Cubanálisis El Think-Tank

ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

   

 

 

                                Dr. Eugenio Yáñez

                                                                                                                                                            

 

DESINFORMACIÓN POR CUENTA PROPIA

 

Si algo ha demostrado el castrismo, desde 1959 hasta el día de hoy, es una absoluta ignorancia del complejo funcionamiento de la economía en el mundo moderno, con independencia de que la propiedad sea privada, estatal o mixta. Y, para no variar, lo reafirma ahora con el supuesto plan de “reformas económicas y privatización” que tiene embelesado a gran número de expertos en el tema cubano en todo el mundo, desde periodistas europeos a presidentes de respetables instituciones.

 

En honor a la verdad, no es una tara exclusivamente castrista ni cubana: por regla general el funcionamiento de la economía, su dinámica y su complejidad sistémica se ignoran, o en el mejor de los casos se subestiman, en todas las latitudes y niveles culturales, desde un Evo Morales hasta el más preparado de los líderes políticos.

 

Ciertamente, el modelo cubano no funciona, nunca funcionó, lo haya dicho o no Fidel Castro, pero también nos faltan explicaciones convincentes sobre por qué la economía de los países desarrollados tampoco funcionó y se fue a bolina.

 

La “mano invisible” del mercado es efectiva a largo plazo, pero no es política, ni necesita votos: los gobernantes pueden no ser efectivos a largo plazo, pero necesitan los votos de la próxima elección: no pueden esperar por esa mano invisible del mercado.

 

Electos democráticamente o aferrados dictatorialmente al poder, los gobiernos necesitan un ambiente social políticamente sosegado: ni crisis ni malestares, para no arriesgar las próximas elecciones o no tener que sacar las tropas a las calles. Ante esta disyuntiva, la economía y su funcionamiento pasan a segundo plano, se esconde bajo la alfombra, como si no existiera.

 

Sin embargo, la economía y el mercado son testarudos: por mucho que les ignoren, estarán presentes. Por mucho que les desprecien, actúan. Por mucho que les subestimen, funcionan. Por mucho que quieran silenciarlos, el sonido del silencio es atronador.

 

En Cuba una humilde jubilada solicita que de alguna manera se regulen los precios en los mercados agropecuarios que funcionan bajo el principio de oferta y demanda (algo así como exigir virginidad a las madres). En Estados Unidos, políticos e intelectuales de prestigio se quejan de que los puestos de trabajo de la era industrial se vayan a países que continúan en la era industrial, porque no entienden que aquí se quedan los de la era de la información (ellos quisieran algo así como una globalización parcial). En el periodismo de países desarrollados nos explican el por qué del alza o la caída de valores el día anterior en las Bolsas de New York o Tokio con argumentos propios de Blanca Nieves para dormir a los Siete Enanitos (como si de un día para otro pudieran analizar millones de ilusiones, temores, análisis y preocupaciones de riesgos en las mentes de millones de accionistas que deciden vender o comprar ahora y no después).

 

Simplemente, el funcionamiento de la economía no se entiende: en realidad, tratar de entenderlo requiere razonamientos tan complejos como los requeridos para comprender el Universo, el pensamiento humano o la sociedad.

 

Si a eso se suma que en las realidades del castrismo cualquier razonamiento o análisis está condicionado por la premisa ontológica de que nada puede cuestionar la ideología oficial (tara genética del totalitarismo comunista en todo el mundo), a la ignorancia se le suma el dogmatismo y el miedo a la verdad: imposible comprender algo.

 

Se han escrito miles de documentos en los últimos días con relación a las medidas que parece haber proyectado el régimen cubano para tratar de evitar que el Titanic termine de hundirse aceleradamente, desde alabarderos del régimen hasta defensores de las jornadas del odio post-castrista, desde quienes dicen que las cosas no están tan mal como para preocuparse tanto hasta quienes no necesitan ni enterarse de lo que pueda estar sucediendo para asegurar doctamente que nada va a funcionar.

