Cubanálisis El Think-Tank 

ESPECIAL EN EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

 

EGIPTO: DESPUÉS DE LA DICTADURA, ¿QUÉ?

 

selección de textos por Cubanálisis-El Think-Tank

 

Documento de la vicepresidencia egipcia al término de las reuniones con la oposición

 

El vicepresidente ha mantenido una serie de reuniones con representantes de todo el espectro de fuerzas y partidos políticos, así como con jóvenes del movimiento del 25 de enero. La reunión ha llegado a los siguientes acuerdos:

 

Todos los participantes en el diálogo han expresado su aprecio y respeto al movimiento del 25 de enero y la necesidad de afrontar seriamente, expeditivamente y con honestidad la actual crisis que atraviesa la nación, las demandas legítimas de los jóvenes del 25 de enero y de otras fuerzas políticas, con un compromiso de legitimidad constitucional y de afrontar los retos y peligros que afronta Egipto como resultado de esta crisis, incluyendo: La falta de seguridad para la población; la alteración de la vida cotidiana; la parálisis de los servicios públicos; la suspensión de las clases en universidades y colegios; los retrasos logísticos en la distribución de bienes esenciales a la población; los peligros y las pérdidas para la economía egipcia; los intentos de ingerencia extranjera en asuntos internos y la violación de la seguridad llevada a cabo por elementos extranjeros para socavar la estabilidad, siempre reconociendo que el movimiento del 25 de enero es un movimiento honorable y patriótico.

 

Los participantes en el diálogo nacional han cerrado una serie de acuerdos políticos y medidas legislativas y constitucionales, las cuales han sido adoptadas por consenso y con naturaleza temporal hasta la elección de un nuevo presidente y el final del actual periodo presidencial, incluyendo:

 

Primero: Hacer realidad los compromisos anunciados por el presidente en su discurso a la nación del pasado 1 de febrero de 2011:

 

1. El presidente [Mubarak] no se presentará a un nuevo mandato

 

2. Una transición pacífica en el actual marco constitucional

 

3. La introducción de enmiendas constitucionales a los artículos 76 y 77, y otras enmiendas constitucionales necesarias para un traspaso pacífico de autoridad

 

4. Enmiendas legislativas relacionadas con las enmiendas a la Constitución

 

5. Implementación de los fallos de la Corte de Casación

 

6. Persecución de la corrupción y la apertura de una investigación contra los responsables de socavar la seguridad

 

7. Restaurar la seguridad y la estabilidad de la nación, y encargar a las fuerzas policiales que asuman de nuevo su papel de servir y proteger a las personas

 

Segundo: Para materializar estos compromisos se llevarán a cabo las siguientes medidas:

 

1. Se formará un comité con miembros de la autoridad judicial y una serie de representantes políticos para estudiar y recomendar las enmiendas constitucionales a las leyes complementarias a la constitución que tendrán que estar listas para la primera semana de marzo

 

2. El Gobierno anuncia la creación de una oficina para recibir quejas, al tiempo que se compromete a liberar de manera inmediata a los presos de conciencia cualesquiera que sean sus creencias. El Gobierno se compromete asismismo a no perseguirles o limitarles el ejercicio de la actividad política

 

3. Los medios y los canales de comunicación serán liberalizados y no se les impondrá ninguna restricción al margen de la ley

 

4. Las agencias de supervisión y judiciales tendrán que continuar con la persecución de personas implicadas en corrupción, así como perseguir a aquellas personas responsables del reciente colapso de la seguridad

 

5. El estado de emergencia será levantado en función de la evolución de la seguridad y cuando acaben las amenazas a la seguridad de la sociedad egipcia

 

6. Todos los participantes han expresado su rechazo absoluto a cualquier clase de intervención extranjera en asuntos internos egipcios.

 

Tercero: Se constituirá un comité nacional de seguimiento compuesto por personalidades públicas e independientes, así como por representantes de los movimientos juveniles. Dicho comité controlará la puesta en marcha de los acuerdos adoptados por consenso.

 

Además, todos los participantes aplauden el patriótico y leal papel jugado por las fuerzas armadas en una situación tan sensible, y le instan a continuar con ese papel para restaurar la calma, la seguridad y la estabilidad, y para garantizar la puesta en marcha del consenso y el entendimiento salidos de estos encuentros.

 

 

El temor a lo desconocido

 

Cam McGrath, Inter Press Service

 

EL CAIRO.- La revuelta popular iniciada por jóvenes en Egipto contra el régimen de Hosni Mubarak tomó proporciones históricas, pero ahora muchos de ellos se preguntan quién lo reemplazará si finalmente logran derrocarlo.

 

"Al principio sólo pensábamos en cómo sacar a Mubarak", señaló el activista Seif Abdallah, quien se considera un musulmán moderado.

 

"Queremos elecciones libres y justas, pero tenemos miedo, tanto cristianos como musulmanes, de sacar a un dictador para reemplazarlo por un estado islámico como Irán", añadió.

 

Organizaciones populares como Kefaya, Movimiento Juventud 6 de abril y la última campaña del Día de la Ira, celebrado el 25 de enero, son reacciones a décadas de gobiernos opresivos, a la corrupción y a la miseria absoluta, señaló Mina Rizqallah, activista y abogado de la Unión de Egipcios por un Pensamiento Liberal.

 

Rizqallah está a favor de los reclamos, pero teme que un gobierno islámico radical surja del confuso panorama político que reina en Egipto.

 

"Los organizadores de las protestas quieren que Mubarak se vaya, pero no tienen claro cómo seguirá la historia", dijo Rizqallah a IPS. "Emplean palabras vacías como ‘democracia’ y ‘libertad’", apuntó.

 

"Fue una democracia la que llevó a los nazis al poder en Alemania y a Hamás en Gaza y puede ocurrir lo mismo acá con la Hermandad Musulmana", arguyó.

 

Fundada en 1928, la Hermandad Musulmana es la mayor fuerza de oposición y la más organizada y aboga por un estado basado en la shariá (ley islámica).

 

La organización proscrita renunció a la violencia en los años 70 y optó por la participación política, pero sus miembros son frecuentemente detenidos y enviados a prisión.

 

Candidatos de la Hermandad Musulmana, que se presentaron como independientes en las elecciones legislativas de 2005, obtuvieron 88 asientos, alrededor de 20 por ciento, del parlamento.

 

El éxito sin precedentes fue de corta duración. Tras un artilugio orquestado por el gobierno, la organización no logró ni un escaño en los comicios de 2010, marcadas por la violencia y consideradas fraudulentas por los observadores.

