Cubanálisis El Think-Tank

           ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

   

Dr. Eugenio Yáñez, Estados Unidos

 

 

 

CASTRISMO, NEOCASTRISMO, POST-CASTRISMO

 

¿Cómo serán las cosas después de la “generación histórica”?

 

Estamos en medio de un proceso muy interesante que tendrá que ver, para bien y para mal, con el desarrollo del futuro de Cuba, y lamentablemente no siempre nos damos cuenta de todo lo que está sucediendo y todo lo que implica. Y en muchas ocasiones nos desgastamos buscando las respuestas correctas a nuestras interrogantes y anhelos, cuando ni siquiera disponemos de las preguntas adecuadas ni de la metodología apropiada para poder llegar a ellas.

 

Los cubanos, como nación, vivimos un drama desgarrante que se agudiza cada día, tanto quienes residen permanentemente fuera de su país de nacimiento, y con independencia de que vayan de visita a Cuba o prefieran no ir, como para quienes residen en el archipiélago permanentemente -aunque puedan irse a trabajar como “internacionalistas” por un tiempo a cualquier lugar del mundo, o de visita a sus familiares en “la Yuma”-, e incluso para los del así llamado exilio rosado, esos cubanos que andan a caballo entre la economía de mercado y la relativa democracia en cualquier país y la tiendas recaudadoras de divisas y el timbiriche en Centro Habana.

 

Quienes llevan demasiado tiempo fuera de Cuba conocen mucho mejor la democracia y la forma en que funciona, pero cada vez menos las realidades internas en nuestra patria, no por incapacidad o desinterés, sino por la separación física y la distancia en el tiempo. Al extremo que algunos de ellos, en ocasiones, y sin darse cuenta, piensan más como estadounidenses que como cubanos.

 

Pretendemos, aun con las mejores intenciones, y aunque no existan ánimos ni intereses de innecesarios protagonismos, señalar a los demás el camino para nuestro país, pero se ha ido perdiendo, aunque no se haya deseado, la capacidad para identificar el punto de partida para ese camino, las realidades de este preciso momento, por lo que tal punto de partida no es ni puede ser, de ninguna manera, la Cuba que hubo que dejar atrás hace más o menos años.

 

Si a eso se le suman algunos personajes exiliares de los que no resulta demasiado claro si realmente tienen intenciones para el futuro del país ajenas a necesidades enfermizas de protagonismo, a los que pretenden vivir o seguir viviendo del cuento sobre la libertad de Cuba y bla, bla, bla, y a los que forman parte del vulgar oportunismo político permanente que se puede encontrar en todas partes y en todas las culturas y naciones, entonces resulta mucho más difícil, por no decir imposible, que puedan tener idea de las realidades de los puntos de partida de nuestra patria en estos momentos.

 

Por su parte, los cubanos dentro de la Isla, que conocen y sufren de primera mano las realidades del país y sus permanentes transformaciones en un sentido o en otro (políticas, económicas, sociales, tecnológicas, sociológicas, religiosas, sicológicas, demográficas, culturales, represivas, morales y humanas) no tienen acceso a las experiencias mundiales, en ocasiones ni siquiera en un limitado plano teórico o conceptual, sobre lo que significa y representa la vida en democracia, el ejercicio de las libertades civiles y los derechos humanos por parte de los individuos, el funcionamiento de un Estado de derecho y del imperio de la ley, el papel de una prensa libre y de las instituciones de la sociedad civil, y todas esas cosas que, cuando se vive en democracia, se dan por sentadas porque se han conocido y vivido durante muchos años.

 

En muchas ocasiones queremos ver a los disidentes y opositores dentro de Cuba como un todo, algo  unánime y uniforme, como queremos ver también al exilio, y aunque muchos aleguen, razonablemente, que la diversidad de puntos de vista y enfoques dentro de las múltiples instituciones contestatarias dentro de nuestro país no significa necesariamente algo negativo, lo cual es cierto, también lo es que la incapacidad demostrada hasta el momento para la más mínima acción común dirigida a lograr algo específico, aunque fuera muy elemental, resulta cada vez más preocupante a esta altura de los acontecimientos.

 

Y a la hora de analizar esas realidades no podemos colocar en un mismo saco revuelto a quienes pretenden luchar por un Estado de derecho en Cuba con los que se conformarían con mejores condiciones materiales o acceso a Internet o la televisión satelital, o los que ambicionan, simplemente, irse a vivir a otro lugar.

