Cubanálisis El Think-Tank

ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

 

EL DRAGÓN ROJO DEL PACÍFICO

 

Por Juan F. Benemelis, Miami

 

 

I

 

Desde el colapso de la antigua Unión Soviética, la prensa de Occidente y las organizaciones internacionales han identificado a China como uno de los peores violadores de los derechos humanos y han instado a los gobiernos de Occidente y a la comunidad empresarial a utilizar su influencia económica, incluyendo las sanciones comerciales, para que Beijín mejore su expediente en este aspecto.

 

En efecto, la realidad política y social en China es más compleja que lo proyectado por la prensa, que describe amplias campañas de terror realizadas con el beneplácito del Estado, en contra de la disensión política. Es cierto que el gobierno ha emprendido periódicamente medidas más enérgicas contra personas cuidadosamente seleccionadas, tales como los dirigentes disidentes prominentes que procuran formar coaliciones con los trabajadores desafectos de las empresas estatales. Sin embargo, no puede negarse que los efectos liberalizadores de las fuerzas del mercado sobre el sistema político se manifiestan más claramente en las siguientes áreas clave. La “lección” de la represión de Tiananmen dejó claro que el régimen nunca va a tolerar un desafío político, ni una exigencia compulsiva, por tanto la ampliación de la esfera de democratización puede derivar de la exigencia por esenciales derechos y libertades para la emergente clase media.

 

Sin llegar a la democratización reclamada en la plaza de Tiananmen por los estudiantes, el comunismo chino se ha visto forzado a dar un pequeño paso con la aprobación de un cambio constitucional por el cual establece la protección bajo la ley de la propiedad privada. El país no está a favor de una ideología, pese al control del Partido Comunista, sino por lo que funciona y convenga. Pero es importante no subestimar la fuerza destructiva de esta onda de fondo, en un país tradicionalmente sujeto al gobierno absoluto de mandarines y al recién del Partido Comunista. Sus empresarios son los primeros en solicitar leyes comerciales modernas y cortes imparciales.

 

No existe gran diferencia entre un gobierno abiertamente autoritario, como el de China, pero que está evolucionando hacia una mejor liberalización y la hipocresía de un gobierno que manipule hábilmente los rituales de la democracia pero mantiene desigualdades sociales extremas para beneficio de una oligarquía corrupta, como en Arabia Saudita, la India, Filipinas o Azerbaiyán. Es de esperar que tome al menos una generación para que se implementen las estructuras y las tradiciones legales que a Occidente le tomó siglos desarrollar. Y quizás las mismas se organicen en instituciones no conocidas por Occidente.

 

La renuncia de Jiang Zemín como jefe de las Fuerzas Armadas chinas dejó a su sucesor Hu Jintao como el nuevo “hombre fuerte” de la política de este país asiático, con una transferencia de poder más ordenada y pacífica que la sucedida tras la muerte de Mao Zedong. Esta forma de cambio de poder refleja la estabilidad de la política china y del poder de su Partido Comunista.

 

Con 61 años, Hu Jintao se hizo cargo de la triada del poder político, militar y civil y su ascenso reveló también un cambio generacional con respecto a sus antecesores, hecho que se confirmó con el abandono del puesto de Jiang Zemín, con 78 años. La mano de Jian Zemín fue claramente visible detrás de la intransigencia de Beijín ante el impulso democratizador de Hong-Kong. En la ex colonia británica, el homenaje a las víctimas de Tiananmen se confunde con la reclamación de más democracia para el territorio. Si los acuerdos entre China y el Reino Unido para la entrega del territorio dieron como fruto la posibilidad de democratizar paulatinamente la Región Administrativa Especial en la que Hong-Kong se convirtió en 1997, Beijín ha dado la espalda a la primera oportunidad.

 

Hu Jintao representó a la cuarta generación de líderes del Partido, desde el triunfo de la revolución en 1949 y afrontó como responsabilidad principal la transformación de una sociedad dinámica en plena fase de transición. Si bien la transferencia del poder se efectuó de manera ordenada y pacífica, existieron fuertes diferencias entre ambos personajes, representando Hu Jintao el ala neo-liberal del PCCh, decidida a solucionar el grave problema de la corrupción, del desarrollo rural y buscando un discurso nacionalista que le permitiera sustituir al marxismo como la legitimidad ideológica.

