Cubanálisis El Think-Tank

           ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

   

Dr. Eugenio Yáñez, Estados Unidos

 

 

 

Crónica de un fracaso anunciado

 

Dentro de unos días tendrá lugar en la ciudad de Panamá la Séptima Cumbre de Las Américas, cónclave que esta vez, a diferencia de las seis cumbres anteriores, contará con la presencia del régimen cubano como participante con plenos derechos, sentándose en la misma mesa de tú a tú con las democracias del continente.

 

Aunque se hace referencia a que esta es la Séptima Cumbre, hay que destacar que entre la Primera de 1994 y la de ahora del 2015, se celebraron dos Cumbres Extraordinarias, una en 1996 en Santa Cruz de la Sierra, Bolivia, sobre desarrollo sostenible, y otra en 2004 en Monterrey, México, que concentró su atención en tres temas: crecimiento económico con equidad para reducir la pobreza, desarrollo social, y gobernabilidad democrática,

 

El presidente de EEUU, Barack Obama, que esta vez asistirá por tercera vez al cónclave desde que ocupa su alto cargo, tal vez ha apostado demasiado fuerte a esta próxima Cumbre de Panamá, pensando en mejorar las lúgubres relaciones de Estados Unidos con los países de “Nuestra América” gracias a la decisión “histórica” de relanzar las durante más de medio siglo malísimas o casi nulas relaciones con La Habana, anunciando sorpresivamente la reanudación de lazos diplomáticos con la tiranía. Aparentemente, el inquilino de la Casa Blanca está convencido de que por esta vía se ganaría la felicitación de América Latina y el Caribe y la admiración de sus gobernantes, sin tener en cuenta que se trata de un continente donde el “antiimperialismo” es el deporte nacional, y donde, en lo que se refiere a las relaciones con el coloso del norte, sus mandatarios solamente se acuerdan de Santa Bárbara cuando truena.

 

En su desmesurado esfuerzo por alcanzar esos objetivos, Barack Obama parece haber concedido demasiado sin asegurar ni exigir la imprescindible reciprocidad por parte de La Habana, como corresponde a cualquier negociación entre dos partes, solamente para lograr, después de tantos esfuerzos y concesiones, estancarse en un sucio berenjenal sin futuro promisorio. Ejemplo de lo anterior es que hasta el hijo de Raúl Castro, coronel Alejandro Castro Espín, que se caracteriza por cualquier cosa menos por un elevado coeficiente de inteligencia o una amplia cultura, se atreve a decir públicamente que como han pasado más de tres meses del anuncio de la intención de reanudar relaciones diplomáticas por parte de ambos gobiernos, y todavía “el bloqueo contra Cuba” se mantiene intacto y sin modificaciones, como Cuba ha sido la agredida, Cuba (es decir, la dictadura) no tiene que decir ni hacer nada en especial, y es a Estados Unidos a quien corresponde actuar para resolver los diferendos. Así de sencillo.

 

Pretender que Alejandrito entienda lo que es un Estado de derecho y la separación de poderes; que Estados Unidos no se dirige como han dirigido Cuba por más de medio siglo su tío y su padre; y que en el caso del embargo -no bloqueo- contra los hermanos Castro -no contra Cuba- las facultades para decidir su eliminación o modificación pertenecen al poder legislativo -el Congreso de Estados Unidos, compuesto por el Senado y la Cámara de Representantes- y no al Presidente, sería pedirle demasiado. Algo así como pedir al presidente venezolano Nicolás Maduro que mencionara sin equivocarse los nombres de las capitales de Europa.

 

Cumbres y más Cumbres

 

Pero volvamos al tema de las Cumbres de Las Américas. Solamente la primera y la tercera se pueden considerar que tuvieron una verdadera trascendencia, al menos en sus resultados iniciales: la Primera Cumbre se convocó para diciembre de 1994 en Miami, bajo los impulsos del entonces presidente de Estados Unidos Bill Clinton, con el objetivo de discutir la implementación de la Alianza de Libre Comercio de las Américas (ALCA). Y tal vez lo más significativo de la Tercera, en abril del 2001, estuvo marcado por el comienzo e impulso de los trabajos que culminarían posteriormente en la aprobación de la Carta Democrática Interamericana en septiembre de ese año.

 

Desde la primera de esas cumbres, auspiciadas por la intrascendente Organización de Estados Americanos (OEA), el gobierno cubano estuvo excluido, bajo el pretexto formal de que no formaba parte de la OEA, aunque en realidad era un momento en que en las Américas habían retrocedido las dictaduras militares y habían avanzado y logrado nuevos espacios los gobiernos democráticos, y por lo tanto la presencia del régimen totalitario cubano habría resultado un evidente anacronismo. En consecuencia, la ausencia de la dictadura castrista, más que un problema, fue una tranquilidad y algo que facilitó el mejor desarrollo de ese magno evento.

 

La Segunda Cumbre, celebrada en 1998 en Santiago de Chile, y la Tercera, realizada en Quebec, Canadá, en el año 2001, no modificaron demasiado la situación ni aportaron resultados, pues estos cónclaves se caracterizaron siempre por ser muy protocolarios y abordar sin concretar temas demasiados generales como el comercio, la ecología, la justicia, la cooperación o la juventud, pero sin resultados prácticos más allá de las consabidas declaraciones finales y los programas y planes de acción que habitualmente terminan disolviéndose en el olvido.

 

Hubo, sin embargo, un punto en la Tercera Cumbre en Quebec que mereció interés especial. La excepción de esta Cumbre estuvo en la preparación de la Carta Democrática Interamericana, que pretendía reforzar a la Organización de Estados Americanos para defender activamente la democracia representativa en todo el continente americano. Tal Carta Democrática fue finalmente aprobada el 11 de septiembre de 2001, en Lima, Perú, durante un período extraordinario de sesiones de la Asamblea General de la OEA, pero que en ese momento no tuvo toda la prensa que merecería, porque, por pura casualidad, el día de aprobación de la Carta Democrática Interamericana coincidió con el del brutal y cobarde ataque terrorista por parte de Al Qaeda contra Estados Unidos, que provocó casi tres mil muertes de víctimas inocentes en New York, Washington y Pennsylvania.

