Cubanálisis El Think-Tank

           ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

   

Dr. Eugenio Yáñez, Estados Unidos

 

 

 

Deshielo “irreversible” ¿para apuntalar al neocastrismo?

 

El presidente Barack Obama parece estar obsesionado con su “legado”, y como muchos otros proyectos no le han resultado como él esperaba (Obamacare, pacto con Irán, frenar la expansión rusa y china, expulsar al genocida dictador sirio del gobierno de ese país, derrotar a ISIS, recuperación de la economía, evitar que continúe creciendo el arsenal nuclear de Corea del Norte, mejorar las relaciones con América Latina) parece dispuesto a poner todos los huevos en la canasta cubana, con el fin de dejar algo verdaderamente trascendente cuando termine su mandato dentro de menos de 100 días.

 

Y para ello está apostando a que adquieran carácter “irreversible” todas sus medidas de acercamiento hacia la dictadura cubana, aunque no reciba nada a cambio, como ha sucedido hasta ahora. Una vez más somos testigos del espectáculo de la vanidad humana en un líder al que no le basta haber alcanzado el poder y pretende también la gloria. Obama tiene la intención de trascender el período de mandato que ejerce para que su obra y su recuerdo perduren más allá de su paso por la Tierra. Muchos antes que él lo han deseado gobernantes democráticos, monarcas, papas, tiranos, caciques, generales, golpistas; pretenden con soberbia jugar a ser Dios y permanecer en la memoria más allá de su mandato o su muerte. Casi ninguno lo logra realmente.

 

Podríamos preguntarnos retóricamente por qué el primer presidente afro-americano en la historia de Estados Unidos continúa obstinadamente con su política hacia el régimen a pesar de que los avances y disposiciones por la parte cubana para mejorar las relaciones entre ambos países brillan por su ausencia, y aun sabiendo que el castrismo le muerde la mano a cualquiera que le de de comer.  La respuesta es que Obama actúa basado en unos peculiares principios desarrollados por el profesor Charles A Kupchan, que explican su actuación desde la campaña presidencial en 2008. Se trata de una serie de principios y teorías de Kupchan que después tomaron forma en su libro publicado en el 2010, How Enemies Become Friends: The Sources of a Stable Peace (Cómo los enemigos se convierten en amigos: las bases de una paz estable).

 

El profesor Kupchan fue funcionario del Consejo de Seguridad Nacional (NSC) como Director para Asuntos Europeos durante la administración de Bill Clinton, y durante la administración Obama regresó al mismo cargo, además de ser Profesor de Relaciones Internacionales en la Escuela de Servicio Exterior y Gobierno de la Universidad de Georgetown. Los principios fundamentales del libro mencionado los resumió nuestro colaborador Dr. Diego Trinidad en un artículo publicado en el año 2015 en El Think-Tank con relación al pacto de EEUU con Irán:

 

“Brevemente: Kupchan propone que se deben hacer grandes e importantes concesiones unilaterales a los enemigos, no exigiendo ni esperando nada a cambio, suspendiendo toda conducta hostil o que incluso se pueda percibir como tal, y no tratando bajo ningún concepto de cambiar la naturaleza de esos regímenes adversarios. Como se puede ver claramente, es exactamente lo que la presente administración americana ha hecho en su política hacia Irán (lo mismo que hacia Cuba y Rusia, entre otras)”.

 

No es el momento ahora para discutir los méritos o la efectividad de la teoría del profesor Kupchan, ni preguntarse si esa política tiene inspiración religiosa por aquello de ofrecer la otra mejilla incluso antes de recibir un primer golpe (y así dejárselo saber al adversario), ni cuáles serían las diferencias y salvaguardas de tal política contemporánea comparada con aquella del apaciguamiento desarrollada hace más de setenta años por el primer ministro inglés Neville Chamberlain frente a Hitler que derivó en el inicio de la Segunda Guerra Mundial. Como le dijo entonces el inefable Winston Churchill a Chamberlain, y no cito textualmente, usted debía escoger entre la humillación y la guerra, y escogió la humillación que nos llevará a la guerra.

