Cubanálisis El Think-Tank

           ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

   

Dr. Eugenio Yáñez, Estados Unidos

 

 

 

CUBA 2018: Ni cambio ni continuidad sino todo lo contrario

 

Acaba de consumarse el cambio de gobernante oficial en La Habana, con la designación (nunca elección) de Miguel Díaz-Canel Bermúdez como el relevo de Raúl Castro en el cargo de Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros, y podemos decir con un criterio mesurado y a la vez objetivo que en Cubanálisis-El Think-Tank estuvimos bastante acertados en nuestros pronósticos, no porque seamos adivinos sino porque los análisis los hicimos desapasionada y profesionalmente, como acostumbramos.

 

Avizoramos que se crearía un balance considerando las características raciales, de género y de edad de los dirigentes, y así fue. En la Asamblea Nacional del Poder Popular se mantuvo su presidente negro, y dos mujeres como vicepresidente y secretaria de la Asamblea. En la dirección del Consejo de Estado se designaron cuatro hombres y tres mujeres, que distribuidos racialmente significa cuatro personas de la raza blanca y tres afrodescendientes. Tratándose de siete personas en total, la proporción de 4-3 es de hecho un resultado parejo o, al menos, no desbalanceado en ningún sentido. Y desde el punto de vista etario, el único que desentona en ese equipo directivo es el Comandante de la Revolución Ramiro Valdés, con 86 años, pero aparentemente colocado ahí más que por una representación de edad como una concesión al sector más troglodita y talibán del poder, manteniendo bien visible a “un tipo duro”, y como hubiera dicho alguno de los generales de Raúl Castro, “por si acaso”.

 

Si en algo no estuvimos exactos en Cubanálisis-El Think-Tank fue en considerar que la secretaria general del partido comunista en La Habana se mantendría o ascendería más aun en un alto cargo dentro del Consejo de Estado, aunque ya Raúl Castro se encargó de explicar por qué no fue así y de que recibiría otra tarea importante en el Comité Central del Partido. De manera que será mantenida o promovida al más alto nivel, aunque no en el Consejo de Estado, sino en el partido, con todo lo que ello puede significar cuando actualmente se está preparando también el relevo de la dirección partidista para el 2021.

 

Insensateces y banalidades

 

Sin embargo, la cantidad de disparates que se han pronunciado antes, durante y después de la ceremonia circense en el Palacio de las Convenciones resultan antológicos. Si algo ha demostrado entre otras cosas todo este proceso es la supina ignorancia de muchos supuestos especialistas sobre el tema cubano, y la testarudez continuada lindando con la estupidez que caracteriza a determinados personajes de la farándula analítica en Cuba, Miami, Washington, Madrid y en todas partes del mundo. En vez de analizar las realidades para llegar a conclusiones funcionan a la inversa: confeccionan determinadas conclusiones y posteriormente intentan que la realidad demuestre que tales conclusiones son acertadas, aunque no tengan nada que ver con el sentido común.

 

Así, durante meses nos juraban de la inevitabilidad de que Alejandro y Mariela Castro Espín, ambos hijos del general sin batallas, y hasta el nieto de Raúl Castro, eran los candidatos indiscutibles que tenían condiciones “presidenciables”; sin embargo, cuando ocurrió el proceso de nominación del nuevo presidente tal y como estaba previsto desde hace muchos años, inmediatamente la narrativa cambió, y ahora se “razona” que ninguno de los hijos heredó la corona porque se mantienen a la sombra como vigilantes sabuesos, listos para entrar en escena si se considera necesario. Y en ningún momento aceptan que, simplemente, los descendientes del general no tienen ni condiciones ni posibilidades de adueñarse de los cargos principales del poder, y que todas las elucubraciones elaboradas alrededor de tal mito eran sencillamente eso, especulaciones baratas y sin sentido.

 

También nos continúan asegurando que en Cuba existe una supuesta junta militar que es quien dirige. Y eso lo hacen en un escrito tan contradictorio que en un párrafo afirman que quien dirige en las provincias es el partido, y en el siguiente se nos asegura que lo hace una junta militar dirigida en la práctica por un coronel que tiene poder y autoridad sobre generales de una, dos y hasta tres estrellas, que suman historias combativas a las que no podría llegar ese coronel aunque viviera cien años más. Y todo eso en un momento en que el régimen lava su cara con un gobierno “civil” tratando de escaparse de las presiones de Estados Unidos al no aparecer el apellido Castro en ninguna posición de gobierno. Pero así son algunos testarudos desesperados por sus quince minutos de fama “analítica”.