 

No hay nada malo ni reprobable en que estas o aquellas personas dentro de Cuba tengan distintos objetivos e intereses: el problema está de nuestra parte, cuando no sabemos o no queremos diferenciarlos y pretendemos unir en un mismo plato aguacates, hojas de plátano y melones, como si fueran lo mismo, simplemente por el hecho de ser verdes.

 

Esos hermanos nuestros dentro de la Isla, tanto los que pretenden los mayores y más acelerados avances hacia una democracia absoluta, completa y total, como los que consideran adecuado y suficiente aspirar a menos, aunque sea por el momento, conocen muy bien el punto de partida y lo que no desean para Cuba, y muchos de ellos -aunque no todos siempre, digámoslo muy claramente- dan continuas muestras de valor, tenacidad y desprendimiento en el afán de lograrlo.

 

Sin embargo, muchos se desorientan cuando quieren identificar los destinos y los rumbos personales y de sus organizaciones casi automáticamente, improvisadamente o basándose en quimeras, porque casi siempre hay que sumergirse en temáticas sobre las que no disponen de los conocimientos y la información suficiente, y sobre todo de vivencias y experiencias prácticas reales, contradictorias y continuas, para poder alcanzar decisiones bien fundamentadas y mucho más allá de las buenas intenciones.

 

No disponen de esa información no porque sean tontos, incapaces o desinteresados, sino porque el régimen totalitario se ha esmerado en reducir tal información al mínimo e imponer una versión aburrida, única y maniquea de un mundo en dos colores, donde todo lo positivo se encuentra en el paraíso del castrismo y del proletariado o en los países que gobiernan sus aliados, y toda la maldad, miserias, tristeza, crisis, frustraciones, explotación y sufrimiento, corresponde exclusivamente a aquellos países que el régimen considera imperialistas, enemigos, o simplemente no suficientemente amistosos hacia el gobierno cubano, aunque esas definiciones en ocasiones han cambiado y cambian en la medida que evolucionan las relaciones políticas, financieras o económicas con esos gobiernos, así como las necesidades de la dictadura.

 

La propaganda oficialista se entremezcla permanentemente con la enseñanza tergiversada de la historia de Cuba, la de América y la Universal, y con el paso del tiempo cada vez son menos las personas que están vivas y que vivieron en una Cuba diferente, las que podrían contar sus experiencias, recuerdos y vivencias, y demostrarle a los más jóvenes las veleidades, distorsiones y escandalosas mentiras que abundan en la propaganda de la dictadura.

 

Lamentablemente, esas pocas personas que van quedando experimentan, como le ocurre a todo ser humano en cualquier época y en cualquier lugar del mundo, distorsiones en sus recuerdos, que se van haciendo más borrosos en la medida que pasa el tiempo.

 

Y, no nos engañemos, que es lo que más daño podría hacernos a nosotros mismos fuera de Cuba: similares distorsiones en los recuerdos y memorias se producen también en todos los que estamos de este lado de acá, y mientras más pasa el tiempo más borrosos son nuestros recuerdos, más edulcorados se van haciendo los que nos agradan, y más imprecisos resultan los que nos desagradan.

 

La Cuba que se refleja en nuestras mentes, por mucho que la tengamos presente y que la queramos, y por muchas informaciones e interacciones que intentemos mantener con quienes viven allá o van de visita y nos cuentan, después de algunos años lejos de ella ya no es ni la misma que dejamos atrás ni la que existe hoy en la Isla. Y mientras más años pasan, peor.

 

Tenemos entonces que los cubanos dentro de la Isla, en medio de las permanentes dificultades que tienen que enfrentar para sobrevivir día tras día, y tratando de capear la represión y la degradación de la condición humana impuestas por la tiranía, tienen que soportar y sufrir el mundo enajenante de la propaganda totalitaria dentro de Cuba, y que se refleja también en sus muchas ramificaciones en el exterior, que no son pocas ni insignificantes.

 

En esa propaganda, por ejemplo, el primer ministro ruso Dmitri Medvedev puede ser un día “excelentísimo señor” y otro día “compañero”, en dependencia de cómo marchen las cosas en las relaciones del régimen con Moscú, así como los gobernantes chinos pueden ser “hermanos” o “mandarines de Pekín”, en dependencia de la cantidad de arroz u otros productos o créditos que hagan llegar a La Habana en cada momento.

