Cubanálisis El Think-Tank

ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

 

                                                                          Dr. Eugenio Yáñez

                                                                                                                                                            

 

EDUCACIÓN EN CUBA: ASIGNATURA DESAPROBADA

 

No es cuestión de números, ni de estadísticas. No se comparan plátanos con aguacates, sobre todo si la comparación corre a cargo del dueño de uno de los dos productos, o de los dos a la vez, como en este caso.

 

Hace cincuenta y cinco años el número de instituciones escolares, estudiantes y maestros en Cuba TENÍA QUE SER MENOR a las cifras de nuestros días: cincuenta y cinco años  no pasan en vano en ningún lugar del mundo. Retrocesos de ese tipo solo se vieron en la Cambodia de Pol Pot o el Afganistán de los talibanes. Ni siquiera en la Uganda de Idi Amín Dada o la República Centroafricana del emperador Jean Bedel Bokassa.

 

Esas cifras arbitrariamente comparadas, a las que tanto recurre el régimen, no demuestran nada: también podría decir que el número de cubanos enfermos de tuberculosis es menor ahora que en 1953. Pero esos cambios positivos no son gracias a la revolución, sino a pesar de la revolución: es el progreso humano.

 

Tampoco las cosas son como las ven los cavernícolas: el derecho al acceso universal a los centros de estudio, a pesar de la carga ideológica de la enseñanza, el retraso pedagógico y las arbitrariedades en los requisitos de ingreso a determinadas especialidades, es un nivel de conquista social, no exclusivamente revolucionaria, comparable a la jornada de ocho horas o la igualdad de derechos del hombre y la mujer. Algo que no es fácil que tenga marcha atrás de un plumazo.

 

Para pretender negarlo, hay que situarse del lado demasiado oscuro del análisis, de la misma manera que pretender elevar sus resultados a “logro de la revolución” requiere de lo mismo: extremos que se unen.

 

Afortunadamente para la objetividad del análisis, las crisis de la educación no pueden ser achacadas a la inclemencia de los factores naturales, el calentamiento global o la perfidia del “imperialismo”. Pensadores y profundos reformadores como Domingo Faustino Sarmiento en la Argentina, o John Dewey en Estados Unidos, analizaron en su momento las crisis de la educación en sus países y abogaron por la modernización.

 

Cuba nunca se quedó atrás: desde Félix Varela hasta Enrique José Varona, eminentes pedagogos contribuyeron al desarrollo de la enseñanza en el país y la elevación de su calidad. Muy lejos todavía de la perfección, los sistemas educativos cubanos siempre se destacaban en América Latina y el entonces todavía no llamado Tercer Mundo por su extensión, calidad, rigor y resultados.

 

Las raíces de la actual y permanente crisis educacional en Cuba hay que buscarlas en la política “revolucionaria” y las decisiones arbitrarias del Comandante durante casi medio siglo.

 

Cuando Fidel Castro “reflexionó” muy recientemente que no creía que las cosas estuvieran tan mal ni que la educación hubiera “involucionado tanto” se estaba defendiendo a sí mismo más que a la propia educación: esa fue siempre una de las joyas de su corona, coto privado donde nadie más tenía derecho ni siquiera a opinar.

 

Él personalmente trazaba políticas, definía estructuras, “universalizaba” los procesos, designaba y sustituía ministros, fomentaba irregularidades, minaba el proceso por todas partes en función de la propaganda política más que del verdadero desarrollo de la enseñanza y la educación en el país.

 

Ministros de educación en la Cuba socialista fueron un abogado con poco ejercicio profesional, un jugador amateur de basket-ball, dos comandantes, y una capitana, entre otros. Experiencia pedagógica o educacional, casi ninguna; lealtad e incondicionalidad absolutas.

 

Todo comenzó desde muy temprano, atentando contra el corazón mismo del proceso: la formación de profesores y maestros.

 

Las llamadas Escuelas Normales para Maestros, que existían desde mucho antes de 1959, fueron liquidadas de un plumazo “revolucionario” en los primeros años. El ingreso de los alumnos a tales escuelas era muy riguroso, por capacidad, no por “confiabilidad política”, y sus profesores eran reconocidos y respetados en todo el país, así como sus graduados. Aunque se mantuvieron los cursos existentes, no se admitieron nuevos ingresos.

