Cubanálisis El Think-Tank

           ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

   

Dr. Eugenio Yáñez, Estados Unidos

 

 

 

El arte de desperdiciar oportunidades

 

Evidentemente, la oposición venezolana no está aprovechando las cosas demasiado favorablemente en los últimos días, y lo que en un momento pareció -y fue- un arranque impetuoso el día 23 de enero del presente año, con la proclamación de Juan Guaidó como presidente constitucional (encargado) de Venezuela y su casi inmediato reconocimiento por parte del gobierno de Estados Unidos, y posteriormente de muchos otros gobiernos del mundo, está dando señales de haberse estancado en una absurda autocomplacencia y la definición de prioridades y estrategias equivocadas, sobre todo después del fracaso de la entrada de la ayuda humanitaria a Venezuela.

 

Errores conceptuales

 

El primer error conceptual grave consistió en plantear el escenario venezolano como una crisis humanitaria, y llamar al mundo a apoyar al pueblo de Venezuela en función de eso. Porque si bien es cierto que la crisis humanitaria existe, y requiere de acciones urgentes y enérgicas para superarla, la verdadera causa de la crisis humanitaria venezolana es la grave crisis política creada por la dictadura genocida de Nicolás Maduro y la pandilla de narcotraficantes que se ha adueñado del poder en esa nación con el apoyo y la asesoría del régimen castrista.

 

Y no es lo mismo ganarse la simpatía y el relativo apoyo de diferentes gobiernos del mundo en función de resolver una grave crisis humanitaria específica, que requerir la solidaridad de los gobiernos para enfrentar una crisis estructural provocada por la implantación de una dictadura criminal, ilegítima y antipopular. Para resolver o aliviar una crisis humanitaria bastaría enviar alimentos, medicinas y materiales de higiene y aseo al país en cuestión, aun manteniéndose la dictadura en el poder.

 

Pero para resolver una crisis política de la magnitud de la venezolana, la solución no depende de cuántas toneladas de comida, medicinas y otros productos han sido o serán enviados a las fronteras de esa nación, sino de cómo provocar una transformación de las relaciones de poder y la correlación de fuerzas en el país en cuestión, y eso sin dudas requiere estrategias y tácticas diferentes, realidad que los opositores venezolanos parece que no acaban de comprender.

 

Concierto en el momento equivocado

 

Por otra parte, a pesar del evidente éxito artístico, no resultó nada inteligente la  realización de un concierto en la frontera Colombia-Venezuela el día anterior al planeado para la entrada de la ayuda humanitaria al país. Muy diversos y destacados artistas se comprometieron inmediatamente a participar y se sumaron al concierto aportando su arte y su esfuerzo en solidaridad con los venezolanos, lo cual es muy loable y habla muy bien de ellos, pero en cierto sentido, y gracias a la amplia cobertura mediática del evento, el concierto solidario se convirtió es un espectáculo artístico-cultural en sí mismo, como en realidad lo era, y se desvirtuó la atención del tema fundamental de la ayuda humanitaria que debería entrar en el país pocas horas después.

 

Y muchos jóvenes venezolanos que cruzaron la frontera hacia Colombia y asistieron al concierto del viernes 22 de febrero no estaban precisamente dispuestos a las pocas horas a jugarse la vida arriesgándose a llevar ayuda humanitaria hacia su país, lo que requeriría enfrentarse a los obstáculos plantados en los puentes fronterizos y los malandros enviados por Caracas para impedir la entrada de la ayuda. De manera que la superficialidad o la ligereza farandulera se impusieron, aunque no hubiera sido la intención ni mucho menos, a la movilización política.

 

Trascendencia de las palabras

 

Por otra parte, el presidente Juan Guaidó debe entender que no es lo mismo hablar como un participante en una barricada callejera o alguien que protesta en una “guarimba”, que como Jefe de Estado, lo que implica un determinado nivel de responsabilidad por la trascendencia de sus palabras y declaraciones, que no se diluyen en el aire al poco tiempo como las de los agitadores callejeros o los “guarimberos”.