 

La organización no inició la revuelta popular, adjudicada a jóvenes egipcios, la mayoría laicos, pero será la primera en beneficiarse de lograrse un cambio político.

 

"La oposición es débil, está dividida y no tiene experiencia", explicó Moustafa Kamel el-Sayed, profesor de ciencias políticas de la Universidad de El Cairo.

 

La Hermandad Musulmana es la única organización con la cantidad de gente capaz de asumir el control político, indicó. "En caso de haber elecciones, será la que tendrá más influencia".

 

La posibilidad de que una organización islámica pueda estar en el gobierno llevó a repensar a algunos manifestantes sobre su determinación a expulsar a Mubarak ya.

 

"Estuve en la plaza de Tahrir desde el principio, el 25 de enero, pero ahora trato de convencer a mis amigos de no seguir y aceptar la promesa de Mubarak de irse en septiembre", señaló la universitaria Amina Ghanem.

 

"Necesitamos más tiempo para fortalecer a la oposición con vistas a las elecciones, de lo contrario, la Hermandad Musulmana obtendrá una gran mayoría", añadió.

 

Los cristianos coptos, que representan 10 por ciento de los 82 millones de habitantes, están especialmente nerviosos por el futuro político del país. Su temor se funda en los últimos episodios de violencia sectaria en Egipto y los repetidos ataques contra iglesias en Medio Oriente, perpetrados por organizaciones islamistas.

 

Una iglesia de la septentrional ciudad de Alejandría fue bombardeada en año nuevo, lo que costó la vida a 23 personas y dejó más de 100 heridas. La Hermandad Musulmana condenó el ataque, perpetrado, según las autoridades, por grupos vinculados a la red extremista Al Qaeda en el territorio palestinos de Gaza.

 

El conocido empresario copto Naguib Sawiris expresó su preocupación de que el Islam político crezca a instancias del malestar que reina en Egipto.

 

"El movimiento no fue manipulado por políticos. Es una movilización juvenil y haremos lo que podamos para asegurarnos de que no lo aprovechen fuerzas religiosas radicales que nos quieren hacer retroceder a la Edad Media", añadió.

 

La Hermandad Musulmana "se quedó al margen" del levantamiento, pero la participación de la organización fue vital para el éxito de la "Marcha del Millón" en El Cairo, realizada el martes 1, señaló la analista política Dina Shehata.

 

La organización movilizó a sus bases para la manifestación histórica. Sus partidarios reclamaban la partida de Mubarak y entregaban folletos que decían el "Islam es la solución".

 

Tampoco presentó ningún presidenciable, lo que la dejaría expuesta, según analistas. Pero respaldó a Mohammad elBaradei, ex director general de la Agencia Internacional de Energía Atómica y apreciado por la prensa occidental.

 

ElBaradei es un reformista laico y liberal, pero que reconoció que el apoyo de la Hermandad Musulmana es crucial para reunir votos, en especial entre los más pobres.

 

"Son conservadores desde el punto de vista religioso, pero están dispuestos a trabajar en un estado con sociedad civil", arguyó el también premio Nobel de la Paz.

 

 

Entre MuBaRak y la pared

 

Pilar Rahola, La Vanguardia

 

Si el movimiento de los Hermanos Musulmanes no fuera una de las organizaciones radicales islamistas más importantes del mundo, el problema de Egipto sería de solución más rápida y menos incierta

Acabada la era Mubarak –lo cual resulta, hoy por hoy, indiscutible–, ¿con quién hay que hablar para liderar la transición democrática? Nadie sabe quién es el interlocutor de la oposición

 

El taxista lleva chaqueta de piel y gafas estilo' CSI Miami'. La música rock que rebota en las paredes del torturado coche acompaña sus intentos de perpetrar un idioma parecido al inglés. Parece un joven de su tiempo, moderno, occidental, probablemente twittero, ¿anti- Mubarak? Pero salta la sorpresa. “Mubarak nos da estabilidad. Venían turistas, había dinero y ahora… ¿qué pasará? Sin Mubarak, ¿quién gobernará Egipto? Vendrán los religiosos…”.

 

Cerca pasa un coche repleto de sacerdotes coptos. Largas barbas, túnicas negras… Señala el coche: “Sin Mubarak, estos lo pasarán mal”. Me suena esta partitura amenazadora. ¿No era esto lo que decían los franquistas al final del franquismo? El miedo al vacío de poder, la estabilidad como excusa para la tiranía, la incertidumbre… Pero cometo mi primer error: ponerme gafas occidentales para entender la realidad de esta gran y compleja nación árabe. No sirve la memoria de mi propia historia, no sirve el lenguaje de otros mundos, no sirven las certezas. A lo largo de la autopista que intenta llegar al epicentro de la revuelta, justo donde está el Ramses Hilton, convertido en foco de la mirada del mundo –no en vano en él se concentran los periodistas–, los controles se suceden con más caos que sentido del orden. Aparecen los primeros coches blandiendo la foto del viejo presidente. Pero ¿Egipto no había salido a la calle a derrocarlo?

 

Hoy es el primer día de “los otros”, y el blanco y negro de las crónicas periodísticas se vuelve un galimatías cromático. “Los ha enviado el Gobierno”, gritarán más tarde los resistentes de la plaza Tahrir, cuando empiecen los violentos choques que dejarán centenares de heridos y algunos muertos. Después de un lento, inacabable transitar, el taxi queda bloqueado en medio de la nada, rodeado de decenas de otros coches abandonados de cualquier manera. El paisaje parece la escena de una película apocalíptica de bajo presupuesto.

 

Reacción rápida. “Págueme”. Y con los dólares en el bolsillo, el joven coge la maleta, me agarra del brazo y empieza a correr, saltar obstáculos, gritar “viva Mubarak” como un poseso y sonreír como sólo sabe sonreír un joven árabe, con la boca abierta hasta los ojos.

 

Cruzamos camellos que se manifiestan, caballos que se abren paso como si fuera alguna batalla de Lawrence de Arabia y en todas las esquinas de la mirada las manos agarran palos, piedras, cuchillos y… las mismas banderas de Egipto que blanden al otro lado de la plaza.

