Cubanálisis El Think-Tank

           ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

   

Dr. Eugenio Yáñez, Estados Unidos

 

 

 

Cuando el miedo se disfraza de cautela

 

Cuando el miedo se disfraza de cautela, al menos en Cuba, se dicen cosas como las que dijo Raúl Castro en la reciente reunión del Consejo de Ministros donde se habló sobre las Cooperativas No Agropecuarias (CNA).

 

Y se habla de tener cuidado de no cometer errores que puedan afectar la economía y dañar a la población, como si la mayor afectación que pudieran sufrir la economía y la población cubana, que dura ya más de cincuenta años, no fuera el calamitoso estado en que se encuentra desde que se proclamó el “socialismo” en Cuba y se hizo a toda la nación depender de un absurdo e inoperante sistema centralizado de planificación estatal que lo único que garantiza es incumplimientos, mala calidad, burocratismo, trabajar por campañas, falsas estadísticas y frustraciones permanentes, sin resolver ninguno de los tan acuciantes problemas que laceran a los cubanos año tras año.

 

Cada vez que el régimen pretende demorar cualquier cosa que no le interesa llevar a cabo hace referencia a la cautela y a no precipitarse, tratando de asegurarse la simpatía de la población con su demagógico llamado a la prudencia para evitar dañar a los cubanos, pero cuando se trata de asuntos que por cualquier razón le interesan a la camarilla gobernante, entonces la cautela ni siquiera se menciona, y se acomete su realización aceleradamente, en ocasiones precipitadamente, y hasta sin tener en cuenta ni siquiera las más elementales precauciones antes de ejecutar las acciones.

 

Es cierto que ese estilo era más característico de Fidel Castro, a quien solamente le interesaba lo que se le ocurría a él personalmente, pero tampoco su hermano, el general sin batallas, está exento del pecado de imprudencia: prometió el famoso vaso de leche hace muchos años, o criticó el marabú en los campos de Cuba como si pretendiera terminar con ese flagelo de la agricultura cubana, o hace referencias a la necesidad de eliminar la doble moneda, pero sin pasar de ahí y sin materializar nada.

 

Raúl Castro no parece haber mostrado toda la cautela que hubiera sido requerida cuando hace algunos años dio luz verde a la construcción del superpuerto de Mariel, fabricado con oscuro dinero promovido por el gobierno brasileño, dinero del que ahora se comienzan a saber algunas interioridades. Todos esos turbios manejos trajeron como resultado que después de una pomposa inauguración, en la que, como se recordará, el primer buque que atracó provenía de Estados Unidos y venía cargado de contenedores de pollo congelado, ridiculizando la teoría del criminal bloqueo imperialista, se conoce ahora que el calado del canal de entrada al moderno puerto no garantiza la profundidad óptima para que los buques del tipo Súper PostPanamax, que definirán el comercio marítimo interoceánico en los próximos años, puedan operar bajo las nuevas normas internacionales.

 

Tampoco ha mostrado el dictador demasiada cautela en los preparativos para la celebración de los quinientos años de la fundación de la ciudad de Santiago de Cuba, donde se construye a la carrera y con las características chapucerías de esos tan bien conocidos maratones de última hora, a la vez que se maquilla con colorete lo que no se pueda reparar. Se supone que los visitantes extranjeros solamente puedan ver la cara más agradable de la histórica ciudad, mientras el lado feo queda fuera de su vista, o no puedan observarlo detenidamente por la velocidad a que serán movidos en las comitivas oficiales.

 

No hablemos ya del acueducto de Santiago de Cuba, al que Raúl Castro hizo referencia en aquel discurso que comenzó diciendo que él era la sombra que desde el público se veía en el podio. No dijo por qué, pero eso sucedió porque la tribuna se colocó de manera tal que el sol quedara a la espalda de los “ilustres” dirigentes que presidían la actividad, mientras el sol daría de frente a los infelices “dueños” del país según repite la propaganda oficial de la dictadura, es decir, a los trabajadores y campesinos asistentes al acto. En aquel discurso, Raúl Castro, como si no existiera futuro, dijo que cuando no hubiera agua en Santiago de Cuba los responsables de la construcción del acueducto tendrían que salir a dar la cara a la población y a la dirección de la revolución, es decir, a él mismo.

