Cubanálisis El Think-Tank

           ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

   

Dr. Eugenio Yáñez, Estados Unidos

 

 

 

Desmantelando el fidelismo: el turno de las universidades

 

Sin prisa, pero sin pausa, Raúl Castro continúa desmontando el fidelismo al mismo tiempo que destaca la figura de su hermano como “líder” de la revolución. Hace igual que los chinos, que refuerzan la dictadura del partido comunista mientras desarrollan el capitalismo bajo la augusta mirada de Mao Tse Tung desde una enorme foto en la Plaza Tiananmen.

 

Ahora ha tocado el turno a las universidades en Cuba, y se echa por tierra aquella absurda idea de la universalización de la universidad, desencadenada por el Comandante en el año 2000, en medio del período especial, pretendiendo la creación de un centro universitario prácticamente en cada municipio del país, algo así como los Comités de Defensa de la Revolución, uno por cuadra, “en cada cuadra un Comité…”.

 

No fue ese el único disparate de Fidel Castro con relación a la enseñanza superior y la organización de las universidades cubanas, pero sin dudas clasificaba como la máxima desarticulación de un sistema universitario que ya en aquel momento contaba con más de 270 años de antigüedad y experiencias.

 

Una brevísima visión histórica

 

La Real y Pontificia Universidad de San Gerónimo de La Habana fue oficialmente fundada el 5 de enero de 1728, en la sede tradicional de la Orden Dominica en La Habana, el Convento de San Juan de Letrán, ubicado entre las calles O’Reilly, Obispo, Mercaderes y San Ignacio, en lo que hoy se conoce como La Habana Vieja, contando con cinco facultades: Artes o Filosofía, Teología, Cánones, Leyes y Medicina, autorizadas para otorgar los llamados títulos menores, de bachiller, y mayores, de licenciado y doctor.

 

La Universidad de La Habana, única en el país hasta 1947, durante toda su historia fue labrando no solamente un sólido prestigio profesional y docente como institución pública, sino que a la vez acumulaba un rico historial revolucionario, que se expresó claramente durante las guerras por la independencia durante el siglo 19, así como en los duros enfrentamientos frente a la corrupción de los gobiernos republicanos de turno, y contra las tiranías de Gerardo Machado en la década del treinta y de Fulgencio Batista en la década de los cincuenta.

 

Lamentablemente, y de manera especial en la década de los años cuarenta, la Universidad también fue asiento y refugio de organizaciones gangsteriles y pandilleros de gatillo alegre, “estudiantes” muy sui géneris, no pocos de ellos veteranos de agrupaciones revolucionarias que se habían enfrentado al machadato en los años treinta, y que ahora, bajo nombres que recordaban o sugerían organizaciones revolucionarias de entonces, mantenían batallas por el control de la universidad, mantener presión sobre los profesores y autoridades universitarias en función de sus propios intereses, y asegurar la ascendencia “protectora” sobre los estudiantes, en una oscura etapa que fue bautizada por los cubanos como la del “bonche” universitario. Atentados y asesinatos eran parte de la vida cotidiana universitaria. En aquel pernicioso ambiente dio sus primeros pasos “revolucionarios” Fidel Castro.

 

Al triunfar la revolución en 1959 ya la enseñanza universitaria en Cuba contaba con una experiencia de más de 220 años en la Universidad de La Habana, a la que se sumaban experiencias más breves pero también muy fecundas de otras universidades públicas, como la Universidad de Oriente, en Santiago de Cuba, fundada en 1947, y la Universidad Central de Las Villas, en Santa Clara, fundada en 1952. Existían además tres universidades privadas, que actualmente el régimen dice que fueron creadas por el gobierno de Batista para restar protagonismo a las tres universidades públicas. En estas últimas estudiaban unos veinte mil alumnos al comenzar 1959, aunque muchas instituciones universitarias habían permanecido clausuradas por las actividades revolucionarias que se desarrollaban en sus instalaciones.

 

Fidel Castro conocía perfectamente el potencial revolucionario que podía encerrar tanto la Universidad de La Habana como todas las universidades del país, públicas y privadas. Durante la República se habían llevado a cabo en el ámbito universitario nacional importantes actividades cívicas o insurreccionales, como la fundación de la Federación Estudiantil Universitaria (FEU) en 1922; la Protesta de los Trece (1923); las luchas a favor de la reforma universitaria en toda América Latina (década de 1920); el Directorio Estudiantil Universitario de 1927 contra la prórroga de poderes de Machado, donde participaron Eduardo Chibás, Antonio Guiteras y Aureliano Sánchez Arango, entre otros; el Directorio Estudiantil Universitario de 1930, por el derrocamiento de la dictadura de Machado, integrado entre otros por Carlos Prío Socarrás, Rafael Trejo, Pablo de la Torriente Brau, José Lezama Lima, Raúl Roa, Juan Marinello y Salvador Vilaseca (los dos últimos ocuparon el cargo de Rector de la Universidad de La Habana después de 1959); y por último, el Directorio Revolucionario, fundado en 1956 por José Antonio Echeverría, presidente de la Federación Estudiantil Universitaria, junto a Fructuoso Rodríguez, Faure Chomón y Joe Westbrook, entre otros, para enfrentar la tiranía de Fulgencio Batista.

 

El Directorio Revolucionario llevó a cabo una de las acciones más audaces de la lucha contra el régimen batistiano, el asalto al Palacio Presidencial y la emisora Radio Reloj -de alcance nacional- en La Habana (marzo 13, 1957), donde, junto a jóvenes de otros sectores perecieron decenas de estudiantes revolucionarios, entre ellos José Antonio Echeverría. Como homenaje a esas heroicas acciones, cambió su nombre a Directorio Revolucionario 13 de Marzo, participó activamente en la lucha guerrillera y la clandestinidad urbana contra la tiranía, y tras el triunfo de 1959, después de que muchos de sus integrantes se separaran de la estafa revolucionaria, se unió al Movimiento 26 de Julio y el Partido Socialista Popular en los procesos de unificación de las organizaciones revolucionarias que terminaron en la fundación del Partido Comunista de Cuba en 1965.