 

Y así en todo este proceso se han visto posiciones, criterios y falsos análisis que llegan a los extremos. Utilizando su absoluto derecho a expresar libremente su opinión, algunos de los personajes más duros del teatro de operaciones militares de la Calle Ocho, veteranos de la agrupación de infantería cilindro-motorizada del frente de combate del restaurant Versailles, desplegaron pancartas acusando a Díaz-Canel de rata venenosa, mientras que una publicación de una agencia extranjera acreditada en la isla aseguraba que “la era de los Castro se cierra en Cuba”, y otro despacho de esa misma agencia declaraba solemne y equivocadamente que “el presidente y jefe de gobierno no será a la vez primer secretario del Partido Comunista (PCC), único legal, ni comandaría las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR)”.

 

No fue esa agencia la única que incurrió en ese error. De haber leído la Constitución del régimen hubieran sabido que el Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros tiene entre sus funciones “desempeñar la Jefatura Suprema de todas las instituciones armadas y determinar su organización general”. Y de haber seguido cuidadosamente los años de Raúl Castro en el poder deberían conocer que el grado de Comandante en Jefe fue creado en Cuba para que lo ostentara exclusivamente Fidel Castro, por lo que el general sin batallas nunca lo aceptó al sustituir a su hermano desde el 2006, y mucho menos lo aceptaría Díaz-Canel. Pero esos son “detalles” que no crean cargos de conciencia a tan profundos “analistas” y “periodistas” que pululan opinando sobre el tema cubano.

 

Por otra parte, ya apareció un “iluminado” asegurando, por aquello de repartir numeritos, que ahora Raúl Castro era el número1, Díaz-Canel el número 2, y Salvador Valdés Mesa, al ser el número 2 de Díaz-Canel, se convertía en el número 3 en Cuba. Alguien podría haberle preguntado a tan inspirado pensador si alguna vez había escuchado hablar de “un tal” José Ramón Machado Ventura, que es el número 2 del partido. Y si se había puesto a pensar que, como son las cosas en Cuba, el número 2 del partido debería estar por encima del número 2 del Estado y gobierno. Aunque los “iluminados” no pierden tiempo en tales simplezas si de presentar una primicia se trata, aunque no tenga lo más mínimo que ver con la realidad.

 

Veamos entonces, aclarados esos puntos anteriores entre la colección de insensateces que se han planteado, algunos aspectos reales de la reciente sucesión que se llevó a cabo en La Habana el 19 de abril del 2018 y que merece la pena destacar, aunque no sean todos los importantes que habría que destacar.

 

¿Más de lo mismo?

 

Evidentemente, la intención del régimen fue la del clásico gatopardismo, aquello de que es necesario que todo cambie para que todo siga igual. Y como dejó muy claro Raúl Castro en su discurso final como Presidente, la preparación del sustituto para el cargo presidencial fue un proceso de décadas, que dejó por el camino a una decena de presuntos aspirantes que políticamente fallecieron empalagados con las mieles del poder, y un único superviviente que resultó quien finalmente es hoy el flamante presidente cubano.

 

Entonces, sin dudas, todas las especulaciones que giraron en torno a los posibles delfines en los últimos meses eran solamente parte de una narrativa sin fundamentos, y una clara intención del régimen de alimentar el clásico secretismo bajo el disfraz de un proceso democrático que nunca fue tal ni nunca se pretendió que lo fuera.

 

Sin embargo, toda esa preparación del relevo, donde se revisaron hasta los más mínimos detalles y se consideraron muchos escenarios posibles, no necesariamente significará que todo lo que venga será más de lo mismo, como desea Raúl Castro, aunque considere que ya todo en Cuba estaría “atado y bien atado”, como dijo Francisco Franco en España refiriéndose a su propia sucesión.

 

Porque hay una relativa brecha generacional en el nuevo gobierno con relación a sus antecesores, pero solo relativamente. El nuevo presidente comienza su camino con 25 años más que los que tenía Fidel Castro en 1959 al adueñarse del poder, y el doble de edad que tenía Raúl Castro en esa misma fecha. Y, casualmente, la misma edad que tenía Fulgencio Batista cuando tuvo que salir huyendo de Cuba ante el avance de los rebeldes. De manera que aunque se insiste demasiado en lo de “jóvenes”, solamente pueden verse así cuando se comparan con la colección de carcamales que ha tenido que dar un paso al lado en las estructuras de gobierno no porque lo deseen y consideren que es positivo, sino solamente porque la biología se los impone.

