Cubanálisis El Think-Tank

           ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

   

Dr. Eugenio Yáñez, Estados Unidos

 

 

 

Cuando el “legado” importa más que los principios

 

Sin dudas, al presidente Obama hay que reconocerle tenacidad y perseverancia, lo cual habría que valorar si se trata de un activo o un pasivo cuando se realice el recuento de su presidencia, es decir, cuando se evalúe su “legado”, como se acostumbra decir en Estados Unidos.

 

Porque si bien la perseverancia y la tenacidad son, en abstracto, virtudes meritorias y no pecados capitales, cuando se aplican en la dirección equivocada o en función de objetivos enrarecidos, o en ambos casos a la vez, distan mucho de ser virtudes y pueden resultar más bien extravíos.

 

Hace algunos meses, en un almuerzo habitual entre amigos, hice referencia a las “inconsistencias de Obama” sin mencionar ejemplos, y uno de los presentes -no cubano- me pareció que asumía una posición profesoral sobre el resto de los comensales, al señalar -aunque sin referirse directamente a lo que yo había mencionado- que Obama no cometía ninguna inconsistencia cuando defendía los intereses de Estados Unidos por sobre los de los cubanos en esta nación.

 

Como se trataba de un intercambio amistoso de opiniones, no tuve interés en precisar mis palabras, ni era mi objetivo resultar vencedor en un diálogo que a fin de cuentas no tendría demasiada trascendencia más allá de aquel agradable almuerzo, y todo quedó así hasta que la conversación derivó hacia otros temas.

 

Las evidentes inconsistencias de Obama

 

Sin embargo, puedo decir que cuando hablé de las “inconsistencias de Obama” no pretendía que el presidente de los Estados Unidos pusiera los intereses de los desterrados cubanos por encima de los intereses americanos, sino me estaba refiriendo a la defensa y consolidación de los intereses de esta gran nación y las comprobadas “inconsistencias” del primer mandatario y comandante en jefe durante sus actuaciones en política exterior.

 

Y pensaba concretamente, cuando hablé de sus “inconsistencias”, en varias de las evidentes debilidades del actual inquilino de la Casa Blanca en política exterior, como la de la famosa advertencia sobre una “línea roja” que el carnicero sirio Bashir al Assad no debería sobrepasar utilizando armas químicas contra su propio pueblo, pero que desfachatadamente sobrepasó sin que la respuesta de la nación más poderosa del planeta y de la historia fuera mucho más allá del pataleo y las ambigüedades diplomáticas.

 

Inconsistencias como la del acuerdo nuclear firmado con Irán, que a pesar de todas las promesas y cantos de sirena generados desde Washington y Bruselas, no logra claras garantías de que el programa nuclear de los ayatolas y los terroristas en Teherán -¿existen diferencias?- haya sido detenido o que no pueda retomarse en un plazo demasiado breve. Y por si fuera poco, premia a los mensajeros de Alá en el poder en Irán con nada menos que ciento cincuenta mil millones de dólares en efectivo (aquí lo que importa es el cash) por haber accedido a firmar un tratado que los beneficia por todas partes y los constriñe por muy pocas, y casi ninguna fácilmente verificable.

 

Esto, tras un irreverente acto como fue el no haber recibido al primer ministro israelí Benjamín Nethanyahu -que por su cargo representa al mejor, más sincero y decidido aliado de Estados Unidos en todo el Medio Oriente desde la fundación del estado judío en 1948- cuando visitó Washington invitado por el congreso americano, enviaba un mensaje timorato y nada claro -¿o sí?- del compromiso real de Estados Unidos con la defensa de Israel y frente al terrorismo árabe. ¿No debe considerarse eso como una veleidad?

 

O inconsistencias en la política frente a la Rusia resurgente del Zar Vladimir Putin. Que testicularmente se anexó Crimea como si Washington y la OTAN no existieran, acaba de suspender acuerdos de colaboración con Estados Unidos con relación a la eliminación de toneladas de plutonio que se podrían utilizar para la fabricación de armas nucleares, e interviene como le parece adecuado en Ucrania para desestabilizar esa nación y a fin de cuentas para, si no anexarla, poderla controlar como nación-títere en el mejor viejo estilo soviético.