 

Sin embargo, hoy en día la sequía tiene el abasto de agua en Santiago de Cuba en niveles críticos y solamente se distribuye el líquido algunas veces a la semana y por unas pocas horas, mientras que muchos camiones-cisterna tienen que distribuir agua a la población en los lugares a donde no llega por las tuberías, que son bastantes en toda la ciudad. A pesar de esa realidad, no se ha visto a ninguno de los encargados de garantizar la construcción y el funcionamiento adecuado del acueducto santiaguero salir a dar explicaciones a la población o al mismo Raúl Castro. Ni siquiera a expresar disculpas por otra chapucería “revolucionaria”, o dar explicaciones sensatas más allá de que la sequía está haciendo estragos en el país, en los mismos momentos en que en otras provincias se han producido violentas inundaciones por los excesos de lluvias en muy pocas horas.

 

De manera que el llamado del general-dictador de hace unos días, cuando declaró muy tranquilamente que “no tenemos por qué acelerar el paso, tenemos que cogerle el ritmo a los acontecimientos” no puede decirse que sea una característica distintiva de su estilo de dirección, pues vemos que cuando le conviene llama a la desaceleración de las actividades y cuando le interesa ordena la máxima velocidad, sin reparar incluso si el camino por el que se moverá es el adecuado o está en estado transitable.

 

Hace ya diecinueve meses el régimen autorizó la creación de las llamadas Cooperativas No Agropecuarias (CNA) con carácter experimental, con la intención de pasar a esa forma organizativa actividades de servicios a la población, fundamentalmente comercio, gastronomía y servicios técnicos y personales, pero también actividades de construcción y producciones industriales relativamente sencillas, que hasta entonces se llevaban a cabo a través de empresas estatales.

 

Empresas estatales con la típica falta de interés de los empleados en hacer las cosas bien (recordemos que todo funciona sobre la base de que el gobierno hace como que paga a los trabajadores y los trabajadores hacen como si trabajaran), lo que siempre trae por lógico resultado el consiguiente mal servicio, desvío de recursos a favor de los empleados, corrupción, “trapicheo”, amiguismo, sustitución ilegal y no avisada de piezas y productos con otros de peor calidad, demoras en el servicio, colas, mala calidad, y maltratos a los “usuarios”: no debe olvidarse que, gracias a la indiscutible y comprobada superioridad del socialismo cubano, las empresas estatales, a diferencia de las capitalistas que en el mundo existen, no tienen clientes sino usuarios.

 

Y que aunque en la economía de mercado el cliente siempre tenga la razón, en la finca de los hermanos Castro el usuario no la tiene si el partido, el administrador, o hasta un solo trabajador considera que dicho usuario no quiere comprender las realidades por la que no puede satisfacer sus necesidades o que no le den lo que le corresponda por el dinero que ha pagado.

 

Era elemental, y sabido desde hace muchísimos años, que las cooperativas, dándole la posibilidad a los trabajadores de tomar las decisiones y obtener sus ingresos en función de la cantidad y calidad del trabajo que realizaran, y no depender de un sueldo estatal arbitrariamente fijado, serían mucho más eficientes y efectivas que esas empresas estatales de servicios, inoperantes e ineficientes, que todavía una parte de la población las llama “consolidados”.

 

Ese fue el nombre surgido del funesto experimento de Che Guevara cuando quiso jugar a ministro de industrias y armó un monstruo burocrático donde hasta el último zapatero quedaba controlado por una empresa “consolidada” que bien podría ser de zapaterías, o de peleterías, o de talabartería, o váyase a saber de qué, siempre que fuera “consolidada” y estatal hasta el último tornillo y la última pulgada de cualquiera de sus edificaciones en todo el país, aunque no fuera capaz de generar ganancias, ni funcionar con eficiencia, ni resolviera los problemas del país ni de la población.

 

En la mencionada última reunión del Consejo de Ministros, Marino Murillo Jorge, miembro del Buró Político del partido, vicepresidente del Consejo de Ministros, Ministro de Economía y Planificación, y Jefe de la Comisión Permanente para la Implementación y Desarrollo de no se sabe exactamente qué, (pues tiene más cargos que medallas un antiguo mariscal de la extinta Unión Soviética), descubrió el agua tibia al señalar que las cooperativas resultan fuentes de empleo y que han incrementado las ofertas, la calidad de las producciones y los servicios, al mismo tiempo que han extendido los horarios en que ofrecen servicio a la población, lo que nunca pudieron hacer las empresas estatales.