 

La nacionalización de la enseñanza privada y la relativa obligatoriedad de la enseñanza (durante muchos años era oficialmente obligatoria, pero no se tomaban medidas con los padres que no enviaran sus hijos a las escuelas), requería un número mayor de maestros que los disponibles en esos momentos.

 

La necesidad de planes de emergencia para la formación de educadores, a la que se recurrió en esas condiciones con una relativa justificación, se transformó en la política permanente de gobierno, a causa de la imprevisión y la improvisación.

 

Centenares y miles de jóvenes sin mucha experiencia, recién terminada la campaña de alfabetización en 1961, donde los resultados finales fueron forzados en la medida que se acercaban las fechas de conclusión de la campaña, fueron enviados a los planes de emergencia para la formación de profesores. Muchas mansiones confiscadas en los barrios más lujosos de la capital se destinaron como albergues para esos becarios, terminando finalmente destruidas, y se desarrollaron planes de emergencia para la formación magisterial.

 

La urgencia y la masividad cobraron su tributo en la selección vocacional y el aprendizaje pedagógico. La ideología impuso el criterio de “estudiante integral” por sobre el de “mejor estudiante”: este último se definía por rigurosos promedios académicos, mientras la llamada “integralidad” la definían las organizaciones políticas.

 

El dogmatismo y la rigidez del pensamiento oficializaron la ignorancia: en un momento, asesores soviéticos tuvieron que exigirle a funcionarios-metodólogos del ministerio de educación cubano que en la enseñanza de la geografía universal de nivel secundario, además de destacar a Yuri Gagarin como el primer ser humano en el espacio, era imprescindible mencionar que Estados Unidos había colocado la primera persona en la Luna. De lo contrario, los cubanos no sabrían que ya el hombre había pisado el satélite natural de la Tierra.

 

Como todo quedó en planes de emergencia, cuando la masa estudiantil de la enseñanza primaria comenzaba a arribar a los niveles secundarios, a finales de los años sesenta y comienzos de los setenta, el déficit de profesores de enseñanza media se hizo evidente y caótico.

 

En su momento habían sido creados los llamados institutos y escuelas tecnológicos-militares, donde los estudiantes pasaban simultáneamente el servicio militar obligatorio combinado con la preparación técnico-profesional. Y así se mantuvieron hasta que organizaciones internacionales y gobiernos extranjeros que contribuían a financiar la educación cubana plantearon, con mucha razón, que de hecho estaban financiando a las fuerzas armadas cubanas, y se negaron a continuar.

 

Con la misma celeridad con que fueron creados esos centros, donde se aprendía a la vez mecánica de refrigeración y tiro antiaéreo, y se elaboraba “teoría de la educación socialista”, fueron desmilitarizados para continuar recibiendo esa ayuda.

 

Siempre en el mismo espíritu de improvisación y caos, de nuevo se recurrió a los planes de emergencia, pero esta vez a un nivel casi-teórico y aplicado mucho más extenso: la creación del proceso de “estudio-trabajo” y de los “destacamentos pedagógicos”.

 

Los planes de “la escuela al campo” llevaban a los estudiantes por 30 ó 45 días a las labores agrícolas relativamente cercanas al principio, más lejanas después: con el tiempo, se institucionalizó la “escuela al campo” por 30 días en la enseñanza secundaria, muchas veces en la provincia de residencia de los estudiantes, y por 45 días en la enseñanza pre-universitaria, donde los estudiantes de Ciudad Habana se trasladaban a lugares tan lejanos como el extremo occidental de Cuba, en las plantaciones de tabaco y cítricos.

 

No contento con esos criterios, que además creaban frustración y desespero en los atribulados padres de esos muchachos, separados casi por la fuerza de sus hogares, además de los huertos escolares para la primaria, se extendió la idea del estudio-trabajo hasta la creación de las Escuelas Secundarias Básicas en el Campo, ESBEC.

 

Como aclaró el Comandante, ya no era la escuela “al campo”, sino “en el campo”. Los mismos tiempos en que disolvió el Ministerio de Agricultura, creó el Puesto de Mando de la Agricultura y lo trasladó a la localidad de Menocal, al sur de la Habana, y declaró públicamente que la capital de la república debía estar en Guáimaro y no en La Habana.

