Cubanálisis  El Think-Tank

ARTÍCULO ORIGINAL EN EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

 

   Juan F. Benemelis y Eugenio Yáñez

 

 

 

 

                                                       

 

 

LA INVOLUCIÓN DE CUBA ( I I ). EL NEANDERTAL POLÍTICO-SOCIAL

 

Del Hombre de Neandertal al Hombre Nuevo

 

Tras la muerte de Stalin en 1953, el totalitarismo soviético y este-europeo se basó más en la dictadura de los Politburoes que en la de líderes carismáticos. Aunque los primeros secretarios del partido -máximas instancias en sus países- se designaban para ocupar el cargo con carácter vitalicio, y a pesar de la ficción de los congresos partidistas, los primeros secretarios podían caer en desgracia y ser sustituidos en cualquier momento, porque no lograban colocarse por encima del Buró Político.

 

Por eso, con la caída del Muro de Berlín y la desintegración del imperio soviético se produjo la desaparición de las dictaduras comunistas y pudieron surgir democracias europeas y Estados de derecho más o menos funcionales, donde el disenso y las posiciones alternativas son relativamente tolerados, con evidentes diferencias en el amplio espectro político que abarca desde la ejemplar República Checa hasta la dudosa democracia de la Rusia de Vladimir Putin y Dimitri Medvedev.

 

Mientras, tanto la Belarús de Lukashenko, el anacronismo europeo absoluto, como las repúblicas centroasiáticas exsoviéticas, continuaron siendo lo que siempre fueron: satrapías no demasiado sofisticadas, donde la democracia no es ni siquiera un referente teórico.

 

En Asia, tras la muerte de Mao Tse Tung y Ho Chi Minh, los partidos comunistas de China y de Vietnam mantuvieron el poder en condiciones autoritarias, diferenciándose en nada de la cultura milenaria de ciudades prohibidas y emperadores sagrados, donde la mujer se somete al hombre y el hombre se somete al Estado.

 

Sin embargo, al desechar el manicomio económico socialista-estalinista y dar paso a la iniciativa privada y la economía de mercado, comenzaron a eliminar el hambre y el atraso tradicionales de las grandes masas, logrando un determinado nivel de “legitimidad” que les posibilita mantenerse en el poder a través de mecanismos sofisticados y no solamente por la fuerza, que logran disfrazar con relativa eficacia.

 

Aunque no se trate de democracias en el sentido occidental del concepto, son gobiernos vistos por sus ciudadanos, ahora concentrados en satisfacer sus milenarias necesidades materiales, de manera relativamente benigna, o al menos con una muy conveniente (para el poder) indiferencia. Con el tiempo, esas sociedades evolucionarán hacia demandas de libertad y Estado de derecho, pero no de inmediato: son escenarios que los actuales dirigentes de ambas naciones esperan no tener que ver a lo largo de sus vidas, aunque se “rejuvenezcan” los aparatos de dirección y las élites en ambos países.

 

De esa transición a las nuevas realidades solamente quedaron ancladas en el pasado, y en el natural inmovilismo que conllevan sus enfoques de la sociedad y el poder, Cuba y Corea del Norte, en ambos casos dependiendo de caudillos casi sagrados.

 

Mientras Corea del Norte ensalza a Kim Il Sung, el fundador de la dinastía, como asociado con los arco-iris y las estrellas en el día de su nacimiento, el régimen cubano ha llegado a la inmoralidad de honrar, con libros sobre su vida, al gallego Ángel Castro, miembro de las tropas españolas que lucharon contra la independencia de Cuba a finales del siglo 19, por ser el padre de los dos hermanos-dictadores que ha padecido Cuba desde 1959.

 

En ambos casos la historia se repite, pretendiendo sacralizar al dictador para legitimar su funesta y desacertada gestión en todos los sentidos. No es casual que ambos tiranos, Kim Il Sung y Fidel Castro, mantengan denigrantes récords de longevidad de sus dictaduras y, simultáneamente, récords de atraso y desvinculación a las realidades tecnológicas y políticas mundiales, y a los conceptos más modernos de progreso, desarrollo social y libertades públicas.

