Cubanálisis  El Think-Tank

ARTÍCULO ORIGINAL EN EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

 

   Juan F. Benemelis y Eugenio Yáñez

 

 

 

 

                                                       

 

 

LA INVOLUCIÓN DE CUBA ( I ). EL CROMAÑON TECNOLOGICO

 

La represión instaurada por Fidel Castro desde 1959 aniquiló la continuidad política de Cuba con su pasado republicano e incluso con la formación de la nación, e hizo tábula rasa con las históricas escalas de valores, en lo adelante consideradas lacras del capitalismo. Las normas políticas y sociales se reglamentaron mediante un cuerpo ideológico de infalibilidad sacra, donde el cuestionamiento presuponía un acto de traición, en una concepción social más propia de las satrapías del Asia central o del mundo árabe que de una nación occidental.

 

Fue así que la verdad absoluta del caudillo hizo de la intolerancia su norma, a la vez que los patrones de justicia se determin­aron por un Estado que terminó imponiendo el brutal esquema totalitario leninista, donde la oposición y la objeción serían los mayores crímenes.

 

La violencia e intimidación, instrumentos de oro de los extremos en todas las épocas, fue elevada a teoría social y apoyada en eficaces dispositivos de delación, para configurar la esencia de la supervivencia por la fuerza, y la consecuente selección natural darwiniana dentro de la revolución: solamente los más “revolucionarios” se imponían. Así se iría destruyendo la sociedad civil y toda dinámica de organización de vida independiente del Estado, quebrando el tradicional consenso jurídico que proviene del pueblo y que ha dado como resultado al mundo contemporáneo.

 

La vida cotidiana de asfixiante uniformidad no posibilita la realización de las libertades individuales y sociales. El matiz igualitarista, que generalizó los bajos niveles de vida, ha sostenido una clase privilegiada que se auto-tituló “justiciera”. El comportamiento individual fue sacrificado por la amorfa multitud, que ejecutaba o era víctima de las leyes sociales, mientras el sujeto sería aplastado por la maquinaria que actuaba a nombre de la historia. Todo bajo las premisas del papel de las masas populares y de la personalidad en la historia. Así se estaría a merced de una clase burocrática que redujo al individuo a productor y teledirigió su mundo, ahora condicionado por una conciencia colectiva, donde no podía elegir su destino en un mercado de opciones, y tendría que comportarse de acuerdo a las ordenanzas.

 

Al rechazar la vinculación de la persona con la soberanía, el castrismo mostró su desprecio crudo a la población. Tuvo que ser un presidente mexicano en La Habana quien señalara que sin soberanía individual era imposible la soberanía nacional. El castro-guevarismo no aceptaba que la “insignificante individualidad” se negase a disolverse en la multitud; que fuese capaz de crear su mundo fuera de las paralelas oficiales. No admitía que el ciudadano creara lo imprevisto, transformara por sí sólo a la sociedad, técnica y económicamente (a lo Alexander Graham Bell, Thomas Edison, Albert Einstein, Thomas Watson, Peter Drucker, Ray Kroc, Bill Gates o Steve Jobs), pues ello deslegitimaba la planificación y el encuadramiento ideológico, y al desarrollo social armónico, evolutivo y ascendente, también llamado armónico y proporcional por los escribas moscovitas.

 

Los derechos del ciudadano, insertados en las constituciones contemporáneas de Occidente, perdieron toda validez ante las premisas patrioteras de la “nueva sociedad” de una entrega individual total, por un indefinido futuro “luminoso” manejado por la élite rectora, incapaz de garantizar los elementales niveles de vida y consumo, aunque prometiese constantemente el futuro.

 

El prójimo fue sometido a los intereses y dictados del régimen, que deshizo a su antojo sus instituciones y sus sistemas de valores morales y sociales, provocando el retroceso y la desintegración de la nación, y de la condición humana renacentista. Fue así que, carente de una sociedad civil, el Estado burocrático succionó los derechos y libertades individuales en aras de la supervivencia social y física, tanto particular como la de los familiares, y cuyo proceder se conformó por el temor a perder servicios sociales y materiales básicos para la supervivencia y controlados por el Estado, en lo adelante el factor más importante de pedagogía social.

