Cubanálisis El Think-Tank

           ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

   

Dr. Eugenio Yáñez, Estados Unidos

 

 

 

Autismo político, enfermedad senil del anticastrismo

 

La Real Academia de la Lengua Española define el autismo, en su segunda acepción, de la siguiente manera: “2 m. Med. Trastorno del desarrollo que afecta a la comunicación y a la interacción social, caracterizado por patrones de comportamiento restringidos, repetitivos y estereotipados”.

 

Partiendo de esa definición, si se aplicase al caso Cuba, podría decirse que el autismo político del anticastrismo (interno y exiliar) es un trastorno que afecta su comunicación y su interacción social con los cubanos de a pie dentro de la isla y en el exilio. Esto se debe a que su actuación se caracteriza por patrones de comportamiento restringidos (básicamente reactivos), repetitivos (huelgas de hambre, ayunos, caravanas, comunicados, cartas abiertas), y estereotipados (limitados a algunas acciones y lugares, consignas precipitadas, estrategias endebles, acusaciones de “enemigo” a discrepantes, ansias patológicas de protagonismo, y discurso vacío).

 

No significa esto un juicio de valor ni un intento de definición de todos y cada uno de los anticastristas cubanos, tanto dentro de la isla como en el exilio, pero no deja de ser una lamentable constatación de determinadas conductas que innecesariamente se repiten, que no logran nada o casi nada, que no alcanzan poder de convocatoria, y que restan dinámica a la valerosa lucha de enfrentarse a la dictadura en las más difíciles condiciones, como hacen tantos otros en Cuba y en el exilio.

 

Siempre ha sido premisa de Cubanálisis no criticar por su nombre ni a los opositores dentro de la isla ni a los exiliados, en los casos que consideramos que adoptan posiciones que no son las más adecuadas o que pueden hacer daño a los objetivos generales de desembarazarnos de la dictadura castrista, pero eso no significa que nos tengamos que mantener pasivos ante comportamientos improcedentes, erróneos o que no contribuyen a los mejores intereses de los cubanos dentro y fuera de la isla.

 

Por ello, estas críticas no van sobre las personas, sino contra los comportamientos que consideramos deben ser enmendados en función de los intereses de acabar de una vez por todas con la vieja tiranía que hoy trata de maquillarse para seguir separando, reprimiendo y explotando de manera abusiva y cruel a todos los cubanos, mientras sus cabecillas se enriquecen y disfrutan las maravillas de los mundos que critican y que les prohíben a los demás.

 

Y también van estas críticas por los comportamientos bochornosos de determinada prensa de segunda y tercera categoría plagada de amarillismo, incluida la digital, que no se detiene ante cualquier inmoralidad con el ánimo de lograr un titular sensacionalista que pueda ganar la atención de los lectores, televidentes o radioyentes, aunque para ello sea necesario tergiversar las palabras originales expresadas por alguien o dar como sucedidos acontecimientos que eventualmente podrían ocurrir o no, mediante el simple expediente de desnaturalizar el lenguaje y anunciar en presente lo que sería un evento futuro o solamente una posibilidad de ocurrencia.

 

Ejemplos de todo lo mencionado, lamentablemente, son abundantes y están al alcance de todos. Y una experiencia que está muy cercana, por ser tan reciente, tiene que ver con muchos de los “análisis” e informaciones alrededor del “referéndum constitucional” celebrado por la dictadura castrista y todo el proceso que le antecedió, así como con relación a los acontecimientos más recientes en Venezuela y el enfrentamiento contra el chavismo y Nicolás Maduro en esa nación.

 

Como quiera que queramos presentar la realidad, es innegable que la dictadura castrista obtuvo la victoria en el bochornoso “referéndum constitucional” celebrado el pasado 24 de febrero. Aunque no deberíamos tener duda de que se realizaron escandalosos fraudes, tanto alrededor del proceso de votación mismo, como con relación a los cómputos posteriores de los resultados.

