Cubanálisis El Think-Tank

           ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

   

Dr. Eugenio Yáñez, Estados Unidos

 

 

 

Dos años de buenos resultados... ¿para quién?

 

Cuando el 17 de diciembre del 2014 Barack Obama en Washington y Raúl Castro en La Habana anunciaron simultáneamente el restablecimiento de relaciones entre Estados Unidos y Cuba, después de más de medio siglo de desencuentros, enfrentamientos y choques, prácticamente el mundo entero se sorprendió con la noticia.

 

Naturalmente, muy pocos estaban al tanto de las discretísimas conversaciones secretas entre ambos gobiernos, que se estuvieron llevando a cabo durante los dieciocho meses anteriores al anuncio, promovidas a través del Vaticano por el Papa Francisco, y que contaron con el auspicio y la requerida discreta logística por parte del gobierno de Canadá para que se celebraran en su territorio.

 

En sentido general, puede decirse que el mundo recibió la noticia con agrado, puesto que parecía que finalmente se podrían arreglar las cosas y mejorar las relaciones entre dos gobiernos que, dados sus continuos enfrentamientos y acusaciones mutuas, representaban uno de los últimos baluartes de la guerra fría.

 

Fueron muchas las expectativas, y tal vez muchas más aun las especulaciones, y las páginas de la prensa escrita y digital, así como las ondas de radio y televisión del mundo entero, en las que se consideraba apresuradamente que tal anuncio era el inicio de “una nueva era” y que el muro virtual que había sido durante más de medio siglo el Estrecho de La Florida, casi por obra y gracia del Espíritu Santo se convertiría de pronto en un puente de la amistad, muy parecido al que une a Estados Unidos y Canadá en las cataratas del Niágara.

 

Para el presidente Obama el anuncio representaba un punto a su favor en las relaciones con América Latina, entonces marcadas por la venenosa presencia del “socialismo del siglo 21” -que aun no había entrado en bancarrota total, aunque ya marchaba en esa dirección- y el “antiimperialismo” tan históricamente característico de la cultura latinoamericana, que apoyaban al castrismo como forma de canalizar frustraciones de gobernantes continentales mediocres que admiraban que La Habana se atreviera a hacer lo que ellos no eran capaces ni de intentar en sus propios países. Apoyo que no tiene en consideración  el destino de los cubanos abandonados a su suerte bajo las botas de los hermanos Castro, sometidos a represión, falta de libertades y carencias materiales que los reducen a la mera subsistencia y a la erosión de la dignidad humana en todo el país.

 

Para los cubanos de a pie, el anuncio del restablecimiento de relaciones desató también expectativas exageradas, pues muchos consideraron que casi mágicamente se resolverían la falta de libertades y las agobiantes carencias y necesidades materiales, como si esa trágica situación dependiera del “bloqueo imperialista” y no del verdadero “bloqueo” castrista impuesto por la dictadura contra la población cubana desde 1959.

 

Resulta comprensible que esos cubanos, muchos de los cuales tienen que vivir sin otra información que la que selecciona el régimen, centraran su optimismo y esperanzas en la nueva situación; pero que una gran cantidad de académicos, profesionales de la información, y los abundantísimos y auto-titulados “analistas” que pululan por todas partes en estos tiempos, repitieran tales especulaciones, o presentaran algunas más disparatas aun, de su propia cosecha, sin tener en cuenta las realidades de la dictadura cubana y sus relaciones con los gobiernos de Estados Unidos desde 1959, es harina de otro costal. Porque se supone que quienes se dedican a esos menesteres deberían conocer más profundamente las circunstancias y no divulgar sus deseos o intereses como pronósticos, en lo que en inglés se define perfectamente como wishful thinking.

