Cubanálisis El Think-Tank   

       

        Juan Benemelis y Eugenio Yáñez

 EL AJEDREZ ATÓMICO: ISRAEL VS. IRÁN. Enseñanzas para Cuba

Irán: la sombra de Alá

Lo que la dirigencia iraní quiere lograr es una posición de conocimientos y de disponibilidad material para construir con rapidez armas nucleares y sus vectores. Desde hace más de diez años se hallan envueltos en producir uranio enriquecido, algo necesario para algunos tipos de reactores nucleares, pero fundamental para fabricar armas atómicas. Sus instalaciones para enriquecer uranio han crecido en capacidad, calidad, y número. También han trabajado en tecnologías de detonación, y en cohetería para portar ojivas nucleares.

La Agencia Internacional de Energía Atómica (International Atomic Energy Agency, IAEA) ha admitido que en Fordo existe la capacidad para 3,000 centrifugas, comparada con las 9,000 que Irán dispone en su primera planta de enriquecimiento de Natanz. Los medios políticos de decisión del planeta y los centros de inteligencia saben que después de un Fordo completamente equipado Irán romperá su compromiso con al tratado de No Proliferación Nuclear con cualquier pretexto y pondrá fin a las inspecciones, como lo hizo Corea del Norte en 2003.

Los iraníes han sido taimados en su programa nuclear. Lo han hecho teniendo en cuenta que pueden ser bombardeados. Por ello, han dispersado sus instalaciones en más de una docena de parajes bien defendidos.

Las negociaciones y esfuerzos para supervisar, controlar y desprogramar los intentos iraníes por armarse nuclearmente, no han producido nada, exclusivamente una puesta en escena, un “minuet” diplomático y respuestas intransigentes de Teherán, que solo busca tiempo para que avance su boceto nuclear.

Este problema se agudizó cuando Irán incumplió el acuerdo de permitir la inspección de la Agencia de Energía Atómica, planeada para la controversial base militar de Parchín. Más aún, evidencias recientes han revelado que en esa base ha tenido lugar una operación de ocultamiento, lo que ha elevado las sospechas de la IAEA, de Estados Unidos y de Israel. Finalmente, Irán continúa rehusando permitir el acceso de la comisión de Energía Atómica a los lugares indicados como posibles sitios de almacenamiento atómico.

Al fallar estos tanteos políticos, la sombra de una confrontación bélica se va dibujando con mayor precisión. Este patrón de impunidad iraní, en desafío a la ONU y a las resoluciones internacionales que demandan una suspensión de su programa de enriquecimiento, precipita la determinación israelí de lanzar un ataque, quizás unilateral, contra las instalaciones nucleares iraníes.

Todos los lugares relacionados con el Estado de Israel, en todo el planeta, se hallan en estado de alerta, ante el peligro de ser blanco de ataques terroristas. Los belicosos de Teherán no se ocultan para proclamar su deseo de borrar del mapa a la “entidad sionista”, y disponer de armas nucleares sería el camino más expedito para lograrlo.

En mayo pasado, el líder supremo iraní, Ayatola Ali Khamenei, dirigiéndose en árabe a la comunidad islámica no persa, llamó a Israel “tumor canceroso que debe ser cortado”, y apuntó que se apoyaría y armaría a todo grupo que retase al “Estado judío”. Refiriéndose a las sanciones contra Irán, las llamó “inofensivas” y que no tenían impacto en la determinación de seguir el curso nuclear.

El Ayatola, también en voz desafiante, predijo que de ser atacado Irán, los países árabes que contribuyan sufrirían las consecuencias, y que “los intereses americanos también sufrirían”, que sería peor para Estados Unidos que para Irán.

El General iraní Hassan Firouzabadi ha reiterado el propósito de su país de aniquilar completamente al “régimen sionista”. El generalato iraní ha anunciado la realización de exitosas pruebas con cohetes de mediano y largo alcance, los conocidos Shahab-1, Shahab-2 y Shahab-3, a hipotéticas bases enemigas, supuestamente norteamericanas e israelíes. Aunque muchos analistas militares han clamado que tales anuncios son exagerados, y que las declaraciones de los líderes iraníes tienen mucho de “bluff”.

Y llamó la atención la ejecución misteriosa de los dos más destacados científicos nucleares iraníes: Mahid Shahriani, jefe del programa anti-Stuxnet, y Feredoun Abbassi-Davani, que era Director de las operaciones de centrífugas en Natanz. Ello, sin dudas, enlenteció el trabajo en la planta de Natanz. Otro misterio fue la devastadora explosión de los silos de cohetes en Shehab. Hasta la fecha, nadie ha reivindicado la autoría de tales acciones, profesionalmente ejecutadas.

Las plantas nucleares iraníes, como la de enriquecimiento de uranio en Natanz, así como otros lugares hasta ese momento ocultos que desarrollaban armamento de destrucción masiva, fueron objeto de un ataque cibernético, con el virus de computadora Stuxnet, lo que forzó a Irán a decomisar y reemplazar más de un millar de centrífugas IR-1, alrededor de un 20 % de la capacidad de su planta en Natanz, y clausurar muchos laboratorios que apoyaban el programa nuclear.

Para muchos, un ataque a Irán puede tener como consecuencia que su actual debilitado régimen, aislado, cobre fuerza de momento y se restablezca, logrando apoyos inesperados en la región, y transformándose de “paria” en la fuerza fundamental mesoriental. Una cosa si es segura: Irán dispone del conocimiento científico para producir armas nucleares. De ahí que muchos planteen que un ataque sólo dilataría cuándo se fabricarán armas nucleares en esa nación.

