Cubanálisis El Think-Tank

           ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

   

Dr. Eugenio Yáñez, Estados Unidos

 

 

 

Donald John Trump, el presidente “imposible”

 

En noviembre del 2008, tras la victoria de Obama, Cubanálisis publicó un trabajo con título parecido al actual, Barack Hussein Obama, el presidente “imposible”;  en noviembre del 2012, tras su reelección, escribí La “imposible” reelección del presidente Barack Obama. Ahora, en noviembre del 2016, tras la cataclísmica victoria de Trump, se trata del presente análisis, no por casualidad titulado Donald John Trump, el presidente “imposible”.

 

Tras tres elecciones presidenciales con la misma situación, donde en 2008 Barack Obama parecía “imposible” de elegir por su condición de afroamericano y “novato” en esas lides a nivel presidencial, y en el 2012 debido a lo débil que todavía andaba la economía (en buena parte debido a la herencia recibida con la crisis de la burbuja económica en tiempos de George W Bush), y ahora el inesperado Donald Trump, es evidente que algo no anda bien, y se convierten en recurrentes los resultados de elecciones presidenciales en Estados Unidos, tan distanciados tanto de lo que pronosticaban diferentes encuestas como de los criterios de numerosos “analistas” y “expertos”, más aún cuando se trata de pronósticos y estrategias expresadas oralmente o por escrito en el sur de Florida, donde las pasiones tienen tanto peso, o más, que los diagnósticos racionales y la frialdad analítica.

 

Aunque, para decirlo clara y justamente, esas desviaciones no han sido exclusivas de estos territorios o de nuestras nacionalidades como “hispanos”, según la denominación del censo oficial de Estados Unidos, aunque a última hora la campaña de Hillary Clinton comenzó a llamarnos “latinos”, como si viniéramos de Italia.

 

Y, evidentemente, con independencia de las condiciones específicas y las circunstancias concretas, es indiscutible que la calificación y talento -o falta de ellos- de cada uno de los profesionales de la información -o de la desinformación- influirán en el valor, influencia y trascendencia de sus opiniones y análisis, independientemente de la inclinación social, política y electoral de cada uno de ellos. Los brillantes y talentosos podrán hacer las cosas mejor o peor en dependencia de diversos factores y posiciones, pero los mediocres lo seguirán siendo en toda circunstancia, y solamente modificarán sus posturas tradicionales para hacer las cosas peor todavía.

 

También puede ser importante que el análisis de estas situaciones pudiéramos hacerlo pensando en las herramientas analíticas que debemos utilizar para tratar de entender la realidad cubana, no solamente frente a Estados Unidos, sino en sí misma y con relación a los cubanos, tanto los de dentro de la isla como los que vivimos afuera. No me refiero a simplezas como querer buscar “señales ocultas” en el anuncio del Ejercicio Estratégico Bastión 2016 en la isla, conocida su fecha de realización cuando menos desde abril de este año, y que ahora algunos han querido relacionar con una acción precipitada y nerviosa del régimen provocada por la victoria del republicano. Estoy pensando, cuando digo que nos pueda ayudar en el tema cubano, en la utilidad metodológica y práctica de los análisis de esta realidad de Estados Unidos que serían más útiles para comprender lo que sucede en nuestra patria de nacimiento.

 

La “gran” prensa, demasiado parcializada

 

Actualmente en las leyendas urbanas post-electorales que circulan por las redes sociales y el espacio digital, en asombrosa mezcla de análisis serios y bazofia, se le achaca a toda la “gran” prensa haber estado demasiado inclinada a favor de la candidata del partido Demócrata, lo cual no es completamente cierto pero tampoco completamente falso.

 

Es evidente que cadenas de televisión nacionales como CNN, CBS, NBC o ABC, mostraban diferencias de énfasis en el enfoque de las informaciones y simpatías por los candidatos, pero todas intentaron mantenerse dentro de la imprescindible profesionalidad, aunque se decantaron por una visión mucho más favorable de la ex secretaria de Estado y destacaron con mayor énfasis las deficiencias, explosiones de carácter y frases fuera de tono y lugar del candidato del partido Republicano. Pero, sin lugar a dudas, la única excepción en cuanto a las cadenas nacionales americanas resultó ser Fox News, que en comparación con las cadenas en inglés arriba mencionadas, en general presentaba siempre al fenómeno Trump con enfoques positivos, aunque en ocasiones no le hizo las cosas demasiado agradables al candidato republicano.