 

Se suponía que con la aprobación de la Carta Democrática la hasta entonces muy poco fructífera Organización de Estados Americanos contaría con un instrumento respaldado por todos los gobiernos electos del continente, que resultaría un freno y un contrapeso a cualquier intento de quebrar la legalidad democrática en cualquiera de los países del hemisferio occidental.

 

Y como en los últimos doscientos años ni Estados Unidos ni Canadá habían padecido nunca experiencias de golpes de Estado, la Carta Democrática, aunque no lo señalara explícitamente en su texto ni en los discursos alrededor de ese documento, intentaba limitar las intenciones dictatoriales, golpistas, caudillistas o populistas -en ocasiones las cuatro tendencias ya se habían mostrado simultáneamente en una misma persona- de los gobernantes latinoamericanos y caribeños.

 

Sin embargo, ante las primeras pruebas de fuego, la OEA demostró, una vez más, su ya legendaria inutilidad a la hora de enfrentar problemas sensibles y estratégicos, como fue la deriva dictatorial del caudillo venezolano Hugo Chávez con sus leyes habilitantes y las promesas del “mar de la felicidad” a la cubana, así como durante la crisis de abril del 2002 en Venezuela, cuando ocurrió la masacre de venezolanos pacíficos y desarmados en Puente Llaguno, y la inmediatamente posterior mamarrachada de golpe de Estado contra Chávez y su reposición en el poder a las cuarenta y ocho horas por la abierta intromisión de Fidel Castro en los asuntos internos venezolanos.

 

Ya durante la Cuarta Cumbre, celebrada en el 2005 en Mar del Plata, Argentina, bajo los lemas de libertad, justicia, seguridad y protección social. Aunque a Estados Unidos y Canadá les interesaba fundamentalmente destrabar los mecanismos del ALCA, que no progresaban como deseaban las dos mayores potencias del continente, el proyecto de libre comercio norteamericano-canadiense fue rechazado. Empezaría desde entonces a sentirse la presión del llamado Socialismo del siglo 21 y la Alianza Bolivariana de los Pueblos de América (ALBA) en el continente, a la sombra de la generosa y amplísima chequera de Hugo Chávez dilapidando los dineros de los venezolanos, y así las cosas las Cumbres comenzaron a tomar un cariz que resultaba mucho más confrontacional que colaborativo.

 

Ya estaba en escena el teniente coronel golpista Hugo Chávez como presidente de Venezuela, que en ese momento llevaba siete años instalado en el Palacio de Miraflores, y que después de haber sido rescatado por Fidel Castro del intento de golpe de estado en su contra estaba prácticamente plegado a la maquinaria de La Habana, que cada vez ampliaba más su sombra sobre las cumbres. Con la complicidad del anfitrión, el presidente argentino Néstor Kirchner, y el visto bueno del presidente brasileño Lula da Silva, más la presión de grupos de “representantes del pueblo indignado”, especializados en vandalizar negocios y quemar McDonald’s como forma de expresar su disgusto contra “el imperialismo”, se llevó a cabo un giro en los objetivos de la Cumbre para convertirla en un bochinche contra el presidente de Estados Unidos, en esos momentos George W. Bush, a quien atacaban como responsable de las guerras en Irak y Afganistán.

 

Hasta fue organizada en paralelo una contra-cumbre, donde alentaron a las turbas una peculiar combinación de personajes entre los que estaban presentes el futbolista-drogadicto argentino Diego Maradona, el entonces líder cocalero y futuro presidente boliviano Evo Morales, el comisario-cantautor cubano Silvio Rodríguez, y el premio Nobel de la Paz Adolfo Pérez Esquivel, con el respaldo desde las sombras de la entonces repleta bolsa de Hugo Chávez, la experiencia subversiva de Fidel Castro y el populismo demagógico del corrupto presidente brasileño Luiz Inacio Lula da Silva.

 

No es desacertado decir que, a partir de ese momento, las Cumbres de Las Américas dejaron de ser lo que se pretendió que fueran desde que se celebró la primera en 1994 en Miami, un cónclave para promover la colaboración, la integración y el desarrollo de los países de la región, y pasaron cada vez más a parecerse a un circo diplomático donde los honorables gobernantes del continente atacaban abiertamente a Estados Unidos o se esforzaban por marcar su distancia con ese país y Canadá, a la vez que solicitaban en voz baja y discretamente, como siempre, más ayuda del “malvado imperialismo” para sus países.

 

Cambio de rumbo durante la Quinta Cumbre

 

La Quinta Cumbre de Las Américas, primera a la que asistiría el recién estrenado presidente Barack Obama, se celebró en Puerto España, la capital de Trinidad y Tobago, en abril del 2009, teniendo como lema central “Asegurar el futuro de nuestros ciudadanos mediante la promoción de la prosperidad humana, la seguridad energética y la sostenibilidad ambiental”, pero esos no fueron sus temas más importantes ni mucho menos.

 

Existían demasiadas expectativas por parte de los líderes latinoamericanos y caribeños sobre los cambios de políticas hacia el continente que pudiera anunciar el presidente Barack Obama, así como la posibilidad de que se pudiera manejar el tema de la eliminación del embargo contra el gobierno de los hermanos Castro. Al finalizar la Cumbre, el presidente Lula da Silva declararía tener confianza en que el presidente Obama aliviaría el embargo de EEUU sobre el régimen de La Habana.

 

Obama pretendía recuperar al menos una parte del terreno perdido por Estados Unidos a causa de la desastrosa política (o falta de política coherente) hacia América Latina de su predecesor en la Casa Blanca. Había comenzado su presidencia unas semanas atrás, en enero del 2009, con mensajes de cambio y nuevos enfoques, y aspiraba a que sus pares latinoamericanos y caribeños le dieran al menos la oportunidad de exponer sus puntos de vista directamente y de manera clara y precisa.

