Cubanálisis El Think-Tank

           ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

 

         Eugenio Yáñez y Juan Benemelis

 

 

 

   

 

 

                               

                                                                                                                                                            

 

EL CASTRISMO Y LA VULNERABLE DEMOCRACIA LATINOAMERICANA ( V  y FINAL)

 

Las venas abiertas (del cerebro) de América Latina

 

América Latina y el Caribe conforman una unidad cultural y sociopolítica que carga con un gran complejo histórico con relación a los poderes metropolitanos. Aunque parezca increíble, todavía muchos pobladores latinoamericanos llevan en su alma los dolores de la conquista española, al extremo de sentir a España como “enemigo” y malamente poder comprender las relaciones internacionales contemporáneas.

 

En este sentido, tanto Brasil como las naciones isleñas del Caribe no hispano-parlante, que tuvieron sus metrópolis en Portugal, Inglaterra, Francia y Holanda, han asumido la realidad post-colonial con muchas menos reservas y complejos, y aunque por ninguna razón desearían volver al pasado colonial ni pretenden justificar aquella etapa en ningún sentido, no ven a las antiguas metrópolis como enemigos permanentes y eternos, y asumen la historia del continente como un grupo de acontecimientos que tuvieron lugar en el pasado más o menos reciente, con independencia de las voluntades y las intenciones de los participantes, pero que no justifican una hostilidad perenne y fraticida.

 

En este sentido, esas naciones no hispano-parlantes del continente están social e históricamente un paso más adelantadas que las que recibieron totalmente la herencia española y cargan todavía con los traumas y complejos del colonizado, desde los grupos “antiimperialistas” recalcitrantes y extremistas, pasando por la izquierda bistec o liberal, la demagogia y el populismo, hasta los “indigenistas” desmedidos, que ven el regreso a las sociedades y culturas precolombinas como un paso de avance, cuando en realidad, con independencia de los problemas reales de la actualidad en cada nación, sería un retroceso incalculable.

 

A causa de estas cargas emocionales excesivas que corroen nuestras nacionalidades fue que algunos gobernantes del continente, cuando constituían recientemente la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños en Venezuela, declaraban, sinceramente convencidos de lo que decían, que se trataba de uno de los acontecimientos más importantes del continente, si no el más, en los últimos cien años, o desde el inicio de la independencia continental hace doscientos años.

 

Propensos a la exageración, como siempre, y poniendo la racionalidad a un lado para dar paso a la adrenalina y los sentimientos, los gobernantes del continente repetían orgullosos en esa reunión constitutiva que era algo tremendamente importante y trascendental haber creado una organización que explícitamente excluía sin apelación a los dos naciones más grandes, ricas, extensas y poderosas del continente (aunque no lo mencionaran de esta manera), sin otra razón verdadera que “porque sí”, con independencia de todas las declaraciones tranquilizadoras que se hayan podido expresar alrededor del tema, inclusive por los pacifistas arcángeles del neocastrismo.

 

Y resulta conveniente preguntarse como podrán los gobernantes latinoamericanos y caribeños, excluyendo concientemente a Estados Unidos y Canadá de la ecuación “independentista”, analizar, enfrentar y resolver los complejos problemas multinacionales que afectan al continente, entre los cuales están, aunque no son los únicos, tráfico de drogas, terrorismo, insurgencia, inmigración ilegal, lavado de dinero, riesgos epidémicos, derechos humanos, discriminación étnica, discriminación racial, discriminación de género, indigenismo, contrabando, tráfico de armas, tráfico humano, corrupción, militarismo, carrera armamentista, relaciones con potencias emergentes, dependencia energética, seguridad alimentaria, o factores climáticos globales, si aun contando con la participación y colaboración de ambas naciones del norte, en todos los sentidos mucho más desarrolladas que sus vecinos del sur, históricamente se ha hecho tremendamente difícil manejar exitosamente esos problemas, por no decir imposible.

 

De manera que el continente, lastrado desde siempre por un caudillismo y una corrupción que forman parte del código genético de nuestras naciones, y con un enfoque emocional y extremadamente sensible hacia lo que desde el punto de vista del poder y el gobierno deberían ser comportamientos geopolíticos, se planteó a si mismo crear una organización a despecho de todas las ya existentes, con la intención de abordar los problemas más acuciantes del hemisferio dando la espalda a los únicos dos socios potenciales con un tremendo nivel de desarrollo y tecnológica y económicamente capaces de cooperar decisivamente con las naciones latinoamericanas y del Caribe.

 

Es decir, utilizar menos cantidad y menos preparadas fuerzas y recursos con la pretensión de resolver problemas que no pueden ser resueltos aun con la participación unida y la cooperación de todos, excluidos y excluyentes.

 

Para los intereses de seguridad nacional del continente y cada país en particular pretender sustituir el papel decisivo de Estados Unidos en el hemisferio es algo que resulta demasiado riesgoso.

 

Porque, independientemente de  las razones que puedan alegarse para la discrepancia y las posiciones encontradas, mientras “el imperio” está conformado por instituciones muy sólidas y funciona por procedimientos predecibles y bien definidos, el volátil chavismo no solamente depende de un caudillismo extremo, sino específicamente de un caudillo en particular, que al faltar dejaría en el aire toda la entelequia anterior creada y mantenida por su voluntad por el caudillo de turno.