 

Consiguientemente, una de las primeras intenciones del gobierno de los guerrilleros en 1959 fue asegurarse que las universidades fueran “revolucionarias”, para lo cual promovió a sus seguidores a la presidencia de la FEU, primero al entonces comandante Rolando Cubelas, y un año después al dirigente del “26 de Julio” Ricardo Alarcón, electos mediante las llamadas “candidaturas de unidad” que excluían a otros aspirantes.  Paralelamente,  hasta enero de 1962, se lleva a cabo un proceso que llevó a proclamar la Reforma Universitaria, que abarcaría todas las universidades del país, bajo la égida del Ministerio de Educación. Silenciosamente, quedó abolida de facto la autonomía universitaria, logro de los estudiantes cubanos y de todo el mundo, y uno de los requisitos fundamentales para la libertad y la solidez de la enseñanza universitaria en cualquier país democrático.

 

La reforma universitaria

 

La reforma universitaria de 1962 buscaba más que nada resortes ideológicos para la radicalización de la revolución, y tuvo que incluir la tristemente célebre “depuración” de profesores y alumnos, ya fuera por arbitraria expulsión al no ser considerados lo suficientemente “revolucionarios”, o porque ellos mismos voluntariamente se alejaban de las universidades, con la intención tarde o temprano de abandonar el país donde ya comenzaba a imperar la arbitrariedad y el extremismo. Eran los primeros ensayos de aplicación del principio de que la universidad tenía que ser solamente “para los revolucionarios”.

 

Aunque oficialmente se declaraba una profunda reforma en lo académico, lo administrativo y en todos los órdenes y procesos de la gestión universitaria, en realidad la prioridad era “lo político”, eliminar el “elitismo burgués” de las universidades, el que supuestamente era un lastre para las universidades del país, a pesar de los notables resultados docentes y científicos de las altas casas de estudio cubanas durante muchos años. Aquella reforma universitaria de 1962 constituyó, según documentos oficiales de la Universidad de La Habana, “la síntesis del pensamiento revolucionario en torno a la academia”.

 

Tan evidente es esta politización de las universidades cubanas después de 1959 que en las informaciones oficiales de la Universidad de La Habana sobre alumnos y profesores destacados hasta el día de hoy, además del infaltable en las leyendas oficiales Fidel Castro, se señalan, entre otros con suficientes merecimientos para estar en el listado, a Félix Varela, Carlos Manuel de Céspedes, Ignacio Agramonte, Julio Antonio Mella, Rubén Martínez Villena, Pablo de la Torriente Brau, Ramiro Guerra, Enrique José Varona, y Carlos J Finlay, pero aparecen también en ese listado el subversivo chileno Max Marambio (“el Guatón”), actualmente acusado por el gobierno cubano por supuestos malos manejos de dinero en negocios conjuntos; el terrorista Mahmud Ahmadineyad, ex-Presidente de Irán, a quién se entregó un doctorado Honoris Causa en Ciencias Políticas (como a Hugo Chávez y Evo Morales); y el dirigente comunista español Gaspar Llamazares.

 

Sin embargo, el listado oficial “olvida” mencionar a sólidas figuras intelectuales cubanas que podrían figurar con pleno derecho entre alumnos o profesores destacados, pero que se apartaron de “la revolución” y emigraron, como Jorge Mañach, Herminio Portell Vilá, Salvador Massip, Leví Marrero, Guillermo Cabrera Infante, el general José Quevedo, Nicolás Quintana, Luis Aguilar León o Carmelo Mesa Lago, por mencionar unos pocos.

 

En el plano estrictamente académico se crearon o reestructuraron entonces con la reforma universitaria de 1962 diferentes carreras, entre otras las de Historia, Química, Física, Biología, Matemática, Geografía, Psicología, Economía, Derecho, Ciencias Médicas, Pedagogía o Veterinaria. La campaña de adoctrinamiento político-ideológico con la posterior incorporación de estudios políticos obligatorios para los estudiantes, con asignaturas de “filosofía marxista” y “economía política”, agravó con el tiempo la carga laboral de los docentes y la capacidad de estudio de los alumnos, que independientemente de que estudiaran carreras de medicina, arquitectura o matemáticas, tenían que escuchar, leer y sufrir sobre “el problema fundamental de la filosofía” o “el fetichismo de la mercancía”, a partir de insoportables textos soviéticos de la época estalinista.

 

El crecimiento del acceso a la educación fue creando también problemas de capacidad en la clásica “colina universitaria”, sede del campus de la Universidad de La Habana (UH), en la zona de El Vedado, y diferentes instituciones se fueron separando territorialmente, pero perteneciendo todavía a la Universidad habanera. Así, los estudios de Ciencias Médicas fueron a las áreas conocidas como “Victoria de Girón”, en antiguas instalaciones docentes y viviendas de la zona más residencial y acomodada de la ciudad; los de Tecnología a la Ciudad Universitaria José Antonio Echeverría (CUJAE), cerca de la avenida que lleva al aeropuerto de Rancho Boyeros; los de Pedagogía al Instituto Pedagógico Enrique José Varona, en Ciudad Libertad (antiguo campamento de Columbia); y los de Ciencias Agropecuarias a instalaciones en áreas rurales localizadas en las afueras de La Habana.

