Cubanálisis El Think-Tank

ARTÍCULO ESPECIAL EN EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

El 20 de mayo, otra mirada

 

Roberto Méndez Martínez, en Espacio Laical Digital

 

Hace unos días, un estudiante se me acercó para preguntarme qué haría esta institución en memoria del 20 de mayo. Más que una pregunta era un desafío, porque quien se dirigía a mí sabía de sobra que tal fecha lleva varias décadas ausente del calendario de celebraciones oficiales, pero también que nuestro recién nacido Instituto ha dado ya muestras de valorar el estudio de la historia y la cultura cubanas y ha procurado hacerlo de forma concienzuda y desprejuiciada, de ahí que tal preocupación, en vez de motivar una breve alocución o uno de esos actos formales que enseguida se olvidan, me ha obligado a ordenar ideas, repasar datos, remover esquemas mentales e intentar ofrecer respuesta personal a un tema que de manera gradual va retornando a la consideración de algunos de nuestros historiadores. No está de más dejar claro que, aunque la conmemoración implica a todo este centro, las ideas que hoy se vierten son exclusivamente mías.

 

Al comenzar a hablar de la fecha que nos ocupa, no puedo evitar verme de nuevo en la escuela primaria donde cursé el sexto grado, allá por el año 1969, y escuchar a la maestra que pregunta a la inquieta chiquillería: “¿Qué sucedió el 20 de mayo?” Y ante la respuesta de aquel coro desafinado: “Nació la República…” ella precisaba, de manera más o menos machacona: “Pero recuerden que era una República mediatizada, una República neocolonial, una República con Enmienda Platt…” Tantos apellidos estaban destinados a ahogar cualquier rasgo positivo en la recién nacida república. No creo que tales consideraciones fueran estrictamente las de aquella a quien recuerdo como una pedagoga bondadosa, inteligente; ella solo cumplía con orientaciones oficiales.

 

No puedo recordar ahora si la celebración del 20 de mayo se suspendió de inmediato tras el triunfo revolucionario, aunque creo que muy pronto quedó desplazada por fechas como el 26 de julio y el 1º de enero. Se había producido una especie de corte epistemológico y la historia comenzaba a leerse de otro modo, en gran medida y sobre todo en los textos oficiales de enseñanza, en una clave teleológica en la que la frustración de la independencia absoluta en 1898 significaba la continuación de la lucha social ininterrumpida que desembocaría en el asalto al cuartel Moncada y el proceso insurreccional contra Batista. El 20 de mayo solo servía para invocar una lista de lacras políticas y sociales que motivaban una especie de tachadura simbólica para la fecha. De ahí que el estudio en nuestra enseñanza general del período 1902-1958 esté lleno de carencias; basta con entrevistar a algunos estudiantes para descubrir que consideran esa etapa como un bloque monolítico… de desechos, en el cual no pueden discernir períodos ni matices, pues todos los presidentes eran entreguistas, corruptos, ladrones, asesinos y gobernaban a un país de población absolutamente ignorante, prostituida y sumida en condiciones insalubres.

 

Harto se ha enfatizado en tiempos actuales lo deficiente de la enseñanza de la historia en el país; no sé, en cambio, si se ha dicho que el período más crítico ha sido ese al que se ha seguido llamando “neocolonial” y que los estudiantes consideran en su mayoría una especie de ciénaga que hay que cruzar sobre el estrecho tablón de unos adjetivos colocados de cualquier modo.

 

En estas condiciones, sacar a la luz la celebración del 20 de mayo es casi una operación arqueológica. En primera instancia, es preciso repasar algunos elementos que sirvieron de antecedentes y ayudaron a configurar esa jornada, pues sin ellos no podremos percibirla de modo adecuado.