 

No pretendo comparar la política de Obama hacia Cuba con la de Chamberlain frente a Hitler, ni mucho menos, puesto que se trata de dos situaciones absolutamente diferentes tanto en espacio como en el tiempo y en la magnitud del adversario. En estos momentos trato simplemente de destacar que, aparentemente, bajo esos principios de enfoque frente al enemigo o adversario la parte estadounidense llevó a cabo durante dieciocho meses negociaciones secretas con la dictadura cubana, promovidas por el Vaticano, y con la colaboración de Canadá y algún otro país del Caribe todavía no públicamente identificado. Y tras múltiples reuniones esa “estrategia” orientada por Obama  condujo a los anuncios en Washington y La Habana de reanudación de relaciones que conmovieron al mundo el 17 de diciembre del 2014.

 

Otra vuelta de tuerca en las concesiones

 

No es cuestión ahora de perder el tiempo con razonamientos obtusos de algunos de los “durísimos” de siempre sobre una supuesta “traición” del presidente Obama a los cubanos. Si se discutiera de “traición”, que no es el caso, habría que preguntarse quienes habrían sido traicionados, si los americanos o los cubanos, pues en definitiva el presidente de Estados Unidos no es el presidente de los cubanos, sino de todos los americanos, tanto de los que votaron por él como de los que lo hicieron en contra y los que no votaron.

 

Es interesante destacar que entre los “durísimos” que acusan de traición al presidente de Estados Unidos hay unos cuantos -no todos- de los disidentes y opositores cubanos, que muchas veces son más conocidos en los aeropuertos y entre las aeromozas que en sus barrios de residencia, y que aparentemente suponen una relación inversamente proporcional entre los niveles de estudio y formación cívica y personal y la agresividad con que se expresan contra las políticas hacia Cuba del presidente Obama.

 

Naturalmente, como seres humanos tienen todo el derecho del mundo a tener sus propias opiniones y a poder expresarlas libremente, pero no les vendría mal aprender algunas maneras más adecuadas para poder expresar sus opiniones diferenciándose de como las expresaban los trogloditas o los cromañones hace decenas de miles de años. Y no se trata de que apliquen la moda de lo “políticamente correcto”, sino simplemente de la más elemental educación al hablar públicamente.

 

Convencer a los votantes americanos -aunque hayan nacido en Connecticut, Bujumbura o Camajuaní- de supuestos pecados antiamericanos en el tema Cuba ha sido reiteradamente el intento de senadores y representantes de origen cubano en el congreso de Estados Unidos desde hace casi ocho años. Pero hasta el momento sus acciones solamente han servido para animar las discusiones en el Parque del Dominó de la Pequeña Habana o dar combustible a publicaciones digitales de limitados lectores, aferrados -tanto las referidas publicaciones como los escasos lectores- a diversas realidades virtuales que no subsisten más allá de sus criterios y versiones de la certidumbre, aunque no tengan nada que ver con lo que realmente sucede.

 

Sin embargo, la realidad de que la política que lleva a cabo el presidente Obama con relación a la dictadura castrista no pueda ser considerada una “traición” al pueblo cubano, ni tampoco al norteamericano, no significa necesariamente que sea una política acertada o correcta, ni que esté dando resultados positivos en función de los intereses estratégicos de Estados Unidos. Que no pueda considerarse “traición” no implica que se trate de una política acertada, ni tampoco lo contrario. Una cosa son las consideraciones morales y éticas sobre determinada política, y otra cosa su efectividad y eficiencia.

 

Transparencia y eficacia

 

La guinda del pastel, o como se dice en inglés, the icing on the cake, en el “acercamiento” del presidente norteamericano hacia el régimen se conoció el viernes 14 de Octubre. Una serie de medidas anunciadas como “las últimas” de la administración Obama a favor de mejorar las relaciones con Cuba y de “empoderar” a los cubanos en la isla, que incluyen medidas en el campo de la salud, cuestiones humanitarias, fortalecimiento de la infraestructura cubana, viajes, contactos interpersonales y comerciales, remesas, aviación civil y seguridad de los vuelos, y crecimiento del sector privado en Cuba, aunque es interesante constatar como las agencias de noticias estadounidenses destacan antes que todo la medida de permitir el libre ingreso de tabacos y ron sin fines comerciales, eliminando las limitaciones que existían hasta ahora, y que ya Obama había flexibilizado anteriormente.