 

La multitud grita consignas a favor de Mubarak y reniega de los periodistas. Aún no ha empezado la caza del informador, pero no tardará mucho. Horas después, el asedio a la información será uno de los titulares del mundo: periodistas agredidos, pateados, hostigados, desaparecidos durante horas, incluso tiroteados… El régimen no quiere miradas ajenas y hace notar su pesado, espeso aliento. Incluso el Ramsés sufrirá un intento de asalto, parado in extremis por los tiros al aire del ejército o… por la negociación con los servicios de inteligencia de la gente del hotel, que pacta la seguridad de los periodistas a cambio de bloquear completamente su actividad informativa. Pronto el hotel será un búnker donde entrar o salir será una opción de riesgo. Pero aún no. Y así, agarrada del brazo de un taxista que escucha rock, entre miradas desafiantes y gritos de exaltación de Mubarak, y con el eco del otro lado de la plaza gritando contra el dictador, la llegada al hotel se convierte en la foto personal de la primera pieza del intrincado rompecabezas de Egipto, cuyo momento histórico puede cambiar la faz de toda la región. ¿Qué está ocurriendo? Las primeras respuestas se amontonan en el armario de la simpleza: una dictadura malvada tambaleándose a un lado de la plaza, y un pueblo oprimido gritando libertad, al otro lado. Los malos y los buenos. Los opresores y los libertadores.

 

Dictadura o democracia. Ellos o los nuestros… Así rezan los corolarios de muchos corresponsales, cuya voz ha tomado partido sin complejos. Otros miran con más frialdad la situación, buscando esa quimera del equilibrio entre la profesión y las emociones. Los hay que se mantienen como periodistas, profesionales, serios, quizás algo cínicos. Los hay que ya se han convertido en manifestantes. No es fácil la distancia. Y sin embargo, o se distancian las emociones o el foco pequeño impedirá entender la complejidad del foco grande, ese que va más allá de la fuerza emotiva de la plaza Tahrir.

 

Algunas certitudes. Es cierto que este movimiento anti-Mubarak ha nacido al albur de los sectores más jóvenes de la sociedad egipcia, el llamado Movimiento 6 de Abril, cuyas primeras protestas se gestaron en el 2008, a tenor de las muchas huelgas generales que se han ido sucediendo en el país. De hecho, la decidida huelga de las mujeres de una fábrica de Mahalla el Kubra –donde están las grandes fábricas textiles de Egipto–, cuya repercusión marcó un punto de inflexión insólito, sería el inicio de un incipiente movimiento de protesta vinculado a la crisis económica, sin ideología definida pero con reivindicaciones propias de una oposición democrática. Más allá del partido democrático Kefaya (Basta en árabe) prácticamente no existía oposición al régimen que no fuera la islamista, y fue este movimiento nacido en Facebook, casi espontáneo y sin líder aparente –aunque jóvenes como el fundador del grupo, Ahmed Maher, o Ahmed Sala o Asma Mahfuz han actuado como catalizadores–, el que encendió una mecha que prendió con una extraordinaria fuerza.

 

Durante meses fueron el centro de apasionados debates sobre el futuro de Egipto, donde participaban miles de amigos del grupo. Cuando estalló la calle en Túnez, el debate de los jóvenes egipcios se convirtió en una revuelta y de internet pasó a la calle, donde se transmutó en una auténtica marea de miles de personas. Alguien la llamaría la Facebook Revolution o incluso la Twitter Diplomacy.

 

Asma Mahfuz, cuya apasionada alocución en YouTube recorrió las venas de Egipto, lo explicaba así en el International Herald Tribune: “Sentí que hacer este vídeo podía ser un paso demasiado grande para mí, pero entonces pensé: ¿durante cuánto más tiempo voy a seguir con dudas y miedos? Tenía que hacer algo”. No podía continuar dudando, paralizada por el miedo... Y lo hicieron. Y no hay ninguna duda de que estos jóvenes forman una parte esencial de las revueltas que han puesto en jaque una dictadura de décadas. Son una brillante porción del alma de la plaza Tahrir, cuya capacidad para hacer reaccionar a otros sectores, como intelectuales, universitarios, clases medias..., ha sido clave para la revuelta.

 

Sin embargo, ¿son algo más? Porque si bien Facebook se pudo convertir en el eco de un grito colectivo, también es evidente que los cambios históricos necesitan líderes que los galvanicen, y es el vacío de liderazgo de una oposición sólida lo que marca la primera gran incertidumbre de esta revuelta. La otra gran incertidumbre es quién y para qué se está aprovechando el grito de los jóvenes...

 

Pero siguiendo el orden de las certezas, la segunda es una obviedad aplastante: el régimen es, sin paliativos, una dictadura a la vieja usanza. Corrupta, violenta, indiscriminada y aparentemente fuerte, no en vano ha sido durante décadas el aliado de Occidente.

 

Parafraseando la cita histórica, Hosni Mubarak “era un h. de p., pero era nuestro h. de p.”. Lo cual no niega algunas cuestiones de amplio calado: la efervescencia de una intelectualidad crítica con los movimientos islamistas radicales, imposible de existir en dictaduras de otro formato; la paz estable con Israel, cuestión esta de enorme importancia para la estabilidad global de la región; el papel de mediador en algunos conflictos relevantes, no olvidemos que Egipto es la base permanente de la oficina central de la Liga Árabe; y finalmente, la solidez de una amplia clase media cuyo dinamismo cultural y económico floreció a tenor del corte occidental de esta dictadura. Dicho en plata, de la misma manera que el sha de Persia era un dictador, pero dio oxígeno a la modernización del país, Mubarak hizo lo propio. A costa, por supuesto, de un recorte drástico de derechos humanos. Pero ambos modernizaron a sus sociedades, como así hicieron la mayoría de los grandes líderes nacionalistas panarabistas, todos ellos dictadores. No así, como es evidente, el otro modelo de dictadura de la zona, la de corte teocrático. ¿Qué es mejor, pues, la dictadura del sha o la de los ayatolás? La respuesta es evidente para cualquier demócrata: ninguna de ellas.

 

Pero en esa zona del mundo, esa respuesta obvia no lo ha sido tanto durante décadas. Porque incluso entre dictaduras, unas aprietan y las otras ahogan definitivamente. A pesar, pues, de que esté de moda considerar perverso y nefasto el apoyo que ha dado Occidente a un dictador como Mubarak, la historia no permite tanta contundencia crítica. Como aseguraba Tomás Alcoverro –que algo sabe de estos lares–, Mubarak ha sido muy importante para el avance de la modernidad, los derechos femeninos, la masa crítica y las clases medias. Y su freno a los movimientos integristas islámicos, así como su relación estable con Israel y la garantía de seguridad del paso estratégico del canal de Suez, no pueden ser leídos de otra manera que como una positiva aportación a la historia de Oriente Medio.

