Cubanálisis El Think-Tank 

ARTÍCULO ESPECIAL EN EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

 

  Eugenio Yáñez, Estados Unidos

  Lázaro González, Canadá

  Antonio Arencibia, España

 

ESPECIAL EN EL THINK-TANK

BIOLOGÍA Y SUCESIÓN:

EL Pacto de los Comandantes... y EL de los generales ( I )

 

“When two men in business always agree, one of them is unnecessary”.

William Wrigley, Jr.

“You can get assent to almost any proposition so long as you are not going to do anything about It”.

John Jay Chapman

 

Con el desmayo sufrido por Fidel Castro el 23 de junio del 2001 durante un discurso en El Cotorro, La Habana, la parálisis y el desconcierto se apoderó de los grupos de poder en Cuba: desde los históricos e inamovibles Comandantes de la Revolución hasta los generales fogueados en las guerras “internacionalistas”; desde la nomenklatura del Partido Comunista hasta los burócratas del aparato del estado y el gobierno a todos los niveles. Mientras, las personas convocadas y el “pueblo” que presenciaba el acto por la cadena nacional de televisión observaban entre incrédulos y sorprendidos la señal más visible del comienzo del ocaso del Comandante “Invicto”, ahora en franco proceso de sufrir su más estrepitosa y humillante derrota.

 

La inesperada Apocalipsis castrista puede ser comprendida en su real dimensión al constatarse que los planes operativos de seguridad personal y estratégicos ante situaciones de extrema contingencia no se activaron. Ninguna orden se emitió, y durante varios interminables minutos el país, el cuerpo de generales y los grupos de poder, la nomeklatura y la burocracia política y administrativa, así como agencias de inteligencia y embajadas extranjeras, experimentaron la incertidumbre, el estupor y la paralización que generan imponderables de esa naturaleza.

 

Solo Felipe Pérez Roque, el que “mejor interpretaba el pensamiento del Comandante en Jefe” reaccionó, desbordando a los históricos, a los generales y a los escalones de mando previamente designados, improvisando una arenga de barricada que forzó a los paralizados Comandantes de la Revolución a hacerle un sumiso y silencioso coro.

 

Mientras Raúl Castro se ocupaba de cualquier asunto menos de garantizar la inmediata ejecución de los planes previstos, Pérez Roque, auto-desempeñando el papel de delfín designado, pudo haber dicho cualquier cosa aquella mañana en El Cotorro. Optó por tranquilizar a la ciudadanía y al mundo, que seguían los acontecimientos con mirada incrédula y respiración entrecortada. Hubiera podido incluso tomar el control político del país y ordenar movimiento de tropas. No lo hizo. Ya hoy no existe como figura política, porque las decisiones instantáneas le confieren a lo imponderable un valor sin el cual la Historia no existiera como la conocemos, ni sería tan lineal y aburrida como la concibió Carlos Marx.

 

La posterior estrepitosa caída del Comandante en Santa Clara, de la cual en su arrogancia enfermiza culpó públicamente a su escolta personal, evidencia palpable de la decrepitud de Fidel Castro (un axioma de la seguridad de personalidades es nunca revelar públicamente deficiencias reales o no de la misma, pues los nuevos integrantes tendrán sus armas listas y nadie puede garantizar absolutamente el comportamiento humano en situaciones donde la supervivencia está en juego), fue otra oportunidad para calibrar la reacción de los Comandantes de la Revolución, el cuerpo de generales, la nomenklatura y la burocracia política y administrativa, así como la eficiencia de la respuesta operativa.

 

En esta segunda oportunidad, que se suponía estuviese prevista, la mejor reacción de los encargados de poner en ejecución los planes de contingencias fue cortar la transmisión televisiva hasta que el magullado, en silla de ruedas, retornara para declarar que estaba entero.

 

Es de suponer que si bien el régimen no sabe y/o no quiere que en la mesa cubana se sirva al menos calabaza y boniato habitualmente, en términos de seguridad operativa y estratégica haya aprendido de sus dos anteriores “suspensos” en la “Lección”.