 

Podrá argumentarse que el propio magnate neoyorkino se buscó tal enemistad o enfoques nada apologéticos por parte de la prensa escrita, televisiva y radial, así como la digital, debido a su manera de actuar y hablar, incluso desde antes del inicio de la batalla por la postulación Republicana en las primarias de ese partido, que reunió a 17 contendientes en una carrera que solamente podría producir un ganador. De aquella puja resultó que muchas personas, demasiadas, comenzaron a menospreciar al recién llegado a la política nacional. Era la reacción de partidarios de pesos pesados favoritos del Partido Republicano con grandes sumas de dinero recibidas como donaciones para sus campañas, y la posición de un establishment de ese mismo partido que no quería para nada a un outsider irreverente y sin experiencia en política como Donald Trump. Parecía que la suerte de este aspirante estaba echada desde antes de comenzar y que no pasaría de algunas semanas en la competencia, siendo evidente que resultaba “imposible” que pudiera ganar.

 

La prensa americana, desde hace muchísimos años, no oculta sus tendencias liberales, de acuerdo a lo que se le llama “liberal” en Estados Unidos, que no es el mismo significado que se le da a este término en Europa. Esa tendencia no es extraña tampoco en muchas instituciones universitarias del país, fundamentalmente en las regiones del noreste y de la costa del Pacífico. Sin pecar de esquemáticos o de clasificadores, pudiéramos decir que buena parte de la gran prensa americana, así como lo que aquí se conoce como “la academia”, tiene posiciones que pudieran considerarse como de centroizquierda, pero casi siempre en el sentido democrático del término y sin nada que ver con los conceptos “socialistas-comunistas” de izquierdas y derechas. Lo que no quiere decir que no existan en el país elementos verdaderamente “izquierdistas” tan radicales que resultan admirados por castristas y chavistas, entre otros grupos antidemocráticos.

 

Teniendo en cuenta este factor “progresista”, no resultaba nada extraño que la mayoría de esa gran prensa viera en Hillary Clinton un paradigma a destacar, mucho más que en Donald Trump. Pero no solamente por el lenguaje y actitudes del candidato republicano, sino también, y este es un factor que no puede desconocerse ni minimizarse, porque el millonario neoyorkino no estaba solicitando desesperadamente contribuciones de grandes donantes para su campaña, y buena parte de los costos de la misma los estaba asumiendo con sus propios recursos, lo que le permitía poder hablar y actuar sin preocuparse porque le debiera favores a sus inexistentes grandes donantes.

 

En otras palabras, mientras la candidata demócrata se iba convirtiendo en la expresión más rancia y excelsa -y viciada- del establishment, su oponente resultaba un anticristo para tal establishment, y como no le debía nada, o casi nada, no veía la necesidad de ni  rendirle pleitesía ni de hacerle demasiado caso. Y si a eso se le suma que cada vez más votantes en la base le daban su apoyo mientras sus otros dieciséis oponentes de su mismo partido continuaban quedando en el camino, Trump comenzó a resultar un factor demasiado peligroso para muchos intereses vinculados a las élites políticas y del poder en Washington, así como para la gran prensa, que mientras al principio le daba cobertura porque divulgar su peculiar manera de hacer campaña política mejoraba los ratings, llegado un momento comenzó a cogerle miedo, debido a que en sus cáusticas diatribas contra los mecanismos del poder incluía también a los medios de comunicación, y en muchas ocasiones los acusaba de parcialidad.

 

Muy pronto dejó de tratarse de que el outsider resultara un huracán: se había convertido en un verdadero tsunami que ponía en peligro muchos, demasiados intereses, y que había que detener a toda costa. Porque era “imposible” que pudiera ganar, y había que combatirlo con todo o casi todo.

 

Las grandes cadenas de televisión que transmiten nacionalmente en español, como son Univisión y Telemundo, se inclinaron abierta, total y temerariamente contra Donald Trump desde el primer momento de la contienda, y comenzaron a actuar en un constante y permanente activismo, no periodismo, en favor de Hillary Clinton, por aquello de defender a “los latinos”, como si esos “latinos” que participan en las elecciones no fueran también americanos, ya que de no serlo no tendrían derecho al voto.

 

Y estas cadenas, más que otras, se limitaban mucho menos en el lenguaje y en la selección de invitados para comentar, perdiendo la perspectiva profesional que debería guiar a todo medio de prensa, y pretendiendo convertir la campaña electoral en un llamado a una especie de “jihad” latinoamericana, donde Donald Trump resultaba ser el Gran Satán, Hillary Clinton una Juana de Arco americana, los presentadores de esas cadenas los heraldos de la decencia y el sentido común frente al infortunio trumpista, y los “expertos” que eran entrevistados los bienafortunados emisarios que anunciaban las buenas nuevas, escribían epitafios sobre la muerte y sepultura del demonio Trump, y declamaban discursos funerales, siempre bajo la absoluta convicción de que era “imposible” que una persona como el candidato Republicano pudiera obtener la presidencia teniendo en contra a “todos” los “latinos”.