 

Así, mientras el mundo occidental se adentraba en la era de la robotización, la información, la computación, las telecomunicaciones, la Internet, y los incontables avances digitales, dejando atrás las sociedades industriales que se desarrollaron durante dos siglos, Cuba se estancaba, más aún, con el “período especial en tiempo de paz”, establecido a sangre y fuego por Fidel Castro, y que todavía no ha terminado, y Corea del Norte, inmersa en su reaccionaria idea Juche, decretaba tres años de duelo por la muerte del fundador de la dinastía, y un hijo suyo, Kim Jong Il, se hacía cargo de seguir conduciendo el manicomio, de espaldas a las realidades, construyendo armas nucleares y hambreando a su pueblo, mientras cenaba langostas con vino francés y enviaba a sus hijos a estudiar a Europa.

 

La tecnología industrial que creció exponencialmente en el siglo 20 demandó el procesamiento en masa de las materias primas, los productos y los seres humanos, noción que se extrapoló a nuestras costumbres e instituciones. Ello estaba presente en la Cuba republicana que Fidel Castro heredó.

 

El entramado político cubano a partir de 1959 fue conformado por un sistema pre-tecnológico, y en realidad se ha alimentado durante todo este período de una mentalidad aldeana desconectada de los grandes centros de información, conocimiento y creación de riquezas del planeta, de lo más atrasado de una economía que sólo aspira a crear manufactureros y productores, lo único que podían ofrecer los soviéticos, y cuyos administradores y negociantes tienen mentalidad de pueblerinos.

 

Esta élite se halla guiada por la ignorancia, la mediocridad y la arbitrariedad, y se rige por intereses grupales y clientelares, carente de una clara ideología y objetivos reales, que le hacen indolente a la terrible crisis existencial, ecológica y demográfica causada por el experimento comunista.

 

Los líderes políticos y administrativos cubanos, al estar varados en valores y conceptos de las décadas 1950-1960, consideran la vida como una contienda y lucha perenne donde triunfa solo el más fuerte; al conocimiento lo tienen como un elemento instrumental; y por tanto, para ellos la motivación la otorga el poder y la riqueza material, y consideran a la naturaleza física, a las ideas y a los grupos humanos solamente como simples herramientas del poder. 

 

Tal ha sido el atraso en la sociedad cubana y la norcoreana mientras el mundo entero avanzaba, que la prensa occidental se asombra cuando cuenta que Raúl Castro autorizó la venta de teléfonos celulares y computadoras a los cubanos, o que Kim Jong Un, nieto del fundador de la dinastía norcoreana, ahora al mando, no condena que las mujeres de su país utilicen pantalones o zapatos de tacón.

 

La pauta tecnológica que asumen los medios masivos de prensa y electrónicos del régimen cubano establece un molde dominante sobre los símbolos del pensamiento social; de esta forma han construido una funcionalidad vacía de cualquier evaluación cognoscitiva y de un lenguaje acrítico.

 

Estas transgresiones simbólicas a la individualidad, que ha transfigurado lo negativo en positivo, que buscan la sumisión a las instituciones, son reiteradas “ad infinitum” en el mundo del discurso político de los hermanos Castro, que ha devenido en un mero verbo publicitario, mediante su aparato de comunicación funcional divulgativo, gestores de un cubano sin memoria que se halla carente de espacio para la crítica conceptual.

 

La creatividad intelectual se entiende, entonces, como aquella que está conciliada con las formas del poder y la razón de ser de la élite. Ello quedó enmarcado desde los primeros años, en 1961, bajo el lema de “dentro de la Revolución, todo… fuera de la Revolución, ningún derecho”. El mensaje cultural que atente contra la llamada “moral revolucionaria” o que mine las reglas de comportamiento de las instituciones partidistas o económicas, es de inmediato desacreditado y atacado encarnizadamente.

 

Los Castro y su élite se atrincheran en lo que ya es una insensatez, en el nacionalismo extremo, que mantiene embargadas las eventualidades de modelar una escala de valores humanos diferentes. El intento de creación de un “hombre nuevo” quedó en el plano de las utopías, y el individuo fabricado por el castrismo sería un transgresor de las leyes, un individuo que sólo ve y aspira a lo diario.

