Cubanálisis El Think-Tank

           ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

   

Dr. Eugenio Yáñez, Estados Unidos

 

 

 

Bastión 2013: ¿quién es el enemigo?

 

El martes 19 de noviembre comenzó en Cuba el ejercicio estratégico Bastión 2013, oficialmente definido como un mecanismo de preparación y entrenamiento de todo el país “para un supuesto paso al estado de guerra y el rechazo a las acciones del enemigo” en toda Cuba.

 

Según la prensa oficial, Bastión 2013 se lleva a cabo “con el objetivo de continuar elevando el nivel de preparación y cohesión de los órganos de dirección y de mando en todas las instancias, las tropas, la economía y el pueblo, para enfrentar diferentes acciones del enemigo”.

 

Nada nuevo hasta aquí: cualquier país en el mundo desarrolla entrenamientos y maniobras donde sus fuerzas armadas se preparan para situaciones de guerra y rechazar acciones enemigas. Esa es la razón de existencia de las fuerzas armadas en todas partes y en todas las épocas históricas.

 

Lo interesante en el caso cubano no es, por tanto, la realización del ejercicio estratégico en estos momentos, sino la definición del “enemigo” concebida en la idea de maniobra del entrenamiento, pues en los últimos tiempos no se trata del enemigo de siempre, del consabido “imperialismo” a secas, sino de un enemigo muy especial y al que el régimen teme como el diablo a la cruz.

 

No por gusto en cuanto comienzan las primeras actividades de Bastión 2013 el general Raúl Castro, en su condición de jefe supremo de las fuerzas armadas del país y Presidente del Consejo de Defensa Nacional, no se dirige al puesto central de mando de las FAR, sino al Puesto de Dirección del Órgano de Seguridad y Orden Interior, lugar desde donde se controla y dirigen todas las actividades represivas del país en situaciones de guerra, es decir, el puesto de mando del Ministerio del Interior.

 

Muy curioso que en ese Puesto de Dirección del Órgano de Seguridad y Orden Interior Raúl Castro no hablara tanto de tareas específicas a llevar a cabo durante “Bastión 2013” como de “las experiencias de nuestras guerras de independencia y los conflictos militares internacionales desde la Segunda Guerra Mundial hasta los más recientes de Libia y Siria”. No sería tanto por afición a la historia militar como por llamar la atención sobre lo que podría ocurrir si “los agentes del imperialismo” aprovecharan una situación de guerra para tomar las calles del país. En tales circunstancias, los gobernantes cubanos pudieran correr la misma suerte de los antaño “muy queridos” Nicolae Ceasescu, Saddam Hussein o Muammar el Gadafi.

 

Porque el enemigo que más preocupa al régimen no es en estos momentos el “de afuera”, sino el “de adentro”, no es “el imperialismo yankee”, sino “la contrarrevolución”. No porque los opositores y disidentes cubanos sean o puedan ser enemigos armados combatiendo violentamente al gobierno, sino que el gobierno está dispuesto a combatir violentamente a los opositores y disidentes, por muy pacíficos que sean, si sienten temor a perder el poder y, con el poder, sus privilegios y prebendas. Una situación muy diferente a la existente cuando tuvieron sus orígenes en el siglo pasado los que serían conocidos durante más de treinta años como ejercicios estratégicos “Bastión”.

 

Inmediatamente después de la visita al Puesto de Dirección de la Seguridad y el Orden Interior, Raúl Castro “presidió la reunión del Órgano Económico Social del Consejo de Defensa Nacional, en la cual su jefe (…) le informó sobre el estado de la Economía en la etapa actual del Ejercicio”. Es decir, atendió los verdaderos dos factores fundamentales a tener en cuenta para situaciones de emergencia en el país: la seguridad y el orden interior, y el estado de la economía. El resto es paisaje, independientemente de lo que haya estado informando continuamente la prensa cubana durante todo el tiempo que duró el ejercicio estratégico.

 

Miremos un poco atrás para analizar los orígenes, desarrollo y significado actual de estos ejercicios estratégicos Bastión, que no son simplemente “maniobras militares”, como ha dicho tanta prensa superficial informando sobre Cuba, sino una actividad mucho más compleja, que implica -y es lo más importante del proceso- entrenamientos y juegos militares de la totalidad de los estados mayores en el país.