 

Sin embargo, los eventuales receptores de su mensaje, entre los que se encontraban Hugo Chávez, Evo Morales, Daniel Ortega, Rafael Correa, Fernando Lugo, Cristina Fernández de Kirchner y Lula da Silva, no tenían las mejores voluntades para escuchar demasiado al presidente o dialogar con él, y no estaban dispuestos a dejar pasar la ocasión de criticar al “imperio” por cualquier razón. Incluso, algunos de los más “duros” pretendían hacer la mayor bulla posible para “ponerle mala” la Cumbre al presidente de Estados Unidos.

 

La moderación y decencia de otros mandatarios democráticos de izquierda, centro o  derecha, como Michelle Bachelet, de Chile, Tabaré Vázquez, de Uruguay, Oscar Arias, de Costa Rica, Álvaro Uribe, de Colombia, Alan García, de Perú, Felipe Calderón, de México, Martín Torrijos, de Panamá, Leonel Fernández, de República Dominicana, o los otros líderes centroamericanos y los de las pequeñas islas-naciones caribeñas, no resultó suficiente para contener a la izquierda “bolivariana” y carnicera que lo único que quería era robarse el espectáculo.

 

Los mandatarios de la Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR) se reunieron con Obama en una cita paralela a la cumbre, a propuesta del presidente norteamericano. Al terminar la reunión, un presidente relativamente moderado como el peruano Alan García durante su segundo mandato, dijo que existía “un ambiente de expectativa y confianza” por la nueva relación que Estados Unidos pudiera establecer con la región y sobre sus capacidades para afrontar la crisis externa. Insistió en que los mandatarios suramericanos no se reunieron con Obama en “un papel mendicante ni de hacer pedidos ni reclamos”, sino de demostrar que tienen posibilidad de ser contraparte de Estados Unidos en “igualdad y respeto” para el crecimiento común.

 

El show mediático comenzó cuando al inicio de las sesión de trabajo entre Barack Obama y los mandatarios de UNASUR, el entonces presidente venezolano Hugo Chávez, que en la inauguración la noche anterior había estrechado la mano a Obama diciéndole en inglés “quiero ser tu amigo”,  se acercó al presidente de Estados Unidos para obsequiarle un ejemplar en español del libro “Las venas abiertas de América Latina”, del uruguayo Eduardo Galeano, considerado una nada santa biblia de la izquierda latinoamericana más virulenta. En la dedicatoria, el caudillo venezolano escribió: “Para Obama con afecto”.

 

Aparentemente, Chávez pensaba que se trataba de un libro importantísimo y de una trascendencia colosal, que ofrecía respuesta a todas las preguntas posibles sobre el porqué de las miserias de América Latina, donde, ¿casualmente?, siempre las respuestas acusaban al imperialismo.

 

Tal vez el golpista-presidente venezolano, con esa estúpida mentalidad de ombligo del mundo que inmediatamente contagia a los líderes populistas latinoamericanos, imaginó que el presidente Obama ordenaría traducir el libro y comenzaría a leerlo de inmediato, para entonces intentar mejorar las relaciones y la política de Estados Unidos hacia América Latina y el Caribe aplicando las recetas y propuestas del trasnochado uruguayo. Sin embargo, el mismo autor llegó a declarar unos años después de esa Cumbre de Trinidad y Tobago, refiriéndose a su libro más exitoso, que “no sería capaz de leerlo de nuevo. Caería desmayado”, y añadió a continuación: “Para mí, esa prosa de la izquierda tradicional es aburridísima. Mi físico no aguantaría. Sería ingresado al hospital”.

 

La Cumbre se concentró entonces en el payaso Hugo Chávez y lo que podría llamarse una especie de “antiimperialismo benigno”, estrategia trazada desde La Habana por Fidel Castro, ausente de las Cumbres de las Américas, pero mentor absoluto de Chávez desde abril del 2002, que partía de la premisa de que cambiar la actitud de “perdona-vidas” y presentarse con una aparente rama de olivo en la mano y unas cándidas expectativas crearían más dificultades al presidente de Estados Unidos que la misma cantaleta acusatoria y victimista de siempre.

 

Durante la Cumbre los 34 mandatarios celebraron tres sesiones plenarias, dedicadas a la prosperidad, la energía limpia y sostenible, y la democracia. Entre los temas abordados se destacaron prosperidad humana, seguridad energética, sosteniblidad ambiental, seguridad pública, reforzar la gobernabilidad democrática, y las formas de reforzar el seguimiento de la cumbre y la efectividad de implementación.

 

En su intervención, Obama anunció que desarrollaría una “alianza equitativa” con los países del hemisferio, y llegó incluso a expresar su disposición de abordar con Cuba “una variedad de temas”. Pero las fieras querían sangre, y lo que Obama expresaba y ofrecía no les resultaba suficiente.

 

La imposición de los Socialistas del siglo 21

 

Lo que no pudieran lograr en esa Quinta Cumbre sería la tarea pendiente para la Sexta, que se celebraría en Cartagena, Colombia, el 14 y 15 de abril del 2012.

 

La Sexta Cumbre de Cartagena ya estaba herida gravemente antes de su inauguración.  Se desarrolló bajo el lema “Conectando las Américas: Socios para la prosperidad”, y Colombia, país anfitrión, propuso trabajar sobre la integración física de las Américas, el acceso y utilización de tecnologías, desastres naturales, seguridad y reducción de pobreza y desigualdad.

 

Desde el mes de enero de ese año, los gobiernos de los países de la Alianza Bolivariana para los Pueblos de nuestra América (ALBA), habían gestionado la participación del gobierno cubano en la Cumbre de Cartagena, pero los colombianos manejaron el asunto con pinzas y alegaron que la solicitud se había hecho demasiado tarde de acuerdo a los calendarios de los preparativos de la cumbre. En realidad la principal preocupación de los colombianos eran los posibles enfrentamientos expresados en las declaraciones emitidas por la representación de Washington.

