Cubanálisis El Think-Tank

           ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

   

Dr. Eugenio Yáñez, Estados Unidos

 

 

 

El ajedrez geopolítico Washington-La Habana

 

Ajedrez y política

 

El ajedrez y la política son dos actividades muy parecidas.

 

Naturalmente, me refiero a la política con mayúsculas, no a la politiquería barata que pulula diariamente en Miami, Hialeah o Tallahassee, al desprestigio politiquero en las repúblicas bananeras, o a lo que la dictadura cubana llama “trabajo político”, que no es más que una combinación nada sutil de adoctrinamiento y represión, para imponer a la población los designios e intereses del partido comunista, sin contar para nada con la opinión o los intereses de los cubanos.

 

En ajedrez solamente los novatos miran la jugada inmediata, la que tienen delante, y no son capaces de modelar en su mente lo que podría pasar en la siguiente jugada, mucho menos en las próximas dos o tres. Solamente cuando se juega más veces y se va adquiriendo experiencia aumenta la visión del jugador respecto al próximo movimiento o hasta dos o tres más. Y no me estoy refiriendo a los Grandes Maestros o a los campeones, capaces de “ver” como estaría el tablero a mitad de la partida, sino a quienes juegan por recreación o pasatiempo cuando van adquiriendo determinada experiencia.

 

Dicen los estudiosos del tema que el cubano José Raúl Capablanca era fabuloso en su visión del tablero en las primeras décadas del pasado siglo. Incluso llegó a proponer una modificación de las reglas -que no tuvo éxito- para aumentar las piezas disponibles y las casillas o escaques, y hacer así más complejo aún este juego-deporte. Se dice que el norteamericano Robert Fisher, que se destacó en las décadas de los sesenta y setenta del siglo 20, era capaz también de calcular lo que sucedería en el tablero muchas jugadas después, y a una velocidad que prácticamente superaba a todos sus rivales de la época. Años después, en la década de los noventa y los primeros años del siglo 21, quien parecía encarnar esa visión estratégica de la partida fue el soviético-azerí Garry Kasparov. Y en la actualidad el noruego Magnus Carlsen parece ser el mejor heredero de tales virtudes de los campeones del ajedrez. No por gusto ni por casualidad los cuatro mencionados ganaron el campeonato mundial, cada uno en su momento, mientras tantos otros buenos y destacados jugadores no pudieron lograrlo o sobrepasar determinados niveles de excelencia.

 

Además de conocimientos, experiencia, constancia y paciencia, el ajedrez requiere audacia y creatividad, como la política en serio. Todos los campeones mundiales del juego-ciencia han demostrado su audacia cuando era necesario. Los creativos siempre sobresalieron sobre el resto de los jugadores, y los extremadamente conservadores, incapaces de arriesgar demasiado, reinaron por poco tiempo o ni siquiera alcanzaron la máxima cima, aunque hayan sido excelentes jugadores y siempre adversarios de cuidado con un tablero de por medio.

 

En política no todos los líderes o jefes de Estado llegan a ser “campeones”: muchos cumplen el papel que les corresponde durante determinado período y después pasan a la vida privada, a cargos de menor relevancia, y hasta al olvido. “Campeones” en política, comparativamente, y que no será nada fácil que vayan a pasar al olvido durante mucho tiempo, fueron líderes de la talla, magnitud, visión estratégica y resultados positivos de Winston Churchill, Charles de Gaulle, Ronald Reagan, Deng Xiaoping, Václav Havel, Kwame Nkrumah, Moshe Dayan, o Adolfo Suárez, cada uno en su momento y en su tarea. Otros líderes políticos y gobernantes, sin haber sido mediocres, dictadorzuelos o corruptos, no lograron alcanzar las estaturas históricas o la trascendencia de los mencionados: podría decirse que en el tablero geopolítico no cometieron errores garrafales, pero no lograron “ver” la partida más allá de algunas pocas jugadas, lo cual no es un pecado a señalárseles, sino muy sencillamente parte de la condición humana.

 

No todos los líderes tienen la visión estratégica y profunda de un Charles de Gaulle, quien dijo a su pueblo y al mundo, cuando los invasores nazis estaban destrozando a sus tropas y a su país: “este no es el principio del fin, sino el final del principio”. O alguien como Ronald Reagan, que en medio de los momentos más álgidos de la guerra fría se paró frente al muro de Berlín, y exigió a toda voz, abiertamente: “¡Señor Gorbachev, derribe este muro!” O como el futuro líder reformista chino Deng Xiaoping, que salía de una negra etapa de revolución cultural y manicomio comunista en la que había sido defenestrado en dos ocasiones, y se atrevía a proclamar ante su pueblo: “Enriquecerse es glorioso”. O el coraje increíble de un Winston Churchill que se atrevió a movilizar a su país para enfrentarse a la barbarie nazi declarando ante el parlamento que no tenía más nada que ofrecer que “sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor”.

 

El equivalente en el campo del ajedrez de estas actuaciones geopolíticas y estratégicas tan visionarias, profundas e inspiradoras, podría ser tal vez una de las partidas más creativas y audaces en la historia del juego-ciencia, la que se conoce como “La Inmortal”, disputada en Londres en junio de 1851 por Adolf Anderssen y Lionel Kieseritzky. Lo que hace a esta partida sorprendente, brillante y prácticamente increíble, son los sacrificios de piezas que realiza fríamente quien resultaría el ganador, Andersen, para ir acorralando al adversario, Kieseritzky, hasta finalmente llevarlo al jaque mate.