 

En la política exterior, Hu Jintao afronta escenarios candentes con la crisis nuclear en Corea del norte, el síndrome de Taiwán y Hong-Kong, además de las relaciones con Washington, un punto importante para dirimir los cambios geo-políticos mundiales del siglo XXI. Pero no existe la intención de autorizar al Jefe Ejecutivo de Hong-Kong ni a su parlamento, que sean elegidos por sufragio universal en las próximas convocatorias de 2007 y 2008 tal como la constitución del territorio permite. La democratización será inevitable en una economía cada día más desarrollada, pero Beijín no quiere que nadie le marque el ritmo de tal apertura política, ni siquiera en su ciudad más avanzada, Hong-Kong.

 

 

II

 

Las reformas garantizaron la súper vivencia del régimen comunista chino a diferencia de las que llevó a cabo la ex URSS que probó la rápida desintegración del modelo en 1989-1990. Lo curioso es que ambos regímenes establecieron una liberalización relativa de economía con el fin de ganar en competitividad y productividad. Se concedió cierta autonomía empresarial y se permitió la propiedad privada de ciertos medios de producción. El mercado fue reemplazando el papel del Estado como apropiador y redistribuidor de bienes y la mano de obra fue liberada para servir las necesidades de las empresas.

 

Entonces ¿cual fue la gran diferencia entre China y la Unión Soviética? El contraste se dio en un plano esencialmente político. En la URSS Gorbachev lanzó la glasnost que buscaba la liberalización política, la garantía de la libertad de expresión y el libre acceso a la información estatal. Pero las reformas económicas de Gorbachev no fueron abrazadas por la nomenclatura partidaria. Mientras que tanto Jruschev como Gorbachev atacaron brutalmente a Stalin para legitimar las reformas, en China los reformistas implantaron los cambios a nombre del mismísimo Mao Zedong. En China, hubo perestroika pero no glasnost. Allí la dimensión política se endureció ante la crisis que provocaban las reformas del modelo. Y es que con la revolución cultural, el culto al jefe y la intolerancia por parte de las autoridades se habían incrustado en la psiquis del poder.

 

El pueblo se encontraba subyugado mientras que los pueblos soviéticos tuvieron la posibilidad de expresar su descontento, beneficiándose además de su contacto casi directo con los pueblos occidentales. Berlín occidental, por ejemplo, actuaba como vitrina del mundo capitalista para toda la Europa del este. Este elemento ligado a la glasnost potenció la inestabilidad y las ansias de mejorar las condiciones materiales y políticas.

 

El Partido Comunista perdió su estatura moral y su legitimidad deriva del hecho de que ha creado prosperidad. Cada vez más su gobierno se integra con un alto número de empresarios y no de políticos: el jefe de Estado, Tungchi Hua, es un exitoso magnate naviero; y buena parte de los legisladores y miembros del gabinete son empresarios y hombres de negocios. Cuando esta se reduzca o desaparezca, el Partido no puede recurrir a la legitimidad inherente.

 

Sesenta años después de la revolución de Mao, el país más poblado del planeta se halla envuelta en otra gigantesca transformación, aunque esta vez el cambio es tecnológico y de información. En 2002, China atrajo más de US$ 52 mil millones en inversión extranjera directa, superando incluso a Estados Unidos, con un creciente desplazamiento de actividades manufactureras impulsadas por el ingreso del país a la OMC, convirtiendo al sector externo como uno de los principales motores del crecimiento económico.

 

China no es socialmente similar ni a Japón ni a Corea del Sur; es una nación dividida y con gran diversidad. El camino del mono-partidismo con economía de mercado sólo se mantiene con una represión política masiva. Por eso, su resultado final será, por lo tanto, una crisis política profunda. El Ejército y las diversas fuerzas de seguridad tienen una enorme presencia y el gobierno la utiliza de manera agresiva. El ejército expande sus actividades y ya es un monstruoso aparato económico de más de 20,000 empresas con una facturación anual equivalente a 6,000 millones de dólares. Este Estado dentro del Estado se dedica al tráfico internacional de armas, al contrabando, opera cadenas hoteleras y lugares bailables y mantiene una amplia gama de otras actividades económicas, tanto legales como ilegales" (International Herald Tribune: 21/2/92).