Algunos think-tanks han ofrecido escenarios en los cuales el ataque podría tener efectos “contraproducentes” de unión de los iraníes alrededor de los ayatolas y su comparsa fundamentalista. Argumentan incluso que la actual oposición política a Ahmadinejad podría cambiar de opinión ante un ataque, y apoyaría al régimen que rechazan.

Sin embargo, con estos enfoques se obvia la larga y profunda lucha por el poder que ha envuelto a ese país desde el mismo momento que el ayatola Jomeini aterrizó desde Francia en 1979. No puede saberse hasta qué punto un ataque a las instalaciones nucleares podría poner fin o enlentecer su programa nuclear, pero se puede considerar, contrario a otros think-tanks, que no tiene sentido ignorar en el análisis la posibilidad de que también podría resultar lo contrario, y ser el fin del régimen del Ayatola Seyed Ali Hoseini Khamenei y del Presidente Mahmoud Ahmadinejad.

Detrás de la retórica y de la virulenta vehemencia fundamentalista, la dirigencia iraní y su Guardia Revolucionaria, que mantiene un firme control político y económico, teme a un ataque contra sus instalaciones nucleares, que podría dar al traste con décadas de propaganda paranoica, y quebrar la frágil unidad del país.

Es ampliamente conocida la pugna entre el parlamento y el presidente, no de ahora, sino desde 1979. Y, dado el elevado nivel de desafección pública contra el régimen, luego de las fraudulentas elecciones de 2009 y del actual caos económico causado por las sanciones, podría suponerse un escenario menos negativo, en el cual el gobierno sólo logre una limitada simpatía.

Los iraníes son una nación orgullosa de larga historia, y que han intentado modernizar sus vidas. El actual régimen de los ayatolas es sólo una pesadilla en sus intentos de asumir un papel estelar en la política regional. Fue con esos ayatolas en el poder que los tambores de la guerra han sonado, pues desde el siglo XIX hasta 1979 el país nunca estuvo envuelto en pesadillas de agresión.

Debemos pensar que el pueblo iraní, que no es solamente, ni en su mayoría, el ganado fanático que nos presentan los documentales propagandísticos, no querría ser parte de un país que se halla en contra de todo el planeta.

Irán, en medio de un ataque israelí, lanzaría cohetes contra el Estado de Israel, y también daría rienda suelta a medios no convencionales y asimétricos. Pero Israel cuenta con una verdadera muralla de defensa anti-coheteril. Es cierto, pueden aparecer carros bombas o bombas humanas en capitales europeas, o talibanes con altos explosivos atacando tropas de la OTAN en Afganistán. Sin embargo, esa “respuesta” iraní sería mucho más simbólica que efectiva.

Aunque muchos opinen lo contrario, un ataque directo a la Armada norteamericana en el Golfo Pérsico es una posibilidad muy lejana. Es solo como propaganda para mantener su credibilidad que los ayatolas y su gobierno hablan de “hacer polvo” a la colosal 5ta. Flota, de bloquear las vías marítimas y de contraatacar a aquellos estados del Golfo que sirven de base a Estados Unidos, como Bahréin, Kuwait, Qatar y los Emiratos Árabes Unidos.

Porque, y esto se señala discrepando de las Casandras sobre el conflicto en ciernes, Irán no dispone del poder de fuego ni de la potencia naval para montar un bloqueo convencional en el Estrecho de Ormuz. Sus minas, torpedos, mini-submarinos y cohetes apenas pueden defender sus tanqueros. Y cualquier intento contra la Armada del Comando Central USA, o los estados del Golfo, provocaría una respuesta descomunal del grupo de ataque de la 5ta. Flota norteamericana estacionada en Bahréin, una parte del cual ya está desplegada en el Estrecho de Ormuz.

Como quiera que se juzgue a los iraníes, hay que dar por sentado que no son es estúpidos, y un embate directo a la colosal Armada norteamericana en el Estrecho de Ormuz sería sólo provocar la ira de Washington, que se concretaría en una verdadera lluvia de fuego, no sólo contra los objetivos nucleares iraníes, sino también contra otros elementos de la infraestructura militar, política y económica, causando el derrumbe de los ayatolas. Y en caso de un ataque contra las fuerzas armadas norteamericanas, esta sería una respuesta que cualquier presidente de los Estados Unidos tiene que materializar para mantener su credibilidad.

De shiítas y sunnitas

Teherán está enfurecido con los sauditas, quienes se han aprovechado del embargo petrolero contra el régimen de los ayatolas para producir adicionalmente 2.7 millones de barriles diarios (bpd) y así compensar las carencias a los países consumidores que puedan provocar las sanciones sobre Irán.

De estar convencidos que Arabia Saudita se halla en connivencia con Estados Unidos, y por carambola con Israel, los iraníes lanzarían sus cohetes contra los centros exportadores, como Abqaiq, en el este saudita, donde la tradicionalmente levantisca población islámica shiíta podría aprovechar la coyuntura.

El “reino petrolero saudita” ha tomado muy en serio, como un acto de guerra, las amenazas que ha hecho el gobierno de Irán de volar en pedazos las instalaciones industriales sauditas. El “reino” ha emplazado contingentes militares en las costas del Golfo Persa, y ha instalado alrededor de sus campos petroleros anillos de baterías anti-cohetes Patriot PAC-2 y PAC-3 (foto).

Se han estacionado fuerzas blindadas sauditas en los nudos de oleoductos y estaciones de bombeo. Las entrenadas “fuerzas especiales” del reino están acampadas en la terminal petrolera de Ras Tanura; la fuerza aérea se halla en estado de alerta, y destacamentos navales especiales patrullan sus costas.