 

Estamos en Estados Unidos, donde existe el absoluto derecho a expresar libremente las opiniones, y de la misma manera que todos los medios de prensa decidieron su política editorial y la aplicaron, ahora es tiempo de cosechar lo que sembraron. Si algo hermoso, y mucho, tienen los valores americanos en que nos sustentamos es que todos debemos combinar esos derechos que con toda razón consideramos naturales y universales, con la capacidad y la obligación de asumir toda la responsabilidad correspondiente por cada una de nuestras acciones. De eso se trata.

 

Las encuestas y sus equivocaciones

 

En cuanto a las encuestas y sus monumentales errores en esta ocasión, sería muy sencillo pretender explicar que tales desencuentros con la realidad tienen que ver con incapacidad y maldad de los encuestadores o de muchos medios de prensa. Sin embargo, no sería serio plantearlo de esa manera, ni tampoco cierto. Pues aunque pueda haber encuestas discutibles en cuanto a metodología y, lamentablemente, hasta en probidad de algún que otro de los encuestadores, en estos pronósticos en todo el país también participan, y con mucho más peso e importancia que cualquier empresa de dudosa moralidad y eventualmente impugnable, compañías muy serias y profesionales que durante décadas y décadas se han dedicado a realizar su trabajo de manera científica y consistente, dominan profundamente las técnicas de estudios de opinión y tendencias, y han demostrado ampliamente total probidad y responsabilidad social por los resultados de su trabajo.

 

De manera que la explicación sobre determinados “chicos malos” que tergiversan las informaciones estadísticas no resulta la más convincente para comprender lo que sucede. Y, por otra parte, si en realidad pudiera achacarse a determinados personajes siniestros comportamientos inadecuados a la hora de manejar las informaciones, no puede olvidarse que, en el caso que nos ocupa, los primeros sorprendidos y engañados, mucho más que los votantes, hubieran sido la candidata Hillary Clinton y el Partido Demócrata, porque la aplastante mayoría de las encuestas nacionales y locales aseguraban, más allá de los altibajos propios de este tipo de indagaciones dinámicas que varían día por día, que Donald Trump sería casi irremediablemente derrotado por varios puntos porcentuales en el voto popular y con un landslide (barrida) en el voto electoral. Y en base a esos criterios, entre otras cosas, actuó todo el tiempo la campaña de la exsecretaria de Estado.

 

Existen problemas reales: las encuestas modernas son una técnica del siglo 20, que utilizan herramientas del siglo 20. Pongamos, por ejemplo, el teléfono: cuando se comenzaron a realizar encuestas por teléfono, normalmente los hogares más pudientes eran los que disponían de ese medio de comunicación, de manera que las encuestas telefónicas, aunque no se lo hubieran propuesto, reflejaban la opinión de los hogares más holgados y no una verdadera muestra aleatoria de todos los hogares del país o la región. Eso condujo a errores antológicos en la predicción de resultados electorales, no por mala fe ni ocultos intereses tenebrosos, sino por deficiencias del muestreo, que posteriormente fueron corregidas, naturalmente.

 

Más tarde en el tiempo, el teléfono se convirtió en un elemento común en los hogares americanos, por lo que era mucho más confiable y predecible la utilización de encuestas telefónicas para preveer opiniones, conductas y resultados, y durante muchísimo tiempo dieron muy buenos resultados no solamente durante todo tipo de campañas electorales, sino también como herramientas de marketing y de conocimiento e influencias de opinión.

 

Pero de nuevo las cosas cambiaron con la introducción masiva de los teléfonos celulares. En Estados Unidos prácticamente todo adulto dispone de un celular, y también muchos adolescentes y hasta niños. Pero el teléfono de niños y adolescentes generalmente está a nombre de sus padres o tutores, aunque sean números propios para los jóvenes y niños. ¿Cómo definir una muestra a encuestar en estas condiciones?

 

A lo que hay que agregar dos factores más: la proliferación de aplicaciones en lo que ahora se conoce como redes sociales, donde tantas personas se comunican vía Facebook, Twitter, Whatsapp y a través de muchas otras posibilidades de este tipo, lo que hace que la información esté fluyendo constantemente, no siempre confirmada ni verificada, y a veces completamente falsa, pero que puede influir en instantes en los cambios de opinión de las personas.

 

Y un segundo factor de complicación, que antiguamente no existía, que es la posibilidad de conocer quién está llamando antes de responder la llamada, y cuando el número es desconocido o no se conoce a la persona que llama, simplemente con no responder basta, y eso dificulta mucho más la labor de los encuestadores.