 

Así se preservó el imperio del minotauro estatal, y se creó un vacío que atomizó al humano, insignificante ante la misión histórica del castrismo, bajo el criterio de que el Estado era el defensor del proletariado. Todo fue codificado: la vocación educacional, la existencia laboral, el tiempo libre, la ideología política, la moral, la alimentación, la información, la vivienda, las fechas de matrimonio y vacaciones, la independencia de movimiento, el tiempo libre, las horas de energía eléctrica, los gustos estéticos, las amistades, y hasta los “verdaderos” familiares. Las libertades individuales, de expresión, el derecho a la información, el territo­rio de residencia, la voluntad o no de salir del país, todo, absolutamente todo, se reguló: eso es el totalitarismo, que en el mundo occidental no se puede entender en toda su magnitud, por no haberlo tenido que vivir, afortunadamente.

 

Las tradiciones de amistad, familia, vecindario, inherentes a la psicología cubana desde su propia formación, dieron paso al aberrante odio por el contrincante, a la aprehensión de ayudar a quien afronte problemas con “la revolución”, el peligro de expresarse honestamente ante extraños o extranjeros. Carente de un triunfo material trascendente histórico, y en medio de un proceso de autodestrucción espiritual, sumado a la filosofía oficial de ofrendar la vida cuando lo demande el caudillo como el producto más elevado de la “conciencia comunista”, el conflicto entre las aspiraciones, necesid­ades y demandas de la población con las posibilidades económicas del nuevo sistema, bloquearon la iniciativa individual y desarrollaron la envidia como condición de la supervivencia: si no podemos estar bien ninguno de nosotros, entonces (casi) todos deberíamos estar igualitariamente mal.        

 

Tal remodelación del cuadro social posibilitó compartimentar la información y lograr la visión deseada. El sistema estuvo necesitado de la constante confirmación de las masas para mantener la imagen y jefatura, factor esencial de la despersonalización política de la sociedad y la asunción consecuente de esa identidad en una sola persona.

 

La masividad se procuró a través de los medios masivos de comunicación controlados por el régimen, las presiones de las organizaciones políticas, las administraciones de los centros de trabajo y las jefaturas de unidades militares, a la vez que confirmaría “la militancia revolucionaria”. Las constantes ofensivas ideológicas, los actos y asambleas, se hacían bajo la falsa aserción de que resultaba el mecanismo idóneo de participación y dirección política, y las redes de base de las llamadas “organizaciones de masas” suplantaron la espontane­idad y la base popular inicial, conformando los estados de opinión según los intereses del caudillo.

 

Esta maquinaria de control, estable y vulnerable a la vez, con décadas de refinamiento, y favorecida por el aislamiento insular, si bien llevó a muchos hacia la pasividad, también polarizó las soluciones: resignación absoluta u oposición abierta, al igual que los estados fascistas, hacia sus indefensos ciudadanos. Al ostentar la verdad absoluta y el deber de implantarla se posibilitaron todos los abusos y violaciones, haciendo de la intolerancia la norma, y de la inconformidad o critica el mayor de los crímenes, asumiendo la coerción preventiva, el temor a ser delatado a las autoridades, siniestro precepto que exige menos victimas.

 

El pánico colectivo se extendería como una mancha de aceite por todo el país, y el pueblo intimidado se paralizó ante la creencia de paredes con oídos y de una “infalible” policía política, un Big Brother ubicuo, y así se toleraron como algo natural los problemas insolubles en la esfera material y doméstica, la dependencia económica al Estado, las presiones políticas y morales en los centros de trabajo, estudio y vecindades, las censuras culturales, las “cacerías de brujas” contra los herejes ideológicos.

 

Haciendo honor a esa mentalidad de sitio, la obsesiva y perenne tensión de guerra, la histeria acusatoria sobre la hostilidad norteamericana y de peligro contrarrevolucionario, sólo existente en cartelones y murales. La verdadera contrarrevolución la ejercía el caudillo, a la vez que se presentaba como súper-revolucionario. El mundo del productor se conformaría mediante el síndrome colectivo de inseguridad social y económica, e inestabilidad psicológica, producto de décadas de racionamie­nto extremo, la desvalorización material y moral: un extenso y creativo universo marginal de subsistencia. La continua escasez no fue producto solamente de la ineficiencia: era parte también de la estrategia para mantener el poder. A ello se adicionó también el desestímulo ante el trabajo, y el mundo paralelo creado por la población, en el cual el mercado negro, la religiosidad y el misticismo resultaron los valores fundamentales.