 

Las Agitadas Vísperas

 

Hacia fines de 1897, no solo en la Isla, sino en los mismísimos círculos oficiales españoles, circulaba el rumor de que la guerra en Cuba parecía perdida para la Metrópoli. El asesinato de Antonio Cánovas del Castillo y el acceso de Sagasta al poder habían puesto fin, al menos de modo explícito, a la política de “hasta el último hombre y la última peseta”. El relevo del funesto Valeriano Weyler de la Capitanía general, la concesión, aunque fuera apenas simbólica, de un gobierno autonómico para la colonia y las indiscutibles victorias de las armas cubanas, a pesar de las sensibles pérdidas de José Martí y Antonio Maceo, no dejaban dudas sobre el más que probable final de la contienda, aunque resultara difícil pronosticar su duración.

 

Entonces, el gobierno de los Estados Unidos decidió entrar en acción. A lo largo del siglo XIX se había negado a apoyar ninguna empresa que separara a Cuba de España. Sistemáticamente había ignorado o perseguido a los conspiradores independentistas en su territorio, había incautado expediciones y se había negado, en el plano oficial, a reconocer a la República en Armas. Ahora consideraba que había llegado su oportunidad, antes de que España fuera a rendirse ante los insurrectos. Los que no se habían conmovido, meses antes, frente a la política de exterminio de Weyler, dijeron sentirse preocupados por los asaltos a ciertos periódicos de un grupo de integristas en enero de 1898, y enviaron al puerto habanero el acorazado Maine. Sabemos qué sucedió con el Maine, pero recordamos menos que lo más escandaloso de los sucesos no fue su misteriosa explosión, sino la campaña mediática desatada por la cadena de periódicos Hearst para preparar la opinión pública: lo mismo valía sustraer el borrador de la carta del embajador de España Dupuy de Lome a Canalejas, que tejer un folletín de aventuras en torno a la camagüeyana Evangelina Cossío. Los sucesos se precipitan: el 19 de abril se aprueba en el Congreso de la Unión la Joint Resolution, que reconoce el derecho de Cuba a ser independiente y es firmada al día siguiente por el presidente McKinley. Ya todo estaba listo para declarar la guerra a España y hacer desembarcar tropas en el oriente de la Isla. La contienda fue muy rápida. Con la ayuda inestimable de Calixto García y otros jefes militares cubanos, la campaña en torno a Santiago de Cuba, además de no ser prolongada, fue rematada por un acto destinado a mostrar la superioridad tecnológica de la industria de guerra norteamericana: la batalla naval en que fue prácticamente destruida la flota del almirante Cervera. España, que acababa de sufrir el revés de las fuerzas marítimas del almirante Montojo en Filipinas, se sintió perdida y decidió capitular.

 

Los hechos que siguen son conocidos: Estados Unidos se declara único vencedor en Cuba. Se veda a Calixto García entrar con sus fuerzas en Santiago, así como se excluye a los representantes cubanos de asistir a la celebración del armisticio en París. España, que nunca quiso reconocer que los cubanos casi la habían derrotado, en las negociaciones prefirió intentar convencer a los vencedores para que se anexaran la Isla. Como influían en el gobierno norteamericano bandos contradictorios sobre este asunto, en el Tratado se respetó la Resolución Conjunta, pero se decretó una intervención sin fecha de término para pacificar y sanear la Isla, a la vez que se asumían compromisos con España para proteger las riquezas de sus ciudadanos en Cuba.

 

Sin lugar a dudas, la evacuación de las tropas españolas de la Isla el 1º de enero de 1899 motivó el júbilo popular. Concluían así más de cuatro siglos de dominación colonial y más de treinta años de insurrección. Sin embargo, los ocupantes, fortalecidos por el Tratado de París, no parecían tener apuro en cumplir la Resolución Conjunta. Las amarguras se sucedían: los interventores ignoraron la Constitución de la Yaya y comenzaron a gobernar por decreto; la Asamblea del Cerro no fue reconocida como legítimo órgano civil del gobierno cubano y tuvo que disolverse; más aún se atizó el fuego de las contradicciones entre la parte civil y la militar de los cubanos, para debilitar a ambas y lograr el licenciamiento del Ejército Libertador.

