Cubanálisis El Think-Tank

ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

                                                                          Dr. Eugenio Yáñez

                                                                                                                                                            

 

EL COMANDANTE NO VE PASAR LA BOLA

 

El tema de este análisis no es el beisbol, sino la personalidad de Fidel Castro y su caótico estilo de dirección, cada vez más enajenado de la realidad y de lo que ocurre a su alrededor, como si todavía pudiera controlarlo todo, desde la crisis económica mundial hasta los lanzamientos de los pitchers japoneses, porque en Cuba, tres vice-primeros ministros, un manager de pelota o un canciller, pueden correr la misma suerte en un instante, si el compañero Fidel pone el pulgar hacia abajo en ese inmenso circo romano que todavía se conoce, pomposamente, como la “revolución cubana”.

 

Y aunque la suerte que corran los defenestrados de esta camada sea la misma, al menos en el Clásico Mundial de Beisbol los cubanos podemos saber con exactitud el porqué de los “tronados”, al quedar el equipo criollo de pelota fuera de los tres primeros lugares, por primera vez en más de medio siglo.

 

Tras la orden del Comandante, disfrazada de “reflexión” en la prensa, de que “[n]uestro equipo nacional debe regresar en las próximas horas. Recibámoslos con todos los honores que merece su ejemplar conducta. Ellos no son responsables de los errores que los condujeron al resultado adverso”, en la madrugada la nomenklatura corrió rauda y veloz al aeropuerto, encabezada por Raúl Castro.

 

La foto de Raúl Castro, vestido de general, recibiendo al manager del equipo cubano, y a la vez Presidente de la Federación Cubana de Beisbol, Higinio Vélez, no necesita comentarios: aunque no se le calificó de “indigno” ni ilusionado con “las mieles del poder”, basta ver las caras de ambos, más propias de un pésame que de un recibimiento honroso, a pesar de los melosos textos de la prensa oficial, para darse cuenta que todos saben que los truenos de Júpiter se escucharán de inmediato, tras la sentencia inapelable del pelotero en jefe: “Debo señalar que la dirección del equipo en San Diego fue pésima”. Algún amigo del señor Vélez debería buscarle rápidamente un payama.

 

Esteban Lazo, miembro del Buró Político y Vicepresidente, recibió la encomienda del discurso de bienvenida y, arriesgándose a buscarse un problema, tal vez sin darse cuenta, en función de la apología y la propaganda, afirmó que “en este Clásico quedaron demostradas las excepcionales cualidades técnicas del beisbol cubano, cuando ya el pelotero en jefe había sentenciado por escrito: “Nos hemos dormido sobre los laureles y estamos pagando ahora las consecuencias”.

 

Queriendo convertir el revés en victoria, Lazo declaró en el aeropuerto, que “se recibía a la delegación con el orgullo y la emoción del padre, del hermano, del amigo, del pueblo que abraza a su hijo que regresa de una cruenta batalla.

 

Peralejo, Mal Tiempo, la Invasión de Maceo y Gómez, el asalto al Moncada, el asalto al Palacio, La Plata, Playa Girón, Cuito-Canavale o el Ogaden, batallas insertadas en la historia militar cubana, parecerían escaramuzas de principiantes frente a este puñado de excelentes peloteros jóvenes (y algunos no tan jóvenes ya) que, simplemente, no logró batearle al colosal pitcheo japonés en dos juegos consecutivos. El equipo quedó eliminado de la competencia, corriendo la misma suerte de hasta ahora otros trece equipos participantes en el Clásico, que debieron retirarse del torneo al ser eliminados, sin poder disfrutar “las mieles” de la victoria.