 

Un zar Putin que presiona sobre las antiguas “repúblicas socialistas soviéticas” y los países “aliados” en el Pacto de Varsovia que formaban parte del imperio comunista, sin que la respuesta haya ido más allá, retórica aparte, de la formación de una brigada de despliegue acelerado de la OTAN compuesta por tres mil efectivos, como elemento “disuasivo” para la continua expansión moscovita. Dicen las malas lenguas que cuando Vladimir Putin conoció de la medida “disuasoria” acordada por la OTAN sufrió un incontrolable ataque de risa que motivó su permanencia varios días en el hospital hasta que los galenos lograron hacerle retornar a la normalidad.

 

Inconsistencias de Obama que también se han manifestado frente a la expansión de China en los mares del sur del Pacífico, que incluye la creación de varias islas artificiales en territorios marítimos en disputa, las que serán utilizadas posteriormente para “legitimar” los reclamos de los mandarines comunistas de Beijing. La injustificada presencia china pone en peligro la navegación en la zona y viola los intereses de varias naciones del área interesadas en mantener buenas relaciones con Washington.

 

En el plano geopolítico, este resurgir militar chino junto al impresionante crecimiento de su economía, y la importancia cada vez mayor que va adquiriendo la cuenca del Pacífico como derrotero principal de los intercambios comerciales mundiales, superando al Atlántico y al Mediterráneo, representan un reto estratégico para Estados Unidos al que aparentemente no se le ha dado toda la importancia debida por parte del comandante en jefe de las fuerzas armadas del país más poderoso del mundo.

 

Es obvia la inconsistencia del presidente norteamericano saliente por su desidia y falta de decisión frente a los terroristas islámicos, que incluye en lo formal la prohibición expresa de que los funcionarios de su administración utilicen esa expresión tanto con relación al yihadismo externo como el que continúa creciendo en los propios Estados Unidos. La inconsistencia de Obama en el aspecto estratégico es su indefinición sobre cómo abordar el combate contra el terrorismo islámico y cuáles son los objetivos que se persiguen en cada caso.

 

En la lucha contra el yihadismo externo, el presidente Obama, además de haber perdido terreno de manera imperdonable en Irak, Libia o Yemen producto de su falta de una elemental visión estratégica, ha organizado recientemente una cacareada “ofensiva” contra Mosul, segunda ciudad en importancia en Irak. En el desarrollo de la acción militar se puso de manifiesto la falta de una coordinación adecuada con el gobierno iraquí sobre el trato y las relaciones entre chiítas y sunníes cuando esa urbe fuera liberada, y además el anuncio anticipado de la ofensiva permitió a los terroristas del llamado estado islámico prepararse con tiempo suficiente para resistirla.

 

¿Qué decir de las dudosas y casi sin exigencias alianzas con Turquía? Es verdad que es un país miembro de la OTAN y tiene el segundo mayor ejército de esa organización después del de EEUU, pero que en estos momentos, tras la puesta en escena y el supuesto fracaso del “golpe de Estado” contra el presidente Recep Erdogan, se está alejando rápidamente de la tradicional posición estatal laica establecida desde tiempos de Kemal Ataturk y permite cada vez mayores y más importantes espacios de poder a las fuerzas religiosas que simpatizan con las posiciones más fundamentalistas dentro del Islam. 

 

Por si fuera poco, Turquía como nación, y su actual presidente muy en particular, se ven a sí mismos como acérrimos enemigos de la población kurda que vive bajo el control de Ankara, además de ver con resquemor y preocupación, en el mejor de los casos, o con odio e intereses de borrarlos del mapa, en los casos más extremos, a esa para nada insignificante minoría poblacional asentada en Turquía (casi 24 millones), Irán (13 millones), Irak  (8 millones), y Siria (3 millones).

 

Sin embargo, los kurdos combatientes agrupados en la Peshmerga -las fuerzas armadas kurdas, entre ilegales y aceptadas a regañadientes en dependencia del país de que se trate- deberían ser considerados como los más seguros y efectivos aliados de Occidente tanto frente a los genocidas de al Assad y de ISIS como frente a los imperialistas rusos. Y lo serían no por amor y respeto abstracto a los valores occidentales -que no los tienen- sino porque sus legítimos intereses de convertirse algún día en nación independiente inevitablemente requieren de la alianza con Occidente.