 

Ante tales disyuntivas, lamentablemente, son pocos los que parecen poder disponer a la vez de un entendimiento relativamente actualizado, aceptable y objetivo de la realidad del país, aquellos que tienen acceso continuo a los reportes secretos de la situación operativa cubana que elaboran los aparatos de seguridad, y a las estadísticas verdaderas, esas que nunca se publican, y que no necesitan de las “informaciones” que se obtienen a través de los libelos de la propaganda oficialista o de los discursos oficiales.

 

Esos, simultáneamente, son también quienes poseen algunas definiciones relativamente precisas del destino al que aspiran y del rumbo que pretenden seguir. No porque sean más inteligentes o capaces que los demás ni porque les interese el país o su destino, sino porque, a través del monopolio del poder y de la toma de decisiones, garantizan la manera de asegurarse tanto el destino propio como el futuro que quieren y pretenden para ellos mismos y para los suyos, de espaldas a las aspiraciones populares.

 

Esos son los jerarcas del régimen, quienes detentan verdaderamente el poder y disfrutan de sus mieles, esos que en estos momentos y desde hace ya algún tiempo tienen muy claro hasta dónde pretenden llegar y a través de qué caminos lo intentarán.

 

Constituyen  una selecta camarilla de pícaros y delincuentes, que conviven entre la más descarada corrupción, sin ningún prejuicio ni impedimentos de ningún tipo, líderes “históricos” y borrosos tecnócratas, unos que muestran sus expedientes, sus estrellas y sus historias combativas, y los otros que muestran una imagen pública de guayaberas, teléfonos celulares, computadoras portátiles y sonrisas de ocasión, así como leyendas de “mente abierta”, comprensión y cosmopolitismo.

 

Camarilla que siempre fue parte, cómplice y soporte del castrismo fidelista en toda su extensión e infamia totalitaria, desde las UMAP a la ofensiva revolucionaria, desde las confiscaciones sin compensación de ningún tipo hasta los paredones, desde la subversión latinoamericana y tercermundista hasta los mítines de repudio.

 

La misma camarilla, o más exactamente lo más selecto de ella, reforzada con las nuevas incorporaciones de beneficiarios bien calificados en el arte del birlibirloque, la maraña y las operaciones turbias y nunca claras ni transparentes, camarilla que cuando Fidel Castro enfermó y tuvo que alejarse de las mieles del poder después de disfrutarlas durante cuarenta y siete años seguidos, poco a poco fue capaz de diseñar y aplicar sin dificultades especiales el tránsito del fidelismo anquilosado y decadente al neocastrismo raulista.

 

Neocastrismo menos salvajemente totalitario e inteligentemente disfrazado con acceso a hoteles, la posibilidad de adquirir teléfonos celulares y computadoras, compra y venta de casas, “reforma migratoria” y otras maniobras diversionistas, mientras en Miami, New Jersey, Madrid, Hialeah y Los Ángeles se aseguraba que “aquello” inexorablemente se vendría abajo en muy poco tiempo, porque todo dependía de la presencia ubicua y el control absoluto por parte de Fidel Castro, y ya el Comandante había muerto, según nos decían los sacerdotes de los templos esotéricos del anticastrismo, y sus monaguillos en la prensa.

 

Ahora esa misma camarilla neocastrista, ya elegantemente vestida en su condición de generales en uniforme de gala, dictadores ataviados con trajes y corbatas de diseñador, o empresarios VIP de guayabera y maletines habituales en el exclusivo mundo de los altos negocios, después de haber dejado perfectamente claro -desde las tribunas del partido que utilizan en su beneficio y como pretexto de su actividad- que terminaba la etapa del igualitarismo y se entraba en la del sálvese quien pueda, pero sin abandonar la retórica demagógica ni dejar de proclamar continuamente “los logros de la revolución”, prepara una nueva etapa y estilo de la dictadura.

 

Preparan el post castrismo que ya ha comenzado a diseñarse en La Rinconada, mientras muchos -demasiados- tanto en Cuba como en el exterior se desgastan tratando de adivinar -de adivinar, sí, no de analizar- si el poder, el de verdad, que no el formal, lo heredará la sexóloga Mariela Castro Espín o su inepto hermano el coronel Alejandro, confundiendo lentejuelas y manifestaciones exteriores y superficiales con razones, análisis, hormonas y corazones.