 

Bastión 1980

 

Corría el año 1980. Cuba estaba conmocionada con el cataclismo de El Mariel. Empezó con los sucesos de la Embajada de Perú, donde habían penetrado abruptamente casi diez mil personas cuando el gobierno retiró las postas que impedían la entrada y movimientos alrededor de la instalación diplomática. Después, la bravuconada de Fidel Castro de que todo cubano que lo deseara podría irse del país trajo como resultado que más de 125,000 personas partieran hacia Estados Unidos en unas pocas semanas a través del puente marítimo instalado apresuradamente en la Bahía de Mariel, y otros cientos de miles más se mantuvieran a la espera deseando hacerlo a la primera oportunidad.

 

Esa fuga en masa demostraba el gran nivel de insatisfacción de los cubanos con el paraíso proletario que se había diseñado con la “institucionalización”, burda y deficiente copia del fracasado modelo soviético, que en aquellos momentos padecía ya en la URSS un evidente y público inmovilismo anquilosado que no auguraba nada positivo para el futuro del “campo socialista”.

 

Una parte nada despreciable de las fuerza armadas y el ministerio del interior de Cuba, incluyendo recursos, oficiales, tropas regulares y reservistas, estaban comprometidos en las aventuras de África. No así el armamento y las municiones, que eran suministrados directamente por los soviéticos a los angoleños y etíopes, para no tener que sacar de Cuba los que ya se encontraban en la Isla.

 

Tras las primeras victorias de las tropas cubanas en 1975 y 1976 en Angola, la guerra irregular desarrollada por las guerrillas de la UNITA de Jonás Savimbi mantenía en jaque a los “internacionalistas” cubanos y asesores soviéticos, en una guerra de desgaste que obligaba al régimen y a sus patrocinadores de Moscú a inmiscuirse en asuntos internos de la nación angoleña.

 

En Etiopía, por su parte, tras la brillante campaña del general Arnaldo Ochoa en el Ogaden en 1977-78, que en pocas semanas había expulsado a los invasores somalos de un territorio ocupado equivalente a casi siete veces la superficie de Cuba, el conflicto con Eritrea mantenía en jaque a la dictadura etiope. Así, los cubanos se veían, una vez más, frente a otro conflicto interno africano donde el “internacionalismo proletario” alegado por “el campo socialista” no podía explicar ni justificar la abrumadora participación extranjera en ese enfrentamiento fraticida.

 

Al mismo tiempo, la economía norteamericana pasaba en 1980 por un mal momento, sufriendo una inflación galopante de dos dígitos y a la vez una aguda crisis energética, como resultado simultáneo del boicot árabe a las exportaciones petroleras a Occidente y de la evidente ineptitud del presidente norteamericano para lidiar con esos temas.

 

El presidente Jimmy Carter era considerado por muchos de sus conciudadanos como el mayor responsable de fatídicas decisiones. Por una parte estaba la firma de tratados bilaterales de limitación de armamentos estratégicos con la Unión Soviética, que se evaluaban como absolutamente desfavorables para los Estados Unidos. También había incurrido en manifiestas debilidades en política exterior, que habían conducido a la caída de dos gobiernos aliados de Estados Unidos, en Nicaragua e Irán, y había experimentado además un rotundo fracaso durante la crisis iraní con el pésimamente organizado y peor ejecutado y malogrado rescate de los rehenes americanos en Teherán.

 

En otras palabras, en 1980 las perspectivas de reelección del presidente Carter aparecían cada vez como menos probables, y la figura del republicano Ronald Reagan ganaba fuerza como el eventual candidato ganador, por lo que era de suponer que, de acuerdo a sus promesas electorales, deberían sobrevenir cambios sustanciales en la política exterior de Estados Unidos frente al bloque soviético, que en ninguna situación ni circunstancia podrían considerarse favorables al régimen de La Habana.

 

Con este escenario internacional de fondo, y la economía cubana estancada entre intentos de establecer un Sistema de Dirección y Planificación de la Economía de corte soviético tradicional, y la resistencia de los cavernícolas del gobierno protegiendo sus intereses con el apoyo de una inepta burocracia, se decide la realización del primer ejercicio estratégico “Bastión” en 1980. Este sería el primer paso de un proyecto continuo de “preparación para la defensa” que debería materializarse cada tres años en ejercicios estratégicos similares.

 

El fantasma de las promesas electorales de Ronald Reagan planeaba sobre el Palacio de la Revolución y el Ministerio de las Fuerzas Armadas Revolucionarias. Al mismo tiempo estaba claro, tras una seria evaluación de la situación estratégica y operativa y de la correlación de fuerzas y medios, que las posibilidades reales de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de lograr éxitos y resultados positivos en un enfrentamiento militar con Estados Unidos eran mínimas, por no decir nulas.