 

Pero, según el Reflexionador Supremo, parece que los restantes equipos nacionales eliminados en el Clásico, y los que serán eliminados todavía, pues habrá solamente un campeón, no deben tener jugadores que se caractericen por “la consagración patriótica de nuestros atletas y el fervor con que defienden su honor y su pueblo”, que era en lo que se basaban “nuestras esperanzas”. Es decir, las esperanzas de Fidel Castro, pues el resto de los cubanos, al menos los de a pie y buena  parte de la nomenklatura (aunque éstos no puedan decirlo en público) basaban todas las expectativas de un triunfo cubano en el Clásico en la fuerza del bateo del equipo, la capacidad del pitcheo, la velocidad de los corredores, la táctica acertada y la proverbial capacidad de los jugadores cubanos para hacer maravillas en el terreno.

 

Hace solamente unos días, el señor Atilio Borón, comunista argentino que es presentado con casi tantos cargos intelectuales y honores como “el compañero Fidel”, declaraba en una entrevista en su país que en una ocasión en los últimos tiempos Fidel Castro había salido a caminar por las calles, solo y sin escolta, y se había parado en el final de la cola de un estanquillo para comprar el periódico Granma cuando le llegara su turno, como cualquier hijo de vecino.  El Comandante, que debía recibir cada noche o madrugada un ejemplar de prueba de Granma antes de comenzar la tirada del periódico, para darle su aprobación, ahora se pone solito y sin escolta en la cola en Jaimanitas, nos cuentan, para comprar el periódico. (En esta foto, a la izquierda del pelotero en jefe, puede verse también, pequeño, con chaqueta deportiva del equipo Cuba, mirando hacia todas partes menos al bateador, al Coronel “Joseíto” Delgado, durante muchos años jefe de la escolta de quien ahora supuestamente camina solo por las calles para comprar el periódico).

 

Según el señor Borón, en artículo que reproduce ahora Cubanálisis-El Think-Tank en la sección “Castrismo”, Fidel Castro le habría dicho enfáticamente: “Quien gobierna es Raúl”.

 

Sin embargo, las reflexiones sobre “sus” peloteros y el desastroso resultado del equipo en el Clásico, demuestran todo lo contrario. Primero había escrito que "es casi imposible para Cuba [es decir, él mismo] influir en la dirección de su equipo" desde La Habana, a miles de kilómetros de distancia de San Diego (¿quién debía "influir en la dirección" desde La Habana, tal vez el mismo genio que dirigió desde la capital cubana las guerras en Angola y Etiopía, o las escaramuzas de Grenada?).

 

Posteriormente vuelve a la carga para quitarse responsabilidades, y escribió, “La alineación, sugerida desde Cuba por los organismos rectores con asesoramiento de expertos, era buena e inspiraba confianza”. Siguiendo con su enrevesado juicio, el Comandante señala que “aplicando los mismos conceptos se venció y dominó al poderoso equipo mexicano. Sin embargo, la victoria frente a los mexicanos no era indicativa de nada en relación al siguiente juego con los japoneses, que utilizan estrategias y tácticas muy diferentes a los mexicanos.

 

Aunque en párrafos anteriores había escrito: “Dudo, sin embargo, que algún equipo de Occidente pueda derrotar a Japón y a Corea en el grupo de competidores que jugarán en Los Ángeles los próximos 3 días. Solo uno de los dos países asiáticos con su calidad, decidirá quién ocupará el primero y segundo lugares del Clásico”. (Fue en lo único que acertó:  finalmente Japón venció a Corea 5 X 3 en diez entradas y se proclamó campeón). Y enseguida escribió, en la tarde del domingo, sin conocerse aún el desenlace del encuentro nocturno Japón-EEUU, su reflexión titulada “Los hechos me están dando la razón”, donde no reconoce sus espejismos de visión, estrategia y enfoque, se cita extensamente a sí mismo, y vuelve a la carga con gastados argumentos de ideología y patrioterismo: “Muy duro será el camino para restablecer de nuevo la primacía de Cuba en esa actividad deportiva, donde el patriotismo, el orgullo nacional y nuestra lucha por el deporte sano y educativo alcanzó las más altas cimas”. En su reflexión del martes, después de narrar en innecesarios detalles el juego Japón-USA, insiste en su obsesión de querer politizar el deporte: “No soy cronista deportivo. Escribo sobre temas políticos de los cuales no me aparto nunca; por ello es que presto atención al deporte”.