 

Si nos seguimos aferrando a la obtusa mentalidad del Parque del Dominó en la Calle Ocho, de las tertulias con cortaditos y croquetas en “La Carreta” o el “Versailles”, o de los atardeceres de tapas y vinos cerca de la Puerta del Sol en Madrid,  mentalidad según la cual  todo dentro de Cuba se mantiene igual que hace más de cincuenta años, y nada de lo que pueda suceder tiene la más mínima importancia mientras “aquello” no reviente, no avanzaremos demasiado en la comprensión de estos fenómenos.

 

De la misma manera, la otra versión de lo obtuso reza sobre lo mismo, pero ahora con la variante de que hasta que “los americanos” no se decidan a resolver de una vez un problema que es nuestro -aunque buena parte de nosotros también somos americanos- y que a esos “americanos” no les interesa demasiado. Al menos mientras no exista un verdadero peligro de desestabilización en la Isla -no por legendarias emigraciones masivas que no van a ocurrir en lo inmediato y que parecen estar bastante lejanas de suceder en algún momento, sino por el control que pudieran llegar a adquirir barones del narcotráfico y del tráfico humano. Siguiendo con esa manera de razonar -es un decir- no hay nada que entender de todo el entramado que aquí se ha venido tratando de señalar y se pretende continuar tratando de explicar en este análisis.

 

Sin embargo, muchas de esas personas fuera de Cuba que acusan, con mucha razón, a la gerontocracia en La Habana, de pecados políticos, de inmovilismo, y de no entender las realidades de la modernidad del mundo contemporáneo y globalizado, no son capaces de darse cuenta que el mismo mal se padece muchas veces de este lado del Estrecho de La Florida o en la Europa y América Latina de los exiliados.

 

Eso es a la vez fácil y desgarrante de comprobar cuando los enfoques y las estrategias -si es que acaso las hay, lo que no ocurre siempre ni mucho menos- siguen suponiendo una Cuba que dejó de existir hace ya muchos, demasiados años, no solamente por el efecto destructivo del totalitarismo, sino también por el mismo paso del tiempo.

 

De la misma manera, ese enfoque anquilosado de una Cuba que ya no existe supone un exilio maniqueo, al que aun se le pretende asignar una intransigencia consecuente, una aberrante e indestructible unanimidad, y una confluencia de criterios y opiniones políticas que, afortunadamente, no ha existido nunca, y que cada vez existe menos, porque el paso del tiempo no ocurre solamente en La Habana o en toda Cuba, ni en un único lugar del mundo, sino en todas partes a la vez, incluyendo a Miami, Hialeah y New Jersey.

 

Los guardianes de textos sagrados y los abundantes policías indoblegables de la fe, que dispongan de páginas digitales y blogs o no, y que lamentablemente abundan también por estos lares -eso no es para nada monopolio o exclusividad de las dictaduras comunistas- podrán acudir a muchas repetidas y sonoras declaraciones y “demostraciones” de que las cosas no son exactamente así como se tratan de decir aquí y ahora, pero aunque en una democracia, afortunadamente, todos tienen el mismo derecho a sus propias opiniones y percepciones, y a expresarlas libremente y sin limitaciones por temor a represalias, nadie puede tener derecho a sus propios hechos y realidades, porque esos tienen que ser y son iguales para todos.

 

Así tenemos que, a partir del 2006 y la enfermedad de Fidel Castro, Cuba pasó poco a poco del castrismo ortodoxo al neocastrismo raulista, en un “aterrizaje suave” que nunca pudieron entender, ni acaban de entenderlo, quienes analizan las realidades políticas cubanas como si nuestro país fuera una democracia estable o una nación donde se respetan las leyes y los consensos se construyen en base al interés de los cubanos y de diferentes fuerzas políticas de disímiles signos.

 

El mismo problema que confrontan quienes todo lo reducen a suponer exclusivamente que todo depende de decisiones casuísticas de los dos hermanos Castro actuando como mayorales de la finca de Birán, aunque en realidad lo son, y que gracias a ello es que mantienen los resortes fundamentales del poder en medio de la violencia.