 

Hubiera bastado un poco de atención a la conducta histórica del gobierno cubano para darse cuenta que, aun cuando tales anuncios ofrecían una posibilidad de que las cosas pudieran mejorar, nada garantizaba que debería ser así. No solamente por la legendaria paranoia del castrismo en sus relaciones con Estados Unidos en todo momento, sino también por su antológica ineficiencia y su casi maquinal disposición para convertir las oportunidades en problemas y dificultades, cuyos orígenes se encuentran en la mentalidad de mayoral que ha caracterizado a la cúpula de la dictadura durante los cincuenta y ocho años que se ha mantenido en el poder a sangre y fuego.

 

Para entender las posibilidades y dificultades de ese proceso veamos, cómo se enfocaron y se han desarrollado en los últimos dos años estas supuestas relaciones restablecidas a bombo y platillo.

 

Desde el punto de vista del presidente Barack Obama

 

Para Estados Unidos, el proceso de aproximación con el régimen tenía dos objetivos fundamentales:

 

Uno de ellos era crear condiciones para el mejoramiento de las relaciones entre Washington y América Latina y el Caribe, deterioradas por muchas causas, aunque una de mucho peso era el enfrentamiento de más de medio siglo entre Estados Unidos y Cuba, que Latinoamérica y el Caribe enfocaban como si se tratara del gran Goliat abusando contra el pequeño David.

 

El otro era tener determinada presencia en la isla cuando se produjeran los inevitables desenlaces que más tarde o más temprano se producirán, si no por alguna otra razón de carácter político, económico o social, por la solución biológica. De hecho, recientemente uno de los dos mayores escollos para la democratización de Cuba, Fidel Castro, ha fallecido, y su hermano, con avanzada edad, ya ha anunciado que abandonará los cargos gubernamentales en el 2018, aunque permanezca en su cargo de máximo dirigente del Partido. De cualquier forma, aunque esa fuera la variante que se materialice, si la solución biológica no interviene también en el caso del hermano menor, Estados Unidos tiene colocada una pica en Flandes gracias al proceso que culminó con el anuncio de la “normalización” de las relaciones.

 

Teniendo en cuenta estos elementos, el Presidente Barack Obama enfocó en primer lugar, su aproximación al problema cubano a partir de una concepción que puede ser considerada básicamente adecuada: las estrategias de los gobiernos americanos desde 1959 frente al gobierno cubano no habían dado los resultados esperados. Entonces, un nuevo enfoque, que constituyera un cambio sustancial en el manejo de las relaciones con La Habana, tendría posibilidades de obtener resultados diferentes.

 

Hasta aquí se podría aceptar sin dificultades la perspectiva del presidente Obama para abordar el problema. Pero si ese criterio de que un nuevo enfoque tendría mejores posibilidades de obtener resultados se convierte en un dogma, se repite como un mantra, se considera que no es necesario demostrarlo, y se utiliza como sustrato para todo lo que se haga, independientemente de los resultados que se vayan obteniendo en el interactuar constante, y sin la consiguiente retroalimentación y reajuste imprescindibles, entonces el nuevo sistema adoptado deja de ser un novedoso enfoque estratégico y geopolítico para convertirse en un sofisma, y el solo hecho de enunciarlo mientras los resultados demuestran lo contrario, lejos de consolidar la nueva política la desprestigia y le resta apoyo.

 

Metodológicamente, el hecho de que en cualquier lugar se sustituya cualquier política que no haya estado dando resultados por una nueva no garantiza que esa nueva siempre tendrá que ser mejor. Conceptualmente, tal nueva política puede ser mejor, es cierto; pero también puede ser tan mala como la anterior, o incluso hasta mucho peor. Los méritos de la nueva política habría que buscarlos en los resultados que propicia, no en la antigüedad o novedad de la misma.

 

El enfoque de Obama estaba fundamentado conceptualmente, como hemos señalado en otros análisis, en las tesis del profesor Charles Kupchan, Director Senior de Asuntos Europeos en el Consejo de Seguridad Nacional de EEUU (CSN), en su libro How Enemies Become Friends: The Sources of Stable Peace (Cómo los enemigos se convierten en amigos: las fuentes de una paz estable).