 

No olvidemos tampoco que todos los resultados de cualquier encuesta seria se presentan siempre con un determinado “margen de error”, lo que significa que las cifras que se están ofreciendo pueden oscilar hacia más o hacia menos dentro de ese margen de error, de forma tal que un resultado, digamos, de 40%, con un margen de error del 3%, hay que leerlo como que pude estar oscilando entre el 37% y el 43%, que es el rango del 3% hacia abajo o hacia arriba de esa cifra de 40% en este ejemplo.

 

Ahora bien, pensemos en el continuo bombardeo de encuestas que informaban casi diariamente 29 instituciones encuestadoras reconocidas como respetables en Estados Unidos, algunas de ellas con los resultados del día, otras con promedios de varios días, y otras como promedio de otras encuestas.

 

Y pensemos además que algunas de esas encuestas eran realizadas con posibles votantes, otras con prácticamente seguros votantes, otras con la población en general, y otras más con alguna combinación de esos casos anteriores mencionados.

 

Y que eso se publicaba continuamente en la prensa escrita y digital y se informaba por televisión y radio por medios de comunicación y difusión inclinados más favorablemente hacia la candidata demócrata que hacia el candidato republicano, y casi inmediatamente se reproducía decenas o centenares de miles de veces -responsable o irresponsablemente, y con comentarios añadidos por los usuarios- en las redes sociales.

 

Y sin olvidar que, además, en la vorágine de cifras y promedios que se daban a conocer no siempre se informaba, o quienes se interesaban en los resultados no revisaban detalladamente cuál era el margen de error de cada encuesta, resulta relativamente fácil comprender que lo que quedaba en la mente de un receptor final de la información podía ser cualquier cosa, no por mala intención de los emisores de información, sino por la dinámica y el torbellino de los acontecimientos.

 

Imaginemos ahora ese proceso repetido diariamente durante varios meses de campaña, fundamentalmente y con más intensidad durante septiembre y octubre, y podremos darnos cuenta de que esos criterios de que si los blancos rurales con estudios de hasta secundaria básica se inclinaban hacia Trump y que las mujeres solteras hacia Hillary, o los jóvenes que habían apostado por Bernie Sanders apoyarían masivamente a la Clinton, o cualquier conclusión de ese tipo, parece muy claro que la posibilidad de realizar interpretaciones erróneas de la realidad no debe achacarse superficialmente a la maldad de algunos o la incapacidad de otros, sino a toda la complejidad de los acontecimientos, y que serán cada vez más complejos en la medida que avanza este siglo 21.

 

Las mayorías silenciosas y la crisis del Partido Demócrata

 

Pero, además, hay otros factores imposibles de medir, como es la existencia de votantes, fundamentalmente en sociedades demasiado crispadas alrededor de determinados temas,  que por distintas razones no desean manifestar públicamente sus preferencias electorales. Eso puede distorsionar los resultados de las encuestas hasta que el día de las elecciones aparece el voto de una “mayoría silenciosa” que vira de cabeza los pronósticos. Ese fenómeno se dio en fechas relativamente recientes en el llamado Brexit (el referendo para decidir la salida de Gran Bretaña de la Unión Europea), el de aprobación o rechazo del acuerdo de paz entre el gobierno colombiano y las narcoguerrillas de las FARC, o las preferencias electorales en España, y un poco antes, el año anterior, en el resultado de las elecciones parlamentarias en Israel. En todos esos casos, los resultados no fueron los que pronosticaron las encuestas.

 

En medio de la campaña se decía que Donald Trump con sus acciones estaba destruyendo al partido Republicano, pero después de los sorprendentes resultados del día de las elecciones es evidente que el partido Demócrata está pasando por una situación muy difícil, todavía no ha terminado de asimilar el batacazo de los resultados electorales -no solamente no logró la presidencia, sino tampoco pudo cambiar los colores políticos del Senado y la Cámara de Representantes, y la mayoría republicana de gobernadores estatales es aplastante- y sigue buscando las culpas del fracaso en los demás, o en factores ajenos a sus posibilidades de solución -los informes del Director del FBI, los papeles filtrados por Wikileaks, la supuesta injerencia rusa, la “agresividad” de los seguidores de Trump- con un enfoque propio de un partido político tercermundista más que del que debería caracterizar a uno de los dos partidos más importantes en la primera potencia mundial.