 

No es este el sitio para detenerse a juzgar esa primera intervención norteamericana en nuestra historia, pero es difícil calificarla con una sola palabra. Por una parte, y aunque fuera de manera interesada, ayudaron al saneamiento de la Isla, contribuyeron al desarrollo de la educación gracias a una figura hoy tan olvidada como Alexis Frye y con la cooperación de cubanos ilustres como Enrique José Varona y Esteban Borrero Echeverría. También atendieron urgentes asuntos urbanísticos, de transporte, de comunicaciones, que se habían deteriorado durante la guerra o no existían. Es una labor civilizatoria que no puede borrarse de un plumazo, aunque no se hiciera por simple filantropía, sino como parte de un mecanismo de control destinado a ser duradero.

 

Aunque en Estados Unidos había una fuerte corriente anexionista, acabaron por predominar las opiniones de los círculos de poder que no querían a Cuba como otro estado de la Unión: un país productor de azúcar de caña afectaría a los productores remolacheros; otros consideraban que aquella isla hispanoparlante, de mayoría católica y además con muchísimos problemas sociales y sanitarios, sería un auténtico dolor de cabeza para los poderes públicos norteamericanos; otros, en fin, aseguraban que querían un gobierno cubano amigo y asociado en asuntos comerciales, no alguien a quien mantener.

 

Muy a pesar de sus opiniones personales, que se inclinaban al anexionismo, el gobernador Wood tuvo que preparar las condiciones para que se convocara a una Constituyente, se celebraran elecciones y se realizara el traspaso de mando a una flamante República. Conocemos también cómo los constituyentes fueron vigilados y presionados, el modo en que se rechazó el trabajo de la comisión que se ocupó de la delicada materia de las relaciones entre Cuba y Estados Unidos y cómo al fin a la Carta Magna se le impuso una “percha”, la Enmienda Platt, que refrendaba aquellas condiciones fijadas por los interventores para marcharse de la isla. Solo la aprobación de tal Enmienda como apéndice constitucional pudo permitir que se realizaran elecciones y se pusiera fecha de término a la presencia de los ocupantes. 

 

La Jornada del 20 de Mayo

 

Si nos atenemos a los antecedentes que hemos descrito, cometemos el riesgo de imaginar que el 20 de mayo fue una fecha más bien triste, en la que la mayor parte de los patriotas cubanos vieron con amargura el nacimiento de un estado nacional cojo y manco. Sin embargo, los testimonios escritos de la época, así como las fotografías, muestran otra cosa.

 

Así como el 1º de enero de 1899 fue una jornada de alegría porque se marchaban los españoles, aunque no pudiera ondear oficialmente la bandera cubana, el 20 de mayo fue una jornada de júbilo popular, compartida aun por aquellos patriotas que habían conocido directamente de los oscuros manejos de los interventores y de las presiones ejercidas sobre ellos para sujetarlos a sus designios. Máximo Gómez, Manuel Sanguily, Juan Gualberto Gómez, Salvador Cisneros Betancourt sabían que había numerosos problemas que resolver en el futuro inmediato, pero el hecho mismo de que los ocupantes se retiraran y se pudiera proclamar, por fin, una república independiente, más allá de cualquier apéndice, era otra victoria bien ganada.