 

La tesis central del profesor es muy concreta: se deben ofrecer al enemigo concesiones significativas, sin esperar nada a cambio, como evidencia de las buenas intenciones que se buscan con el acercamiento. Supuestamente, hechos de esta naturaleza deberían contribuir a que el enemigo pueda darse cuenta que quienes se le enfrentan no tienen intención de destruirlo o someterlo, y se crearían así condiciones adecuadas para que el hasta entonces enemigo irreconciliable mirara al adversario de manera diferente, y sea mucho más proclive a conversaciones y acercamientos, hasta que finalmente se convierta en un amigo, o al menos deje de ser necesariamente un enemigo.

 

El profesor Kupchan no es un tonto ni mucho menos, y además del mencionado libro ha escrito muchos otros relacionados con temas de política internacional, ha sido profesor en prestigiosas universidades americanas, y su cargo en el CSN le da acceso a información privilegiada y cercanía con quienes toman las decisiones de política exterior de EEUU, así como con quienes las ejecutan. Por eso hay que suponer que sus teorías estén fundamentalmente comprobadas y demostradas en diferentes situaciones y regiones del mundo.

 

Sin embargo, no se trata de que el castrismo sea un tipo de enemigo diferente a los estudiados por el profesor, o de que sus recomendaciones no sean válidas para enfocar un acercamiento con La Habana, sino de que, en determinado momento, es imprescindible darse cuenta cuando tal enfoque no está dando los resultados esperados. Si esto sucede  no puede continuarse insistiendo reiteradamente en lo que no resuelve el problema, puesto que de esa manera se estaría actuando de forma muy parecida a lo que Albert Einstein definía como locura, que es intentar hacer lo mismo una y otra vez con la esperanza de que pueda obtenerse un resultado diferente.

 

La “explicación” y justificación de algunos alabarderos del presidente Obama, y de él mismo, de que la política anterior se mantuvo por medio siglo, mientras que la “nueva” tiene menos de dos años, por lo que habría que darle tiempo para que pudiera mostrar sus resultados y bondades, es demasiado inconsistente, y se parece mucho a las excusas de cualquier burócrata inmovilista del castrismo, que ante los reiterados y continuos fracasos del régimen lo único que hace es prometer un futuro luminoso en el que hay que creer ciegamente, aunque no se vean resultados una y otra vez.

 

Además, eso de que es necesario más tiempo tiene limitaciones prácticas muy concretas: a la administración Obama le quedan pocas semanas en el poder, y la victoria electoral de Donald Trump crea un escenario diferente al previsto por La Casa Blanca, que daba por segura una victoria demócrata en las elecciones presidenciales del pasado noviembre que pudiera dar continuidad a su política hacia La Habana. Por el otro lado, la verdadera cúpula jerárquica político-militar del castrismo en la isla la integran octogenarios y septuagenarios que festinadamente hacen planes de desarrollo económico y social hasta el año 2030 como si ellos mismos fueran inmortales.

 

Quienes pudieran tener más tiempo para esperar, que son los cubanos que sufren la dictadura en territorio cubano y los que residimos fuera de la isla, y tanto allá como acá vemos como se destruye no solamente el país, sino también la nación, ¿cuánto tiempo más tendríamos que esperar para comprobar si las doctas teorías de relumbrantes académicos y las burdas excusas de ineptos funcionarios-burócratas, algunos de ellos con menos conocimiento de las realidades cubanas que los que pueda tener cualquier cubano sobre Júpiter o Saturno, podrán dar resultado algún día?

 

No es lo mismo pedir paciencia en abstracto y prometer futuro a orillas del Potomac, o desde una mansión en Coral Gables o Cocoplum, o para el caso también desde una lujosa y cómoda residencia confiscada a un legítimo propietario en Atabey o Nuevo Vedado, que hablarle de paciencia al cubano sin libertades, al que no le alcanza el salario para subsistir malamente, y que pasa horas en una cola bajo el sol para comprar papas o frijoles, o esperando el ómnibus que debe llevarlo de regreso a donde vive, una casa o apartamento que necesita reparaciones urgentes, después de trabajar todo el día, y sin saber qué podrá cenar esa noche junto con su familia, o si faltará la electricidad o el agua en su vivienda.