 

No se puede declarar tranquilamente ante el mundo que la ayuda humanitaria que se concentraba en las fronteras con Colombia y Brasil entraría a Venezuela “sí o sí” el día 23 de febrero, como dijo varias veces el presidente encargado, y cuando ese objetivo no se pudo lograr por la terquedad, soberbia y maldad de la pandilla gobernante en Caracas, mirar para otro lado y hablar de otra cosa como si nada importante hubiera sucedido. Aparentemente, más allá de las reiteradas declaraciones altisonantes, ni siquiera existía un verdadero “Plan A” para hacer entrar la ayuda a Venezuela desde Colombia, Brasil o Curazao, ni mucho menos un “Plan B” para el caso de que, como sucedió, la caterva gobernante de Caracas intentara impedir la entrada.

 

No hay que sorprenderse de que Maduro haya enviado presos comunes y delincuentes de los llamados “colectivos” a bloquear la entrada de la ayuda a las fronteras con Colombia y Brasil, ni que en los enfrentamientos que se produjeron haya habido opositores muertos y heridos ni que se hayan provocado incendios de los camiones con la ayuda humanitaria. Cuando se está tratando con delincuentes profesionales de la más baja estofa, como era el caso, no es lo mismo que cuando se conversa con señoritas de alta sociedad o beatas de conventos. De manera que si los personajes que envió la dictadura a las fronteras para bloquear las entradas de ayuda se comportaron como los facinerosos que eran, eso no es noticia: noticia hubiera sido que no actuaran así y hubieran contribuido a que entrara la ayuda humanitaria hacia Venezuela.

 

No basta con idealismo, decencia y buenas intenciones para desplazar del poder a una banda de malversadores y narcotraficantes que se han robado impunemente el tesoro de la nación más rica y con más recursos naturales de América Latina, y que cuentan además con el apoyo y el know-how represivo de la tiranía más antigua y más sanguinaria del continente, que por otra parte necesita abiertamente del petróleo y el dinero venezolanos para continuar subsistiendo ella misma.

 

El eventual apoyo de los militares “profesionales” al “pueblo venezolano”

 

¿Hasta cuándo van a seguir los opositores creyendo que las fuerzas armadas venezolanas, controladas hasta el tuétano por los aparatos de la seguridad castrista, se van a desgajar del control del dictador Nicolás Maduro y pasarse al lado del pueblo? Si quedaban ilusos que todavía subestimaban el poder y la influencia de la contrainteligencia castrista, o que ignoraban que desde el año 2002 comenzó a afianzarse en Venezuela la enorme red de la tela de araña “segurosa” dirigida desde La Habana, deberían bastar las imágenes del fin de semana del 23 y 24 de febrero pasados para darse cuenta de su autoengaño.

 

Porque ese escenario imaginado de oficiales superiores venezolanos respetuosos de la Constitución y la legalidad, y en función de la soberanía popular y no de los intereses del gobierno, que cuestionarían a la dictadura castrochavista por sus desmanes y se pondrían del lado del pueblo, ya en estos momentos hace rato que debería sumarse a los viejos mitos de Santa Claus bajando por las chimeneas y de los Reyes Magos en sus camellos, ya que esperar por tal sublevación o asonada resulta cada vez más quimérico, a no ser que se produzcan vuelcos contundentes en la situación.

 

Y no es porque en Venezuela existan tantos miles de militares cubanos como de manera tan absurda repiten continuamente venezolanos y extranjeros despistados -a pesar de que algunos ocupan importantes cargos en organismos internacionales- ni supuestas unidades militares cubanas desplegadas por todo el país. Para controlar la conducta y la actuación de las fuerzas armadas venezolanas bastan dos elementos relativamente sencillos que han controlado los castristas con la complicidad de Hugo Chávez primero y Nicolás Maduro posteriormente.