 

Por si todo lo anterior le pareciera poco a la gerontocracia estatista y totalitaria cubana, este líder multi-cargos agregó: “Además, se ocupan de los segmentos del mercado que no resultan competitivos para la empresa estatal”. Es decir, que el Estado socialista y revolucionario, bajo la sabia dirección del invencible comandante en jefe primero y el general sin batallas después, nunca ha podido resolver durante cincuenta y seis estériles y desastrosos años en el poder.

 

Entre otras ventajas de las cooperativas no agropecuarias que Marino Murillo mencionó en su intervención, están sus buenos resultados productivos, económicos y financieros, y que en las mismas, además, se elevan los niveles de ingreso por concepto de utilidades de los socios. Es decir, fueron mencionados importantes aspectos positivos y, hasta donde se ha hecho público, no se habló de deficiencias significativas que hubieran merecido destacarse por la única prensa que reportó la reunión, naturalmente la oficialista.

 

¿Por qué, entonces, el régimen, encabezado por el reaccionario partido comunista, sigue insistiendo en la empresa estatal “socialista” como la madre de todas las empresas, y continúa bloqueando a las cooperativas y los cuentapropistas, considerándolos males necesarios que no pueden evitarse, pero a los que hay que hacerle la vida lo más difícil posible cada día? Por una única y sencilla razón: para justificar su permanencia en el poder y seguir disfrutando de sus mieles.

 

Recordemos brevemente el origen de esta “forma no estatal” según la jerga  de la actualización neocastrista. Después de mucho tiempo cavilando sobre el tema en las altas esferas del partido y del gobierno, y consultando entre generales y doctores, aquilatando tal vez hasta las posiciones de las alineaciones planetarias o quien sabe si discurriendo sobre la ya clásica inmortalidad del cangrejo, el régimen finalmente decidió dar el paso de crear las CNA.

 

Sin embargo, para no perder la inveterada costumbre de convertir todas y cada una de las oportunidades en problemas, rasgo típico del castrismo y del neocastrismo con su burocratismo más rancio e ineficiente, se inventaron procedimientos alucinantes para dar el visto bueno definitivo a cada Cooperativa No Agropecuaria.

 

El mecanismo establecido para la aprobación de tales unidades, que el régimen se niega a considerarlas como empresas, aunque en realidad lo son en todas partes del mundo, resultaba tan infernal desde el primer momento, que después de innumerable papeleo y comisiones y más comisiones, donde cualquier detalle era suficiente para detener el proceso y enviar de vuelta los documentos a los proponentes para su ajuste, la aprobación final quedaba en manos del Consejo de Ministros.  

 

¡Nada menos que el consejo de ministros del país tiene que dar su aprobación para que cuatro barberos, por ejemplo, dejen de ser empleados estatales y se pongan de acuerdo para funcionar como una cooperativa! Y no menciono ese ejemplo por subestimación a los barberos ni mucho menos -personajes del folklore cubano gracias a los cuales nos enteramos de chismes, “bolas” y runrunes, además de que cuidamos nuestro aspecto y nuestra higiene- sino para destacar que hasta crear una cooperativa relativamente sencilla, donde se pongan de acuerdo unos pocos trabajadores que realizan la misma actividad, que está razonablemente bien definida y estandarizada, requiera que se reúna el Consejo de Ministros del país para que pueda empezar a funcionar. ¡Ni en el Macondo más delirante de Gabriel García Márquez podrían suceder cosas así!

 

Y si alguien piensa que todo lo anterior es exageración, o que las cosas no son como decimos, sencillamente deberá tratar de conocer un poco más a fondo las interioridades de la gestión de la economía y la administración pública cubana, donde el burócrata más encumbrado y experimentado puede quedar sorprendido ante cualquier nueva ocurrencia de algún otro colega gubernamental o partidista, más burócrata todavía, porque el absurdo y el surrealismo no conocen límites en el paraíso de los trabajadores cubanos.

 

Prueba de ello es que tras pasar por ese calvario burocrático, hasta comienzos de junio del 2015 se ha autorizado la creación de 498 cooperativas no agropecuarias, pero no se han dado cifras oficiales de cuántas han sido las propuestas rechazadas.

 

Porque a pesar de la parafernalia establecida y los abusivos mecanismos fiscales y de control estatal que se lanzan sobre las eventuales nuevas cooperativas, es tal la agobiante situación de muchos de los trabajadores en condiciones de empleados estatales, que muchos están dispuestos a correr los riesgos de acometer ese nuevo emprendimiento cooperativo y quitarse de encima las coyundas que han tenido que soportar durante casi medio siglo, después de desaparecer durante la llamada “ofensiva revolucionaria”. Medida extremista, que ni fue  revolucionaria ni constituyó una ofensiva, porque no se lanzó contra enemigos, y se desató en un arrebato combinado de delirio y maldad de Fidel Castro en marzo de 1968, hace ya 47 años, simplemente para sentirse más seguro en el poder desposeyendo de sus medios de vida a cientos de miles de personas, desde dueños de bares y bodegas, hasta vendedores de fritas, cucuruchos de maní o afinadores de pianos.