 

Como "él" no ganó, no quería que ganara nadie que no fueran los asiáticos, y especialmente Japón. Porque por carácter transitivo, si Japón derrotó a Cuba, y Venezuela o Estados Unidos derrotaban a Japón, se verían como equipos superiores al cubano: si fueran los paisanos de Hugo Chávez tal vez podría digerir el resultado, aunque su ego herido está muy por encima de la solidaridad que debía profesarle a Hugo Chávez. Chávez, sin embargo, se refirió a la derrota venezolana con la lógica de un torneo deportivo, no consideró el asunto como una batalla gloriosa, y tuvo palabras de aliento para los jugadores de su país.

 

Ay, pero que hubiera sido del Pelotero en Jefe si hubiera sido “el imperialismo” el ganador del clásico...  

 

La médula de toda esa verborrea es que una vez más Castro convirtió al equipo nacional de pelota en “su” equipo, y le impartió las instrucciones que consideraba necesarias para vencer, elevando el torneo a la categoría de gran epopeya militar de la que se regresaría “con el escudo o sobre el escudo”. Ahora la frustración y el fracaso le humillan y exasperan, por lo que necesita justificarse. Había dado instrucciones a los jugadores como si fuera el manager del equipo: "Hay algo que cada jugador debe interiorizar. No desalentarse un solo segundo. No tratar de batear desesperadamente cualquier bola, como ocurrió con algunos bateadores nuestros en el último encuentro con Japón" . [Aquí se refiere al primero de los dos descalabros].

Pensando tal vez que la competencia sería como los "debates ideológicos" en Cuba, sin contrincantes, daba por segura una victoria que a la postre no se produciría. Como de costumbre, no quiso pensar en otros escenarios plausibles, donde cualquiera de los equipos podría ganarle al cubano un juego de pelota, porque todo no es más que eso, un juego de pelota: los holandeses derrotaron en dos ocasiones a los dominicanos, los humillaron en el plano deportivo, pero los quisqueyanos no sintieron que habían perdido el honor o la guerra, sino solamente un campeonato.

 

Prepotente y soberbio, había escrito tajantemente: "Venceremos porque sabemos y podemos combinar algo que solo pueden hacer hombres libres, y sin dueños, no los jugadores profesionales". Hombres libres que, después de ser eliminados del torneo, y sin hablar con la prensa acreditada, salen corriendo, en grupo controlado, del stadium a los ómnibus y de ahí al aeropuerto: esos "hombres libres" que solamente pueden moverse en grupos y bajo la mirada atenta de los compañeros, ¿habrán podido por su cuenta visitar el acuario de San Diego, el museo del espacio, el hotel Del Coronado, el zoológico, algunas de las múltiples playas o parques de la ciudad, o simplemente visitar las tiendas o los innumerables restaurantes? No parece que lo hayan hecho muchas veces, si es que lo hicieron.

 

Sin embargo, el pelotero en jefe continuó en su dislate, sin medir las consecuencias: Asumo la total responsabilidad por el éxito o el revés. Las victorias serán de todos; la derrota no será jamás huérfana”. No será huérfana, pero el padre verdadero no asumirá la responsabilidad ni después de una prueba de ADN. La culpa siempre será de otros.

 

 

Él no pretendía ganar el Clásico Mundial, sino la batalla de ideas, demostrar que el amateurismo puede superar a los equipos profesionales, y sin necesidad de incluir en los colores cubanos a los "desertores y traidores" que no estuvieron dispuestos a hacerle caso y escaparon a otros países para poder jugar beisbol y ser justamente recompensados por sus esfuerzos y talentos. En última instancia, los resultados deportivos del torneo no le interesan para nada más que para satisfacer su ego. (Curiosamente, lo que se permite en Cuba a escritores y artistas -el exilio rosado y la posibilidad de ganarse el sustento en el extranjero y poder regresar a Cuba, o de salir a realizar giras artísticas que son cobradas- está vedado a los deportistas “de Fidel Castro”).