 

Este férreo puño sobre los medios de información y cultura y sobre la conciencia de la población y la nomenklatura, le posibilitará al caudillo ejecutar en los años sesenta el terror masivo, enfrentar exitosamente las crisis con la Unión Soviética y China, aplicar el terror selectivo de la década de los setenta, implementar la implacable belicosidad internacional de los ochenta y noventa, condenando en todo ese tiempo lo mismo a poetas que a “microfraccionarios”, generales o balseros, y calificándolos como traidores que merecen el desprecio y el paredón o la cárcel, manipulando la disidencia intelectual, esquivando la presión reformista de la tecno-burocracia, la “gladnost” y la “perestroika”, afrontando el derrumbe del comunismo y  el caos de la “opción cero”, para deslizarse finalmente, en la actualidad, en una regresión que ha llevado y sigue llevando a una sociedad cada vez más preindustrial.

 

Detrás de los problemas del país se halla una sociedad en la cual tiene lugar la “cultura del compromiso”; la escasa propensión que los dirigentes políticos muestran en lo que respecta a tolerar una oposición en sus partidos o coaliciones; la extrema personalización que exhibe la política por falta de cultura partidaria; la precaria institucionalización de todos los procesos; la inexistencia de la sociedad civil y la preponderancia de arquetipos burocráticos de organización y actuación en el Estado, la economía, la cultura y la sociedad.

 

La actual élite del poder que ha señoreado por décadas a la Isla, proveniente de clases medias provincianas, no sólo resulta una amalgama de individualidades incultas, anti-humanista y anti-intelectual, que ha demostrado su incapacidad para administrar el país, sino que además ignora la importancia que revisten los actuales avances científicos, tecnológicos, económicos, mercantiles, institucionales y demás.

 

Como quiera que sea, es innegable que ya la era de Fidel Castro ha terminado; no hay batallas por la sucesión en Cuba, pues la sucesión sucedió a manos de la nomenklatura, que desata una feroz lucha intestina por la piñata, en un país donde los cargos formales y sus atributos son menos importantes que las verdaderas relaciones de poder. La corrupción generalizada y sus enormes posibilidades en medio del desorden nacional, hacen que un director de empresa, o un jefe de almacén, sean “personalidades” más importantes y poderosas que un viceministro o un jefe de departamento del Partido.

 

Si bien en escenarios como estos resultó factible que sistemas de control totalitario, como el estalinista o el nazi-fascista, lograsen un avance tecno-industrial, ello se debió a que tanto la industrialización forzada soviética como el aparato industrial hitleriano estaban enfilados hacia la producción masiva y estandarizada, en estructuras fabriles, en las cuales la individualidad se hallaba ausente y solo contaba como músculo productor.

 

¿Dónde reside lo erróneo de tal concepción para la gerontocracia cubana actual? En la noción falsa de considerar que tal esquema puede reproducirse en nuestros días; que sociedades como la cubana y la norcoreana pueden aislar a la población del país a cal y canto y promover o sostener niveles de desarrollo, más allá de los necesarios para la supervivencia de la elite en el poder. En no querer comprender que un ciudadano común con una computadora y un teléfono celular tiene hoy casi tanto o más poder que un jefe de batallón de comunicaciones de las Fuerzas Armadas Revolucionarias cubanas, y por lo menos uno similar a un periodista de la prensa oficialista.

 

La elite castrista no razona el factum de que no estamos ante un progreso tecno-económico como había sido hasta entonces. La Era industrial que ascendió con el vapor, las líneas de producción, el maquinismo y la automatización, concluyó en la década de los 80-90 del siglo XX; asimismo todos sus arquetipos de sociedad, modelos económicos, estructuras administrativas, ideologías políticas y demás. No fue por casualidad que en esas mismas fechas terminara en todo el mundo el modelo comunista clásico como se había concebido desde Marx y aplicado por Lenin a partir de 1917. Ni Cuba ni Corea del Norte, lo que quedó en pie de aquel experimento fallido, pueden considerarse sociedades comunistas clásicas en ningún sentido, por lo que mencionarlas como demostración de que el modelo socialista vive todavía no es más que una falacia.

 

A partir de tal momento se produjo un salto en la civilización humana, similar a cuando se pudo domeñar el fuego, o se inventó la rueda, cuando se conoció la agricultura, o cuando el caballo fue reemplazado por el motor de combustión interna. Con la robotización, la computación, la satelización, la globalización de las comunicaciones, la desaparición de la aldea económica, se ha producido una transformación, en la cual el individuo ya es un factor económico tan importante como las corporaciones.