 

Las fuerzas armadas de Estados Unidos habían mantenido continuamente durante muchos años su extraordinario desarrollo tecnológico e innovaciones, con la introducción de nuevo armamento y nuevas concepciones operativas y tácticas, mientras el aparato militar cubano no acababa de desprenderse totalmente del hábito de suponer ideas de maniobra de su eventual enemigo que eran más propias de la Segunda Guerra Mundial o la guerra de Corea que de finales del siglo XX.

 

Siguiendo la siempre permanente intención de aprender de las experiencias de las tropas vietnamitas en su conflicto con Estados Unidos, se comenzaba a hablar en Cuba de “la guerra de todo el pueblo”, y se comenzaron a organizar apresuradamente las Milicias de Tropas Territoriales, pero sin las connotaciones y el nivel de compromiso que este tipo de guerra significaba en Vietnam. Se declaraba para la galería que la disposición a la guerra prolongada podría actuar como disuasivo a los intentos de invasión a Cuba.

 

Sin embargo, y aunque no se asegurara públicamente, en el fondo de las mentes del alto mando castrista se quería creer que, más tarde o más temprano, y de una forma u otra, el enfrentamiento militar con Estados Unidos se decidiría fuera de los campos de batalla, ya fuera por la presión internacional de la Unión Soviética y otros países frente al “imperialismo yankee”, o en las calles de Estados Unidos con masivas protestas contra la guerra, como había sucedido en el caso vietnamita.

 

A pesar de esos enfoques e intentos por modificar la doctrina militar castrista para las nuevas realidades, todavía en 1980 no se habían asimilado totalmente en el MINFAR las tácticas y estrategias para enfrentar las nuevas formas y medios de combate probados por Estados Unidos durante la guerra de Vietnam. En ese largo conflicto el uso masivo de la aviación y helicópteros, y los bombardeos desde medios navales, planteaban escenarios y estrategias de combate diferentes, y la utilización masiva de fuerzas terrestres, precedidas por los “marines”, a través de desembarcos aeronavales, dejaba de ser el ariete principal norteamericano para ocupar territorios enemigos, como había sido en el norte de África, Sicilia, Normandía, las islas japonesas o Corea.

 

Sin embargo, a los efectos de la galería y para la “educación” política de los cubanos, el ejercicio Bastión de 1980 indicaba que, lejos de buscar acomodos geopolíticos con el nuevo gobierno norteamericano, que ya estaba electo desde noviembre de 1980, se iban a mantener las mismas posiciones intransigentes y de enfrentamiento que ya tenían más de veinte años de antigüedad en esos momentos.

 

Bastión 1983

 

El segundo ejercicio estratégico “Bastión”, realizado en 1983, tuvo connotaciones y antecedentes diferentes. Ya Yuri Andrópov estaba en la cima del poder en la URSS desde la muerte de Leonid Brezhnev en noviembre de 1982, y durante una visita de Raúl Castro a Moscú le había comunicado al cubano clara y crudamente, en una reunión muy privada, que ni el partido comunista ni los gobernantes de la Unión Soviética estaban en condiciones, ni dispuestos, a defender a los cubanos en caso de un enfrentamiento militar con Estados Unidos, puesto que no veían la más mínima posibilidad de salir airosos en un enfrentamiento de ese tipo.

 

Fue en ese momento en que se dispararon todas las alarmas del castrismo, aunque la información recibida en Moscú por Raúl Castro solamente fue transmitida al regresar a La Habana a su hermano Fidel Castro y a nadie más, es decir, se le ocultó esa realidad incluso al mismísimo buró político del partido y al alto mando de las fuerzas armadas, instituciones que se supone deberían haberlo sabido inmediatamente y de primera mano.

 

Por si fuera poco, planeaba también sobre el mando militar castrista el descalabro en la isla de Granada cuando fue invadida por Estados Unidos tras el asesinato de Maurice Bishop, y no se pudo materializar el proyecto de Fidel Castro de que se produjera una masacre por parte de las fuerzas armadas del “imperialismo” contra los trabajadores civiles cubanos encargados de la construcción de un aeropuerto en aquella isla. Allí había quedado claramente demostrado que los cubanos de a pie no tenían ningún interés en un choque bélico con Estados Unidos, y que los llamados a resistir hasta el final y morir envueltos en la bandera nacional quedaban para las fantasías del Comandante en Jefe dirigiendo desde lejos y para la más vulgar propaganda partidista, pero no para las realidades militares sobre el terreno.