 

Se expandió la educación universitaria en todo el país: los primeros cursos priorizados fueron los de Ciencias Médicas, ante la salida de médicos y estomatólogos del país y el interés de extender los servicios médicos por toda la nación. En las otras áreas docentes, además de los cursos regulares diurnos, se crearon Cursos para Trabajadores y Cursos Dirigidos (Educación a Distancia), donde participaban miles y miles de estudiantes. Enormes contingentes de estudiantes fueron enviados desde 1960 a cursar estudios superiores por cuatro o cinco años en la desaparecida Unión Soviética y los demás “países socialistas”.

 

Se ampliaron los Cursos de Verano y los departamentos e instalaciones de investigación, a la vez que se fundaban nuevas instituciones que terminarían recibiendo carácter universitario si no lo habían sido desde el mismo comienzo, como el Instituto Técnico Militar (ITM), el Instituto Superior de Arte (ISA) o el Instituto Superior de Cultura Física (ISCF). También llegarían a ese alto nivel docente los “planes” improvisados por Fidel Castro, como el de Formación de Profesores de Enseñanza General y Media, para la creación acelerada de profesores de enseñanza secundaria y preuniversitaria, imprescindibles en un país donde el “boom” de la enseñanza primaria comenzaba a graduar de sexto grado decenas de miles de estudiantes que requerían de educación secundaria y preuniversitaria que, para mayor complicación, se suponía que era obligatoria, al menos hasta el noveno grado, y donde no se habían atendido seriamente las necesidades de formación de maestros durante la primera década revolucionaria.

 

Ideología y academia

 

La demanda de profesores universitarios, naturalmente, se multiplicó con todos estos procesos, pero no siempre el crecimiento cuantitativo pudo estar en correspondencia con el cualitativo de los claustros. Aunque se mantuvieron élites profesorales en casi todas las especialidades universitarias, reconocidas por sus conocimientos, prestigio y resultados, comenzaron a aparecer también muchos mediocres amparados en carnets del partido o en un pretendido “historial revolucionario”, que ponían en entredicho el prestigio de la profesión. Quedó eliminado el sistema de competencia (“oposiciones”) para aspirar a las plazas de profesor universitario, y aunque en los comienzos de esa nueva realidad todavía se buscaba mucho en los aspirantes la capacidad profesional fundamentalmente, con el tiempo se fue imponiendo cada vez más decisivamente el requisito de la “confiabilidad política” antes que la capacidad profesional de los docentes.

 

Por otra parte, la supresión de los exámenes de ingreso a las universidades permitió la entrada a los centros de educación superior de estudiantes sin la adecuada preparación secundaria y media para cursar sus carreras, lo que terminaba expresándose en alumnos universitarios y hasta graduados cargados de faltas de ortografía o incapaces de redactar un informe coherente sobre su especialidad. Hubo ocasiones extremas donde hasta podrían competir profesores y alumnos en faltas de ortografía o evidentes limitaciones en el uso de la gramática.

 

En un país con muy pocos incentivos materiales para la vida y una agobiante propaganda  exaltando la austeridad y la modestia (para los cubanos de a pie, no para la camarilla dirigente), la obtención de un título universitario se convirtió en uno de los pocos símbolos de estatus y prestigio social ampliamente reconocido, a la vez que representaba la posibilidad de obtener salarios relativamente superiores comparados con los de los graduados de nivel medio o elemental, gracias a las dogmáticas escalas salariales establecidas en el país, no en base a los conocimientos o experiencia reales, sino a certificaciones académicas y docentes.

 

Para el año 2004, por ejemplo, los documentos oficiales señalaban más de 235,000 estudiantes de nivel superior en el país, y posteriormente informes de la UNESCO sobre el curso escolar 2010-2011 señalaba que “abrieron sus puertas 68 universidades de la isla caribeña, con una inscripción de 531,127 alumnos, de los cuales 30 mil fueron de nuevo ingreso”

 

Y en el mes de enero del 2011 el entonces Ministro de Educación Superior Miguel Díaz-Canel, actualmente vicepresidente primero de los Consejos de Estado y de Ministros, señalaba que:

 

“Como resultado del desarrollo ascendente de la universidad cubana, con énfasis en la formación de profesionales en el período 1960-2010, en diversas tipos de cursos, desde los más tradicionales con estudiantes a tiempo completo en los cursos diurnos, hasta diversas modalidades de cursos para trabajadores y cursos de educación a distancia, en agosto 2010 se superó la cifra de un millón de graduados universitarios en el país”.

 

Indudablemente, y sin pretender demeritar la formación y conocimientos adquiridos por los graduados universitarios cubanos durante más de cincuenta años, es evidente que al régimen siempre le interesó mucho más la cantidad que la calidad de sus graduados, a los efectos de la propaganda y el control ideológico.

 

La proverbial incapacidad del “socialismo real” para la gestión de cualquier actividad, y la sobrecarga burocrática e ideológica del trabajo de las universidades, hicieron cada vez más difícil dirigir estas actividades en Cuba, aunque resultaran, en cuanto a cantidad de profesores y estudiantes, mucho menores y menos desarrolladas que las que existentes en otras mega-universidades de América Latina, como la Universidad de Sao Paulo (USP) en Brasil o la Autónoma de México (UNAM). Estando en Brasil en los años ochenta recuerdo a un funcionario de la Universidad de Sao Paulo decirme, en broma y en serio a la vez: “Dirigir una universidad como esta no es difícil. ¡Es imposible!”.