 

El ala ortodoxa del PCCh se queja de que se han abandonado los principios comunistas y la base social, y busca el apoyo de los campesinos que se han beneficiado poco del boom y están resentidos con la prosperidad de las regiones costeras. Los intereses del PCCh y del ejército en las provincias difieren con los del gobierno central. El sur abrazado al proceso financiero del área costera busca la prolongación del estallido económico a toda costa y a todo costo. Habría que analizar el ejemplo de Mao, el cual abandonó el sur abierto al mercado internacional y marchó hacia el norte aislado, reclutó allí un ejército de campesinos y lo lanzó al sur eliminando a la clase media y la burguesía, para luego clausurar las fronteras (Friedman, 2006).

 

Las regiones, no integradas al sistema financiero internacional exigen más moderación y piden a gritos que se extienda la ola de inversiones hacia el interior. Así, el gobierno central en Beijín sostiene dos caballos que corren en dirección opuesta. Es por eso que surgen dos modelos geopolíticos plausibles: el regreso a alguna forma de maoísmo geopolítico, de aislamiento, un tipo de dictadura desde Beijín, bajo la cual los problemas económicos se manejarían sin ambigüedad o aceptar una división entre las regiones de la costa y las del interior, con la debilidad de la autoridad central y un período inestable de intenso regionalismo.

 

 

III

 

 

¿Qué queda del comunismo cuando el capitalismo todo lo invade, cuando Shangai se ha convertido en una megalópolis en continua expansión, en el principal centro comercial y financiero con 16 millones de habitantes y enormes rascacielos? La explosión capitalista en urbes como Shangai y Beijín las ha convertido en el centro de los grandes negocios y del consumo de tecnología. No sólo el país es actualmente el mayor productor mundial de celulares, computadores y cámaras, un super-poder tecnológico, sino que se está convirtiendo en un consumidor tecnológico. Con más de 380 millones de celulares es el mayor mercado de telefonía móvil del mundo y con 100 millones de usuarios de la Internet, ocupa el segundo lugar después de Estados Unidos. Según expresó Dorothy Yang, directora de investigación en IDC Análisis, a la BBC "entre el 70% y el 80% de los usuarios de Internet tienen banda ancha".

 

En la industria, se incrementa la productividad, se reajusta la producción a favor de la industria ligera, promoviéndose la adquisición masiva de tecnología occidental para modernizar el obsoleto aparato productivo. Sus ejecutivos se han propuesto convertir al país en un gigante automovilístico y para tales efectos se apresta a construir una tupida red de 65,000 kilómetros de autopistas para el año 2010, a un ingente costo de 20,000 millones de dólares y que conectara a las principales ciudades y zonas remotas (Poch, 2006). El número de automóviles está aumentando a razón de un 40% anual, y la fábrica First Automotive Works, busca quintuplicar su producción con lo que se elevaría considerablemente la demanda de petróleo, redundando en la subida de los precios del barril.

 

No se discute que el país crece a un ritmo frenético con su mano de obra barata y duras condiciones de trabajo, así como inmensas zonas que viven en el atraso. El gobierno anima a los jóvenes a ir a trabajar a Zhenzhen y muchos miles de personas han encontrado un trabajo, pero la explotación laboral es la de un capitalismo primitivo con jornadas de once o más horas, condiciones de trabajo penosas y representación sindical nula, además de carencia de seguros médicos y graves accidentes debido a las largas jornadas de trabajo.

 

La China de Mao con su “larga marcha” y su “revolución cultural” desaparece en la nueva modernidad de la globalización, del dinero, del lujo y del esnobismo que han sido tradicionales en esta cultura y que con lujo de detalles narró Marco Polo, el cual se quedó maravillado en sus viajes por la invención del papel moneda y extasiado por el amor al lujo de la corte del gran Kubilai Khan.

 

Lo que se manifiesta constantemente y puede decirse que aqueja a la República Popular China desde sus inicios e incluso desde casi los orígenes y fundación del Partido Comunista en 1922, es la falta de participación en la vida política del país del movimiento de masas y del movimiento obrero, con sus organizaciones independientes (Marconi, 2001). La China de Hu Jintao se mostrará atractiva para un Occidente que percibe cómo el sistema maoísta va quedando en el pasado y la manera que el “modelo chino” consolida al gigante asiático como la cuarta economía mundial, con aspiraciones de tener voz política en el escenario internacional.