 

Posteriormente, se eliminaron los institutos preuniversitarios ubicados desde siempre en las ciudades y se trasladaban al campo, por lo que el acceso a las universidades tendría que pasar por las plantaciones agrícolas.

 

Y en las universidades se estableció también el “estudio-trabajo”, media jornada en la fábrica, media en las aulas: muy positivo cuando se trabajaba en sectores relacionados con la especialidad, pero nada convenientes para vincular estudiantes de Matemáticas o Física con la carga y estiba de pesadas cajas en un almacén.

 

Y para los trabajadores que deseaban estudiar,  los “cursos para trabajadores”, nocturnos o de fines de semana: una idea muy loable que se aplica en todo el mundo, pero que en Cuba se limitaba a las especialidades de Historia y Contabilidad, cuando esa ciencia recuperó parte de su prestigio anteriormente despreciado.

 

No pudiendo ofrecer comida decorosa, vivienda o transporte funcional, el régimen pretendió repartir licenciaturas festinadamente: a falta de pan, casabe; o mejor dicho, títulos. Lo que no quita un ápice de mérito a decenas de miles de trabajadores y profesores que, robando el tiempo al sueño y al descanso, y no pudiendo atender apropiadamente las abundantes dificultades cotidianas con las que se vive en la sociedad cubana, se esforzaron por años para vencer los programas, aprobar los exámenes, y terminar su carrera.

 

Quienes piensen que esto todo lo dicho aquí son patrañas imperialistas o distorsiones mafiosas contra la revolución, pueden ir a Granma Digital, órgano del Partido Comunista de Cuba, y buscar en la sección “Discursos de Fidel” entre 1969 y 1975, para encontrar todo lo mencionado anteriormente y mucho más.

 

Se buscaron frases martianas para darle sentido patriótico-pedagógico al proceso, y se argumentó hasta el aburrimiento que tales programas contribuían al desarrollo de la economía y a la formación integral de los estudiantes.

 

“La Nueva Trova” escribió canciones, se filmaron películas sobre el tema, se produjeron telenovelas utilizando por primera vez en Cuba las técnicas del video-tape, y se realizaron seminarios y simposiums sobre el tema. La “izquierda caviar” europea y latinoamericana viajaba a extasiarse en las plantaciones de cítricos con la novísima experiencia caribeña.

 

En momentos que el país proclamaba la eliminación de la estadística y la contabilidad como innecesarias, movimiento al que contribuyó entusiastamente el entonces ministro de Educación, el estudio-trabajo se aceptó como axioma por una nomenklatura de eunucos ideológicos, y el desastre se universalizó.

 

Cuando investigaciones posteriores demostraron, con cifras, que la supuesta contribución al desarrollo económico era negativa, se argumentó que eso no tenía importancia, pues lo verdaderamente trascendente del sistema era la formación político-moral e ideológica de los estudiantes.

 

Y cuando posteriormente los resultados de “encuestas” de los equipos de la sección de “Opinión del Pueblo”, del Partido Comunista, mostraron que padres y estudiantes no veían nada positivo en la escuela en el campo o la escuela al campo, las orientaciones del inefable José Ramón Machado Ventura, hoy segundo al mando del general Raúl Castro, fueron de antología: el Partido tenía que incrementar la “educación política” de padres, familiares y estudiantes para convencerlos de las bondades del sistema.

 

Sin embargo, el desastre mayor se implantó en el corazón mismo del sistema, al crearse los llamados “destacamentos pedagógicos”: egresados de décimo grado de secundaria se incorporaban como estudiantes de los institutos pedagógicos en el así llamado PFPEGM, Plan de Formación de Profesores de Enseñanza General y Media, con la tarea de comenzar como profesores del primer año de las ESBEC (séptimo grado, tres años escolares menos que los del profesor), y a la vez recibir durante cinco años formación pedagógica en las “unidades pedagógicas” que pertenecían a los Institutos Superiores Pedagógicos, unidades que funcionaban también en el campo, por parte de profesores o estudiantes de los últimos años del pedagógico.