 

A su llegada a Cartagena para participar en la reunión, el presidente  de Bolivia, Evo Morales, atizó el fuego, declarando que “esperamos que la decisión de los presidentes de América permita que en las próximas cumbres participen el pueblo cubano y sus mandatarios”.

 

Sin embargo, se daba por sentado que el tema de la presencia del gobierno de Cuba en las Cumbres estaría en el centro de los debates, así como el siempre espinoso tema de las drogas, que según la canciller de Colombia “no se planteó como tema de cumbre porque no es un tema del que todo el mundo quiera hablar”.

 

Cristina Fernández de Kirchner, Evo Morales, Dilma Russeff, Fernando Lugo, y el entonces canciller venezolano Nicolás Maduro, jefe de la delegación venezolana por encontrarse Hugo Chávez bajo tratamiento radiológico contra el cáncer, fueron los representantes del grupo “duro” en esa Cumbre.

 

Otros dos de los “duros” del socialismo del siglo 21 estuvieron ausentes. El Presidente ecuatoriano Rafael Correa declaró que no asistiría a ninguna Cumbre mientras existiera “el intencional e injustificado rechazo de países dominantes a Cuba”, añadiendo que esperaba que su ausencia significara una invitación a discutir los problemas esenciales del continente y a actuar en consecuencia. Daniel Ortega, de Nicaragua, anunció que no asistió en protesta contra el rechazo a Cuba y en respaldo a Ecuador, y en menor medida por el conflicto con Colombia por las islas de San Andrés, Providencia y Santa Catalina.

 

José Miguel Insulza, Secretario General de la Organización de Estados Americanos, participó por primera vez desde ese cargo en una Cumbre de Las Américas, pues aunque dirigía la organización desde el año 2005, su toma de posesión como Secretario General se produjo unos días después de la terminación de la Quinta Cumbre de Puerto España, en Trinidad y Tobago. Su presencia en Cartagena no significó ninguna diferencia con la Cumbre anterior, donde no participó. Un personaje que durante diez años tuvo la tarea de dirigir la OEA y tratar de contentar a todos, terminará próximamente su mandato sin haber resuelto demasiados problemas y sin haber contentado ni a la izquierda, ni al centro, ni a la derecha, ni a nadie.

 

Ya en los momentos de la Sexta Cumbre la OEA, bajo su dirección, tenía en su historial que se había mantenido impasible ante problemas evidentes, como en el caso de la continuación del giro represivo y dictatorial del gobierno venezolano. O peor aun, la Organización que dirigía se había puesto claramente de parte de los violadores del orden constitucional en el continente, como cuando desde la secretaría general presionó para eliminar en el 2009 las cláusulas que expulsaban a Cuba de la OEA desde 1962 por incompatibilidad del régimen totalitario con los principios democráticos continentales.

 

Otro ejemplo fue cuando le brindó abiertamente apoyo al destituido presidente hondureño Manuel Zelaya, acusado por los poderes del estado hondureño de pretender desconocer la constitución del país para realizar un referéndum, financiado desde Venezuela por el chavismo, que no contaba con soporte legal para su ejecución, pues pretendía establecer la reelección del presidente, lo que estaba y sigue estando expresamente prohibido por la ley fundamental de Honduras. Por si fuera poco, más recientemente ofrecería el apoyo a Nicolás Maduro para la sucesión “constitucional” temporal del fallecido Hugo Chávez, algo que por ley correspondía al presidente de la Asamblea Nacional, lo que dejó al desnudo las conductas del Secretario General basadas en ideología y no en reglamentos.

 

Después de la inauguración de la Cumbre por parte del presidente colombiano, y tras un breve almuerzo, los gobernantes se enfrascaron en más de cuatro horas de debate, y posteriormente se realizó una cena oficial. Al día siguiente se realizó un “retiro presidencial”, reunión a la que asistieron únicamente los presidentes o jefes de Gobierno.

 

A pesar de las pretensiones “bolivarianas”, el tema de la presencia del gobierno cubano no quedó definido en esta Cumbre, donde no se emitió una Declaración Final por falta de consenso. Tampoco en lo referente a las drogas se llegó a acuerdos específicos.

 

Más allá de las declaraciones, planes y programas de siempre, lo más significativo de la Sexta Cumbre resultaría la presión casi unánime por parte de los gobernantes de América Latina y el Caribe para que se admitiera al gobierno cubano en la Cumbre subsiguiente, la Séptima, a celebrar en Ciudad de Panamá en el 2015, con independencia de que el régimen no cumpliera los requisitos de la Carta Democrática Interamericana y que sus gobernantes llevaran cincuenta y tres años en el poder sin haber celebrado elecciones verdaderamente libres y competitivas.

 

El presidente colombiano Juan Manuel Santos, que en la apertura de la Cumbre había llamado a buscar consensos mínimos para superar el “aislamiento” en que era mantenido el gobierno cubano -al que llamó “Cuba”-  expresaría posteriormente en el discurso de clausura de la reunión que

 

“El aislamiento, el embargo, la indiferencia, el mirar para otro lado, han demostrado ya su ineficacia (...) Así como sería inaceptable otra cita con un Haití postrado, también lo sería sin una Cuba presente”.

 

La ambigüedad del gobierno de Estados Unidos

 

Aunque no se había logrado en ese momento en Cartagena, era evidente que para la Séptima Cumbre había que resolver el tema cubano en un sentido o en otro, o esos cónclaves terminarían estancándose para siempre. La Séptima Cumbre llevaría por lema “Prosperidad con equidad. El desafío de la cooperación en las Américas”, pero esas pretensiones eran irrelevantes frente al proyecto bolivariano contra las Cumbres donde participaran Estados Unidos y Canadá. Lo que significaba que una decisión u otra podría resultar, en cierto sentido, el comienzo del fin de las Cumbres de Las Américas como reuniones no desacreditadas en las que se podría pretender obtener resultados específicos y positivos para todos los gobiernos democráticos y para todos los pueblos del hemisferio occidental.