 

Cuba no es una prioridad para Estados Unidos en el escenario geopolítico mundial

 

En medio de tantos retos geopolíticos estratégicos es elemental que el tema cubano tiene que resultar secundario dentro de las prioridades del presidente de Estados Unidos, quienquiera que sea la persona que ocupe ese cargo. Y dentro de ese escenario global, anuncios rusos como el supuesto estudio de posibilidades para desplegar bases militares en Cuba y Vietnam -posteriormente desmentido- o la visita de buques de las flotas rusas a puertos cubanos para descanso y reaprovisionamiento, pueden parecer problemas no medulares de política exterior; pero cuando se recuerda que esa Cuba “antiimperialista” se encuentra a 90 millas de su “enemigo”, entonces las cosas toman otro carácter.

 

Y aquí es donde viene el tema de las inconsistencias del presidente Obama con relación al caso cubano. Porque en su deseo de convertir en “irreversible” la situación creada con su política hacia Cuba, el presidente ha dado pasos que no estarán dentro de la ilegalidad, pero que perfectamente pueden considerarse que constituyen una temeridad.

 

Sabemos que la política aplicada por el presidente de Estados Unidos hacia el régimen se basó en dos principios fundamentales: el primero fue que la anterior política, manejada con más o menos variantes y rigor por diferentes administraciones durante casi medio siglo, no había dado resultados favorables ni para Estados Unidos ni para el pueblo cubano, y que por lo tanto era necesario modificarla radicalmente.

 

Concediendo a Barack Obama el cien por ciento de razón en ese punto, a los efectos de poder continuar con este análisis sin detenernos en detalles que pueden influir en uno que otro matiz asociado con esa rotunda afirmación, eso no conlleva necesariamente a que la nueva política tenga que ser exitosa o mejor que la anterior. Plantearlo así es un sofisma.

 

No estoy evaluando en este párrafo la nueva política del presidente hacia la dictadura cubana durante más de tres años y medio -año y medio de conversaciones secretas y casi dos años de “deshielo” tras los anuncios de diciembre del 2014- sino sencillamente expresando un elemento metodológico y de procedimientos fundamental para cualquier análisis: eliminar algo que no resulta positivo por cualquier razón en función de los objetivos que se persiguen no implica obligatoriamente que lo que lo sustituya -en este caso una vieja política que no logró supuestos resultados esperados- tenga que ser automáticamente mejor por naturaleza.

 

¿O es que acaso una nueva política no podría ser tan mala como la anterior? ¿Es que acaso no podría resultar incluso peor y más desastrosa que la política predecesora eliminada? De nuevo, no estoy afirmando que lo sea, pero si digo tajantemente que por el solo hecho de ser una nueva política no existe ninguna garantía de que tenga que ser superior o mejor. Naturalmente, quedaron atrás cincuenta años de una política hacia el régimen que no ofreció los beneficios esperados, mientras que la nueva aun no ha cumplido ni sus dos primeros años, y no debería ser juzgada sin tener en cuenta estas realidades.

 

Pero, una vez más, en el plano metodológico y del conocimiento, los méritos de cualquier política gubernamental no se determinan por lo más o menos reciente de tal política, sino por los objetivos que persiga y logre. Y como todavía no hemos tenido tiempo suficiente para poder evaluar con justicia si esa nueva política del presidente ha dado los resultados esperados o no, lo más apropiado sería poder esperar hasta ver si hay modificaciones sustanciales en el estado de cosas que se pretenden cambiar.

 

Y de la misma manera que no sería justo pretender crucificar al presidente a partir de declarar un fracaso de su política que aun no ha tenido tiempo de constatarse o negarse, tampoco sería justo mantener la cantaleta de que como la política anterior hacia la dictadura no funcionó la de ahora tiene que ser mejor y funcionar adecuadamente: eso sería razonamiento de ulemas o de asesores del presidente, pero no de analistas serios.