 

En Marzo 29 de 1973 Fidel Castro expresaba:

 

“Un dificilísimo problema, que era el problema de los profesores de estas escuelas, se está resolviendo también mediante una medida revolucionaria, que es el Destacamento Pedagógico "Manuel Ascunce Domenech" (APLAUSOS), donde se enrolan los estudiantes de décimo grado que quieren hacerse profesores, respondiendo al llamado de la Revolución. Hay miles de jóvenes ya en ese Destacamento. Y por esta vía se asegurarán los profesores necesarios para todas las escuelas que seamos capaces de construir”.

 

Con este programa, Cuba graduaría universitarios con quince grados de estudios (décimo grado para comenzar más cinco de pedagógico), mientras el resto de los estudiantes universitarios requería diecisiete (doce hasta preuniversitario más cinco años de universidad).

 

Sin embargo, para el Pedagogo en Jefe todo eran maravillas: seis meses antes, el 25 de septiembre de 1972 declaraba en un discurso:

 

“Resuelta en perspectiva la cuestión de construir las escuelas —y no cualquier escuela—¿cómo resolveríamos la de los profesores? Los que se habían matriculado en el Pedagógico y en las universidades no daban abasto ni para cubrir una parte pequeña de las necesidades. Por eso, también a raíz del Congreso de la Juventud, se hizo el llamamiento a los estudiantes de décimo grado a inscribirse como aspirantes a profesores, y la respuesta fue grande: cerca de 4,000 respondieron. Claro está, no siempre que un número de 4,000 da respuesta significa que esté asegurado ese número.  Después vienen los que pasan de curso, y los que ratifican.  Pero de todas formas, en total, ingresan como consecuencia de ese movimiento más de 2,000 a la actividad profesoral o a la carrera profesoral. 

 

Hay que continuar haciendo ese movimiento, no se puede permitir que pierda fuerza, porque ese es el otro pilar del programa, que es el desarrollo de los cuadros profesorales”. 

 

Sin pretender desmeritar a los cientos de miles de estudiantes que pasaron por las escuelas en el campo, de donde salieron brillantes talentos que hoy se destacan en el mundo de las ciencias, la tecnología y las letras, tanto en Cuba como en el extranjero, el diseño del proceso suponía la creación, en ese momento, de “ignorantes de segunda generación”, donde egresados de primaria, ya con una preparación deficiente, recibían una preparación secundaria deficiente de “profesores” que solamente tres años antes habían recibido la misma preparación deficiente.

 

Pero la política de avestruz se imponía por la fuerza. Por eso, en el ya mencionado discurso de 1973 se decía:

 

“Y así ocurrirá también con la pedagogía en estas escuelas. Cada año que pase se acumulará más experiencia, cada año habrá más profesores, cada año los profesores tendrán más conocimientos a través de su preparación y a través de las experiencias que se vayan acumulando. Cada año estas escuelas tendrán directores más experimentados”.

 

Era insensato, como tantas cosas, pero era la voluntad de una sola persona contra la lógica y la ciencia pedagógica, como fue contra la agronomía, la ganadería o la economía. Y para justificarlo, fue creado un Instituto Superior Pedagógico en cada provincia, aunque por regla general muchos estudiantes seleccionaban esa carrera cuando las plazas disponibles para los estudios más atractivos habían sido seleccionadas por los estudiantes de mejores promedios en el escalafón.

 

Y vino la campaña de las promociones masivas y los maravillosos resultados en los exámenes de secundaria y preuniversitaria, para demostrar la “visión” del máximo líder.

 

Muchas ESBEC sobrepasaban regularmente el 96% de promoción, y sus resultados eran destacados y exaltados por la prensa oficial. La ESBEC “Ernesto Che Guevara” llegó a mostrar 100% de promoción, para alegría revolucionaria y felicitaciones partidistas. El resto andaba por el 97-98% ó más. Las escuelas de las ciudades, cenicientas del proceso, estaban por encima del 90%. Un “logro” de la revolución.

 

Y el Comandante insistía:

 

“Y cuál no será el porvenir de nuestra educación, y cuál no será la calidad de estas escuelas en los años futuros, si pensamos que, por ejemplo, para 1980 tendremos más de 30 000 profesores salidos de ese Destacamento, o formándose en ese Destacamento; si pensamos que para 1980 el promedio de edad de nuestros profesores graduados para las secundarias básicas en el campo será de menos de 25 años”.