 

El senador demócrata John Kerry, en un artículo reciente, lo definía así: “A great nationalist that had contributed significantly to Middle East peace” (un gran nacionalista que ha contribuido de forma significativa a la paz de Oriente Medio)... A pesar de todo lo dicho, las dictaduras agotan su tiempo a medida que ahogan a sus sociedades, y el tiempo de Mubarak parece definitivamente finiquitado. Desde una perspectiva democrática, eso parece también una gran noticia.

 

A partir de aquí, las incertidumbres. La primera es que nadie sabe quién es el interlocutor de la oposición. Es decir, acabada la era Mubarak –lo cual resulta, hoy por hoy, indiscutible–, ¿con quién hay que hablar para liderar la transición democrática? En el lado gubernamental no hay duda: Omar Suleiman es el hombre fuerte de Egipto, aunque la propia Hillary Clinton confirmó ayer mismo el intento de atentado que sufrió hace pocos días. También es relevante el consejo de sabios que formaron algunas personalidades egipcias nada más empezar las revueltas, entre ellos el millonario cristiano Naguib Sawiris o el conocido analista Salama Ahmed Salama. En medio de todos ellos, aflora el nombre del actual secretario de la Liga Árabe, Amr Mussa, cuya popularidad podría situarlo en línea de salida. Pero instalado en tierra de nadie, ni oficialidad ni oposición avalan esta opción. El peso de la carga, sin embargo, está al otro lado de la mesa, la oposición, una amalgama denombres y gentes cuya única convergencia es el odio a Mubarak. A partir de aquí, ni se parecen en nada ni quieren lo mismo ni son lo mismo. Más allá de Mohamed el Baradei, cuyo impostado ruido tiene más eco en la prensa extranjera que en la calle egipcia, el frente opositor ni es un frente ni está unido.

 

Nada parecido a la memoria histórica de nuestra dictadura y a la suma opositora que lideró la transición. Es cierto que procesos como el español también fueron enormemente complejos, pero Egipto añade un elemento fundamental que puede patear el tablero: el gran movimiento del fundamentalismo islámico.

 

La única oposición estructurada, sólidamente asentada en amplias capas sociales, con líderes visibles y carismáticos y con una capacidad operativa internacional, es justamente la oposición que nadie quiere ver, que casi nadie nombra, pero que prácticamente todos temen. “Los religiosos”, según expresión del taxista del rock. Es decir, el movimiento de los Hermanos Musulmanes de Egipto. Si este importante fenómeno no tuviera miles de militantes, no fuera –desde su creación en 1928 por Hasan al Banna– una de las organizaciones radicales islamistas más importantes del mundo, no hubiera inspirado a grupos yihadistas de todo el planeta y no tuviera el cuerpo teórico tan sólido que tiene, a la par que una enorme influencia en sectores intelectuales, el problema de Egipto sería de solución más rápida y menos incierta.

 

Es verdad que hasta ahora han mostrado un perfil bajo en lasmanifestaciones, no en vano tienen un fino olfato para la estrategia y saben que su derivada islamista es la fuente de mayor preocupación en el mundo occidental. Pero algunas cosas son irrefutables: son un movimiento radical, cuya aspiración es un Estado teocrático con la charia como única ley fundamental; son profusamente antioccidentales, hasta el punto de que su principal líder intelectual, Sayid Qutb –fuente de inspiración de la mayoría de líderes terroristas, entre ellos el propio Osama Bin Laden–, basó en el odio a Occidente la base doctrinal de su famoso libro Milestones; son furibundamente antisemitas y bélicamente antiisraelíes, tanto, que incluso ahora que optan por la prudencia, no han podido evitar ser claros en esta materia. A preguntas de la CNN, el portavoz de los Hermanos, Mohamed Morsey, lo expresó con alarmante claridad hace pocos días: “No mantendremos la paz con Israel”. No hay que olvidar que los Hermanos Musulmanes fundaron la organización Hamas. Y más allá del alborozo que pueden tener algunos irresponsables de la progresía más lunática que pulula por las esquinas del antiisraelismo militante, lo cierto es que cualquier persona sensata, a lado y lado del espectro ideológico, debe preocuparse por esta eventualidad.

 

La paz con Egipto ha sido, hasta ahora, uno de los pocos pilares que permitían el optimismo en la zona. Sin esa paz y sin esa seguridad, la región se puede calentar hasta extremos impensables. Y si algo es fundacional en el cuerpo teórico de los Hermanos, es su deseo de destruir al Estado de Israel. No es de extrañar que ello preocupe, no sólo a los directamente afectados, tanto israelíes, como palestinos democráticos, sino que preocupa a todo Occidente. Y más allá de esta cuestión caliente, los Hermanos son especialmente belicosos en tres pilares de los derechos humanos: los derechos de la mujer, los derechos de las minorías religiosas y los derechos de la libertad de expresión.

 

En los tres casos, son enemigos acérrimos, cuya ofensiva ha puesto en la diana y ha obligado a expulsar del país a intelectuales de renombre, líderes feministas y directores de cine. Especialmente conocido es el caso del gran intelectual Mohamed Arkoun, que luchó por conciliar Corán y modernidad y tuvo que exiliarse; o del escritor y premio Nobel Mahmud Mahfuz, que, señalado por los Hermanos, sufrió un atentado que lo dejó sin poder escribir al final de sus días; o el conocido caso del gran estudioso del Corán Nasr Hamid Abu Zayd, acusado de apóstata por intentar una lectura moderna del libro sagrado. Los Hermanos pedían su pena de muerte. Convertido en apóstata, lo obligaron a divorciarse de su mujer, y tuvieron que huir los dos a Holanda, donde él murió hace pocos meses. O del director de cine Yusef Chahine, también perseguido...

 

El historial de asedio a las libertades de pensamiento y acción de los Hermanos conforma su propia historia, y aunque han sido tradicionalmente perseguidos, también son, a la vez, los más furibundos perseguidores de la libertad. Mostrarlos ahora como islamistas moderados sólo puede representar dos cosas: o una supina ignorancia o una supina ingenuidad.

 

Por cierto, uno de los grandes gurús intelectuales de los Hermanos es Yusuf al Qaradawi, cuyo programa La charia y la vida de Al Yazira ven unos 40 millones de personas. Es el líder espiritual de la Fundación Qatar del Barça y el hombre que ha impuesto como hecho irrefutable que el Corán ama y desea la inmolación de los jóvenes contra los enemigos del islam. Es decir, ha bendecido los actos de suicidio terrorista. Sus debates al respecto con el rector de la Universidad Al Azar de El Cairo fueron emblemáticos.