 

Sin embargo, una cosa son las convicciones morales y otras las evidencias que se pueden aportar para las acusaciones de fraude. Y, aunque nos duela decirlo, no tenemos ninguna evidencia contundente del fraude electoral realizado por la dictadura, a pesar de los esfuerzos de muchos opositores y periodistas independientes dentro de Cuba, como para lograr un apoyo internacional de condena a ese proceso, ya de por sí viciado desde sus inicios con informaciones de la prensa extranjera sobre que “Cuba” aceptaba la propiedad privada o que otorgaba más libertades a los cubanos.

 

Medias verdades, que son a la vez, más que  medias mentiras, mentiras absolutas, pero que fueron presentadas de esa manera bajo la influencia de la propaganda castrista, mientras tanto opositores como exiliados se desgastaban discutiendo si se debería asistir a las urnas a votar NO o anular las boletas o dejarlas en blanco, o si no se debería asistir.

 

Argumentos que se vertieron por toneladas en ambas direcciones, pero el resultado final, nos guste o no, es que los rechazos al proyecto de la dictadura no tuvieron toda la necesaria contundencia que podrían haber tenido si los resultados hubieran representado una misma manera de actuar, en un sentido o en otro, teniendo en cuenta el grado de rechazo de la población cubana a la propuesta constitucional que presentó la tiranía.

 

A pesar de todos los esfuerzos de muchos opositores y exiliados en hacer cálculos y suposiciones sobre los resultados del proceso electoral, la dictadura, que además de toda la prensa que funciona en Cuba controla la Comisión Nacional Electoral y el conteo de los votos, anunció una aprobación inicial del proyecto con un 86% de votación, para más tarde ajustarlo hasta casi el 90%, jugando con las cifras y administrando la información que deja conocer y la que oculta, quedando las denuncias de opositores y exiliados en el pataleo y la insignificancia práctica a los efectos internacionales.

 

Y todo eso a pesar de la “ayuda” que pretendió ofrecer cierta prensa amarillista, cuando, por ejemplo, utilizó como titular para un trabajo escrito en Cuba por un periodista independiente, una oración que decía que “…los casi dos millones y medio de personas que votaron NO, dejaron las boletas en blanco, las anularon o no fueron a votar, representan una cantidad superior al total de militantes de las dos únicas organizaciones políticas [Partido y Juventud comunista] autorizadas en el país”.

 

Pero, -oh, los detalles de cierta prensa de Miami- el titular con que se publicó el reportaje fechado en La Habana tenía cercenada esa oración, y  apareció como sigue:

 

Más de dos millones que no respaldan Constitución sobrepasa a miembros del partido comunista”.

 

Lo cual supone varias falsedades a la vez, porque considerar que “más de dos millones” no respaldan la Constitución es aventurero y fabricado, al implicar que todas las boletas en blanco, todas las anuladas, y todos los que se abstuvieron de votar, suponen personas que no respaldan la Constitución, y eso no se puede demostrar.

 

Sin contar la inmoralidad profesional por parte de la dirección del periódico de desvirtuar la afirmación original de un periodista que está haciendo su trabajo en el terreno en Cuba en medio de acosos y dificultades de todo tipo, para dar una imagen falsa de la realidad con un titular más “atractivo” para lo que le gustaría leer a los cubanos en el sur de Florida.

 

Entonces, ¿qué se obtiene con titulares periodísticos de tan poca profesionalidad, además de hacer el ridículo y sembrar falsas ilusiones? Sin dudas, confundir, crear expectativas que no se podrán materializar, parecer “duros” cuando en realidad en este caso se trata de unos “periodistas” y “editores” de poca monta que, incapaces de analizar en serio e informar consecuentemente, prefieren el camino más fácil del amarillismo y la venta de humo.