 

En esa situación de 1983, y fue lo que caracterizó al ejercicio “Bastión” de ese año, ya se consideró, según lo que se definía por el mando militar castrista como “idea de maniobra del enemigo”, que las acciones militares de las fuerzas de Estados Unidos comenzarían con un devastador Golpe Aéreo Masivo Sorpresivo (GAMS), con el objetivo de destruir las instalaciones de comunicaciones, comando y control de las tropas castristas, así como sus fuerzas aéreas y navales.

 

Siguiendo las pautas con que el régimen “apreciaba la situación” desde los años sesenta, se suponía que con ese golpe aéreo masivo sorpresivo las fuerzas y medios de la aviación y marina cubanas serían aniquilados o, al menos, neutralizados, y no se podría contar con ellos después de las primeras veinticuatro horas de acciones combativas. De la misma manera, todas las instalaciones de las cadenas de comunicación, comando y control en el país serían aniquiladas o neutralizadas, impidiendo la interacción entre mandos militares y civiles, y se destruirían igualmente instalaciones vitales de la infraestructura del país que pudieran ser útiles a las actividades militares, como aeropuertos, instalaciones portuarias, carreteras, puentes, pistas aéreas, entronques, depósitos de combustible, líneas de ferrocarril, plantas generadoras de energía eléctrica, almacenes, polvorines y talleres de reparaciones.

 

Sin embargo, aun en tales escenarios, no se consideraba potencialmente peligroso para el régimen el surgimiento de sublevaciones populares en el país, que, en el improbable caso que se produjeran, podrían ser neutralizadas de manera relativamente sencilla y rápida por los órganos represivos del ministerio del interior y las “organizaciones de masas”. Y en situaciones más complejas, tal vez podría requerirse el apoyo de pequeñas unidades de las fuerzas armadas, aunque no siempre se apreciaba que fuera necesario. 

 

La única respuesta posible que quedaría a las autoridades castristas en una situación operativa como la descrita era la llamada “guerra de todo el pueblo”, poniendo todos los recursos disponibles, militares y civiles, en función de la defensa, en lo que sería una muy burda imitación de la estrategia de guerra de los vietnamitas en el sudeste asiático durante los años setenta.

 

Comenzaron entonces en el país los alucinantes proyectos de construcción acelerada y masiva de refugios antiaéreos y túneles, y se comenzó a hablar continuamente de estar en condiciones de librar una “guerra de todo el pueblo”, que incluiría la participación no solamente de las fuerzas armadas regulares y reservistas y de los órganos de la seguridad y orden interior, sino también de las milicias de tropas territoriales, los órganos civiles de la economía y las “organizaciones de masas”, todo bajo la dirección de los así llamados Consejos de Defensa, encabezados en cada territorio por el máximo dirigente del Partido Comunista de Cuba en cada instancia.

 

Desconociendo el por qué y la razón del frenético esfuerzo lanzado por Fidel Castro, los cubanos, cansados de las continuas cantaletas de la propaganda y supuestas amenazas de invasión del imperialismo que nunca se materializaban, no entendían la causa de tales corre-corres y paranoia en todo el país, donde se interrumpían la producción, los estudios y todas las actividades cotidianas en función de la “preparación para la defensa”. Y, como es habitual, utilizaban el clásico choteo cubano y la doble moral habitual para capear la situación, mientras el alto mando y “los dirigentes” jugaban a la guerra, que no estaba claro si era la de todo el pueblo o contra todo el pueblo.

 

Bastión 1986

 

En 1986 se realizaría el tercer ejercicio estratégico Bastión. Mijail Gorbachev ya había pasado a ser desde 1985 el máximo dirigente soviético, tras las sucesivas muertes de Yuri Andrópov y Konstantin Chernenko, y desde Moscú llamaba a la racionalidad económica, la innovación tecnológica y la búsqueda de la eficiencia y la efectividad.

 

Fidel Castro, presagiando lo que vendría con Gorbachev, y anticipándose a lo que sería conocido como la perestroika, había lanzado en abril de 1986 el “proceso de rectificación de errores y tendencias negativas”, desconociendo todos los acuerdos del tercer congreso del partido comunista cubano celebrado semanas antes, estableciendo una brutal marcha atrás contra los estímulos materiales y todas las medidas que se pretendían tomar para dinamizar la economía en el país, y exaltando nuevamente el papel del “trabajo político”, el “espíritu del Che” y “la conciencia revolucionaria” para el logro de los objetivos de la “nueva sociedad”.

 

Previendo que los subsidios y la colaboración soviética se reducirían al máximo, aunque tal vez todavía no pensando que la URSS pudiera desaparecer, la llamada “guerra de todo el pueblo” incluía también en el ejercicio Bastión de 1986 la producción y reparación de armamento en el país y el desarrollo de equipos rudimentarios de defensa y de sistemas de uso militar.