 

En sentido general, desde el punto de vista estrictamente económico, muchos análisis son certeros y destacan los puntos débiles y la inconsistencia de los proyectos del gobierno, los diversos aspectos que quedan en el aire y no se pueden definir, las dificultades que van a enfrentar los cuentapropistas y las limitadas perspectivas de éxito del proyecto. El lado débil de muchos de ellos no es el enfoque económico de los análisis, sino no tomar en consideración los condicionantes políticos que giran alrededor de tales medidas.

 

Dejando de lado intenciones y prejuicios, agendas ocultas, protagonismos patológicos y otras miserias humanas, ¿cuál es el dilema existencial de la gerontocracia en la crisis de la economía cubana actual y en las medidas que supuestamente se proyectan para tratar de rescatarla?

 

El de siempre: pretender hacer el amor y mantenerse virgen.

 

Si alguien siempre ha estado claro en esa disyuntiva ha sido Fidel Castro: no por genio, sino por maldad y astucia. Para mantener el totalitarismo y pretender la permanencia vitalicia en el poder no puede abrirse el más mínimo resquicio: la más sencilla grieta termina resquebrajando el dique, la más sencilla apertura termina descomponiendo el sistema. El puño no puede aflojarse. Nunca.

 

No por gusto, anticipándose a Gorbachov y la perestroika, lanzó en 1986 aquel proceso de rectificación de errores y tendencias negativas que castró las muy tímidas y escasas reformas del llamado Sistema de Dirección y Planificación de la Economía de 1976, que se intentó cuado ya todos, hasta él, se habían dado cuenta de que el modelo cubano no era capaz de funcionar.

 

El sueño de toda burocracia –totalitaria o democrática- es regular el mercado, poder arreglar las cosas antes que el mercado actúe: saber exactamente cuántos pares de zapatos se necesitarán, qué modelos, qué colores, qué tallas y a qué precio, o saber cuál será el valor de las viviendas el próximo año para determinar la tasa “justa” de impuestos que se debe establecer para que los presupuestos municipales resulten equilibrados.

 

El hecho de que nadie, nunca, en ningún lugar ni en ninguna época, haya podido lograrlo, no es óbice para no seguir intentando: si los humanos sueñan con ser Dios a su manera, ¿por qué los burócratas no tendrían derecho a su protagonismo virtual? Ya que no pueden multiplicar los panes y los peces, ¿por qué no dedicarse a regular el mercado?

 

En Cuba tampoco es diferente. Ahora el régimen necesita desesperadamente dinamizar la moribunda economía para tratar de evitar el descalabro final, y recurre a medidas inéditas en la historia del castrismo para asegurarse un poco más de tiempo, no porque en verdad crea que una economía independiente del Estado pueda ser mucho más eficiente: de los que juegan a querer ser Dios, nadie lo hace más que los comunistas, y dentro de ellos los castristas.

 

El régimen toma estas decisiones –tarde, mal y nunca- con la esperanza de que las cosas cambien en algún lugar (fuera de Cuba), y que el agua, que ya le llega a los labios, descienda un poco, tal vez hasta el cuello: de ahí el masivo despido de medio millón de trabajadores y la relativa distensión de normas para ejercer el cuentapropismo, apostando a que la efectividad de las medidas disuasorias de los aparatos represivos evitarán una explosión social.

 

Porque aunque tengan que ver con la economía, tales medidas no se basan en la economía: son, ante todo, medidas políticas. Para los que no se hayan enterado todavía, en el castrismo todo es política, política y nada más que política, se trate de economía, deportes, turismo, matemáticas, clima, espeleología, clasificación de insectos, vuelos espaciales o construcción de catedrales.