 

La revolución castrista, con su proyecto del “hombre nuevo” y su desprecio por la moral “burguesa” y los valores cívicos y ciudadanos, produjo en masa rateros y atracadores, desde simple cubanos de a pie hasta ministros y vicepresidentes. Y por eso, acorde con ello, resulta imposible reorganizar los recursos materiales e intelectuales del país en favor de toda la población y de su futuro.

 

En estas condiciones, el estancamiento ideológico, político y social no podía conducir, y no condujo, a nada bueno en Cuba. Los cubanos en la actualidad, tanto los que viven en la Isla como los que estamos fuera, casi en su totalidad, carecemos de una verdadera cultura política acorde con los tiempos que vivimos, por lo que tendemos muchas veces a la intolerancia y el enfrentamiento fraticida con mucha más facilidad que al diálogo y el consenso.

 

Aunque no nos guste decirlo, en muchas ocasiones cada uno de nosotros tiene un pequeñito Fidel Castro debajo de la silla turca o en algún lugar del hipotálamo, del que no podemos desprendernos fácilmente, y que condiciona nuestra absoluta intolerancia y nuestra casi proverbial incapacidad para el consenso.

 

No sabemos distinguir adversarios de enemigos, en muchas ocasiones consideramos posiciones diferentes a las nuestras casi como una “traición”, y todo lo queremos resolver con (des)calificaciones de los antagonistas. Es una política típica del castrismo, pero no deja de serlo también de buena parte del anticastrismo.

 

La mayor ofensa que se escucha en el plano político, dentro de Cuba, es la de “gusano”, pero fuera de Cuba, y no es sorpresa, es la de “comunista”. Y lo mismo se le grita “comunista” a un funcionario castrista que defiende a los cinco espías capturados y presos en Estados Unidos que a un automovilista que se atraviesa en nuestro camino en una calle cualquiera de Miami o de Union City.

 

Cualquiera que en Cuba tenga una opinión diferente a la del gobierno no es una persona con opiniones diferentes, sino, en el mejor de los casos, un “conflictivo”, y en el peor, un miserable mercenario al servicio del imperialismo.

 

Cuando en Estados Unidos se critica a los exiliados intolerantes por resucitar ritos fascistas y romper a martillazos discos compactos de artistas que por una razón u otra no resultan del agrado de la tribu, la respuesta inmediata es echar a un lado los martillos… pero para rápidamente sacar cilindros y aplanadoras.

 

Por eso, mucho antes de decirle a otra persona que tenemos una percepción alternativa sobre determinado aspecto sobre el que estamos conversando, mucho más fácilmente le decimos que está completamente equivocado. Pero si lo que esa persona dice está en concordancia con lo que pensamos, no decimos que tenemos una opinión muy parecida, sino que esa persona tiene toda la razón del mundo. Así de sencillo.

 

No es fácil acostumbrarse a conversar y responder a un criterio que no compartimos comenzando con una frase como “lo que estás diciendo es muy interesante y yo podría estar de acuerdo con eso, pero tal vez habría que tener en cuenta también que…”. Sin dudas, es un estilo que no parece tener nada que ver con nosotros los cubanos.

 

Lo que no entienden las élites cubanas dentro y fuera de la Isla es que la consagración del mercado mundial señala el pasaje del Estado-nación como fundamento económico, del planeta otrora encuadrado en tres mundos (el primero, democrático-capitalista; el segundo, del bloque soviético; y el tercero, de los subdesarrollados), a la globalidad, en la que los tres antiguos mundos se han mezclado, las identidades nacionales ya son híbridas, las jerarquías políticas traspasan de manera flexible las fronteras, el intercambio no es unilateral o bilateral, sino plural, a través de una red digital de mando.

 

En lugar del otrora Estado nacional, las fuerzas del mercado están construyendo una economía internacional integrada con la “privatización” empresarial, la fusión financiera de vastos consorcios, y la intervención individual mediante la red de internet; amén del elevado costo de los complejos proyectos del futuro, el endeudamiento de gran parte del mundo, y el crecimiento de bloques comerciales, en los cuales una materia prima como los hidrocarburos se ha transformado en crítica para la seguridad de los estados nacionales.