 

Igualmente, y tal vez lo más importante en este ejercicio estratégico de 1986, fue intentar una mejor definición conceptual de los Consejos de Defensa y del papel de cada uno de sus componentes -institucionales y humanos- en su constitución y funcionamiento, a la vez que se establecía con claridad meridiana e indiscutible que los órganos del Partido Comunista serían la cabeza dirigente de los Consejos de Defensa en todos los niveles, y los primeros secretarios del partido los máximos jefes de tales Consejos en cada una de las instancias donde se constituyeran.

 

La población, acostumbrada a las campañas propagandísticas del régimen castrista sobre la guerra de todo el pueblo y la preparación para la defensa, y agobiada por las casi inmediata escasez de artículos fundamentales de consumo provocada por el “proceso de rectificación”, no le prestó más atención a las actividades del Bastión de 1986 que las inevitables, y mientras el castrismo una vez más jugaba a la guerra los cubanos trataban de sobrevivir y resolver las necesidades más elementales de sus familiares y de ellos mismos.

 

El de 1986 sería el último “Bastión” cada tres años. Cuando correspondía el siguiente, en 1989, ya el Muro de Berlín había sido derribado, el “campo socialista” había dejado de existir sin que se disparara un solo tiro, con excepción de la masacre de Bucarest provocada por el dictador rumano. Al mismo tiempo, las tropas cubanas comenzarían a ser retiradas de Angola (ya lo habían hecho años antes de Etiopía) tras los acuerdos tripartitos de New York entre Angola, Cuba y Sudáfrica, que reconocían la independencia de Namibia, y el acuerdo bilateral entre los gobiernos de Cuba y Angola para retirar todas las tropas cubanas del país africano. Esas retiradas serían bautizadas por el régimen como “Operación Victoria”, mucho más nombre épico que resultados específicos durante los últimos años de la aventura africana.

 

Dos años después, en agosto de 1991, se llevaría a cabo un intento de golpe de estado en la Unión Soviética contra Mijail Gorbachev, que finalizó con la aplastante derrota de los complotados y condujo a una serie de vertiginosos acontecimientos que alcanzarían su máxima expresión con la disolución de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas el 31 de diciembre de 1991, quedando como “premio de consolación” una Comunidad de Estados Independientes que, más allá de una gris participación en eventos deportivos, no mostró demasiado de Comunidad y terminó resultando irrelevante.

 

El régimen castrista quedó sin subsidios, sin “hermanos socialistas” y sin “solidaridad” del inexistente bloque soviético, e inauguró el tenebroso “período especial en tiempo de paz” del que no se ha definido todavía si ha terminado o no, sometiendo a la población, sin contar con ella, a penurias extremas, hambrunas, enfermedades, gigantescos cortes del suministro de electricidad, paralizaciones del transporte, marcado retroceso tecnológico, frustraciones, represión extrema y descontento popular, todo por el empecinamiento de Fidel Castro y su camarilla de mantenerse en el poder a toda costa.

 

Bastión 2004

 

Pasarían entonces dieciocho largos y difíciles años para los cubanos hasta que en el 2004 se realizara el siguiente ejercicio estratégico Bastión, puesto que en la década de los noventa la prioridad del régimen fue subsistir económicamente y garantizar su eterna permanencia en el poder a través de la más brutal o sofisticada represión, de acuerdo a cada caso específico en cada momento.

 

Hugo Chávez apareció providencialmente en 1999 como presidente de Venezuela, y comenzó a ayudar al régimen de La Habana desde los primeros momentos, enviando a la Isla no solamente petróleo a precio subsidiado para que fuera pagado cuando se pudiera, sino también otorgando créditos y enviando productos alimenticios, repuestos y maquinaria, ayuda que se multiplicaría escandalosamente tras haber sido repuesto en la presidencia del país por gestiones de Fidel Castro el 13 de abril del 2002, después del chabacano intento golpista que lo alejó del poder por cuarenta y ocho horas.

 

Contando con el incremento de la ayuda financiera chavista a partir del 2002 Castro dio marcha atrás rápidamente a casi todas las pocas medidas de apertura económica que se había visto obligado a implantar en la década de los noventa para subsistir en medio de la debacle del “período especial”, y cuando consideró que las cosas regresaban a lo que para él era “la normalidad”, ordenó de nuevo organizar otro ejercicio estratégico para el año 2004.