 

Durante los años finales de los sesenta y la década de los setenta la Universidad de La Habana, referente para las demás universidades del país, estaba organizada en siete facultades, con la intención de dirigir centralizadamente todos los procesos docentes, de investigación  científica y administrativos: las de Ciencias y Humanidades se mantenían en la “colina universitaria”; la de Economía, muy cerca de allí, para ir caminando, en L y 21, Vedado; Ciencias Médicas como ya se mencionó, en “Victoria de Girón”, al oeste de la capital; Tecnología en la CUJAE, al sur de La Habana; Pedagogía en Ciudad Libertad, también al oeste; y Ciencias Agropecuarias en San José de las Lajas, al sureste de La Habana.

 

La sovietización de la educación superior en Cuba

 

Tras la realización del Primer Congreso del Partido Comunista de Cuba en diciembre de 1975 comenzó el proceso de “institucionalización” en el país, la forma eufemística de llamar a la fotocopia del modelo soviético que se implantaría en todos los sectores y territorios, condición impuesta por los dirigentes soviéticos para continuar financiando el manicomio castrista. De modo que en julio de 1976 fue creado el Ministerio de Educación Superior como parte de la Administración Central del Estado, y fue designado ministro un nefasto personaje, Fernando Vecino Alegret, quien ocuparía el cargo durante casi 30 años.

 

El ministro era un veterano del exilio antibatistiano en Estados Unidos y las guerrillas en la Sierra Maestra, graduado de Ingeniería Industrial en la Universidad de La Habana, presidente de la FEU en la Escuela de Ingeniería Industrial de la CUJAE, y fundador de la Unión de Jóvenes Comunistas en 1962, rector del nuevo Instituto Técnico Militar creado en 1966, Jefe de la Dirección Política de las FAR en 1973, jefe político de la misión militar cubana en Angola en 1975, y miembro del comité central del partido comunista.

 

Vecino ejerció su cargo de ministro por casi tres décadas con el mismo estilo castrense de cuando era jefe de la Unidad Militar 3441, una Brigada de Tropas Coheteriles terrestres de las Fuerzas Armadas ubicada en el este de La Habana, donde los soldados, incorporados voluntariamente a las fuerzas armadas por su nivel cultural y preparación técnica, podían perder el pase reglamentario, que se otorgaba cada bastante tiempo, si en vez de decir “grupo 4” se referían al “grupo técnico”, uno de los grupos que componían la brigada, porque eso supuestamente podría permitir “al enemigo” conocer el carácter de brigada de tropas coheteriles de la unidad militar.

 

Bajo la férula del general Vecino Alegret, las instrucciones de Fidel Castro y los consejos de los asesores de la URSS, la educación superior en Cuba se estancó, se dogmatizó y se sovietizó. Se eliminó la independencia de cátedra de los profesores y la creatividad de los docentes, se estableció con carácter obligatorio el “plan de clase” (copiado del “plan de lección” de las fuerzas armadas) y el sistema de castas (categorías docentes), así como la absurda y dogmática división obligatoria de las actividades docentes entre conferencias, seminarios, talleres y clases prácticas, categorización que tal vez tendría sentido en temáticas determinadas de ciencias puras, naturales y aplicadas, o en tecnología, pero muy poco en procesos docentes-educativos de otras especialidades del saber, como las humanidades o las ciencias sociales.

 

Comenzó a proliferar, copiando el modelo soviético, un conjunto de centros de educación superior absolutamente independientes de las universidades clásicas, como eran algunos institutos politécnicos de una muy clara especialización, como minería, por ejemplo, pero muy lejos de los modelos universitarios encarnados por instituciones de este tipo ampliamente reconocidas y ya clásicas en el mundo, como los Institutos de Tecnología de Massachussets (MIT), de California, o de Georgia, en Estados Unidos, o el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey (ITESM) en México, popularmente conocido como el Tecnológico de Monterrey.

 

En este dispar grupo que se fue creando aparecían Institutos de Ciencias Agropecuarias, Pedagógicos, de Ciencias Médicas, y Politécnicos o Tecnológicos, tanto en La Habana como en provincias, así como “Universidades” o “Centros Universitarios” provinciales en todo el país, además de la Academia Superior y las Escuelas de Cadetes de las Fuerzas Armadas (MINFAR), o el Instituto Superior del Ministerio del Interior (MININT), centros algunos con un nivel real profesionalmente destacado y aceptado de enseñanza superior, y otros que siempre dejaron y dejan todavía mucho que desear.

 

Junto a ello, se dio carácter de centros de enseñanza superior a diversas instituciones de carácter estrictamente político-ideológico que dudosamente merecerían esa categoría en cualquier otro país, como la Escuela Superior y las escuelas provinciales del Partido Comunista, variantes cubanas de las “madrasas” islámicas, para la enseñanza dogmática y la preparación y fortalecimiento ideológico marxista-leninista, donde generosamente se entregaban y se entregan diplomas de Licenciatura en Ciencias Sociales a “dirigentes” políticos y administrativos cubanos que realmente lo podrían realmente merecer por sus conocimientos y esfuerzos, pero también a otros cubanos o extranjeros, guerrilleros, terroristas en receso, subversivos de todo tipo, dirigentes políticos de cualquier cosa, todo tipo de parásitos, y otros inefables cuadros profesionales cuasi-analfabetos incrustados en cualquiera de las instituciones y grupos “revolucionarios” del planeta.

 

El frenesí y la locura llegaron a proclamar en Cuba, país tercermundista subdesarrollado y con una economía en crisis permanente y subsidiada por potencias extranjeras, la muy sorprendente existencia de 69 centros de educación superior, cada uno de los cuales, en el mejor estilo de ineficiencia soviética, contaba con rector, vice-rector primero, vice-rector docente, vice-rector de investigaciones y postgrado y vice-rector económico, además de decanos, directores, jefes de departamentos, jefes de secciones, doctores, candidatos a doctores, ingenieros, licenciados, profesores titulares, auxiliares, asistentes, instructores, consejos de dirección, consejos científicos, secretarios del partido, la juventud comunista y los sindicatos.