 

Después de varios días de silencio y de reencuentro con la realidad tras el fracaso de la noche del martes, ahora se conoce de una conferencia telefónica de Hillary Clinton con sus principales donantes -que son los que verdaderamente importan, a veces hasta más que los votantes- donde achaca las causas de su derrota al FBI (la culpa siempre la tienen otros) por haber anunciado once días antes de las elecciones una nueva investigación sobre sus correos electrónicos y el uso de servidores privados. “Nuestro análisis es que la carta de [el Director del FBI James] Comey, que levantó dudas que eran infundadas, detuvo nuestro impulso”, dijo la candidata derrotada. “Trump pasó los últimos cuatro días de su campaña con ataques personales dirigidos a mí, y este es el resultado”, señaló en la conferencia telefónica, como si ella y su partido no hubieran lanzado ataques personales a Trump durante toda la campaña. Pero lo que ocurre es que siempre es más cómodo responsabilizar a otros de la derrota que aceptar deficiencias y fallos propios.

 

Parte de la prensa persiste en el error, la mala fe, o ambas cosas a la vez. A pesar de la abrumadora victoria de Donald Trump el día de las elecciones, ciertos “comunicadores” continúan su campaña de odio y descrédito, ahora no ya contra el candidato sino contra el Presidente Electo, repitiendo las mismas cantaletas sobre el supuesto fascismo, nazismo, o cualquier “ismo” que “detectan” en la política de Trump y que les resulte conveniente para su campaña, y continúan mintiendo y desinformando, negándose a reconocer verdades elementales: la más importante de todas, que perdieron la elección, que no lograron sus objetivos, que dilapidaron demasiado crédito ante los votantes y la población en general, y que en una democracia como Estados Unidos las opciones reales son tratar de derrotar al candidato del partido en el poder en las próximas elecciones presidenciales, en este caso las del año 2020, o someter al presidente a un impeachment en caso de alguna transgresión de las leyes. Todo lo demás, aunque lo disfracen de criterios de “expertos” o de “estrategias”, no será más que pataleo de ahorcados ante una realidad que no solamente les duele, sino que además parecería que no pueden soportar.

 

De entrada, el hecho de que la señora Clinton no haya sido capaz de “conceder”, como se dice en Estados Unidos a reconocer la victoria del adversario, la misma noche de las elecciones, demuestra dos cosas: una, que el shock había sido brutal, y ella no estaba en condiciones sicológicas en ese momento para aparecer en la televisión reconociendo su fracaso; y dos, que ni siquiera parece haber existido un Plan B para el caso de una derrota que no se concebía, porque era “imposible” que Donald Trump ganara la presidencia.

 

Las palabras durante la madrugada del asesor de la campaña demócrata a los seguidores que desde horas antes se habían concentrado para celebrar la victoria de Hillary Clinton, mostraron absoluto cinismo y falsedad, cuando les pidió que fueran para sus casas, y les dijo que si se había esperado hasta esa hora se podría esperar algunas horas más, ya que todavía se estaban contando votos, como fomentando falsas esperanzas de que quedaba tiempo de ganar la contienda, aunque fuera por un milagro. Sin embargo, después se supo que en el momento en que el asesor mentía a los seguidores de la candidata demócrata, ya la señora Clinton había llamado por teléfono a quien era ya entonces Presidente Electo Donald Trump, para felicitarlo por su victoria.

 

Factores que fallaron en la maquinaria demócrata

 

¿Cuáles fueron los factores que fallaron en la maquinaria demócrata? Varios.

 

El primero de todos, sería preguntarse si Hillary Clinton era la mejor opción para el partido demócrata en estas elecciones. Tras su fracaso en el 2008 en la lucha por la candidatura de su partido, que entonces ganó Obama, se había dado por sentado que para la próxima oportunidad debería ser ella la candidata, porque así le interesaba al clan de los Clinton, que controla el Partido Demócrata.

 

Entonces, en un momento electoral donde los eventuales votantes se mostraban muy insatisfechos con muchas cosas, independientemente del grado de popularidad que disfrutara el presidente Barack Obama personalmente, y que el clamor de cambio estaba en el ambiente y podía percibirse fácilmente, su partido, bajo la presión del clan, prefirió a una persona que era la imagen misma del establishment, la continuidad y el “business as usual”, y que sería vista como un tercer mandato de Barack Obama. Y que, además, independientemente de su experiencia anterior como secretaria de Estado, senadora y Primera Dama, tenía tejado de vidrio y podría ser fácilmente atacada desde diversos frentes, como efectivamente lo fue.

 

Para lograr la candidatura esta vez, frente al inesperado reto de Bernie Sanders, apoyado fuertemente por los entusiastas jóvenes conocidos como millennials, fue necesario aplicar todas las presiones posibles por parte del establishment demócrata bajo el férreo control de los Clinton. El escándalo en la Convención demócrata en Cleveland, donde se conoció que el Comité Nacional del Partido había influido escandalosa y turbiamente a favor de la candidata y en contra del socialista, fue de tal magnitud que obligó a renunciar a su cargo a la presidenta de dicho Comité Nacional.