 

Bastión 2004 fue más de lo mismo, el regreso a la mentalidad de guerra fría que primaba en todos los anteriores ejercicios estratégicos Bastión, y con George W Bush en la presidencia de Estados Unidos Fidel Castro tenía las condiciones ideales para repetir en el siglo XXI los fantasmas de siempre y las mismas “ideas de maniobra del enemigo” que habían estado presentes en la década de los ochenta del siglo pasado.

 

El único elemento novedoso del 2004 con relación a los ejercicios Bastión anteriores fue el énfasis destacado en la dependencia de los medios propios fabricados en el país y el papel que debería jugar la revitalizada industria militar cubana en el abastecimiento de armamento y municiones para las tropas. En cuanto al papel de la economía cubana en las decisiones que se tomaban en el Bastión del 2004 las posibilidades operativas eran muy limitadas, tan limitadas como las realidades de la misma economía del país en aquellos tiempos, que aunque subsistía gracias fundamentalmente al subsidio chavista proveniente de Venezuela y a otros relativamente magros ingresos obtenidos por el turismo y por las inversiones canadienses, españolas, y de diversos mercachifles independientes de muchas partes del mundo, no lograba realmente despegar ni mucho menos resolver las acuciantes necesidades de la población.

 

Donde sí se mantuvo claridad conceptual y mucho más precisas definiciones funcionales fue en el papel asignado a los Consejos de Defensa para la dirección de “la guerra de todo el pueblo”, lo que implicaba la necesaria subordinación, dentro de esa concepción, de las instituciones y órganos militares, de seguridad y de orden interior a los dirigentes de las estructuras partidistas representadas en cada Consejo de Defensa por el máximo dirigente del partido comunista en cada instancia.

 

Aunque, independientemente de las diversas apariencias formales y las fotografías que se toman para la ocasión, los militares y los “segurosos” eran, son y seguirán siendo los componentes fundamentales de los Consejos de Defensa y quienes van a determinar continuamente las decisiones básicas que se toman en los Consejos ante cada situación operativa, y eso no ha cambiado, ni puede cambiar, desde el ya lejano año 1980 hasta nuestros días.

 

Bastión 2009

 

Bastión 2009 se llevó a cabo en un escenario completamente diferente a todos los anteriores: Fidel Castro estaba fuera del poder por razones de enfermedad, y aunque aun mantuviera nominalmente los cargos de Comandante en Jefe y de Primer Secretario del Partido Comunista ya no era el Presidente del Consejo de Estado ni del Consejo de Ministros, ni tampoco estaba en condiciones físicas ni mentales para dirigir el país ni para jugar el papel de Presidente del Consejo de Defensa Nacional, tarea que le correspondió al general Raúl Castro, que ya había sido designado oficialmente Presidente del Consejo de Estado y del Consejo de Ministros, con José Ramón Machado Ventura (general de la reserva) como vicepresidente y segundo al mando en el Consejo de Defensa Nacional.

 

Otra novedad significativa en este ejercicio del 2009 fue la “creación” de un nuevo tipo de “enemigo” que por primera vez introduciría una variante muy novedosa, al menos públicamente, en la “idea de maniobra del enemigo”, que ya no se limitaría, como era tradicional, a una cada vez menos probable invasión norteamericana a la Isla o un golpe aéreo masivo sorpresivo.

 

Porque en esa ocasión se introduce la variante de que de conjunto con las acciones de las fuerzas armadas “imperialistas” se produzcan sublevaciones populares en contra de la dictadura, que serían identificadas por el régimen como acciones ejecutadas por agentes del imperialismo en el país y nunca como si fueran comportamientos espontáneos de los cubanos de a pie causados por el rechazo a la tiranía y a las precarias condiciones de vida de la población.

 

Tales levantamientos populares requerirían ser enfrentados y neutralizados, y así se entrenaron los participantes en el ejercicio de ese año, mediante la participación combinada de pequeñas unidades de las fuerzas armadas, el ministerio del interior, las “organizaciones de masas”, y “el pueblo”, en lo que sería una versión ampliada y reforzada de los mítines de repudio ya tan lamentablemente habituales en las calles cubanas en cualquier momento que el régimen sienta que debe detener cualquier brote o manifestación de descontento en el país.

 

La otra novedad en el ejercicio Bastión del 2009 es que el segundo jefe del Estado Mayor General de las Fuerzas Armadas y Jefe de la Dirección de Operaciones, general Leonardo Andollo, encargado por el cargo que desempeñaba de elaborar las ideas de maniobra para entrenamientos y ejercicios estratégicos, comenzaba a dirigir simultáneamente un proceso de análisis y transformación del funcionamiento de los organismos estatales centrales y las instituciones locales del poder.