 

Cuando aparentemente Andersen había entregado muchas de sus piezas erróneamente, y se estaba debilitando, en realidad había estado diseñando una posición estratégica de la que su oponente, a pesar de contar con más piezas, no tenía escape. Las mismas piezas del perdedor llegaron a constituir en su momento parte de la jaula y de la trampa que el ganador había ido construyendo paso a paso, jugada tras jugada, y fueron parte del mortal cepo en que fue quedando encerrado el perdedor, hasta el desenlace.

 

Para cualquier principiante o jugador de ocasión, las movidas de Anderssen hubieran sido vistas como erróneas, o hasta tontas o estúpidas. Si los principiantes que siguieran esa partida no hablaron de “traición” en este match es simplemente porque no hay nada que traicionar, a no ser a uno mismo, y entonces hubiera sido suicidio, no traición. Y si estas frases sobre una partida de ajedrez del siglo 19, hace 164 años, traen a la mente escenas políticas contemporáneas de la Calle Ocho miamense, no es pura coincidencia.

 

Política exterior de Estados Unidos

 

Todo lo anterior nos lleva a considerar que para entender situaciones complejas no basta con mirar lo inmediato y más cercano, sino que es necesario analizar con un poco más de profundidad y perspectiva.

 

Esto no es un pretexto para declarar, o sugerir siquiera, que el presidente Obama es un moderno Adolf Anderssen jugando “La Inmortal” con Raúl Castro, ni mucho menos, o para suponer que los políticos de grandes potencias no cometen errores ni meten la pata nunca, porque eso sería divinizarlos. Ni tampoco inferir que todos los sacrificios de piezas menores traerán siempre como resultado un jaque mate espectacular, y ni siquiera una posición considerablemente ventajosa en el tablero. Las maravillas en política, como en ajedrez y en la vida en general, no son lo más común, sino lo extraordinario.

 

Sin ir más lejos, de la misma manera que mencionamos actuaciones visionarias y de profundo contenido estratégico y geopolítico de destacados y trascendentales líderes, también podemos ver actuaciones que dejan demasiado que desear por parte de líderes de grandes potencias. Por ejemplo, estamos comprobando diariamente, con el desarrollo de la situación en Siria y la presencia rusa cada vez más contundente en la región, que la política de Barack  Obama para el Medio Oriente está resultando un verdadero fiasco, que podrá proclamar cualquier cosa menos victoria, y aquí no parece muy probable que aparezcan una serie de jugadas magistrales de última hora que reviertan la situación.

 

Y como dijimos anteriormente, también hace falta creatividad y audacia para triunfar, en ajedrez, en política y en todo en la vida. Y en un escenario tan peligroso, complejo y diverso como es el Medio Oriente, con tantos participantes y tantos intereses y objetivos divergentes superpuestos e interactuando, audacia es precisamente lo que menos se ha visto en Washington en los últimos tiempos.

 

No es cuestión de señalar exclusivamente al presidente Obama por la falta de resultados, o por la abundancia de resultados negativos en esa región del mundo. Errores estratégicos también cometieron en su momento, en la misma o en otras regiones, los soviéticos al invadir Afganistán, George W Bush con la invasión a Irak, los árabes al atacar Israel en lo que sería la Guerra de los Seis Días, los chinos con relación al Tíbet, los holandeses en Kalimantán del Norte, los japoneses por no disculparse con sus víctimas de la Segunda Guerra Mundial, los turcos con el genocidio armenio, los italianos en Etiopía, los nazis al abrir dos frentes simultáneamente en Europa, Sudáfrica en los combates en el Cono Sur contra las tropas cubanas, los ingleses en Kenya en la década de los cincuenta del siglo pasado, los franceses en Argelia en la de los sesenta, y los portugueses en sus colonias africanas en los años setenta. Como también se equivocó estratégicamente España en Cuba durante la Guerra de Independencia cubana de 1895-1898.

 

Conclusión: no basta ser una potencia, mundial o regional, para estar exento de errores. Y no todos los sacrificios de piezas, menores o mayores, conducen a partidas con finales magistrales o inmortales. Aunque tampoco eso significa que cualquier sacrificio de piezas menores en un intento de carácter estratégico superior tenga que ser necesariamente una locura o una estupidez, como suponen muchos cubanos demasiado apasionados cuando analizan o comentan la marcha de las relaciones entre Estados Unidos y el régimen neocastrista en los últimos tiempos, fundamentalmente a partir del 17 de diciembre del 2014, y todo lo que se estuvo cocinando durante los dieciocho meses anteriores mediante las negociaciones secretas bajo los auspicios del Vaticano y el Papa Francisco, al que ya demasiados cubanos acusan de comunista o, en el mejor de los casos, de populista, o peronista.

 

Política exterior de Barack Obama hacia Cuba

 

Obama fundamenta su política hacia Cuba en peculiares y extravagantes teorías, como la que ha mantenido hacia Irán o Rusia anteriormente, y prácticamente toda su política exterior, comenzando incluso cuando todavía no era presidente, desde sus primeras declaraciones sobre temas internacionales durante la campaña presidencial del 2008. Esto ha sido señalado por nuestro colega Diego Trinidad en estas mismas páginas de Cubanálisis, basándose en la influencia sobre el actual inquilino de la Casa Blanca del profesor de la Universidad de Georgetown Richard Kupchan, quien fuera funcionario de la Agencia de Seguridad Nacional (NSA) durante la administración de Bill Clinton.