 

La autoridad ha comenzado a enraizarse en la sociedad no estatal, en la acción individual y en las esferas transnacionales, particularmente en la actual economía global, en la que las estructuras privadas transnacionales han asumido la regulación de las transacciones.

 

Las inmensas corporaciones internacionales mueven el capital mirando a la totalidad de la esfera terrestre y no a un país en específico, a manera de territorios globales bio-políticos. Ello difiere de la noción que la dirigencia cubana tiene y presenta de la esfera internacional. Por eso sus actividades ya no se definen por los intercambios desiguales. Por eso, también, esa dirigencia se desfasa cada vez más de las realidades planetarias, y vive en un mundo de ensueños y mentiras.

 

Estas corporaciones ya no dirigen fábricas ni minas, ahora dirigen estructuras, ejercen su actividad por medio de artefactos electrónicos que organizan los sistemas de comunicaciones, las redes de informaciones, los sistemas de beneficios sociales, monitorean las actividades, articulando territorios y poblaciones, en la cual el Estado-nación es una entidad instrumental para facilitar el flujo mercantil, inversionista, y poblacional.

 

Cuba vive de espaldas a la civilización global, no sólo en la esfera financiera, tecnológica y política, sino también en la militar, puesto que el escenario resulta una comunión de polos técnico-industriales donde se están quebrando las estructuras estatales presentes, con sus “proteccionismos” y “nacionalismos”.

 

Frente a todo este mundo que cambia vertiginosamente y exige adaptarse velozmente a las nuevas realidades, el régimen se aferra a la dirección del país a través del Partido Comunista cubano, de corte leninista-estalinista, una institución que tiene sus raíces hace casi un siglo en el mundo eslavo, y que en la actualidad cubana constituye una organización sin demasiado prestigio, selectiva, secretista, reaccionaria y muy dogmática, donde la inteligencia, la información y el conocimiento no son sus principales activos ni hay ningún interés en que lo sean o lo vayan a ser nunca, sino la “confiabilidad”, la lealtad y la incondicionalidad.

 

La legitimidad de la globalización no descansa en las organizaciones supranacionales, que en parte han nacido de las industrias de comunicaciones, y de la transformación de la nueva producción en un mecanismo digital. El verdadero impacto de la computación en nuestros días se expresa en el desarrollo de las redes de comunicaciones, que tienen una relación orgánica con la emergencia de este nuevo orden, pues son ellas las que organizan el movimiento de la globalización; de ahí que la industria de las telecomunicaciones haya pasado a una posición central y cimera, pues ella es la que organiza la producción en una escala nueva, es decir, la que transforma para mejor la producción de riquezas, e impone nuevas estructuras.

 

No podemos decir que nuestras complejas psicología nacional e idiosincrasia cubanas, que nos alejan de estas nuevas realidades del mundo contemporáneo, sean solamente producto de las experiencias posteriores a 1959, pues no sería ni exacto ni justo.

 

Formamos parte de una nación que destituyó a su primer presidente de la República en Armas y prácticamente lo dejó abandonado hasta que lo mataron los colonialistas españoles, pero al que nos referimos como “el Padre de la Patria”.

 

De una nación que en un momento contó con tres cabezas político-militares privilegiadas, como José Martí, Antonio Maceo y Máximo Gómez, pero que a pesar de las apariencias y nuestras negativas a aceptar las realidades, no pudieron ponerse de acuerdo en muchas cosas en la importantísima reunión definitoria en La Mejorana, al extremo de que no se han encontrado, porque fueron desaparecidas, páginas vitales de los diarios que recogían esas reuniones.

 

Una nación que libró una larga y sangrienta guerra con un ejército comandando en gran parte por infinidad de negros y mulatos, muchos de los cuales habían sido esclavos, y que tras la independencia, tuvo instituciones republicanas donde convivían blancos y negros sin ningún problema -lo que no habían logrado los norteamericanos que nos asesoraban para organizar nuestra vida republicana independiente-, pero que a la vez, en los parques de muchas ciudades del interior del país, cuando se paseaba los domingos por la noche, los negros tenían sus áreas y los blancos las suyas. Una nación donde un presidente de la república le ofreció a un negro general de las tres guerras, que estaba desempleado, una plaza de cartero.