 

Es por ello presumible que el incidente donde un nuevo Pérez Roque le ganara la arrancada a los históricos no se repetirá en el caso de un Raúl Castro desvanecido por cualquier razón. La cadena de mando adecuada a cada momento respondería con eficacia meridiana.

 

EL PACTO DE LOS COMANDANTES

 

A finales del 2005, al conocerse la grave enfermedad que aquejaba a Fidel Castro, se comenzó a preparar aceleradamente la sucesión del poder, y se produjo el Pacto de los Comandantes: Raúl Castro y los únicos tres Comandantes de la Revolución que ha habido en la historia de Cuba (Juan Almeida, Ramiro Valdés y Guillermo García), que por ley se subordinan solamente al Comandante en Jefe, acordaron que nadie más podría ostentar el cargo de Comandante en Jefe al faltar Fidel Castro, y que ellos actuarían como Comandante en Jefe colectivo, bajo la dirección de Raúl Castro.

 

Se trataba de salvar el legado de la Revolución, con mayúscula, y las disputas personales y opiniones encontradas quedaban subsumidas en ese Pacto, compromiso nunca escrito, pero adoptado “sin mariconás” (definición cubano-machista-guerrillera del honor), por la imperiosa necesidad de garantizar a toda costa que el post-fidelismo no fuera el derrumbe total del proceso revolucionario de casi medio siglo, ni de los intereses creados por la camarilla del poder y sus herederos, que merecían no solo una vida tranquila y sosegada para disfrutar la cosecha revolucionaria, sino también reproducir en escala ampliada, acorde con los nuevos escenarios globales, un sistema estructural de naturaleza neocastrista, por obra y gracia de un sistema de castas donde ocupan posiciones privilegiadas en virtud de sus vínculos consanguíneos y/o lealtades probadas.

 

En el libro “Jaque al Rey” de Juan Benemelis y Eugenio Yáñez, publicado en el 2007, se emplea la ficción para narrar este Pacto:

 

“-Fidel, eso no va a ser tan fácil…

 

-¿Qué es lo que te preocupa, Raúl…?

 

-Qué cuando tú no estés nadie se acuerde de lo que estamos hablando ahora…

 

Ramiro Valdés le habló a Raúl Castro con la cara muy seria, y mirándolo de frente a los ojos con esa mirada que tanto amigos como enemigos temían.

 

-Raúl… yo creo que los tres Comandantes de la Revolución podemos jurar aquí, ahora mismo… y que Guillermo y Juan me desmientan si no están de acuerdo conmigo… delante de Fidel… por el honor de la Revolución… y de nuestros grados… y por todos los años que hemos estado luchando juntos, aunque hayamos tenido discrepancias… creo que podemos jurar los tres… de pie si hace falta… que vamos a acatar con seriedad y responsabilidad la disciplina del partido, del estado y del gobierno en tiempo de paz… y que nos subordinamos incondicionalmente a ti cuando estés actuando como Comandante en Jefe en tiempo de guerra… Guillermo, Juan… ¿juramos eso…?

 

-Yo puedo jurarlo delante de Fidel, Ramirito…

 

-Yo también…

 

-Y así nosotros tres, y Raúl, de mutuo acuerdo los cuatro, podemos dejar el rango de Comandante en Jefe de la Revolución Cubana para el único que de verdad se lo merece… para Fidel… ¿estamos todos de acuerdo?

 

Juan Almeida levantó la mano poco a poco. Guillermo levantó su mano enseguida. Ramiro levantó su brazo, mirando a los ojos a Raúl Castro. Y finalmente Raúl levantó su brazo lentamente, mirando a Fidel, que a su vez los miraba a los cuatro.

 

Una pausa. Larga. Demasiado larga. Era la decisión más compleja. Por un lado, una eventual puerta para el caos. Por el otro, un compromiso solemne de los Comandantes, que no podía desecharse porque sí.

 

Hasta que Fidel Castro habló.