 

¿Qué podría explicarle a ese cubano el Sr. Ben Rhodes, asesor de Barack Obama y de hecho quien ha llevado en nombre del presidente el día a día de la concepción y ejecución del “deshielo”? ¿Qué podrían explicarle a ese cubano los americanos de origen cubano que buscan hacer dinero negociando con el régimen, lo cual no es intrínsecamente perverso, pero que pretenden justificarse declarando que lo hacen para mejorar las condiciones de vida del pueblo cubano? Porque una mentira como esa sí que es intrínsecamente perversa. Aunque se disfrace con cartas enviadas por “cuentapropistas” al presidente electo pidiéndole que mantenga la política de Obama, o se traigan hasta Washington otros “emprendedores” a declarar las bondades de los cambios positivos en el país y la necesidad de seguir fomentando las buenas relaciones con la dictadura.

 

Desde el punto de vista del general Raúl Castro

 

Por el otro lado, desde el punto de vista de Raúl Castro, ¿cuáles han sido los presupuestos conceptuales sobre los que ha enfocado el restablecimiento de relaciones y los objetivos que se han perseguido?

 

La Habana conocía perfectamente las dificultades por las que atravesaba Venezuela, los problemas de salud de Hugo Chávez, la legendaria ineptitud de Nicolás Maduro, y el alto grado de corrupción e inmoralidad de la cúpula del chavismo. Sabían perfectamente que Caracas no podría abastecer permanentemente a La Habana de todos los recursos que necesitaba -además de petróleo y dólares- cuando incluso los precios del hidrocarburo en el mercado mundial no habían comenzado a declinar como lo hicieron posteriormente. La posibilidad de un derrumbe irreversible del chavismo era evidente a pesar del apoyo castrista para mantener a los ineptos en Caracas. Por eso en La Habana sabían que necesitaban una fuente alternativa de financiamiento, más bien de subsidios, como buenos parásitos políticos que siempre han sido.

 

Sabían también los castristas que China, Rusia y Vietnam hablan de amistad y solidaridad, pero que nunca llegarían a los niveles de subvención de los tiempos del “campo socialista”. Y que otros “amigos”, como Angola, Irán, Argelia, Guinea Ecuatorial, México, Brasil, o Ecuador -para mencionar solamente países productores de petróleo- nunca serían renuentes a venderles el crudo, incluso con facilidades de pago, pero no estarían dispuestos a prácticamente regalarlo o a despacharlo a precios irrisorios, como habían hecho Moscú y Caracas durante tantos años.

 

Por otra parte, habían estudiado suficientemente la política, la actuación y la personalidad del presidente Barack Obama para saber como negociar con él. La Habana no dejó pasar inadvertidamente el famoso discurso del presidente de EEUU en la universidad de El Cairo durante su primera administración, ni desconoció las debilidades y vacilaciones presidenciales desde el 2009 en Medio Oriente, Asia, Europa, América Latina y África.

 

Y sabían perfectamente como manejarse frente a un presidente americano que tal vez habría impresionado multitudes o gobiernos débiles, pero que desde Beijing, Teherán, Moscú o Pyongyang sabían como lidiar con él y salirse con la suya, sin una respuesta sólida, proporcional y adecuada desde Washington a sus retos. Y las opiniones, criterios y recomendaciones de esos centros de poder seguramente fueron y son continuamente compartidas con La Habana, como corresponde a estrechos aliados geopolíticos.

 

De manera que Raúl Castro, a solicitud del Papa Francisco, no tuvo reparos en comenzar a negociar secretamente con Barack Obama, teniendo como objetivo fundamental el restablecimiento de las relaciones entre La Habana y Washington, pero sin estar dispuesto en algún momento a realizar determinadas concesiones importantes ante La Casa Blanca, ya que sabía perfectamente hasta donde podría presionar al presidente norteamericano para obtener determinadas ventajas sin tener que ofrecer demasiado -o casi nada, o nada- a cambio.