 

Y con todo ello, Al Yazira, tan importante como los jóvenes de Facebook para el éxito de la revuelta. Apesar de parecer una televisión moderna, a pie de calle y a micrófono de lucha, lo cierto es que Al Yazira hace tiempo que alimenta la oposición islamista en todos los países donde hay revueltas. Así lo hizo en Líbano, jugando abiertamente a favor de Hizbulah y contra las gentes de Hariri; así lo ha hecho con los documentos contra Mahmud Abas y la Autoridad Nacional Palestina, que sólo han beneficiado a Hamas, y así lo hace también en Egipto. Por supuesto, su pasión contra las dictaduras pro occidentales nunca ha venido pareja de la más mínima crítica a dictaduras teocráticas como la propia que le paga. Sus intereses son evidentes, pero su fuerza mediática es inmensa. Y no parece que juegue a favor de la democracia en ninguno de estos países.

 

Todo esto hierve en Egipto. Y sobre estos renglones torcidos, Egipto debe escribir su nuevo capítulo de la historia. No lo tiene nada fácil. Porque no se trata sólo de derrocar a un viejo dictador. Se trata, también, de impedir el vacío de poder –por eso las prisas norteamericanas no son nada buenas–, de neutralizar cualquier intento de mantener la vieja dictadura y, sobre todo, de impedir una dictadura peor. Por todo ello, hay que mirar a la plaza Tahrir para ver cómo vibra su alma joven. Pero hay que ampliar el foco para saber cómo crece el huevo de la serpiente. Todo lo que ocurra en Egipto cambiará el mapa de la región. Y si cambia para mal, los peores augurios son posibles. “Venceremos”, me dice un joven que pasa cerca.

 

Lo miro largamente. ¿Quién vencerá, los demócratas, el régimen, los islamistas? La respuesta a esa pregunta es la madre de todas las respuestas.

 

 

"Con Mubarak vivimos mejor"

 

Empresarios y empleados del sector turístico, que concentra el 11% de la riqueza de Egipto, rechazan una revuelta que deja sin visitantes las pirámides

 

GEORGINA HIGUERAS, El País

 

El Cairo.- La emoción que se vive estos días en la plaza de la Liberación, donde los manifestantes apuestan por un Egipto democrático, contrasta con la desolación que se percibe en el parque nacional de Gizeh, donde se levantan la esfinge y las pirámides de Keops, Kefrén y Micerinos. Descontentos con una revuelta que les ha dejado de brazos cruzados, de aquí partieron en camello o a caballo algunos de los defensores de Hosni Mubarak que la semana pasada reventaron con su violencia el pacifismo de la revuelta.

 

El Gobierno decretó el cierre de todos los lugares emblemáticos del turismo para protegerlos de actos vandálicos, pero los empleados del sector hasta ahora más boyante de la economía egipcia culpan a los manifestantes. De ahí que, a instancias del Ministerio del Interior ?como sugieren algunas fuentes? o por su propia iniciativa varios empleados de Gizeh decidieran acudir en defensa de su presidente, como cuenta sin reparos Gamal. "¿Cómo vamos a sobrevivir?", se pregunta. "Todo está cerrado desde hace 14 días. No entra ni una sola libra. No tenemos para comer, pero hay que seguir alimentado a los caballos y a los camellos. ¿Quién va a pagarlo?", se pregunta.

 

La revuelta está costando a la economía egipcia unos 250 millones de euros al día, la mayoría de las pérdidas se atribuyen al sector turístico que emplea en el país a una de cada ocho personas. Solo en el parque de Gizeh, hay una media de 5.000 turistas al día y ahora es temporada alta, por lo que las pérdidas para los pequeños comercios son aún mayores. La mayoría están cerrados y los pocos que han abierto sus puertas, están vacíos. El descontento es aún mayor cuando ven que los únicos que se acercan son periodistas "que no entienden nada de Egipto", dice el dueño de una tienda de papiros.

 

"Mubarak es un hombre bueno. Con él vivimos muy bien. Acepta sobornos porque todos los gobernantes los aceptan en Egipto, en España y en Estados Unidos", dice Abdul, de 25 años, que baja del caballo y se pone violento cuando se le discute una opinión.

 

En parecidos términos se expresa Abdulá, de 22 años, que hace ya cinco que monta su camello por las pirámides. "Con Mubarak teníamos turistas de todas las nacionalidades, ahora ninguno", se lamenta.

 

Un taxista quiere mostrar también en Gizeh a algunos de los que fueron la semana pasada a la plaza de la Liberación, pero otros le recriminan el gesto de confianza con quienes luego "cuentan lo que quieren contra Egipto".

 

El aspecto del bullicioso mercado de Jan el Jalili es aún peor. La casi totalidad de las tiendas están cerradas. En la madrugada del viernes 28, al día siguiente de que comenzaran las grandes manifestaciones, fueron asaltadas unas 35 joyerías del bazar.

 

Said Guzlan, de 57 años y propietario de seis joyerías, una de ellas en el bazar aunque "afortunadamente" no fue asaltada, es también un claro defensor del régimen. "Si Mubarak se va será un infierno. Debe quedarse por la seguridad de este país", comenta. "Los egipcios no sabemos lo que es democracia y, como estamos viendo, si se le da libertad a las masas no saben utilizarla. Los anteriores presidentes no permitieron la más mínima protesta. Mubarak la permite y ¿qué tenemos?: destrozos, saqueos y asesinatos", afirma.

 

Shaggy Hatem, empleado de 28 años, la mitad de ellos en la joyería de Guzlan, donde trabaja todo el día por 1.600 libras egipcias al mes (200 euros) más algún "bono por productividad", considera que los manifestantes ya han logrado la mayoría de lo que pedían y deberían de irse a sus casas ya. "Aunque sean un millón de personas, incluso dos millones, no pueden paralizar un país de 80 millones. Queremos trabajar; nos tienen que dejar", afirma.

 

Ayer volvieron a abrir los restaurantes de Jan el Jalili y algunas teterías donde los comerciantes comentan los acontecimientos, pero la depresión se hace patente en que no hay nadie fumando distendido una chicha (narguile o pipa de agua).

 

En la terraza de uno de los restaurantes hay sentadas un grupo de nueve coreanas bailarinas de la danza del vientre. Cuentan entre risas que llegaron el sábado 29 a un céntrico hotel cercano al puente de Kasr al Nil, principal vía hacia la plaza de la Liberación. "Nos dijeron que no podíamos salir del hotel. No funcionaba Internet. Ni los móviles. Hemos estado encerradas hasta hoy y nos vamos mañana", dice una de ellas, cuando en ese momento se oyen unos disparos, todo el mundo corre y su intérprete las encierra rápidamente en el restaurante.