 

Sin embargo, en realidad ese poder dictatorial y brutal se ha mantenido durante más de medio siglo y se mantiene en la actualidad no en base a casualidades, buena suerte,  adivinanzas o crucigramas resueltos, sino a un concepto muy bien definido y entendido de lo que es ejercer el poder totalitario y dictatorial, apoyado en la violencia y la represión que sean necesarias, en un país caribeño y tropical, sin resquebrajaduras de ningún tipo en el ejercicio de ese poder.

 

Y eso se ha llevado a cabo durante más de medio siglo en una sociedad que no tiene nada que ver con realidades anglosajonas, escandinavas, eslavas, árabes o asiáticas, gracias a lo cual los dictadores se han burlado siempre de todos los pronósticos de especialistas “cultos y apreparaos”, y ya los tiranos han podido celebrar el quincuagésimo quinto aniversario en el poder y a la vez preparan las festividades por los sesenta años del asalto al Cuartel Moncada.

 

Ahora, ya en este 2013, ha comenzado tranquila, callada y sutilmente la transición al post castrismo, que agentes de influencia del régimen que pululan por el mundo, disfrazados de analistas “objetivos” y bien informados, ya proclaman como realidad presente, cuando no es más que intención a largo plazo y requerida de muchos ajustes todavía, pero afortunadamente para la dictadura cubana abundan tontos útiles, desinformados de siempre, y castristas reciclados o no tan reciclados en Estados Unidos, que repiten la misma cantaleta en la academia y la prensa, para dárselas de conocedores, para buscar sus quince miserables minutos de fama, o para ambas cosas a la vez.

 

Ya existe en Cuba un “delfín” de los hermanos Castro, dicen muchos extasiados, un Primer Vicepresidente del Consejo de Estado y del Consejo de Ministros que es a la vez un civil, relativamente joven, ingeniero, “blanquito” y aparentemente “buena gente”, que ya cuentan las leyendas urbanas que se movía en bicicleta y hacía cola en la pizzería de Santa Clara cuando era primer secretario del partido provincial, y que como ministro de Educación Superior una de sus primeras decisiones fue eliminar el comedor privado del ministro, que tanto gustaba al anterior cuasi vitalicio y troglodita ministro Fernando Vecino durante casi treinta años.

 

Miguel Díaz-Canel, el nuevo “delfín” de Raúl Castro, podría efectivamente llegar a Presidente si ocurrieran una serie de cosas a la vez en Cuba, tales como que el actual Presidente falleciera, quedara incapacitado o renunciara (¿?), el Segundo Secretario del Partido Comunista no tuviera interés en asumir el cargo, los Comandantes de la Revolución Ramiro Valdés y Guillermo García estuvieran de acuerdo en aceptar al “muchachito” en calidad de gobernante, y los Generales de tres estrellas “Furry” Colomé Ibarra, ministro del Interior, y “Polo” Cintras Frías, ministro de las fuerzas armadas, no se opusieran a su nombramiento por cualquier motivo ni tampoco pretendieran entrarle a cañonazos al Palacio de la Revolución.

 

Ya existe también un negro, y “bastante grande”, según palabras de Raúl Castro, que ha sido designado presidente de la Asamblea Nacional del Poder Popular, ese remedo de parlamento tropical que existe en el país de la siguaraya que se llama Cuba porque todavía el nombre de “Macondo” no había sido inventado, y otras dos personas de esa misma raza, una mujer y un hombre, él más oscuro que ella -que muchas veces podría pasar tal vez como una “blanquita”-, como Vicepresidentes del Consejo de Estado.

 

Eso no cambia nada en la realidad de las dificultades y la discriminación de la población negra y mulata en el país, pero no puede negarse que pretende crear una mejor imagen entre más del sesenta por ciento de la población cubana, que en estos momentos clasifica como negra o mulata de acuerdo a los resultados del último censo, que tienen muy pocos familiares en el exterior, por lo que no pueden recibir remesas, ni tienen demasiado acceso a trabajos donde circule moneda fuerte o a cargos de dirección con privilegios, pero que sin embargo son los que constituyen la abrumadora mayoría de la población penal en el país.  