 

Quienes desarrollaron demasiadas expectativas o hasta extensas elucubraciones y especulaciones sobre el futuro de la “normalización” de relaciones entre Washington y La Habana no necesitaron esperar demasiado para entender cómo marchaba el proceso.  Menos de cuarenta y cinco días después del histórico anuncio de la “normalización”, Raúl Castro pronunció un discurso en la cumbre de la CELAC, Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños, en Santiago de Chile, donde dejó todo claro desde el primer momento: su gobierno no estaba dispuesto a realizar la más mínima concesión a Estados Unidos, y no solamente no renunciaba a sus demandas tradicionales y más reiteradas -cese del embargo, eliminación de radio y TV Martí- sino que añadía además -vieja demanda, pero no demasiado reiterada en los últimos años, por ser demasiado absurda y sin sustento- la de la devolución de la Base Naval de Guantánamo, así como otras nuevas, como reclamar miles de millones de dólares a manera de compensación por los daños causados por “el bloqueo” durante más de cincuenta años, o la eliminación de la Ley de Ajuste Cubano y la política de pies secos-pies mojados.

 

Demandas algunas que podría conceder el presidente si lo deseara, pero otras que para resolverse dependen exclusivamente del congreso, pues el poder legislativo es quien posee facultades exclusivas para crear, eliminar o modificar las leyes de Estados Unidos. Raúl Castro lo sabe perfectamente, pero al mezclar todas las demandas en un solo grupo las puede utilizar como factor de agitación y propaganda, y quienes no disponen de suficiente información, o no tienen buenas intenciones, utilizan estos elementos para decir que Obama no ha querido hacer más, y para “fundamentar” sus ataques contra “el imperio” y la defensa de “la revolución cubana”.

 

En otras palabras, a La Habana, de acuerdo con lo expresado y reiterado por Raúl Castro, no le preocupaban en lo más mínimo las ideas del ilustre profesor Kupchan ni su aplicación práctica por parte del presidente Obama, su secretario de Estado John Kerry o su inefable cargabates Ben Rhodes.

 

Hubiera sido un momento oportuno por parte de Washington no para interrumpir el proceso que recién comenzaba y hubiera podido abortar si se exigía demasiado desde ese mismo instante, pero sí para advertirle claramente a La Habana que la normalización, para llegar a feliz término, tendría que ser un camino en dos direcciones, en donde no se podría pretender que una parte recibiera todos los beneficios mientras la otra cargaba con todas las culpas y responsabilidades, porque eso no podría llegar a ningún lugar, pues no sería una negociación, sino una claudicación.

 

Sin embargo, lejos de precisar principios fundamentales, la administración Obama optó por continuar pasiva y ofreciendo más concesiones, confiada en que en algún momento La Habana reaccionaría positivamente a las muestras “amistosas” desde Washington, y que en algún momento los “enemigos” comenzarían a convertirse en “amigos”. Se ha llegado a saber que en un momento de este proceso el secretario John Kerry le preguntó a un alto funcionario español por qué los castristas no agradecían los gestos amistosos que se les hacían.

 

Veinticuatro meses de concesiones sin exigir nada a cambio han demostrado hasta la saciedad que ese camino no resulta transitable con La Habana y el castrismo, y aunque durante su visita a Cuba, donde pronunció un magistral y trascendente discurso en el Gran Teatro de La Habana, transmitido con traducción simultánea a todo el país, Obama ofreció una rosa blanca y enterrar el hacha de la guerra, la respuesta castrista desde entonces ha sido solamente de cardos y ortigas, en buena parte por miedo y paranoia, pero también por ineptitud.

 

Porque los mayorales de Birán no saben como gestionar una nación moderna y unas relaciones bilaterales normales en el siglo 21, y lo único que se les ocurre es atrincherarse en el pasado, repetir discursos de barricada, y continuar ofreciendo a su empobrecido pueblo un futuro luminoso que nunca llegará, como no ha llegado en más de medio siglo de demagogia, irresponsabilidad y burdas mentiras.