 

De la misma manera, aunque tal vez no con tan malas intenciones, concedámosles eso, aunque no menos alejados de la realidad, existen opositores en la isla y exiliados fuera de ella que nos dicen y pretenden convencernos de que a pesar de que perdimos en el referéndum, no por no haber logrado imponer el rechazo al régimen, sino porque la dictadura pudo alcanzar sus objetivos, en realidad se trata de una gran y trascendente victoria opositora, y hasta nos quieren explicar por qué. Vaya, algo así como aquello de convertir el revés en victoria, como dijo “quientusabes” después del fracaso de la zafra de los 10 millones.

 

Aunque es muy difícil, fuera del mundo de lo onírico, creerse que pretendiendo fabricar una realidad cualquiera ésta se podrá materializar en lo que deseamos, hay quienes lo continúan intentando diariamente, pero por ese camino no se llega a ninguna parte.

 

¿De qué sirvió, por ejemplo, el llamado a un gran “cacerolazo” exiliar en todo Miami supuestamente coordinado con opositores dentro de la isla, si ni siquiera lo que pudiera haber sucedido ese día en la capital del exilio con las cacerolas fue reflejado por la prensa local? ¿Qué se hizo de una anunciada caravana de autos que circularían por todo Miami denunciando la farsa del referéndum en Cuba? No sabemos tampoco, ni podemos saberlo, porque ni siquiera la prensa local reflejó información sobre eso.

 

Entonces, se hayan realizado o no tales eventos -cacerolas y caravana- si no tuvieron trascendencia y ni siquiera la prensa local los reflejó, es casi lo mismo que si no hubieran sucedido. Con la única diferencia de que los participantes en esas acciones de protesta podrán sentirse muy cívicamente satisfechos por haber tomado parte de su tiempo dominical para actuar en función de los intereses de la libertad de todos los cubanos y en defensa de la democracia y contra la dictadura. Pero nada más. Solamente eso. Y con eso, lamentablemente, no se derriban dictadores.

 

Lo que quiero decir es que las acciones y las estrategias políticas necesitan ir más allá de las buenas intenciones y los más afianzados deseos para poder obtener algunos resultados prácticos y no seguir cocinándonos en nuestra propia salsa. Y eso no se puede lograr improvisando ni perdiendo tiempo en discusiones bizantinas de si se trata de galgos o podencos, o, peor aun, en choques fraticidas en busca de protagonismo. O de recursos monetarios.

 

Mucho se habló y se anunció por algunos como inminente, pero ¿cuántos salieron a las calles en Cuba a protestar el día que se estaba realizando el referéndum? Prácticamente nadie. Y en la protesta en la céntrica calle Galiano en La Habana el día anterior al referéndum, ¿cuántos fueron los opositores que participaron? ¿Y cuántos ciudadanos se les sumaron?

 

De manera que, aunque nos moleste reconocerlo, fue más la trascendencia que tuvo ese evento en la prensa de Miami que dentro de la isla, y no solamente por el control de las informaciones que mantiene la dictadura. Continuamente nos cuentan que con las redes sociales la situación va siendo diferente, y que los cubanos se comunican entre sí y tienen mucho más acceso a muchas informaciones que anteriormente les estaban vedadas. Y eso es cierto.

 

Pero la información de la protesta en la calle Galiano parece que no circuló demasiado por las redes sociales entre los cubanos dentro de la isla. O tal vez estaban abrumados con los interminables problemas cotidianos que deben resolver para malamente poder subsistir, y entonces no le dieron demasiada importancia a esa protesta, que ni fue masiva ni duró demasiado tiempo.

 

Ni a muchas otras cosas, evidentemente. Porque al día siguiente, en ocasión de la celebración del referéndum, nos hablaron los periodistas independientes de que no se veía demasiada afluencia de votantes en los colegios electorales, pero sí en las largas colas para conseguir alimentos en los mercados. Lo cual, sin embargo, no se pudo materializar en noticias trascendentes para la prensa extranjera, porque para que una abstención en un proceso electoral de un país se convierta en noticia internacional tendría que ser de tal magnitud que pudiera constatarse a simple vista, y esa no fue la realidad de Cuba aunque hagamos todos los esfuerzos posibles para creernos lo contrario.

