Cubanálisis El Think-Tank

ESPECIAL EN EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

 

 

EL GOLPE DE ESTADO CONTRA MIJAIL GORBACHOV HACE VEINTE AÑOS

 

¿Conocía Fidel Castro los planes del golpe militar contra Gorbachev en 1991?

 

Álvaro Alba*

 

El domingo 18 de agosto de 1991 finalizaron en La Habana los XI Juegos Panamericanos, pero a pesar de la diferencia de horario la noticia sobre el golpe de Estado en la URSS no se difundía al día siguiente en Cuba.

 

Al conocerse ya que Mijaíl Gorbachev había regresado a Moscú el 21 de agosto, las autoridades cubanas emitían una declaración afirmando que “no se ha hecho una declaración contra personalidad política alguna en la URSS, independientemente de sus posiciones y militancia”.

 

La posición de crítica fuerte y condena asumida por los presidentes de Francia y Estados Unidos, el premier del Reino Unido y el canciller alemán, contrastaban con la de quien se mantenía en el poder por el apoyo y el suministro de la URSS.

 

En el preámbulo de la Constitución de Cuba por más de 15 años se expresó claramente la “inquebrantable amistad de la URSS y Cuba”, un acápite que desapareció después que dejó de existir la Unión Soviética. Pero en el momento del golpe esta “amistad” se reflejaba explícita y constitucionalmente. Era deber moral de los cubanos, según la Constitución de su país, defender a los soviéticos ante la ruptura del orden institucional.

 

Basta echar un vistazo a la lista de los principales golpistas para identificar sus contactos continuos con La Habana. El ex ministro de Defensa de la URSS, Dimitri T. Yazov, era uno de los jóvenes oficiales soviéticos que cumplían misión militar nuclear al frente de un batallón en Cuba en los días de la Crisis del Caribe, en octubre de 1962. El intercambio de visitas militares mutuas aumentó en los meses previos al golpe de Estado de manera alarmante. La capital soviética fue visitada por el Coronel Alfonso Borges, jefe de la Dirección Política del Ministerio de las Fuerzas Armadas de Cuba (MINFAR) y fue recibido por el ministro Yazov.

 

Jerarcas rusos llegan a La Habana

 

En octubre de 1990, después de un viaje a los Estados Unidos, arribó a La Habana el jefe del Estado Mayor del Ejercito Soviético, Mijail A. Moiseev, mientras que en Cuba se encontraba un huésped frecuente de Castro, el ex ministro de Defensa soviético Serguei L. Sokolov. El mariscal Sokolov fue removido del cargo por orden expresa de Gorbachev en mayo de 1987, después del aterrizaje de Matias Rust en la Plaza Roja.

 

El general Moiseev recibió la Orden de la Solidaridad en La Habana en el 2009. El Mariscal Serguei F. Ajromeev, quien se suicidó días después del golpe, no perdía ocasión para afirmar en la prensa soviética que no existían tropas soviéticas en Cuba, y se negaba a juzgar lo que sucedía en la isla cuando era inquirido entonces por los periodistas en su calidad de asesor militar de Gorbachev.

 

El jefe del KGB, Vladimir A. Kriushkov, visitó Cuba desde el 27 de mayo hasta el 1 de junio de 1991. Seis días en total, algo inusual para el jefe de los servicios secretos de una de las superpotencias de aquel momento. Como jefe de la dirección de análisis del KGB fungía el general Nikolai S. Leonov, amigo de Raúl Castro desde mayo de 1953 y uno de los más férreos críticos de la perestroika. De enero a agosto de 1991 se encargó de elaborar todos los reportes analíticos para la dirección del KGB.

 

Otro que hacía gala de presencia en la capital cubana en mayo de 1990 era Oleg D. Baklanov, vice jefe del Consejo de Defensa Nacional de la URSS, encargado del complejo militar-industrial. Baklanov viajó a La Habana invitado nada menos que por Juan Escalona, Presidente de la Asamblea Nacional y fiscal de la causa 1/89. El propio Fidel Castro recibía a este miembro del Secretariado del PCUS y al regreso a Moscú hacía hincapié en la prensa soviética sobre la “necesidad defensiva” de Cuba como “bastión del socialismo”, por lo que necesitaba de la “imprescindible ayuda militar” de la URSS.

 

En noviembre de 1990, Oleg S. Shenin, otro de los miembros del GKChP (Comité Estatal de Situación de Emergencia), visitaba en calidad de miembro del Politburó a Cuba. Al regresar a Moscú diría que “publicaciones destructivas introducen elementos desagradables en nuestras relaciones, las afectan”. Desde el Departamento Ideológico del PCUS, encabezado por Alexander S. Kapto, ex embajador de la URSS en La Habana (también Orden de la Solidaridad), se emitía la orden de cerrar el semanario Novedades de Moscú, en agosto de 1991, Entre las faltas que se le imputaba a la publicación moscovita estaba el haber afectado las relaciones de la Unión Soviética con Cuba.