 

Entonces, ¿hasta donde se ha llegado después de los dos primeros años de “normalización” y “deshielo”?

 

Más presos políticos, más represión, más descontento popular, más miseria, más éxodo. Menos esperanzas, menos perspectivas, menos desarrollo, menos riquezas, menos recursos.

 

Prácticamente nulas posibilidades para un cambio democrático en la isla y la creación de un Estado de Derecho en un marco de tiempo relativamente breve, donde se comenzarían a curar las heridas provocadas por las divisiones y los odios, se promovería el despuntar de la economía y la creación de riquezas a partir del trabajo honrado, y donde todos los cubanos puedan expresarse y agruparse libremente para lograr los objetivos que persigan, teniendo como único limitante el cumplimiento de las leyes establecidas.

 

Un “partido de vanguardia” que ni sabe hacia donde se dirige, una militancia cansada y desinteresada, una nomenklatura corrupta, inepta y abúlica, y una población cuyos únicos verdaderos intereses y preocupaciones se basan en subsistir y encontrar la mejor manera de abandonar el país.

 

Una oposición interna que no acaba de encontrar su camino, donde algunos de sus líderes son más conocidos por las aeromozas de las líneas aéreas que por los vecinos de su cuadra, y donde otros siempre están dispuestos a perder magníficas oportunidades de quedarse callados y no hablar sandeces, y continúan perdiendo credibilidad y prestigio con cada declaración o acción en que se involucran.

 

Un neocastrismo raulista legitimado por la debilidad voluntariosa de Washington para enfrentarlo, lo que condujo también a la Unión Europea a dejar atrás la Posición Común e ignorar el tema de los derechos humanos en la isla, proclamando el sofisma de que “todo está cambiando en Cuba”.

 

Neocastrismo envalentonado y blindado internamente, sabiendo que desde Washington no entienden cómo manejarlos, y desde Bruselas no les interesa hacerlo siempre que se puedan realizar negocios, mientras América Latina mira hacia otra parte en el tema de la represión y solamente se preocupa por los “lazos de hermandad” entre las naciones de esa América inmortal.

 

Neocastrismo que logró una acción prácticamente sin precedentes en la historia de la política internacional y la diplomacia: ¡que el mismo presidente Obama ordenara que su país se abstuviera en la votación de Naciones Unidas que condenaba a Estados Unidos por mantener el embargo contra la tiranía!

 

Neocastrismo mucho más envalentonado todavía viendo que el presidente saliente de Estados Unidos, no conforme con su colosal falta de resultados positivos en el tema cubano, y psicológicamente negándose a aceptar que su candidata fue derrotada en las elecciones de noviembre, todavía pretende e insiste en hacer “irreversible” su política hacia La Habana.

 

¡Cuanta soberbia y vanidad personal en esos empeños en hacer “irreversibles” decisiones cuya efímera vida depende de muchos factores incontrolables y que no están en manos de esos petulantes iluminados que pretenden perpetuar su legado! Fidel Castro pretendió hacer “irreversible” el socialismo en Cuba, pero desde hace muchos años lo único que queda de aquel dislate que ha destruido la nación cubana es el nombre de la dictadura que se proclama socialista. Ahora Barack Obama quiere que su política hacia Cuba resulte igualmente “irreversible”, cuando la verdadera vida de tal política está garantizada solamente hasta que el próximo presidente Donald Trump decida cuál va a ser su estrategia frente al castrismo, y adopte las medidas que entienda necesarias.

 

En cuanto a su indescriptible asesor, señor Ben Rhodes, que hace unos días declaró que la “normalización” había beneficiado a “los cubanos”, habría que preguntarle si entiende por “cubanos” a los familiares de los Castro, los privilegiados de la nomenklatura, y algunos cuentapropistas exitosos, porque es evidente que los cubanos de a pie no han visto, vivido ni experimentado esos beneficios que declara, quien sabe si por mentiroso, por incompetente, o por ambas cosas a la vez.

