Cubanálisis El Think-Tank

ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

                                                                          Dr. Eugenio Yáñez

                                                                                                                                                            

 

CUANDO EL DIABLO SE PARECE AL CAMBIO

 

Cuando a un desempleado en un pueblo habanero u oriental le dicen que puede recibir en usufructo diez hectáreas de tierra para ponerlas a producir, sin pagar por ellas, no se le ocurre pedir en vez de eso una asamblea constituyente en el país.

 

No es insensible ni tonto: es un ser humano. Antes que todo, pensará en buscar dinero o pedirá un crédito para poder trabajar la tierra, o tal vez seguirá soñando con una visa para emigrar. Está naciendo un capitalista

 

¿Cuantos cubanos, al llegar a Miami o a cualquier punto del destierro, aceptan trabajar “por la izquierda”, remunerados por debajo del salario mínimo legal, porque lo necesitan para poder comenzar?

 

Hasta donde se conoce, ninguno habla de Alexis de Tocqueville o Thomas Jefferson, sino preguntan cuándo pueden comenzar a trabajar. No son insensibles ni tontos, sino tan seres humanos como los que han quedado allá.

 

Aceptar con testarudez y dogmatismo casi marxista que determinadas aperturas en la economía llevarán necesariamente a la necesidad de aperturas políticas, es sensato. Pero creerse que eso ocurrirá mañana por la tarde, después del atardecer, es más que absurdo: en otras palabras, entre la reforma económica profunda y el peligro de perder el poder pasa un tiempo, no es algo que ocurre de inmediato.

 

Los mecenas florentinos del Renacimiento no se propusieron de inmediato alcanzar el poder. Entre el surgimiento de una burguesía francesa y la guillotina en la cabeza del Rey pasaron ¿cuantos años?

 

El poder económico no garantiza el control político, pero el poder político garantiza el control económico. Hacer reformas en la economía, liberar fuerzas productivas, provoca un cambio mucho después, no de inmediato.

 

No, no, no digamos ahora que eso fue lo que le pasó a Gorbachov, no: no fue una reforma económica que nunca concluyó lo que llevó a la disolución del poder soviético, sino haber pretendido a la vez hacer una una reforma política: perestroika y glasnot a la vez: demasiado marxista-leninista, el líder de la ex Unión Soviética no aprendió de los “revisionistas” chinos.

 

Treinta años de apertura económica en la China que Mao llevó al gran salto hacia adelante y la revolución cultural proletaria lo demuestran. Con verdaderas reformas en la economía, profundas, estructurales, extensas, no solamente vendiendo ollas arroceras o celulares. Y del otro lado del estrecho, en Taiwán, los chinos que fueron allá y los que ya estaban tuvieron una economía relativamente libre, y un gobierno militar durante ¿cuantos años?

 

Es de suponer que Raúl Castro, el equipo de incondicionales que le rodea, y el grupo de economistas que les asesora, debe estar bien informado de todo lo anterior, y mucho más.

 

Hace ya diez y ocho años de la masacre de Tien An Men, donde no se estaba cuestionando el poder sino criticando a un emperador llamado Deng Xiaoping, de la dinastía Par Ti Do. Un grupo de valientes chinos sigue hoy enarbolando banderas de libertades individuales y enfrentando la represión del régimen, pero muchos millones están más preocupados tratando diariamente de conectarse a internet, aunque esté censurada, o comer en un McDonald’s. Los más afortunados ruedan autos o piensan en comprarse una vivienda.

 

No se sabe demasiado de aquel que se paró con la flor en medio de la calle para detener los tanques, y el oficial que dio la orden de detenerlos debe haber terminado su carrera, y tal vez hasta su vida, de manera miserable. El joven con la flor es un héroe, quienquiera que sea. Y el oficial que detuvo los tanques también tuvo un gesto heroico, quienquiera que sea  o haya sido.

 

Pero poco tiempo después de esa masacre, mientras Fidel Castro decidió atrincherarse en el fundamentalismo castrista, que no socialista, y organizar una masacre en cámara lenta llamada “período especial”, el “Vietnam heroico” comenzó por el camino de los chinos, pero a su manera: poco a poco, marcha atrás momentánea incluida: después de todo, el arroz frito cantonés no es similar al de Hanoi. Y mientras la URSS se disolvía, Vietnam comenzaba a prosperar. Antonio Arencibia ha explicado detalladamente en El Think-Tank la experiencia vietnamita, y en la edición de hoy aporta nuevas informaciones muy interesantes en su análisis.