Las tropas norteamericanas, al unísono con otras fuerzas, realizan ejercicios de desembarco en costas de Jordania. Estados Unidos está envuelto, también con Arabia Saudita, en ejercicios militares que simulan un ataque conjunto sobre Irán.

Los críticos europeos de la “línea dura” contra Irán argumentan que un ataque de Estados Unidos o Israel sería contraproducente. Con un Medio Oriente caótico por un ataque contra Irán, la “primavera árabe” que se halla en plena conmoción, y la guerra civil en Siria, podrían desvirtuarse. Lo que no se tiene en cuenta, por ser esos análisis de una línea tan “dura”, es que también podría suceder lo contrario, y acelerarse esos procesos antidictatoriales. 

En toda la prensa de “Eurabia” el argumento central es que se debe conceder posibilidad a que la diplomacia surta efecto, puesto que un ataque a Irán aislaría completamente a Israel en la región y elevaría el resentimiento en Turquía y Egipto. Señalan también que los hoy aliados árabes se tornarían enemigos y apoyarían a su hermano de religión, Irán, pues el ataque se vería como un intento más de Occidente de llevar sus Cruzadas contra los estados islámicos.

Pese a las presiones diplomáticas, en febrero pasado, en una entrevista del Jefe del EM Conjunto de Estados Unidos, General Martin Dempsey, y del canciller británico, William Hague, se reveló que una invasión israelí al Irán tendría graves consecuencias para la región del Medio Oriente, por lo cual se hacía necesario conceder tiempo a que las sanciones pudieran cumplir sus objetivos.

Pero esto es aprovechado por Irán, que sigue preparando a su ejército. Así, los jefes de su Guardia Revolucionaria han reiterado que la “República Islámica” atacará militarmente a cualquier país que sirva de trampolín a una agresión contra Irán. Y aunque resulta inocente pensar que Irán se mantendrá inmóvil ante un ataque a sus instalaciones nucleares, habría que ver cómo el régimen de los ayatolas podría cumplir esas amenazas de contragolpe.

El pasado once de febrero el presidente Ahmadinejad y el jefe de la Guardia Revolucionaria, Mohammad Shirdel, plantearon que si el “régimen sionista les ataca, sería reducido a polvo por los miles de cohetes que están enfilados a su territorio y a las 40 bases norteamericanas en la región”. Como si el hecho de que estén “enfilados” contra esos blancos garantizara que darían en sus dianas, y que la otra parte no dispone de medios anticoheteriles.

Aunque lo intenten, los iraníes no podrán cerrar el Estrecho de Ormuz, por donde fluye el 20% del petróleo que se comercia en el planeta; intentarán lanzar sus cohetes por toda el área, desestabilizando todo el Medio Oriente, buscando explotar el caos regional para lograr -es su intención- ampliar sus posiciones geopolíticas respecto a sus vecinos. Algo muy parecido a la estrategia de Saddam Hussein cuando la “Tormenta del Desierto” en 1991, y todos recordamos la poca efectividad que tuvieron los lanzamientos de misiles “Scud” contra Israel, y cómo fue que terminó aquella “madre de todas las batallas”.

Los petro-árabes desatarían un tsunami económico y financiero si Irán decide suspender totalmente sus exportaciones de petróleo, o si ataques contra sus instalaciones le impiden producir y exportar. Aquellas naciones que dependen del petróleo para su actividad y su desarrollo económico, privadas del acceso al combustible iraní, enfrentarían una catástrofe política y económica si no sucediera nada más, pero si el resto de los productores eleva su producción para suplir los suministros iraníes interrumpidos, las consecuencias no serían tan caóticas. También antes de la “Tormenta del Desierto” en 1991 los “genios” políticos como Fidel Castro pronosticaron que los precios del petróleo y el caos mundial se desatarían si comenzaban las hostilidades en Irak, y todavía estamos esperando para verlo.

Los países islámicos afectados, ya sea desde porque teman a un Irán con armas nucleares hasta porque se alíen a él, serían Irak, Afganistán, Pakistán, Turquía y Arabia Saudita. Pero es sabido que las alianzas por temor no son tan duraderas: en cuanto los más débiles perciban que la otra parte está venciendo -o pueda vencer- la lealtad por temor se desmorona. ¿Estarían los débiles gobiernos de Irak y Afganistán dispuestos a apostar por Irán, aunque fuera por temor, corriendo el riesgo de quedarse “agarrados de la brocha” en el muy probable caso de que Estados Unidos y la coalición occidental prevalezcan?

Se dice que un golpe israelí contra Irán forzaría a que Pakistán no tenga otra opción que apoyar a Teherán. Ya existen evidencias de ello. En Islamabad, el 17 de febrero pasado, el presidente pakistaní, Asif Ali Zardari, se comprometió a apoyar militarmente a Irán si Estados Unidos lanzaba una acción militar contra la República Islámica. El presidente aseguró a los líderes iraníes que el territorio de su país no sería utilizado por ninguna fuerza contra Teherán.

Este enfoque llevaría ante el espectro de un Pakistán con armas nucleares frente a un Israel con armas nucleares. Pero para ello sería necesario que Pakistán estuviera dispuesto a romper abiertamente con Estados Unidos, y a pesar de sus tendencias al fundamentalismo y sus coqueteos con los talibanes, el gobierno pakistaní sabe perfectamente que depende de la ayuda norteamericana no solamente para subsistir, sino también para poder enfrentar su diferendo histórico con la India.