 

Después de las visitas que se efectuaron en 1990, Fidel Castro afirmó en la prensa española en diciembre: “No creo que sea irreversible el proceso político empezado por Gorbachev… por ahora no está dicha la última palabra sobre lo que está ocurriendo en la URSS”.

 

Una carta para Castro

 

Al comenzar el año 1991, Juan Escalona visitó la URSS. Su homólogo soviético Anatoli I. Lukianov lo recibió en Moscú y el periódico Pravda le dedicó una página entera para exponer las características del socialismo en Cuba. En junio de ese mismo año arribó a la capital soviética Carlos Aldana, miembro del Buró Político y entonces tercer hombre en la jerarquía partidista cubana. Aldana era recibido por Gorbachev, el canciller Alexander A. Besmertnij, pero en especial por el vicepresidente soviético Guenadi I. Yanaev, el hombre que asumiría el control de la URSS tras el golpe de Estado.

 

Fue durante esa visita que Yanaev aprovechó para enviarle una carta a Castro.

 

Para el ex premier de la URSS, Valentín S. Pavlov, otro de los miembros del GKChP, la ayuda a La Habana tenía mayor prioridad que cualquier arreglo de desarme nuclear entre la URSS y los Estados Unidos. Cuba era un tema permanente en los encuentros de alto nivel entre el Kremlin y la Casa Blanca.

 

La cumbre Bush-Gorbachev, que terminó con la firma del acuerdo START I en julio-agosto de 1991, no fue la excepción. Al preguntarle los periodistas a Pavlov sobre la presencia en Cuba de tropas soviéticas y los bombarderos estratégicos TU-95 y M-4 que podían volar o permanecer en la isla, el dirigente respondió de manera tajante: “Nadie tiene derecho a inmiscuirse en nuestras relaciones con un país que ha sido nuestro amigo durante tantos años”.

 

Todo parece indicar que los planes de la cúpula golpista era utilizar la todavía apreciable influencia de Castro en América Latina y el Tercer Mundo  para legitimar el nuevo gobierno de facto. Hasta dónde estuvo involucrada la alta dirigencia cubana en el golpe contra Gorbachev es algo que los historiadores tienen todavía como asignatura pendiente.

 

*Periodista y analista político. Trabaja en la Oficina de Transmisiones para Cuba (OCB) en Miami.

 

 

Tres días de agosto que precipitaron el fin del Imperio Soviético

 

Un grupo de ocho altos funcionarios de la URSS, entre ellos el vicepresidente del Estado, el jefe del KGB, y el ministro de Defensa, puso en marcha un golpe para acabar con la "perestroika"

 

Pilar Bonet, El País

 

El intento de golpe de Estado que mantuvo en vilo al mundo durante tres días de agosto de 1991 se desdibuja y mitifica en la memoria de los participantes y testigos de aquellos sucesos que condenaron a muerte a la URSS (Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas), un Estado de 22.400 kilómetros cuadrados desde el Báltico hasta el Pacífico pasando por las montañas del Pamir. Pero aquellos acontecimientos que acabaron con el sistema comunista soviético no son aún historia, porque sus consecuencias se sienten hasta el día de hoy.

 

El fin de la URSS tuvo aspectos liberadores, pero también dramáticos. La falta de atención oficial por parte del Kremlin a este aniversario, indica que no es un tema del gusto de los dirigentes rusos, concentrados en proyectar imágenes positivas, enérgicas y juveniles de si mismos, inspiradas en los héroes de tiras cómicas y series de aventuras. El hundimiento de la Unión Soviética convirtió a millones de personas en emigrantes, refugiados, desplazados y extranjeros, las separó de sus familias y les obligó a elegir lealtades. En las biografías de los ciudadanos soviéticos, 1991 fue un corte radical, que abrió posibilidades de inmenso enriquecimiento para unos y condenó a otros a la miseria.

 

La disolución del Estado culminó en el acuerdo firmado el 8 de diciembre de 1991 por los líderes de tres repúblicas eslavas (Ucrania, Bielorrusia y Rusia). Suele decirse que aquella solución radical, negociada en los bosques bielorrusos, evitó un derramamiento de sangre como el de Yugoslavia durante su desintegración. Aún así, miles de personas murieron en conflictos que se gestaban en 1991, como el de Chechenia. En el espacio ex soviético existen aún cuatro territorios problemáticos (El Alto-Karabaj, Transdnistria, Abjazia y Osetia del Sur), que no encuentran formas estables y legítimas de integración en la comunidad internacional.