 

La asesora del Presidente, Susan Rice, destacó esta nueva política presidencial por su carácter de “abierta”, a diferencia de otros “planes secretos” -evidente se estaba refiriendo a la administración de George W Bush- donde las verdaderas intenciones de cualquier medida no eran conocidas por el gran público. “Lo que ves, es lo que tienes”, dijo la señora Rice, como si con eso se garantizara que todo funcionaría de maravillas.

 

El texto completo de la declaración de la Asesora de Seguridad Nacional del Presidente, expresada durante una presentación en el Woodrow Wilson Center, en Washington, es el siguiente:

 

Me place anunciar que el presidente Obama ha presentado una nueva directiva presidencial que institucionalizará este progreso y hará la política estadounidense hacia Cuba para el futuro. Esta directiva delinea el futuro que queremos ver. Un futuro de más participación, más cooperación, más oportunidades para estadounidenses y cubanos. Esta directiva evalúa nuestro panorama estratégico actual, y nuestros objetivos políticos principales dentro de este contexto y ordena a un amplio rango de agencias desde el Departamento del Tesoro, al Departamento de Salud ampliar sus contactos con sus contrapartes cubanas para lograr los objetivos. Aún más importante es que esta directiva se ha hecho pública; en décadas pasadas EEUU tenía planes secretos para Cuba, ahora nuestra política es de conocimiento público y está on line para que todos la lean. Lo que se ve es lo que hay. Esta directiva no confidencial sustituye y reemplaza la política previa hacia Cuba, y cualquier documento clasificado previo que delineaba esa política”.

 

En mi opinión estamos ante una cuestión de percepciones. El que determinados objetivos geopolíticos se mantengan en  secreto o se hagan públicos atañe solamente al grado de transparencia de tales políticas, pero no sus méritos ni su efectividad. Al menos en términos de la política exterior de Estados Unidos hacia las dictaduras, podría ser legítimo alegar que siempre sería mucho mejor una buena política secreta que funcione que una mala política públicamente conocida que no logre resultados efectivos. La calidad y eficacia de las políticas no las determinan solamente su nivel de transparencia, sino también, y mucho más importante, su capacidad de convertir tales políticas en resultados específicos en función de los intereses de Estados Unidos.

 

Y aunque la asesora Rice exhortara al gobierno cubano a acelerar las reformas económicas iniciadas por Raúl Castro en Cuba (¿es que acaso el gobierno cubano y Raúl Castro son dos cosas diferentes?), señaló también que Estados Unidos no podía darse el lujo de asumir una posición de “recostarse a esperar a que Cuba cambie”, aunque esta última frase podría significar cualquier cosa, desde continuar realizando concesiones a cambio de nada con la esperanza de que el régimen comience a salir de su marasmo, hasta realizar todo lo contrario y dejar muy claro que no habrá más intento amistoso de acercamiento ni de “normalización” si la dictadura cubana no da muestras de que le interese avanzar por los senderos de la cooperación y la colaboración.

 

Respuesta directa desde La Habana

 

Inmediatamente La Habana, ni corta ni perezosa, a través de Josefina Vidal, su negociadora principal con Estados Unidos, calificó como un “paso significativo” la más reciente decisión presidencial de política sobre Cuba, según señaló el libelo digital oficialista Cubadebate.

 

La también directora general para Estados Unidos del Ministerio de Relaciones Exteriores dijo en una conferencia de prensa en La Habana que las nuevas medidas contribuyen “en el proceso hacia el levantamiento del bloqueo y hacia la mejoría de las relaciones” entre ambos gobiernos, y añadió, inventado por ella o por su régimen, que en la más reciente decisión hay un reconocimiento hacia la dictadura “como interlocutor legítimo e igual”.

 

Sin embargo, y siempre La Habana tiene un “pero” para todo lo que haga Obama con relación a Cuba, quien fuera también ex-espía y diplomática en el vecino país, lamentó que “las medidas anunciadas benefician más a Estados Unidos que a los cubanos”. Esta señora parece no darse cuenta que quien tiene que tomar medidas que beneficien a los cubanos es el gobierno castrista, y no las toma.