 

Que las votaciones que esos nuevos Vicepresidentes recibieron por parte de la población en las “elecciones” para diputados hayan estado entre las más bajas entre las de los 612 candidatos -para 612 cargos-, no parece que tenga demasiada importancia a la hora de que el Partido Comunista decida imponerlos: al fin y al cabo, no son los votantes quienes deciden quienes ocupan los cargos de dirección en Cuba, sino el Partido Comunista, que lo constituye solamente el 7% de la población, pero que a pesar de eso monopoliza el “papel rector” en la conducción de la sociedad y el país, papel asignado festinadamente por ese mismo partido y sin encomendarse ni a Dios ni al diablo para ello.

 

¿Estamos listos para comprender que en un plazo relativamente breve veremos una nueva Ley de Inversiones en Cuba que modificará las bases conceptuales de este nuevo proceso en el país, lo que unido a otros proyectos de transformaciones económicas, crearán una vez más una nueva realidad en el país? ¿Estamos listos para entender y analizar las sutiles características de una dictadura más light, edulcorada y más rosada para los cubanos, pero mucho más para el mundo exterior? ¿Podrá Miami entender esos nuevos escenarios y analizarlos seriamente? ¿Servirá tal análisis para algo útil de este lado del Estrecho de La Florida? ¿O los “duros” se limitarán a repetir que mientras no se produzcan profundas reformas políticas todo viene a ser más o menos lo mismo?

 

No hay más malanga en los mercados, ni más guaguas en las calles, ni mejor enseñanza, ni más medicamentos elementales en las farmacias, ni más materiales de construcción para reparar las míseras viviendas de los cubanos, ni dinero en sus bolsillos, ni esperanzas en sus corazones, pero no faltarán en todo el mundo quienes repitan, como ya lo hacen, que Cuba ha entrado en una nueva etapa, que Raúl Castro prometió que dejará el poder en el año 2018 -noble gesto- y que todo es luminoso y transparente en la finca de los hermanos Castro, conocida también internacionalmente como República de Cuba.

 

El “pequeño detalle” de que cuando Raúl Castro presentaba sus escasas y no demasiado originales ideas en el Palacio de las Convenciones, a relativamente poca distancia de allí 59 Damas de Blanco hubieran sido golpeadas y detenidas por turbas de facinerosos y miembros de los organismos represivos del país, no es más que “pecatta minuta” para alguna prensa europea y latinoamericana.

 

No se trata de ir a dificultarle las cosas al general-presidente, ese que los excelentísimos gobernantes de su vecindad, menos de un mes antes, habían aceptado y aplaudido como presidente pro témpore de la Comunidad  de Estados de de América Latina y el Caribe (CELAC), y que como eventual “líder” del continente latinoamericano y caribeño se había codeado con gobernantes del viejo continente  en la cumbre de la Unión Europea-CELAC.

 

Ni tampoco complicarle demasiado las cosas ahora a esa lamentable España del Partido Popular, podrida entre la corrupción de sus políticos, el desempleo que lacera a los españoles, y las veleidades e inmoralidades de su Casa Real, mientras va saliendo poco a poco a la luz una eventual y muy infame complicidad Habana-Madrid en el caso Payá-Carromero.

 

Tenemos varias opciones por delante: una de ellas sería aceptar los designios que la dictadura de La Habana pretende para los próximos años, y cantarle loas al post castrismo que nos anuncian sus eunucos y jenízaros disfrazados de doctores, profesores, analistas, académicos y periodistas; otra opción sería tirarlo todo a relajo y creernos de verdad que nada de lo que suceda es importante mientras “aquello” no reviente.

 

Otra opción más sería seguir discutiendo lo que se nos ocurra en las tertulias de café cubano con croquetas de jamón, o en cenas con ropa vieja o picadillo a la criolla, congrí y tostones, en cualquier lugar del mundo. Y también otra opción sería pretender realmente tratar de entender lo que está sucediendo en Cuba en estos momentos y buscar caminos para resultar realmente útiles a nuestra patria y a todos los cubanos.

 

Podemos seleccionar la opción que nos parezca más adecuada o más práctica, para nada estamos obligados a preferir una sobre otra.

 

Sin embargo, si verdaderamente queremos acabar de entender lo que está sucediendo en Cuba, independientemente de las estrategias y tácticas que prefiramos cada uno de nosotros, no nos vendría nada mal conocer y asimilar las sutiles pero específicas diferencias entre el castrismo, el neocastrismo y el post castrismo.

 

Que no son lo mismo, pero es igual. O a la inversa: que es igual, pero no son lo mismo.