 

De manera que, además de diseñar variantes tácticas, operativas y estratégicas para los entrenamientos militares y ejercicios estratégicos, el general Andollo primero estudia cómo funcionan los órganos estatales centrales y locales en situaciones normales, después analiza su funcionamiento en las situaciones de tiempo de guerra que se plantean en los ejercicios Bastión, y finalmente propone diferentes medidas para modificar la estructura y funcionamiento de esas mismas instituciones estatales, tanto centrales como locales, con el objetivo de hacerles más eficientes no solamente en tiempo de guerra, sino también en condiciones normales.

 

Lo que se llama, exactamente, un doble propósito de esos análisis. Algo que no se había hecho en los anteriores ejercicios Bastión, y que solamente se introduce en la dinámica de los entrenamientos ya en tiempos de Raúl Castro como máxima autoridad del país.

 

Lo nuevo en Bastión 2013

 

Bastión 2013 debía haber sido Bastión 2012, pero el paso del huracán Sandy por las provincias orientales en el 2012, con la secuela de destrucción y dificultades que dejó a su paso, obligó a cambiar los planea iniciales y trasladar el ejercicio estratégico para el año siguiente, y es el que se acaba de ejecutar ahora mismo, entre el 19 y el 22 de noviembre, seguido de dos Días Nacionales de la Defensa los días 23 y 24.

 

La prensa oficial en Cuba informó ampliamente tanto sobre el ejercicio estratégico, que concluyó el viernes 22 a mediodía con una videoconferencia por parte de Raúl Castro, como sobre los dos días de la defensa que le siguieron, mientras que la prensa extranjera, sobre todo en Miami, demostró una vez más lo poco que entiende los acontecimientos que se desarrollan en Cuba, y en ocasiones adoptó un tono burlón, haciendo agrias referencias a la obsolescencia del armamento disponible en Cuba y a las limitaciones económicas del país en estos momentos, por lo que no parecía que entendiera el por qué de esas “maniobras militares”, consideradas simultáneamente innecesarias y absurdas, al no ser capaces determinados periodistas y analistas de darse cuenta de todo lo que se entrena y se analiza y experimenta en estos ejercicios estratégicos.

 

En Bastión 2013, que no se trataba de unas simples “maniobras militares” en el sentido tradicional del término, aunque incluye maniobras como tal, se comprueban y entrenan todas las cadenas de comunicación, comando y control en el país, no solamente las de las fuerzas armadas y los órganos de seguridad y orden interior, sino también las de todos los Consejos de Defensa en la Isla, desde el Consejo Nacional y los sectoriales hasta los provinciales, municipales y locales.

 

Este año, además, se ha puesto énfasis en la unidad y compromiso “del pueblo” con las fuerzas armadas y el ministerio del interior, con el objetivo de “garantizar la seguridad ciudadana ante posibles embates del enemigo”.

 

Los turistas de ocasión, los solidarios de la izquierda carnicera residentes muy lejos de los escenarios cubanos reales, y todos aquellos que no estén habituados al lenguaje sibilino de la dictadura no notarán nada que valga la pena destacar demasiado en esas palabras de la prensa oficial.

 

Pero para el observador cuidadoso está claro que si el régimen habla del compromiso “del pueblo” con los órganos represivos, y del objetivo de garantizar la seguridad ciudadana frente a posibles embates del enemigo, se apunta de manera directa al “enemigo” que más preocupa en estos momentos, al propio pueblo cubano de a pie, hastiado de la falta de libertades y de las necesidades materiales que le impone la gerontocracia en el poder con el objetivo de poder mantener, si fuera posible, la perpetuidad de sus privilegios.

 

Otro elemento de interés en el escenario de este año, y desde hace ya algún tiempo, es que el general Andollo ya no es presentado por la prensa oficial cubana como General de División y Segundo Jefe del Estado Mayor General, sino simplemente como Leonardo Andollo Valdés, segundo jefe de la Comisión Permanente para la Implementación y Desarrollo de los acuerdos del sexto congreso del partido comunista, comisión que preside Marino Murillo, miembro del buró político del partido y vicepresidente del consejo de ministros.

 

Dice “Granma” al informar sobre la visita de Raúl Castro al Consejo de Defensa provincial de Artemisa que Andollo Valdés ofreció detalles sobre el experimento que se lleva a cabo en las provincias de Artemisa y Mayabeque, especificando que dentro de la reestructuración aplicada en esas provincias también se han introducido cambios en los órganos de dirección de todo el sistema defensivo territorial, cambios que han permitido su fortalecimiento y mejor funcionamiento.