 

Por eso el régimen apuesta irresponsablemente a que el ansia y enormes necesidades de la población por boniatos, fosforeras que funcionen, zapatos, tijeras afiladas, o techos sin goteras, y una relativa magra solución con el cuentapropismo, junto a la sostenida y muy burda propaganda sobre los logros revolucionarios y la maldad del imperialismo, puedan obnubilar las ansias de libertades individuales, derechos humanos y cívicos, esperanza y dignidad de los cubanos.

 

Sin embargo, en honor a la verdad, para sus planes de ajuste el neocastrismo no ha dicho una sola palabra sobre reformas económicas ni sobre apertura a la propiedad privada, antes que todo porque no se trata de eso, y además porque su cultura de eufemismos siempre le impide llamar las cosas por su nombre: ¿hablar de cesantías cuando suena mucho más bonito redimensionamiento de plantillas? ¿hablar de terapia de choque cuando es mucho más sedante actualización de nuestro modelo cubano de socialismo?

 

No se trata de ignorancia: en Cuba hay suficientes economistas y sólidos pensadores con   elevada formación y alto compromiso con el proyecto revolucionario para desconocer verdades demasiado elementales, que por otra parte se puede acceder a ellas tras una simple búsqueda elemental de la información imprescindible para llegar a conclusiones.

 

No se debe culpar al régimen por la sarta de inconsistencias, sandeces, falsedades y malas intenciones que pululan actualmente en la prensa mundial con referencia a lo que está sucediendo en Cuba, algunas de las cuales se reproducen en nuestra sección “Cuba en la prensa mundial”. Aquí van algunas muestras de tales maravillas en los titulares de la prensa mundial, incluyendo el equiparar a “Cuba” como nación con su gobierno:

 

“Cuba se abrió a la iniciativa privada con 178 profesiones”; “Cuba permitirá el desarrollo de empresas privadas”; “Agoniza comunismo en Cuba”; “Inicia Cuba paso a la iniciativa privada”; “Cuba legaliza el capitalismo popular”; “Apertura económica en Cuba”; “Cuba permitirá el desarrollo de empresas privadas”; “Cuba extiende la iniciativa privada a toda la economía”; “Cubanos imaginan futuro como pequeños empresarios”; “Cuba revela planes para expandir sector privado”; “Gobierno de Raúl Castro aprueba insólita medida para ayudar a futuros desocupados”; “Castro autoriza 178 pequeños negocios y rentar viviendas”; “Nuevo rumbo”. Y así hasta la nausea.

 

Con esos titulares, forrar botones, amolar tijeras o remendar zapatos serían “profesiones”. Un albañil sin herramientas sería un “pequeño empresario” acrecentando su capital. El cuentapropismo sería extendido “a toda la economía” (incluyendo industria azucarera y níquel, biotecnología, telecomunicaciones, extracción de petróleo y trasplante de órganos, ¿no?).

 

Todas esas actividades disponibles para medio millón de cesanteados podrían generar, en términos aritméticos, dividiendo desempleados entre cantidad de actividades autorizadas, más de dos mil quinientos afinadores de pianos y similar cantidad de trasquiladores en todo el país. ¿Cuántos pianos en buen estado existen en Cuba? ¿Cuántas ovejas u otros animales para trasquilar? ¿Es que ninguno de estos especialistas de la información rosada se lo ha preguntado, aunque fuera por curiosidad?

 

A la lista de actividades autorizadas al cuentapropismo se podría añadir, para deleite de esos “periodistas” de pacotilla en todo el mundo, y en homenaje a Charles Chaplin, la de “domador de pulgas”; sin embargo, sería imposible incluir la de “payaso por cuenta propia”, que queda reservada exclusivamente para el resurrecto Fidel Castro.

 

En economía elemental se sabe de sobra que para que una actividad productiva o de servicios pueda funcionar eficientemente se necesitan capital, recursos materiales, fuerza de trabajo, y un marco apropiado para funcionar.

 

Decir que en Cuba no existe nada de eso es una perogrullada, que no confiere título de experto en ninguna circunstancia: es tema del esotérico mundo donde se conocen las respuestas antes de saberse las preguntas.