 

Por su parte, dos congresistas cubanoamericanos en Washington expresaron que las medidas dictadas ahora por el presidente beneficiaban más al régimen que a la población cubana. El republicano Mario Díaz-Balart dijo que “una vez más, la administración Obama trata de calmar a los dictadores Castro ablandando sanciones, y justifica esta política confundiendo al pueblo cubano con la brutal dictadura que lo oprime”. Añadiendo que “en contra de las leyes de Estados Unidos, las nuevas regulaciones dan un impulso a los monopolios estatales” cubanos.

 

Mientras tanto, la también republicana Ileana Ros-Lehtinen declaraba que Obama pretendía “destrozar las esperanzas que 11 millones de cubanos tienen de libertad, democracia y derechos humanos”, y que el último paquete de medidas del presidente “enriquecerá más a las entidades estatales de los Castro”.

 

Hasta el momento, y tras dieciocho meses de negociaciones secretas y veintidós meses del así llamado “deshielo”, Estados Unidos ha ofrecido al gobierno cubano infinidad de concesiones y gestos amistosos, para obtener a cambio solamente taimadas declaraciones del régimen hacia los cubanos de la isla relativas a que “el imperio” no ha cambiado ni un milímetro sus intenciones con relación a la “revolución” cubana, sino simplemente sus estrategias y tácticas de actuación, o que los asuntos relativos a democracia, derechos humanos y libertades políticas son temas internos de la soberanía nacional cubana y que no están ni en discusión ni en análisis con el gobierno de Estados Unidos.

 

El presidente Obama ha otorgado reiteradamente grandes e importantes concesiones unilaterales al régimen, ha suspendido toda conducta hostil o que incluso pudiera ser percibida como tal, y ha dejado claro que bajo ningún concepto pretende cambiar la naturaleza del totalitarismo cubano, pero nada de eso ha sido suficiente para lograr avances significativos en lo que sería una verdadera “normalización” de relaciones con el régimen de La Habana, que continúa sin dar muestras de que realmente eso le interese, y cada vez eleva más el alcance y el tono de sus exigencias.

 

Derechos humanos y otras “nimiedades”

 

El mismo día que fue anunciada la última ronda de concesiones unilaterales sin exigir nada a cambio aprobada por la administración Obama para facilitar mucho más las cosas a la dictadura cubana, se celebró en La Habana otra reunión bilateral para tratar asuntos  relacionados con derechos humanos, religiosos, electorales, y otras cuestiones relativas a lo que serían condiciones normales de existencia en cualquier país civilizado en pleno siglo 21.

 

Desde la composición de las delegaciones para la reunión, donde Estados Unidos designó subsecretarios (viceministros) mientras la parte cubana designaba un simple subdirector, quedaba clara la intención del régimen de ni tomarse en serio tales conversaciones ni mucho menos lograr acuerdos concretos o concesiones específicas desde La Habana que mejoraran las condiciones de vida de la población cubana, ni en los aspectos materiales ni en los políticos y sociales.

 

Como era lógico, la reunión no logró resultados positivos de ningún tipo. Y el subdirector del ministerio de Relaciones Exteriores que presidió la parte cubana durante esas conversaciones declaró inmediatamente al terminar los contactos que “de nuestra parte no hay una pretensión de aceptar alegaciones que signifiquen una injerencia en los asuntos internos de nuestro Estado”, lo que traducido a lenguaje práctico significa que el régimen no se siente obligado a respetar los derechos humanos ni las libertades democráticas de los cubanos si ese respeto implica una limitación del poder absoluto y dictatorial del gobierno. Por eso para la camarilla gobernante y sus obedientes funcionarios todo lo relacionado con ese candente tema es calificado  como “injerencia” en los asuntos internos cubanos y rechazado como algo lesivo a la soberanía nacional, que para los Castro significa hacer lo que les de la gana sin tener que rendir cuentas a nadie.