 

Sucedió así con Fidel Castro, que al abandonar sus cargos “con carácter provisional” en 2006, a causa de su deteriorada salud, dio paso, aun sin proponérselo ni mucho menos, a lo que hoy llamamos neocastrismo, que sin abandonar para nada las concepciones totalitarias y dictatoriales del Comandante en Jefe funciona con estilos y rasgos diferentes en la actualidad, producto de las condiciones y la personalidad de los dirigentes.

 

Sucede ahora con Hugo Chávez, que tras conocerse que estaba afectado por un cáncer en la pelvis del que no se sabe demasiado, por haber sido manejada la información con total secretismo, no solamente deja en la incertidumbre el futuro inmediato y a largo plazo de la revolución “bolivariana” en Venezuela, sino que obliga a sus aliados y clientes políticos a reconsiderar posiciones y conductas frente al “imperio”.

 

No por gusto tanto el mandatario boliviano Evo Morales como el ecuatoriano Rafael Correa han reconsiderado seriamente su enfrentamiento con el gobierno de los Estados Unidos en el tema de la lucha contra el narcotráfico en sus países, tanto como productores como en condición de canales de tránsito, y después que se conoció públicamente de la enfermedad del teniente-coronel venezolano decidieron “sorpresivamente” volver a intercambiar embajadores con Estados Unidos -que llevaban varios años “congelados”, sin presencia en los respectivos países- y solicitaron a la agencia antidrogas de Estados Unidos, la DEA, regresar a las respectivas naciones suramericanas, después de que años atrás había sido expulsada a caja destemplada y con groseras declaraciones, llamados a la “independencia nacional”, y protestas contra “la injerencia imperialista”.

 

Para que no existan dudas sobre las intenciones de los gobernantes “bolivarianos” tras la enfermedad del caudillo venezolano, la representación ecuatoriana en Washington la ostentará una ex-ministra, que cursó estudios en la Universidad de Harvard, una señora que está muy deseosa de atraer inversiones estadounidenses al país.

 

China, Rusia, Estados Unidos, y los vacíos de poder en el continente

 

China, como nueva gran potencia mundial, busca proyectarse tanto en África como en América Latina. Como gran importador de recursos naturales, tiene un grandísimo interés comercial en América Latina, que resulta un importante productor de materias primas y recursos primarios que la nación asiática necesita desesperadamente, tanto recursos minerales y forestales como productos elaborados.

 

A diferencia de Rusia e Irán, así como de la antigua Unión Soviética en tiempos de la Guerra Fría, China no demuestra demasiado significativo interés por avanzar y mejorar posiciones militares o de inteligencia en el hemisferio, con excepción de su participación y utilidad en los recursos del espionaje electrónico desde La Habana. Mucho más le interesa garantizar las bases de suministros energéticos y de materias primas, y lograr espacios para sus inversores en el continente.

 

Si América Latina ha podido capear con relativa facilidad y prosperidad la crisis económica mundial de los últimos años, que ha golpeado tan fuertemente a Europa y estados Unidos, por ejemplo, ha sido por su continuo crecimiento de sus exportaciones a China, que representan una parte fundamental del crecimiento de las economías latinoamericanas en general en los últimos años en Argentina, Brasil, Venezuela, Chile, Perú, Colombia, Ecuador y América Central.

 

Venezuela ha fortalecido grandemente sus relaciones con China, sobre todo a partir del viaje que Hugo Chávez realizó a ese país para obtener equipos militares. El presidente chino, Hu Jintao, aprobó proveer a Venezuela de aviones de combate J-11 y aviones de entrenamiento K-8, en medio de un fondo de inversión bilateral por 6,000 millones de dólares (cuatro mil de China y dos mil Venezuela).

 

Utilizando como garantía compromisos futuros de abastecimiento de petróleo, Chávez ha podido obtener del gigante asiático significativos créditos y grandes ayudas financieras, que se han destinado no solamente a proyectos en Venezuela, sino también en clientes políticos del chavismo. Es significativa en este sentido la gigantesca inversión china para la ampliación de la refinería petrolera de Cienfuegos, en la zona central de Cuba, garantizada con petróleo venezolano que será exportado a China en los próximos años, como “colateral” del préstamo chino.

 

El forcejeo entre Rusia y Estados Unidos, o entre este país y China en el tablero mundial, se asemeja al gran juego del siglo XIX, cuando el Imperio del Zar y el de la Reina Victoria se disputaban el Asia Central. Aunque América Latina no había tenido hasta muy recientemente prioridad estratégica para China o Rusia ante la histórica hegemonía norteamericana, cuyos intereses se despliegan en el hemisferio norte, del Atlántico al Pacífico, en las nuevas condiciones la región sur del hemisferio occidental resulta tentador tanto para China como para Rusia.  

 

La diplomacia norteamericana no ha logrado en las últimas dos décadas comprender e interpretar adecuadamente la geopolítica post Guerra Fría, y en determinados sentidos se mantiene razonando como en los tiempos del enfrentamiento con la Unión Soviética. El mantenimiento y elevación a primer orden de las relaciones de Washington con Moscú y con Beijing no solo deben ser centrales para la Casa Blanca, sino que deben ser más importantes incluso que los lazos con Europa.