 

Uno es la promoción a los mandos militares de oficiales en base no a sus calificaciones ni a su profesionalismo, sino a su lealtad, fidelidad, sumisión y confianza política hacia “la revolución”, es decir, a Nicolás Maduro y su pandilla; y el otro es el funcionamiento de un muy efectivo sistema de contrainteligencia militar que, por una parte, aprueba o veta la designación de los oficiales para todos los cargos importantes y secundarios, y por la otra, mantiene un férreo control permanente de la manera de pensar, actuar, opiniones y conductas, conversaciones y proyectos, de la oficialidad venezolana, desde generales y almirantes hasta tenientes, a través de las redes de agentes e informantes y colaboradores secretos y personas de confianza, así como del despliegue efectivo de la técnica operativa de vigilancia, control y chequeo de la actuación de cada uno de ellos.

 

Mientras ese sistema de contrainteligencia funcione, y comenzó a funcionar con mayor intensidad después del fallido golpe contra Chávez en abril del 2002, las posibilidades de que la oficialidad venezolana se pueda rebelar contra la dictadura de Maduro son cada vez menores. Y aunque los venezolanos creían cándidamente que ese aparato lo estaba organizando el tenebroso Ramiro Valdés cuando visitó Venezuela en ocasión de una de las tantas crisis de generación energética en Venezuela producto de la mala gestión gubernamental, en realidad el establecimiento de la red de represión y control fue tarea desarrollada de manera muy discreta bajo el mando de los generales de tres estrellas Abelardo Colomé Ibarra (Furry), entonces ministro del Interior, hoy defenestrado, y Julio Casas Regueiro, entonces Viceministro primero de las Fuerzas Armadas, hoy fallecido. Y quienes duden de la efectividad de los mecanismos y métodos de la contrainteligencia castrista pregúntense cuántas conspiraciones exitosas o acciones efectivas reales -no las inventadas por la prensa amarillenta de Miami ni por la propaganda castrista- se han producido en Cuba contra la dictadura cubana en más de medio siglo.

 

Entonces, aunque es cierto que cientos de militares venezolanos han dado la espalda a la dictadura madurista y han cruzado la frontera para pedir protección en Colombia y en Brasil, no puede desconocerse que se trata básicamente de soldados de fila y sargentos, no de oficiales, y mucho menos de oficiales superiores, pues todavía se cuentan con los dedos de las manos los oficiales de alta graduación que se han pasado al lado “del pueblo”, ninguno de los cuales en activo, además de que, lamentablemente, ninguno de ellos, cuenta con el poder de convocatoria o el comando imprescindible para ser tenido en cuenta por el estamento castrense y poder representar un factor de liderazgo movilizativo en algún momento.

 

El temor patológico a la violencia contra los violentos

 

Por otra parte, otro error estratégico fundamental en el enfrentamiento a la dictadura venezolana fue la apresurada “Declaración sobre Venezuela” del Grupo de Lima, con el apoyo expreso del presidente encargado Juan Guaidó, de renunciar abiertamente al uso de la fuerza como opción para desembarazarse de los cuatreros de Caracas.

 

No se interactúa con gángsters como si fueran parlamentarios escandinavos, ni se negocia de manera pacífica con narcotraficantes. Si el mayor y más poderoso factor disuasivo frente a la tiranía venezolana y sus amos en La Habana era la amenaza latente del fulminante encontronazo militar que los barriera total e inmediatamente del poder, la timorata declaración pública del Grupo de Lima renunciando a esa opción resultó música celestial para los dictadores y enfrió el efecto del apoyo que Estados Unidos había concedido a los opositores venezolanos desde el primer momento de la proclamación de Guaidó.

 

Aunque se haya manejado discretamente y no se haya hecho público abiertamente, y a pesar del apoyo del presidente Donald Trump a los opositores venezolanos en el mitin de Miami del día 25 de febrero, es evidente que Washington no recibió con buena cara la timorata posición de los gobernantes latinoamericanos reunidos en Bogotá de renunciar absolutamente a la utilización de la fuerza militar.