 

Una cuestionable teoría para las negociaciones

 

El segundo principio fundamental en que se ha basado la política del presidente Obama frente al régimen -y también frente a Irán, por ejemplo- ha sido el ya mencionado en artículos anteriores sobre el criterio de otorgar al adversario -o enemigo- significativas concesiones, para demostrar buena fe, sin exigir nada a cambio, y mucho menos cambios en la política del adversario o enemigo o de su sistema socioeconómico. En retribución a tales significativas concesiones, sería de esperar que el antagonista reaccionara de manera favorable y realizara gestos o declaraciones encaminados a mejorar las relaciones entre ambos. Y ese sería el inicio de un proceso que llevaría a convertir a los enemigos en amigos, según teoriza Charles A Kupchan, un inefable profesor universitario en Washington y funcionario del Consejo de Seguridad Nacional en tiempos de Bill Clinton y Barack Obama.

 

Habría que ver en otros casos hasta donde esas posiciones negociadoras y esas buenas intenciones funcionan y logran acercamientos positivos entre países enfrentados, pero es evidente que los hermanos Castro no llevan en su DNA ni en ninguno de sus genes las simpatías por la negociación y el acercamiento con “el enemigo”. Y si eso les ha funcionado durante casi seis décadas en que han estado aferrados al poder, no existe ninguna razón para que modifiquen su manera de actuar en el tiempo que les quede de vida, que para ellos ha sido muelle y cómoda, aunque no así para millones de cubanos en todos esos años de escarnio y demagogia.

 

Y todo eso por una razón muy sencilla: ese “enemigo” es imprescindible para que los hermanos Castro puedan mantenerse en el poder hasta el fin de sus días -como fue siempre su sueño- mediante la movilización de fantasmas de agresiones y acciones malignas del “imperialismo” que siempre tengan al pueblo asustado y preocupado con una agresión externa, como si no fuera poco someterlo al tormento diario de buscar la manera de subsistir precariamente entre escaseces, salarios insuficientes, disposiciones absurdas y la “dirección científica” de una caterva de ineptos a todos los niveles que son incapaces de hacer algo, aunque fuera una sola cosa, para mejorar las condiciones de vida de los cubanos de a pie.

 

No por gusto el endurecimiento constante del lenguaje “antiimperialista” en los últimos tiempos, la cantaleta del levantamiento del embargo -que el régimen sabe que no está en manos de Obama hacerlo-, y las infinitas cuentas y cifras sobre cuánto habría costado “el bloqueo” al “pueblo cubano”, cuando el gobierno no es capaz ni de conocer a ciencia cierta cuánto le cuesta producir un boniato en una empresa agrícola estatal “socialista”.

 

Y de ahí la orden al coro de papagayos amaestrados -que en Cuba llaman “periodistas”- de hablar de la “injerencia” del enemigo, de las “nuevas y sutiles maniobras”, y de cuanta sandez sea capaz de elaborar el departamento ideológico del partido comunista para continuar embruteciendo a la población y seguir negándole acceso a la verdadera y libre información.

 

Un peculiar concepto sobre quienes son “los cubanos”

 

Por eso, y con todas esas realidades por delante, parecería risible, si no fuera cínico, que uno de los asesores del presidente haya dicho hace pocos días que la nueva política de Obama hacia Cuba estaba dando frutos, que se podían percibir en la mejoría de las condiciones económicas “de los cubanos”, a menos que este señor cuando se refiere a “los cubanos” esté pensando en la élite del poder y sus vástagos.

 

Esos sí, los hijos de la camarilla se pasean por Grecia y Turquía en yates de lujo y se alojan en hoteles cinco estrellas, visitan exposiciones exclusivas de arte en New York o desfiles de modas en el Paseo del Prado habanero (vedados para los cubanos de a pie), y disfrutan de privilegios especiales para convertirse en “cuentapropistas” de lujo, dueños de paladares gimnasios o guarderías infantiles. Ellos no sufren ni el asedio ni las “mordidas” de inspectores corruptos, ni viven las dificultades del resto de los cubanos para obtener los insumos y los suministros necesarios para que sus negocios no solamente funcionen adecuadamente, sino para que también puedan prosperar, al menos un poquito. ¿O es que acaso no sabe el asesor del presidente de Estados Unidos que la prohibición de concentración de la riqueza en Cuba no alcanza a los hijos y nietos del poder, y se limita solamente a los cubanos de a pie?