 

Los últimos mandatarios norteamericanos no han entendido que el rumbo y el enfoque geopolítico de Rusia se encarrilan más hacia el equilibrio y la estabilidad mundial que al enfrentamiento y el conflicto. Las acciones de Rusia en América Latina, coordinadas con Venezuela, Irán y Cuba, responden más a una reacción del Kremlin ante las decisiones de Estados Unidos que a una acción en busca de hegemonía. 

 

Ante el despliegue del escudo antimisiles de la OTAN en Polonia y la República Checa, en julio de 2008 (aun en tiempos del presidente George W Bush), se elevó la tensión entre Estados Unidos y Rusia, que lo vio como una amenaza para su seguridad nacional.

 

El Primer Ministro Vladimir Putin lo calificó como una duplicidad, pues no servía para el propósito aducido de defensa contra los misiles iraníes, puesto que éstos no tenían tales misiles en esos momentos. Como respuesta a la decisión norteamericana, Putin planteó “restablecer nuestra posición en Cuba”.

 

De inmediato el viceprimer ministro ruso Igor Sechin -veterano de la KGB soviética, que por su experiencia en el África de habla portuguesa se puede comunicar con sus pares latinoamericanos sin intérprete- visitó a Raúl Castro, mientras que los tremendistas en todo el mundo comenzaron a hablar y a escribir desaforadamente sobre la posibilidad de una segunda “Crisis de Octubre”, lo que no tenía ningún sentido, pero que sin dudas era un alimento inapreciable para el amarillismo periodístico y los “expertos” de mentiritas.

 

Significativamente, mientras un complicado juego geopolítico entre Rusia y Estados Unidos se lleva a cabo en torno a la América Latina y el Caribe, solamente las naciones “revolucionarias” ligadas al castro-chavismo participan activamente en la formulación y definición de políticas frente a Estados Unidos, en coordinación con sus aliados rusos, chinos e islámicos radicales, mientras las naciones democráticas del continente parecen no interesarse demasiado en todas estas realidades, y es muy poco lo que hacen.

 

Poco después, la entonces secretaria de Estado, Condoleezza Rice, conminaba a Rusia para que no proyectase su influencia en países de Latinoamérica adversarios de Estados Unidos, como Cuba, Venezuela y Nicaragua. El tono y la urgencia se debieron a la relampagueante campaña blindada rusa en Georgia. Sin dudas, influyó también el hecho de que Nicaragua y el grupo terrorista palestino Hamas fueron las únicas otras entidades, además de Rusia, que reconocieron la independencia de las provincias georgianas de Abjasia y Osetia del Sur.

 

En respuesta a la secretaria de Estado norteamericana, Moscú expresó su interés en una estrategia militar en el área, como exportadora de armamentos y de tecnología militar, y respondió realizando ejercicios militares conjuntos con Venezuela. Un escuadrón de la Flota del Norte rusa enfiló hacia el Mar Caribe y Venezuela: el convoy para los ejercicios militares conjuntos incluyó el crucero atómico “Pedro el Grande”, así como el destroyer antisubmarino “Almirante Chabanenko”.

 

Asimismo, dos bombarderos estratégicos Tu-160 (el bombardero supersónico más grande del planeta, llamado el Cisne Blanco), aterrizaron en el aeropuerto de Maiquetía para sobrevolar el Mar Caribe, a la vez que una numerosa delegación encabezada por Igor I. Sechin, quien además de viceprimer ministro es el presidente de la petrolera estatal rusa Rosneff, visitaba Managua, Caracas y La Habana.

 

Ante las protestas norteamericanas, el Kremlin adujo que tanto la OTAN como Estados Unidos estaban llevando a cabo maniobras navales en el Mar Negro, una región que Moscú considera de su influencia. El presidente venezolano Hugo Chávez echó más leña al fuego planteando ante la televisión rusa Vesti-24 que Rusia era un elemento liberador de la influencia norteamericana.

 

Poco después, Moscú tomó otra medida de carácter ofensivo en el continente, al proponer que se ayudara a Cuba para establecer allí un centro espacial, lo que en la práctica iba a recordar la existencia de la base de espionaje electrónico de Lourdes y la capacidad de rastreo de las comunicaciones y movimientos de transporte de los norteamericanos. El director de la Agencia Espacial rusa, Anatoly Perminov, apuntó entonces en Venezuela que tanto Cuba como ese país podrían beneficiarse del uso común del propuesto centro espacial.

 

Rusia también, y esto es tremendamente importante, pretende crear un cártel mundial del gas, una especie de OPEP para el gas, e intenta convencer a Argelia, Libia, Qatar, los países de Asia Central, Irán, Venezuela y Bolivia para formar parte de ese proyectado cártel, que concentraría el mayor mercado del gas del mundo: entre todos ellos acaparan dos tercios de las reservas mundiales de gas.

 

Estados Unidos, por su parte, desea recuperar terrenos perdidos en lo comercial y en lo económico y avanzar en nuevas direcciones, pero también fortalecer sus posiciones en el terreno de la seguridad y fortalecer su presencia militar en el Pacífico en momentos en que China pretende expandir significativamente su poderío para reafirmarse como potencia mundial.

