Cubanálisis El Think-Tank

           ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

   

Dr. Eugenio Yáñez, Estados Unidos

 

 

 

Díaz-Canel pierde una buena oportunidad

 

Miguel Díaz-Canel Bermúdez asumió el flamante cargo de Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros el 19 de abril del 2018, hace solamente unas pocas semanas. Por consiguiente, sería poco serio pretender evaluar su gestión en tan poco tiempo, cuando su antecesor, Raúl Castro, estuvo en esas funciones casi doce años entre cargo provisional y oficial, y Fidel Castro cuarenta y ocho.

 

Naturalmente, hacerlo mejor que sus dos antecesores de apellido Castro no sería nada imposible, teniendo en cuenta el desastre masivo que fue dejando el Comandante a su paso, actuando como una especie de Rey Midas al revés, pues todo lo que tocó lo echó a perder, y si no menciono la palabra exacta en lo que convertía todo lo que tocaba es por respeto a los lectores.

 

Por otra parte, el general sin batallas tuvo en su momento determinadas oportunidades de hacer las cosas mejor y aportarle algo positivo a su país, aunque solamente hubiera sido revertir algunas de las barbaridades del hermano mayor, pero en definitiva le faltó el coraje político para actuar, y dejó sus cargos estatales y gubernamentales sin haber sido capaz de garantizar ni siquiera un vaso de leche diario a los cubanos o de reducir la superficie de tierras cubanas invadidas por el marabú, mientras que vivió sus casi doce años en el poder dedicado mucho más a combatir la riqueza que a eliminar la pobreza que él mismo tanto contribuyó a extender.

 

De manera que no podemos pretender juzgar comparativamente la gestión de gobierno de Miguel Díaz-Canel en menos de cuarenta días, aunque si sería positivo comentar algunos detalles de su actividad que han ido saliendo a la luz a medida que pasan los días. Y sin olvidar ni por un instante que, aun siendo como es el Partido Comunista el órgano de mando y control superior del país, Miguel Díaz-Canel es miembro del buró político de ese partido, y por tanto las decisiones partidistas que se tomen en las habituales reuniones semanales de ese órgano no son ajenas al gobernante, quien de acuerdo a los códigos secretos no escritos de la nomenklatura de la camarilla cubana, resulta ser el número tres en el poder de esa organización partidista, tan parecida a una sociedad secreta de algunas religiones sincréticas.

 

Algunas de las actividades iniciales del nuevo mandatario fueron de las que se pueden considerar “inevitables”, tales como su discurso de toma de posesión del cargo (que obligatoriamente tenía que haber sido de alabanza a los antecesores castristas y promesas de continuidad “revolucionaria”), o la atención a la reunión en La Habana de la Comisión Económica para América Latina (CEPAL), evento de relativa importancia para la región y donde Cuba asumiría la representación de la institución en los próximos dos años, y más aun tratándose de una organización presidida por una funcionaria que por su comportamiento y sus declaraciones muy bien podría figurar destacadamente en la nomina del Departamento Ideológico del Partido Comunista cubano o de la Dirección de Inteligencia del Ministerio del Interior.

 

Se sumó a ello la presencia en La Habana con motivo de ese evento del secretario general de la ONU, a quien Díaz-Canel, en su condición de Jefe de Estado, debió darle la atención que se le dispensa a un secretario general de la ONU en cualquier parte del mundo. Por tanto, el recibimiento formal a ambos funcionarios, cada uno por separado, era parte de las obligaciones protocolares del mandatario de turno.

 

En el plano nacional, algunas de las acciones de Díaz-Canel transcurrieron sin pena ni gloria, desde una reunión de chequeo de las actividades preparatorias para celebrar el próximo año el medio milenio de la fundación de La Habana, o la de preparación del próximo curso escolar, hasta un análisis de la situación de la agricultura y la ganadería, donde declaró que los altos precios de los productos agrícolas para consumo de la población se deben “sobre todo a la especulación”.

 

Ya resulta bastante triste que el presidente de una nación occidental en pleno siglo 21 se dedique a preocuparse de los precios minoristas de los productos agrícolas, tales como el de un plátano que se le compre a un carretillero en una calle habanera, o el de un aguacate en la tarima de un mercado. Pero, ya que lamentablemente lo hace, lo menos que podría pretenderse es que supiera de lo que está hablando y no dar explicaciones demagógicas y de corte populista, además de falsas, achacando la causa de los altos precios a siniestros personajes y acciones malignas como la especulación, ignorando por completo que, aunque la producción hubiera aumentado -como él dice-, aun dista mucho la oferta de satisfacer la demanda de la población, y por lo tanto los precios de los productos aumentarán aunque se obtengan ligeros incrementos productivos.