 

Por otra parte, es interesante destacar que de las 498 propuestas de cooperativas no agropecuarias aprobadas, un 88% están concentradas en varios sectores: Comercio,  Gastronomía y Servicios Técnicos y Personales (59%), Construcción (19%) e Industria (10%), pero del total hasta estos momentos funcionan solamente 347 CNA, algunas tal vez porque hayan sido aprobadas muy recientemente (los jerarcas también aceleran sus maratones superproductivos para cumplir metas y poder quedar bien con “el general”).

 

Es decir, serían 151 CNA aprobadas que se puede suponer que no hayan comenzado a funcionar todavía. O quizás algunas -no hay manera de poderlo saber, porque el régimen nunca ha sido ni medianamente transparente en nada- hayan comenzado y por alguna razón no continuaron, aunque parece menos probable. No porque una cooperativa de este tipo esté exenta de fracasar como cualquier nueva empresa en el mundo en cualquier época, sino porque no parece, teniendo en consideración la velocidad con que se mueven las cosas en la finca de los Castro en lo que a la organización y gestión de la economía se refiere, que puedan haber tenido tiempo ya de haber comenzado, llevado a cabo sus actividades correspondientes, comprobado resultados que no satisfacían a sus integrantes, y que hayan decidido no continuar.

 

Según la información oficial, quedan otras 205 propuestas de CNA en evaluación, que si se sumaran a las 498 ya aprobadas harían una cantidad de 703 propuestas, aunque tal cifra nunca fue mencionada en la reunión del Consejo de Ministros donde Raúl Castro aplicó los frenos. Como es sabido, entender las cifras y la lógica matemática entre las estadísticas parciales y manipuladas que publica la prensa oficialista cubana es una labor titánica que no siempre se logra culminar.

 

Al señalar los aspectos negativos del funcionamiento de las CNA se señaló -menos mal- que el procedimiento para constituir cooperativas ha incorporado una carga burocrática que genera dispersión y demoras. Eufemismo para no tener que decir que ese proceso ha sido una calamidad de ineficiencia y burocratismo por parte del gobierno.

 

En consecuencia, los miembros del Consejo de Ministros -los mismos incompetentes que crearon el problema con sus mecanismos absurdos- aprobaron extender el experimento de las cooperativas en sectores no agropecuarios, pero siempre bajo la coyunda establecida por el general dictador de “no masificar la creación de cooperativas, la prioridad deberá ser consolidar las que existen e ir avanzando de forma gradual, pues de lo contrario estaríamos generalizando los problemas que se presentan”. ¿De qué problemas hablan estos ineptos? Los problemas más importantes detectados en las CNA han sido todos los creados por el gobierno con su incapacidad y sus enfoques burocráticos; ninguno por las cooperativas ni los cooperativistas.

 

Por lo menos, para bien de las cooperativas no agropecuarias se aprobaron determinadas medidas -insuficientes y condicionadas, como siempre, aunque algo siempre es mejor que nada- como extender de los actuales tres meses hasta un año el tiempo máximo para contratar trabajadores asalariados, aunque, siempre los peros, esos asalariados no podrán sobrepasar, el 10 % de la cantidad de socios de la cooperativa (para evitar la explotación de los trabajadores, actividad que es monopolio exclusivo del gobierno). Además, a partir de las decisiones que se tomaron, el período de gracia para la exención de los abusivos impuestos que establece el régimen para las cooperativas se extenderá desde los actuales tres meses hasta los primeros seis meses después de la inscripción de la entidad en el registro de contribuyentes. De efectos retroactivos, aparentemente, nada se mencionó.

 

Para complicar las cosas a los cooperativistas, se comenzará a elaborar una propuesta para poder insertar las cooperativas en el proceso de elaboración del Plan de la Economía y el Presupuesto del Estado, es decir, para que entren en el proceso más ineficiente posible. Asimismo, ya se trabaja también para controlar a los cooperativistas, con un programa de preparación sobre los principios de funcionamiento de las cooperativas, priorizando a sus directivos, estudiando temas como gestión de negocios, contabilidad, y el sistema de control interno. Será interesante conocer bajo que principios se basarán esos programas y quiénes los impartirán, porque si dependieran de las experiencias de la gestión estatal en Cuba y de los “logros” de la “actualización” de Raúl Castro, muy bien pudieran utilizar ese tiempo y esfuerzos para tareas mucho más productivas.