 

-Yo creo en el compromiso solemne de ustedes… y por otra parte, y para decirlo claro… si ustedes no estuvieran convencidos de lo muy importante que es mantener la unidad y la disciplina entre ustedes… aunque hiciéramos a Raúl Mariscal de Campo habría problemas… y si de verdad saben que tienen que estar unidos… lo del grado no debe ser un problema…

 

-¿Entonces lo apruebas, Fidel…?

 

-Antes de aprobar algo de esa trascendencia, estoy obligado a darles las gracias por esa confianza y ese respeto que han demostrado todos hacia mí…y por ese gesto noble y desinteresado hacia mi persona, de renunciar al grado de Comandante en Jefe…

 

-El que te mereces, Fidel…

 

-El que te has ganado, Fidel…

 

-Siempre ha sido así, Fidel…

 

Raúl Castro se puso de pie, se cuadró marcialmente, hizo el saludo militar y dijo con voz fuerte:

 

-¡Comandante en Jefe, Ordene!

 

Ramiro Valdés, Juan Almeida y Guillermo García se pusieron de pie y saludaron también. Los tres dijeron, a destiempo:

 

-¡Comandante en Jefe, Ordene!

 

Fidel Castro se puso de pie, lentamente, con dificultad.

 

Trató de pararse lo más marcial posible, y respondió el saludo:

 

-Aprobado…

 

Todos se acercaron y se abrazaron con Fidel, uno por uno. En ese instante, era la despedida final, el abrazo final. Las decisiones estaban tomadas, y aunque Fidel Castro se mantuviera al timón mientras tuviera fuerzas, ese abrazo sellaba un compromiso solemne.

 

-¿Cuando empezamos con todos estos proyectos, Fidel…?

 

-Poco a poco… creando las condiciones…

 

-No se puede perder tiempo…

 

-Hay que ir amarrando las cosas…

 

-¿Y cuando le vamos a entrar de lleno a todo…?

 

-Cuando yo me muera…esperen a que me muera…

 

-Fidel…

 

-Hasta que yo me muera… mientras tanto, no vayan a hacer nada… nada… aunque esté boqueando, coño…no vayan a poner en juego mi imagen a última hora…”

 

Hasta aquí la recreación novelada del Pacto. La historia posterior se conoce muy bien: Fidel Castro sobrevivió a la enfermedad, pero no a la entrega “provisional” del poder del día tras día, y mediante ambas cosas dejó en el más absoluto ridículo a las instituciones de inteligencia estadounidense; a provectos líderes del exilio que esperaban ansiosos en los medios para anunciar, al fin, la muerte del tirano; a los oráculos miamenses que sabían de buena tinta que el Comandante era cadáver; a especialistas extranjeros en grafología; y a filósofos de café con leche que hablaban de existencia de “dobles” y “figuras de cera”, o que lo aseguraban congelado en caja de pino, lo que no se anunciaba para “ganar tiempo”.

 

Sin embargo, el Pacto diseñado para garantizar la continuidad del régimen tras la muerte de Fidel Castro ha funcionado sin dificultades durante más de cuatro años transcurridos desde que el Comandante renunció “provisionalmente” a sus cargos de estado y gobierno en julio del 2006.

 

GARANTIZAR LA CONTINUIDAD

 

La realidad ha demostrado que el post-fidelismo se ha desempeñado sin demasiados sobresaltos ni peligros en la razón fundamental de su existencia: mantenerse en el poder a toda costa a través de una sucesión suave, capeando las permanentes crisis intrínsecas del régimen en lo económico, político y social sin explosiones sociales, revueltas ni intentos de derrocamiento, junto al embate masivo de huracanes, y a la vez sin que se produzcan enfrentamientos de carácter internacional que pudieran suponer el peligro de un choque armado con Estados Unidos, como siguen soñando algunos trasnochados.