 

No se puede analizar a Cuba con un doble estándar de categorías socioeconómicas: ciertamente, el salario de los cubanos no alcanza para cubrir necesidades elementales; tampoco alcanza a muchos cubanos en el destierro para comer langosta o manejar un Lamborghini. ¿Cuántos se han hospedado en un hotel de 500 dólares la noche durante el largo destierro?

 

Hay desigualdad, no cabe duda, porque es parte de la vida misma. ¿Es injusta la desigualdad en Cuba, pero irrelevante en Estados Unidos? ¿Por qué?

 

Puede decirse que, en parte, porque para los cubanos se trata de necesidades elementales, mientras que los ejemplos señalados para Estados Unidos se refieren  a artículos suntuarios.

 

Absolutamente exacto.

 

Sin embargo, para que el análisis pueda ser riguroso en su fundamentación no pueden definirse las mismas “necesidades elementales” para un cubano tras sufrir cincuenta años de continuos experimentos de ingeniería social buscando crear sin su aprobación al “hombre nuevo”, que las de un cubano que tras unos cuantos años “en las entrañas del monstruo” pueda comer cañada aunque no filete, manejar un “transportation”, aunque no un BMW, y encender cada noche el aire acondicionado de su “efice”, mientras sueña con el aire central en casa propia.

 

Cuarenta pesos cubanos de aumento en las pensiones deben ser algo así como dólar y medio. Son, a la vez, el dinero necesario en Cuba para adquirir todos los productos subsidiados que se distribuyen por la libreta de racionamiento, aunque sabemos que alcanzan malamente para diez días. El pensionista o retirado cubano pensará, aunque esté en una reunión del partido de la que no puede liberarse ni declarándose en "demencia senil", o en la cola de la Oficina de Intereses de Estados Unidos en La Habana para solicitar una visa, no en que le aumentaron un dólar con cincuenta centavos mensuales, sino en que a partir de ahora los productos de "la libreta" le van a salir gratis.

 

No es lo mismo un dólar en New York que en La Habana. O que en Bujumbura o Timbuctú.

 

No son cifras estadísticamente significativas, pero en los primeros tres días de venta de motos eléctricas en Cuba se vendieron las mil que estaban en oferta en las tiendas habilitadas al efecto, a más de mil dólares de precio de venta cada una.

 

Y se contrataron miles de líneas de telefonía celular, a ciento once dólares por el derecho al servicio, más casi setenta dólares para comprar el teléfono, más lo que cueste utilizar el servicio, mediante sistema pre-pagado.

 

Esa aritmética, que es solamente la que se puede conocer por lo que informa el régimen, va sumando millones. La prensa oficial nos cuenta que solamente en la provincia de Cienfuegos la empresa CUBALSE vendió cinco millones de dólares en los primeros cuatro meses del 2008.

 

Sin extrapolar mecánicamente, son catorce provincias, y tres cuatrimestres en el año, es decir, 5 X 14 X 3 = 210 millones de dólares en un año, pensando dogmáticamente solo en las tiendas de CUBALSE y que en todas las provincias sea lo mismo. Y son varias las cadenas de tiendas, y muchos más los servicios en los que el dólar circula.

 

Se dice que hay más de diez mil reservaciones de cubanos para los meses del verano en los anteriormente prohibidos hoteles de Varadero.

 

Imposible verificarlo con cifras oficiales. Pero cuando el río suena debe buscarse si agua trae, ¿no es así?

 

Y no importa si el rumor es cierto o no: si puede ser creíble, y lo es, es el reflejo de las percepciones. Y no parece que haya nadie que ponga en duda esta información sobre los hoteles de Varadero.

 

No hay que defender al régimen ni mucho menos, no hay razón para ello, y no hay mucho que defender de una dictadura que se extiende por casi medio siglo: pero lo más reprobable que hay que señalarle es que mantenga prisioneros de conciencia, que impida a los cubanos ganarse la vida honestamente con su trabajo, que no sea capaz de someterse a una consulta popular libre y abierta para legitimarse en el poder, si es que acaso la ganara.

 

Por años se dijo, con razón, que los cubanos estaban descontentos por no tener acceso a los hoteles, vedados para ellos por un injusto e inconstitucional “apartheid” castrista. Ahora se comienza a decir que todos los cubanos están descontentos, aunque no existan ya las criminales restricciones, porque los precios son inalcanzables.

 

Y si los precios se establecieran a veinte pesos cubanos, como en el Habana Libre, el Riviera, el Capri  o el Internacional de Varadero de los años sesenta, habría que comenzar a decir que es una locura, que no hay economía que pueda sostener esa insensatez, que es pura demagogia y populismo.