 

El 19 de agosto de 1991, un grupo de ocho altos funcionarios de la URSS, entre ellos el vicepresidente del Estado, Guennadi Yanáiev y el jefe del KGB, Vladímir Kriuchkov, el ministro de Defensa, Dmitri Yázov, y el de Interior, Boris Pugo, además de veteranos líderes en la gestión de la industria pesada y militar y de la agricultura, anunciaron que habían constituido un Comité Estatal de Situaciones de Emergencia (GKCHP, en sus siglas rusas) para "evitar el caos", estabilizar la economía y acabar con la "perestroika".

 

Contra el Tratado de la Unión

 

Un día antes, los golpistas visitaron al presidente de la URSS y secretario general del Partido Comunista de la URSS (PCUS), Mijaíl Gorbachov, que estaba concluyendo su veraneo en una dacha de Forós, en Crimea, y trataron de convencerlo para que les ayudara a restablecer el orden que ellos veían amenazado. Les preocupaba sobre todo el Tratado de la Unión (TU), un documento que Gorbachov, el presidente de Rusia, Borís Yeltsin, y los líderes de varias otras repúblicas soviéticas debían firmar en Moscú el 20 de agosto. Gorbachov esperaba que aquel documento sirviera para renovar la URSS y garantizara la convivencia de los territorios que todavía querían formar parte de un solo Estado.

 

Es difícil saber si el TU hubiera salvado a la URSS en crisis, pero el jueves en Moscú, el ex presidente de Kirguizia, Askar Akáyev, elogiaba aquel tratado por su "carácter confederativo" que sólo dejaba al centro soviético las competencias de defensa, política exterior y emisión de moneda, transfiriendo el resto a las repúblicas. El TU, trabajosamente negociado, era respaldado por parlamento de la URSS, pero tenía potentes adversarios en los sectores liberales radicales afines a Yeltsin, convencidos de que el documento se quedaba corto, y también entre los sectores tradicionalistas y centralistas del PCUS.

 

Los altos funcionarios que organizaron el golpe opinaban que la firma del TU suponía la disolución del Estado soviético. Sin lograr convencer a Gorbachov, los "gekachepistas" abandonaron Crimea, dejando al líder de la segunda potencia nuclear del mundo incomunicado a la orilla del mar Negro. El 19, de madrugada, hicieron público su primer comunicado, por el cual el vicepresidente Yanáev tomaba el poder alegando que Gorbachov estaba enfermo. Dirigiéndose al "pueblo soviético", anunciaron un toque de queda, la suspensión de los partidos que se opusieran a sus directivas y la prohibición de los medios de comunicación excepto ocho diarios leales.

 

La televisión, aquella mañana, trasmitía el ballet "El Lago de los Cisnes" de Piotr Chaikovski. Kriuchkov había preparado una lista de personajes socialmente activos que debían ser detenidos, pero ni estas instrucciones ni muchas otras del GKCHP se llevaron a cabo de forma consistente. El gran error de los golpistas fue no haber detenido a Yeltsin, quien había sido elegido presidente de Rusia el 12 de julio anterior en las primeras elecciones democráticas en su género que se celebraban en la mayor de las 15 repúblicas soviéticas federadas.

 

En la directiva del PCUS, la estructura que monopolizaba el poder en la URSS, Yeltsin venía desafiando a Gorbachov desde 1987, cuando criticó duramente en público el ritmo a su juicio lento de la "perestroika", nombre con el que se conocía el proceso de reformas lanzado por el secretario General. Enérgico y populista, Yeltsin se posicionó como alternativa a Gorbachov en Rusia y su importancia fue creciendo a medida que se acumulaban las dificultades económicas. Gorbachov dijo haberse dado cuenta de la gravedad de los problemas que amenazaban a la URSS en el otoño de 1990, cuando se debatía el presupuesto del Estado. Ninguna república quería contribuir a él y aquella realidad financiera fue para él más elocuente que los disturbios nacionalistas de aquellos años, desde Kazajstán en el 86, al Báltico en el 91.

 

La reafirmación de Yeltsin

 

En continua lucha por arrebatarle competencias al centro federal, Yeltsin aprovechó el golpe para afirmarse sobre Gorbachov. En la madrugada del 19 de agosto, el presidente ruso había llegado de Almatí, la capital de la república soviética de Kazajistán, donde Nursultán Nazarbáyev, el máximo dirigente local, lo había retenido para agasajarlo durante unas horas tras el programa oficial. Los primeros políticos rusos y también los primeros carros blindados comenzaron a aparecer en la Casa Blanca, el edificio que entonces era la sede del parlamento ruso, cuando Yeltsin estaba aún en su residencia de Arjángelskoe, en los alrededores de Moscú.