 

Y toda la actividad del flamante presidente se ha desarrollado dentro del ritmo cauteloso y monótono que sería de esperar siempre en cualquier país en un momento inicial de cambio de gobierno, pero teniendo en cuenta que, habitualmente, las cosas en la Cuba totalitaria son más lentas que en cualquier otro país, a una velocidad propia de las naciones tercermundistas más atrasadas. Esa es una de las herencias de más de medio siglo de castrismo, un lastre del que la sociedad cubana tomará mucho tiempo en desembarazarse.

 

Lo más significativo durante el primer mes de gestión del nuevo mandatario se produjo a mediados del mes de mayo, cuando los cubanos -y el mundo- amanecieron con la noticia de que el presidente Díaz-Canel se había llevado a varios de sus ministros a recorrer centros de importancia económica de la capital del país, pero no de los que tienen que ver con el “futuro” abstracto y brillante que siempre se promete y nunca llega, sino de los que más incidencia tienen en las condiciones de vida y los problemas cotidianos de la población, como por donde comenzó el periplo, el Complejo Lácteo de La Habana, donde se debería producir la leche, yogurt, mantequilla y quesos que tanto faltan para los cubanos.

 

De acuerdo a la Agencia Cubana de Noticias, “el segundo momento del recorrido ocurrió en la comunidad Revolución, situada en las cercanías del recinto ferial Expocuba, perteneciente al municipio de Boyeros, donde se alistan 145 viviendas en instalaciones que pertenecían al instituto politécnico Villena Revolución”. Posteriormente recorrieron la Unidad Provincial de Higiene, vinculada con los servicios comunales y la disposición de la basura en la ciudad. Finalmente, durante la sesión de la tarde, visitaron un Preuniversitario, un hogar de ancianos y un policlínico docente, todos en el muy poblado municipio “10 de Octubre”.

 

Interesante notar esto: Díaz-Canel recorrió instalaciones productoras de alimentos, construcción de viviendas, servicios de recogida de basura, un centro de estudio, un hogar de ancianos y un policlínico docente, aspectos de interés y problemas específicos de la población. Sin embargo, lo que destacaba la prensa controlada por el partido comunista siempre era que si tal instalación había sido fundada por el Comandante en Jefe en el año tal o más cual o que aquí el nefasto Comandante habría dicho esto o lo otro, cualquier bobería, siempre pretendiendo exaltar la figura del difunto en la piedra y no la función de liderazgo del nuevo gobernante. Y de una manera apologética como si el recorrido se hubiera organizado en función y para resaltar la historia personal del felizmente difunto ex-mandatario y no de las necesidades más perentorias de la población.

 

En el segundo día de recorrido, Díaz-Canel visitó una planta de asfalto que se está montando en Guanabacoa, el círculo social obrero José Luis Tassende en el municipio Playa, y el complejo gastronómico de Zapata y 12 (municipio Plaza). Posteriormente, junto a su primer Vicepresidente, fue informado “acerca del nuevo sitio web del gobierno del municipio de Centro Habana, creado para transformar y apoyar la gestión gubernamental, con la ayuda de la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Habana”.

 

Finalmente, Díaz-Canel “encabezó una reunión conclusiva donde se analizaron los indicadores económicos y sociales del territorio. Además se abordaron algunas de las problemáticas planteadas en opiniones de la población referidas al transporte, la educación, la salud y la comercialización de alimentos”.

 

Simultáneamente con este recorrido, que duraría dos días, el Primer Vicepresidente de los Consejos de Estado y de Ministros, Salvador Valdés Mesa, recorrería con otro equipo el Grupo Empresarial de Transporte Marítimo Portuario, la terminal Haiphong del puerto de La Habana, y una cooperativa de taxis ruteros del municipio La Lisa, para concluir la jornada en la Dirección General de Transporte de La Habana, “donde recibió información detallada acerca de la estrategia diseñada para lograr una eficiente explotación de los vehículos disponibles en un programa de inversiones que incluye la reparación de ómnibus, terminales, paradas y vías de rutas de pasaje cuando la ciudad avanza a la celebración de su aniversario 500”.

 

En los dos días de recorrido, visitó diversas áreas de la Feria de Negocios en La Habana, concretamente los pabellones de Cooperativas No Agropecuarias, de la Informática y las Comunicaciones, Alimentos y Textiles, así como también diversas instituciones del ministerio de Transportes, donde según destacó la prensa castrada sostuvo un “fructífero intercambio” con directivos de Cubana de Aviación, otras empresas y el propio Ministerio, ocasión en que dejó para la historia de la administración pública y la gestión empresarial moderna una frase lapidaria en pleno siglo 21: «Debemos ser más realistas en nuestros planes. No podemos planificar lo que no podemos alcanzar».