 

No es necesario explicar en detalle ahora las proposiciones de este profesor, que están expresadas en su libro publicado en el 2010 “How enemies become friends: the sources of stable peace” (Cómo los enemigos se convierten en amigos: las fuentes de una paz estable). Baste decir que se supone que nos brinda la fórmula para convertir enemigos en amigos a través de una acción muy sencilla: ofrecer concesiones al enemigo-adversario sin solicitar nada a cambio. Específicamente, tienen que ser concesiones muy significativas, no superficiales, para demostrar la buena fe con que se viene a negociar.

 

Supuestamente, tal actitud influiría en el hecho de que el enemigo, ante tales gestos de la otra parte, comenzará a darse cuenta de que su contrincante no tiene intenciones malsanas contra él y los suyos, y eso iría estableciendo un clima sicológico más propicio para las negociaciones, lo que a la larga haría que la otra parte también estuviera dispuesta a hacer concesiones, y así se avanzaría poco a poco en reducir las diferencias y limar asperezas, hasta que finalmente las partes enfrentadas dejasen de verse como adversarios y terminasen siendo amigos. Y, supuestamente, después de eso todos vivirían muy felices, como en los cuentos de hadas.

 

Tal vez tales técnicas de negociación, cuando se aplican entre personas o grupos que aunque tengan posiciones encontradas o absolutamente diferentes pueden tener objetivos compatibles o hasta complementarios, consiguieran resultados positivos. Desconozco los resultados de estudios empíricos sobre la aplicación de las teorías del profesor Kupchan en el mundo de los negocios, la política internacional, nacional o local, o de las técnicas de solución de conflictos, especialidades en las cuales Estados Unidos acumula grandísimas experiencias y resultados positivos muy específicos.

 

Sin embargo, cuando se trata de negociaciones con personajes como Vladimir Putin y su mentalidad imperial reciclada, los ayatolas iraníes enfrentados al Gran Satán que es para ellos Estados Unidos y su decadente cultura occidental, Raúl Castro y los delirios del “antiimperialismo consecuente” que sería capaz de doblegar a la mayor potencia militar, económica, científica y tecnológica que haya conocido la humanidad a lo largo de toda su historia, o Nicolás Maduro y Evo Morales, con mentalidades tan pedestres que resulta muy difícil que logren comprender un conjunto de realidades elementales, las cosas no necesariamente serían similares o lo que pueda ocurrir o parecer negociando en un bar de Washington DC, en un almuerzo en un restaurant de moda en New York, una ronda de cervezas en Berlín, disfrutando chocolates durante un ascenso a la Torre Eiffel en París, degustando suchi en Tokio, un antipasto en Roma, o compartiendo el té de las cinco en Londres.  

 

De manera que, por muy bien fundamentadas que puedan estar las teorías del profesor que tanto ha contribuido a modelar el estilo de negociación de Obama, no necesariamente los resultados en el caso de Cuba tendrían que ser como sugieren las páginas escritas y las asesorías verbales y confidenciales del gurú favorito de la Casa Blanca para la política internacional.

 

La visión en La Habana de la política de Barack Obama hacia Cuba

 

Y no se puede asegurar, en ningún sentido, que desde La Rinconada van a considerar la política de Obama hacia el régimen como gestos de buena voluntad para demostrar que no existen malas intenciones de Estados Unidos hacia Cuba, sino que será evaluada y respondida como debilidades y temores del presidente, con actuaciones timoratas debido a su falta de experiencia y solidez de comportamiento, lo que invita a que se le “suba la parada” y cada vez se le exija más.

 

En definitiva, Obama estableció una “línea roja” en Siria, y cuando Bashir al-Asad la violó, no sucedió nada. Y cuando Putin se anexó Crimea o ha intervenido en Ucrania como ha querido, las cosas no pasaron de sanciones económicas contra Rusia, fuertes y que han dañado bastante a su economía y a su población, pero no deja de ser una situación de la que se irá saliendo poco a poco. ¿Cuándo a un soberbio autócrata, ruso o caribeño, le han preocupado las privaciones y limitaciones que tengan que sufrir sus compatriotas para que el iluminado caudillo obtenga determinados resultados?

 

Es poco probable que Raúl Castro se haya leído al profesor Kupchan, porque, a diferencia de su hermano mayor, no tiene costumbre de leer demasiado, y mucho menos libros, pero en el casi milagroso caso que lo hubiera hecho, con seguridad que no estará de acuerdo con sus recomendaciones, pensará que resultan de una candidez extrema, y ya habrá decidido claramente cómo responder, y habrá dado instrucciones a su camarilla sobre cómo actuar en estos nuevos escenarios que se han ido creando.

 

Teniendo en cuenta esas realidades, y los fundamentos conceptuales y filosóficos que pudieran definirse en el pensamiento y comportamiento del Presidente de Estados Unidos en su política hacia la dictadura castrista, tratemos de entender un poco más algunos detalles de lo que está sucediendo en estas interacciones y qué sería lo que podría esperarse razonablemente de ellas.

 

Las posiciones estratégicas del Presidente Obama frente al neocastrismo

 

Primero que todo habría que preguntarse si la posición de la administración Obama hacia Cuba tiene un fundamento estratégico o se trata de una burda improvisación a la que se va dando forma a medida que van surgiendo las situaciones y mientras van cambiando continuamente los escenarios.

