lineamientos de Desarrollo Económico y Social que fueron aprobados por el 6º Congreso, y del que ya se conoce que solamente se ha cumplido el 21%;

 

  • “Actualización” de esos Lineamientos para 2016-2021 (es casi un milagro que no hayan utilizado esta vez la palabrita “perfeccionamiento”, que tanto les gusta);

 

  • Conceptualización del modelo económico y social de desarrollo socialista para Cuba, en base a los criterios de burócratas ilustrados que pretenderían definir una vez más esa cosa extraña, abstracta e intangible que nadie logra entender y que quieren que se conozca como el socialismo en Cuba y cómo funcionaría, si acaso lograra funcionar;

 

  • Programa de desarrollo socioeconómico hasta el año 2030, cuando ni siquiera se sabe lo que se producirá de frijoles, viandas y vegetales para este mismo mes, cómo reducir los precios astronómicos en agromercados y tiendas recaudadoras de divisas del régimen, o cuándo será eliminada la absurda y discriminatoria doble moneda; y

 

  • Evaluación de los objetivos establecidos en la Conferencia Nacional del Partido realizada en 2012.

 

Es decir, pocas cosas concretas, y prácticamente ninguna de interés para los cubanos de a pie, cuyos problemas fundamentales seguirán siendo qué servir en la mesa a la hora de la comida, cómo vestir y calzar a la familia, cómo transportarse diariamente, cómo evitar que la casa se le caiga encima (los que tienen casa, que no son todos ni mucho menos), y cómo conseguir que los magros salarios o jubilaciones alcancen para subsistir durante todo un mes.

 

En este congreso es de esperar que no habrá demasiados invitados internacionales, si es que hubiera algunos; tal vez algún chavista trasnochado o algún profesional del alboroto, anarquía y vandalismo en cualquier parte del mundo, y también podría ser bienvenido algún “académico” americano o europeo.

 

Tal vez lo más interesante a observar, mucho más que los documentos que habrá que revisar con calma cuando se hagan públicos, aunque fuera fragmentariamente, será la composición del buró político que resulte de este congreso. Ya sabemos que esa camarilla es la que de verdad dirige el partido (y el país) junto con el primer secretario. Y en este caso, ya sea por el retiro voluntario de momias jurásicas que todavía lo integran, o por soluciones biológicas cada vez más inminentes dada la avanzada edad de la gerontocracia y sus estados de salud, esa será la banda encargada de dirigir los destinos de los cubanos de la isla cuando al fin termine la tétrica era de los Castro.

 

Tal vez incluso hasta podría eliminarse el cargo de segundo secretario, que solamente ha existido en Cuba y no en todo el “campo socialista”, como diseño específico desde los primeros momentos por la presencia de los hermanos Castro, y desde el 2011 para dar cabida al mediocre José Ramón Machado Ventura, burócrata de la máxima confianza de Raúl Castro. Si se eliminara ese cargo ahora quedaría más en la penumbra para el público y el extranjero poder intuir quién podría ser entonces el verdadero controlador y ejecutor del poder tras el anunciado retiro del general sin batallas en 2018, aunque todavía no está claro si ese eventual alejamiento se refiere solamente a los órganos de Estado y gobierno, o también a su cargo partidista.

 

Otro elemento a considerar sería la probable separación de los cargos de Presidente del Consejo de Estado y Presidente del Consejo de Ministros en personas diferentes, pues al fin y al cabo eso fue establecido así en 1976 para que Fidel Castro fuera ungido con los dos, privilegio que ha disfrutado posteriormente Raúl Castro desde el 2008 hasta la fecha.

 

Teniendo en cuenta que ambos hermanos Castro se consideran a sí mismos ungidos por Júpiter, Zeus, o cualquier divinidad que les convenga, y muy por encima del resto de los cubanos, que no somos más que simples e insignificantes mortales, es posible y probable que supongan que más nadie estaría capacitado para desempeñar ambos cargos a la vez, y entonces se apruebe la separación de ambas funciones.

 

A pesar de ello, lo que si ya parece estar bien claro es que no existirá elección directa del Presidente, pues ya la comisión de tarugos de circo establecida para esos estudios llegó a la sapientísima conclusión de que la elección directa del Presidente sería “menos democrática” que la forma actual en que se hace o la nueva que ellos propondrían.

 

Entonces, como puede verse, cuando terminen las grandes fanfarrias de la propaganda del régimen, las sandeces que repetirán sus esbirros digitales, sus ideólogos eufemísticamente llamados periodistas, y los comentarios de rencorosos “revolucionarios”, “patriotas” y “antiimperialistas” latinoamericanos o de cualquier parte, los despistados con cualquier bobería, y los tontos útiles de todo el mundo, y será necesario regresar a lo de todos los días.

 

Que no serán otras cosas que esperar la guagua, hacer la cola de las papas o del pan, poner el cubo en el piso para que la gotera del techo no termine dañando los muebles, “zapatear” la medicina en la farmacia, comprar y vender en el mercado negro todo lo que se pueda, seguir pensando cómo y por qué vía abandonar el país, “luchar” los pesos convertibles para sobrevivir, comprarle el “pitusa” o “los popis” a quien los venda, sea quien sea, cargar agua cuando aparezca “la pipa”, y cuidarse de los mosquitos, las inmundicias y las epidemias.

 

Entonces será cuando habrá que ver cuál es el resultado real y la evaluación de ese séptimo congreso del partido comunista cubano.

 

Y entonces, a la hora de la verdad, en “la concreta”, será demasiado difícil reconocer que fue un congreso de triunfadores y personas enfocadas hacia el éxito y el futuro.

 

Por lo que será mucho más probable, aunque no se produzcan, porque no se producirán, fusilamientos, encarcelamientos, destierros, exilios forzados ni desapariciones entre los delegados al congreso, que ante todas esas realidades que seguirán viviendo los cubanos de a pie, y también buena parte de los militantes y funcionarios de bajo y medio nivel de la gris nomenklatura del castrismo cubano, este próximo cónclave termine siendo visto, evaluado y definido, con justicia, como el congreso de los perdedores.

 

El tiempo dirá.