 

Aún persisten dentro del Partido varias corrientes como la ortodoxa y la maoísta, las cuales fueron responsables directas de la represión que tuvo lugar en Tiananmen en 1989. Asimismo existe una vertiente que se acerca a las posiciones de la social-democracia europea, y a los nacionalistas, por el momento débil. Estos últimos invocan la aplicación del llamado “modelo taiwanés” de un capitalismo abierto y la implementación de las reformas políticas. Tanto los nacionalistas como los social-demócratas piden que el ejército transfiera su lealtad del Partido al Estado y que, a la vez, se separen las funciones políticas de las administrativas.

 

En una lenta pero esperanzadora línea reformista, alcanzaron el poder Hu Jintao, el presidente de la República Popular y secretario general del Partido Comunista y Wen Jibao, primer ministro. En ambos no se incuba la democracia política, pero sí a tener en cuenta la voluntad popular. Por el momento, la dirigencia china se ha visto obligada a congelar su acercamiento a una clase media, que reclama más justicia y libertades ante la presión del anterior líder chino, el ex presidente y ex secretario general Jian Zemín. El PCCh de Hu Jintao se envolvió en un constante forcejeo entre las fuerzas y corrientes internas, siendo la más fuerte la considerada como “liberal” y de la cual el mismo Jintao sería la cabeza visible.

 

 

 

IV

 

 

China ha sacado de la pobreza extrema, durante el último cuarto de siglo, a la mitad de su población. En 1978 más del 60% vivía con menos de un dólar al día, cifra que en la actualidad se ha reducido a un 10% (Bregolat, 2006). Pese a los enormes logros, las tres transiciones acometidas por China (del plan al mercado, de la economía rural a la urbana, de la autarquía a la globalización) han generado un cúmulo de problemas: en la agricultura, especialmente en las provincias del centro y el oeste; en las empresas aún estatales; en la banca estatal y las finanzas públicas; con el paro; el envejecimiento de la población; las crecientes diferencias de renta personales y regionales, etcétera (Idem).

 

Pero la vía China al desarrollo (capitalismo y totalitarismo estatal) incluye una elevada represión contra los intelectuales, los periodistas y los usuarios de la Internet. Las inversiones extranjeras con su tecnología son bienvenidas mientras sostienen los privilegios de la tecno-burocracia y no atentan contra el basamento del poder, el Partido Comunista. China, hoy abierta económicamente al mundo, mantiene una extrema rigidez política, una contradicción que con el desarrollo hallará su momento de clímax.

 

Las incompatibilidades institucionales entre la planificación estatal y el mercado todavía perduran, especialmente en el sector financiero. Los verdaderos mercados de capitales dependen de los derechos de propiedad privada y los líderes chinos no están interesados en sancionar dichos derechos por temor a perder el ejercicio político. Pero esta clase gobernante encara un aprieto serio a saber, la necesidad de una reforma política fundamental para crear un gobierno limitado bajo un Estado de derecho y poner fin al régimen autoritario del Partido Comunista.

 

Deng abrió paso a la restauración de la propiedad privada y a la incorporación de China al sistema económico internacional, algo que permitió un nuevo equilibrio e impulso económico a la economía mundial. China se levanta como la nueva potencia asiática, que viene a llenar el vacío dejado por un aletargado Japón, y que ayudará a dinamizar al resto de la región. Con una población que bordea los 1,300 millones de habitantes, un 21% de la población mundial, un ingreso nacional bruto superior a US$1,1 trillones y una tasa de crecimiento del PIB que anualmente supera el 7,6% promedio anual, se perfila como un país que junto a Japón y Estados Unidos dominaran la economía mundial en un futuro no muy distante.

 

Según el relato de un periodista occidental la transformación es evidente: “Me dijeron que muchos ex graduados están regresando a China debido a las nuevas oportunidades económicas. Con Beijing siendo anfitriona de los juegos Olímpicos en el año 2008 y Shangai a la cabeza de la competencia para la siguiente Feria Mundial en el 2010, las oportunidades para los jóvenes Chinos que hablan inglés serán tremendas. Los jóvenes se hallan a la vanguardia de esta revolución. Se están acostumbrando a los estándares Americanos. Los nuevos rascacielos están hechos de vidrio, mármol y cromo. El neón es el rey, con enormes caracteres Chinos y los nombres de marcas Americanas como Motorola brillando en lo más alto y a los lados de los relucientes edificios de oficinas. Enormes y altísimos edificios de apartamentos están brotando como hongos por toda esta ciudad de unos 10 millones de habitantes” (Blumenfeld, 2002).De acuerdo con Kao Sihuan, uno de los principales proponentes de la reforma política y la privatización en China, "Si el sistema político actual no es reformado y convertido en un sistema político civilizado (es decir, uno en el cual los ciudadanos son soberanos), es enteramente posible que tragedias como la Revolución Cultural tomen lugar nuevamente". Kao brinda un mapa para la reforma en su nuevo libro, El ABC de la Civilización Política.