 

Si se pensara que la política hacia el régimen es exclusivamente una iniciativa personal de Obama podría pensarse en una falta de fundamentación estratégica conceptual y una improvisación cada media hora, pero si se considerara que la política hacia la isla y el régimen, no de ahora, sino de siempre, ha sido una política no de una administración específica y particular en Washington, sino del establishment americano, que desde los desenlaces de la invasión de Bahía de Cochinos en 1961 y de la Crisis de Octubre en 1962 dejó muy bien definidas las intenciones y los objetivos de tal política hacia Cuba, entonces sin lugar a dudas es evidente que existe un fundamento estratégico en la política que se está desarrollando. De ahí hay que concluir que las movidas que vemos continuamente no son producto de la inspiración momentánea y la improvisación, sino resultado de un profundo proyecto estratégico con el que podemos estar de acuerdo o no, y que más tarde o más temprano podrá lograr mejores o peores resultados, pero que se quiere desarrollar con una misión y unos objetivos específicos.

 

Obama lo dejó bien claro cuando en una entrevista dijo sin ambages que en el caso de Cuba, en definitiva se trataba de un pequeño país, con una población y una economía relativamente insignificantes comparadas con los volúmenes de Estados Unidos, y que no constituía una amenaza militar para el coloso del norte. Por consiguiente, en el peor de los casos, si las cosas no sucedieran como fuera conveniente para Estados Unidos, la posibilidad de dar marcha atrás y regresar a un status quo anterior no está descartada, y siempre queda como una opción presidencial si fuera necesario.

 

Tal vez en ese último aspecto sea donde radica lo más discutible de ese enfoque, porque aunque algunas de las medidas del “deshielo” pudieran ser echadas abajo de un plumazo, incluida hasta una nueva ruptura de relaciones diplomáticas, el costo político y sicológico de tales decisiones para la administración en Washington sería colosal, y para el pueblo cubano, para los cubanos de a pie, constituiría una gigantesca frustración y un desencanto con Estados Unidos y su gobierno que resultaría muy difícil de dejar atrás durante mucho tiempo.

 

¿En que se basa la política establecida por Obama hacia Cuba? Es demasiado superficial lo que dicen algunos cubanos apasionados, que lo único que pretende Obama con su política hacia Cuba es “su legado”, es decir, pasar a la historia como el Presidente de EEUU que, tras diez anteriores que no lo lograron, pudo “resolver” el problema cubano, aunque haya sido a cambio de innumerables concesiones. Algo que parecería demasiado pedestre y primitivo para que pudiera ser la base de un compromiso de tal naturaleza donde está en juego no solamente la figura del presidente, de su administración y de su partido, sino también el prestigio, la visión y los intereses del establishment americano, incluido el Pentágono, que siempre ha tenido gran peso en las decisiones que se refieren a las relaciones con el castrismo.

 

Aparentemente, la base conceptual del enfoque del presidente Obama hacia la dictadura se basa en algo que resulta relativamente sencillo de entender cuando se observa desapasionadamente el escenario: la necesidad de asegurar por todos los medios la “estabilidad” en la isla, para que tras la desaparición física de los hermanos Castro el país no se convierta en un estado fallido, tipo Libia, Irak o Somalia, a solamente noventa millas de las costas americanas, que pueda convertirse en una guarida segura y un foco de terroristas, narcotraficantes, contrabandistas, lavado de dinero y mercaderes de armas y tráfico humano, lo que terminaría siendo un serio peligro no solamente para Estados Unidos, sino para toda la región del Golfo de México y el Caribe.

 

Existe un mito entre muchos cubanos del exilio y de la isla, de que Estados Unidos teme demasiado a una supuesta  oleada gigante de balseros en caso de una desestabilización en Cuba, pero en realidad eso tiene mucho más de mito que de peligro concreto. En primer lugar, porque la gigantesca oleada de emigrantes saliendo masivamente desde Mariel en 1980 pudo suceder porque el presidente Carter la permitió. Camarioca en 1965 y los “Vuelos de la Libertad” que le siguieron, en tiempos del presidente Johnson, no fueron nunca una oleada incontrolada.

 

Y el éxodo de balseros de 1994, en tiempos del presidente Clinton, se controló tan pronto como se deseó, desviando a los capturados en el mar, que llegaron a ser casi todos los balseros, hacia la Base Naval de Guantánamo y, alternativamente, hacia algunas otras bases tanto de Estados Unidos, como de Panamá. Y por si alguien lo ha olvidado, el presidente George W Bush declaró en su momento que si el gobierno cubano se atreviera a lanzar una oleada indiscriminada de balseros cubanos hacia las costas de Estados Unidos tal acción sería considerada como un acto de guerra, con todas las consecuencias que eso implica, y en La Habana, que no son tontos, captaron inmediata y exactamente el mensaje.

 

Y, en última instancia, aunque parezca cínico o inhumano, las fuerzas guardacostas de Estados Unidos y las flotas de la Marina de Guerra tienen recursos suficientes para detener cualquier éxodo indeseado de balseros, aunque en un caso extremo tuvieran que recurrir a la fuerza y la violencia contra los improvisados navegantes que partieran de Cuba. Sería un caso extremo, como ya se dijo, y nunca una situación conveniente ni deseable, pero si fuera necesario para los objetivos del “Imperio” sacrificar esas fichas menores -los cubanos desesperados- no podemos estar absolutamente seguros de que esa no sería una opción en el tablero político de Washington y el Pentágono para un escenario de peligro para la seguridad nacional.

 

Naturalmente, y sin necesidad de llegar a esos extremos dramáticos, está claro que la estrategia del presidente de Estados Unidos hacia Cuba, lo que pudiéramos llamar el “gambito de Obama”, implica el sacrificio de muchas piezas menores, los peones de este juego, que en este caso son los cubanos de a pie, en función de lograr esa estabilidad. Sin embargo, si en la medida en que avanza la partida fuera necesario además sacrificar alfiles, caballos o torres, y hasta la misma dama, no es una opción que esté descartada. Todo sea por la “estabilidad” de la isla y la seguridad de su gran vecino del norte.