 

Otro error fue de estrategia profunda: mientras que Donald Trump ofrecía propuestas en su campaña política que eran bien recibidas por los votantes que le apoyaban y por buena parte de los indecisos, y atacaba las muy escasas proposiciones de políticas y los continuos manejos turbios de su oponente a lo largo de los años, la campaña demócrata decidió no concentrarse en atacar al republicano con relación a sus proyectos políticos, sino en base a sus características personales, lenguaje, carácter, expresiones inoportunas e inconvenientes, supuestas conductas hacia las mujeres, y cosas de ese tipo.

 

De manera que mientras los “talking points” demócratas iban contra la persona del millonario, los “talking points” republicanos hablaban de propuestas políticas de Trump, y de la escasez de ellas en el campo de una Hillary Clinton de dudosa integridad, que no mostraba demasiadas ideas, y las pocas que utilizaba se parecían demasiado a un “más de lo mismo” que a los votantes no les interesaba.

 

Enfoque erróneo de la campaña demócrata, con el cual no lograron detener al outsider convertido en tsunami, ni derrotarlo, pero que, en una sociedad que ya venía dividida sensiblemente por políticas no demasiado consensuales durante los últimos años, fue creando un sustrato de rechazo y odio, basado en una mezcla abominable de verdades, medias verdades y evidentes falsedades, que se está expresando en estos momentos en esas manifestaciones de rechazo a la victoria republicana, donde grupos de jóvenes novicios sinceramente defraudados porque esperaban fantasías y encontraron realidades, son complementados por violentos energúmenos -no lo son porque protesten, sino por la forma vandálica en que lo hacen- pretendiendo que se modifiquen retroactivamente las reglas y los procedimientos electorales y se le otorgue la victoria a Hillary en base a los votos populares recibidos, y no que la elección se haya decidido por los votos electorales, que es como está establecido y se ha hecho siempre. O que se “destituya” al ganador de la contienda, Donald Trump, simplemente porque a ellos no les gusta. Individuos que al combinarse, bajo la mirada condescendiente, silencio cómplice o taimado aliento de una parte de la llamada gran prensa, una vez más, conforman un estamento ¿político? al que le encantaría crear una República Bananera de Estados Unidos de América; sin embargo, afortunadamente no necesitamos nada de eso: ya existen bastantes al sur del Río Grande. En el mismo estilo de Nicolás Maduro, Diosdado Cabello y la pandilla “bolivariana”  en Venezuela, dicen apoyar la democracia cuando ganan ellos, pero cuando pierden la rechazan y la quieren eliminar.

 

Un error peor de la campaña demócrata fue el de la soberbia y la prepotencia por parte de quienes la dirigían. Se supuso, quién sabe por qué, pero básicamente subestimando la inteligencia de los votantes como si fueran tontos, que los jóvenes millenials que habían seguido entusiastamente a Bernie Sanders traspasarían automática y estúpidamente su apoyo y sus votos a la candidata, y que la seguirían con el mismo entusiasmo que habían seguido durante las primarias al senador socialista, a pesar de haberse enterado de que su preferido contendiente derrotado había sido tratado muy injustamente por la maquinaria demócrata, controlada precisamente por el clan del que formaba parte la misma Hillary Clinton. Naturalmente, las cosas no resultaron como pronosticaron los “expertos” electorales y los excelsos miembros de la camarilla demócrata.

 

Se supuso que, por ser mujer, todas las mujeres demócratas, más las independientes y republicanas que rechazaban a Trump por su infame “machismo”, saldrían a votar por la ex secretaria de Estado. Tampoco resultó así. La actriz Susan Sarandon, nada favorable a los republicanos, y que apoyaba a Bernie Sanders durante las primarias, dijo algo muy profundo al expresar sencillamente: “yo no voto con la vagina”. Y añadió que por el solo hecho de que la candidata fuera una mujer no tendría su voto si sus propuestas y programas no la convencían. Y fueron muchas las mujeres americanas que, como la actriz, no votaron con la vagina.

 

Se supuso que los afroamericanos, que en 2008 y 2012 habían salido masivamente a votar por Obama, saldrían igualmente a votar por la Clinton, por ser aliada del presidente. Tampoco resultó así. Los afroamericanos no salieron a votar por “la blanquita” en la cantidad que se esperaba, pues no veían en ella lo que vieron en Obama, haya sido lo que haya sido que vieran en aquel.