 

Poco después del medio día, el líder ruso se subió a uno de los carros apostados junto a la sede del Parlamento y leyó el llamamiento a los "ciudadanos de Rusia". Yeltsin exhortó a la desobediencia civil a los golpistas, exigió el retorno de Gorbachov y la convocatoria de un congreso extraordinario del Congreso de los Diputados Populares de la URSS (el superparlamento soviético).

 

El ruso se convirtió así en el símbolo de la resistencia al golpe, coordinada desde la Casa Blanca. En el interior de este edificio, los diputados llamaban por teléfono a provincias, les dictaban las disposiciones del presidente ruso y se informaban sobre la situación local. Lejos de Moscú, muchos trataron de ganar tiempo hasta que quedara claro el desenlace de la crisis. En el campo internacional, los dirigentes de Irak, Libia, Yugoslavia y el palestino Yaser Arafat se apresuraron a felicitar a los golpistas, según contaba el jueves Guennadi Búrbulis, que fue secretario de Estado de la Federación Rusa.

 

En Moscú, grupos de diputados con experiencia o contactos militares iban a dialogar con los tanquistas, que estaban confusos sobre el carácter de su misión junto a la Casa Blanca (defender el edificio o prepararse para atacar), y sondeaban a los mandos en los cuarteles. El jefe de Gobierno soviético, Valentin Pávlov, uno de los golpistas, dijo posteriormente que Borís Yeltsin se había puesto en contacto con el jefe de las tropas de paracaidistas Pável Grachov para solicitarle el envío de tanques a la Casa Blanca. Sin preguntar a su jefe, el ministro de defensa Dmitri Yázov, Grachov envió tropas a Yeltsin, y en aquel contingente, que desapareció después con la misma facilidad con la que había salido a la calle, estaba el general Alexandr Lébed, que se distinguiría después por su expeditiva actitud en la región separatista del Transdniéster, en Moldavia.

 

Defensa popular del Parlamento

 

A lo largo del 19 de agosto, en torno a la sede del parlamento se fue concentrando gente, aunque no demasiada, comparado con los grandes mítines que por entonces sacaban a la calle a centenares de miles de personas. A las cinco de la tarde, los golpistas dieron una conferencia de prensa. En ella, las explicaciones y las manos temblorosas de Yanáev hicieron presentir que aquellos hombres no estaban en disposición de acabar con éxito la aventura que habían iniciado.

 

El 20 de agosto el número de "defensores de la Casa Blanca" había aumentado. Entre la masa de espontáneos reunidos en torno a la sede del parlamento había gentes tan distintas como el guerrillero checheno Shamil Basáiev, el embajador del Reino Unido en la URSS, cosacos, artistas, intelectuales y moscovitas de a pie. Muchos de ellos se integraron después en una organización que se llamó "Zhivoe Kolzó" (El Anillo Vivo).

 

La noche del 20 al 21 de agosto fue la más dramática de las tres que Yeltsin y sus seguidores pasaron en el parlamento ruso. Los resistentes temían que pudiera producirse un asalto. Entre los seguidores de Yeltsin se habían repartido armas. Algunos diputados, con la carabina al hombro, tomaban posiciones en los tejados de la Casa Blanca. Después de la medianoche, el vicepresidente de Rusia, general Alexandr Rutskoi, un aviador veterano de la guerra de Afganistán, exhortó por los altavoces a defender el edificio, pero poco después, Guennadi Búrbulis, por entonces muy próximo a Yeltsin, utilizó el mismo sistema de megafonía para afirmar la libertad de cada cual de hacer lo que creyera oportuno. Aquella madrugada, una mala maniobra de un tanque junto a una columna de manifestantes acabó con la vida de tres jóvenes en el cruce entre el anillo circular y la avenida Kalinin.

 

Kriuchkov se había paseado alrededor de la Casa Blanca en un coche con ventanas ahumadas y mantenía conversaciones telefónicas con Búrbulis y los yeltsinistas. Según Víctor Ivánenko, que dirigía el recién formado comité de seguridad del Estado de Rusia, Kriuchkov, considerado el cerebro del golpe, se dio por vencido en la madrugada del 21 de agosto y anunció a los atrincherados que podían dormir tranquilos. El KGB había movilizado al grupo antiterrorista "Alfa", pero no dio la orden definitiva de asalto, aunque sí hubo órdenes previas de avance, reconocimiento y desarrollo del plan de acción. Como otras instituciones del Estado, el KGB no era por entonces una unidad monolítica.