 

Pero se escapa a tanto genio suelto por el mundo de la información en todos los países un detalle fundamental: ¿qué les hace pensar que el régimen totalitario cubano tiene algún interés en que las actividades por cuenta propia funcionen eficientemente? Ya se dice en la prensa domesticada que los cuentapropistas deberán adquirir los insumos para sus actividades a precios minoristas: porque todo el proyecto se basa en un enfoque económico contra-natura, nada más que eso.

 

Aquí está la clave para entender todo este asunto, que desautoriza tanta tontería sobre las PYMES (pequeñas y medianas empresas) y aperturas a la iniciativa privada que tanto gustan a la prensa española y latinoamericana, liberales y doctos en los Estados Unidos y Europa, así como cubanos despistados (y malintencionados) de la diáspora.

 

Porque tiene que ver, ante todo, con una  voluntad política de consenso y participación inexistente en la actualidad . Consenso no referido al entendimiento en la cúpula de la camarilla gerontocrática, sino entre gobernantes y gobernados: de lo contrario, se seguiría pretendiendo dirigir el país como se manda un campamento.

 

Para que la gerontocracia cubana aceptara el funcionamiento eficiente de un sector no estatal de la economía (nunca dicen privado, y no por gusto) tendría que estar dispuesta a compartir algunos espacios económicos con esos cubanos que no dependerían de Papá-Estado para subsistir, que no les interesaría para nada la planificación científica de la economía ni las tonterías que repite diariamente el comisario partidista José Machado Ventura sobre ahorro y eficiencia en abstracto, y que no estarían obligados a simular en los sindicatos y otras “organizaciones de masas” para asegurar el sustento de su familia, como primer paso en el sendero que conduce a la libertad.

 

Sin embargo, resulta que esa gerontocracia ha aprendido durante un poco más de medio siglo –desde que eran jovencitos, y antes de convertirse en históricos- que para poder sostenerse en el poder indefinidamente el castrismo se ha basado siempre en la categórica dependencia de todos los cubanos a los proyectos, arbitrariedades, deseos, consignas y campañas del poder absoluto.

 

Por lo tanto, compartir espacios económicos con ese sector no estatal implicaría, más temprano que tarde, la posibilidad –y la probabilidad- de que una parte importante de esa masa bajo control totalitario hasta ahora, diga “basta” y desee echar a andar por su cuenta y riesgo, sin necesitar para nada las bondades del totalitarismo, las reflexiones de quien tú sabes, ni los pronunciamientos de los miserables bonzos de la central sindical oficialista.

 

Lo que implicaría en última instancia para la gerontocracia (olvídense de la nomenklatura y la burocracia, que en esto no cuentan para nada, y harán lo que se les ordene, con deseos o de mala gana) la opción de tener que compartir un pedazo del poder con esos advenedizos (que no son mas que despreciable pueblo), para al final casi seguramente perderlo, o tener que sacar los tanques a la calle para regular el mercado.

 

Si todo eso se puede evitar haciendo como que se permite libremente el cuentapropismo, pero manteniendo un férreo control a base de regulaciones y presiones administrativas, además de la sombra de la amenaza represiva de siempre, ¿a quién se le ocurriría desear correr tales riesgos permitiendo un funcionamiento próspero, eficiente y efectivo del trabajo por cuenta propia?

 

Evidentemente, nunca se le ocurriría a la gerontocracia en el poder, que se le puede acusar de muchas iniquidades, pero no de tonta.

 

Para creerse esas cosas –y divulgarlas en beneficio del régimen totalitario- se cuenta con el ego desmedido y patológico de expertos, ignorantes (valga la redundancia), periodistas, farsantes, académicos, oráculos, liberales, resentidos, frustrados, despistados, tartufos y malintencionados que, por cierto, en la mayoría de las ocasiones lo hacen como trabajo voluntario.

 

Algo así como desinformación por cuenta propia.