Turquía, miembro de la OTAN, ha cambiado su política. No sólo porque ahora apoya abiertamente la causa palestina contra Israel, sino porque incrementa su comercio con Irán a pesar de las sanciones. Y también ha estrechado lazos políticos con Pakistán. Sin embargo, como miembro de la OTAN, Turquía es una nación del mundo “occidental”, y un enfrentamiento abierto con Estados Unidos y la coalición de los países que lo apoyarían en un conflicto frente a Irán, no parece que sea lo más deseable para Ankara, teniendo en cuenta que Turquía es un estado laico, otomano y “democrático”, y no una típica satrapía árabe del Medio Oriente.

En estas circunstancias, muchos centros de pensamiento académico euro-occidental, que han demostrado en muchas ocasiones que no entienden demasiado cómo funcionan las cosas en esas regiones en conflicto, se refieren a la posibilidad de que una acción contra Irán aglutine a los países árabes y no árabes en una coalición hostil a Estados Unidos, que de conjugarse propiciaría incentivos a los elementos extremistas en Pakistán y en todo el Medio Oriente. Ello tendría repercusión en Siria, en Somalia y en Yemen, al igual que en la Cachemira, para desasosiego de la India. Pero, de nuevo, no puede descartarse el efecto absolutamente contrario.

Esta eventual y peculiar fusión que se sugiere, de Irán con Pakistán y Turquía (con Rusia y China tras bambalinas) -casi un enfoque a lo Nostradamus- a no durarlo frustraría los designios estratégicos de Estados Unidos para el área. Y esto es lo que barajan quienes en Europa y Estados Unidos están por negociar con Irán. Pero si se desatan las hostilidades, y son los aliados de EEUU los que van a asegurar el petróleo a tantos países que lo necesitan, las posibilidades de la supuesta coalición antinorteamericana no son tan evidentes como se podría pensar.

Veámoslo de esta manera: aceptemos que un ataque de Israel o de Estados Unidos contra Irán, o de ambos a la vez, tiene consecuencias no predecibles, e incluso peligrosas: el precio del petróleo por las nubes, por un tiempo, poniendo en peligro la recuperación económica; que los estados petroleros aliados del Golfo puedan sucumbir a una “primavera árabe”, desestabilizando más aún la región; que la Yihad terrorista se re-energice; y que Estados Unidos se vea en dificultad para contrabalancear un bloque ruso-chino en el Pacífico.

Pero hemos aprendido, y ya debería haberse aprendido por muchos, aunque algunos en Europa y Estados Unidos no se hayan dado cuenta, que en el Medio Oriente no siempre todo es como se trasluce inicialmente. También la ola de “cambios” que sacude la región tiene nerviosos a los fundamentalistas iraníes, y ha reducido su capacidad política regional, y la posibilidad de que el régimen de al Assad desaparezca se halla también en el tintero.

No puede desconocerse que incluso puede haber opciones de cambios en Pakistán que propicien un gobierno interesado en mejorar sus relaciones con Estados Unidos y al menos “enfriar” un poco las tensas relaciones con la India, en aras de concentrarse en el desarrollo económico y la elevación del bienestar de su pueblo: tal vez no en un enfoque “hindú” de la democracia indostánica, pero si en uno “turco”, donde los militares no pongan en peligro las relaciones con Estados Unidos y jueguen un papel decisivo en la conducción de los enfoques políticos internacionales del país.

Recuérdese que hace un año, tanto el HizbAlláh libanés como el Hamás de Gaza proclamaban que lanzarían cohetes contra Israel si este osaba tocar a Irán; en la actualidad Hamás ha roto su alianza con Irán y se ha realineado a sus “hermanos” egipcios, y la situación en Siria podría implicar que HizbAlláh se quede sin su arsenal de armas canalizado por el valle de la Bekaa. Así, la reacción bélica de HizbAlláh y Hamás, si bien puede hacer algún daño, a todas luces no será tan fiera como se pintaba un año antes.

Otra interrogante es si Israel puede concertar acuerdos bajo cuerdas con aquellos países islámicos que están en el paso de sus fuerzas aéreas hacia Irán, como Jordania, Arabia Saudita, Irak y Turquía (con Siria, evidentemente, sería impensable). Y si esos países están dispuestos a enfrentar las protestas en sus bazares y correr la suerte de un Gadafi o de Mubarak. Sin embargo, de nuevo, el temor a un león persa nuclear es mucho mayor que la preocupación por la necesidad de enviar varias unidades de fuerzas especiales equipadas con gases lacrimógenos y balas de goma a dispersar manifestaciones en las kasbahs, las mezquitas o las universidades, o a sacar a desfilar un batallón de tanques por las calles de las capitales.

Irán también cuenta con una limitada capacidad para golpes militares sobre el sistema de defensa de la OTAN en Turquía. Ello ha sido expresado por Amir Ali Hajizadeh, comandante de la Fuerza Aérea. Pero hay mucho más de alarde y gritería que de planes serios en esas declaraciones: un ataque contra un país miembro de la OTAN se interpretaría como un ataque a todos los miembros de la OTAN (el famoso Artículo 5 de la Carta de la OTAN). Y está claro lo que eso significa.

Pese a los que proclaman a voz en cuello una yihad árabe en caso de ser atacado Irán (país no árabe), en realidad, nadie en la región, especialmente los sauditas, lo lamentará. Claro, no lo harán públicamente. Y si Estados Unidos se halla tras una acción israelí, o al menos no la condena abiertamente, como se supone que no la condenará, los europeos no obstaculizarán, y sólo algunos objetarán verbalmente, con más o menos virulencia, dependiendo de en que país surja la declaración.