 

Y Estados Unidos no pudo ver eso con agrado no porque fuera la única opción, y ni siquiera la preferida o prioritaria por parte del gobierno americano, sino porque se sabe perfectamente que era la que más presión podría poner y ya estaba poniendo sobre Nicolás Maduro y sus secuaces. Por eso, a pesar del cubo de agua fría que significó la declaración pacifista de los vacilantes aliados latinoamericanos, Estados Unidos continúa insistiendo en que todas las opciones están sobre la mesa y presionando a la dictadura de Caracas, a pesar de que el señor Guaidó no haya sido tan enfático en agradecerle a Estados Unidos su comportamiento solidario hacia el pueblo venezolano.

 

Y en última instancia, como tantas veces ha ocurrido, si no quedara más remedio que recurrir a la fuerza para desembarazarse de los malandros venezolanos, Estados Unidos deberá estar dispuesto a actuar vigorosamente sin detenerse a esperar por un eventual apoyo de los gobiernos latinoamericanos, como hizo en Grenada y en Panamá, sabiendo por otra parte que, como quiera que sea, tendría el rechazo de bastantes de aquellos quienes hoy se rasgan las vestiduras porque les parece inaceptable una intervención, aunque fuera solo  quirúrgica, por parte de Estados Unidos en Venezuela para extirpar el cáncer castrista que se ha apoderado de esa nación y salvar a su pueblo de un evidente genocidio que se está produciendo alevosamente.

 

Sin embargo, esos mismos potenciales quejosos no necesariamente se lamentan con tanta fuerza ni escándalo de la violenta y continuada intervención castrista por más de medio siglo no solamente en Venezuela, sino en todos y cada uno de los países de América Latina y el Caribe, incluyendo, naturalmente, pero no limitado a, todos los países que conforman el Grupo de Lima. Lamentablemente, buena parte del “antiimperialismo” de la así dudosamente llamada “Nuestra América” se expresa siempre de manera agresiva y virulenta contra Washington, pero no con la misma contundencia contra los verdaderos imperialistas de La Habana, Moscú o Pekín.

 

Política y peregrinación

 

Continuando con errores estratégicos y de enfoque, hay que señalar que el presidente encargado Juan Guaidó ha recibido hasta ahora el reconocimiento de unos cincuenta países, básicamente respetables y sólidas democracias, o al menos países con gobiernos aceptablemente decentes, y eso es algo muy positivo. Pero no puede olvidarse que es en Caracas, precisamente, donde no solamente no lo reconocen como presidente legítimo sino que además amenazan con detenerlo y presentarlo a “la justicia”, y que esa chusma que está en el poder en Venezuela no está dispuesta ni a abandonar la posición con la que se han enriquecido, ni a negociar con los opositores.

 

Entonces, con todo el respeto que merece, ¿que hace el presidente venezolano Juan Guaidó de tour por América del Sur en vez de estar en Venezuela dirigiendo la oposición y llamando a los venezolanos a derribar la tiranía implantada por esos malandros? Y llamando a los venezolanos no a protestar en abstracto en medio de los carnavales, sino a una huelga general que haga temblar a la tiranía.

 

Se alega, con indudable sentido común, que con tal gira Latinoamérica pretende blindarlo con el respaldo de tales presidentes suramericanos ante una eventual acción violenta por parte de la dictadura venezolana contra su persona o su familia, lo cual tiene sentido, pero solo relativamente. Si alguna torpeza o acto violento realizara Caracas contra el señor Guaidó o su familia, ¿qué harían esos gobernantes suramericanos además de gritar, publicar fuertes declaraciones oficiales y en las redes sociales, y reunirse de urgencia en cualquier lugar para quién sabe qué, menos para organizar una acción militar decisiva?

 

Y si ha visitado algunos países para agradecerles su apoyo, ¿por qué no visitó Chile, que también le ha apoyado? Y, más que nada, ¿por qué no visita a Estados Unidos y al presidente Donald Trump, no solamente para agradecer el solidario apoyo recibido de esa gran nación desde el primer momento, sino para asegurarse también que Caracas entienda definitivamente que no podrá hacer nada contra su integridad y la de su familia sin que haya consecuencias significativas para los que usurpan el poder en su patria? Porque el único que de verdad, además de hablar, podría actuar decisivamente en un caso como ese, es el gobierno americano en Washington.