 

Entonces ahora, tras el monumental descalabro en San Diego y el ridículo de todas sus hiperbólicas predicciones, típicas del brujo de la tribu, necesita justificarse, lanzando las culpas sobre otros, nunca sobre su delirante apreciación de la situación, y rondando con la paranoia al pretender que el mundo se confabula contra Cuba, como mismo escribió cuando los decepcionantes resultados de los atletas cubanos en las Olimpiadas de Beijing, justificando hasta la agresión física de un atleta contra un árbitro.

 

Los organizadores del Clásico decidieron que los tres países que ocupan los primeros lugares en el beisbol mundial [se refiere a Cuba, Japón y Corea] se enfrentaran entre sí en San Diego, al incluir arbitrariamente a Cuba en el grupo asiático, a pesar de lo caribeños que somos.

 

Se le “olvida” al Comandante que los caribeños deberían jugar en Miami, Florida, y no en San Diego, California, en la costa del Pacífico, a miles de kilómetros de la capital del exilio cubano: ¿por qué Cuba no reclamó oficialmente con tiempo suficiente que le incluyeran en el grupo del Caribe, para jugar en San Juan de Puerto Rico o en Toronto, donde podría clasificar, para pasar a la segunda vuelta en Miami, y supuestamente llegar a la final en Los Ángeles sin tener que chocar por el camino con Japón y Corea?

 

Aunque Fidel Castro afirma peregrinamente que “lo que importaba a los organizadores era eliminar a Cuba, país revolucionario que ha resistido heroicamente y no ha podido ser vencido en la batalla de las ideas”, en realidad los organizadores dieron al equipo Cuba toda la atención y el respeto que merecen, como a todos los equipos participantes, y es dudoso que esos señores sepan incluso qué es “la batalla de ideas”.

 

Parece más lógico considerar que lo que importaba al régimen era que el equipo de Cuba, (un país totalitario en ruinas, con casi el 20% de su población viviendo en el destierro, y que perdió desde el comienzo la batalla de ideas), no jugara en Miami aunque fuera eliminado.

 

Fidel Castro no podía darse el lujo de ver a miles de cubanos “apátridas”, esos satánicos cubanos de “la mafia de Miami”, respetando, alentando y aplaudiendo al equipo Cuba, o a El Duque, Liván o Contreras, el veterano Orestes Miñoso o muchos cubanos más, en la televisión en español o en inglés, comentando el desempeño del equipo cubano o enviando saludos a sus peloteros.

 

Otro aspecto destacable en la deformación de la realidad por el Pelotero en Jefe es la explicación, a estas alturas, de las rigurosas y efectivas técnicas de entrenamiento de japoneses y coreanos, como si estuviera descubriendo el Mediterráneo. Aunque Atilio Borón destaca todo lo que supuestamente lee y le interesa al Comandante, parece que nunca le quedó tiempo de informarse sobre la restauración Menji en Japón en el tercer tercio del siglo XIX, que convirtió al país, de un imperio feudal y atrasado, en la única nación, además de Estados Unidos, con portaaviones en la Segunda Guerra Mundial. 

 

Los japoneses, desde la década del sesenta del siglo XX, habían arrasado con toda la electrónica norteamericana, y en los setenta y ochenta hicieron lo mismo con las motocicletas y los automóviles, a pesar de no poseer petróleo en su territorio ni abundantes recursos naturales, y siempre repiten el mismo esquema: analizan a sus competidores, repiten sus modelos y tecnologías, pero comienzan a adaptar lo nuevo a las realidades y la idiosincrasia nacional, con una disciplina admirable y una motivación muy concreta, con destacada creatividad, objetivos definidos y resultados mesurables. Imponen la norma competitiva como antes impusieron su electrónica y sus automóviles. Hace años lo están haciendo en el beisbol: derrotaron a todos, incluyendo a Cuba, en el primer Clásico en 2006, y han creado una formidable maquinaria de triunfar en las competencias, sin necesidad de la batalla de ideas ni de que su Primer Ministro o el Emperador decidan las alineaciones del equipo desde Tokio.