 

Las contadas figuras que pudieron estar presentes en el antiguo salón del trono del otrora Palacio de los Capitanes Generales a las once y cincuenta y cinco minutos de la mañana de aquella jornada, tanto el presidente Estrada Palma y sus secretarios, los congresistas, algunos oficiales veteranos de la guerra, ciertos intelectuales como el Dr. Carlos J. Finlay, no debieron prestar tanta atención al breve mensaje del presidente T. Roosevelt, ni al discurso de despedida de Wood en el que advertía al novel gobierno que debía cumplir no solo todas las obligaciones que Estados Unidos había contraído en el Tratado de París, sino la totalidad de las decisiones que habían tomado en el país los interventores. Para los cubanos lo esencial no estaba, por el momento, en esas cargas políticas con las que tendrían que lidiar muy pronto, sino en esos actos simbólicos, pero decisivos, que modificarían la condición cubana: descendería la bandera norteamericana y en su lugar iba a ondear, por fin, la enseña de Cuba, y el representante de la ocupación, junto al grueso de la tropa interventora, se dirigiría al puerto para abandonar la Isla.

 

Por cierto, la ceremonia de las banderas estuvo a cargo de dos sargentos del Séptimo Regimiento de Caballería de Estados Unidos, aunque apenas un cuarto de hora después, concluido el acto en Palacio, subieron a la azotea el General Wood y Máximo Gómez y la gran bandera cubana de gala fue arriada e izada en su lugar una menor, pues la primera fue obsequiada al interventor norteamericano para que se la llevara de recuerdo, acto que resulta sumamente ambiguo si se tiene en cuenta el contexto en el que surgía la República.

 

De todos modos, para el pueblo congregado en la Plaza de Armas y que llegaba hasta el puerto, tuvo mucha más significación lo ocurrido simultáneamente en el Morro cuando descendió la bandera norteamericana y fue izada por el General Emilio Núñez, auxiliado por otros veteranos, la enseña nacional, acompañada por los acordes del “Himno de Bayamo”. En medio de esa multitud estaba la poetisa Aurelia Castillo, quien describiría la escena y sus sentimientos en el poema “En Palacio y en el Morro”:  

Estaba el pueblo expectante

¡Menos treinta! ...-¡Veintidós!-...

-¡Que lentitud!-...-¡Menos dos!...

-¡Las doce! ¡Llegó el instante!-

¡Que majestuosa y gigante

Cuando, al descender despacio

La bandera americana!

¡Que bella y que soberana

en el Morro y en el Palacio!

Aprieta los corazones

Un tormento de alegría

¡Mueren siglos de agonía!

¡Hoy encarnan ilusiones!

Truenan fieros los cañones

Anhelante hacia el mar corro,

Y veo, cuando lo recorro

Que un ser de cien manos tira

De grueso cable y...delira...

¡La bandera en el Morro!  

El texto no tiene gran calidad literaria, pero es un testimonio de primera mano. La testigo no era una mujer ingenua ni desinformada, sino una intelectual de recio temple que conoció de sanciones y destierros por sus ideas independentistas y defendió de manera insobornable la soberanía cubana. Para ella, como para muchos, el hecho de poder izar la bandera en lo más alto significaba, más allá de pérdidas y contrariedades, el final de “siglos de agonía”. De algún modo este poema viene a responder a las angustias de un texto escrito en 1899 por Bonifacio Byrne: “Mi bandera”. Si el vate matancero, contrario a cualquier idea de anexión o protectorado norteamericano en Cuba, nos advierte “que no deben flotar dos banderas / donde basta con una, la mía”, la camagüeyana da fe de que ha contemplado con sus propios ojos ondear la insignia nacional en dos sitios que habían sido emblemáticos del poder colonial: el Palacio y la fortaleza del Morro.

 

Desde luego, quienes ese día aclamaban el nacimiento de la República largamente esperada no podían saber lo que ocurriría después: el gobierno primero inmovilista y luego autoritario de don Tomás, que acabaría atrayendo sobre Cuba una nueva intervención del Norte, el ambiente de violencia polí- tica, la incapacidad para remediar las grandes lacras dejadas por la colonia. Tras los arcos de triunfo, los papeles de colores, las niñas ataviadas con banderas y gorros frigios, acechaban grandes peligros. Pero nada de eso podía empañar el júbilo de la jornada.