 

Andollo, aunque no aparece su foto en la información referida, es de suponer que se haya dirigido al Consejo de Defensa provincial al menos con uniforme de general de la reserva si ya no trabaja directamente para las fuerzas armadas. Y también se supone que las experiencias en este sentido que estudia serán extendidas posteriormente al resto del país, en lo que constituye un importantísimo paso para tratar de adecuar estructuras estatales para tiempo de paz y para situaciones de combate, tanto en el caso de las no tan probables invasiones imperialistas o golpes aéreos masivos sorpresivos como para los de acciones “enemigas” por parte de la población frente a la dictadura. Por eso puede considerarse que los análisis y propuestas de reestructuración y funcionamiento estatal que lleva a cabo este general de dos estrellas tienen gran importancia estratégica para el gobierno de Raúl Castro.

 

Otro elemento a destacar radica en la definición de las jerarquías de acuerdo a la informaciones que publica Granma y el resto de la prensa oficialista que tiene que guiarse por lo que dice el órgano del partido comunista. La información oficial sobre la visita al Consejo de Defensa de Artemisa señala:

 

Acompañaron a Raúl los vicepresidentes del Consejo de Defensa Nacional José Ramón Machado Ventura y Miguel Díaz-Canel Bermúdez; el Comandante de la Revolución Ramiro Valdés Menéndez; los generales de Cuerpo de ejército Abelardo Colomé Ibarra y Leopoldo Cintra Frías, ministros del Interior y de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, respectivamente; miembros del Consejo de Defensa Provincial; así como otros jefes y oficiales”.

 

De tal información queda perfectamente claro, para aquellos que todavía no se hubieran enterado, que como se trata de una actividad dirigida por el partido, la jerarquía de José Ramón Machado Ventura, como segundo secretario del partido, es superior a la de Miguel Díaz-Canel, primer vicepresidente del Consejo de Estado y del Consejo de Ministros. Sin embargo, es de destacar también que Díaz-Canel es mencionado antes que el Comandante de la Revolución Ramiro Valdés Menéndez y los generales de cuerpo de ejército Abelardo Colomé Ibarra (“Furry”) y Leopoldo Cintras Frías (“Polo”), lo que en la prensa oficial cubana, y fundamentalmente en “Granma”, indica muy claramente los órdenes jerárquicos vigentes en cada momento.

 

Finalmente, y en estos momentos lo señalamos solamente como anécdota, aparece un elemento destacado por nuestros colegas Antonio Arencibia desde España y Lázaro González desde Canadá: en la foto de la visita de Raúl Castro al Consejo de Defensa de Artemisa Miguel Díaz-Canel aparece vistiendo uniforme militar y con dos estrellas en su charretera, es decir, con grados de teniente coronel de la reserva.

 

¿Qué significa esto y que perspectivas sugiere, tanto para Díaz-Canel como para las estructuras futuras del gobierno? Sería demasiado pretender especular ahora sobre el grado militar del primer vicepresidente de la dictadura neocastrista, aunque vale la pena destacar el hecho, que requerirá de más análisis.

 

Quedemos, por el momento, con las evidencias de que con Bastión 2013 ya el régimen ha definido perfectamente un nuevo enemigo, y que además busca redefinir y rediseñar las estructuras de sus instituciones estatales para que sean capaces de funcionar con la misma efectividad tanto en tiempos de paz como en situaciones de guerra.

 

Algo que ni Fidel Castro se planteó nunca, ni mucho menos intentó.

 

Que se logre o no se logre es de suponer que se deberá comprobar en el próximo ejercicio estratégico Bastión, que debería desarrollarse ¿en 2017? Es decir, que el próximo Bastión se realizaría, si se cumple con lo previsto, dos o tres meses antes del eventual fin del mandato de Raúl Castro en febrero del 2018, según él mismo ha prometido, y ya en esos momentos debería estar perfectamente definido el nuevo poder que surgiría para llevar adelante el postcastrismo.

 

Así que la redefinición de la organización y funcionamiento de los organismos estatales centrales, sectoriales y locales, proyecto que encabeza y coordina el general Leonardo Andollo, resulta algo de mucha mayor importancia estratégica para garantizar el funcionamiento del país sin los Castro.

 

Porque no se trata de la superficialmente llamada militarización de la economía, sino de la sofisticada militarización de todas las instituciones estatales y de todo el gobierno a todos los niveles, aunque tal vez cuando llegue ese momento ni los mismos militarizados se dieran cuenta de lo que estaría sucediendo.