 

El rescate de Gorbachov

 

El 21 de agosto, en un pleno extraordinario del parlamento ruso se designó a una comisión especial dirigida por el vicepresidente Rutskói para ir a buscar a Gorbachov a Crimea. También los golpistas volaron de nuevo hacia allí. En la madrugada del 21 al 22 de agosto Gorbachov y su familia fueron conducidos en avión a la capital. El rostro desmejorado de Raisa, la esposa del presidente, revelaba el sufrimiento pasado. Vino después el gran mitin de la Casa Blanca en la mañana del 22 de agosto, la sensación de hermandad y de incomparable liberación. Por la noche, el rostro colectivo beatífico de los "vencedores" se había transformado en amenazador, cuando una multitud se dirigió a la sede del Comité Central del PCUS intentando romper sus ventanas y siguió después hasta la sede del KGB, en la plaza de la Lubianka, donde por la noche un camión se llevó la estatua de Félix Dzherzhinski, el fundador de los servicios secretos después de que la multitud intentara derribarlo con un lazo.

 

El 23 de agosto, en un verdadero espectáculo ante el parlamento ruso, Yeltsin puso en evidencia la erosión política irreversible que el golpe había supuesto para Gorbachov y para el PCUS. El analista Serguéi Parjómenko, que seguía los acontecimientos, opina que aquella humillación pública satisfacía los instintos de venganza personales de Yeltsin por las humillaciones que antes le había infligido Gorbachov. Al día siguiente, el líder de la URSS rompía su relación con aquella fuerza política donde había militado toda su vida adulta y renunciaba al cargo de secretario general. Gorbachóv pidió al Comité Central que se autodisolviera. La sede de este organismo en Moscú fue sellada, los periódicos comunistas, prohibidos y los últimos golpista, arrestados. Veinte años después, Gorbachov afirma con rotundidad que nunca, ni siquiera entonces, creyó poder formar un tándem eficaz con Yeltsin.

 

Las exposiciones fotográficas que se han celebrado este año con motivo del 80 aniversario de ambos líderes, -en el caso de Yeltsin "postmortem"-, reflejaron aquella animadversión. En ambas muestras documentales se ha evitado la imagen del "otro", como si las biografías de Gorbachov y la de Yeltsin fueran paralelas y ambos no se hubieran encontrado jamás. Al margen de las relaciones personales de ambos líderes, los yeltsinistas de primera hora buscan hoy el contacto con Gorbachov y reconocen los méritos de aquel político al que acusaron de indeciso y lento. Los que no se han convertido en rehenes del dinero y el poder se muestran desilusionados y hasta inquietos por las restricciones a las libertades democráticas impuestas por Vladímir Putin, el actual jefe de gobierno y ex presidente de Rusia. Búrbulis advertía el jueves que Rusia Unida, el partido mayoritario en el parlamento, podía seguir el rumbo del Partido Comunista de la URSS y que el peligro de desintegración de Rusia "existe" y es "más serio de lo que el régimen presupone con ligereza".

 

Amnistía para los golpistas

 

Veinte años después, Búrbulis reconoce que los golpistas de 1991 eran gentes que se guiaban "por sus propias convicciones y el sistema de valores formado a lo largo de su biografía". "Defendían su visión del mundo y su fe. Aquello era una guerra religiosa", señalaba. Víctima de aquella conmoción histórica fue el mariscal Serguéi Ajroméiev, el jefe del Estado Mayor, un veterano de la Segunda Guerra Mundial, que se suicidó dejando un amargo mensaje a su familia. Hubo también otros suicidios como el del ministro del Interior, Borís Pugo, y el de varios funcionarios comunistas responsables de las finanzas del partido.

 

Tras los sucesos de agosto, la Casa Blanca y sus alrededores, fueron bautizados como plaza de Rusia Libre, y durante un tiempo tuvieron un aura mágica. La magia se disipó en 1993, cuando el mismo paisaje fue escenario de una lucha fraticida entre los vencedores de 1991. La orden de Borís Yeltsin de cañonear el parlamento en octubre de 1993 fue un terrible trauma para el Estado que se acababa de liberarse del Imperio. Después, la Casa Blanca, que hoy es sede del gobierno ruso, fue protegida y aislada del exterior con una alta valla de hierro.

 

En febrero de 1994 fueron amnistiados los golpistas de 1991 y los dirigentes rusos que se habían enfrentado a Yeltsin en 1993, como el ex vicepresidente Rutskói y el ex jefe del Parlamento, Ruslán Jazbulátov. Con el tiempo, quienes se enfrentaron brutalmente entonces han podido comenzar un tímido diálogo. En 2010 representantes de los dos bandos enfrentados en 1993 se reunieron para celebrar el 20 aniversario de la constitución del primer parlamento democrático ruso en 1990. Lo hacían con timidez, con miedo a pronunciar palabras que reabrieran heridas, pero más sabios, más expertos y más tolerantes que hace dos décadas. Los veteranos de 1991 y 1993 se enorgullecían de haber sido elegidos limpia y honradamente en 1990 y sabían que en eso precisamente son superiores a los políticos rusos actuales, criaturas surgidas de elecciones manipuladas o producto de la designación a dedo.