 

Tan es así, que es fácilmente observable que en todas las declaraciones no solamente del presidente Obama, sino también de todos los funcionarios de su administración, se habla de generalidades sobre empoderar al pueblo cubano, el respeto a los derechos humanos, o el acceso a la internet, pero no se menciona ni una sola vez las palabras “libertad” ni “democracia”, aparentemente con la intención de no molestar a la contraparte castrista, enemiga acérrima declarada de esos dos conceptos. No las mencionó Obama al hablar sobre Cuba durante su reciente intervención en Naciones Unidas, ni el Secretario de Estado John Kerry en la re-inauguración de la embajada de su país en La Habana, ni la Secretaria de Comercio en su visita recién finalizada, ni lo han hecho los senadores, representantes y gobernadores que han visitado la isla, ni siquiera los hombres de negocio o las “celebridades”, ni lo hará ningún funcionario de esta administración si no se producen cambios dramáticos en la situación y reciben órdenes en contrario.

 

Por otra parte, y no por casualidad, fueron esas mismas dos sagradas palabras, “libertad” y “democracia”, las que olvidó el Papa Francisco en su visita a la isla hace pocos días, aunque en el caso del Obispo de Roma su amnesia no fue demasiado fuerte ni extensa, porque duró solamente tres días, y tan pronto aterrizó en Estados Unidos retomó ambas palabras y las incluyó constante y repetidamente en sus intervenciones, tanto eclesiásticas como terrenales.

 

Lo que nos indica que no solamente el Presidente de Estados Unidos, sino también el vicario de Cristo en la Tierra, juegan su ajedrez dispuestos a sacrificar lo que consideran sus piezas menores, los cubanos de a pie, tanto los de dentro de la isla como los que están en el exilio-emigración: toda esa apuesta estratégica en función de una partida que ambos suponen que, al menos, si no se pudiera ganar, termine en tablas.

 

Las posiciones estratégicas del neocastrismo frente a Estados Unidos

 

Sin embargo, la contraofensiva desde La Habana ha sido evidente desde el mismo primer momento: la primera concesión de Obama como muestra de buena voluntad, liberar a los tres espías convictos de la Red Avispa que permanecían en prisión, aceptando a cambio un rehén americano que había sido tomado en una emboscada con ese fin precisamente, y añadiendo un cubano de perfil incierto detenido en mazmorras cubanas por espionaje a favor de EEUU, que se ofreció como aderezo al canje, dio a Raúl Castro la medida del temple de Obama frente a la dictadura en estas negociaciones.

 

Como antecedente se situaba el bochornoso canje realizado meses antes de cuatro peligrosos terroristas musulmanes detenidos en la Base Naval de Guantánamo a cambio de un sargento americano en poder de los talibanes, sobre el que pesaban serias dudas de haber desertado y dejado abandonados a sus compañeros en el campo de batalla, lo que habría provocado bajas entre las tropas de EEUU. Con ese precedente, los castristas, que tenían experiencias de ese tipo capturando en emboscadas a surafricanos o somalíes para poder cambiarlos posteriormente por prisioneros cubanos capturados en combates, sabían que con Alan Gross preso en La Haban más tarde o más temprano el Potomac “se rajaría” y se produciría el canje.

 

La entrega del casi desconocido espía prisionero en Cuba junto con Alan Gross, siguiendo la lógica del profesor Kupchan, paradójicamente, hasta podría considerarse una concesión gratuita de Raúl Castro a Barack Obama sin solicitar nada a cambio, y así de hecho lo proclamó el general sin batallas en La Habana, pero en orden inverso: diciendo que se había intercambiado al espía preso en Cuba por los tres “héroes” cubanos presos en Estados Unidos, y que, además, como gesto humanitario, se había liberado a Alan P. Gross, preso en Cuba por acciones en contra del Estado cubano.

 

Para Obama sería un primer paso para intentar convertir enemigos en amigos, pero para Raúl Castro la primera movida en esta interacción fue una victoria contundente de las políticas de chantaje y bravuconería de la dictadura hacia el gobierno de Estados Unidos.

 

Y si esas posiciones dieron como resultado tal rotunda victoria, ¿por qué habría necesidad de cambiar las conductas o las condiciones que llevaron a esos resultados?

 

De ahí que poco tiempo después, a finales de enero del 2015, en la Cumbre de la CELAC en Santiago de Chile, Raúl Castro “subiera la parada” nuevamente, introduciendo un grupo de descabelladas exigencias a Barack Obama para la “normalización de las relaciones, incluyendo, además del levantamiento del embargo y la retirada de Cuba de la lista de países patrocinadores del terrorismo, la devolución a la isla de la Base Naval de Guantánamo, la suspensión de las transmisiones de Radio y Televisión Martí, el corte de la ayuda económica a los disidentes, y el pago a Cuba (es decir, al castrismo) de miles de millones de dólares como compensación a los supuestos daños causados “al pueblo cubano” por “el bloqueo”.

 

Las múltiples acciones del Presidente Obama relajando las presiones sobre la isla, que se han ido anunciando paulatinamente, han sido respondidas siempre con una demasiada tibia aceptación, acompañada con la queja de que resultan “insuficientes”, y la guapetona exigencia de que Obama tiene facultades ejecutivas para hacer mucho más de lo que ha hecho. En ningún momento se han dado las gracias al presidente norteamericano por sus gestos a favor de la distensión y el deshielo en las relaciones, y siempre se ha respondido a cada acción desde Washington con mayores y más absurdas exigencias, y cínicamente pretendiendo responsabilizar a Estados Unidos con todo lo que funciona mal en Cuba.