 

“Si se sigue el método de formación superior de esos profesores, si se siguen sistemáticamente los cursos de preparación de los cuadros y directores de estos programas, si se siguen seleccionando más y más de entre ellos a los mejores, no hay la menor duda de que nuestra educación tiene un magnífico porvenir. Y no se están haciendo solo secundarias en el campo. Ya se están construyendo escuelas politécnicas al lado de los centrales azucareros y de las fábricas, se están construyendo nueve escuelas formadoras de maestros, se están construyendo institutos tecnológicos de diversos tipos, y se están construyendo escuelas vocacionales, como la escuela "Lenin", que se terminará en el mes de septiembre de este año, y donde estudiarán 4,500 jóvenes seleccionados por su espíritu de aplicación y de disciplina en el estudio”.

 

Y todo marchaba de maravillas.

 

Hasta un día…

 

Cuando uno de los comandantes-ministro de educación, tal vez sin conocer la verdadera magnitud del problema, exigió rigor y control en los exámenes: en otras palabras, prohibido hacer trampas. Entonces la promoción nacional cayó por debajo del 50%, con decenas de miles de estudiantes, hasta entonces destacados, con cinco y seis asignaturas desaprobadas. En el campo y la ciudad, sin distinciones: “alianza obrero-campesina”.

 

Escándalo, análisis, rasgar de vestiduras, reuniones. En una sesión de la Asamblea Nacional, televisada, el entonces secretario de la Juventud Comunista le dijo al Pedagogo en Jefe una frase que resumía la situación: Se han estado dando clases de a peseta (veinte centavos) y ahora se quieren cobrar a peso.

 

Acuerdos, medidas urgentes, discursos, editoriales, profesores y alumnos sin vacaciones, cursos remediales, repasos, repetición de exámenes. Pero al inicio del curso escolar, es decir, en solo dos meses, las promociones habían vuelto a la “normalidad” y en poco tiempo todos los centros de estudio del país se declaraban “territorio libre de fraude”.

 

¿Quién estaba al frente de la educación en Cuba en esos momentos? José Ramón de la Caridad Fernández Álvarez, “el gallego Fernández”, el mismo recientemente designado, ahora con 85 años de edad, para supervisar el sector de la educación y resolver los problemas actuales.

 

En esos años ya se estaba en el llamado “proceso de rectificación de errores y tendencias negativas”, y en poco tiempo el problema de la educación, como muchos otros, se consideraba resuelto y la atención se concentraba en la “profundización de la conciencia revolucionaria”, el rescate “del espíritu del Che” y la siembra de plátanos con el sistema microjet.

 

Ya la educación cubana se encontraba en la formación de los “ignorantes de tercera generación”: estudiantes de enseñanza media que se formaban con profesores mal formados, que a su vez habían sido formados por profesores mal formados.

 

Dicho, de nuevo, sin menoscabar a las decenas de miles de profesores que dieron su esfuerzo, su voluntad y lo mejor de sí, su talento y su sudor, su vocación y sus ilusiones, mal pagados y mucho menos reconocidos, para formarse profesionalmente y enseñar dignamente, y entre los cuales han estado algunas de las personas mejor preparadas, más agudas y más brillantes que he conocido en mi vida.

 

Vino el período especial y con él el desmoronamiento de los valores de la sociedad, la distensión de las más mínimas exigencias en la educación y la enseñanza, un mayor desdén por los educadores y una peor situación material para todos los cubanos, en aras de mantener en el poder un ego ilimitado.

 

No teniendo más nada que ofrecer, la “universalización de la enseñanza” y las universidades municipales creaban una ilusión de desarrollo social. De haber seguido el máximo líder en el poder absoluto, hubiera llegado en su momento, como con los Comités de Defensa, a montar en cada cuadra una universidad.

 

Fueron los tiempos del chiste del cubano que tiene problemas a la entrada de un hotel para extranjeros, como eran hasta el otro día, alegando que él es el portero de ese hotel, aunque nadie lo conoce, hasta que el administrador de la instalación le aclara a los segurosos que lo habían detenido: “no, no hay problemas, es un infeliz, pero está muy enfermo, tiene manía de grandeza. Es solamente un ingeniero nuclear de la Academia de Ciencias, con un título de doctor en ciencias, pero se cree que trabaja en el turismo”.