 

El mencionado representante cubano en esas conversaciones quitó trascendencia a la reunión declarando que ese diálogo “está diseñado para un intercambio entre ambas partes”, como si fuera simplemente nada más que una conversación social o un coloquio académico, y destacó que “en nuestra opinión permite un mayor conocimiento de los intereses, preocupaciones y concepciones que sostienen las posiciones de ambas partes en materia de derechos humanos”, pero nada más, recalcando que la forma en que está diseñada y funciona la dictadura castrista, que él definió como la forma en que se organiza el sistema político cubano “no está sobre la mesa de discusión”.

 

Evidentemente, los funcionarios castristas ni se han leído el libro del profesor Kupchan ni tienen el más mínimo interés en hacerlo, ni dan muestras de que les haga falta para lidiar con el presidente Obama. Para ellos, la política internacional y las relaciones con Estados Unidos, independientemente de las mejores o peores intenciones del presidente de turno en Washington, se basan en, y se manifiestan a través de, la guapería de barrio, el chantaje y el machismo. El resto es solamente paisaje y escenografía para edulcorar las cosas y facilitar el trabajo de los corresponsales extranjeros en la isla que no tocan al régimen ni con el pétalo de una rosa.

 

La otra respuesta mucho más sutil

 

Sin embargo, eso no es lo más triste. Hay cosas aun peores. En la misma semana que la administración Obama abrió una vez más la caja fuerte de las concesiones unilaterales, diversos periodistas independientes y opositores cubanos eran encarcelados y reprimidos simplemente por intentar ayudar a los damnificados por el huracán Matthew, cubanos afectados que según la prensa oficial se encuentran castristamente “felices” y “optimistas” pasando hambre después de haberlo perdido todo tras el paso del ciclón.

 

Entonces, en tales circunstancias, las medidas de la administración Obama, en estos precisos momentos, podrían ser consideradas como una muestra más de las mejores intenciones de Washington hacia el pueblo cubano, es cierto. Pero también es evidente que podrían ser malinterpretadas como un premio de Washington a La Habana.

 

¿Premiando qué? Pues la represión, el desprecio a la población cubana; el ninguneo y el vejamen contra los opositores y periodistas independientes; la vergonzosa y ruin proclamación de la prensa oficialista, mediocre, doblegada al régimen, repetitiva, triunfalista, eufemística y mentirosa, no solamente como la única verdadera y objetiva, sino además como la única legalmente permitida en el país.

 

La efectividad potencial de las medidas

 

Habría que preguntarse si estas realidades permiten efectivamente empoderar al pueblo cubano. El simple hecho de que esta política haya dejado de ser secreta, para ser no solamente pública sino también accesible en internet, como declaró la asesora de seguridad nacional del presidente, podría convertirla quizás en una política más decente y más transparente, pero eso no significa necesariamente que resulte más conveniente o más aceptable para los cubanos de a pie.

 

No resulta sencillo ni realista considerar que a partir de este último gesto del presidente Obama hacia el régimen podrían esperarse menos golpizas a las Damas de Blanco y los opositores cuando desfilen los domingos y expresen sus protestas. Ni que los opositores puedan repartir ayuda a los damnificados de Matthew y los periodistas independientes informar sobre lo que sucede en esos territorios desolados por el huracán. Ni que gracias a las más recientes autorizaciones del presidente se produciría determinada apertura democrática en el país. Ni que se acelerarán las reformas económicas, que por otra parte no van mucho más allá de tímidas autorizaciones a nivel de “cuentapropistas” que continuarán siendo agobiados, cercados y aplastados por leoninas regulaciones y cargas impositivas, además de por la ilícita y corrupta actividad de los inspectores estatales, que se enriquecen sin tener que trabajar muy duro, gracias a los sobornos y “mordidas” continuas.

 

A no ser que se pueda considerar que el acceso a condiciones privilegiadas para los negocios por cuenta propia de familiares de los grandes jerarcas en el poder y los líderes “históricos”, que reciben condiciones especiales para abrir negocios y hacerlos funcionar, y contra quienes los inspectores se cuidan mucho de pretender extorsionarlos, son una muestra del avance y profundidad de las reformas, en un país donde el gobierno determina por decreto los precios de los plátanos o las lechugas, o quién puede ingresar a estudiar en las universidades, independientemente de los índices académicos de cada aspirante. O quién puede vivir en La Habana, “la capital de todos los cubanos”, y quién no.