 

Japón no es un “enemigo” de Cuba, pues siempre ha mantenido cordiales relaciones diplomáticas, comerciado con el país y contribuido a sus posibilidades de desarrollo, comprando azúcar y otros productos y vendiendo equipos y productos de tecnología de punta y altísima calidad a precios razonables, y hasta ha hecho algunas donaciones monetarias en determinados momentos. No “bloquea” al régimen, ni procura su “destrucción”.

 

Si está tajantemente prohibida la opción de que cubanos con experiencia en las Grandes Ligas puedan participar en la dirección técnica o entrenamiento y preparación de los equipos cubanos, y se quiere contar solamente con la experiencia de glorias del deporte profesional cubano que viven en Cuba y tienen que ser ya venerables ancianos, el desarrollo del beisbol cubano en todos estos años, fundamentalmente en lo que se refiere a estrategia y táctica, ha tenido que ser endógeno y teórico por mucho tiempo, y ahora está pagando las consecuencias: sin los colosales subsidios de la Unión Soviética, contando con sus propias fuerzas, no puede avanzar mucho más, aunque los peloteros cubanos ganaran el próximo Clásico en el 2012.

 

Se podían haber llevado a Cuba desde hace muchos años entrenadores japoneses para conocer sus técnicas y filosofía de entrenamiento y competencia. Aunque el Comandante no puede contar con el camarada Kim Jon Il en Corea del Norte para el desarrollo del beisbol cubano (en realidad no puede contar con él para nada), los coreanos libres del sur hubieran podido asesorar gustosamente a los cubanos y compartir sus experiencias.

 

Llegado el caso, se hubiera podido pedir ayuda al “entrañable hermano” Hugo Chávez en Venezuela, o a los presidentes Leonel Fernández de República Dominicana y Martín Torrijos de Panamá, para que algunos entrenadores de esos países, con experiencia y conocimiento de las técnicas modernas, colaboraran con el desarrollo y el fortalecimiento del beisbol cubano. Aunque Dominicana y Panamá tienen menos habitantes que Cuba y su economía es reducida, sus peloteros son de fama mundial, históricamente, como era Cuba antes de 1959.

 

En los años ochenta esa ayuda no parecía necesaria, cuando el equipo Cuba era el campeón indiscutible en cuanto torneo de beisbol se organizara en el mundo, pero con la situación económica y social de la Isla después de la Guerra Fría, y tras la irrupción masiva del profesionalismo en los deportes, no basta con aferrarse estúpidamente al amateurismo y “la consagración patriótica de nuestros atletas y el fervor con que defienden su honor y su pueblo” para ganar un campeonato. La técnica, el entrenamiento moderno y riguroso, la estrategia y táctica del juego, y la motivación material y moral de los jugadores, determinan más en los resultados que el alegado patriotismo de los atletas.

 

Finalmente, un detalle que no debe pasar inadvertido: la delegación cubana al Clásico Mundial del 2009, según la “reflexión”, la integraban 73 participantes: de ellos, 25 peloteros, y el resto, 48, son directivos, entrenadores, médicos, fisioterapeutas, periodistas, intérpretes, personal técnico de radio y televisión, y… los “compañeros para la protección de nuestros atletas”, aunque no se sabe para qué, pues los cubanos fueron recibidos con muestras de cariño y admiración: ¿sería quizás para impedir las deserciones? Casi 2 a 1 la proporción de “superestructura y caciques” sobre los veinticinco “indios” que juegan  pelota y que, en definitiva, son quienes ganan y pierden los juegos.

 

Ya se ha publicado que la penúltima, hasta el momento, reflexión del compañero Fidel, se le entregó a la delegación cubana en el mismo aeropuerto, y lo confirma el mismísimo Pelotero en Jefe: “Se les entregó copia de mi reflexión, publicada hoy en Granma y ya insertada en CubaDebate”.