 

 

Los tres días del golpe de Estado en la URSS

 

Álvaro Alba, Diario Las Américas

 

El lunes 19 de agosto, a las 3:30 de la mañana el presidente del KGB, Vladimir A. Kriushkov lanzó el veredicto – Se acabó la perestroika. Una hora más tarde dos divisiones de tanques y una de paracaidistas, dislocadas alrededor de Moscú, fueron puestas en estado de alerta. Antes que amaneciera ya la televisión central tenía en la pantalla el ballet “El Lago de los Cisnes”. La obra de Tchaikovski era sinónimo de tragedia. Se ordenó sacar al aire la programación como si hubiera fallecido un secretario general del partido. Desde las 6 de la mañana un locutor con mucha solemnidad, decía que Mijail S. Gorbachev estaba enfermo y el país era controlado por un Comité Estatal de Situación de Emergencia – GKChP, formado por el vicepresidente, el premier, el jefe del KGB, y los ministros de Defensa e Interior.

 

Al alba 4 mil soldados, más de 300 tanques y 400 carros de combates estaban en las calles de Moscú junto a los tranvías y trolebuses. Un día antes, desde la dacha en Crimea, Gorbachev se negó a firmar la declaración de la junta que echaba por tierra la perestroika, negándose a poner fin al glasnost. El primer arresto de ese lunes fue a las 8 de la mañana, un ex oficial del ejercito que exigía la despolitización de las fuerzas armadas. En varios puntos de Moscú comenzaron de forma espontánea a reunirse cientos de personas expresando indignación por la presencia de tanques en las calles, por el aislamiento de Gorbachev y el peligro de un retorno al pasado. Al saberse que Boris N. Yeltsin, presidente de Rusia estaba en la Casa Blanca (sede del gobierno y parlamento de la entonces República Socialista Federativa de Rusia) y que se negaba a aceptar las órdenes de la junta, la consigna en Moscú fue defender la Casa Blanca.

 

Al mediodía Yeltsin sobre uno de los tanques apostado frente al edificio gubernamental ruso pidió la huelga general, desobediencia y el retorno inmediato de Gorbachev a Moscú. Surgieron barricadas alrededor de la Casa Blanca y miles de moscovitas estuvieron tres días defendiendo la instalación. Ese día se implantó el toque de queda de 11 de la noche a 5 de la mañana. Vino la repulsa internacional a la detención del Premio Nóbel de la Paz de 1990. De parte de los conspiradores se manifestaron el líder libio Muamar Gadaffi, el mandatario yugoslavo Slobodan Milosevich, el entonces gobernante cubano Fidel Castro y el líder palestino Yasser Arafat.

 

El martes 20 se unen los correligionarios de Gorbachev con los de Yeltsin, Bush llama a Gorbachev y le expresa su solidaridad. Los golpistas planificaron ocupar por la fuerza la Casa Blanca a las 3 de la madrugada y prohíben la edición de los principales diarios soviéticos y ordenan el cierre de varias estaciones de televisión. El violonchelista Mtislav L. Rostropovich viajó a Moscú para tocar el instrumento en la escalinata de la Casa Blanca, expresando su apoyo a los demócratas.

 

En Leningrado los manifestantes en la Plaza Marinski exigían el retorno de Gorbachev a la capital y en Vladivostok, un submarino de la Flota del Pacífico abandonó la base y en alta mar quitó del mástil la bandera roja con la hoz y el martillo y levantó la bandera rusa de San Andrés, estandarte naval de la Rusia zarista, manifestando su apoyo a Yeltsin. Esas fueron excepciones. En Kiev, en Minsk o Bakú las autoridades esperaban el desarrollo de los acontecimientos; la pasividad dominaba el ambiente en las demás ciudades soviéticas.

 

Pasada la medianoche del miércoles 21 los carros de combate y los tanques intentan acercarse a la Casa Blanca, pero miles de moscovitas impiden el paso. Tres jóvenes rusos pusieron sus cuerpos para evitar que las tanquetas blindadas pasaran por el túnel de la avenida Nuevo Arbat hacia la Casa Blanca. Vladimir Usov, Dimitri A. Komar, e Ilia M. Krichevski fallecían en el empeño. El Patriarca de la Iglesia Ortodoxa Rusa amenazó con un anatema a los instigadores de una posible guerra civil, amenazó de poca influencia en unos complotados ateístas. La muerte de los jóvenes esa madrugada fue el punto de retorno, los militares abandonaron la capital y una delegación rusa viajaba a Crimea y retornaba con Gorbachev. El presidente soviético era otro hombre, traicionado por sus camaradas del partido comunista y rescatado por sus rivales políticos. El país era otro – la URSS estaba herida de muerte. Los soviéticos dejaron de serlo para sentirse rusos, ucranianos, georgianos, estonios, moldavos o lituanos.