 

 

EEUU da respiración asistida al régimen de Hosni Mubarak

 

El enviado de Obama para mediar en la crisis dice que el dictador debe seguir en el cargo para hacer posible la transición

 

ÓSCAR ABOU-KASSEM ENVIADO ESPECIAL, Público.es

 

Desesperado por intentar desactivar la revuelta popular y aferrarse al poder, el tambaleante régimen de Hosni Mubarak anunció la dimisión de la cúpula directiva del partido oficialista. La medida cuenta con el beneplácito de Washington, que da así un poco de respiración asistida a un Gobierno egipcio que hace dos días parecía amortizado. "Necesitamos un consenso nacional antes de seguir avanzando. El presidente de Egipto debe seguir en su cargo hasta que se pueda avanzar en esos cambios", dijo Frank Wisner, el enviado especial de Estados Unidos para mediar en la crisis egipcia.

 

Pero los protagonistas de la protesta siguen decididos a no ceder en su principal exigencia: la salida inmediata del presidente egipcio. La dimisión de Gamal, el hijo de Mubarak predestinado a heredar la presidencia del país, y de toda la junta directiva del Partido Nacional Democrático no fue suficiente. La idea apadrinada por Washington de dejar a Mubarak casi como un presidente honorífico y permitirle una salida digna en los próximos meses no es aceptada por los manifestantes que volvieron a acudir masivamente y de forma pacífica a la plaza Tahrir (Liberación).

 

La situación actual no permite avanzar, ya que los tres actores principales mantienen la comunicación estancada. A un extremo está el Gobierno, que apenas habla con la oposición, la cual a su vez es incapaz de comunicarse con una protesta popular que no tiene dirigentes y que sólo quiere la salida de Mubarak.

 

Tras fracasar el plan A, que consistía en aplastar con sus matones a los manifestantes, el régimen intenta ahora desactivar la protesta haciéndoles responsables de la crisis ante los ojos de los egipcios. Para intentar normalizar la situación actual, el Gobierno egipcio anunció que hoy abrirán los bancos tras una semana de cierre. Según las estimaciones de Crédit Agricole, la crisis está costando a Egipto 230 millones de euros al día.

 

A la plaza Tahrir acudió un comandante del Ejército egipcio para intentar persuadir a los manifestantes para que dejen la protesta. "Tenéis todo el derecho a expresaros pero, por favor, salvad lo que queda de Egipto. Mirad a vuestro alrededor", dijo Hasán Al Roweny con un altavoz. La multitud le calló con gritos: "¡Nosotros nos quedamos, Mubarak se va!".

 

El papel del Ejército está resultando ambiguo. Por un lado no disparan ni atacan a los manifestantes, pero no los defendieron cuando fueron brutalmente atacados por los partidarios del presidente, desaparecidos. El Ejército complicó todo lo posible los accesos a la plaza con unos controles lentísimos que provocaron largas colas. "Casi muero aplastado en una avalancha en la cola", afirmó Mohamed Radwan tras superar un control militar.

 

"El miércoles nos tenían que haber protegido. No están acostumbrados a tener que tratar con la gente y sólo provocan el caos. Están cansados y quieren que esto termine ya", afirmaba Nora El Gazar, una joven que se encontraba en el centro de la plaza leyendo Masry Al Youm, un periódico reformista. Su amiga Sundus también lo tenía claro: "No se puede decir que el Ejército esté con nosotros".

 

"¡Nosotros nos quedamos, Mubarak se va!", grita la oposición

 

Pese a todo, la vida sigue siendo de color de rosa dentro de la plaza. Se han multiplicado las tiendas de campaña y la autogestión funciona a pleno rendimiento. Sobra la comida y se ha conseguido tener energía al reconducir los cables eléctricos de los semáforos.

 

La defensa de la plaza a base de barricadas y cascotes de rocas también está lista para repeler otra agresión. Junto a la rotonda hay dos escenarios con altavoces. En ellos se recitaba poesía, se cantaban canciones populares y se lanzaban arengas para mantener encendida la revolución.

 

Además de varios hospitales de campaña, también hay pequeñas enfermerías. En una de ellas estaba Ahmad Nur, un marino con conocimientos básicos de medicina. "No nos fiamos de Mubarak. El problema es que es difícil acabar rápidamente con un régimen que dura tanto tiempo", explicaba.

 

En el extremo sur de la plaza Tahrir y junto a la mezquita permanecen acampados los Hermanos Musulmanes. Abdel Fatah Saba, padre de 10 hijos, defendía un mensaje de unidad: "No queremos instaurar la sharia [ley islámica], eso es algo que tendrá que decidir el pueblo. Aquí todos somos egipcios con el mismo objetivo".

 

 

Obama mira más allá de Mubarak

 

Jim Lobe, Inter Press Service

 

WASHINGTON.- Ante las masivas manifestaciones en Egipto de los últimos días y la gran concentración de este martes en El Cairo, el gobierno de Estados Unidos parece haber concluido que el régimen de Hosni Mubarak debe caer por sí solo.

 

La administración de Barack Obama evita llamar públicamente a Mubarak a que abandone el poder, a pesar de los expresos pedidos de quien emergió como nuevo líder egipcio, Mohamed El-Baradei, ex director de la Agencia Internacional de Energía Atómica.

 

Así lo aconsejaron especialistas independientes en política exterior y Medio Oriente, que se reunieron el lunes con funcionarios de gobierno en la Casa Blanca.

 

El encuentro se llevó a cabo luego de que Obama difundiera un comunicado señalando que "apoyaba una transición ordenada (en Egipto) a un gobierno que sea responsable de las aspiraciones del pueblo".

 

Esa declaración fue repetida palabra por palabra el lunes en un comunicado de prensa sobre las conversaciones que mantuvo el vicepresidente Joseph Biden con el rey de Bahrein, Hamad bin Isa al-Khalifa.

 

"Tengo la impresión de que están muy concentrados en lo que vendrá después de Mubarak", señaló uno de los analistas que visitaron la Casa Blanca y que pidió no ser identificado.

 

Al encuentro, del que no se informó a la prensa, asistieron altos funcionarios del Consejo de Seguridad Nacional, incluyendo al segundo al mando en ese órgano, Ben Rhodes.