 

Una nación que surgió a la vida republicana con una excelente Constitución de 1901 y una envidiable asesoría para institucionalizar el país, a pesar de la Enmienda Platt, pero que lo primero que aprendió, desde las posiciones de gobierno, fue la predilección por las mieles del poder, expresada en los enfermizos intentos de reelección, y las bondades de la corrupción (para quienes se enriquecían, naturalmente): quien escapaba de uno de esos males, como el muy honesto Tomás Estrada Palma, primer presidente cubano, no escapó de la tentación de la reelección.

 

Y quien no cayó en la tentación reeleccionista, como el muy corrupto Alfredo Zayas, fue modelo de todos los delitos que se pueden cometer desde una presidencia “democrática”; Un país donde a un presidente-tiburón se le pasaba hasta como gracioso que se “mojara” con la corrupción, siempre que “salpicara” a los que estaban a su alrededor; Un país, además, donde no faltaron personajes como el tirano Gerardo Machado, que además de la reelección por la fuerza y la absoluta corrupción, no vaciló tampoco en recurrir a la brutal represión y al asesinato para imponer sus criterios.

 

Los primeros tres decenios de la República cubana culminaron en una revolución que constituyó un profundo cambio generacional de las élites con relación a los patriotas de la guerra de Independencia, que desde posiciones de generales y doctores decidieron los destinos del país por treinta años, pero también en una revolución que dicen que se fue a bolina, aunque en realidad lo mejor que le podría haber pasado a la nación cubana es que aquella mentalidad revolucionaria de los años treinta se hubiera ido a bolina realmente.

 

Porque todos aquellos males de las tres primeras décadas, que no fueron pocos, sin embargo, fueron subsumidos en uno mucho mayor y mucho más abarcador, que no eliminó ninguno de los problemas anteriores, sino los multiplicó, y contagió el espíritu nacional de los cubanos hasta la actualidad: las soluciones revolucionarias.

 

Con el cambio generacional que se produce en la política cubana a partir de 1933, ser considerado revolucionario era el mayor honor de los diferentes participantes en los acontecimientos políticos tras la caída de Machado, mientras que pretender ser un líder respetuoso de las leyes y el Estado de Derecho se veía, en el mejor de los casos, como algo no recomendable y hasta en cierto sentido despreciable, y en el peor, como traición.

 

Los años convulsos desde 1933 hasta 1940 sedimentaron el espíritu revolucionario de muchos líderes cubanos de la época, y muchas desavenencias fueron dirimidas con la pistola en la mano y la sangre regada por el piso.

 

Aunque se logró la maravilla de la Asamblea Constituyente en 1939, y la Constitución de 1940, los cubanos no escapamos nunca de la terrible “maldición”: si bien es cierto que la Asamblea Constituyente fue un ejemplo de verdadera discusión de altura y formación de consensos mediante la inteligencia y el respeto a las opiniones alternativas, como nunca antes se había visto y nunca más se vería en Cuba, esa misma Constitución de 1940 conllevaba en su génesis, y en su enfoque, que hoy podría considerarse desde “populista” hasta “socialista”, los prolegómenos de la constante revolución.

 

Tan así fue, que a pesar de sus indiscutibles virtudes democráticas y sus inteligentes mecanismos de balance para fortalecer un Estado de derecho, estuvo en vigencia sólo por menos de doce años, cuando el mismo personaje que había propiciado su creación cuando era el hombre fuerte del país, se encargó de violarla y desconocerla, a través de un golpe de estado tan innecesario como impopular, que sin embargo quiso ser presentado también como revolución.

 

De entonces a la fecha, lo mismo antes de 1959 que después, todo lo que pareciera institucional o constitucional recibía el desprecio de los líderes revolucionarios, que eran prácticamente todos los oposicionistas, incluyendo políticos profesionales, estudiantes, trabajadores, campesinos y, naturalmente, quienes veían en la revolución un medio de vida a largo plazo.

 

Fidel Castro llevó a cabo la irresponsable aventura del Moncada en 1953, y en el juicio que se siguió por esos hechos presentó un programa de gobierno más irresponsable todavía. Una persona que nunca en su vida había trabajado ni un solo día, ni uno solo, ofrecía soluciones revolucionarias para todos los problemas de Cuba, tanto los políticos como los económicos y sociales.