 

A la vez, la no desaparición física de Fidel Castro y su obstinación en no pasar a segundo plano en ninguna circunstancia, lo que ha provocado diversas declaraciones confusas, apocalípticas predicciones y un intento desmesurado de reconstruir la historia desde sus muy personales puntos de vista, ha ido aparentemente complicando extraordinariamente el escenario de la sucesión para observadores internos y externos, y conseguido de inmediato el surgimiento de una nebulosa conceptual sobre lo que está sucediendo en el país. En el reino de la simulación, la resurrección de Fidel Castro puede actuar igualmente como una operación diversionista en términos de dónde se concentra el poder real en Cuba. Porque el castrismo, sin renegar de sus esencias, sobrevive, entre otros factores, por su capacidad de adaptación y simulación permanente.

 

Pero ni la historia ni la vida se detienen, y lo que pudo garantizarse con el Pacto de los Comandantes en el 2005 en función de la continuidad del poder de los revolucionarios históricos, no asegura que se pueda repetir automáticamente en un proceso efectivo tras la desaparición física de la gerontocracia en el poder: los hijos, nietos y beneficiarios de la élite no se mueven con las mismas motivaciones, intereses y compromisos que sus padres, abuelos y padrinos.

 

En lo que superficialmente observado es una contradicción insoluble que potencialmente pone en riesgo el proyecto histórico, en lo interno la gerontocracia fundadora y sus herederos designados comparten los mismos valores esenciales, solo que estos últimos se expresan en normas y conductas acordes a los tiempos que transcurren. El ideal romántico-democrático que ilusionó y engatusó a millones en Cuba y en el mundo, y que permitió construir un paradigma social exportable de gobernabilidad interna que funcionó por décadas, está absolutamente obsoleto, y nadie lo entiende más claramente que el grupo al mando hoy en Cuba.

 

El error metodológico primogénito se ubica en la insistencia, en ocasiones petulante, de pronosticar qué pasará en Cuba después del “Día Cero”, entendido por el momento en que Fidel Castro fallezca. Y es que no hay “Día Cero”, como tampoco hay ya más poder omnímodo en “Punto Cero”.

 

Lo que realmente ha estado discurriendo, y que convencionalmente pudiéramos fijar como el momento de despliegue del proceso, se marcó cuando Fidel Castro pronunció el discurso en el Aula Magna de la Universidad de la Habana el 17 de noviembre del 2005, donde alertó sobre el carácter reversible de la Revolución que podía autodestruirse.

 

Sin embargo, el proyecto sucesorio había venido desplegándose desde mucho tiempo atrás y se ejecuta mediante los planes operativos y estratégicos contenidos en lo que se ha denominado “Operación Caguairán”, que erróneamente ha sido encasillada por innumerables analistas como una operación militar en el sentido estrecho de la acepción, cuando es en realidad un proceso multidimensional y multifuncional, cuidadosamente planeado y ejecutado en lo político, militar, ideológico, social, económico y cultural, con vistas a concretar la sucesión a Raúl Castro, reforzada por los históricos de confianza disponibles en una primera etapa transicional, a la que seguirá la sucesión generacional neocastrista a los verdaderos herederos designados.

 

En el discurso del 30 de noviembre del 2006 en Santiago de Cuba, que nuevamente muchos consideran como propio, pero que indudablemente fue previamente consensuado entre los Comandantes de la Revolución y Fidel Castro, Ramiro Valdés daba a conocer públicamente el “Pacto de los Comandantes” cuando declaraba:

 

En sus méritos, sus atributos, firmeza, su lealtad, en su internacionalismo, reconocemos a Raúl como firme cancerbero de la revolución cubana”.

 

De no asegurarse la continuidad de los mecanismos sucesorios diseñados en función de las necesidades e intereses de esa élite, existe el peligro real de que el mito del castrismo como concepto histórico revolucionario, se desmorone cual castillo de naipes.