 

Cerrar los ojos o mirar hacia otro lado cuando el régimen no solamente mantiene, sino que incrementa la represión, tanto la violenta a base de golpizas, calabozos por varias horas o un par de días, o cruelmente dejar en libertad a los detenidos a muchísima distancia de sus casas en horas de la noche y sin posibilidades para transportarse, así como también la represión “suave” (despido de periodistas, actos y mítines obreros, campesinos y estudiantiles para protestar y “rechazar” cualquier cosa que quieran llamar injerencista, retención de licencias pata trabajar por cuenta propia, imposición de precios máximos a productos en el mercado supuestamente libre o a los taxis privados de transporte colectivo), es pretender diseñar un mundo que solamente existe en la mente de los desesperados por legitimar la dictadura o por justificar acciones negociadoras de la presente administración que no han dado resultados positivos para la población.

 

¿Cooperación entre los servicios de inteligencia?

 

Solamente con percepciones políticamente autistas de ese tipo sobre lo que son “los cubanos” se podría entender la perturbadora disposición del presidente de Estados Unidos de que los órganos de inteligencia y seguridad de esta gran nación cooperen con los servicios de inteligencia castristas en áreas que puedan resultar “de interés común” para ambos países.

 

Y uno se pregunta, ingenuos al fin como somos todos los simples mortales, ¿qué áreas de intereses comunes podrían identificarse entre los servicios de la seguridad del Estado castrista -cuyo objetivo principal y supremo ha sido siempre por definición el más brutal enfrentamiento “al imperialismo” de Estados Unidos y la promoción de la subversión en todo el mundo- con los organismos de protección de Estados Unidos, cuyos objetivos fundamentales son garantizar la seguridad de esta gran nación, estar informados sobre las intenciones agresivas de los enemigos de nuestro país -incluidos los castristas-, impedir los actos de terrorismo contra Estados Unidos y cualquier otro país del mundo, y mantener a raya a asesinos, terroristas, fanáticos, narcotraficantes, traficantes de personas y  delincuentes de todo tipo?

 

Porque una cosa es la estrecha cooperación entre los servicios meteorológicos de ambas naciones para enfrentar huracanes y otros fenómenos naturales que pueden afectar tanto a Cuba y Estados Unidos como a la cuenca del Caribe; establecer protocolos de acciones conjuntas en caso de derrames petroleros en plataformas y pozos marítimos que pueden afectar las costas de ambos países; realizar acciones conjuntas contra el ébola y otras epidemias en África o en Haití; y algo muy diferente pretender que los promotores de acciones de todo tipo contra Estados Unidos durante casi sesenta años -y estrechos aliados de otros enemigos de Estados Unidos como Rusia, China, Irán o Siria- se sienten a conversar y a intercambiar informaciones sensibles con quienes siempre han sido y seguirán siendo sus objetivos de espionaje y subversión.

 

La abstención en la ONU premia al régimen

 

Sin embargo, si todo esto pudiera parecer extremo, la decisión de Barack Obama de que su país se abstuviera en la votación de la resolución presentada por el régimen, durante más de veinte años consecutivos, que lleva por título “Necesidad de poner fin al bloqueo económico, comercial y financiero impuesto por los Estados Unidos contra Cuba”, condena el “bloqueo” que supuestamente impone Estados Unidos a la pequeña e indefensa isla de Cuba convertida en una finca particular por los hermanos Castro desde 1959. Haberse abstenido ante tal tema es algo que podría interpretarse como contrario a los intereses de EEUU.

 

Puesto que tal “bloqueo” no existe, y la dictadura cubana se refiere con esa terminología a un embargo perfectamente legal y legítimo basado en legislación vigente en Estados Unidos y compilado y codificado como ley por la voluntad soberana del poder legislativo de esta nación, representantes y senadores electos por la clara voluntad de los votantes americanos, no por marcianos ni por ningún otro tipo de extraterrestres.

 

De manera que cuando el presidente ordena abstenerse en esa votación está actuando pasivamente ante una condena al país que él preside, promovida por una brutal dictadura que ya dura casi seis décadas, y prefiere no hacer nada -abstenerse- para quedar bien ¿con quién? aunque eso signifique actuar contra la voluntad del poder legislativo de su propio país.