 

Todo eso y mucho más en un país donde en muchas ocasiones no se disponía en esas excelsas instituciones de computadoras, papel para escribir, fotocopiadoras, máquinas de fax, papel, tinta, bolígrafos, presilladoras, un forro de cartulina para encuadernar un informe, o una elemental cafetería medianamente surtida para profesores y alumnos.

 

La enseñanza de posgrado tuvo durante estos años mucho movimiento y se vivió de forma masiva la fiebre de los cursos de postgrado y la formación de candidatos a doctores en los países del “campo socialista” y, en mucha menor cantidad, de masters, grados que se obtenían en el mundo capitalista, porque en el mundo del “socialismo eral” no se otorgaban. Se suponía que con esta masificación de grados científicos se lograría casi automáticamente el mejoramiento de la calidad profesional de la enseñanza, al contar con grandes cantidades de profesores que hubieran obtenido grados científicos.

 

Sin embargo, se pasaba por alto que, tan importante o más que la obtención de los grados científicos, independientemente de la cantidad de profesores que los obtuvieran, era la culminación de investigaciones y la presentación de informes y reportes científicos sobre la especialidad, así como escribir libros y folletos especializados en diversos ámbitos del conocimiento, y la aplicación de los resultados de las investigaciones a la economía, desenlaces todos que deberían ser los verdaderos indicadores para medir la solidez y la profundidad científica de las instituciones de enseñanza superior y de cada uno de los profesores en particular.

 

Sin pretender demeritar a ningún especialista que haya obtenido grado científico en toda aquella etapa, de cualquier nivel o en cualquier lugar, en mis catorce años de experiencia como profesor universitario -y yo también obtuve un grado científico- tuve el dudoso honor de conocer a más de un “candidato a doctor” cubano (denominación que en el “campo socialista” se daba al equivalente de “doctor” en el resto del mundo), que escribía en idioma español con faltas de ortografía y evidentes limitaciones de gramática y redacción. Y lo peor de todo era que no estaban concientes de sus limitaciones y carencias. Todos ellos, sin embargo, tenían obligatoriamente que haber aprobado los correspondientes exámenes de filosofía marxista-leninista requeridos para poder defender sus tesis para optar por grados científicos

 

La red de centros de investigación, tanto los independientes de las universidades del país como aquellos organizados dentro de los centros de enseñanza superior, o en los departamentos de las diferentes escuelas y facultades, sufría el mismo mal que caracterizaba a todas las redes de investigación científica en los países del “socialismo real”, pero también a no pocas instituciones en el mundo occidental, quizás con la excepción de las instituciones más avanzadas existentes en los países más desarrollados: la baja correlación entre la producción de investigaciones y la incorporación de los resultados de las mismas a la producción y los servicios. Para nada valen las sesiones científicas, eventos y seminarios si los resultados de las investigaciones no se convierten en nuevos productos, procesos y procedimientos en la producción o en los servicios en el país, en primer lugar, y si pudieran ser extendidos al ámbito internacional, mucho mejor. En este campo, la educación superior en Cuba no estuvo mucho peor que las instituciones homólogas del “campo socialista”, y también pueden compararse de tú a tú con muchas instituciones latinoamericanas y caribeñas que no se caracterizan precisamente por constituir vanguardias científicas en el continente o en sus propios países.

 

El período especial

 

En todo ese limbo conceptual, docente, infraestructural y logístico del universo de la enseñanza superior en Cuba y las malas fotocopias de las experiencias importadas del llamado campo socialista transcurrieron muchos años y se estableció muy fuertemente el inmovilismo, de manera que al producirse el derrumbe del “campo socialista” y la inevitable llegada del así llamado Período Especial en Tiempos de Paz, los centros universitarios cubanos siguieron comportándose como si no se hubieran enterado o no supieran de las profundas transformaciones que se estaban produciendo en todo el mundo, académico o no, desde Beijing a Managua, desde Praga a San Petersburgo, desde Ulan Bator a Luanda, desde Hanoi a Addis-Abeba. 

 

A pesar de esas nuevas realidades, la línea general de actividad de las universidades y de todos los centros de educación superior en el país reflejaba el comportamiento práctico tanto del gobierno como de todo el país: llamar a la resistencia, el esfuerzo y el sacrificio. “Firmeza y optimismo”, acaba de pedir ahora Raúl Castro a los cubanos: lo mismo se pedía por el gobierno, hace veinte años, cuando era inminente el comienzo del período especial. Entonces, como ahora, muy pocos elementos novedosos de gestión universitaria contemporánea, análisis de la importancia, impacto y utilidad de cada una de las carreras y de la calidad de los graduados de cada una de ellas, utilidad general para el país tanto de los graduados de esos centros como de la actividad de los centros de la educación superior y de cada profesor e investigador de esos centros, en resultados concretos.

 

En líneas generales, la educación superior, como todo el país, se preguntaba cómo y hasta dónde se entraría en el período especial y como se podría resistir lo que viniera. Sin embargo, la verdaderamente única pregunta importante en esa situación, para el país y para la enseñanza superior, no se formulaba nunca, y podría decirse que en general tampoco se ha formulado hasta hoy: ¿Cómo se podría salir del período especial? No solamente nadie lo sabía, y parece que nadie lo sabe todavía, sino lo que es peor aun: nadie se lo preguntaba ni se lo pregunta.