 

No se trata de que peluqueras y barberos puedan arrendarle al Estado sillones y locales y fijar los precios de los servicios, que los “paladares” puedan tener algunas sillas más y “ofertar” carne de res y mariscos, que afiladores de tijeras o vendedores de mangos no vayan a ser perseguidos, de que todos contribuyan a la seguridad social, de que los cubanos puedan utilizar teléfonos celulares si tienen manera de pagarlos, ni de que se permitan cirugías de cambio de sexo, ni de que se converse con la Iglesia y que sean excarcelados con destierro o licencia extra-penal mayor o menor cantidad de prisioneros políticos, ni de que truenen a uno u otro ministro o burócrata de cierta relevancia, o dicten orden de captura contra un gangster-empresario extranjero. Esas acciones son solamente manifestaciones circunstanciales de una estrategia de poder. Todo lo demás es paisaje, nada más.

 

Para los castristas el quid de la cuestión es que la sociedad socialista cubana pueda enrumbarse con una cierta estabilidad política, económica y social más allá de la muerte de sus fundadores, sin que se cuestione el fundamento esencial del régimen: el acceso a “las mieles del poder”. Para lo cual deben mantenerse solo dos vías, la de la legitimidad histórica fundacional que se define por haber participado desde los orígenes en el proyecto revolucionario, y la legitimidad inmediata para gobernar y administrar el manicomio-campamento, que dependerá siempre de las relaciones consanguíneas, la lealtad probada y/o estimada, del lugar ocupado en la pirámide de castas, las potencialidades efectivas de contribuir al modelo diseñado y, por supuesto, en la trayectoria revolucionaria, real o construida, de los elegidos.

 

Para la gerontocracia es esencial garantizar ese proceso diáfana y efectivamente, porque sabe muy bien que su tiempo de vida útil se reduce continuamente, y siente sobre sí los achaques de los años y el cansancio de las continuas frustraciones por haber servido de forma absoluta e incondicional a un liderazgo y una estrategia que la vida y la experiencia han demostrado que no condujo a ninguna parte en términos de construir un modelo de sociedad viable y factible que sirviera de referencia a otros procesos políticos alternativos. Saben mejor que nadie, que han sido cómplices en la destrucción de la nación de manera casi irreversible durante medio siglo, desde los valores morales hasta las familias, desde la industria azucarera hasta la producción de alimentos, desde los servicios públicos imprescindibles hasta la infraestructura nacional, desde las instituciones hasta la sociedad civil.

 

Y no les basta con construirse en vida los mausoleos donde reposarán sus restos: quieren asegurarse que esos panteones y monumentos funerarios jamás serán hollados, que aunque no sean venerados se respetarán, que sus descendientes y beneficiarios no serán ni reprimidos ni condenados, y que todo lo adquirido en la turbulenta piñata durante muchos años, desde mansiones hasta cuentas en el extranjero, se mantendrán intocables después del duelo oficial.

 

Garantizar esto, sinónimo de una permanente castración de la sociedad civil y el Estado de Derecho en el país en aras de los intereses de los revolucionarios históricos, requiere imprescindiblemente que los nuevos sucesores post-gerontocracia resulten históricamente leales y garanticen la continuidad del legado, aunque tengan que disfrazarlo de reformas y aperturas socioeconómicas, y para ello modificar las formas de expresión con que se ejerce la coerción y el control social, pero siempre sin modificar en lo fundamental ninguno de los mecanismos del poder político y su estabilidad.

 

Para lograr eso no basta con el entendimiento del 2005 entre los Comandantes: ese Pacto ha funcionado de maravillas y no es cuestionado por la gerontocracia, pero no basta para trascender la desaparición física de los históricos.

 

EL PACTO DE LOS GENERALES

 

La sucesión que ahora es necesario asegurar ya no es en la cúpula de la cúpula, sino la sucesión de los sucesores, la mayoría con más de setenta años de edad y salud precaria. Y para ello se impone la necesidad de otro pacto mafioso-revolucionario, no escrito y “sin mariconás”, no de Comandantes, sino entre quienes constituyen el verdadero poder y la única garantía de continuidad del neocastrismo tras los solemnes funerales: los generales.

 

Sin embargo, no se debe descartar que también podría verificarse una transición directa a los máximos niveles de poder de la generación nacida en los años 60, y donde la actual septuagenaria nomenklatura asumiera el papel técnico-consultivo con cuotas de poder bien fragmentadas. La “teoría” de que Cuba está compartimentada en parcelas de poder con un cacique supremo cobra cada día mas relevancia como mecanismo de garantizar la lealtad y la supervivencia de todos, incluyendo el sistema.