 

Mientras termino de escribir estas líneas el señor Guaidó había visitado Colombia, Perú, Brasil, Paraguay, Argentina, y estuvo en Ecuador el sábado día 2 de marzo, desde donde anunció que se dirigiría a Venezuela, insistiendo en que el lunes 4 de marzo a más tardar estaría allí, desde donde Maduro y sus secuaces insisten en que de regresar al país será detenido, entre otras cosas, por haber violado alguna disposición “legal” de los tribunales chavistas que le prohibía salir de Venezuela.

 

Me pregunto cuál será el escenario venezolano a partir del lunes 4 de marzo. Entrar de manera clandestina a Venezuela no sería fácil para el presidente encargado, porque quienes tienen experiencia en esos menesteres de entradas y salidas a espaldas de los gobiernos constituidos son precisamente los dueños del poder en Caracas, gracias a la permanente asesoría castrista, que por más de medio siglo ha violado fronteras y movido “combatientes” en todas direcciones en América del Sur, habilidad que también tienen los narcoguerrilleros de las FARC y el ELN colombianos protegidos por Caracas.

 

No parecería absolutamente sensato subirse en secreto a un avión comercial y mucho menos militar o privado desde cualquier ciudad suramericana hacia Venezuela, ya fuera solo o acompañado de algunos funcionarios de países amigos (tal vez hasta algún expresidente suramericano de prestigio), y simplemente llegar sorpresivamente a su país declarando tranquilamente que “aquí estoy porque llegué”. Podría resultar demasiado arriesgado y crear una situación que obligaría a la dictadura caraqueña a actuar de manera apresurada, pues aunque el golpe de efecto podría ser muy contundente a favor de la oposición venezolana, la reacción de Maduro, obligado a cuidar a toda costa su papel de guapo de barrio, podría ser impredecible.

 

¿Y si Maduro se equivoca?

 

A la vez, eso obligaría a Estados Unidos a una respuesta específica: después de haber declarado claramente que haría responsable a Nicolás Maduro y su pandilla de cualquier acción contra la integridad y la libertad de Juan Guaidó y su familia, si eso ocurriese Washington no podría desentenderse de una acción de fuerza que se llevara a cabo contra el presidente encargado de Venezuela, cuyo cargo es legítimamente constitucional.

 

Es cierto que también el Grupo de Lima y la Unión Europea han declarado lo mismo a favor del presidente Guaidó y contra Maduro y sus secuaces, pero habría que ver, a “la hora de los mameyes”, como se dice en Cuba, qué naciones son las que de verdad actúan decisivamente para resolver el problema y las que se quedan en el escándalo, las redes sociales y sosas declaraciones plañideras.

 

En un caso así la respuesta de Washington no podría limitarse a continuar sancionado individualmente a los cómplices venezolanos de la narcodictadura, confiscarle recursos y suspenderle visas de entrada a Estados Unidos o permisos de residencia a ellos y sus familiares. Eso es lo que se ha venido haciendo hasta ahora y, aunque a largo plazo pueda disuadir a algunos de los pandilleros, en sentido general tales acciones no han logrado demasiado hasta el momento.

 

Por otra parte, está claro que ni los opositores venezolanos ni los países “hermanos” de la América Latina y el Caribe que los apoyan favorecerían una acción violenta por parte de Estados Unidos contra la dictadura caraqueña, que no sería nunca una invasión clásica ni mucho menos, sino básicamente golpes quirúrgicos aéreos y a base de misiles para destruir sus centros de comunicación, comando y control, y sus medios técnicos de combate terrestre, aéreo y naval, así como tal vez alguna operación punitiva limitada para capturar a uno que otro malandro y sacarlo detenido del país. Todo lo cual podría realizarse en menos de setenta y dos horas.