 

No se puede culpar a profesores ni estudiantes de políticas insensatas e irresponsables aplicadas arbitrariamente a despecho de la experiencia y la realidad. Ni siquiera a las excesivas cargas ideológicas que siempre han primado: una política educacional y de formación de profesores basada simplemente en la sensatez, el sentido común, y las experiencias de miles de abnegados educadores cubanos, hubiera dado resultados diferentes, aunque menos propaganda.

 

En estos momentos, ya a la altura de “ignorantes de cuarta generación”, cuando el 80% de los profesores de enseñanza media no tiene un título, y ni aún así los existentes alcanzan, actuando sensatamente Raúl Castro hace pública la crisis y pide a profesores jubilados regresar a las aulas con determinados estímulos económicos, insignificantes tal vez en muchas partes del mundo, pero con cierto sentido en una Cuba que pretende comenzar recuperar el valor real de los salarios. A la vez, el general, que no quiere más improvisaciones, reclama experiencia y selección:

 

“…Hoy nos faltan maestros y profesores. Por diversas causas miles ya no están en las aulas, algunos por jubilarse y otros al asumir nuevas responsabilidades fuera del sector de la educación, pues resultan cuadros idóneos para múltiples tareas y en todas partes los apetecen. A estos factores se suman los problemas del salario.

 

(…)

 

Por lo tanto, hago un llamado a esos maestros y profesores a regresar a su noble profesión. En el caso de los jubilados aún con posibilidades de aportar su profesionalidad y experiencia frente a un aula, propondremos al Consejo de Estado, antes de que comience el nuevo curso escolar en el próximo septiembre, que hasta tanto se apruebe la nueva Ley de Seguridad Social a fines de año, autorice provisionalmente y de forma excepcional, que reciban desde su reincorporación, o sea, los maestros retirados que regresen, el salario íntegro previsto para la plaza, sin perjuicio del derecho a la pensión como jubilados, que reciban los dos completos.

 

Ahora, no basta con estas declaraciones ni los aplausos, empezando por el sindicato, la CTC, el Partido, las organizaciones de masa, que pueden colaborar mucho en esto, y todos nosotros hagamos un esfuerzo, porque el que más y el que menos conoce a un maestro; que, naturalmente, no basta la buena disposición. Hay que ver, según las normas que establezca la nueva Ministra de Educación, los que son aceptados o no”.

 

¿Sensato? Sí, evidentemente. ¿Suficiente? No, evidentemente: mercurocromo no cura enfermedades muy graves, pero reconocer un problema es un primer paso para buscar soluciones.

 

Pero la asignatura sigue pendiente, pues el Pedagogo en Jefe sabe que al constatar la realidad el general le está señalando directamente con el dedo, aunque tenga guantes de seda, y a pesar del extremo cuidado con que su hermano menor y ahora presidente se esmera permanentemente para hablar de milagros sin mencionar santos, y señalar  problemas sin culpables, a menos que sea el imperialismo, la simple mención de la crisis educacional en el país enfoca todos los ojos de la conciencia nacional sobre el Gran Culpable del Desastre.

 

Por eso dice que “no estamos tan mal”, “no creo que hayamos involucionado tanto”, o que de nada vale la ciencia sin conciencia.

 

¿Qué tiene que ver la conciencia con las tablas de  multiplicar y la trigonometría, con los vasos comunicantes y la Tabla de Mendeleiev, con la física del estado sólido y el diseño automatizado por computadoras, con los códigos genéticos y la programación lineal, con los estudios de mercado y las células madre, con los inventarios “just in time” y la investigación sociológica, con la geografía universal y la economía?

 

Tiene razón el empecinado Comandante en Cama: podríamos estar peor aún, y haber involucionado más todavía. Y ante la disyuntiva de la ciencia y la conciencia debe primar la conciencia sobre la ciencia, pues solo así podrá publicar sus “reflexiones”, que leerán extasiados ignorantes de quinta generación y preclaros talibanes castristas del presente.