 

Pero si el nuevo presidente tiene 58 años (los cumplió al día siguiente de su designación), su primer vicepresidente, Salvador Valdés Mesa, cuenta con 72, y un vicepresidente, Ramiro Valdés, con 86, mientras los restantes vicepresidentes (parecerían demasiados vicepresidentes, ¿no?) se mueven en la quinta década de vida. No son “muchachitos”.

 

De todas formas, realmente existe esa brecha generacional, con todo lo que implica. No siempre los más jóvenes son buenos o positivos, como han demostrado Kim Jong-un o “Baby Doc” Duvalier en la vida real, o Michael Corleone en la película “El Padrino”. Aunque, sin dudas, generaciones más jóvenes tienen sus estilos propios y experiencias y vivencias que sus predecesores no comparten.

 

¿Alguien se imagina al Comandante de la Revolución Guillermo García a sus 90 años o a José Ramón Machado Ventura a los 87 con un iPad o enviando mensajes por WhatsApp? Lo que para aquellos nada venerables ancianos del régimen es algo tan remoto como un exoplaneta, debería ser un instrumento de trabajo cotidiano para esos flamantes “jóvenes” cabecillas del nuevo Consejo de Estado cubano designado para el período 2018-2023.

 

De manera que una supuesta continuidad castrista como si alguien pudiera bañarse dos veces en el mismo río, no es nada sensato. Naturalmente que habrá matices, y cuando se dice que no necesariamente todo será más de lo mismo eso no implica que los cambios comenzarán mañana por la mañana, o que la perestroika tropical ya viene llegando. Pero que habrá diferencias de estilo y maneras de actuar es algo imposible de evitar, no solo para el caso específico de los nuevos escenarios cubanos que ya se van desarrollando en estos momentos, sino para cualquier proceso de evolución generacional en el mundo.

 

Argumentar que el discurso inicial de Miguel Díaz-Canel no deja entrever nada de eso, sino todo lo contrario, lo único que demuestra es que el nuevo presidente cubano no es un tonto, y que no fue por casualidad que pudo ser el único “sobreviviente” del largo proceso de años en que se buscaba al sucesor para la actual gerontocracia que ya va de capa caída, aunque se aferre al poder hasta con las uñas mientras le queden sus últimos alientos de vida.

 

Haber dicho cualquier cosa diferente a lo que dijo en su discurso inaugural hubiera sido una soberana estupidez. Si realmente cree todo lo que dijo y es lo que pretende hacer, entonces estuvo bien dicho de su parte todo lo que dijo. Pero si en realidad piensa diferente, y pretende modificar determinadas cosas -hasta dónde lo haría sería otro punto- entonces hizo mucho mejor aun en decir lo que dijo en ese primer discurso.

 

Eso lo sabremos dentro de algunos meses, pero sin lugar a dudas antes que termine este año 2018. De manera que, inmediatamente, y sin dejarle ni siquiera respirar, comenzar a tildarlo de “cucharita”, alguien que ni pincha ni corta, lo que en Cuba significa que es un absoluto inútil y un incapaz cero a la izquierda, podría ser poner la carreta delante de los bueyes. Ya habrá tiempo de crucificarlo si se lo merece, pero no es necesario que sea desde el primer día, cuando ni siquiera ha logrado calentar la silla de su nueva oficina, ¿o se mantendrá en la misma oficina para no tener que sacar de la suya a Raúl Castro?

 

Sin olvidar algo a lo que no se ha dado importancia todavía: y es que Raúl Castro no tiene experiencia para dirigir siendo el máximo y único jefe del país, pero sin ocupar los máximos cargos, ya que legalmente no dirige ni el Consejo de Estado ni el Consejo de Ministros, ni tampoco las fuerzas armadas.

 

La prueba de ello es que en la clausura de la sesión de la Asamblea Nacional del Poder Popular que instituyó al nuevo presidente, Raúl Castro debería hacer pronunciado su discurso de “despedida” como presidente saliente antes que sus actuales “superiores”, por lo que las actividades de clausura definitiva debieron haber correspondido al presidente de la Asamblea Nacional y al nuevo presidente del Consejo de Estado y Ministros.

 

Sin embargo, no solamente Raúl Castro fue quien realizó la clausura, sino que además, inventó una nueva ficha del dominó castrista, el doble-diez, como dice un colega, cuando declaró que Díaz-Canel debería estar dos períodos de cinco años como presidente, y además ocupar el cargo de primer secretario del partido a partir del 2021 por dos períodos de cinco años también, con lo cual el general de la espada virgen demostró prácticamente que no le preocupa ni le interesa para nada la opinión, los criterios ni los votos de los diputados a la Asamblea ni de los militantes del Partido, no solamente de los actuales sino de los que vendrán posteriormente.