 

Ningún politólogo ni político profesional serio, ningún economista o jurista responsable, podrían haberse tomado seriamente ese proyecto demagógico e impreciso, pero se trataba de un programa revolucionario, y con ese apellido valía y era aceptada cualquier cosa en aquella nuestra Cuba de los años cincuenta.

 

Todas las alianzas antidictatoriales del período 1952-1959 fueron más impuestas que negociadas: todos los pactos y declaraciones, todos los planes, todos los proyectos. Simplemente, quien no estaba dispuesto a apoyarlos no era que tuviera puntos de vista diferentes, sino que era considerado traidor o batistiano. Y punto.

 

En estas condiciones se impuso Fidel Castro como máximo líder, y arrastró tras de sí, de una manera u otra, a casi todo el movimiento antidictatorial, que a pesar de conocer los cuestionables antecedentes universitarios y la discutible conducta del joven revoltoso, le brindó su apoyo, subordinación y financiamiento, por encima de a personalidades con estrategias diferentes, como al prestigioso Carlos Márquez Sterling, quien había sido presidente de la Asamblea constituyente que dio nacimiento a la Constitución de 1940.

 

Tan así fue esta enajenación colectiva que tanto daño nos haría posteriormente, hasta el extremo de que, al producirse la fuga de Fulgencio Batista el primero de enero de 1959, Fidel Castro resultó para el pueblo de Cuba el único posible héroe nacional, a quien casi comparaban con un Cristo.

 

Y ese “casi Cristo” se tomó su papel demasiado en serio: se identificó a sí mismo con la Patria, la Revolución y el Socialismo, aunque no con el Partido en sus inicios. El Partido no creó al líder, sino el líder creó al Partido Comunista posteriormente, que a pesar de su nombre era una organización mucho más cercana -en objetivos, espíritu y manera de funcionar y actuar- al Movimiento del español Francisco Franco, o al Faccio del italiano Benito Mussolini, que a una organización de carácter “leninista” como las que funcionaban en la Unión Soviética y en Europa del Este.

 

Por eso en Cuba nunca hubo socialismo en el sentido clásico del término, el que fue posteriormente llamado “socialismo real”, y los “hermanos” soviéticos se rompían la cabeza una y otra vez tratando de entender lo que estaba sucediendo y cómo era que funcionaba Cuba, y no podían lograrlo, porque el país no funcionaba de acuerdo a un plan o a un programa, sino de acuerdo a los caprichos y humores de Fidel Castro.

 

Y así ha seguido siendo hasta hoy, sea a partir del propio Comandante en Jefe cuando estaba en condiciones de hacerlo, hasta el 2006, o posteriormente, a partir de lo que su hermano Raúl Castro considera que le ha ordenado hacer su hermano mayor, o lo que él piensa que sería lo que desearía hacer Fidel Castro.

 

El complejo aparato en el mundo que selecciona inversiones y dirige las maniobras financieras y monetarias determina la nueva geografía del mercado mundial, la nueva estructuración del mundo. Con el lenguaje de las comunicaciones produce fabricantes (digitalizados y robotizados), mercancías, y crea las subjetividades del consumo. En este complejo entramado digital, la demasiado retrasada y empobrecida Cuba de los Castro todavía no cuenta ni puede contar demasiado, ni siquiera como mano de obra barata para maquiladoras. Como destino turístico cuenta algo para los turistas de bajos recursos, pero tampoco puede competir con destinos cercanos, de países más pequeños, pero mucho más adaptados a las nuevas realidades, como República Dominicana y varias islas-naciones del Caribe.

La implacable lógica de la mecanización prescindía del trabajo humano a una velocidad superior a la creación de nuevos puestos de trabajo, algo que los marxistas, entre ellos los cubanos, nunca previeron, enredados en la dependencia del pensamiento generado en el lejano y atrasado Moscú.