 

A pesar de todas las realidades mencionadas, el factor más conservador en el cónclave, o quizás sería mejor decir, más exactamente, la posición más contrarrevolucionaria, estuvo representada por las palabras de Raúl Castro, queriendo cortar los impulsos de posibles exaltados deseosos de hacer avanzar algo dentro de la piscina de leche condensada que constituye el funcionamiento del gobierno cubano.

 

Por eso dijo algo de lo que cualquier persona decente debería estar abochornada durante el resto de su vida: “Las cooperativas tienen un carácter experimental y aunque se avanza en su aplicación, no tenemos por qué acelerar el paso, tenemos que cogerle el ritmo a los acontecimientos”.

 

Tendrán carácter experimental para él y su pandilla de incompetentes, porque en el mundo abundan, y hasta podría decirse tal vez que sobran, experiencias suficientes para la creación y funcionamiento de cooperativas, tanto agropecuarias como de cualquier tipo no agropecuarias, sin necesidad de tener que recurrir a partidos comunistas como supuestas “vanguardias” de no se sabe qué, ni a absurdas comisiones de perfeccionamiento o de implantación de acuerdos, ni de asesores ni de consejos de ministros que deberían ocuparse de cosas mucho más importantes y no de aprobar detalles del funcionamiento de cooperativas de trabajadores,

 

Por eso es bochornoso también que, para abrir la discusión sobre el esotérico (en Cuba) tema de las cooperativas, Raúl Castro no haya tenido nada más interesante que decir que “…son seres humanos los que elaboran las propuestas, los que las aprobamos, los que dirigimos el país”. Preparando condiciones para cuando casi inmediatamente aplicara la retranca: “No siempre se tiene la experiencia en estas tareas, por eso lo que hagamos debe estar sometido constantemente a la crítica constructiva”.

 

¿Y que es eso de la “crítica constructiva”. Ah, quedó bien definida en la Rusia de tiempos de Lenin y Stalin, cuando los que se atrevían a plantearla podrían terminar en una celda en la Lubianka o con un balazo en la nuca.

 

Es cierto que en Cuba generalmente las cosas frente a las críticas no llegaron nunca tan lejos como en Moscú o Siberia, aunque se pudieran señalar casos aislados. Pero en la Isla tampoco la  ponen fácil, especialmente cuando Raúl Castro ha definido textualmente la tarea de plantear constantemente la crítica constructiva como “hacer un análisis crítico del cumplimiento de las tareas, dar su opinión en el lugar adecuado, el momento oportuno y con las formas correctas”. Concepto que a la larga es tan estrecho y difícil de determinarse con exactitud que solo puede provocar el silencio de los “cuadros”, temerosos de las consecuencias que tendría para sus cargos un error de tiempo, modo, o lugar al expresar sus criterios.

 

El lugar común expresado por Raúl Castro en esa reunión del Consejo de Ministros, de que “Estamos en el deber de calcular las consecuencias de cada paso que damos y de prever”, podrá servir de consuelo a Machado Ventura y su cohorte de ineptos que cobran como cuadros profesionales del Partido, a los burócratas de los aparatos estatales y de las administraciones provinciales y locales, a los diplomáticos encargados de repetir las consignas y barrabasadas partidistas y gubernamentales por el mundo, y, naturalmente, a la prensa oficialista, que si no habla tonterías no tiene de qué escribir.

 

Sin embargo, nada de lo que dijo Raúl Castro -y aplaudieron y aprobaron sus corifeos- tiene la más mínima utilidad para los cooperativistas, cuentapropistas, y cubanos que en realidad están interesados en salir del abismo y echar a andar hacia adelante el país, no en mantener privilegios y patentes de corso reservadas para unos pocos, no por méritos ni capacidades, sino por bochornosas vinculaciones a los mecanismos del poder.  

 

Porque Raúl Castro no habló para el futuro de los cubanos. Ni siquiera para el presente. Habló sencillamente para el pasado, para el basurero de la historia, para el fracaso.

 

Porque lo que hizo realmente fue intentar disfrazar sus miedos con ropajes, máscaras y maquillajes de cautela.

 

Recurso típico de mediocres y sietemesinos políticos.