 

“Antiimperialismo” latinoamericano

 

Sin embargo, lamentablemente, los gobiernos latinoamericanos y caribeños temen mucho a sus pueblos, que cargan con demasiado “antiimperialismo yanqui” en su ADN, para que algún gobernante del continente se decida a apoyar algo así llevado a cabo por Estados Unidos, y aunque no se atreverían nunca a declararlo públicamente, quién sabe si preferirían incluso dejar las cosas como están antes que apoyar directamente al único país con la voluntad y los recursos necesarios para resolver el problema de una vez por todas. Quienes parezcan sorprenderse por algo como lo que estoy escribiendo en este momento deberían mirar hacia La Habana y repasar la historia de los últimos sesenta años para darse cuenta de por donde pudieran venir los tiros “políticos” y diplomáticos en un escenario venezolano con acción militar americana como este que estamos describiendo.

 

Con Juan Guaidó capturado en Venezuela y Estados Unidos detenido o vacilante con las manos atadas por el rechazo, la pasividad o mala voluntad de sus “aliados” regionales, Maduro se fortalecería indudablemente, y eso sería prácticamente el canto del cisne de esta etapa de la oposición venezolana. En la ONU, UNESCO, FAO y otras instituciones internacionales, la rápida acción concertada de los gobiernos dictatoriales de Cuba, Rusia, China, Irán, Turquía, Vietnam, Corea del Norte, Bolivia, Nicaragua, y otros, produciría declaraciones de condena y rechazo, y los grupúsculos procomunistas de América Latina y Europa saldrían a las calles a vandalizar y hacer declaraciones de repudio a las acciones militares de Estados Unidos contra “el sufrido pueblo venezolano”, porque nunca dirán que es contra la dictadura.

 

Entonces no tendrían importancia ni trascendencia las declaraciones altisonantes que tanto abundan en la televisión de Miami, ni tampoco las marchas de protesta en Doral o en cualquier otro lugar del mundo contra Nicolás Maduro y sus amos castristas, ni las argumentaciones jurídicas y académicas de que en Caracas violan las leyes y los derechos humanos y que merecen ser castigados, como tampoco tendrían importancia algunos titulares sensacionalistas de la prensa en español que desprestigian la profesión periodística por sus falsedades e inexactitudes, y que lamentablemente abundan en estos tiempos: los que se imponen en el poder por la fuerza no se preocupan demasiado de las argumentaciones legales o periodísticas sobre esos temas, sobre todo después que han establecido su propia percepción de los hechos desde la fuerza y la violencia, porque la historia la escriben siempre los vencedores.

 

En otro escenario, si por el contrario, con independencia de las declaraciones realizadas hasta este momento, el presidente Juan Guaidó decidiera no ingresar en Venezuela, o no pudiera hacerlo por razones objetivas de las medidas tomadas por la dictadura madurista para impedirlo -entre las que podría estar no dejarlo salir de un hipotético avión que lo llevara a su país-, estaríamos nuevamente ante una situación en que, después de reiteradas y diversas declaraciones, la realidad no se materializa según los anuncios del gobernante encargado, lo cual no contribuiría para nada a aumentar su prestigio personal y político, sino precisamente todo lo contrario.

 

Hasta cierto punto podría decirse entonces que el señor Juan Guaidó, presidente legítimo encargado de Venezuela, habría perdido una importantísima y perfecta oportunidad de haberse quedado callado, y eso es algo que no le ayudaría políticamente para nada. ¿Para qué anunciar algo que no se puede materializar porque no depende de quién lo anuncia, por mucha voluntad y valor personal de que disponga, pero sin tener maneras de materializarlo, y dependerá de los que se le oponen, que no estarían dispuestos a ceder a través de razonamientos y negociaciones, y lo harían solamente en caso de que tuvieran que enfrentar una inminente amenaza?

 

Entonces, considerando todos los elementos que hemos tratado de sintetizar en estas páginas, cabría preguntarse muy honestamente: ¿Están la oposición venezolana y su líder Juan Guaidó actuando inteligentemente y de la manera más acertada posible en estos momentos, o quizás están demostrando -lamentablemente, una vez más- una peligrosa y nada recomendable habilidad de perder oportunidades, lo que le costaría demasiado caro a Venezuela y su pueblo?