 

“Aquí falta señores, ¡ay una voz!”

 

En un número de la revista El Fígaro publicado el propio 20 de mayo, un grupo de cubanos notables daba su opinión sobre el nacimiento de la República. Juan Gualberto Gómez, que se había hecho ingrato a los interventores por sus batallas en la Asamblea Constituyente contra la intromisión norteamericana y las maniobras de anexionistas y antiguos autonomistas, aseguró: «Hay que persistir en la reclamación de nuestra soberanía mutilada; y para alcanzarla, es fuerza adoptar de nuevo… las ideas directrices y los métodos que preconizara Martí». Fue, así, uno de los primeros en señalar que el nuevo estado nacional nacía al margen de las concepciones martianas sobre la República.

 

Muy pronto las convulsiones políticas hicieron que figuras de diversa orientación comenzaran a reiterar en sus discursos la aspiración de lograr una república “como la soñó Martí”, y hasta el pueblo más sencillo llegó a lamentar la pérdida del Héroe que supuestamente hubiera llevado al país por rumbos absolutamente distintos. Tal anhelo se traducía perfectamente en la muy célebre “Clave a Martí”, con letra de Emilio Vallillo adaptada a una melodía para coro de clave de José Tereso Valdés, que ha resistido con fuerza el paso del tiempo:  

Aquí falta señores, ¡ay una voz!

Es la voz del sinsonte cubano

De ese mártir hermano

Que Martí se llamó

¡Ay se llamó!

Martí no debió de morir

¡Ay de morir!

Porque fuera el maestro y el guía

Otro gallo cantaría,

La patria se salvaría

¡Y Cuba sería feliz!

Intentar conjeturar cómo hubiera sido la República bajo la conducción martiana ha sido ocupación de muchos políticos y escritores. Sin embargo, la cuestión tiende a quedarse en lo puramente literario. El repaso de la escritura y la ejecutoria martianas nos permite saber algunas cuestiones básicas: que el Apóstol quería la independencia de Cuba y Puerto Rico, no solo sin intromisión foránea, sino para impedir con ella la expansión de Estados Unidos sobre América; rechazaba los gobiernos autoritarios y las dictaduras militares; buscaba remover ciertas formas injustas de distribución de las riquezas y privilegios seculares, en bien de los desposeídos, aunque rechazaba la lucha de clases. Pero el héroe, enfrascado por años en aunar voluntades y preparar la guerra anticolonial, no podía detenerse en la elaboración de un proyecto republicano, que además hubiera levantado suspicacias y divisiones en quienes no lo compartieran. De modo tal que aun discípulos fieles como Juan Gualberto solo tenían una idea aproximada de lo que Martí no hubiera deseado, pero no exactamente de cómo hubiera podido desempeñar su labor política.

 

Por otra parte, por más que valoremos las dotes excepcionales de Martí, no es históricamente justo situarlo por encima de las circunstancias históricas. Resulta indudable que era un hombre previsor, de pensamiento profundo, con mucho tacto diplomático y capacidad de persuasión, pero ¿habrían impedido esas cualidades la expansión norteamericana, basada en una lógica de crecimiento del capital financiero? ¿Con qué apoyo habría podido edificar esa Patria en la que tendría que, por fuerza, debilitar a las viejas oligarquías para promover al pueblo? ¿Quiénes habrían colaborado, si muchos de los que él creyó amigos y discípulos se plegaron tras su muerte a la pragmática de la política interesada?

 

Desdeñar, pues, la República real, que más allá de defectos no careció de méritos, porque no fue la república martiana, me parece un dislate. Ella, como el ideal anfictiónico de Bolívar, fue más un ideal, una aspiración utópica, que una posible concreción inmediata.