La acción militar israelí contra Irán supondría una respuesta coheteril islámica desde Gaza, pero muy limitada, y que Israel puede absorber, además de que contra-golpeará algunos objetivos estratégicos palestinos, enviando un clarísimo mensaje a la dirigencia de Hamás de que no se tolerará una verdadera escalada: si las fuerzas israelíes no vacilarían en volar hasta Irán para golpear sus instalaciones nucleares, ¿qué les limitaría para golpear en la vecina Franja de Gaza?

Siria, en realidad, estará fuera del juego, enredada en su guerra civil que cada día se complica más, y si Bashir al Assad pretende creer que lanzarse sobre Israel uniría a los sirios a su alrededor, ello puede ser el punto culminante que diera al traste con su régimen. Por mucho peligro que representara Israel, para muchos sirios en estos momentos la dictadura alawita de al Assad es el peligro mayor a su existencia, y saliéndose del dictador tendrían opciones y tiempo de buscar acomodos o arreglos con los israelíes, evitando otra guerra más que, de seguro, perderían frente a los blindados, la artillería, tropas coheteriles y fuerza aérea de Jerusalén, mucho más ahora que las fuerzas armadas sirias están debilitadas por más de un año de guerra civil. Y un nuevo régimen en Damasco, esta vez de sunnitas, no se rasgará las vestiduras por Irán, quedando de paso desarticulado su apoyo al HizbAlláh shiíta del Líbano.

Las disyuntivas imprevisibles que puedan contrariar a Israel no son de suficiente peso como para ignorar que el camino actual iraní atenta contra la existencia misma del Estado judío. Por ello, una acción militar que ponga fuera de acción el programa nuclear iraní, además de poseer ventajas estratégicas para Israel, le resulta imprescindible a esa nación.

Es cierto que la presión internacional pueda llevar a que se logre un acuerdo sobre el “affaire palestino”, incluyendo compromisos que el actual gobierno de Netanyahu no ha estado dispuesto a aceptar. Si estas consecuencias se plasman, imaginamos que Estados Unidos y otros países europeos insistirían que Israel firme el Tratado de No Proliferación de armas nucleares, y que ponga sus instalaciones bajo inspección internacional. Sería una posibilidad para que la comunidad internacional y los Estados regionales conformen un Medio Oriente libre de armas de destrucción masiva. Por tanto, estas perspectivas, más que tragedias y amenazas, pueden ser interpretadas como magníficas oportunidades.

Europa, Rusia y China

Todos en Occidente saben que tanto Estados Unidos como Israel no pueden vivir con la realidad de un Irán fundamentalista en posesión de armas nucleares; y es imposible negar que Teherán está aprovechándose y tomando ventaja de las marchas y contramarchas de la comunidad internacional, así como del forcejeo existente sobre quién se hace de la hegemonía en el Medio Oriente, región donde Rusia y China se enfrentan a los Estados Unidos.

Otro escenario discutido a la hora de un ataque norteamericano o israelí, o de ambos, contra Irán, es que tanto Rusia como China, que han clamado por una solución negociada del programa nuclear de Teherán, de inmediato fortalecerían sus relaciones en una alianza tipo bloque técnico-económico-militar, algo que desbalancearía el actual escenario internacional. Pero eso sería suponiendo que después de tal ataque no se abra la caja de Pandora en Teherán, y tanto los ayatolas como Ahmadinejad, o las políticas que éstos representan, puedan mantenerse en el poder.

En este momento Estados Unidos sostiene una guerra diplomática con Rusia y China con respecto a Siria. Ya ambos habían chocado con Estados Unidos y la OTAN en el caso de Libia. El Kremlin ha argumentado que un ataque sobre Irán sería “catastrófico” para la región, por lo cual ha pedido a Estados Unidos y a la Unión Europea que adopten una política de “no intervención” en la región, lo mismo que pidieron con respecto al África del norte.

A principios de este año, el canciller ruso Sergei Lavrov señaló que era imposible relatar cuáles serían las consecuencias de un conflicto militar, aunque afirmó que ello sería echar fuego a la confrontación Sunni-Shia y a la consecuente reacción en cadena. En aquel momento, señaló que Rusia haría todo lo que estuviera a su alcance para prevenir un ataque sobre Irán. Pero “todo lo que estuviera a su alcance” se puede interpretar de muy diferentes maneras, y casi ninguna supone llegar a un choque violento directo con Estados Unidos.

Los rusos han planteado que una acción militar israelí contra Irán sería una flagrante violación de las leyes internacionales, puesto que el golpe militar estaría ejecutado por un Estado (Israel) que ha adquirido ilegalmente armas nucleares con la connivencia de los Estados Unidos y de Occidente, en una clara violación de los acuerdos de “no proliferación” de los programas nucleares con componentes militares.

Además, plantea el Kremlin, junto con Irán, que Occidente nunca solicitó la imposición de sanciones o de golpes militares cuando Israel estaba implementando su programa nuclear, el cual era un secreto a sotto voce. Sin embargo, no dicen que Israel nunca puso en duda el derecho de ninguna nación a existir ni amenazó con lanzar al mar a sus habitantes. Por otra parte, tanto Rusia como China han hecho todo lo posible, a pesar de las apariencias, para evitar sanciones efectivas contra el gobierno de Corea del Norte y detener su programa nuclear, que no presagia nada pacífico hacia ningún lado.

Hay que recordar cómo el entonces premier y hoy presidente ruso Vladimir Putin, en ocasión del ataque de la OTAN en Libia, acusó a esa organización de ser una reminiscencia de los cruzados medievales. Aunque, por razones políticas domésticas, ha accedido a poner presión sobre Irán, nadie que entienda la dinámica en el país de los persas espera un resultado diplomático que impida el encontronazo bélico.