 

Para quienes no siguen de cerca la problemática cubana y los estilos de dirección en el régimen, estos dos días de visita podrán parecer insignificantes. Pero poner a esa cantidad de “dirigentes” de alto nivel a recorrer actividades específicas relacionadas con servicios concretos a la población, y a dar explicaciones sobre la gestión de las actividades que les corresponde realizar, es algo no habitual en el castrismo desde hace muchos años, y que recuerda un poco la gestión del propio Miguel Díaz-Canel hace más de veinte años cuando era primer secretario del partido comunista en la provincia de Villa Clara.

 

El colmo de las sorpresas de este recorrido fue sentar a Ricardo Cabrisas, vicepresidente del Consejo de Ministros y Ministro de Economía, en una reunión nada menos que sobre servicios comunales en La Habana, a escuchar que de los noventa y dos camiones necesarios para la recogida de basura hay cuarenta fuera de servicio porque necesitan reparación y no existen las piezas de repuesto. Fue algo insólito: posiblemente haya sido la primera vez en su vida que este inefable personaje haya participado en una reunión de este tipo, donde debe haberse sentido más perdido que Adán el Día de las Madres.

 

Estos dos días de actividades y recorrido tuvieron sin duda un efecto positivo en la población y en la imagen de Díaz-Canel, creando un impulso tangible para su liderazgo, algo que necesita desesperadamente para poder legitimar su posición ante la vigilancia de “los históricos” y las retrancas de la burocracia partidista y gubernamental. Y aunque los cubanos saben que con estos recorridos no se resolverán los problemas ni mucho menos, ver al mandatario cerca de los problemas y de la población, preguntando, opinando, dando órdenes, confiere un cierto halo de esperanza al sufrido pueblo, hastiado de seis décadas de secretismo, populismo barato y demagogia de los hermanos Castro.

 

Poco después de estos recorridos por la ciudad, exactamente el 18 de mayo, mientras se preparaba la realización del ejercicio Meteoro 2018 para enfrentar huracanes, se produciría el accidente y la caída a tierra al momento de despegar de un avión Boeing 737-201 rentado por Cubana de Aviación a una dudosa y opaca compañía mexicana, que costaría la vida a 112 personas entre pasajeros y tripulantes (hasta el domingo 27 de mayo quedaba un único sobreviviente en estado muy crítico) y que ha planteado innumerables preguntas de seguridad aérea, eficiencia empresarial y capacidad de gestión de la aeronáutica civil cubana, lo que podría llevar hasta a responsabilidades criminales en la medida que se desarrolle la investigación que se está llevando a cabo, si es que el régimen se atreviera a actuar con transparencia y consecuencia.

 

Desde el primer momento de la tragedia, el presidente Díaz-Canel se personó en el lugar del accidente, como corresponde hacer a cualquier líder en cualquier lugar, en una conducta que recuerda más al demagogo y alardoso Fidel Castro (que lo hacía más para destacarse personalmente que como verdadera preocupación por los cubanos) que al timorato y mediocre general sin batallas Raúl Castro, en un gesto que la población también le reconoció inmediatamente a Díaz-Canel.

 

Ciertamente, ni él ni nadie podía hacer personalmente mucho desde el lugar de la tragedia: por ejemplo, cuando se comprobó que las mangueras de extinción de incendios estaban en mal estado y funcionaban inadecuadamente, o cuando se agotó la escasa agua disponible para los equipos, ningún ser humano presente en el escenario podría haber hecho demasiado, pero al menos la presencia del gobernante inmediatamente en el lugar del siniestro, a diferencia de las ausencias típicas de Raúl Castro ante situaciones catastróficas, era una reconocible señal de interés y preocupación de Díaz-Canel por la situación: una señal de liderazgo.

 

Tanto fue así que el régimen tuvo que hacer algo que nunca hace: explicar que la ausencia de Raúl Castro en el lugar de la tragedia se debía a una operación de hernia de la que estaba convaleciendo. Lo cierto es que en ocasiones anteriores Raúl Castro no convalecía de nada y tampoco dio la cara cuando devastadores huracanes golpearon la isla, y solamente terminó apareciendo en público muchos días después de los desastres, sin que el régimen ni la camarilla se preocuparan de explicar nada.

 

Pero esta vez tuvieron que hacerlo de inmediato, por una razón muy concreta: por miedo.