 

Era imprescindible un Pacto de Generales bajo la dirección de Raúl Castro y Ramiro Valdés, y con la aprobación del todavía no cadáver Fidel Castro, pero no entre los generales de los estados mayores, oficinas o corporaciones, ni siquiera entre los que ocupan cargos civiles en el gobierno, sino entre aquellos que están a cargo de los tanques y transportadores blindados, las tropas especiales, los grupos anti-motines, la infantería mecanizada, la aviación, y los servicios de inteligencia y contrainteligencia: todos hombres de Raúl Castro y que son los que realmente pueden inclinar la balanza en una u otra dirección en eventuales situaciones de peligro de fraccionamiento o quiebre del poder.

 

Un pacto que garantice que los sucesores de los sucesores serán reconocidos y aceptados como tales por el generalato con tropas bajo su mando –el verdadero poder después de los históricos- para lo cual éstos últimos deben ser incorporados a los cónclaves superiores del Partido Comunista. Así, la legitimidad de estos nuevos sucesores será admitida y defendida en base al claro hecho de haber sido seleccionados para serlo por el liderazgo histórico de la revolución, a cambio de que no solo mantengan intangible el legado revolucionario y la imprescindible paz de los ilustres difuntos, sino también los cargos, privilegios y prebendas de la nueva clase post-castrista.

 

Ese Pacto de los Generales ha sido diseñado cuidadosamente y ejecutado como está previsto, paso a paso, sin ruidos ni aspavientos, pero con precisión militar, desde las reubicaciones de mandos y jefes militares hasta ascensos políticos o ejercicios Bastión enfocados al anti-motín y no a la invasión extranjera.

 

Como muy bien lo ha identificado nuestro colega de Cubanálisis Lázaro González, ese Pacto factual forma parte de la así llamada “Operación Caguairán”, que no solamente cubre el aseguramiento de la situación actual desde la muerte “provisional” de Fidel Castro, sino que se extiende hasta más allá de la garantía de la sucesión de los sucesores tras la desaparición relativamente próxima –por su avanzada edad- del liderazgo histórico.

 

Un Pacto no escrito de “honor” mafioso-revolucionario, bajo el eufemismo de jurar por la unidad monolítica de la revolución, bajo la mirada implacable de la gerontocracia que los ha promovido a las posiciones de poder alícuota que hoy detentan, solo sobre la base de que garanticen la lealtad irrestricta exigida y puedan ser neutralizados ante cualquier inconveniencia, pero cuya garantía fundamental se basa en suponer que quienes eventualmente decidieran no cumplirlo contarían con menos poder de fuego que los que se mantengan leales al compromiso adquirido, lo que debería paralizar cualquier intento sedicioso que pudiera comenzar a bosquejarse tanto contra la gerontocracia en extinción como contra sus sucesores. Lo que hace más imprescindibles que nunca los aparatos de contrainteligencia.

 

En el trazado de este plan el general-presidente Raúl Castro ha jugado un rol fundamental. Curiosamente, aunque infinidad de veces ha querido ser visto o aparentado como un Mijail Gorbachov o Deng Xiaoping tropical por quienes tratan de entender el laberinto cubano, en realidad parece haber tomado y estaría implementando determinadas decisiones en el proyecto sucesorio que le podrían aproximar más al modelo de sucesión dinástica de la dictadura de los Kim en la Corea comunista.

 

De tal forma, tras el paso biológico de la gerontocracia revolucionaria, Cuba podría encaminarse a un escenario de sucesión dinástica clásica o hacia una dictadura militar con una fachada civil en la figura de un “presidente” incondicional del generalato. No puede descartarse tampoco una posible, ¿por qué no? combinación de ambos escenarios.

 

Analizaremos en detalle las implicaciones, medidas y posibles escenarios que supondría la puesta en práctica de ese Pacto de los Generales.

 

(continuará)