 

Durante mucho tiempo, desde la culminación de la Sexta Cumbre en Cartagena hasta bien entrado el año 2014, la posición del gobierno de Estados Unidos resultó ambigua y timorata sobre el tema cubano. Funcionarios del Departamento de Estado, cuando se referían al espinoso tema, parecían hacerlo en clave o como si estuvieran hablando de otras cosas, y nunca hubo una definición precisa y contundente sobre si Estados Unidos realmente estaría dispuesto a compartir el forum con el dictador cubano en la Séptima Cumbre, o si Barack Obama derribaría la mesa y no participaría en un espectáculo como ese.

 

Con lo que se supo posteriormente sobre los dieciocho meses de conversaciones secretas de la administración Obama con el régimen de Raúl Castro para conseguir un eventual restablecimiento de relaciones diplomáticas entre ambos países, y que a Barack Obama le interesaba mucho llevar ese as en su mano a la Cumbre de Panamá 2015, se entiende más fácilmente la ambigüedad en las declaraciones de los funcionarios norteamericanos sobre la posición del gobierno en Washington acerca de la participación del régimen cubano en ese cónclave.

 

En agosto 28 del 2014 publiqué en Cubaencuentro un artículo titulado “Obama, Cuba y la Cumbre de las Américas 2015” que llevaba como subtítulo una pregunta muy concreta: ¿Será un circo tercermundista o una cita verdaderamente seria? La respuesta a esa pregunta pretendía encontrarse en el artículo, que entre otras cosas terminaba señalando lo siguiente:

 

“…el presidente Obama tendrá que tomar una decisión muy clara. Acepta la participación de Raúl Castro en la Cumbre de Panamá o declara sin ambigüedades que Estados Unidos no participaría si invitan a Cuba.

 

Antecedentes existen. Cuando Ronald Reagan era presidente de Estados Unidos, se planificaba una Cumbre Norte-Sur de jefes de estado en Cancún, México, para el 22 y 23 de octubre de 1981, a la que el gobierno mexicano quería invitar a Fidel Castro. Reagan fue muy claro, agudo y preciso: si Castro participa, Estados Unidos no asistirá. Punto.

 

Firmeza. Dureza. Prepotencia imperial. Soberbia. Guapería. Lo que quieran ladrar los sicarios verbales del régimen. Pero Fidel Castro no participó, porque México y Naciones Unidas sabían perfectamente que aquel cónclave, sin Estados Unidos, sería una reunión social para platicar un rato, tomar tequila, y nada más. El entonces presidente de México, José López Portillo, invitó a Fidel Castro a Cozumel, a donde fue en “su” yate “Pájaro Azul”, y tras once horas de conversaciones y “acordar lo que a nuestra amistad corresponde”, como dijo el mandatario mexicano, Castro regresó a La Habana desbarrando de Reagan, del imperio y de todo lo que quiso, tuvo que ver la reunión por televisión y saber de lo que se habló por las agencias de prensa o sus servicios de inteligencia.

 

Barack Obama tendrá que tomar su decisión: esto no es lo mismo que darle la mano a Raúl Castro en Sudáfrica cuando se cruzó con él en el funeral de Mandela. Esta vez tendría que decir, simplemente, que si se invita a Cuba a la Cumbre de las Américas Estados Unidos no participaría, con lo que tal reunión se degradaría a algo así como un foro más de CELAC. O soportar la humillación para Estados Unidos de sentarse en un cónclave definido para países democráticos en el que estaría participando en la misma mesa nada menos que Raúl Castro.

 

En manos de Obama está. Veremos si la historia puede absolver al presidente de EEUU en este tema”.

 

Está claro que el manejo de la política exterior de Estados Unidos por Ronald Reagan y Barack Obama tiene características muy diferentes. Lamentablemente, ya sabemos que el presidente de Estados Unidos optó por asistir a la Séptima Cumbre compartiendo espacio y mesa con Raúl Castro, en vez de negarse a participar junto al anciano dictador. Y aunque ya falta muy poco tiempo, tampoco deberían descartarse anuncios de última hora, antes de la inauguración de la Cumbre en Panamá, sobre un acuerdo para reabrir las respectivas Embajadas en una fecha determinada, o sobre la eliminación de Cuba de la lista de países patrocinadores del terrorismo.

 

Aunque todos los países de América Latina y el Caribe estuvieran dispuestos a compartir la fiesta con el general sin batallas, una reunión de gobernantes de América Latina y el Caribe, sin la participación del gobierno de Estados Unidos, y muy probablemente del de Canadá, sería igual que una reunión cualquiera de la CELAC (Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños). Es decir, absolutamente intrascendente y una pérdida de tiempo, momento para compartir mojitos, margaritas y capiriñas y conversar nimiedades o recordar anécdotas, sin aplicación práctica específica ninguna.

 

Sin embargo, eso no sucederá, porque el presidente de Estados Unidos considera que vale la pena arriesgar prestigio en aras de mostrar a sus pares latinoamericanos y caribeños una “nueva política” hacia Cuba, que no solamente no será agradecida, sino que será criticada por quedarse corta, considerando por corta todo lo que no satisfaga totalmente a los “duros” de “Nuestra América”, que ya sabemos quienes son y lo que quieren.

 

El fracaso anunciado

 

Por si fuera poco, en medio de estas tribulaciones, el presidente Obama dio un nuevo giro a su política hacia la Venezuela de Nicolás Maduro, decretando una emergencia nacional y declarando a Venezuela una amenaza para la seguridad nacional de Estados Unidos.

 

Cuando se supo con más detalles la razón de este giro brusco de Washington con relación a los peligros que podrían representar para Norteamérica el lavado masivo de dinero, los vínculos con el narcotráfico de altos funcionarios venezolanos, y las complicidades de Caracas con Irán y los terroristas de Hezbolá,  al entre otras cosas entregarles pasaportes venezolanos (elaborados en Cuba) para que se movieran libremente por el mundo, se entienden mejor las razones que motivaron las decisiones del gobierno de Obama, aunque no por qué se castiga al gobierno de Venezuela y se premia al de Cuba al mismo tiempo. Indudablemente la forma en que se hicieron los anuncios de esa decisión sobre Caracas no fue ni la más inteligente ni la más conveniente para la posición de Washington.