 

Y aunque el Presidente no lo sepa, o más bien no quiera recordarlo porque es claro que tiene que saberlo, el pueblo americano deposita su soberanía en tres poderes, el Ejecutivo, el Legislativo y el Judicial, y ninguno de los tres está por encima de los otros dos.

 

Tal vez el presidente, al haber ordenado que Estados Unidos se abstuviera en esa votación, no haya violado ningún precepto judicial ni cometido ningún delito, pecado o contravención legal, pero sin dudas moralmente se coloca en una posición muy peculiar.

 

Y el alegato de sus subrogados, de que votando en contra de esa resolución presentada por la dictadura cubana Estados Unidos se hubiera aislado del resto del mundo, demuestra una cosa muy sencilla, a la vez que triste: que este presidente no parece saber estar a la altura de las decisiones que requiere ser la primera potencia mundial y de la historia de la humanidad.

 

Más aun cuando se trata de una organización que cada vez tiene menos prestigio y donde impera “la tiranía de las mayorías”, como bien dijo una vez Henry Kissinger. Una ONU que pocas horas después de haber condenado “el bloqueo” al régimen con la abstención de Estados Unidos, admitió en su Consejo de Derechos Humanos nada menos que a Cuba, Arabia Saudita, China, Egipto, Irak y Rwanda, entre otros. ¿Y son los países miembros de esa organización sin prestigio los que aislarían a Estados Unidos si hubiera votado en contra de la resolución de la dictadura defendiendo al castrismo y considerando a Estados Unidos como el causante de todos los males, desgracias y miserias de los cubanos?

 

¿Es que después de Ronald Reagan no ha habido presidentes capaces de acercarse aunque fuera un poco a la altura moral del líder que puso en crisis al comunismo en el mundo? ¿Hasta cuando los Estados Unidos tendrán que comportarse timoratos y a la defensiva por no ser capaces de imponer su liderazgo, por la fortaleza moral de sus ideas y principios, no porque tengan que recurrir a la fuerza o la violencia?

 

Alegatos que pueden valer para justificar posiciones internacionales de Vanuatu, Tonga o Nueva Guinea no son válidos para los Estados Unidos de América en pleno siglo 21. ¿Estados Unidos se aísla del mundo, o el mundo se aísla de Estados Unidos? Porque muchos de esos mismos países que dicen los asesores que rechazarían a Estados Unidos si hubiera votado contra la resolución castrista, serían casualmente los mismos que posteriormente mirarían hacia Washington para solicitar ayudas financieras, cooperación, asistencia y protección, algo que desde La Habana no pueden esperar ni por casualidad.

 

¿Que más pudiera hacer un “pato cojo” interesado a toda costa en un legado?

 

En estos momentos al Presidente Barack Obama le quedan ochenta días en el poder. Tras las elecciones del 8 de noviembre pasará a ser un “pato cojo” (lame duck) hasta el 20 de enero, cuando entregará la presidencia a quien le suceda, gane quien gane, y sería de suponer que en este breve tiempo debiera dedicarse a retoques finales a su mandato de ocho años, desfacer determinados entuertos que rondan a su administración y crear las mejores condiciones posibles para que la persona que le reemplace en el cargo lo pueda hacer en las mejores condiciones posibles para que el cambio de administración afecte lo menos posible al país.

 

Sin embargo, si mantiene su empeño cargado de soberbia y vanidad con la intención de que su política hacia el castrismo resulte “irreversible” podría hacer un par de cosas más, ninguna de las cuales sería en función de beneficiar a los cubanos de a pie, digan lo que digan y repitan después sus asesores y subordinados: conceder un indulto presidencial a la espía de nacionalidad americana al servicio del castrismo Ana Belén Montes, que durante más de quince años formó parte de la Agencia de Inteligencia de Defensa de las fuerzas armadas de Estados Unidos con la tarea de especializarse en el tema cubano, y que en su condición de espía al servicio del régimen trasladó a las fuerzas armadas de Estados Unidos la falsa evaluación de que las fuerzas armadas y los servicios de seguridad castristas no representaban ningún tipo de peligro para Washington.