 

Era el año 2000, en medio de esas dificultades y de esas indefiniciones, entre continuos “apagones” eléctricos y terribles escaseces de alimentos, vestuario y transporte, cuando parecía que las dificultades podrían comenzar a tocar fondo, pues se habían decretado algunas medidas para la reactivación económica del país, y Hugo Chávez ya había logrado en 1998 la presidencia de Venezuela. Fue entonces que a Fidel Castro, en otra de sus utopías seniles, se le ocurre lanzar una campaña populista y demagógica, como parte de la funesta “Batalla de Ideas” de todos esos años, con el objetivo de hacer de Cuba “el país más culto del mundo”, y con ese absurdo criterio comienza a llevar a cabo el proceso conocido como la universalización de la enseñanza, con el objetivo declarado de acercar la Universidad a los 169 municipios existentes, pero con la verdadera intención de crear prácticamente universidades municipales, supuestamente para que todos los cubanos pudieran realizar estudios superiores en sus mismos lugares de residencia.

 

En realidad, la idea era otra: a falta de carne, leche, frijoles, electricidad y transporte, demos educación universitaria para todos: no importa la calidad que pueda alcanzarse, sino la cantidad de profesores y estudiantes que sean involucrados en la “batalla”. En vez de tener a los cubanos pasando calor y dificultades en sus casas, sin electricidad, sin comida y sin nada que hacer, y pensando en quién sabe qué, tengámoslos en las aulas, estudiando cualquier cosa, sin que les quede demasiado tiempo para preguntarse por qué las cosas están tan mal en Cuba, hasta cuándo estarán así, y qué están haciendo el gobierno y el partido para mejorarlas.

 

El Ministro de Educación Superior, el inefable Candidato a Doctor y general de la reserva Fernando Vecino Alegret, en vez de alertar a Fidel Castro de las dificultades y retrocesos que ese proyecto significaría para la ya muy deteriorada enseñanza superior en Cuba, solo atinó a gritar ¡Comandante en Jefe, Ordene!, y puso manos a la obra.

 

La “universalización de la enseñanza”

 

Los resultados, como se comprenderá, fueron desastrosos. No se trataba de ubicar aulas universitarias en las cabeceras de los municipios para facilitar la asistencia a clases de los estudiantes de cursos para trabajadores y estudios dirigidos, lo cual sin dudas hubiera sido algo positivo en cualquier lugar del mundo, sino de crear universidades a nivel municipal, lo cual no era más que un desaguisado sin posibilidad alguna de materializarse ni de lograr resultados positivos.

 

Aparentemente, ni Fidel Castro ni los sesudos del ministerio de Educación Superior o el partido comunista se detuvieron a pensar de dónde vendrían los profesores que impartirían clases en las nuevas instalaciones, de cuáles eran las necesidades constructivas y arquitectónicas de los locales para las clases (ventilación, iluminación, acceso, etc.), y mucho menos de dónde saldrían la base material de estudios y los recursos requeridos para la enseñanza, no ya los más modernos y sofisticados, sino incluso los más sencillos y modestos, como libros, libretas, folletos o mapas.

 

O es que quizás se pensó en el proyecto como si se tratara de aquellos diseños educativos que se utilizaban en los tiempos carolingios de la Edad Media, con el Trivium y el Quadrivium como conocimientos fundamentales a impartir: Gramática, Lógica y Retórica en el Trivium, y Aritmética, Geometría, Música y Astronomía en el Quadrivium.

 

Sin embargo, ni aún con mentalidad medieval se podría lograr esa enseñanza en la Cuba del siglo 21, donde no se dispone ni siquiera de los recursos fundamentales ni de los profesores para poder impartir seriamente ni el Trivium ni el Quadrivium carolingios en cada municipio cubano.

 

Por otra parte, dadas las carencias de suficientes profesores con la formación requerida y de recursos fundamentales, lo único que verdaderamente podría lograrse, aunque nunca se declarara así ni de broma en ningún lugar ni en ningún momento, era una enseñanza escolástica, superficial e incompleta. Si a ello se suma la extraordinaria carga ideológica que caracteriza a toda la enseñanza en Cuba, las posibilidades de verdaderos éxitos docentes y educativos en estos programas parecerían demasiado limitadas.

 

Se destinaron, como en todos los delirios de Fidel Castro, infinidad de recursos, que el país necesitaba para tantas otras cosas, para las tareas que generaba el desproporcionado proyecto, sin que nadie se preocupara en preguntarse cuánto costarían esas nuevas aventuras y qué otros proyectos quedarían en el aire para satisfacer el ego del Comandante. Se utilizaron no solo las instalaciones universitarias existentes, sino también nuevas sedes, aulas universitarias, policlínicos y microuniversidades pedagógicas en todo el país, supuestamente por ser instalaciones que reunían condiciones adecuadas. Se comenzaron a crear y multiplicar aceleradamente las llamadas Sedes Universitarias Municipales (SUM) de las cuales ya existían 390 en el curso 2002-03, 774 en el 2003-04, 938 en 2004-05, y 3,150 en 2005-06 y 2006-07.

 

En el año 2005 ya existían 230,000 estudiantes en las Sedes Universitarias Municipales, cursando 46 programas de pregrado (carreras) de Humanidades, Economía, Ciencias Técnicas (incluyendo Informática), Ciencias Médicas, Pedagógicas y otras asociadas a la Educación Física y Deportes. En el curso 2006-07 la cifra ya había ascendido a 528,442 estudiantes en 47 programas de pregrado.

 

Y se comenzaron a utilizar masivamente con carácter fundamental técnicas audiovisuales que resultan útiles como complementos, como pueden ser las conferencias en videocasetes, pero que por sí solas, aunque participen los más avezados y capacitados profesores en las conferencias, no garantizan la enseñanza-aprendizaje en las condiciones requeridas. Como todos los proyectos masivos del Comandante, hasta el año 2005 se habían entregado gratuitamente 4.5 millones de libros y 1.2 millones de guías de estudio, mientras millones de hectáreas de tierras laborables en todo el país se llenaban de marabú y se gastaban más de mil millones de dólares anuales importando alimentos que podrían producirse en Cuba.