 

Se supuso que “los latinos”, debido a las posturas de Trump, tergiversadas y manipuladas por la televisión “latina”, sobre la inmigración ilegal y la finalización de la construcción del controvertido muro en la frontera mexicana, muro comenzado nada menos que por Bill Clinton, saldrían masivamente a las urnas para detener al Lucifer republicano. Y además, ofendidos por las posiciones “machistas” del candidato republicano. ¡Como si los propios “latinos” no fueran muestra viva de machismo, aun desde antes de la conquista! Pero tampoco ellos lo hicieron en las cantidades que se esperaban (los hispanos no ven el proceso electoral americano ni sus posibilidades de transformar las realidades del país con el mismo prisma que lo ven los que son capaces de asimilarse a la cultura política de Estados Unidos). Ni siquiera votaron tan masivamente como se creía que lo harían los cientos de miles de puertorriqueños de la zona Orlando-Tampa, en Florida, coqueteados apresuradamente a última hora por los demócratas cuando se dieron cuenta, aunque no lo admitían públicamente, que sus posibilidades de triunfo en el Estado del Sol mermaban por días y hasta por horas.

 

Conclusión: Hillary obtuvo muchos menos votos entre las mujeres, los afroamericanos y los hispanos de lo que se esperaba en el enfoque prepotente y superficial de su campaña, mientras Donald Trump, gracias a sus propuestas políticas y haber comprendido lo que deseaban los votantes, obtuvo muchos más votos entre las mujeres, los afroamericanos y los hispanos de lo que le pronosticaban los “expertos” y los medios de prensa.

 

Medios que en vez de hacer periodismo en serio y pulsar la opinión de la población y de los posibles votantes se limitaron a repetir automáticamente lo que decían las encuestas, que era además lo que encantaba a las políticas editoriales en las diferentes instituciones periodísticas (el mismo error que en 1948 había llevado a la prensa a pronosticar la derrota del presidente Harry Truman). Entonces, aunque Hillary ganó a Trump en esos tres sectores, (femenino,  afroamericano, e hispano) lo hizo con mucho menos margen de ventaja del que necesitaba para poder obtener la victoria en la elección.

 

Donald Trump y lo que pudiera suceder

 

Para terminar, tres detalles breves sobre Trump, sin detenernos en diferentes aspectos sobre su programa y proyectos de gobierno, teniendo en cuenta que esas temáticas las aborda nuestro colega Dr. Diego Trinidad en el otro artículo que publicamos hoy en El Think-Tank, titulado La elección más impredecible.

 

Uno: Pensar que como Presidente Trump sería capaz de enviar la 82 División a derribar al régimen castrista sin que mediara un ataque brutal contra este país instigado desde La Habana -y los Castro no están locos- no es ni siquiera el sueño de una noche de verano, sino la expresión de una miserable borrachera con la peor chispa’etrén que pudiera conseguirse en el mercado negro cubano de bebidas alcohólicas. Igualmente, deducir que porque años atrás, como inversionista y empresario, quiso explorar las posibilidades de negocios en Cuba sería un indicador de una posición de acercamiento comercial con La Habana en estos momentos, no pasa de la bobería y el wishful thinking tan común en demasiados “expertos” sobre el tema cubano. Los presidentes de una gran potencia no acostumbran tomar decisiones tan festinadamente sobre esas bases, ni siquiera los más impredecibles.

 

Dos: Dígase lo que se diga de Donald Trump, con su tono, sus frases, sus expresiones incendiarias o sus conductas -reales o supuestas- hacia las mujeres, logró comprender desde el primer momento el lenguaje que querían escuchar los votantes -tanto durante las primarias republicanas como en las elecciones generales. Hablando a los trabajadores básicamente blancos y anglos del Rust Belt (cinturón del óxido) que en su momento constituyeron una “aristocracia obrera” protegida por poderosos sindicatos, pero que en los últimos cuarenta años han visto sus fábricas ir desapareciendo rumbo a China o el Tercer Mundo, sus salarios mermar, sus posiciones sociales estancarse o descender, sus ciudades y poblados anquilosarse, sus deudas incrementarse hasta poner en peligro la propiedad de sus viviendas y su “sueño americano”, y lo “políticamente correcto” imponiéndose sobre sus frustraciones y lo que consideran sus necesidades más imperiosas, fue capaz de ganar corazones y mentes de esa población de aquellos territorios, que en su momento constituyeron bastiones demócratas, al ofrecerles algo que podrá lograr o no, pero que era lo que esa América profunda necesitaba escuchar en estas campañas electorales.

 

De manera que poco a poco fue obteniendo los apoyos necesarios para literalmente aplastar a dieciséis adversarios de su propio partido en las primarias, y convincentemente, en la reciente elección presidencial, no solamente a Hillary Clinton y el Partido Demócrata, que aun no ha logrado salir del shock, sino también a una buena parte del establishment del Partido Republicano, a pesar de contar con muchos menos recursos financieros para la campaña que la candidata demócrata, enfrentado también con los clanes de su propio Partido Republicano, que conspiraban en su contra, y frente a una parte sustancial de la “gran” prensa que no le resultaba nada favorable.