 

Porque la población estaba comparando automáticamente al Díaz-Canel en el lugar del siniestro con la ausencia del general sin batallas, y por eso el Departamento Ideológico del partido tuvo que intervenir a la carrera y precipitadamente para apuntalar al anciano decadente que, aunque no lo haya querido así cuando planificó su “retiro” y la transición dentro del régimen, se va dando cuenta que desde su posición de secretario general del partido, diga lo que diga la constitución cubana y repita la castrada prensa timorata, tiene bastante poco que hacer en realidad, porque su cargo actual de primer secretario del partido es uno que requiere básicamente liderazgo. Y él no es un líder, ni lo ha sido ni lo será nunca. Mucho menos lo ha sido, ni lo es ni lo será nunca el inefable burócrata segundo secretario del partido, el vetusto cavernícola José Ramón Machado Ventura.

 

Era un momento decisivo para que Díaz-Canel reafirmase su personalidad y su liderazgo,  no conspirando contra “los históricos” sino dejando que las cosas fueran como son y seguir desarrollando su trabajo sin pretender forzar nada. Pero quizás el recién estrenado gobernante perdió en esta ocasión una magnífica oportunidad de haberse quedado callado, cuando al día siguiente de la tragedia señaló, según la agencia española EFE, que Raúl Castro había estado “muy pendiente de todo” y que “enseguida que se enteró del suceso comenzó a impartir orientaciones, ha estado al tanto, ha estado siguiendo toda la información que se le daba sistemáticamente, siempre indica algún detalle a tener en cuenta”.

 

No tiene que ser necesariamente una mentira lo que declaró Díaz-Canel, pero tampoco hay que aceptarlo como verdad axiomática, y como quiera que sea sería muy curiosa la capacidad de recuperación, claridad, gestión, liderazgo y espiritualidad en un anciano de 86 años convaleciente de una operación de hernia que, aunque “planificada” según se dijo no sabemos si requirió anestesia general o de otro tipo ni en qué condiciones ni cuándo ni donde se desarrolló.

 

En tiempos del castrismo Cuba había tenido dos presidentes civiles sin el apellido Castro: Manuel Urrutia y Osvaldo Dorticós. Urrutia quiso tomarse en serio su cargo de presidente y por eso chocó casi de inmediato con Fidel Castro y sus arbitrariedades, por lo que solamente duró en su posición presidencial menos de siete meses, entre enero y julio de 1959. Dorticós, por su parte, sabía que él era solamente una simple figura decorativa, y no tuvo inconveniente en plegarse absolutamente a la voluntad y los impulsos de Fidel Castro, gracias a lo cual se mantuvo en ese cargo durante diez y siete años.

 

Díaz-Canel llevaba menos de un mes en el cargo cuando tuvo que optar por una posición concreta como presidente y actuó más parecido a como lo hubiera hecho Dorticós que a Urrutia. Habrá que ver si este caso fue solamente una primera vez donde puede haber influido desde el temor a la inexperiencia o la inseguridad del estreno, o si acaso será una característica distintiva de un mandato que, de ser así, resultará funesto para los cubanos.

 

Porque lo más dramático -¿o patético?- de las palabras del actual gobernante cubano en esas declaraciones que reseña la agencia EFE fue esa frase que le atribuye cuando habría destacado la “sensibilidad humana del líder de la revolución en los momentos actuales”. Porque si algo nunca ha destacado a Raúl Castro -ni tampoco a su hermano- durante más de sesenta años, es la “sensibilidad humana”.

 

De momento, con tan escasa información y detalles, es imposible llegar a conclusiones sólidas y definitivas sobre el Díaz-Canel que viene. Habrá que esperar.

 

Y preguntarse si necesariamente era imprescindible que el presidente Miguel Díaz-Canel resaltara lastimosa y plañideramente a un convaleciente Raúl Castro que tenía muy poco que hacer en tales circunstancias, colocándose a sí mismo el nuevo mandatario cubano como si fuera un insignificante responsable de vigilancia de un Comité de Defensa de la Revolución buscando trepar en el escalafón de los chivatos y no un Jefe de Estado y Gobierno tomando decisiones en medio de una tragedia nacional.

 

No porque Díaz-Canel tendría que haber ninguneado al muy mediocre Raúl Castro durante esta tragedia -aunque hubiera sido una muy buena noticia que se hubiera atrevido a hacerlo-, sino porque habría sido muy conveniente para los cubanos que el nuevo gobernante alcanzara la estatura imprescindible para haber aprovechado la ocasión y las circunstancias para solidificar su posición, legitimándose un poco más en una situación en que, sin pecar de cinismo sino viéndolo en términos de realpolitik, esa desdicha para el país pudiera haber sido una excelente oportunidad para el nuevo gobernante de poder consolidar y destacar un imprescindible relevo de liderazgo como el que necesita Cuba para poder en algún momento comenzar a avanzar de verdad.