 

Por si fuera poca esa tarea de la espía, informaciones suministradas por ella a La Habana condujeron a la detección, ubicación y posterior muerte de varios agentes operativos americanos ubicados en América Central. Detenida tras los ataques terroristas del 11 de septiembre del 2001, fue condenada a veinticinco años de prisión gracias a que cooperó con las instituciones de protección y seguridad de Estados Unidos, porque por los delitos cometidos hubiera podido recibir condena de cadena perpetua e incluso de muerte.

 

La guinda del pastel para el presidente Obama podría ser, aunque muchos consideran esto prácticamente imposible, que utilizando su autoridad presidencial emitiera una orden ejecutiva dejando sin efecto otra orden de ese tipo firmada por Bill Clinton en 1994: la directiva conocida como pies secos/pies mojados, que establece que cubanos capturados en el mar en su intento de ingresar a Estados Unidos serían devueltos a la isla-cárcel si no pueden demostrar que son víctimas de persecución política. Sin embargo, a los que logran pisar tierra americana se les autoriza a permanecer en el país mediante un “parole” que les garantiza también poder trabajar y recibir ayudas, y que al año y un día de estancia ininterrumpida en Estados Unidos puedan presentar los documentos necesarios (“aplicar”) para solicitar la residencia legal en esta gran nación. Lo que conlleva además que a los cinco años de haber llegado a EEUU -no a los cinco años de ser residentes legales, sino a los cinco años de estar en EEUU, privilegio exclusivo que reciben los cubanos- si cumplen con los demás requisitos establecidos por la ley, puedan realizar sus trámites para solicitar la ciudadanía americana por naturalización.

 

Cualquiera de esas dos medidas beneficiaría exclusivamente al castrismo, otorgándole dos nuevos excelentes elementos para su campaña propagandística a favor de la dictadura y presentando a Washington como el terrible ogro que devora a los pueblos, otra victoria más del David castrista frente al Goliat imperial. ¿Qué beneficios podría obtener Estados Unidos con dos acciones como las mencionadas? Ninguno, naturalmente. Ni siquiera un agradecimiento sincero de los caciques dueños del poder en La Habana, que administran la isla-finca como si fuera propiedad privada y tratan a sus habitantes prácticamente como trataban los conquistadores españoles a los indios en las llamadas “encomiendas” o a los esclavos en las plantaciones, y a veces hasta peor.

 

Entonces, ¿por qué tendría que hacer cosas así el Presidente Obama? No olvidemos que su estrategia se basa en hacer significativas concesiones sin exigir nada a cambio del adversario, adversario que poco a poco debería irse dando cuenta de las buenísimas intenciones de Washington y, según esa peregrina teoría, comenzar a realizar gestos de acercamiento también, hasta que los antiguos enemigos se conviertan en amigos. A esta historia construida a base de sofismas y medidas verdades solamente le faltaría concluir diciendo que después de que ambas partes dejaron de ser enemigos y se convirtieron en amigos, “fueron muy felices durante muchísimos años”.

 

Más bien el mantener esa posición política de concesión tras concesión sin recibir nada a cambio, ni siquiera en el plano de promesas abstractas, de un enemigo-adversario que no ha sido capaz ni de dar las gracias por todos los gestos amistosos del presidente Obama hacia la dictadura cubana, más que a la teoría de las concesiones parece hacernos recordar la muy famosa definición de Albert Einstein sobre la locura, con aquello de repetir lo mismo una y otra vez esperando que en algún momento puedan surgir resultados diferentes.

 

Porque Barack Obama, presidente de Estados Unidos, una vez más, estaría actuando pensando mucho más en su supuesto “legado” que en los mejores intereses de Estados Unidos. Y como en otra serie de eventos que abordó desde el mismo comienzo de su administración, su eventual “legado” para la posteridad resulta cada vez mucho más borroso y confuso, gracias a sus constantes y reiteradas inconsistencias e indefiniciones, parece haber decidido apostar cada vez más a que su “legado” fundamental tenga que ver con sus relaciones con el castrismo y el logro de una supuesta “irreversibilidad” de tal política.

 

Algo que no sería condenable en sí mismo si no se basara en intentar materializar ese supuesto “legado” por encima incluso de los principios morales que sustentan esta gran nación desde su nacimiento, y de los intereses de Estados Unidos.

 

Porque en ese caso, más que un “legado”, en el tema cubano el presidente lo que estaría dejando tras de sí sería un “legrado”.