 

El discurso de Raúl Castro con apariencias conciliadoras en la Cumbre de Panamá, reconociendo que Obama no debería cargar con las culpas de todos los presidentes anteriores, resultó ser no más que declaraciones superficiales para la galería y los periodistas y fotógrafos, pero en realidad no reflejaban intenciones reales de contribuir constructivamente a lo que, con demasiado optimismo, se ha comenzado a llamar “el deshielo” por parte de la prensa.

 

Como otro elemento de las fuertes presiones de La Habana sobre Washington aparece la drástica y continua reducción de las importaciones de alimentos desde Estados Unidos a la isla. Lo que comenzó desde tiempos de George W Bush como un instrumento de presión a favor del levantamiento del embargo, y creció constantemente año tras año para tentar a los productores agrícolas con el mercado cubano de productos agroalimentarios, ha ido perdiendo ímpetu en los últimos años, hasta llegar a niveles mínimos. Por si fuera poco, epidemias aviares en Estados Unidos limitaron hasta la eliminación las compras de pollos congelados hacia Cuba, las que solamente se han vuelto a retomar muy recientemente.

 

Evidentemente, tras el inicio del “deshielo” la estrategia castrista hacia los productores americanos cambió radicalmente: después de tentarlos con el “caramelo” del mercado cubano, ahora se trata de retirarles la golosina para exigirles muchas más presiones sobre sus congresistas y su gobierno en función del levantamiento del embargo. Ya hace poco el gobernador de Arkansas mordió esa carnada y está llamando a que se autoricen ventas a crédito de productos agropecuarios a Cuba, lo que significaría en la práctica que los contribuyentes americanos pagáramos en caso de que los castristas no abonen los créditos recibidos, práctica muy común entre ellos.

 

La última joya de este desparpajo ocurrió en ocasión de la visita de la Secretaria de Comercio de Estados Unidos a La Habana hace pocos días. Cuando se habló de la posibilidad de que los cruceros desde Estados Unidos atracaran en la isla, la respuesta del burócrata oficialista de turno fue que eso no era posible porque Cuba tenía serios problemas de infraestructura y no podría recibir a tales buques.

 

¿Por qué Cuba (es decir, el régimen) tenía problemas de infraestructura? A causa del bloqueo. ¿Y por qué no se resolvían esos problemas de infraestructura? Porque Cuba no tenía dinero para resolverlos. ¿Y como se podría arreglar eso? Si las empresas americanas estuvieran dispuestas a solucionar tales problemas de infraestructura. ¿Y cómo se les pagaría? Ahí estaba el problema: como “el bloqueo” no permite otorgar créditos a Cuba (es decir al régimen), no había cómo pagarle a esas empresas que arreglarían los graves problemas de infraestructura, que tampoco están autorizadas a hacerlo en estos momentos, a causa de “el bloqueo”.

 

Conclusión: ¿quién tiene la culpa de que en la isla no exista infraestructura adecuada para recibir cruceros que Estados Unidos y las compañías de cruceros tienen interés en que viajen a la isla? Elemental, Watson: “el bloqueo” de Estados Unidos. ¿Qué tiene que hacer Estados Unidos si desea que los cruceros provenientes de ese país hagan paradas en Cuba? Simplemente, levantar el bloqueo. Mientras tanto, nada.

 

Parece el “teatro del absurdo”, como si Estados Unidos estuviera desesperado por enviar sus cruceros hacia una isla con un minúsculo mercado de cubanos empobrecidos y limitadas ofertas de bienes y servicios de ínfima calidad para viajeros y visitantes. Y como si Cuba, en bancarrota económica, con la producción y los servicios estancados o en retroceso, las inversiones extranjeras que no acaban de aparecer, el país descapitalizado, terriblemente atrasado en tecnología, con su población en edad laboral emigrando sin cesar mientras crece irreversiblemente el envejecimiento permanente sin reposición de quienes se quedan en la isla, con una de las mayores poblaciones penales pér cápita del mundo, y sumida en una profunda corrupción desmoralizante y desestabilizante, y en una desesperanza abismal, estuviera en reales condiciones de exigirle comportamientos y actuaciones a Estados Unidos para recibir a sus cruceros. ¡Como engreída prostituta que exige al cliente rico que la trate de señora y la presente en sociedad ante sus amigos y colegas!

 

Sobrarían los ejemplos para demostrar el enfoque que está aplicando La Habana frente a la política de apertura y concesiones amistosas que envía Washington, pero hay una manera muy sensible, concreta y clarísima de explicarlo:

 

La Secretaria de Comercio de EEUU, de visita en La Habana, un miembro del gabinete presidencial que atiende un sector altamente sensible y de interés para el régimen, pues es el que tiene o tendría que ver con el comercio bilateral y los créditos hacia la isla, además de las actividades de trabajo que realizó en El Mariel y de los recorridos turísticos de siempre por La Habana Vieja, fue recibida en conversaciones oficiales solamente por el canciller Bruno Rodríguez y por el vicepresidente del Consejo de Ministros Ricardo Cabrisas, figuras de relativo nivel en el gobierno cubano, pero no del máximo nivel.

 

En ese mismo tiempo, el primer vicepresidente de los Consejos de Estado y de Ministros, y supuesto o al menos hasta ahora potencial sucesor de Raúl Castro en el 2018, recibió oficialmente a la Directora del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), de visita en Cuba.