 

El presidente Barack Obama, además de lograr la aprobación de los tratados de libre comercio con Colombia y Panamá, bloqueados en el Congreso norteamericano desde hacía mucho, y con Corea del Sur, acaba de hacer público y comenzar a expresar un amplio apoyo al desarrollo de una iniciativa llamada Asociación Trans-Pacífica (Trans-Pacific Partnership), que en estos momentos incluye solamente a pequeños países como Chile, Nueva Zelanda, Singapur y Brunei, aunque ya Estados Unidos, Australia, Vietnam, Malasia y Perú están negociando su incorporación, mientras Canadá, Japón y México han expresado su interés en participar.

 

Estos esfuerzos norteamericanos se encaminan no solamente a nivelar los desbalances entre Estados Unidos y China en todos los campos, y no solamente el militar, sino también a fortalecer y desarrollar las relaciones norteamericanas con América Latina y el Caribe, y contribuir, mediante el desarrollo del comercio trans Pacífico, a fortalecer el papel de las naciones de América Latina con el gigante chino, aunque los permanentes “antiimperialistas” de siempre no sean capaces de ver y comprender estas realidades.

 

La lucha geopolítica por los recursos energéticos y el papel de América Latina

 

En la cuenca del Mar Caspio, Rusia, África Occidental y América del Norte y el Sur, se advierten perspectivas interesantes de producción expandida de petróleo y gas, así como también la promesa de una mayor producción de petróleo y gas en el Oriente Medio. Rusia es ya una superpotencia energética.

 

En términos generales, se prevé que el uso de electricidad en todo el mundo aumentará a 22 trillones de kilowatts-hora en el 2020, y las regiones que tendrán mayor desarrollo serían Asia, América Central y América del Sur.

 

La Cuenca del Atlántico emerge como una fuente segura de producción y abastecimiento energético, tanto en la región de América Latina como en la de África, en la medida que se desarrolla la tecnología correspondiente a la exploración en aguas profundas.

 

Una estrategia de dos vías gobierna la política de Estados Unidos hacia América Latina: una vía de esa estrategia es asegurarse petróleo, y la otra es evitar el terrorismo. Para Estados Unidos, las fuentes externas de energía más importantes y confiables son sus aliados de Canadá y México. Al mismo tiempo, Estados Unidos es un exportador neto de gas natural a México.

 

Los países de los que regularmente han abastecido de petróleo a Estados Unidos hasta el momento y que, de continuar sin cambios en el escenario, se espera que abastezcan de petróleo a dicha nación en los años por venir, están desgarrados por violentos conflictos internos, anidan fuertes sentimientos antiestadounidenses, o entrañan ambas situaciones a la vez. Los esfuerzos por asegurarse fuentes adicionales de crudo foráneo seguramente conducirán a desórdenes violentos y a resistencia en muchas áreas clave de producción.

 

Ya desde la época del presidente George W Bush Estados Unidos buscaba incrementar significativamente las importaciones energéticas procedentes de América Latina. Fue de esa manera que, paradójicamente, cuando más se radicalizaba su gobierno “bolivariano”, Venezuela se convirtió en el tercer mayor proveedor de petróleo de Estados Unidos, después de Canadá y Arabia Saudita, y superando a México, que pasaría a ser el cuarto abastecedor, mientras Colombia quedaría como el séptimo.

 

Las reservas más importantes de petróleo y gas, fuera del Medio Oriente, se hallan en el fondo de los océanos, en el Mar del Norte, en el Golfo de México y en Alaska, donde su extracción conllevaba costos muy elevados, estimándose incluso que su explotación no disminuiría los precios sensiblemente.

 

Resulta además una convicción casi generalizada de que en gran parte de este siglo XXI, hasta donde puede ser previsible en estos momentos, la ciencia y la tecnología serán incapaces de proveer nuevas fuentes energéticas en gran escala para reemplazar en términos mundiales al petróleo.

 

Las políticas que adopte Estados Unidos con relación a la prospección y explotación energética en su territorio terrestre o marítimo, así como los balances de concesiones con los grupos ambientalistas, los ajustes a la legislación para el incremento de la producción, el peso que se conceda al papel de la energía nuclear dentro del balance energético en el futuro, así como las políticas de importación petrolera de las diferentes áreas geográficas y países, determinarán las relaciones geopolíticas de Estados Unidos con América Latina y el Caribe en el tema petrolero.

 

Una vez más, los países productores y refinadores del continente deberán involucrarse profundamente en estos procesos y no verse solamente como productores con mercados seguros, si quieren poder influir realmente en los factores de seguridad nacional de cada uno de ellos y del continente en general.

 

Los más grandes yacimientos de carbón del mundo, localizados en Estados Unidos, Canadá y Australia, resultan difíciles de desarrollar, y los problemas del funcionamiento industrial por medio de la energía nuclear aún se hallan muy rezagados y confrontan dificultades operacionales.

 

En un informe que escribió la hoy desaparecida gigantesca compañía energética Enron hace años se aconsejaba un esfuerzo agresivo para tener acceso a suministros de petróleo fuera del Golfo Pérsico, por el riesgo geopolítico de la región.

 

Debido a los temores de que esta zona del mundo se viera periódicamente sumida en guerras la estrategia propuesta por la hoy inexistente Enron pedía un aumento de los suministros de Estados Unidos provenientes de otras áreas, donde además las posibilidades de bloquear al tráfico marítimo estrechos geográficos como los que coronan el Mar Rojo o el Golfo Pérsico, fueran más limitadas.