 

Si el “discurso orwelliano” fue penetrante desde la Revolución Cultural hasta el socialismo de mercado, lo que ahora resalta es una evolución económica cada vez más profunda hacia el capitalismo, donde ya se ha reconocido la inviolabilidad de la propiedad privada y la posibilidad paradójica de que los capitalistas sean parte del “Partido Comunista”. Las reformas han generado una larga etapa de impresionante crecimiento económico bajo esquemas que nada tienen que ver con la utopía que quiso implantar Mao. El criticismo y la discusión abierta son una amenaza para el monopolio del PC que por eso restringe el pensamiento independiente y la libertad de expresión, especialmente en el campo político.

 

Queda, sin embargo, como lo fue desde 1949, el control casi total de la vida política y social por el Partido Comunista, sí bien estamos ante una estructura claramente burocratizada con muy poca referencia al pensamiento comunista. Pero el PCCh ejerce su control sobre el Estado, las Fuerzas Armadas y el aparato de seguridad. Si bien es cierto que la represión ha disminuido cuantitativamente todavía permanecen muchas áreas oscuras y mucho silencio compartido.

 

La imagen de China es la de un torbellino de cambios, alimentados por un anhelo irresistible de las ventajas materiales del tiempo moderno. Esta verdadera explosión en la iniciativa privada, con su transformación del ambiente visible, no puede dejar de influenciar las mentalidades y los valores de todos, incluyendo a los ancianos. La fuente de este movimiento no es el gobierno, sino en realidad la tercera para de la población urbana y particularmente la generación joven que aspira a la cultura de consumidor, cuya imagen desde hace mucho tiempo ha cruzado toda censura.

 

Los chinos han visto los resultados de la terapia de choque en las reformas radicales que se hicieron en la ex Unión Soviética por seguir el consejo de consultores occidentales y las presiones de la FMI. Es muy poco probable que se arriesguen a adoptar ese modelo. No puede argumentarse en contra de que China, con su catástrofe demográfica y su gigantesco proceso de urbanización está ejerciendo un aumento de consumo de recursos agotables. Su posición en la globalización es crítica al ser cada vez más dependiente de procesos económicos y comerciales cuyas riendas no controla.

 

China ya supera a Estados Unidos en el consumo de acero y carbón y su demanda de petróleo también es preocupante. Todo apunta a que se emparejará a la economía norteamericana para el 2020, cuando tendrá una población superior a 1,400 millones de habitantes y una flota de vehículos muy superior al total de automóviles en el resto del planeta. La construcción de las infraestructuras necesarias para su circulación pondría en peligro grandes extensiones de tierra cultivable y se incrementará la contaminación ambiental, mientras la demanda de combustible superará a toda la oferta del planeta.

 

Para el 2040 China consumirá todos los recursos materiales del planeta Tierra. El cuestionamiento se reduce a la simple pregunta de si nuestro planeta puede sostener a una economía dos veces del tamaño de los Estados Unidos, si existirán suficientes recursos para otro mercado consumidor de tal magnitud. ¿Quién alimentará a China? El aumento de la renta per cápita en China impulsará la demanda de productos alimenticios, que la producción mundial no podrá satisfacer, provocando un incremento de los precios que afectará en este mundo globalizado a toda la población mundial. Ya existen indicios acerca de la imposibilidad de los mercados de abastecer las demandas chinas.

 

El argumento de que el capitalismo trae la democracia presenta numerosos problemas, uno de los cuales es la total carencia de precedentes históricos. La aparición repentina de la democracia no constituye un escenario probable, y si hoy el fantasma del capitalismo ronda por la China continental, hay un contra-fantasma, el del mono-partidismo. El comunismo ha muerto, es cierto, pero los chinos, en general ya no creen en él, incluso la mayoría de los miembros del Partido Comunista.

 

Las preguntas sobre el gigante asiático son: ¿avanzará completamente hacia el liberalismo de mercado, a la empresa privada o seguirá por una supuesta tercera vía en la cual el leninismo de mercado resolverá sus problemas?

 

 

 

 

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