 

Sin embargo, ahora habrá que ver si ese lenguaje y esas estrategias fueron únicamente parte de su enfoque para alcanzar la presidencia, o si realmente pretenderá materializar todo lo que dijo, como el controvertido muro fronterizo; las deportaciones masivas; el cuestionamiento y hasta la rescisión del convenio de libre comercio de Norteamérica (NAFTA) con Canadá y México; detener las gestiones del Tratado Trans Pacífico; cortar los fondos relacionados con programas internacionales del cambio climático; liberar la prospección, transporte y comercialización de energía; la guerra comercial con China; la designación de un fiscal especial para investigar los temas de los e-mails de Hillary y los manejos de la Fundación Clinton, entre otras declaraciones formuladas durante la campaña.

 

Al menos, de entrada, y como gran golpe psicológico, ya anunció que su salario como presidente será de un dólar al año, cifra simbólica, naturalmente, renunciando a los alrededor de $400,000 que le corresponderían como presidente. También dijo muy claramente que los inmigrantes ilegales con antecedentes penales (criminal records) serían deportados o enviados a la cárcel, lo que afectaría a unos dos millones de personas en esa situación; que podría mantener algunos aspectos del Obamacare que fueran útiles a los asegurados, como el derecho a la cobertura aunque se padezcan lo que se conoce como condiciones pre-existentes, o mantener  a los hijos solteros en la pólizas de los padres hasta los 26 años; y con relación al muro en la frontera mexicana, señaló que será construido, pero que en algunos lugares pudieran ser solamente vallas. Además, la designación del presidente del Comité Nacional Republicano (RNC) como su Chief of Staff (el equivalente a un jefe de gabinete en la cultura en español), y del CEO de su campaña electoral como asesor principal del presidente, indican que Trump contará con quienes le fueron fieles a la hora de designar cargos y responsabilidades. De manera que ya va atemperando sus políticas de acuerdo a las realidades, la correlación de fuerzas y la búsqueda de más sensatez.

 

Tres: En cuanto a su experiencia política y su supuesta “ineptitud”, aparentemente ya este calificativo se ha convertido en un lugar común y se repite más como mantra ideológico que como convicción argumental. Es cierto que no es lo mismo dirigir empresas que gobernar, ni es lo mismo tratar con empresarios, sindicatos, clientes, acreedores o bancos, que con gobiernos extranjeros con más o menos grados de simpatías o animadversión hacia Washington y sus valores.

 

Sin embargo, deducir a partir de esas realidades que resultará un presidente inepto, incapaz o irresponsable, parece ser en estos momentos mucho más el pataleo de un ahorcado perdedor que una expectativa racional. Lo verdaderamente importante, además de la capacidad de la persona que ocupe el cargo de presidente, son los asesores de los que se rodee, que sean verdaderamente calificados, y que quien dirige el país sea capaz de escucharlos antes de tomar decisiones. Ahí tenemos el ejemplo de Obama: para su estrategia hacia el castrismo se rodeó de asesores bastante poco informados de la realidad cubana y de las características y estilos de sus dirigentes y su población, y ahí están los resultados: casi dos años haciendo concesiones y más concesiones al castrismo sin recibir a cambio ni las gracias.

 

Además, Donald Trump no será tampoco el primer presidente de Estados Unidos que asuma el cargo sin experiencia política anterior. Pensando solamente en los tiempos más recientes, Dwight Einsehower no tenía ninguna -provenía de las fuerzas armadas- y fue presidente entre 1952 y 1961. Barack Obama tampoco tenía demasiada -abogado que no ejercía, trabajador comunitario, y una corta carrera de senador- y lo ha sido desde el 2009 hasta que termine su mandato en enero del 2017. Y no son los únicos.

 

Tal vez Donald Trump resulte decepcionante. O tal vez simplemente normal. O quién sabe si brillante.

 

No es cuestión de defenderlo o acusarlo ciegamente o “por principios” desde incluso antes de que comience a gobernar. No sería inteligente, justo ni moral. Y pretender extrapolar su estilo de liderazgo y sus acciones por lo que se ha visto y escuchado en una campaña electoral que resultó tremendamente fuerte, agresiva y sucia por todas las partes, tanto durante las primarias como en la presidencial, podría llevar a conclusiones desacertadas, antes que todo por precipitadas y no confirmadas con la realidad de los acontecimientos. De manera que no estaría tan mal esperar antes de comenzar a valorar festinadamente.

 

Porque al fin y al cabo se trata de un Presidente que muchos consideraban que era absolutamente “imposible” que pudiera llegar a serlo.