 

Ni tampoco han visto tales beneficios los ciudadanos americanos en esta gran nación, más allá de los turistas disfrazados de interesados en las relaciones “pueblo a pueblo”, algunas compañías que, como buitres o hienas, buscan alimento monetario entre las miserias y carroñas de la población cubana, las que no muestran límites éticos y se pliegan a las exigencias de la dictadura en busca de unos puñados de dólares, o las que ven al país como un parque jurásico que hay que visitar y filmar antes que desaparezca.

 

Entonces, volviendo a plantearnos los dos objetivos fundamentales que guiaron la estrategia del presidente Obama para el acercamiento con el régimen de La Habana, tenemos que señalar que las relaciones de Estados Unidos con América Latina y el Caribe están en un mejor nivel ahora que cuando comenzaron los dieciocho meses de contactos secretos entre los gobiernos de Estados Unidos y Cuba. Pero lo que más ha influido en esa mejoría no ha sido el acercamiento entre Washington y La Habana, sino la derrota electoral del la izquierda carnicera en Argentina; la separación del poder de la presidenta de Brasil por vías constitucionales y las acusaciones judiciales contra el expresidente Lula da Silva, máximo exponente del izquierdismo brasileño y de la corrupción en esa nación; y la profunda crisis económica, política y social que vive Venezuela gracias a la legendaria y antológica ineptitud y corrupción de la pandilla gobernante venezolana. En definitiva, el ascenso de fuerzas democráticas no antiamericanas en Argentina y Brasil y el debilitamiento de la influencia del chavismo en el continente ha sido producto de otros factores y no del acercamiento entre Washington y La Habana.

 

El otro objetivo perseguido con el acercamiento, que era tener garantizada una presencia en la isla en el momento en que se produjeran los fenómenos biológicos que tendrían que producirse por ley de la naturaleza, es cierto que se logró en parte en el caso del esperado fallecimiento del dictador en jefe, y que también se estaría físicamente en el terreno en el momento en que se producirá el del hermano menor. Y que el discurso del presidente Obama en La Habana llegó a donde más importante era que llegara, que era la población cubana y los dirigentes de nivel intermedio del país, que pudieron oír de boca del propio presidente todo lo que expresó magistralmente en ese discurso, y eso sí es un logro indiscutible que no se le puede negar al presidente. Pero habría que preguntarse si después de ese paradigmático discurso esa presencia se podría haber logrado y hasta consolidado con estrategias diferentes que no implicaran tantas concesiones a la tiranía a cambio de nada.

 

Para que puedan entenderse mejor estos conceptos al mostrarse más detalles, en otros trabajos publicados en esta edición de Cubanálisis en la sección “Cuba y la prensa mundial” se detallan las diversas iniciativas americanas para la “normalización”, y las respuestas, excusas, justificaciones y trabas interpuestas por La Habana para impedir que se puedan materializar.

 

El “legado” del presidente Obama

 

El presidente Obama trata desesperadamente de dejar un “legado” tras ocho años en La Casa Blanca. Eso es normal. Y en honor a la verdad hay que señalar que la herencia que recibió del presidente saliente George W Bush en enero del 2009 no era nada atractiva: una economía en crisis tras el estallido de una gran burbuja de falsedades y desórdenes económicos y financieros, así como dos guerras mal dirigidas en Irak y Afganistán que estaban desangrando a Estados Unidos y donde no se vislumbraban posibilidades reales de victorias inmediatas.

 

Además, prácticamente desde el primer día de su mandato Obama tuvo que chocar con una inmisericorde resistencia por parte de los republicanos a todas y cada una de sus decisiones, programas, planes y proyectos, fueran de lo que fueran y para lo que fueran. Hasta donde influyó en esa resistencia atroz y manipuladora una posición partidista exageradamente quisquillosa o el hecho del origen afroamericano del presidente, tendrá que dilucidarlo la historia.