Las viejas industrias entraron en decadencia, y las cadenas de montaje fueron sustituidas por máquinas automáticas, como en Detroit, Tokio, Trollhättan (Suecia), Munich o Torino. La minería manual casi desapareció; las zonas industriales se convirtieron en “cinturones de herrumbre” (rust belt); Inglaterra se des-industrializó. La industria ligera emigró al tercer mundo, a dónde había emigrado y emigraba también la industria pesada, y toda la contaminación ambiental que ello significaba.

El primer mundo quedaba para las telecomunicaciones, software, biotecnología, procesos moleculares, tecnología médica, industria farmacéutica, genética, computación, industria aeroespacial, y todas las actividades propias de la sociedad de la información y el conocimiento.

Este salto adelante de la economía del mundo capitalista y su globalización llevaron a “casi” toda la humanidad a relacionarse con el mundo moderno, y decimos “casi” porque tanto Cuba como Corea del Norte, y ciertas áreas deprimidas del África, quedaron al margen.

 

El abismo ha sido tanto ya en nuestros días que para recuperar posiciones harán falta no solamente esfuerzos extraordinarios, sino también diferentes estrategias y tácticas muy modernas y verdaderamente revolucionarias (en el sentido tecnológico, no en el político-social). Ni con más de lo mismo, ni con agitación y propaganda, ni con “actualizaciones del modelo” al estilo neocastrista, se podrá lograr nada.

Para los Castro, sin embargo, la movilización popular les resulta más fácil partiendo de una sumisión cuasi religiosa y anti-moderna. Por eso no han sido capaces de conformar sus propias soluciones. El entramado creado por los hermanos-dictadores sólo es una entelequia sin opciones, incluso sin oposición directa, pues la verdadera oposición al castrismo resulta precisamente el castrismo mismo, con su inmovilismo congénito.

Ni siquiera se han atrevido a entrar de lleno en el llamado modelo chino. La economía más dinámica y de más rápido crecimiento del planeta en la actualidad ya no es la del “monetarismo” de Milton Friedman, es decir, la economía neoliberal que parte del laissez-faire nacionalista inspirada en Adam Smith y restaurada por el dúo Thatcher-Regan, ni tampoco la keynesiana de Clinton-Obama, sino la fundamentada en las “enseñanzas” y las directivas generales de Deng Xiaoping, la de la China ¿comunista? con su economía estatal y privada a la vez, su funcionamiento del mercado y su dictadura política.

El siglo 21 cubano comenzó con un desorden de naturaleza poco clara, y sin ningún mecanismo para poner fin al caos socio-económico o mantenerlo controlado, carente de cualquier sistema o estructura internacional, y se caracteriza por una gran inseguridad, crisis permanente y el aferramiento al status quo, y mucho más aún después de la enfermedad de Fidel Castro y la ascensión al poder de su hermano, el así llamado por sus amanuenses general-presidente Raúl Castro.

Un mundo de la gerontocracia guerrillera tan poco calificada como gobernantes, en el que la dirigencia anquilosada desconoce no solamente dónde es que se encuentra el mundo y hacia dónde se dirige, y qué es lo que hay que hacer para incorporarse a esa marcha hacia el progreso y la prosperidad, sino que también desconoce hacia donde se dirige su propio país o ella misma, o hacia dónde deberían dirigirse tanto la nación como sus “dirigentes”.

Y esta es la terrible situación a la que debe adaptarse la población cubana, tanto en la Isla como en el exterior, y además ser capaz de agenciárselas para poder sobrevivir, tanto física como moral y psicológicamente, para las complejas tareas que vendrán en el inevitable momento del post-castrismo, sea cuál sea el tiempo que demore en aparecer.

Porque, indiscutiblemente, en ese futuro que se nos viene encima irremediablemente más tarde o más temprano, el “hombre nuevo” formado por el castrismo no tiene nada que hacer.

No porque no vaya a tener derecho al espacio social que nos corresponderá a todos los cubanos, ni porque deba ser excluido de cualesquiera oportunidades que existirán en esa Cuba del futuro, ni tampoco porque se pretenda discriminarlo o ejercer cualquier tipo de represalias inmerecidas contra él, sino, simplemente, porque mientras que siga siendo “el hombre nuevo” creado por el totalitarismo castro-guevarista, no será capaz de hacer ni una sola de las muchas cosas que hará falta hacer en una Cuba sin castrismo.

 

(continuará)