 

Los “duros”, por supuesto, ya tienen combustible para la hoguera: silenciarán los delitos de los acusados por Estados Unidos, ocultarán los innumerables problemas económicos y sociales que enfrenta Venezuela provocada por las funestas políticas y la extrema corrupción de sus gobernantes y funcionarios, y se quejarán de “agresión” contra la patria de Bolívar, a la vez que mezclarán todas las campañas “antiimperialistas” en el mismo saco, para atacar con mucha más fuerza al “imperio”.

 

Y tomará cada vez más fortaleza y apoyo el criterio “bolivariano” de que la pretensión de Barack Obama fue aprovechar el acercamiento con el gobierno cubano como ocasión para alejar a los gobiernos de Cuba y Venezuela de su estrecha relación, ofreciendo a La Habana la zanahoria y a Caracas el garrote. A esta campaña, sin dudas, se sumarán cuando menos Evo Morales, Rafael Correa, Daniel Ortega, Dilma Russeff y Cristina Fernández, y no deberíamos descartar alguna que otra incorporación sorpresa en el próximo coro en Panamá.

 

El saliente Secretario General de la OEA, para no perder la costumbre, ya dijo que le preocupaba que las tensiones entre Venezuela y Estados Unidos pudieran ensombrecer la Cumbre de Panamá, aunque se mostró confiado porque “Estados Unidos no quiere que sea así”, por lo que solicitó a Venezuela “prudencia”, agregando a todo eso un lugar demasiado común: “Se puede conversar y discutir. No depende de lo que se diga, sino del tono en que se diga y de la disposición a resolver”.

 

No tuvo en cuenta el inefable Secretario General en esas declaraciones que a pesar de que Estados Unidos no desea que la Séptima Cumbre se descarrile, la conducta del gobierno venezolano dependerá de la estrategia concertada con La Habana, ni que las intenciones de los “socialistas del siglo 21” evidentemente son “reventar” la Cumbre y crucificar al presidente Obama durante el cónclave en Panamá.

 

Lo que va a ensombrecer la Cumbre en Panamá no van a ser solamente las tensiones con el gobierno de Venezuela, sino el brutal choque entre el gobierno cubano y Estados Unidos. Muestra de ello la declaración del jefe de la delegación del gobierno cubano tras las conversaciones con Estados Unidos en Washington sobre derechos humanos, a propuesta de la dictadura. Este enviado del régimen expresó su “preocupación” sobre la persistencia de patrones de discriminación y racismo, de abuso y brutalidad policial, de quebrantamiento de los derechos humanos en la lucha contra el terrorismo, de torturas y limbo jurídico de los prisioneros de Guantánamo, y de la falta de libertades sindicales en Estados Unidos.

 

“Hemos querido expresar temas en sentido general que no sólo preocupan a Cuba, sino a toda la comunidad internacional, y sobre los cuales hay también un debate dentro de la sociedad norteamericana”.

 

Sin embargo, después de esa extravagante retórica, al referirse a las reclamaciones sobre derechos humanos de Estados Unidos hacia Cuba dijo solamente que “son las usuales que han estado en todos los medios, que parten justamente de un desconocimiento de nuestra realidad”. Buen anticipo y anuncio de lo que puede venir en Panamá.

 

La Habana se está preparando esmeradamente en organizar el circo con todos los recursos. Además de la participación de Raúl Castro y la delegación del régimen en la Séptima Cumbre como tal, sus peones participarán masivamente en todos los eventos relacionados que se celebrarán paralelamente en Panamá, entre ellos el Foro de Rectores, donde se espera que participen, además del Presidente y Chief Executive Officer de AT&T, más de 300 rectores de universidades del continente. Y como todos sabemos que los Rectores en Cuba solamente dirigen universidades “para los revolucionarios”, se podrá tener una idea aproximada de lo que se puede esperar de la participación de los dos personajes enviados por el régimen a participar en ese foro.

 

Participarán también en el Foro de la Sociedad Civil y Actores Sociales, en el que se ha anunciado la presencia del ex-presidente de Estados Unidos Bill Clinton, y donde la posición ya anunciada claramente desde La Habana es que “Cuba [es decir, el régimen] presentará en Panamá su propio concepto de sociedad civil”, que no tiene nada que ver con el concepto que se reconoce y acepta en el resto del mundo. 

 

Para tal presentación del concepto del régimen sobre la sociedad civil asistirá una masiva representación de decenas de organizaciones supuestamente independientes del gobierno (que ese es el concepto de “sociedad civil”), entre las que se incluyen todas las “correas de transmisión” y los apéndices del partido comunista, como los Comités de Defensa de la Revolución, la Central de Trabajadores de Cuba, la Federación de Mujeres Cubanas, la Federación de Estudiantes Universitarios y la de Estudiantes de la Enseñanza Media, la Unión de Periodistas de Cuba, y otras asociaciones profesionales, en donde todos los participantes de la representación del régimen han sido entrenados y adoctrinados para el discurso común y repetitivo sobre las maravillas del paraíso del proletariado y del país más democrático del mundo, como dicen que es la Cuba de los hermanos Castro.

 

Frente a esa masiva participación, las representaciones de la oposición interna y del exilio no podrán avanzar demasiado, no solamente por la comparativamente exigua cantidad de participantes que podrán mostrar -a algunos opositores, por ejemplo, el régimen no les permite salir del país- sino, y es lo peor de todo, porque no logran establecer ideas comunes ni estrategias y propuestas coherentes y proactivas -aunque lo están intentando con vistas al evento de Panamá- y en cierto sentido, lamentablemente, muchas veces cada quien acerca la sardina a su brasa solamente y no muestra demasiado interés en que otras sardinas se beneficien de ese calor.