 

De aquí la recomendación de enfocar la atención y los esfuerzos en regiones como la cuenca del Mar Caspio, la costa occidental de África, y Venezuela, Colombia y México en América Latina.

 

Estados Unidos cuenta en la actualidad con veintidós mil millones de barriles de petróleo de reservas probadas, incluyendo las que corresponden a la vertiente norte de Alaska, lo que a pesar del aparente gran volumen de esa cifra es insuficiente para las gigantescas necesidades del país.

 

Hay que tomar en consideración que Estados Unidos importa de diferentes fuentes, principalmente de México y Canadá, cerca de diez millones de barriles diarios de los veinte que consume, así como que también importa un significativo volumen de petrolero que se destina no a ser consumido directamente como combustible, sino como materia prima para la elaboración de productos derivados (tales como lubricantes, emulsiones y otras producciones especializadas).

 

De cualquier forma, ante la aberrante estrategia que ha seguido Pemex en los últimos años en la explotación de los combustibles fósiles, en la actualidad México no dispone de gas suficiente por falta de plantas criogénicas para separarlo del petróleo, además de que el gas seco del yacimiento de Burgos no se ha llegado a extraer a escala industrial.

 

Por si fuera poco, la obstinada política “revolucionaria” y súper-nacionalista mexicana de negarse rotundamente a cualquier tipo de inversión extranjera en la industria energética nacionalizada (la joya de la corona de la “revolución” mexicana, aunque la ineficiencia, la burocracia y la corrupción se coman a la industria energética nacional) no ha facilitado el desarrollo tecnológico de punta en el país.

 

Además, ha existido un relativo retraso en la exploración y explotación de las potenciales riquezas de petróleo y gas en su Zona Exclusiva de Desarrollo en el Golfo de México, y en aguas profundas en general, así como la coordinación de planes de contingencia.

 

Con estas realidades, y torpedeados por las acciones de La Habana y Caracas, y con la colaboración de los ultra-radicales islámicos, los esfuerzos estadounidenses por abrevar de las abundantes existencias energéticas venezolanas y de otros países del sur no han prosperado demasiado.

 

Debido a la historia de suspicacia en ambas orillas del Río Grande -parte de ellas relativamente justificadas, pero otra buena parte no-, Estados Unidos se ha tropezado con que los principales productores de gas y petróleo en el continente han situado sus reservas de energía bajo control estatal, estableciendo fuertes barreras legales para la inversión privada (tanto nacional como extranjera) en la producción interna de crudo.

 

Uno de los principales factores que ha condicionado en los últimos tiempos la actuación del Consejo de Seguridad de la ONU en la adopción de sanciones contra Irán ha sido el voto negativo de China para poder implementar cualquier tipo de represalia.

 

Tras esta actitud del gobierno chino se encuentran los acuerdos petroleros entre esa nación asiática ¿post-comunista? e Irán, por los cuales la nación islámica suministrará a la potencia que crece a más velocidad en el mundo una cantidad de crudo valorada en 100,000 millones de dólares hasta el año 2020.

 

A manera de cálculo numérico elemental, a un precio promedio de cien dólares por barril el suministro iraní a China en base a estos acuerdos representaría mil millones de barriles

 

Las principales inversiones en etanol, otra alternativa al combustible tradicional, las han protagonizado Brasil, Estados Unidos, Japón, Suecia y, curiosamente, algunos de los principales exportadores de petróleo, entre ellos Nigeria y Venezuela.

 

Más significativo aún es que la “Ley de Energía” estadounidense marcaba como objetivo para el año 2012 la producción de 35,000 millones de litros de etanol, con el objetivo de “sustituir” el 75% de las exportaciones de petróleo de Oriente Medio con etanol en un periodo de 20 años.

 

Otro caso evidente en toda esta problemática son las “tensas relaciones” existentes entre EEUU y Venezuela. Aunque en cereal desean capitalizar los beneficios derivados de un mayor volumen de exportaciones a Estados Unidos, los países latinoamericanos son propensos a resistir una mayor participación estadounidense en sus industrias energéticas y en cualquier incremento significativo en la extracción de crudo.

 

Y estas reticencias sin dudas tienen mucho más que ver con razonamientos “políticos” y emocionales que con criterios tecnológicos y económicos.

 

Es que, por mucho que lo intenten periódicamente, los gobiernos latinoamericanos repelen instintivamente “al imperio”, aun al precio de hipotecar a largo y mediano plazo el desarrollo y la prosperidad futura de sus pueblos, y aunque algunos líderes son más proclives que otros a mantener relaciones amistosas y mutuamente convenientes con el Potomac, algunos tienen que enarbolar la bandera “nacionalista” para complacer a las diversas bases de izquierda que sustentan o complementan su poder, por lo que tienen que adoptar posiciones populistas y/o demagógicas, aunque en ocasiones se trate de demócratas demostrados y convencidos.

 

Venezuela y Estados Unidos mantuvieron firmes vínculos amistosos históricos en cuestiones de energía hasta la llegada del chavismo, incluso en los períodos de la nacionalización de la industria petrolera del país suramericano. Los actos y declaraciones de Hugo Chávez deterioraron la reputación de proveedor petrolero confiable de su país.