 

Décadas después, cuando buena parte del pueblo cubano combatía la prórroga de poderes de Gerardo Machado, el artista Eduardo Abela lanzó la sugestiva caricatura del Bobo, un personaje al parecer simple y distraído, pero que siempre ocultaba una aguda crítica en sus palabras y actitudes. Una de sus entregas se llamaba “En el cielo”, y en ella se veía al Bobo, tocado con alas, sobre una nube, junto a la augusta figura de Martí, envuelta en una especie de túnica. El satírico personaje preguntaba al pie: “Dígame, Maestro, ¿qué fue lo que usted realmente soñó?”.

 

Martí legó a la República un conjunto de principios éticos, bases útiles para fundamentar el derecho constitucional, la promoción de los derechos humanos, el equilibrio social, las relaciones internacionales, la educación y hasta la política cultural, pero nunca pretendió tener la fórmula secreta de una República perfecta. La lectura que de sus textos hicieron Juan Gualberto Gómez, Julio Antonio Mella, Jorge Mañach o José Lezama Lima contribuyeron de manera secreta a nutrir la república real y eso es más importante que cualquier sueño.

 

Posteridad y actualidad del 20 de mayo

 

La aceptación o no del 20 de mayo como una importante fecha patria está en relación directa con la valoración que se haga de la República. Si se sepulta a esta en juicios absolutamente negativos, entonces el día de su advenimiento sencillamente no importa, pero si se comprende que el término República no ampara solo los poderes del Estado, sino todo un sistema de instituciones, grupos humanos y creaciones culturales, entonces es más sencillo entender que resulta valioso como capital simbólico poseer una fecha de inicio, un marcador que separa del larguísimo proceso de gestación de la nacionalidad bajo una u otra tutela extranjera.

 

Uno de los males de cierta visión histórica reciente ha sido asociar la República a los errores de un conjunto de presidentes, mientras que se ignora lo que a lo largo de ella se gestó en materia de instituciones cívicas, educación, creación artística y literaria, ciencia. En último caso, los nombres de los presidentes son convenciones para delimitar períodos; si decimos gobierno de Alfredo Zayas, no pensamos tanto en la torpe gestión de este como en la Protesta de los Trece y el surgimiento del Grupo Minorista, así como de su sucesor, Gerardo Machado, nos queda no solo la imagen de un período represivo, sino el hecho de que vio la luz la Revista de Avance, y si la edificación del Capitolio importa, también importan los poemas de Rubén Martínez Villena y las partituras de Amadeo Roldán y Alejandro García Caturla.

 

El 20 de mayo ganará más significación cuando pueda escribirse una historia en la que la política esté en diálogo con la cultura y donde puedan colocarse ciertos hitos de manera orgánica, bien ligados con su tiempo: recorreríamos las enseñanzas de Varona y Sanguily, pasando por los versos secretos de Boti y Poveda, para llegar a los ensayos provocadores de Jorge Mañach, la pintura sólida y esperanzada de Arístides Fernández y nos explicaríamos mejor por su cercanía la Constitución de 1940, el Grupo Orígenes, el Ballet Alicia Alonso y las novelas de Alejo Carpentier, como precedentes de la ambición totalizadora de la escuelas de arte de Cubanacán levantadas por Porro, Gottardi y Garatti.

 

Más aún, tendríamos que aceptar que hoy vivimos en la República de Cuba, que es parte del proceso de la República mayor, y que hasta podríamos, como los franceses o los venezolanos, decir que somos, según se mire, la Cuarta o la Quinta República, pero que con todas nuestras singularidades, seguimos usufructuando lo que de veras fue duradero a partir de aquella jornada gloriosa cuando la gente, por iletrada que fuera, supo que era posible respirar y ver la luz sin una fuerza ajena que los gobernara. Hubo, desde luego, caídas, aparentes retrocesos, pero también dignidad, crecimiento, sabiduría y eso es, en último caso, lo que importa.

 

Conferencia impartida en el Instituto de Estudios Eclesiásticos Padre Félix Varela el sábado 30 de mayo de 2015