 

Por otra parte, hay que tener en cuenta que no tiene la más mínima importancia práctica que el gobierno de Estados Unidos autorice la compra y venta de productos y servicios de los “cuentapropistas” cubanos si las draconianas leyes implantadas por el régimen desde hace muchísimo tiempo proclaman abiertamente el monopolio del comercio exterior por parte de la dictadura, y no hay indicios ningunos de que tal situación, prácticamente más propia de tiempos medievales que del siglo 21, pudiera ser modificada en un futuro aunque fuera a medio plazo, o ni siquiera estudiada por alguna comisión de técnicos y burócratas para algún proyecto de “perfeccionamiento” ulterior.

 

¿Resultarán definitivamente “irreversibles” las medidas?

 

Entonces, ¿hasta donde todas las medidas dictadas mediante órdenes ejecutivas por el presidente Barack Obama tendrán garantizado un carácter “irreversible” en el futuro inmediato y a medio plazo?

 

Eso dependerá de quién ocupe La Casa Blanca a partir de enero del 2009. Ya el candidato republicano Donald Trump ha declarado en Florida que echará atrás las medidas dictadas ejecutivamente por Obama, aunque esa declaración habría que verla en el contexto de los esfuerzos que todo candidato presidencial ha hecho en los últimos cincuenta años para ganarse el voto cubanoamericano, que todavía mantiene un peso importante para asegurar la victoria en el estado de La Florida.

 

La candidata demócrata Hillary Clinton, por su parte, aunque no ha expresado de manera explícita su apoyo irrestricto a todas y cada una de las medidas del presidente Obama tampoco ha anunciado que las rechaza, y en este preciso momento se le podría legítimamente solicitar que condene las últimas concesiones de Obama a favor del régimen que facilita las relaciones comerciales con entidades estatales cubanas, y además que lo haga con la misma energía que condenó las supuestas actividades comerciales con el régimen del candidato republicano Donald Trump hace algunos años.

 

También dependerá de la composición de la Cámara de Representantes y del Senado que comiencen a funcionar en enero del 2009. En un país donde existe realmente la separación de poderes, y el legislativo no es una asamblea de focas amaestradas como ocurre con la Asamblea Nacional del Poder Popular en La Habana, puede adoptarse legislación que facilite o dificulte la aplicación de las medidas ejecutivas dictadas por el presidente Obama, o incluso que las eche abajo.

 

No estoy diciendo que vaya a suceder, sino simplemente destacando posibles escenarios de la actuación del poder legislativo que podrían desarrollarse a partir de enero del próximo año, tras los cambios que obligatoriamente se producirán en la presidencia y el congreso, porque afortunadamente Estados Unidos es un país democrático donde las elecciones periódicas y la alternancia en el poder son características distintivas de la buena salud de la sociedad.

 

El sueño (¿o la vanidad?) del presidente Obama de convertir sus medidas de políticas frente al régimen castrista en hechos “irreversibles” que configuren su legado, chocará necesariamente con la realidad. Nunca la soberbia humana ha sido buena consejera para un líder, y aunque el presidente pretenda dejar su política hacia el régimen como un legado “atado y bien atado”, es imposible adivinar lo que pueda suceder en un sentido o en otro en la misma medida que evolucionen los acontecimientos.

 

Proclamar algo como “irreversible” no garantiza que ese algo resulte definitivamente de esa manera, por muchas intenciones y voluntad que muestre y tenga quien pretenda esa irreversibilidad. Y si alguien tiene dudas sobre esa realidad, que le pregunte al tirano Fidel Castro, mucho más soberbio y egocéntrico que nadie, que en el año 2002 declaró el socialismo cubano como un fenómeno “irreversible”, y después que tuvo que alejarse del poder por problemas de salud en el 2006 y es su hermano quien está al mando en la isla, de aquel irreversible socialismo fidelista en estos momentos solamente va quedando el nombre, y de mala gana, para los efectos de la propaganda, el turismo, y el embeleso de académicos foráneos.