 

 

Veinte años del golpe de Estado contra Gorbachov,

la estocada mortal a la Unión Soviética

 

Estefanía de Antonio, El Mundo

 

Hace 20 años los tanques del Ejército soviético invadieron la Plaza Roja de la capital rusa, los golpistas que se levantaron contra la perestroika de Mijaíl Gorbachov lograron lo contrario de lo que pretendían evitar: la desintegración de "un gigante con pies de arena"- como definía por aquel entonces el KGB  a la URSS- y el despertar de un pueblo que comenzó a soñar con el camino hacia una democracia que aún está a medio recorrer.

 

Pero, ¿fue el golpe de Estado la estocada mortal a la URSS o el gigante soviético era ya un cadáver político?

 

“Sin el golpe, la URSS probablemente también se habría desintegrado porque la secesión de las repúblicas bálticas era un hecho y ese proceso era imparable. El golpe de Estado lo acelera, la desaparición habría sido más lenta y quizás menos caótica, pero se habría producido igual por las propias condiciones económicas de un país que en la práctica era un estado fallido, inviable económicamente y al borde del derrumbe”, explica a RTVE.es la profesora de Relaciones Internacionales de Europa Central y Oriental de la Universidad Complutense de Madrid, María José Pérez del Pozo.

 

Los rumores de un golpe de Estado contra la URSS habían acompañado a Gorbachov durante todo el invierno y el 19 de agosto de 1991 el ruido de sables se materializó con la entrada de los tanques en Moscú y el anuncio de los golpistas a través de la televisión estatal de que el presidente no podía gobernar "por motivos de salud", y que por ello había sido creado un comité para el estado de emergencia.

 

"Bush me llamó. Su información provenía del alcalde de Moscú Gavril Popov. Pensé que era una estupidez jugarse el todo por el todo, pero lamentablemente resultaron ser estúpidos", ha comentado de los golpistas Gorbachov en una entrevista publicada esta semana en el diario oficial Rosiskaia Gazeta, en la que recuerda cómo su homólogo estadounidense le advirtió sobre una tentativa de golpe de Estado en su contra.

 

Bush me llamó para advertirme del golpe

 

El momento no podía ser mejor. Gorbachov se encontraba de vacaciones en Crimea, lo que alimentaba el vacío de poder, y el mundo miraba a Kuwait, destrozada por la guerra del Golfo. Los golpistas querían, además, impedir que el 20 de agosto se ratificara el Tratado de la Unión, al que definían como el “acta de defunción de la URSS” por contemplar la independencia de Estonia, Letonia y Lituania.

 

Gorbachov, el rehén de su perestroika

 

Sin embargo, el golpe no solo no triunfó sino que aceleró el proceso de desintegración de la Unión Soviética. “La sublevación no consiguió el apoyo de militares de alta graduación ni en Rusia ni en las repúblicas. Los golpistas constituían un grupo muy heterogéneo que estaba descontento con el proceso de reformas políticas y económicas aperturistas que había iniciado Gorbachov, pero cada uno tenía sus propios objetivos y por eso fracasa. El golpe llevaba tanto tiempo gestándose que al final se desgastaron los apoyos”, explica Pérez del Pozo.

 

"El golpe fue el último clavo en el ataúd de la Unión Soviética", opina en una entrevista con la agencia Reuters, Anton Fedyashin, historiador especialista en Rusia de la Universidad Americana de Washington. "Mirando atrás, fue uno de los ejemplos más sorprendentes de sucesos históricos donde el resultado conseguido es exactamente lo contrario de lo que los autores se proponían hacer. Fue un catalizador histórico para el final de la Unión Soviética".

 

Entre los implicados en el golpe estaban el vicepresidente soviético, Gennady Yanayev, el jefe de los servicios de inteligencia del KGB, Vladimir Krychkov, el primer ministro, Valentin Pavlov, y los ministros de Defensa e Interior, entre otros. Todos eran miembros del Consejo de Seguridad y los hombres de confianza del presidente Gorbachov, quien más tarde les tacharía de "traidores".

 

El golpe fue el último clavo en el ataúd de la Unión Soviética

 

“Gorbachov no tenía claro el horizonte de sus reformas. Fue rehén de su proceso de transformación, de su perestroika. Sus intentos de aunar a las facciones más conservadoras y progresistas del partido le pasaron factura”, señala la profesora de Relaciones Internacionales de la UCM.