 

Por su parte, diferentes grupos del exilio “apadrinan” a determinados opositores en particular o a determinadas organizaciones de oposición que les resultan afines, desconociendo o ninguneando prácticamente a las demás. Por si fuera poco, algunas de las representaciones a Panamá, como la de las Damas de Blanco, asistirá en medio de una desgarradora polémica fraticida que hace preocuparse mucho por el futuro y factibilidad de una organización que se ganó el respeto de todos en el mundo, pero que ahora no da muestras de encontrar su camino en medio de la tormenta.

 

Ya comenzó desde La Habana la brutal ofensiva contra las eventuales voces alternativas, con calificativos propios de la brutalidad totalitaria intolerante. Sus órganos de prensa, siempre al servicio de lo más bajo y sucio de las conductas “revolucionarias”, como no pueden impedir la participación de criterios contestatarios en Panamá, señalan que la presencia de los grupos opositores y del exilio pretende “crear situaciones complejas a los organizadores, intentando sentar en el banquillo de los acusados a Cuba y Venezuela”, mientras que otro pasquín digital del régimen señala impúdicamente que las organizaciones que apoyan a los opositores cubanos para su presencia en Panamá  “pretenden legitimar y posicionar a la contrarrevolución mercenaria cubana”. Los únicos cubanos puros y decentes, según ellos, son los lacayos del régimen: del resto, ninguno sirve para nada. La misma cantaleta de siempre

 

Otro de los eventos paralelos a la Cumbre donde participará el régimen será el Foro de Jóvenes de las Américas, donde asistirá desde la Isla una delegación de 20 jóvenes que, según una vocera de la oficialista Mesa Redonda de la televisión cubana, abogará por el “levantamiento del bloqueo” y la salida de Cuba de la lista de países patrocinadores del terrorismo elaborada por el Departmento de Estado.

 

Supuestamente también “desmentirán” que en Cuba no hay oportunidades de superación ni de encontrar empleo acorde con los estudios cursados. Y aunque no lo haya dicho abiertamente el régimen, es seguro que además de todo lo anterior jurarán y perjurarán que en Cuba todo el mundo tiene derecho a estudiar, y que cuando se señala que las universidades son para los revolucionarios se hace para excluir delincuentes comunes, mercenarios y potenciales terroristas que no tienen interés en aprender sino en causar problemas a los jóvenes que solamente desean estudiar y ser personas útiles a la sociedad.

 

En el Foro Empresarial paralelo a la Cumbre la delegación del gobierno cubano no tiene asignado tiempo para hablar, pero intentará promover negocios con empresas radicadas en Cuba. Además, para combatir lo que llaman las nuevas estrategias del imperialismo hacia Cuba (¿?), teniendo en cuenta que en ese foro estará presente hasta el Presidente de la Pepsi-Cola, el régimen presentará su cara supuestamente más humilde y proletaria, con una delegación para inspirar lástima y simpatías, incluyendo campesinos, cooperativistas, taxistas, y artesanos, entre otros. No parecen tener idea de participar abiertamente los generales y coroneles de las empresas de GAESA, el grupo de administración de empresas controladas por las FAR,  y otras donde los militares están al frente, que en la práctica tienen que ver con más del sesenta por ciento de la economía del país. Esos se mantendrán a la sombra, aunque parte importante de sus emporios comerciales tienen sus oficinas en Panamá.

 

A todo eso hay que sumarle que no parece que Raúl Castro tenga más interés en quedar bien con Obama que con sus “hermanos” latinoamericanos y caribeños, y que aunque no se comporte con la torpeza o incultura de un Nicolás Maduro, de seguro hablará fuerte y alto condenando al “imperialismo”, el “bloqueo” y las “agresiones” contra Cuba, además de expresar la “inquebrantable solidaridad” de La Habana con el gobierno de Caracas y todos sus compinches en el continente.

 

Si alguien se ilusionó, aunque no hayan sido muchos, en que también en esta Cumbre sería posible un anuncio del régimen de La Habana con relación a un eventual regreso a la Organización de Estados Americanos, las declaraciones de la jefa de redacción de la oficialista agencia noticiosa Prensa Latina no dejan lugar a dudas:

 

“Cuba apuesta [esa palabrita se ha puesto de moda en la prensa del régimen] por los nuevos mecanismos de integración como la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América, la Unión de Naciones Sudamericanas o la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC). Fortalecer, expandir y armonizar esos organismos y agrupaciones, es el camino escogido por Cuba; no la peregrina ilusión de regresar a una organización que no admite reforma y que ya fue condenada por la historia”.

 

Ese es el pretexto que utilizará la cancillería del régimen para avisar que no firmará la Declaración Final de la Cumbre, que incluye un llamado a fortalecer “el Estado de Derecho Democrático”, porque ese texto fue elaborado por el Grupo de revisión e implementación de las cumbres, perteneciente a la Organización de Estados Americanos, OEA, y

 

la asistencia de Cuba ratificará la ruptura total que la isla mantiene con respecto a la Organización de Estados Americanos (OEA), la cual funge hoy como eje del sistema de esas citas presidenciales”,

 

añadiendo que

 

la presencia de Cuba en Panamá estará encabezada por el presidente, Raúl Castro, y se producirá por invitación del gobierno istmeño, con plenos derechos y en igualdad de condiciones”.

 

Más claro ni el agua.

 

Por si no bastara con todo lo anterior, Nicolás Maduro, bajo la supervisión de La Habana, se apresta a montar el show de víctima inocente del imperialismo. Además de que también la sociedad civil oficialista y chavista se presentará en grandes cantidades en los foros paralelos, en este caso la oposición venezolana podrá tener más libertad de acción y movimiento que los opositores cubanos, aunque las candilejas y la payasada principal corresponderá al bufón mayor y “comandante en jefe” venezolano.

 

Se dice que aparecerá en Panamá con millones de firmas de venezolanos que rechazan las sanciones de Estados Unidos contra corruptos funcionarios “bolivarianos” (aunque el oficialismo en Caracas repite que son sanciones contra Venezuela) para entregárselas a Obama como muestra del repudio del “pueblo” a las acciones del presidente de Estados Unidos.