Es de notar que el pasado enero 2012, durante la visita del presidente chino Hu Jintao a Washington, el presidente norteamericano Barack Obama le expresó a su contraparte que Estados Unidos no podía impedir por mucho tiempo que Israel atacase las instalaciones nucleares iraníes.

Otros políticos europeos, algunos de los cuales no logran despegarse de un lejano, disimulado y quizás hasta no reconocido interiormente sentimiento antisemita en lo más profundo de sus corazones, y entre esos políticos no queda más remedio que pensar en algunos socialdemócratas, han puesto el grito en el cielo, argumentando que un ataque a Irán dividiría al mundo en dos partes, el mundo islámico y el de la cristiandad occidental, con todas las consecuencias militares, económicas y políticas, como si de hecho, en la actualidad, ya esa fractura no hubiera comenzado a producirse. Que algunos gobiernos no hayan roto o no rompan definitivamente con la civilización occidental no ha sido tanto por cuestión de convicción como de oportunidad: el gusanillo de la Sharia corroe a más de un residente de palacio real o cuartel militar en muchos de los casi sesenta países que componen el mundo islámico y financian las madrazas.

A lo que Europa más le teme en caso de un ataque contra Irán es al golpe que sufriría la tambaleante economía mundial con una subida de los precios petroleros, y a la reacción violenta iraní desatando el terrorismo en las sociedades europeas. Lo demás, incluyendo la suerte de los israelíes y hasta de Estados Unidos, no parece preocuparle demasiado. Nick Witney, quien fuera la cabeza principal de la Agencia de Defensa Europea, ha planteado que las consecuencias políticas y económicas de un ataque israelí serían catastróficas para Europa, que se adentraría de lleno de una espiral de recesión de la cual ni Alemania se salvaría. No solo países como Grecia e Italia entrarían en bancarrota, sino que el tembloroso euro colapsaría totalmente. Escenario que, por otra parte, aunque este señor no lo haya dicho, no puede garantizarse que no suceda aún en el caso en que no hubiera acciones militares en Irán.

Muchos expertos económicos opinan que otra guerra en el Medio Oriente precipitaría los precios del barril de petróleo mucho más allá de los $200, desconcertando a los mercados financieros y paralizando el crecimiento global de la economía. De nuevo, un escenario parecido al sugerido en ocasión de las guerras contra Saddam Hussein en 1991 y 2003, pero que no se materializaron. Esas opiniones de los “expertos” actuales suponen escenarios estáticos, no dinámicos, donde tras la guerra las cosas en Irán continuarían de la misma manera, y los problemas seguirían siendo los mismos, lo cual no necesariamente tendría que ser así.

El único país-potencia que ha mostrado públicamente su agrado a cualquier acción de Israel frente a Irán ha sido, sorpresivamente, Canadá, al punto que ambos estados firmaron un número de acuerdos de cooperación de defensa, que cubren diversas áreas, tales como el intercambio de información de inteligencia y el desarrollo conjunto de programas militares. En uno de los acuerdos consta la obligación de Canadá de ir en defensa de Israel si este se ve atacado.

Pero a no dudarlo, Israel y Estados Unidos enfrentarán un entorno internacional hostil, donde Rusia y China, secundadas por Cuba, Venezuela, Bolivia, y tiranuelos de segunda categoría en todo el tercer mundo, pero con voto en la ONU igual que las potencias y los países democráticos, acusarán a los “sionistas” y a los “imperialistas” de masacrar a los persas y a las naciones árabes, de fomentar el “guerrerismo” y la “injerencia”, y de poner en peligro “la paz mundial”: es algo con lo que los israelíes podrán vivir y tendrán que hacerlo hasta que las aguas tomen nuevamente su nivel, siempre y cuando Estados Unidos mantenga el apoyo sobre su aliado estratégico.

El águila imperial

Ya hace meses que Estados Unidos remodeló sus sanciones contra Irán, y ya se inician las más fuertes luchas de sus elecciones presidenciales. Pero todo ello envuelto en el peligro de un estallido en el Medio Oriente. Voces congresionales de ambos lados del pasillo presionan constantemente al presidente Obama con el fin de que se tomen acciones militares, o que no se deje solo a Israel en el empeño de desbancar el programa nuclear iraní.

En contradicción con los servicios de inteligencia israelíes, la administración del presidente Obama aún insiste que todavía le faltan dos años a Irán para llegar al “punto de no retorno”, por lo cual hay tiempo para la diplomacia y las sanciones. La administración Obama le transmite constantemente a sus pares israelitas que se debe actuar en concierto y coordinado, para evitar cálculos fallidos que podrían minar la influencia norteamericana en la región, y lanzar esta a una incontrolable espiral. En años de elecciones presidenciales, los presidentes actuantes no desean tomar el riesgo de una operación militar de envergadura.

Irán desarrolló sus ejercicios militares cerca de las fronteras con Afganistán, precisamente después de los ejercicios navales norteamericanos en el Golfo, y luego de probar nuevos cohetes. Teherán, también lanzó amenazas de que podía cerrar el acceso a través del Estrecho de Ormuz. Estas tensiones de Washington con Teherán se incrementaron dramáticamente a partir de diciembre 2011, cuando las autoridades iraníes se apropiaron de un avión espía no piloteado, que se había lanzado desde Afganistán.