 

Y el máximo dirigente, Raúl Castro, durante esos días en que ignoró por completo a la Secretaria de Comercio de Estados Unidos, recibió con honores a los Jefes de Estado o Gobierno de “grandes potencias mundiales” del Índico y Asia como Nauru (21 Km2 y 9,540 habitantes), Timor-Leste (14,874 Km2 y 1’231,116 habitantes) y Laos (236,800 Km2 y 6’911,544 habitantes). Tres naciones que en conjunto (gracias a las cifras que aporta Laos) tienen un producto interno bruto que duplica al de Haití, pero resulta solamente una cuarta parte del de República Dominicana.

 

Añádase a eso el enfoque del periódico Granma, órgano oficial del partido comunista cubano, durante esos días. Las noticias de Raúl Castro recibiendo a los jefes de las “grandes potencias” mencionadas, Díaz-Canel recibiendo a la Directora del PNUD, y otras noticias nacionales, como la sequía o los aniversarios de la rendición, captura y ejecución de Che Guevara en Bolivia, o de la creación del minúsculo frente guerrillero del norte de Las Villas, recibían más destaque que las actividades de la Secretaria de Comercio de EEUU, que siempre aparecían en cuarto o quinto lugar en el orden de las noticias de primera plana del periódico.

 

Esos mensajes son aplastantes y devastadores para quienes conocen cómo funcionan las cosas en Cuba y cuál es el verdadero lenguaje de la prensa oficialista. Aunque puedan pasar desapercibidos para tantos expertos de pacotilla y analistas de opereta, algunos despistados y otros cegados por el rencor, incapaces de descifrar los comportamientos del castrismo y aferrados siempre a esquemas y prejuicios obsoletos y despistados.

 

Ecos de la disidencia americana frente a Obama en los propios Estados Unidos

 

Visiones más sensatas y no limitadas a las pasiones o el alboroto, como las del diario The Washington Post y la del senador Bob Menéndez, el demócrata de más alto rango en temas internacionales en el Senado de EEUU, ponen el dedo sobre la llaga y detallan la falta de correspondencia entre lo que se da y se recibe de cada parte en este complejo proceso de las relaciones entre los gobiernos de Estados Unidos y Cuba.

 

Menéndez, miembro del Partido Demócrata y senador por el estado de New Jersey, explica detalladamente su visión de cubano-americano dolido con la marcha de los acontecimientos, en una extensa intervención en el Senado (que Cubanálisis publica completa en idioma español en esta edición, en la Sección “Cuba en la Prensa Mundial”). Su discurso no resulta nada condescendiente con la administración y el presidente, aunque sean de su propio partido político, y proclama como tareas pendientes exigencias que en su opinión deberían haber sido planteadas al gobierno de Raúl Castro como condición para que Washington aflojara las presiones sobre La Habana. Evidentemente, el senador Bob Menéndez no comparte los criterios del mentor intelectual de Barack Obama para los temas de las negociaciones internacionales, el profesor Kupchan.

 

The Washington Post, por su parte, dentro de las más estrictas normas del periodismo serio, explica que comienza a crecer la frustración entre políticos, empresarios y estudiosos del tema cubano en Estados Unidos, debido a la cantidad de intentos de “deshielo” por parte del ejecutivo en Washington, legisladores y gobiernos estatales, sin que se produzcan reacciones positivas o ni siquiera compromisos de la parte castrista para reciprocar las múltiples e inútiles concesiones de la administración para demostrar su buena voluntad y su interés real en mejorar las relaciones.

 

La parte cubana sigue aferrada a su mentalidad de guerra fría y barricada, de considerar que ha cambiado la estrategia y la táctica de Washington para lidiar con la “revolución cubana”, pero que se mantienen los mismos objetivos de siempre: destruirla. En todo gesto de la parte americana, sea con evidentes intenciones de involucrarse en asuntos de seguridad nacional o de cambio de régimen, o los más cándidos, pragmáticos y necesarios, como el restablecimiento de relaciones normales de correo entre los dos países, el régimen siempre termina viendo la oreja peluda del “imperialismo” y poniendo obstáculos.
 
 

El portal oficialista Cubadebate acaba de publicar, en un informe sobre los daños del “bloqueo” a las telecomunicaciones en Cuba, en el que pretende justificar las “razones” del tajante rechazo del régimen a la oferta de Google de instalar gratuitamente sistemas de wi-fi en todo el país, o la del gobierno americano para conectar por cable submarino a Cuba con Estados Unidos y al resto del mundo. Sin embargo, no dice nada sobre el reaccionario concepto de considerar a la internet como un “potro salvaje” al servicio del imperialismo y de la Apocalipsis revolucionaria, que debe ser domado sin piedad por los aguerridos jinetes que serían, en toda su extensión y alcance, los máximos jerarcas comunistas en La Habana.

 

Según el informe del régimen publicado en Cubadebate, “Internet Corporation for Assigned Names and Numbers, que provee direcciones IP y nombres al resto del mundo, está limitada de brindar servicios a Cuba por encontrarse sujeta a las leyes de la Oficina Federal para las Comunicaciones y el Departamento de Estado del gobierno norteamericano”. Así, bajo este paraguas justificativo, se corta de golpe cualquier oportunidad de mejoría de las conexiones y acceso a las redes mundiales.