 

En Venezuela, la nueva Constitución adoptada en 1999 prohibió la inversión extranjera en el sector petrolero, y desde el 2003 el presidente Hugo Chávez despidió a los administradores de la empresa petrolera estatal PDVSA (Petróleos de Venezuela SA), que favorecieron nexos con firmas extranjeras.

 

La actitud “bolivariana” se impuso sobre la lógica, la tecnología y la economía en aras de “la revolución”, Lo mismo había sucedido anteriormente en Argentina, Bolivia y Ecuador en sus procesos “nacionalistas”, pero con mucha menos virulencia que en la Venezuela del siglo XXI. De manera que, con independencia de los intereses de seguridad nacional de cada nación y del continente en su conjunto, las posiciones emocionales y las pasiones primarán en la toma de decisiones relacionadas con la política energética hemisférica.

 

Diferencias entre el neocastrismo y el castrismo en la política continental

 

Para asombro de los venezolanos, en Venezuela está sucediendo lo mismo que sucede en Cuba: van quedando atrás los postulados y actitudes del castrismo, con su Comandante como máxima y única figura, y se va conformando un neocastrismo relativamente más institucional y colectivo, donde el carisma, el desorden y la improvisación son mucho menos significativos que la efectividad, los planes y lo sistemático de los procedimientos a llevar a cabo para materializar las tareas. En Venezuela, por su parte, con la enfermedad del caudillo bolivariano, un cáncer del que no se conoce demasiado públicamente, las perspectivas del futuro “revolucionario” se hacen más difusas e incoherentes, mientras los presuntos herederos se preparan para la rebatiña que ya está comenzando, aun cuado Chávez asegura que el cáncer ha quedado atrás: no todos se lo creen, aunque nadie lo quiera decir tan crudamente.

 

Ya el objetivo de La Habana no es buscar regímenes “revolucionarios” a través del “foco guerrillero”, la insurgencia y la violencia desmedida; ahora son los petrodólares y el espionaje cubano los que constituyen la amalgama vencedora, desarrollando ya sea elecciones que aprovechan la frustración de los votantes por la ineficacia, el desinterés y la corrupción de los gobiernos para elegir caudillos mesiánicos que prometen el paraíso en esta vida, o realizando elecciones manipuladas que le permitan mostrar una cobertura de “legitimidad” ante los organismos internacionales y los incautos de todo tipo.

 

Ya no son los comandantes “duros” y “tiratiros” de la lucha guerrillera los que parten clandestinamente para fortalecer y entrenar a las guerrillas venezolanas, colombianas, argentinas, guatemaltecas, nicaragüenses o peruanas: ahora son los funcionarios más capacitados y entrenados en “el arte de la inteligencia”, que con cobertura diplomática, profesoral o de hombres de negocios, se mueven por toda América Latina y el Caribe llevando el “mensaje” revolucionario por todo el continente. La pistola todavía, claro, continúa a la cintura, pero ahora no sobre una camisa de campaña, sino bajo una elegante guayabera.

 

En estos días algunos se asombran por las revelaciones de que la cónsul de la República Bolivariana de Venezuela en Miami forma parte de la plantilla y nómina de los servicios de inteligencia venezolanos. ¿Cuál es la noticia para asombrarse? Verdadera noticia sería si se pudiera conocer que la señora es realmente una funcionaria diplomática destinada a esa ciudad para ofrecer servicios consulares apropiados a los venezolanos residentes en el sur de La Florida. Que sea una oficial de inteligencia no es noticia.

 

Como tampoco es noticia que el representante cubano en la Oficina de Intereses de Cuba en Washington, o el Embajador cubano ante la Organización de Naciones Unidas, y muchos -por no decir todos- de los funcionarios de ambas representaciones en Estados Unidos, responden a los aparatos de inteligencia cubanos.

 

Si por regla general los aparatos de inteligencia cubanos controlan los servicios diplomáticos del país, en el caso de las representaciones en Estados Unidos no hay excepciones: hay que ser necesariamente del aparato de inteligencia para poder aspirar a ser “diplomático” ubicado en la gran potencia del norte.

 

Noticia sería, nuevamente, si se conociera que estos “diplomáticos” del régimen cubano son realmente profesionales de la diplomacia y promotores de las buenas relaciones entre ambos países, pero eso es imposible bajo el totalitarismo.

 

Pero lo verdaderamente curioso es que, después de las experiencias que ya se conocen de más de medio siglo de dictadura totalitaria en Cuba, todavía existan personas que se sorprendan con informaciones como la de la cónsul venezolana en Miami, y que la prensa se haga eco diligentemente y con espíritu amarillento de ese “escándalo”, que debería ser un secreto a voces en cualquier publicación seria.

 

Pero parece que en América Latina y el Caribe todos estamos condenados a repetir la historia, pero cada vez más en forma de parodia. En la Cuba “revolucionaria” no solo la clase media cubana apoyó y se incorporó al proceso revolucionario en los primeros momentos, sino también buena parte de las clases altas y acomodadas.