 

Hubo protestas antes del referéndum, sí, y valientes opositores en huelga de hambre por decenas para denunciar la maniobra de la dictadura con el referéndum, y hombres y mujeres encarcelados y golpeados por las fuerzas represivas, y cubanos a los que no se les permitió salir de sus casas para ir a votar, y muchas arbitrariedades más, pero la prensa oficial pudo informar que el proceso se desarrolló con tranquilidad, lo cual era relativamente cierto, y con gran afluencia de votantes, lo cual era evidentemente falso, pero al final del día la historia la escriben los vencedores, y en este caso la historia de lo que sucede cotidianamente en Cuba la controlan los órganos de prensa de la dictadura, y es lo que acepta tácitamente la “opinión pública internacional” cuando se trata de nuestra isla.

 

Algunos -despistados o malintencionados- han llegado a decir que los cubanos deberían aprender de los venezolanos, porque ellos sí salen a la calle a protestar contra el régimen de Maduro y su pandilla de narcogobernantes, lo cual demuestra un nivel de ignorancia supina sobre las realidades cubanas.

 

Porque desde el mismo comienzo del castrismo la resistencia fue feroz y sangrienta, con cientos de combatientes guerrilleros alzados en las montañas del Escambray y en todas las provincias del país -una parte de ellos antiguos combatientes del Ejército Rebelde que no quisieron ser cómplices de la implantación del comunismo en su patria- , además de infinitas células clandestinas en ciudades y pueblos enfrentando a la dictadura castrista con las armas -parte de ellos antiguos combatientes clandestinos contra la tiranía batistiana-, así como la invasión de Bahía de Cochinos-Playa Girón.

 

Frente a esa resistencia popular, la dictadura utilizó más de sesenta mil milicianos en el Escambray y trasladó a miles de campesinos de sus lugares de residencia hacia lejanas provincias para eliminar las posibilidades de sustento de los “alzados”; además de todas las fuerzas de la Seguridad del Estado para penetrar y aniquilar tanto a los luchadores clandestinos urbanos como a los mismos guerrilleros anticastristas, y miles y miles de soldados y milicianos armados hasta los dientes para enfrentar la invasión de Bahía de Cochinos.

 

La cifra exacta de luchadores anticastristas caídos en combate, o fusilados, así como de los que cumplieron largas condenas en las ergástulas castristas, es todavía motivo de cálculo y búsqueda de información, pero se puede afirmar sin temor a equivocaciones que se trata de miles de cubanos, no de unas cuantas decenas ni mucho menos.

 

Comparar ese martirologio anticomunista cubano con los esfuerzos en otros países contra sus propias dictaduras es innecesario y absurdo: cada pueblo aporta lo que considera que se necesita para su propia lucha, y los cubanos no pretendemos presentarnos como más valientes y más “duros” que nadie. Pero tampoco aceptamos que se intente subestimarnos tras un enfrentamiento al castrismo de más de sesenta años, y donde tantas veces hemos estado solos en nuestro combate, sin poder disfrutar de la solidaridad y las simpatías que otros pueblos, afortunadamente, han recibido y reciben actualmente, lo cual nos alegra.

 

De lo que se trata, entonces, no es de buscar valor y disposición que no faltan a los cubanos, sino estrategias y tácticas que funcionen adecuadamente y que puedan dañar al castrismo donde más le duela, y no desgastarse en nimiedades o absurdas polémicas fraticidas que solamente benefician al Palacio de la Revolución en La Habana.

 

Mientras no aprendamos eso, seguiremos condenados al autismo político, enfermedad senil de un anticastrismo que ya cumplió seis décadas de lucha y todavía no logra ver un poco de luz al final del túnel.