La administración del presidente Barack Obama no ha podido convencer a los israelíes de delegar en Estados Unidos la opción total de una acción militar contra Irán, de ser necesario. El presidente Obama podría aventurarse a una solución drástica en el caso de Irán, para sacudirse el San Benito de “presidente débil”. Pero mientras que para Estados Unidos y Barack Obama la situación se desenvuelve a la sombra de las elecciones de noviembre, para los israelíes ningún calendario electoral, ni en Washington ni en Jerusalén, vale lo suficiente como para poner en peligro la seguridad nacional y la existencia misma del Estado judío y sus pobladores.

No podemos ignorar la realidad de que las sanciones que han perjudicado el sistema bancario iraní han hecho mella en su capacidad comercial y en sus exportaciones petroleras. Muchos en el entablado político de la actual administración norteamericana, temerosos de la reacción internacional y de las consecuencias económicas que precipita el “dossier” iraní, se muestran no solamente contra una acción militar, sino incluso contra la aplicación de las sanciones.

Ese fue el caso del líder de la mayoría demócrata senatorial, Senador Harry Reid, acusado de complotar secretamente con las compañías aseguradoras internacionales, al proponer llegar a un “acuerdo razonable” con Irán, no importando la suerte del Estado de Israel. Situaciones como éstas pueden resultar mucho más perjudiciales a las aspiraciones de reelección del presidente que todas las tensiones internacionales derivadas de un ataque masivo contra las principales y más importantes instalaciones nucleares iraníes. Y les podrían enajenar a Barack Obama y el partido Demócrata el apoyo del poderosísimo lobby judío de Estados Unidos.

Pese a la opinión generalizada de una “parálisis” militar estadounidense, sin embargo, Washington ha dado pasos que pueden interpretarse como una preparación para un ataque sobre Irán, o al menos para dejarle saber muy claramente que la capacidad de represalia en caso de una aventura militar iraní sería colosal y abrumadora. Ya desde el 2005, a raíz de la doctrina de Operaciones Conjuntas Nucleares, que fue anunciada por el Estado Mayor Conjunto de las Fuerzas Armadas -y esto no es asunto, preocupación, interés o estrategias políticas de demócratas, republicanos o independientes por separado, sino del establishment y de la seguridad nacional de Estados Unidos- se realizó un “plan de contingencia” ofensivo, contando con un golpe absoluto y demoledor contra las instalaciones de armas atómicas en Irán y en Corea del Norte.

Es decir, ya Estados Unidos posee el mandato legal ante el Congreso que le autoriza el uso de fuerzas militares para prevenir una guerra nuclear, tanto en términos de planificación militar como en defensa y producción, y ya hace tiempo tiene elaborados los planes, cálculos y asignación de recursos necesarios para llevarlos a cabo. Lo único que haría falta para ejecutarlo sería la decisión del Presidente sobre cuándo dar la orden.

En la actualidad, la administración Obama ha ordenado a sus fuerzas aéreas, navales, y a los “marines”, que se concentren en las estratégicas islas de Socotra (que es parte de Yemen) en el Océano Indico, y la isla de Masirah (en la antigua base militar inglesa) que es territorio de Omán, en la boca del Estrecho de Ormuz. Los transportes militares norteamericanos procedentes de su gigantesca base naval en Diego García, aterrizan constantemente en ambos puntos.

Ya hay presentes 3 portaaviones con sus respectivos grupos de ataque: el “USS Abraham Lincoln”, en el Golfo Persa; el “USS Carl Vinson”, en el Golfo de Omán; y el “USS Enterprise”, en el Mar de Arabia. Con ellos se halla, además, y no de paseo, el portaaviones francés Charles de Gaulle. A la vez, la marina norteamericana ha duplicado sus buques barreminas en la zona, y ya cuenta con un vasto arsenal de barcos anfibios de desembarco.

El Estrecho de Ormuz se halla bajo la sombrilla aérea y los cañones y cohetes del portaaviones USS Abraham Lincoln, asistido por tres destructores -uno norteamericano, uno inglés y otro francés-, algo que ha sorprendido a muchos observadores políticos y militares, pero, claro, no a los iraníes.

Se cuenta con el apoyo de un cuarto grupo de barcos de guerra alrededor de un portaaviones, anclado en el océano Pacífico y a pocos días de las aguas iraníes. Toda esta descomunal concentración de poder de fuego, y más de 50 barcos de guerra, se halla lista para si el presidente norteamericano ordena el ataque contra los emplazamientos del programa nuclear iraní o Irán pretendiera cerrar por la fuerza el Estrecho de Ormuz.

Cierto es que Estados Unidos transfirió el año pasado docenas de bombas anti-bunker GBU-28 a los israelíes, como un gesto para aplacarlos. Asimismo, el Pentágono concertó un acuerdo con la corporación Lockheed Martin Corp., ascendiente a $2,750 millones, por medio del cual Israel recibirá 19 cazas jets F-35, y la opción de 75 cazas capaces de evadir radares.

A su vez, ha mejorado los sistemas de defensa antiaérea de Arabia Saudita, Qatar y los Emiratos Árabes. Al lado de los seis “Stealth” F-22 emplazados en los Emiratos se enviaron los F-15C, que conceden amplia capacidad contra las baterías costeras anticoheteriles, y capaces también de incursionar muy profundo en Irán.

El General James N. Mattis, que comanda todas las fuerzas norteamericanas en el Medio Oriente, el Golfo Persa y el Sudeste de Asia, mantiene en constante entrenamiento y ejercicios militares a todas estas fuerzas. En el ejercicio llamado “Internal Look,” Estados Unidos lanzó un ataque aéreo masivo contra los puntos neurálgicos iraníes: comenzó con un exitoso ataque aéreo israelí que logró paralizar el programa nuclear de Teherán; y seguidamente, Estados Unidos golpeó con mayor profundidad. Sobre este ejercicio, generales del Pentágono admitieron que, de utilizarse otros medios militares, como bombardeos de largo alcance y cohetes de precisión, la destrucción a la infraestructura nuclear y militar iraní sería total.