 

Manteniéndose encerrados en la cultura guerrillera de los años cincuenta, los cabecillas de la gerontocracia cubana siguen desconociendo que después de 1959 no ha triunfado ninguna guerra de guerrillas en el mundo, ni siquiera las narcoguerrillas colombianas, las que con más recursos han contado. La guerra de Vietnam no puede considerarse una guerra de guerrillas clásica, y los sandinistas lograron triunfar en 1979 gracias a un poderoso apoyo y participación de los cubanos, y a una peculiar coalición diplomática que en determinado momento los respaldó en todo el continente. Actualmente, el tiempo de la guerra de guerrillas terminó hace ya mucho rato, como ha terminado también la era de la prensa plana y radio-televisiva como instrumento fundamental de información, aunque en Cuba siga siendo requisito imprescindible que lo que se “informa” a la población tenga que ser aprobado por el Departamento de Orientación Revolucionaria del Partido.

 

La solución de las perentorias necesidades de la población cubana en alimentación, transporte, salud pública, vivienda, vestuario, calzado, la protección frente al desarrollo de epidemias, el apartheid nacional frente a los extranjeros, y la escasez sistemática de productos de primera necesidad, ya dejaron de ser prueba de fuego para los sucesores, puesto que no existe sociedad comunista, ni democracia socialista, ni legalidad socialista, ni economía socialista.

 

Se ha producido un cambio donde la información fluye a velocidad de la luz, donde es imposible dirigir, administrar, producir, comerciar y consumir con los instrumentos tradicionales del siglo XX, con la idea del control absoluto para preservar el poder. Hoy en día, desde un automóvil y con un teléfono celular, se pueden realizar transacciones comerciales a miles de kilómetros de distancia y por varios millones de dólares. En estas circunstancias, ¿para qué sirve una anquilosada nomenklatura y una camarilla de ancianos guerrilleros que pretende dirigirla? De ahí que en el esquema cubano, la realidad de la nomenklatura reside en la preservación del poder como objetivo central y, en última instancia, único.

 

En la actualidad, el agotamiento y la resignación social logran su punto más bajo en Cuba, al fundirse con un sinnúmero de elementos, como el renovado retorno de la economía de mercado a nivel mundial, la crisis energética internacional, el desmantelamiento del comunismo, el fenómeno de la internacionalización de las comunicaciones. Sin embargo, pese al rechazo de la población al socialismo real cubano -eufemismo para evitar la palabra dictadura-, las transformaciones en el ex bloque soviético han sido manipuladas para infundir el temor a una “despiadada” economía de mercado. 

 

No puede lograrse el desarrollo mientras el poder impersonal, anónimo, irresponsable e incontrolable de la “mega-maquinaria” política y económica reglamente el interés elemental y concreto del individuo. No hay cabida para “actualizar” ningún modelo (que por otro lado nunca ha existido) ni para “reinventar” nada, puesto que la “revolución” es una agresión contra la condición espiritual de la Cuba contemporánea, en la cual el humano, la medida y la fuente de todo el significado, carece de su certeza metafísica, de su experiencia trascendental, de su dimensión humana.

 

La generalización de la tecnología de comunicación individual, como los teléfonos celulares, internet, y las tabletas electrónicas y demás, es un prerrequisito importante para el florecimiento de cualquier economía y modelo político para lograr la estabilidad a largo plazo.

 

No importa para nada si las estrategias económicas se establecen a partir del níquel, del petróleo, del turismo; si con maquinaria agrícola brasileña o campos de golf construidos por los canadienses; no interesan las vinculaciones tácticas con China, Rusia, Venezuela, la Unión Europea, o incluso con Estados Unidos; no incumben las avalanchas de inversiones y créditos; no importan, incluso, los elevados índices de egresados universitarios: lo esencial, lo decisivo, lo fundamental para el desarrollo de Cuba, para la verdadera reforma, para el salto económico y de cualquier tipo, es el sujeto, el ser humano, sus motivaciones y realizaciones… y ellas sólo tienen como escenarios una sociedad moderna.

 

Para mantener una sociedad autónoma fuerte y bien organizada, se requiere un individuo viviendo en la verdad, despojado de su doble moral, de su hipocresía pública, negado a aceptar los roles asignados por el Estado como lo único plausible de ser; un ser que pueda afrontar “su” negociación con el Estado-Partido. Puesto que, en términos prácticos, la independencia individual no sólo reside en sustraerse de la doble vida, sino en la facultad de maniobrar en un marco de instituciones autónomas e imparciales.

 

Y eso no lo ofrece, ni lo puede ofrecer, ni lo podrá ofrecer nunca, el neocastrismo, bajo la anodina dirección de Raúl Castro, ni de ninguno de los ancianos de la gerontocracia guerrillera.

 

(continuará)