 

"Había un acuerdo general de que no podía ocurrir ninguna transición ordenada con Mubarak, y también se cuestionaba mucho si Soleiman podía ser parte de una transición creíble", dijo la fuente a IPS, refiriéndose al general Omar Soleiman, ex jefe de inteligencia egipcio a quien Mubarak nombró vicepresidente el domingo.

 

"Varios comentaron que Soleiman desdeñaba el tipo de reformas democráticas que habíamos estado pidiendo y que su llegada a la Presidencia (si renunciaba Mubarak) tenía pocas probabilidades de disminuir el número de manifestantes".

 

Mientras se celebraba la reunión el lunes en la Casa Blanca, la oposición egipcia convocaba para este martes en El Cairo la "marcha del millón", y las Fuerzas Armadas divulgaban una declaración en la que prometían no reprimir a los manifestantes.

 

"Al gran pueblo de Egipto, vuestras Fuerzas Armadas, reconociendo los legítimos derechos del pueblo, no han usado y no usarán la fuerza contra la población", rezaba el comunicado. Además, aclaraba que "la libertad de expresión a través de medios pacíficos" estaba "garantizada a todos".

 

A pesar de esa promesa, el servicio de Internet, cortado la semana pasada, no ha sido aún restaurado. También fueron cancelados los viajes en tren, posiblemente para impedir que los manifestantes acudan a El Cairo para participar de las protestas.

 

Mientras, parece claro que los altos mandos militares de Estados Unidos, que recibieron en Washington a algunos de sus pares egipcios la semana pasada, coinciden con la postura cauta de la Casa Blanca.

 

"Yo diría que las opiniones en la administración de Obama… se consolidan en la dirección de apoyar una transición administrada hacia elecciones democráticas con el patrocinio y la protección de las Fuerzas Armadas egipcias", escribió en su blog el coronel retirado Pat Lang, ex analista sobre Medio Oriente en la Agencia de Inteligencia de Defensa del Pentágono.

 

"Uno puede estar seguro de que las líneas de comunicación entre el Pentágono y el Estado Mayor egipcio están bien abiertas", señaló.

 

Los últimos esfuerzos de Mubarak para salvar su régimen, creando un nuevo gobierno supuestamente con enfoque renovado, son vistos por expertos en Medio Oriente como medidas escasas y tardías.

 

"Éste no es un gobierno de reformadores", escribió Blake Hounshell, editor del sitio ForeignPolicy.com y quien trabajó en el Centro Ibn Khaldun para Estudios sobre Desarrollo, en El Cairo.

 

"De hecho, los reformadores… no estarán en el nuevo gobierno" de Mubarak, añadió, y opinó que los llamados de Estados Unidos y de la Unión Europea para una "transición", combinados con las declaraciones de las Fuerzas Armadas, tenían un significado claro: "Adiós, Hosni".

 

No obstante, Washington se resiste a pedir explícitamente la salida de Mubarak, a pesar de que algunos funcionarios y analistas independientes temen que, de no hacerlo, la situación se agrave.

 

"No podemos ser vistos como que elegimos a un ganador. No podemos ser vistos como que le decimos a un líder que se vaya", dijo Rhodes en la reunión del lunes en la Casa Blanca, donde varios habrían pedido, según el blog "Cable", de ForeingPolicy.com, que Obama solicitara la renuncia de Mubarak.

 

"Lo que intentábamos decirles es que el cambio estaba cerca… y la cuestión era si queríamos intervenir en ese cambio de forma constructiva o no", dijo a Cable la co-presidenta del bipartidista Grupo de Estudio sobre Egipto, de la Fundación Carnegie para la paz Internacional, Michelle Dunne.

 

Varios analistas que simpatizan con la oposición egipcia también instaron a Obama a que actuara con cautela.

 

"Hay una lección que aprender de Túnez y de la política exterior de Estados Unidos en la región los últimos años, y es que estos acontecimientos históricos y locales en Egipto no deben pasar a ser de Estados Unidos", escribió Shibley Telhami, especialista en Medio Oriente para el Brookings Institute, en el sitio web Politico.

 

Telhami, experta en opinión pública árabe, habría sido invitada a la reunión del lunes, pero no pudo asistir.

 

Si Estados Unidos toma una posición expresa "puede ser interpretado como un intento de controlar los acontecimientos, adelantándose a la voluntad popular y diseñando un resultado de acuerdo con sus intereses", alertó.

 

 

La caída del muro árabe

 

Los árabes están a punto de subirse a una ola democrática como la que barrió Europa oriental al caer la URSS

 

Fawaz A. Gerges, La Vanguardia

 

A medida que las protestas multitudinarias sacuden Túnez, Egipto, Argelia, Yemen y Jordania, parece desmoronarse la omnipresencia de unos estados controlados por los servicios de seguridad. En concreto, la incapacidad del temido aparato de seguridad del presidente Hosni Mubarak para reprimir la creciente marea de manifestantes y salvar un dominio que ha durado treinta años señala la caída del muro autoritario árabe. En tanto que país más poblado del mundo árabe y capital de su producción cultural, si Egipto se transforma en una democracia, se producirá una reacción en cadena a lo largo de toda la región. Como en el banquete de Baltasar, la mano profética ya ha escrito en la pared.

 

Se ha alzado ya la barrera del miedo que permitió a los dictadores árabes oprimir a sus ciudadanos. Contra todo pronóstico, cientos de miles de jóvenes (hombres y mujeres) han tomado las calles y, arriesgando la vida, han exigido cambio y libertad. Túnez proporcionó la chispa que ha prendido esos incendios políticos a lo largo de todo el mundo árabe. Si los tunecinos podían expulsar a su opresor Ben Ali, muchos árabes se atrevieron a pensar lo impensable.

 

Al margen de que los opresivos regímenes árabes consigan capear la tormenta, el statu quo ya no resulta sostenible. Los árabes de la calle se sienten dotados de poder, a punto de ser testigos de un nuevo amanecer democrático. Se han sacudido la apatía política y se han adentrado en el espacio político.

 

Los gobernantes árabes, en cambio, temen que se haya terminado su prolongado reinado autoritario. En Yemen, tras 32 años en el poder y a pesar de un reciente esfuerzo por autonombrarse presidente vitalicio, Ali Abdulah Saleh ha declarado que ni busca ser reelegido ni traspasar la autoridad a su hijo tras el actual mandato que concluye en el 2013. “Ni ampliación de mandato, ni sucesión, ni puesta a cero del reloj”, afirmó Saleh antes de la gran manifestación en Saná del jueves, bautizado como “día de la ira” a imitación del modelo tunecino y egipcio. En Jordania, el rey Abdulah II ha destituido al primer ministro y a su gabinete tras semanas de manifestaciones antigubernamentales y ha ordenado al nuevo primer ministro que lleve a cabo urgentes reformas políticas.