 

En el colmo de la soberbia y la vanidad, dicta instrucciones y establece directivas para cuando él tenga hasta cien años de edad. Porque esa es la esencia de los miserables cabecillas del castrismo. Creerse inmortales, creerse dioses. Cuando no son más que vulgares, mediocres y pretensiosos dictadorcillos tercermundistas, destinados al basurero de la historia. Nada más que eso.

 

¿El fin de una era?

 

Titular más que cursi, pero repetido ad nauseam en inglés y español en los últimos días. Será el fin del apellido Castro en el gobierno, eso es evidente, pero no el fin de la era de los Castro en el poder y todas sus nefastas consecuencias para Cuba y los cubanos.

 

Porque incluso aunque se transformaran hasta los tuétanos todas las realidades de la isla con una hipotética acción casi subversiva del nuevo gobernante, la era de los Castro no desaparecería de inmediato ni automáticamente.

 

No hay que olvidar que la llamada revolución cubana está a punto de cumplir 60 años de funesta existencia, mientras que el comunismo soviético sobrevivió por 74. Y aunque la Unión Soviética desapareció en 1991, hace ya 27 años, todavía sus secuelas y taras se mantienen con fuerza en el país, desde las imágenes de Stalin en el pecho por parte de muchas personas de edad avanzada hasta las agrias polémicas continuas para mantener a la momia de Lenin en su mausoleo de la Plaza Roja. De la misma manera que el comunismo chino en el poder cumplirá 70 años en el 2019, y a pesar de todas las reformas y transformaciones provocadas por el “modelo chino”, todavía la imagen de Mao Tse Tung preside la Plaza Tienanmen por sobre el recuerdo de los miles de jóvenes asesinados en 1989 en esa misma plaza.

 

Si eso es así en dos países como Rusia y China, donde, al menos oficialmente, se intenta avanzar hacia una nueva era, mucho más difícil resultará en Cuba, donde lo que menos se pretende es que el país se adentre en una etapa distinta, y son muchos, en el poder y fuera de él, los interesados en que la castrista nunca termine, sea para continuar disfrutando de los privilegios de la supuesta “revolución”, por temor o pánico a cambios, cualesquiera que sean, o por simple inercia, rutina y abulia, porque simplemente no saben vivir de otra manera.

 

De manera que lo que podríamos esperar para los próximos tiempos en Cuba, en caso de que el nuevo presidente se decidiera a realizar cambios significativos en el país, y que además tuviera el balance de poder interno para realizarlos, sería un camino muy largo y tortuoso, sinuoso más que directo, y teniendo que luchar permanentemente contra los fantasmas “revolucionarios” del pasado reciente, donde los espectros de Fidel Castro, y de su hermano Raúl, haya fallecido o no cuando comenzara ese eventual proceso de transformaciones, estarán agitando continuamente a castristas frustrados, miembros de la nomenklatura y envidiosos de tercera categoría, muchos de ellos de avanzada edad.

 

Por lo que de ninguna manera deberíamos sorprendernos en caso de poder ver en Cuba en algún momento sucursales de McDonald’s o Walmart donde esas empresas tengan a la entrada fotos de alguno de los hermanos Castro.

 

Porque los viudos y viudas eternas de los Castro no se resignarán a que las cosas puedan ser diferentes, aunque sus propias vidas hayan sido y seguirían siendo miserables, o hayan dependido de raquíticas migajas y muy insignificantes y volátiles privilegios. Y es que no conocen ni quieren conocer otra cosa que un castrismo decadente, fracasado, y sus mediocres líderes, el primero que los abrumó durante 47 años con su insaciable verborrea mientras destruía sistemáticamente el país, y el segundo, que mintiendo durante otros 12 años, no pudo lograr siquiera que los cubanos pudieran tomarse un vasito de leche diario en un país donde, cuando ambos hermanos se adueñaron del poder, había casi tantas cabezas de ganado como habitantes.

 

Que a esos pandilleros mediocres se les considere gobernantes y que pudieran dejar un brillante legado tras su paso por la tierra es algo que solamente podría ocurrir en dos lugares: en el Macondo de Cien Años de Soledad, y en la finca privada de los hermanos Castro, conocida también como República de Cuba, y donde acaba de ser designado mayoral Miguel Mario Díaz-Canel Bermúdez.