 

El resurgir de Boris Yeltsin

 

El hundimiento de Gorbachov transcurrió paralelo al resurgir de un Boris Yeltsin, entonces presidente de la República Socialista Federativa Soviética rusa, que, encaramado a un tanque, encabezó la rebelión al golpe con el apoyo de miles de moscovitas y unidades militares.

 

“El golpe supuso el fin de la era Gorbachov y el renacimiento de Yeltsin, que fue muy oportunista y que supo utilizar muy bien su discurso demagógico y populista para catapultar el sentimiento de la opinión pública contra los golpistas y erigirse en salvador de Rusia”, considera Pérez del Pozo. “En esos tres días Yeltsin enseña la cara de lo que va a ser después su administración, un reflejo de su propia personalidad caótica, impulsiva y casi bipolar”.

 

Gorbachov ha reconocido el “papel decisivo” de Yeltsin y también ha elogiado el coraje del pueblo ruso. “Lo importante era evitar un derramamiento de sangre. Podía estallar una guerra civil. Éramos una potencia con armas nucleares”, ha señalado el exdirigente soviético en una rueda de prensa esta semana.

 

Las inciertas horas que transcurrieron entre el 19 y el 21 de agosto dejaron tan solo un choque entre soldados y manifestantes que acabó con tres muertos, los únicos de este histórico acontecimiento.

 

Nostalgia postsoviética

 

Milena Orlova fue una de las miles de moscovitas que no se lo pensó dos veces cuando oyó que los tanques habían tomado Moscú. “No pensé en el peligro. Era joven y loca. Estaba ocurriendo una revolución y yo quería formar parte de ella”, explica a la agencia Reuters Orlova, que era entonces una joven estudiante de Arte de 23 años.

 

“Resistimos porque pensamos que era la última esperanza que teníamos. Ninguno de nosotros quería volver a la forma de vida soviética”, asegura.

 

Sin embargo, fue más el temor a un rebelión cruenta lo que movilizó a la gente que el desacuerdo con las ideas de los golpistas, ya que muchos de los que se congregaron junto a Yeltsin en la sede del Parlamento ruso no se imaginaron entonces que, tras el fallido golpe de Estado, la URSS desaparecería en tan solo cuatro meses.

 

Yo nací en un país que ya no existe

 

“No hay apasionamiento por parte de la opinión pública, ni participación activa de la sociedad, tan solo una movilización instigada por Yeltsin. No sabían lo que se estaban jugando”, considera Pérez del Pozo.

 

Veinte años después, Rusia conmemora estos días la fracasada asonada golpista con sentimientos encontrados. Según las encuestas, más de la mitad de los rusos sigue lamentando la desintegración de la URSS, calificada por el primer ministro ruso, Vladimir Putin, como la "mayor catástrofe geopolítica del siglo XX".

 

Algunos, la mayoría rusos que vivieron bajo el régimen soviético, añoran la estabilidad y certidumbre de los tiempos comunistas y es fácil escucharles decir aquello de "yo nací en un país que ya no existe".

 

Sueños de democracia por cumplir

 

Otros, en cambio, apenas recuerdan el nombre de los golpistas y dudan hasta del significado del golpe, aunque los historiadores coinciden en que la sublevación sirvió para demostrar que los rusos habían perdido el miedo al partido y a las estructuras de poder en las que se basaba en el sistema soviético.

 

Pero el sentimiento más extendido entre los jóvenes rusos de hoy es que la sublevación fue una oportunidad perdida para reformar el país, que comenzó entonces una tímida andadura hacia la democracia de la mano de Yeltsin, que tropezó con la guerra chechena y la corrupción y que hoy se ha topado con el todepoderoso e imperialista Putin.

 

"Rusia vive todavía en una imitación de la democracia", opina Olga Kryshtanovskaya, directora del Centro de las Élites en la Academia rusa del Instituto de Ciencias Sociológicas. "La gente siente que no importa a quién voten, si Putin se va, vendrá alguien parecido a él. Están resignados a ello porque piensan que así ha sido el estado ruso durante siglos y que no va a cambiar".

 

"Algunos de nuestros sueños se han realizado. Podemos viajar al extranjero, a algunos amigos les ha ido bien y los artistas hemos probado el sabor de la libertad. Pero la democracia ha ido en retroceso. Pensé que a estas alturas habríamos alcanzado más", señala Orlova, una de las miles de moscovitas que  aquel 19 de agosto de 1991 se puso delante de un tanque para defender su país, pero que hoy, 20 años después, reconoce que ni siquiera acude a las urnas a votar.