 

En Venezuela, la clase media se lanzó al chavismo en su primera ronda, decepcionada con la inutilidad y corrupción de la clase política tradicional, sólo para verse comprometida muy pronto con un ensayo tiránico que aun no ha terminado. Lo mismo sucedió en Bolivia con Evo Morales, cabeza del sindicalismo cocalero y la “esperanza” inicial de la clase media y los intelectuales.

 

En todos los casos, incluyendo posteriormente a Ecuador y Nicaragua, ha primado la idea de un caudillo mesiánico, que a través de la reforma constitucional o la manipulación de la ley fundamental pueda perpetuarse en el poder, desconociendo “deficiencias” de las democracias como son la alternancia en el poder, el respeto de mandatos presidenciales enmarcados en el tiempo, la libertad de prensa y opinión, y la división de poderes.

 

Pero tanto en Ecuador como en Venezuela, a diferencia de Bolivia y Nicaragua, se complica la situación por la realidad de que existe un amplio sector de la población de origen afro, que se halla marginada, y ha obligado a los “teóricos” de ambos regímenes a elaborar una supuesta idea de “reconciliación nacional” que no acaba de materializarse nunca.

 

En Bolivia el discurso indigenista fue extraído y enarbolado por un medio no indigenista, y el cebo es la recuperación de los territorios perdidos en la guerra contra Chile.

 

Puede argumentarse que nada de lo que sucede hoy en nuestro continente es nuevo, pues mucho de lo que se vive en la actualidad ya recorrió la política hemisférica de la década de los veinte y treinta del siglo pasado, sobre todo con la influencia del Duce Benito Mussolini, del cabo-führer Adolfo Hitler, y del “caudillo de España por la gracia de Dios”, Francisco Franco, que recogió y aplicó extensamente Juan Domingo Perón en la Argentina, iniciando a la gigantesca nación patagónica en un proceso de decadencia continua que dura hasta nuestros días.

 

La venezolano-francesa Elizabeth Burgos ha calificado al régimen de Hugo Chávez como “castrismo a la llanera”. Lo que llama la atención de este “socialismo del siglo XXI” es que la otrora luna de miel con el régimen cubano se ha evaporado totalmente.

 

Un firme defensor de ambos regímenes, el profesor mexicano-alemán Heinz Dieterich, intenta crear una fundamentación teórica “revolucionaria” para la experiencia latinoamericana, pero pasaba continuos malos ratos tratando de establecer un mínimo de coherencia e interrelación teórica entre ambos procesos “revolucionarios”, y con la llegada de Raúl Castro al poder en La Habana tal parece que el profesor ha perdido las esperanzas de poderlo lograr con un mínimo de sentido común, teniendo en cuenta de que al venezolano no hay quien lo entienda y al general-presidente cubano no le interesa demasiado hacerlo.

 

Tanto la izquierda europea “caviar” como la latinoamericana “bistec”, así como los más “duros” revolucionarios en todas partes, aprendieron hace tiempo que el “castrismo”, con su estado militarista, no es un modelo viable para aquella “larga marcha de América Latina” que inventó un teórico “revolucionario” de pacotilla que finalmente terminó más cerca de los grandes poderes europeos y los focos de las candilejas del poder “elegante” de la vieja Europa, pero muy lejos de los focos guerrilleros latinoamericanos.

 

Está claro y nadie discute que la intelectualidad “chic” europea, latinoamericana y hasta la “liberal” estadounidense, sienten una gran debilidad para todo experimento en América Latina, mientras más alocado y “original” mucho mejor, sobre todo por su visceral anti-norteamericanismo abstracto, llevando a que defiendan y apoyen sistemas sociopolíticos a establecer en América Latina y el Caribe que no serían capaces de aceptar para ellos mismos ni para su familia en sus países de residencia.

 

Si a la derecha despistada le parecen “románticos” los bohíos humildes, las chabolas destartaladas, y las favelas controladas por narcotraficantes, a esa izquierda le parece “revolucionario” el trabajo voluntario, el internacionalismo proletario y el paredón de fusilamiento.

 

Sin embargo, casi ninguno de esos intelectuales que apoya completamente el “modelo cubano” desde lejos y en la comodidad de sus propios entornos, es capaz de renunciar a sus comodidades, libertades y facilidades del Primer Mundo e irse a vivir a la Isla como un cubano más, sin pasaporte ni moneda convertible. No, no es para tanto: una cosa es ser un tipo “solidario” y otra es ser un comemierda.

 

El diferendo y reto del chavismo no se halla en el Potomac, frente “al imperio”, sino en el Amazonas, con el socialismo “elegante” encarnado por Lula da Silva. La versión del fracasado socialismo castrista a la que se arrimó Hugo Chávez tiene su competencia en el “socialismo democrático” de Luis Ignacio Lula da Silva, el cual, apoyado en el gaucho montonero Néstor Kirchner, se erigió como contendiente de Chávez para portar el manto revolucionario latinoamericano, a través del Foro de Sao Paulo.

 

Fidel Castro, a pesar de tener que conformarse con su ascenso al Olimpo de las Reflexiones, por estar cada vez más fuera del juego en los entretelones del poder cubano, a pesar de su supuesto carácter de “consultor estratégico”, ha tratado de balancear y mediar entre ambas figuras, pero su retórica, que además peca de decadente cada vez más en los últimos tiempos, ha resultado insuficiente para darle al teniente-coronel una estatura que no tiene, ni teórica ni política, mientras que el “sindicalista” y expresidente Lula goza de un prestigio internacional y popular a veces exagerado y no verdaderamente merecido, pero prestigio al fin, del cual se beneficia ampliamente.