 

Que sean más o menos firmas (se dice que, en vista de  la escasez de alimentos en el país, hasta ofrecían un pollo a los venezolanos que firmaran) las que pueda mostrar el presidente dictatorial en Panamá no tiene mucha importancia, porque tanto el show como  la payasada se llevaran a cabo con veinte millones de firmas o con solamente cuarenta y cuatro: lo importante es denunciar la maldad del “imperio”. Esperemos, al menos, que las lleve en formato electrónico en una memoria flash o un disco duro, y que al flamante e inefable caudillo no se le ocurra aparecerse con montones de papeles firmados que serían un lastre insoportable en esa Cumbre.

 

Entre los temas espinosos que se presentarán en esta Cumbre, además de los de Cuba y Venezuela, estarán los reclamos de Argentina por la soberanía de las islas Malvinas (Falkland), a pesar de que sus habitantes decidieron abrumadoramente en referéndum su deseo de continuar siendo británicos; las demandas de Bolivia contra Chile por sus reclamos para una salida al mar que le restituya todo o parte del territorio perdió en la guerra durante el siglo 19; el estado de las conversaciones entre el gobierno colombiano y las narcoguerrillas de las FARC; los temas de la inmigración ilegal desde México y Centroamérica hacia Estados Unidos; la falta de seguridad y el auge del narcotráfico en México; y el escandaloso caso de corrupción en Brasil que implica a su mayor empresa y a buena parte del gobierno y del partido en el poder.  

 

Sumemos a todo esto que habrá que escuchar a Evo Morales hablando incoherencias. Ya declaró que América debería ser un continente “sin espías”, y que  en la Cumbre de Panamá espera que se celebre un debate “sincero y público”, añadiendo que no debería ser “como en algunas Cumbres de América”, en las que “algunos presidentes cómplices del capitalismo, del imperialismo, tratan de cuidar la imagen del presidente norteamericano”. Ya con esas declaraciones tenemos un anticipo de cuál será la posición y el objetivo de ese profundo pensador revolucionario que es el presidente boliviano.

 

Estarán también el caudillo “intelectual” Rafael Correa hablando de revolución ciudadana y justificando la pelea por la reelección permanente en la que está enfrascado en estos momentos en Ecuador, y el siempre inmoral Daniel Ortega hablando de lo que se ocurra, y tal vez justificando la construcción de un canal interoceánico en Nicaragua que tendrá que hacer competencia al de Panamá y de paso golpear al “imperialismo” con esa arteria vital alternativa.

 

Hablará Dilma Russeff de crecimiento, desarrollo, inclusión, ecología, cambio climático, indigenismo, o cualquier otro tema, siempre para desviar la atención de los escándalos de corrupción que tienen atenazado a su partido de gobierno -y a ella misma- en uno de los momentos más lúgubres de la izquierda brasileña. Hablará también Cristina Fernández de Kirchner, y acusará al imperialismo de agresiones financieras por pretender cobrar las deudas contraídas por Argentina y que su gobierno no quiere ni puede pagar, debido entre otras cosas a todos los manejos turbios en ese país durante su presidencia y la anterior de su fallecido esposo.

 

Es de esperar que del resto de los países del continente no salgan dardos demasiado feos ni envenenados contra Estados Unidos, pero habrá que acostumbrarse a escuchar a todos esos jefes de Estado mostrar su satisfacción por los pasos “históricos” para lograr el acercamiento entre Cuba y Estados Unidos, y la vez destacar que Estados Unidos debería hacer mucho más para completar satisfactoriamente este proceso.

 

Porque es evidente que los gobernantes de América Latina y el Caribe señalarán a Obama, con más o menos lenguaje diplomático, que tiene tareas pendientes hacia el muy democrático gobierno cubano, y además que deberá enmendar inmediatamente sus errores hacia Venezuela por las sanciones aplicadas (y nunca mencionarán que son contra funcionarios corruptos y no contra la nación venezolana ni contra su pueblo).

 

Muy recientemente la Subsecretaria de Estados para Asuntos del Hemisferio Occidental, Roberta Jacobson, una funcionaria con experiencia y capacidad profesional, dijo que se había sentido “decepcionada” por la falta de apoyo de los gobernantes del continente a las sanciones de Estados Unidos contra un grupo de corruptos funcionarios venezolanos.

 

Si se sintió “decepcionada” con eso, podemos imaginar que terminaría traumatizada cuando finalice la Séptima Cumbre de las Américas en Panamá.

 

Es sombrío tener que aceptar que el gobierno del país más poderoso del planeta y de la historia se aferre a estrategias y conductas tan incoherentes pretendiendo efímeros legados o logros que ni siquiera si lo fueran ofrecen garantías de que se obtendrían.

 

Podría suponerse que en Washington se saben cosas que los mortales no conocemos, y que tal vez los resultados de la Séptima Cumbre de las Américas en Panamá ofrecerán agradables sorpresas, y mejorarán sensiblemente las relaciones entre las naciones del continente, que permitirán nuevos pasos para la cooperación y el desarrollo conjunto, enfrentando victoriosamente “el desafío de la cooperación en las Américas” y asegurando a todos la “prosperidad con equidad” que proclama el lema de esta Cumbre.

 

Sin embargo, en realidad eso solamente podría suponerse para no ser absolutamente pesimistas o negativos, y a la vez para poder otorgarle al presidente Obama el beneficio de la duda al evaluar su aparente estrategia para esta Cumbre y para la política de Estados Unidos hacia el continente.

 

Sin embargo, los escenarios que se vislumbran a tan pocos días de la inauguración de la Cumbre en Panamá no llevan al optimismo, sino a todo lo contrario. Y el terrible daño que se podría producir por tan garrafales errores tal vez no resulte definitivamente irreparable, pero de seguro que requerirá tiempo, paciencia, sangre, sudor y lágrimas para revertirlo.

 

¡Cuánto desearía estar total y absolutamente mente equivocado!