 

El problema que confronta actualmente el presidente para consolidar su legado es que muchos de sus proyectos que deberían haberle asegurado ese legado han terminado fracasando estrepitosamente o podrían ser desmantelados cuando el presidente electo ocupe La Casa Blanca a partir del 20 de enero del 2017, como el sistema de seguro de salud conocido como Obamacare. Deja tras de sí, además, una colosal deuda nacional abrumadora, aplastante y siempre creciente, y un conjunto de promesas sin cumplir; y también una nación profundamente dividida y crispada por una actuación presidencial prepotente a través de órdenes ejecutivas que desconocían al poder legislativo, y por reiteradas políticas absurdas y extremas sobre lo que debe o no debe considerarse “políticamente correcto”.

 

En política exterior, son evidentes los fracasos: la pérdida de liderazgo moral y real por parte de Estados Unidos en todo el mundo; el debilitamiento de la OTAN y del poderío militar de Estados Unidos; la consecución de acuerdos de dudoso beneficio para el país, como el alcanzado con Irán sobre el tema nuclear, o el Tratado Transpacífico; el pésimo manejo de las relaciones con Moscú en los casos de Crimea y Ucrania; la incapacidad de influir o modificar la conducta irresponsable del payaso de Pyongyang que juega con armas nucleares; la inconsistencia frente al expansionismo chino y frente al terrorismo islámico dentro y fuera del país, al que se niega incluso a llamarlo por ese nombre.

 

Y para colmo, como regalo navideño nada deseado por el presidente, el fracaso de los “rebeldes” financiados por Washington en Siria, con capacidad ampliamente demostrada para gastar dinero de los contribuyentes pero no para obtener resultados tangibles frente al carnicero de Damasco. Además, si lo anterior fuera poco, está el fracaso de la ofensiva aliada en Irak para la liberación de Mosul, que el presidente pretendía haber logrado antes de fin de año, pero desde hace semanas ya se sabe que es imposible.

 

Tratando a toda costa de sobresalir en algún tema de política exterior en los días finales de su administración, recientemente Obama se ha involucrado en el asunto de un posible “hackeo” ruso para influir en las elecciones americanas, que aunque pudiera demostrarse no modificaría los resultados de la consulta electoral, y valdría preguntarse entonces para qué lo está haciendo, pues si efectivamente fue como parece que se quiere presentar, la máxima responsabilidad por ese grave fallo de seguridad sería del propio el comandante en jefe de las fuerzas armadas, que es el presidente de la nación.

 

De manera que casi la última carta del presidente para consolidar un resultado positivo como parte de su “legado” en política exterior sería la “normalización” de relaciones con La Habana. Por ello envió de urgencia a su asesor Ben Rhodes a La Habana en ocasión del funeral del dictador en jefe, para que advirtiera a los castristas que se apresuraran en concretar acciones pendientes antes que el fenómeno Trump pudiera complicarles las cosas. Porque por tal de asegurar su ya dudoso “legado” en este propósito, al presidente Obama parece preocuparle más quedar bien con el castrismo que con el pueblo cubano o hasta con los mismos americanos.

 

Obama quisiera poder mostrar como un gigantesco logro, tras más de cincuenta años de fracasos de los gobiernos anteriores, lo que él habría conseguido en estos dos años de “normalización” de relaciones con el castrismo.

 

Lamentablemente para él, no puede hacerlo.

 

Aunque las intenciones hayan sido excelsas, inteligentes y profundas, los resultados no se relacionan con esas intenciones. Porque el verdadero beneficiario de su vacilante política disfrazada de alta estrategia no ha sido el gobierno de Estados Unidos, ni el pueblo americano, como debería ser de acuerdo a las obligaciones inherentes al presidente de Estados Unidos. Ni mucho menos han representado beneficios específicos para el pueblo cubano.

 

El único verdadero beneficiado con su política de “normalización” ha sido el castrismo, que durante dos años ha recibido demasiado sin entregar nada a cambio.