 

Pero el “socialismo democrático” que propugna intensamente la posición izquierdista “elegante” en América Latina está en contradicción total con la izquierda “carnicera”, “antiimperialista” y “bolivariana”, que, como el alacrán, no puede dejar de utilizar el aguijón y esparcir la ponzoña, independientemente de que las condiciones hayan cambiado sustancialmente en todo el hemisferio, y en el mundo.

 

Ya no se encuentran guerrillas rurales ni urbanas en el continente que sean vistas con admiración o respeto por la población, o que puedan ser apoyadas “solidariamente” por La Habana o Caracas, y actualmente en nuestros países solamente pululan, haciendo mucho daño, es cierto, pero en proceso de extinción, las FARC colombianas, a lo que se suman remanentes aislados y poco importantes de los maoístas de Sendero Luminoso en el Perú, y trasnochados de un Ejército de Liberación paraguayo que muy pocos saben lo que representa realmente.

 

Pero la Venezuela chavista, con la asesoría de Fidel Castro, comenzó desde el 2001 un proceso de complicidad y acercamiento con el Irán de los ayatollahs, que se ha ido extendiendo a través de los años, a pesar de la enfermedad y “retiro” de Fidel Castro.

 

Raúl Castro, por su parte, no demuestra demasiado apego por los fundamentalistas iraníes y sus métodos abiertamente terroristas, pero, necesitado de los abundantes créditos que el Irán ha entregado al régimen en condiciones favorables, tiene que sobrellevarlos, y de ninguna manera puede mostrar rechazo a estas operaciones, aunque tampoco demuestra demasiado entusiasmo en desarrollar relaciones oficiales personales con estos personajes, y ha dejado ese trabajo, que parece considerar “sucio”, a Hugo Chávez y Evo Morales.

 

Los compromisos son serios. Con cobertura y a la vez flagrante negligencia del gobierno venezolano, han entrado a América Latina cientos de militantes y miles de simpatizantes de organizaciones islámicas fundamentalistas, de las cuales Hezbollah y Hamás son las más públicas y conocidas, pero no las únicas.

 

Células durmientes se crean continuamente en el continente, fundamentalmente en América del Sur, y se va tejiendo una extensa red subversiva que puede ser llamada a actuar en cualquier momento, tanto contra intereses de Estados Unidos o Israel en cualquier país como contra cualquier gobierno o institución que los fundamentalistas consideren necesario.

 

Las tropas especiales cubanas garantizan la extracción de uranio en las minas venezolanas, y posiblemente muy pronto se pueda saber también del vínculo de estas fuerzas especiales con la extracción del litio boliviano, porque ambos minerales tienen un carácter estratégico para la industria nuclear, y La Habana no está dispuesta a poner la seguridad de estas operaciones en manos menos experimentadas o fácilmente penetrables o corrompibles.

 

Continúan los vuelos semanales Caracas-Damasco-Teherán, de ida y vuelta, donde se envían al Medio Oriente, resguardados de miradas indiscretas en los aeropuertos abiertos de todo el mundo, los minerales estratégicos extraídos de las minas venezolanas que protegen los cubanos, y donde en los viajes de vuelta llegan a Venezuela “turistas”, entrenadores nada deportivos, potenciales terroristas y subversivos en activo, parte de los cuales se radica en el país, mientras otra parte se disemina por los países del continente.

 

Aunque todavía no es muy conocido ese hecho, habría que investigar a fondo la cantidad de personas de origen islámico que se ha radicado en las naciones-islas del Caribe en los últimos años, y podría establecerse el vínculo Teherán-Caracas en esta incremento de los viajeros procedentes de aquellas regiones hacia el hemisferio occidental.

 

Que sean de determinada religión no indica que militen en determinadas posiciones, y en definitiva es necesario respetar la religión de cada quien. Si se ha hecho énfasis en el origen de estos nuevos habitantes de estos territorios occidentales no es por motivo de su religión, sino de su potencial militancia política extremistas y sus potenciales vínculos o relaciones con el pensamiento y la acción terrorista.

 

Aparentemente, más por la biología que por la política, es plausible considerar que dentro de algunos años ni los hermanos Castro ni Hugo Chávez estarán presentes en el escenario latinoamericano, sea por enfermedad o vejez.

 

Pero aunque ellos no estén, el daño que van a dejar a la seguridad nacional de nuestro continente y de cada uno de nuestros países con el desarrollo de esa base subversiva y terrorista que han facilitado y apoyado, y sin tener en cuenta que por otra parte resulta completamente alejada de nuestra cultura, nuestra psicología y nuestras tradiciones, será colosal.

 

Tan colosal que habría que preguntarse si no existen ya motivos suficientes para que un tribunal independiente, dentro del más estricto apego a la ley, pudiera juzgar a estos tiranuelos de pacotilla por crímenes contra la humanidad, al haber facilitado la creación, instalación y asentamiento de una gigantesca infraestructura terrorista en el continente, basados solamente en el odio irracional a los Estados Unidos y a todo lo que signifique democracia y libertad.