 

Lo cual sería acertado, también.

 

Entonces, hablando en lenguaje cubano, el dominó comienza a cerrarse poco a poco, y es peligroso tener el doble-nueve en momentos como ese.

 

Considerar que una parte de la población cubana, esa que confió en Fidel Castro mientras vestía harapos, comía picadillo de soya en una casa apuntalada, y montaba en “camellos” para ir al trabajo, no ha reaccionado como seres humanos ante lo que está sucediendo, o que no se ilusiona con la posibilidad de que las cosas mejoren, aunque no sepa cómo ni cuándo ni en qué dirección, es demasiado riesgoso.

 

¿Esa parte de los cubanos de a pie es la “aplastante mayoría de la población”, como nos  aseguran el régimen y la Mesa Redonda de la televisión cubana? No, no necesariamente, es imposible. ¿Son entonces solamente el puñado escandaloso de idiotas vocingleros que insulta y amenaza a las Damas de Blanco o a los disidentes? Tampoco.

 

Los cubanos, siempre exageradamente cortos o exageradamente largos, somos demasiado emocionales y cabeciduros para poder ver los grises, o los colores, más allá del blanco o negro, o para entender asuntos de “masa crítica”: en definitiva, esa teoría la desarrolló un alemán.

 

Nos guste o no nos guste reconocerlo, el régimen ha sabido, con todos estos movimientos planificadamente diseñados y cuidadosamente ejecutados, con pericia militar, comprar un poco de tiempo y generar determinadas expectativas en esa “masa crítica” de cubanos que, agotados y desesperanzados por décadas, considera, aunque fueran ingenuos, que puede haber un mundo mucho más habitable que se ubique entre el manicomio fidelista y una existencia verdaderamente diferente, que, ya sea por desinformación o dogmatismo, solamente identifican con un capitalismo salvaje.

 

Para esa masa crítica, el capitalismo es solamente Haití o Burkina Faso, nunca Suecia ni Nueva Zelanda, ni siquiera Costa Rica o Uruguay.

 

El régimen deja entrever, porque no promete nada en realidad, que las cosas pueden mejorar, que podrían mantenerse los “logros de la revolución” en la salud pública y la educación, aunque ya no está claro cuales son esos logros, a la vez que se mejoran poco a poco los niveles de alimentación, vivienda y transporte.

 

Nada hay más precario que tener un salvavidas cuando un barco se está hundiendo en medio de una tormenta en el océano. Sin embargo, en esas situaciones lo verdaderamente normal es agarrar el salvavidas, no pretender teorizar sobre las posibilidades estadísticas de sobrevivir. ¿Por qué no podemos entender que esos cubanos se están aferrando a un salvavidas en estos momentos?

 

Los héroes seguirán en el combate diario, denunciando al régimen y la falta de libertades, sean Damas vestidas de Blanco o disidentes a veces hasta en harapos, pero vestidos de valor; sin embargo, como en China, serán más, por el momento, quienes traten de reunir sus dólares o CUC para poder alimentarse mejor, tener su celular o arreglar su vivienda, que los héroes dispuestos, ahora mismo, a salir por las calles a reclamar la libertad de los prisioneros de conciencia o a celebrar el Día de los Derechos Humanos.

 

No es afirmación cínica, sino constatación de la realidad. Mucho más agradable sería pensar lo contrario, pero ilusiones no crean análisis serios. La realidad podría cambiar con la multiplicación de los héroes, y los cubanos demostrarían toda su grandeza, pero no parece ser en este instante.

 

El régimen está comprando tiempo, ciertamente. No todos los que ahora están dirigiendo padecen la megalomanía del Comandante, aferrado al poder hasta su último día en el reino de los vivos.

 

Nunca dirán la verdad: “Pese a la falta de recursos materiales, incluso en los momentos más difíciles del período especial, predomina la ética en el sector periodístico”, aseguró con absoluta ausencia de ética el jefe del Departamento Ideológico del Comité Central del Partido, al intervenir en la primera asamblea provincial del VIII Congreso de la Unión de Periodistas de Cuba (UPEC).

 

Pero la verdad es testaruda: toneladas de páginas de textos de Marx y Lenin, y discursos del Comandante, no pueden sepultar la realidad de que con el 20% de las tierras del país los campesinos producen el 60% de los alimentos en Cuba, mientras las empresas socialistas producen marabú y los ministerios destruyen la zafra, obligando al país a importar alimentos.

 

Buscan desesperadamente tres o cuatro años para intentar estabilizar el país, y muchos de ellos quisieran, en algún momento, poder dejar atrás todo eso finalmente, y terminar su vida en relativa calma, con tranquilidad, sea en Cuba o en un país que les garantice un mínimo de seguridad y estabilidad.