Hace poco el propio Secretario de Defensa, León Panetta, en uniforme militar, y a bordo del gigantesco grupo de ataque del portaaviones USS Enterprise, envió un mensaje público a los iraníes, apuntando que EEUU estaba preparado para lidiar con cualquier contingencia en el área. El Secretario de la Fuerza Aérea, Michael Donley ha expresado que de ser necesario y se diera la orden hoy, ellos están listos.

Sin embargo, una cosa es la indudable capacidad estadounidense de golpear militarmente a Irán y otra su disposición y voluntad para tomar la iniciativa y hacerlo en estos momentos. Entre algunos de los altos mandos militares norteamericanos se ha abierto paso el criterio de que un bombardeo masivo contra las instalaciones nucleares iraníes sería la manera más rápida y efectiva de garantizar que esa nación logre tener una bomba nuclear.

De ahí el criterio de que una poderosísima demostración de fuerza en el Golfo Pérsico podría ser un disuasivo suficiente para que Irán no intente aventuras militares en la región, pero que no bastaría para detener los proyectos iraníes de construir armas nucleares si no se combina con las sanciones internacionales que han ido cercando a la nación persa, a pesar de contar con el apoyo ruso y chino.

Pese a la gran ambivalencia en Estados Unidos sobre una acción unilateral de Israel contra Irán, y pese a las voces discordantes provenientes de la Casa Blanca y del Departamento de Estado, muchos de sus políticos y miliares verían con satisfacción tal ataque.

Se ha especulado también que una acción unilateral israelí tendría un impacto negativo para las relaciones entre ambos Estados. Pero el impacto podría ser mínimo si Israel se las arregla para lanzar una ofensiva rápida y limpia, logrando poner fuera de juego al programa nuclear iraní.

En el último número de la revista norteamericana Foreign Affairs, Kenneth N. Waltz, un “reconocido teórico internacional” ha argumentado, ignorando los designios anti-israelíes de los ayatolas, que un Irán nuclear tendría “efectos estabilizadores”, puesto que se haría “menos belicoso”. Sin embargo, Matthew Kroenig, miembro del famoso Council on Foreign Relations, objeta estos criterios y plantea que un golpe militar israelí sería menos peligroso que dejar al Irán con capacidad nuclear.

Estados Unidos se halla ante un dilema que comprende sus prioridades estratégicas: la acción militar de Israel contra Irán choca con sus actuales prioridades; pero un Irán nuclear capaz de hacer cenizas a Israel, choca con su alianza estratégica con ese país, y a la larga contra los propios intereses estratégicos de EEUU.

La pérdida hegemónica en el área, la confrontación política con China y Rusia, el potencial peligro de Pakistán y Turquía aliados a Irán, la elevación de los precios del petróleo, y la consecuente profundización de la crisis económica internacional, resultan elementos de seguridad nacional para Estados Unidos que influyen en llevarlo a buscar una solución negociada ante el programa nuclear iraní.

Pero la solución negociada implica una carrera armamentista nuclear en todo el Medio Oriente y Asia central, y la gran posibilidad de que Israel desaparezca bajo un hongo nuclear. Ante este escenario sería imposible para Estados Unidos y sus aliados completar el proyectado desmantelamiento de sus tropas de Afganistán en 2014, que resulta nada fácil aún sin complicaciones adicionales del enfrentamiento Israel-Irán. He ahí el dilema Shakespereano: “ser o no ser…”.

Irán en posesión de armas nucleares tratará de imponer su hegemonía política en toda el área, por lo cual se desatará la proliferación nuclear. De seguro el gobierno saudita se lanzará a desarrollar su propio arsenal, y todo ello eleva el riesgo de que grupos extremistas obtengan material nuclear. No sólo Arabia Saudita intentaría armarse nuclearmente: también Egipto, Turquía, y hasta la Siria de al Assad si éste sobrevive, son los candidatos a serlo. Y no puede haber dudas de que ello sí haría la región terriblemente más inestable que hoy día.

Lo que parece muy real es que si Estados Unidos no procede militarmente contra un Irán a punto de obtener armas nucleares, los israelíes atacarían. Para Israel no se trata de consideraciones de política interna o de relaciones internacionales, sino de elemental supervivencia.

El ministro de Defensa israelí, Ehud Barak, no ha desestimado la opción de atacar militarmente las bases de desarrollo atómico iraníes. El actual desmantelamiento norteamericano del Irak ha facilitado que Israel pueda utilizar tal espacio aéreo para propinar golpes en Irán, sin el impedimento de tropezar con la fuerza aérea norteamericana.

Se especula que Israel está dispuesto a llevar a cabo su acción militar antes de las elecciones presidenciales norteamericanas en noviembre, aunque el factor determinante para la acción israelí no tiene que ver con calendarios electorales o condiciones ambientales y de climas, sino con los cálculos estratégicos del plazo en que Irán alcanzaría el llamado “punto de no retorno”, es decir, el momento exacto de avance del desarrollo de las investigaciones y las acciones de fabricación en que sería imposible impedir que ese país obtenga la bomba. El Secretario de Defensa norteamericano, Leon Panetta, está previsto que debe llegar a Israel el primero de agosto. Lo más reciente que circula en estos momentos entre los servicios de inteligencia de los israelíes y los norteamericanos es que octubre es el mes a observar muy atentamente.

Más que si Israel lanzaría el ataque, la interrogante es cuándo y cómo lo haría. Lo que analizaremos a continuación.

(continuará)