 

Además, al programa habían sido vinculados hasta el mismo año 2005 un total de 13,855 profesores de las sedes centrales de las universidades, 1,291 alumnos ayudantes, y 59,866 profesores adjuntos, para un total de 75,012 docentes vinculados al proyecto, que ya en el 2006-07 alcanzaron la cifra de 114,060, de ellos 94,375 a tiempo parcial.

 

Nadie explicaba ni se preocupaba de explicar cómo se preparaban docentemente esos educadores, fundamentalmente los profesores adjuntos (trabajadores de la producción y los servicios que además impartían clases en las Sedes Universitarias Municipales), con supuestamente evidente formación, experiencia y resultados positivos en sus actividades productivas o de servicios diarias, pero por revelarse en su carácter de profesionales de la docencia universitaria, y que, por si fuera poco, constituían en el año 2005 el 79.83% de la fuerza docente total del proyecto hasta esa fecha.

 

Ni parecía darse demasiada importancia, en los informes triunfalistas de los adláteres del régimen, a “pequeños detalles” como la carencia o la desvinculación de contactos e interacción de las Sedes Universitarias Municipales con las sedes centrales, a través de correo electrónico o de inexistentes redes de comunicación informática con las sedes centrales.

 

En noviembre del año 2005 Fidel Castro habló en la Universidad de La Habana, en una meliflua celebración del sexagésimo aniversario de su ingreso a la Universidad, donde fue un terrible y desordenado estudiante, y utilizó un tono y palabras que sonaron a despedida de alguien que sabe que su salud está en sus finales. A partir de ese momento y en 2006 se produjo una campaña propagandística acelerada del aparato ideológico del régimen para el evidente encumbramiento de Raúl Castro como sustituto “natural” de Fidel Castro tras su eventual muerte (aunque esta parte del asunto nunca se mencionaba).

 

Sin embargo, no fue la muerte del Comandante lo que se produjo, sino el alejamiento de Fidel Castro de todos los círculos del poder en Cuba, forzado por graves padecimientos y condiciones de salud. En medio de todas esas vorágines del año 2006, Fernando Vecino fue destinado a “otras tareas”, es decir, “tronado” como Ministro de Educación Superior, y en su lugar fue designado el Doctor Juan Vela Valdés, médico de profesión.

 

La era de Raúl Castro

 

En la era de Raúl Castro, a partir del 2006, entre los planes silenciosos pero constantes de desmantelamiento de los delirios del fidelismo y de establecimiento y solidificación del neocastrismo para preparar condiciones que garanticen posteriormente la tranquilidad de la gerontocracia en el poder durante la etapa del inevitable postcastrismo, la “Batalla de Ideas” fue desmantelada totalmente, y el burócrata encumbrado por Fidel Castro hasta el cargo de Vicepresidente del Consejo de Ministros para atenderla fue destinado a cualquier cargo sin la más mínima importancia en no se sabe dónde.

 

Consiguientemente, la universalización de la enseñanza comenzó a correr la misma suerte de las escuelas en el campo, las microbrigadas, los desfiles multitudinarios contra “el imperialismo”, los planes del médico de la familia, la estatización de todos los servicios personales, la revolución energética, los trabajadores sociales, el Grupo de Apoyo al Comandante en Jefe, los trabajos voluntarios, las prohibiciones de acceso a hoteles y centros turísticos o de poseer computadoras y teléfonos celulares. Es decir, comenzó a languidecer sin pena ni gloria, como ese Estado burgués que según decía Federico Engels se “extinguiría” cuando desapareciera la propiedad privada. Solo que muchos de los muy delirantes proyectos de Fidel Castro se están extinguiendo, sin alboroto ni anuncios, sin que sea necesario esperar a la desaparición del castrismo en Cuba.

 

En agosto del año 2009 fue reconocido el esfuerzo realizado por el Dr. Juan Vela Valdés, pero fue designado Ministro de Educación Superior Miguel Díaz-Canel Bermúdez, la estrella ascendente del neocastrismo y aparentemente el prospecto favorito para el postcastrismo, que después en marzo del 2012 fue nombrado Vicepresidente del Consejo de Ministros, y posteriormente en febrero del 2013 Primer Vicepresidente del Consejo de Estado y del Consejo de Ministros, y que sería sustituido en el Ministerio de Educación Superior por el Dr. Rodolfo Alarcón Ortiz, hasta ese momento viceministro primero del MES.

 

Aparentemente, los cambios necesarios para la educación superior podrían haberse estado gestando ya desde la época de Díaz-Canel como ministro, fundamentalmente la reconfiguración y ampliación de los programas de Ciencias Médicas, para enfrentar el crecimiento de la “ayuda internacionalista” cubana en el campo de la salud en todo el mundo, que ya se venía convirtiendo en una de las principales fuentes de ingresos de divisas para el país.

 

Los resultados obtenidos con la reimplantación de los exámenes de ingreso en los centros de educación superior del país, con pruebas de Matemáticas, Español e Historia, comenzaron a mostrar las múltiples deficiencias con que arribaban los graduados de la enseñanza preuniversitaria, producto a su vez de deficiencias y carencias de suficientes profesores calificados en la enseñanza secundaria y primaria, como el final de una larga cadena desde los primeros pasos en la enseñanza elemental, todo como resultado de los disparates metodológicos y de formación de profesores establecidos a capricho por Fidel Castro y mansamente apoyados sin cuestionamientos por todos los ministros del sector, tanto los de educación (MINED), como los de educación superior (MES), sin excepción.