 

Envalentonados, los manifestantes ya no se conforman con retoques cosméticos, sino que piden un cambio político sustancial: la reestructuración de las cerradas sociedades siguiendo un modelo plural. Para los árabes, psicológica y simbólicamente, este momento equivale a la caída del muro del Berlín. Están a punto de subirse a una ola democrática como la que barrió Europa oriental tras el derrumbe de la Unión Soviética. En este sentido, la intifada árabe ha acabado con la afirmación de que el islam y los musulmanes son incompatibles con la democracia.

 

Como sus equivalentes de Europa oriental, el viaje democrático de los árabes será incierto, complejo, desigual y prolongado. No hay ninguna garantía de una transformación democrática con éxito y no cabe duda de que surgirán contratiempos. El desafío más difícil es institucionalizar la relación entre el ejército y la dirección política civil y poner fin al dominio de los rangos más antiguos del ejército. Como en Europa oriental, la transición árabe desde el autoritarismo político a unas sociedades plurales y abiertas llevará más de dos décadas.

 

La nueva intifada árabe se nutre principalmente de preocupaciones y agravios internos (el trabajo y las libertades) y no de sentimientos antioccidentales de política exterior. A diferencia de los manifestantes de la revolución islámica iraní a finales de la década de 1970, ni los egipcios ni los tunecinos queman banderas estadounidenses e israelíes, ni tampoco culpan de su suerte al imperialismo occidental.

 

Tampoco los clérigos y los mulás son los motores de la agitación social que se ha apoderado de los países árabes. La punta de lanza de la revuelta contra el opresivo statu quo es una clase media acuciada por los problemas. Aunque fragmentada y sin coherencia ni unidad, la oposición está formada por una variopinta coalición de hombres y mujeres de todas las edades y todos los colores políticos, incluidos centristas de tendencias liberales, demócratas, izquierdistas, nacionalistas e islamistas.

 

Lo que distingue la intifada árabe de la revolución iraní es que no hay ningún ayatolá Jomeini preparado para secuestrar la revolución y hacerse con el poder. En el caso de Egipto, los Hermanos Musulmanes son el único grupo político influyente entre un mosaico de organizaciones opositoras laicas. Los Hermanos renunciaron hace tiempo a la violencia y aceptan plenamente las reglas del juego político. Es el movimiento de base religiosa más grande y organizado del mundo musulmán y ha demostrado tener sentido común, madurez y realismo político. Dedican grandes esfuerzos a librarse de su antigua imagen de radicalismo y subversión.

 

No hay un auténtico peligro de que los extremistas ocupen el vacío de la seguridad porque existen mecanismos de control y equilibrio de poderes. A pesar de que persiste la violencia, el ejército ya ha llenado el vacío dejado por la salida de la policía y el aparato de seguridad de Mubarak. Cuando se alcance un acuerdo político, si es que eso llega a ocurrir, es probable que el ejército supervise la transición hacia el nuevo régimen mientras se mantengan los derechos e intereses de los oficiales superiores. La diversidad y el dinamismo de la oposición y de la sociedad civil también son factores que operan en contra de un posible secuestro de la pacífica revolución egipcia.

 

Aunque de modo tardío, Estados Unidos ha aceptado por fin la importancia y la inevitabilidad del cambio en la región. Dirigiéndose a los manifestantes egipcios, Obama dijo que su “pasión y dignidad” eran “motivo de inspiración para las personas de todo el mundo, incluidos también los habitantes de Estados Unidos y todos aquellos que creen en la inevitabilidad de la libertad”.

 

“Deseo ser claro, oímos vuestras voces”, afirmó Obama.

 

Aunque existen riesgos inherentes en la agitación que se extiende por el mundo árabe, los recientes acontecimientos apuntan a un futuro más prometedor y brillante. Los árabes están superando el amargo legado del colonialismo y del fracasado Estado poscolonial. Están luchando por ser dueños de su historia y por decidir su futuro.

 

  

LA FORTUNA DEL RAIS, UN EXILIO DORADO 

 

ANSA

 

El Cairo.- Inmuebles lujosos en las principales ciudades del mundo. Activos financieros. Un río de dinero fuertemente custodiado en cuentas secretas del exterior. En sus 30 años en el poder, Hosni Mubarak acumuló para sí y su familia una fortuna inmensa y si se decide a dejar el país no se irá con las manos vacías.

   

Las estimaciones del patrimonio del clan del "rais" son aproximativas, pero algunos expertos de Medio Oriente estiman la cifra entre 40.000 a 70.000 millones de dólares.

   

Mubarak comenzó a construir su tesoro personal, comenta a la ABC Amaney Jamal, docente de ciencias políticas de la Princeton University, antes de convertirse en "rais", en los años en que estaba en la cúspide de la aviación militar egipcia, en especial a través de contratos en el sector de la defensa.

   

"En el régimen -explica Jamal- había muchísima corrupción y los recursos públicos venían a menudo derivados para el enriquecimiento personal".

   

Asumida en 1981 la presidencia, después del asesinato de Anwar el Sadat, Mubarak comenzó a diversificar sus inversiones y confió el manejo de las arcas de su familia a su esposa Suzanne y a sus dos hijos, Gamal (nacido en 1963 y hasta antes del inicio de la crisis considerado su posible sucesor) y Alaa.

   

Fueron ellos, según Christopher Davidson, profesor de política medioriental en la Durham University, los que se encargaron de engordar la fortuna del clan a través de acuerdos de asociación con empresarios y compañías extranjeras, mientras el Faraón gobernada Egipto y combatía a los islámicos bajo la mirada benévola de las potencias occidentales.

   

El año pasado, el diario árabe Al Khabar se animó a esbozar un inventario parcial de las riquezas del "rais". Según el periódico, gran parte de los fondos líquidos de Mubarak están depositados "off-shore" en algunas cuentas secretas en la banca suiza UBS y el Bank of Scotland. Otras fuentes mencionan activos financieros en el exterior y propiedades inmobiliarias lujosas en las zonas más lujosas de Londres, Nueva York, Los Angeles, París, Madrid y Dubai.

   

Además, es dueño de residencias y resort frente a las costas del Mar Rojo, en particular en la localidad balnearia de Sharm el Sheikh.