 

¿Tres o cuatro años?

 

Para la gerontocracia en el poder en este momento, disfrutar de tres o cuatro años es lo más parecido a la eternidad.

 

El “pepillo” de los “siete samurais” de la Comisión del Buró Político creada en el Pleno del partido es Carlos Lage, que va camino, muy pronto, a los sesenta años: no demasiado viejo considerando los niveles contemporáneos de esperanza de vida, pero demasiado desgastado para seguir “metiendo la pata”.

 

Hay muchos otros más jóvenes, pero son solamente parte del paisaje: y después de los funerales del Comandante, nadie sabe cual será su suerte, cuando ya hoy no existe ni siquiera la Batalla de Ideas, y más que “la revolución energética, la salud pública y la educación” definidas en la proclama de Julio del 2006, la producción de alimentos es “cuestión de seguridad nacional”.

 

Algunos en la gerontocracia podría pensar en buscar lo mismo que buscaron en su momento otros caudillos eternos en Cuba o en América Latina, como Gerardo Machado o Fulgencio Batista, Somoza y Stroessner, Perón, Baby Doc Duvalier o Pérez Jiménez: no el final de “Chapitas” Trujillo o “Tacho”, el Somoza padre, sino el de los generales haitianos de los noventa o los argentinos de la guerra sucia.

 

Para tratar de salirse del “problema”, ya sea considerando que hicieron lo mejor posible por su país y que merecen ser venerados en su retiro voluntario, o reconociendo, solamente para ellos mismos y no públicamente, que estuvieron medio siglo del lado equivocado, y que lo mejor sería que se olvidaran de ellos.

 

Cuando los militares, en cualquier lugar del mundo, manejan asuntos que se definen como “de seguridad nacional”, se toman el tema muy en serio.

 

Y el gobierno de Cuba hoy, y eso lo saben todos, es un gobierno de los militares, por los militares y para los militares, aunque en ocasiones vistan de guayabera, y algunos ilusos de la prensa digital consideren a Juan Almeida o a José Ramón Machado Ventura como civiles, o que Ramiro Valdés o “Furry” sean más “duros” que Raúl Castro.

 

Seguir pensando que lo que está sucediendo en Cuba es solo un ajuste cosmético puede ser demasiado arriesgado. Pensar que lo que está sucediendo es el camino de la solución de todos los problemas es tan arriesgado como lo anterior.

 

No sería justo que el régimen en estos momentos recibiera tranquilamente y gracias a una imperdonable amnesia el muy sagrado beneficio de la duda. Ni hay que salir a darle las gracias por supuestos favores que le estaría haciendo a los cubanos. Pero tampoco sería demasiado inteligente pensar que están acorralados y que no tienen otra alternativa que rendirse.

 

Los que conocen del tema, y los que creen que lo conocen, consideran variantes que se extienden por escenarios que abarcan desde Corea del Norte hasta el mejor de los gatos multicolor cazando ratones a diestra y siniestra; desde la sublevación popular y el “chino” cubano parado frente a los tanques, hasta una suerte de algo parecido a una socialdemocracia disidente y resbalosa agradeciendo al régimen sus esfuerzos de casi medio siglo a la vez que deseándoles un retiro apacible con sus nietos y biznietos; desde el desembarco de la 82 División y los marines hasta una apacible conversación de entendimiento nacional bajo matas de mango y entre tazas de café, desde la sublevación en Chicharrones hasta el señores, aquí no ha pasado nada.

 

Sin embargo, con una realidad tan terca y tan poco sublime como la que nos toca vivir, parece que no son muchas las opciones en los escenarios reales que se han ido desarrollando en estas últimas semanas, ni tampoco los que se vislumbran de inmediato: pero ninguna de las opciones depende de la capacidad de pataleo.

 

Estamos llegando, o quien sabe si ya hemos llegado, a una situación en la que todos, en todas partes, parecen temerle al cambio más que al diablo: desde los que dicen que ya los cambios se hicieron hace medio siglo y por tanto nada es necesario hacer ahora, hasta los que opinan no hay tales cambios en estos momentos, ni nunca los habrá.

 

Dicen que el diablo está en los detalles.

 

Es posible también que esté en el cambio.

 

Lamentablemente, lo único seguro que podemos saber, y estar de acuerdo todos a la vez, aunque sea solamente en este aspecto, es que el diablo nunca dará una conferencia de prensa, ni hablará en una Mesa Redonda, para aclarar un asunto tan complicado como éste.