 

El escándalo por la venta clandestina a los aspirantes a estudiar en la Universidad de La Habana de los exámenes de ingreso que deberían realizar pocos días después, puede haber sido la gota que colmó la copa del régimen en cuanto a la tolerancia y pasividad con los problemas de la educación superior. Haber detectado y llevado a los tribunales a los culpables directos de tal acción corta el delito en ese momento, pero no resuelve el mal de fondo que se puede colegir alrededor de todos estas situaciones.

 

Con todas estas realidades en el ambiente, no debería haber sorprendido demasiado la reciente información en la prensa oficial sobre los resultados del más reciente Consejo de Ministros, donde se planteó muy claramente:

 

“En la reunión [el general de división] Leonardo Andollo Valdés, segundo jefe de la Comisión Permanente para la Implementación y Desarrollo, informó sobre el procedimiento a seguir para extender a otras provincias el experimento de integración de las universidades. Ello da cumplimiento a lo aprobado por el Consejo de Ministros en diciembre del pasado año de realizar a partir de septiembre de 2014 la integración de los centros de Educación Superior de las provincias de Matanzas, Cienfuegos, Sancti Spíritus, Ciego de Ávila, Camagüey y Guantánamo.

 

Para septiembre de 2015 quedarán los de Pinar del Río, Villa Clara, Las Tunas, Granma, Holguín y Santiago de Cuba. En tanto, los de La Habana se integrarán en septiembre del 2016.

 

Acotó que este proceso implicará la fusión y extinción de los centros, para crear una nueva universidad. Con dichas acciones se busca mayor calidad en el desarrollo de la Educación Superior. Disminuirán los cuadros de dirección, habrá un mejor aprovechamiento del claustro, más eficiencia en el uso de las aulas, los laboratorios y la residencia estudiantil. Además, podrá facilitarse la relación con el gobierno, los organismos y las entidades provinciales para incrementar la pertinencia de la universidad en el territorio”.

 

Posteriormente, el Ministro de Educación Superior explicó que las instituciones de Ciencias Médicas no entrarán en el proceso de racionalización, y también se supo que se flexibilizará el ingreso a la carrera de Medicina para “formar médicos de manera más rápida, sin perder la calidad”, lo que recuerda los planes acelerados para la formación de profesores y los “contingentes pedagógicos” de Fidel Castro que fueron establecidos anteriormente y terminaron destruyendo la profundidad y la calidad en la formación de profesores y, con ello, la calidad de los estudios superiores, medios y elementales en todo el país. También se explicó que se elimina la entrevista exploratoria a los interesados en estudiar Ciencias Médicas, y se aplaza el llamado al Servicio Militar Activo para quienes ingresen a la carrera.

 

¿Hasta dónde las reformas en este campo?

 

Hasta ahí el alcance del proyecto actual de Raúl Castro, buscando racionalidad, mayor calidad, sentido común y un mínimo de eficiencia en la educación superior, activos muy escasos en la herencia que Fidel Castro va dejando a toda la nación cubana. Quienes comenzaron a hablar de retorno a la autonomía universitaria, y hasta los que imaginaron una posible privatización de la enseñanza universitaria en Cuba, como hicieron algunos que se lanzaron a comentar de inmediato, harían bien en dejar de lado los sueños de una noche de verano o el consumo excesivo de bebidas etílicas, pues nada de eso se prevé, se concibe, ni mucho menos interesa ni se desea por los jerarcas neocastristas.

 

Los problemas acumulados en la educación superior son demasiados y muy antiguos, y no se pueden resolver en dos días o con medidas organizativas solamente. Mucho menos si son parte de otros muchos problemas que atenazan y desgarran a toda la economía y toda la sociedad cubana. Cuando los problemas generales del país comiencen a resolverse, el día que se decida comenzar a vivir La Edad de la Razón, entonces podrá pensarse con seriedad en reestructurar profundamente la educación superior en Cuba y devolverle el esplendor y la profundidad que se ganó con esfuerzo y dedicación, y que ni aun las más locas aventuras castristas lograron destruir completamente.

 

De momento, habrá que conformarse con la existencia, racionalmente, de menos centros de educación superior que los 69 actualmente existentes, con universidades organizadas a partir de la experiencia universal acumulada por la cultura occidental y no por absurdas imitaciones y malas copias de los fracasados modelos soviéticos, y con que se incremente el rigor y profundidad de los planes de estudio, la calidad de los egresados, la calificación de los profesores, la profundidad de las investigaciones científicas y la aplicación de resultados a la economía.

 

Si además de eso se logra reducir, aunque sea parcialmente, la embrutecedora sobrecarga ideológica en los planes de estudio y las absurdas y abusivas exigencias burocráticas a los profesores, sería un paso de avance comparativamente, aunque resultara insuficiente.

 

Y al menos podríamos conformarnos con que existirán muchos menos rectores, vice-rectores, directores, jefes de departamento, jefes de sección, doctores, masters, ingenieros, licenciados, profesores titulares, auxiliares, asistentes, instructores, consejos de dirección, consejos científicos, secretarios del partido, la juventud comunista y los sindicatos.

 

Y eso, aunque no lo parezca, no es poca cosa.

 

Sin prisa, pero sin pausa, Raúl Castro continúa desmontando el fidelismo, y lo que no haga él lo harán los sucesores.

 

Hasta que un día se vea en La Habana un McDonald’s o un Sedano’s frente a una foto gigantesca de Fidel Castro en cualquier plaza pública.

 

Que ese no sea el mejor destino que deseamos para nuestra Cuba no significa que no sea un escenario posible. O hasta probable, lamentablemente.