 

Aunque indudablemente ambas propuestas mencionadas surgidas desde Estados Unidos en el tema de las telecomunicaciones, en caso de haber sido aceptadas, hubieran podido suponer en última instancia un determinado riesgo estratégico de dependencia hacia Estados Unidos y sus tecnologías, puesto que todas las informaciones de salida y entrada desde Cuba tendrían que pasar por el “filtro” tanto de Google como del gobierno americano, pretender eludir ese potencial peligro apostando al atraso tecnológico permanente y aferrándose a imprecisas y abstractas estrategias de buscar alternativas en proyectos globales de telecomunicaciones chinos y rusos como alternativa a las posibilidades tecnológicas a través de Estados Unidos, mucho más económicas y mucho más cercanas territorialmente, no son una verdadera solución, sino una absurda traba, y nunca se lograrán soluciones efectivas por ese camino.

 

Y aunque para los neocastristas esos temas de telecomunicaciones con alta tecnología, incluyendo bandas anchas, alta definición y conexiones inalámbricas, puedan esperar -al fin y al cabo los máximos jerarcas y sus familiares y compinches tienen accesos de alta velocidad y sin restricciones de ningún tipo- expresar que el intento de abandonar definitivamente el atraso tecnológico en este campo en que han sumido al país “no es una prioridad”, coloca a la dictadura en la misma posición de las más retrógradas e incultas instituciones esclavistas de la antigüedad, que se consideraban incompatibles con la escritura inventada en Sumeria, o las medievales que rechazaban la creación de la imprenta como invento diabólico y preferían continuar reproduciendo sus documentos a través del paciente, enajenante  e ineficiente trabajo de monjes enclaustrados que copiaban de la mañana a la noche los textos, en uno de los trabajos más embrutecedores que puedan haber sido inventados durante la historia de la humanidad. Recuerda aquellas palabras de Aureliano Buendía al corregidor enviado al mítico Macondo desde la capital: “Aquí no hacen falta corregidores, porque no hay nada que corregir”.

 

Esa posición cerrada tampoco explica cómo ni por qué el cabe submarino tendido desde Venezuela, financiado por el chavismo, y conectado desde el 2011, que debería haber aumentado las velocidades de enlace y transmisión de información unas tres mil veces, según declaraba el mismo régimen, no se haya manifestado ni en avances reales de velocidad, ni en mejores conexiones en el país, ni precios más razonables y realistas para el acceso a la red, teniendo en cuenta las verdaderas condiciones y necesidades de los cubanos de a pie.

 

Con tales enfoques trogloditas y paranoicos por parte del gobierno cubano es extremadamente difícil poder negociar seriamente o pretender obtener resultados convenientes para ambas partes y que beneficien a la población cubana.

 

The Washington Post, en el mencionado trabajo referido anteriormente, publica la declaración de un americano considerado buen conocedor del tema cubano, quien dice inequívocamente que:

 

Es necesario que haya una acción para obtener una reacción. Cuba no se fía de la comunidad empresarial de Estados Unidos y desconfía del Gobierno de Estados Unidos, algo que reconocen ambas partes. Pero el Gobierno cubano tiene que demostrar interés real en las relaciones comerciales que vaya más allá de las visitas para discutir las relaciones comerciales”.

 

Por ahora, eso aparece en el apartado de las cuestiones pendientes, y mientras asuntos de tal magnitud y naturaleza no se destraben y permitan avanzar, lo más probable es que todas las acciones de Washington terminen empantanadas en la densa piscina de leche condensada que expresa el comportamiento de la dictadura cubana durante todos los años de Sucesión de Raúl Castro, que, aunque muchos no se den cuenta o no le den la debida importancia, ya sobrepasa los nueve años gobernando y avanza hacia los diez, ahora disfrazado de estadista moderno y muy pragmático y realista, pero con menos resultados prácticos en beneficio de su pueblo, en esta sociedad de la información que va cubriendo al mundo, que un jefe de tribu africana o un chamán en los pantanos.

 

De manera que el presidente Barack Obama deberá observar con mucho cuidado sus próximos pasos y las respuestas desde La Habana para calibrar sus acciones. Ya ha dado más que suficientes pruebas de buena voluntad hacia el enemigo intentando convertirlo en amigo. Sería una muy buena idea en este momento intentar comprobar si, realmente, la otra parte lo entiende así.

 

Los sacrificios de piezas en el ajedrez de altura pueden llegar hasta entregar la dama, pero nunca al rey, pues sería la derrota total, el fracaso absoluto, el jaque mate. Antes que eso, que además de deprimente resultaría muy vergonzoso para el presidente de Estados Unidos de América, tendría que intentar, por lo menos, lograr unas tablas en la partida,  un empate.

 

Aunque fuera recurriendo a los últimos recursos que permite el ajedrez, el “rey ahogado” que no puede moverse a ningún escaque sin jaque mate, o el “jaque perpetuo” del que siempre habría escape, ambas situaciones que permitirían alcanzar el empate, las tablas.

 

Tablas que nunca permitirían, sin embargo, ganar un campeonato significativo. Ni mucho menos pasar a la historia como el vencedor en “La Inmortal”.

 

Y para ser el presidente de la nación más poderosa, más desarrollada, más rica y más exitosa de la historia, frente a una pequeña república bananera gobernada por un caudillo tropical, más propio del Macondo del realismo mágico o de lo real-maravilloso que del siglo 21 en el hemisferio occidental, eso no sería un resultado malo. Ni siquiera un desenlace que se pudiera calificar entre mediocre, decepcionante o infame. Sino, mucho peor aún, algo simplemente inaceptable.

 

Ni más ni menos.

 

Todo lo demás sería, simplemente, paisaje.