 

De ahora en adelante, esa será la norma inviolable y única: es posible que los peloteros cubanos en un futuro próximo coman sushi y pescado crudo, pero de seguro que esos “nosotros” que ya ha dicho el compañero Fidel que son “los culpables” del descalabro, comenzando por él mismo, no se harán el harakiri. El “honor” no llega a tanto.

 

Siguen pendientes los verdaderos grandes problemas de Cuba y los cubanos, que son la ruina de su economía, el inmovilismo totalitario y la ausencia de soluciones o proyectos realistas para superar la crisis estructural y consuetudinaria, la represión y falta de libertades, los prisioneros de conciencia, la miseria y la falta de esperanzas y verdaderas oportunidades. Todo eso es mucho más importante que ganar o perder un torneo deportivo, por muy trascendente que sea, ya que para eso se compite

 

Mientras tanto, haciendo el juego a otra de las obsesiones del anciano dictador, Ricardo Alarcón, ese que dice que no se puede autorizar a los cubanos a viajar libremente para no congestionar los cielos del mundo, se queja del “silencio” mundial a favor de los espías de la Red Avispa condenados por los tribunales norteamericanos, y conocidos en Cuba como “Los Cinco”, como si fuera un grupo musical. Según parece, los 54 prisioneros de conciencia de la Primavera Negra, y los demás presos políticos, no son seres humanos.

 

En menos de un mes será la Cumbre de Las Américas y el Caribe, donde se espera que América Latina y el Caribe pidan al presidente Barack Obama una nueva posición hacia Cuba, aunque sin quemar las naves ni llegar a enfrentamientos irreversibles. Thomas Shannon, subsecretario de Estado de EEUU, acaba de declarar que el presidente Obama “quiere promover las relaciones con Cuba y busca la manera de liberar el flujo de las remesas familiares hacia la isla”. Eso para el régimen es más peligroso, de seguro, que ser eliminado en el Clásico Mundial.

 

Parece inevitable que en Cuba, con este gigantesco descalabro deportivo, rodarán cabezas (en sentido figurado) en los próximos tiempos: de directivos del beisbol cubano y del Instituto Nacional de Deportes (INDER). ¿Qué será de Antonio Castro Soto del Valle, el hijo del Comandante, el médico del equipo cubano de pelota y Vicepresidente de la Federación Cubana de Beisbol? Anteriormente, “Fidelito” Castro Díaz-Balart, siendo Secretario Ejecutivo de la Comisión Nacional para la energía nuclear cubana, voló por los aires cuando los evidentes problemas de seguridad de las plantas nucleares en Cuba ponían en peligro la imagen del Comandante en Jefe, quien no cree ni en sus propios hijos cuando se trata de su imagen. Habrá que esperar para ver.

 

En este Clásico, como en todo, y ya es habitual, vuelve a caer el mito del Máximo Líder, basado en su visión deformada de la realidad, su voluntarismo más allá de todo sentido común, su intromisión en todos y cada uno de los detalles de la vida de los cubanos, y su convicción de la invencibilidad de los vencidos, sin importarle para nada la terca realidad: la zafra de los diez millones, la ofensiva revolucionaria, el proceso de rectificación, la batalla de ideas, la vaca Ubre Blanca, las guerrillas en América Latina, o el triunfo seguro en el Clásico Mundial de beisbol.

 

En estos momentos, el rey está completamente desnudo. Todos lo saben, y él sabe que todos lo saben, aunque no se lo diga nadie. En términos beisboleros, el Comandante en este mismo instante no ve pasar la bola, está en dos strikes sin bolas, en el noveno inning, perdiendo diez por cero, dos outs, las bases limpias. Y para rematar, los japoneses están pitcheando. Aunque, como dijo el legendario Yogi Berra, “el juego no ha terminado hasta que ha terminado”, necesita un milagro para ganar. Y los milagros son muy escasos.