Cubanálisis El Think-Tank

ARTÍCULO ESPECIAL EN EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

 Dos cubanos: Pepe el curda y Pedro el Ministro

 

Eduardo Martínez Rodríguez, en Primavera Digital

 

El Cerro, La Habana.- El despertador electrónico sintonizado en Radio Enciclopedia súbitamente saltó a la vida con el volumen tal vez demasiado alto para una melodía como Para Elisa de Mozart. Pedro miró al display con grandes números rojos. Son las siete de la mañana. Su mujer hace rato está de pie como de costumbre y a pesar del cuarto cerrado huele a café recién colado. Pedro se incorpora y da unos pasos irregulares hasta la pared donde está el acondicionador de aire. Hace frío y lo apaga. Afuera también hace frío pero a él le gusta tenerlo encendido por el ruidito monótono y acariciador de su máquina, porque el cuarto puede entonces estar cerrado casi herméticamente sin que parezca raro, evitando ruidos externos y miradas de vecinos curiosos. De todas formas está acostumbrado. El carro tiene aire, la oficina tiene aire, generalmente por donde quiera que se mueva existe climatización y esta elimina la nociva alta humedad de esta isla tropical. No le agrada la humedad y sabe que nació en el país equivocado. El cualquier momento se convertirá en el primer emigrado climático de esta nación, si las cosas en definitivas se ponen tan malas como se predice.

 

La señora la trae su primera taza de café del día. Este termina de despertarlo. Le agradece y se va al baño para asearse y lavarse los dientes. Su piel es blanca y desempercudida por tanto estar encerrado en lugares semioscuros reunido o revisando papeles en espera de su firma. Le agradaría leer. Siempre fue un entusiasta de la lectura pero la oficina consume muy por encima de cuanto estaría dispuesto a dedicarle a tal placer.

 

Sale del baño bañadito y descansado. La esposa, excelente ama de casa, le tiene listo ya el desayuno apropiado: Pan suave con mantequilla holandesa sin sal, abundante café con leche y una bandejita llena con trozos de frutabomba fresca. Ella se mantiene atenta para hacerle otro café expreso cuando esté terminando.

 

Los muchachos ya se fueron a la Universidad más temprano en el Lada viejo que él les dejó cuando le entregaron por su sesenta cumpleaños el nuevo auto chino Geely que no parece muy bueno. Sí, mucho confort pero muy malos componentes. Ese modelo Emgrand es una muy mala copia de la Cadillac.

 

Pepe se despierta todavía oscuro. Son las seis de la mañana según el viejo reloj mecánico Seivani de la época soviética pero ya no suena. No hace falta. Está acostumbrado a tirarse a la misma hora para salir a luchar el día. La mujer se revuelve a su lado y se tapa la cabeza con la almohada para que no le molesten la luz ni los mosquitos bien alimentados en el criadero cercano de la laguna de oxidación del barrio.

 

Pepe de todas formas no enciende ninguna lámpara. Tampoco le hace falta, aparte de que la mitad de los bombillos están fundidos la luz, le aumentaría el dolor de cabeza de la resaca por la curda de ayer. En algún momento tendrá que plantearse muy en serio dejar de beber.

 

Su mujer se mueve molesta en la cama y los muelles partidos del colchón crujen con sonido metálico amortiguado por la poca guata que le queda.

 

Pepe va a la cocina del apartamento de micro pero no encuentra café en el pomo. Estamos tan solo en la segunda semana del mes y ya se acabó la cuota. Cuando baje tendrá que contentarse con el mejunje achicharado de a peso en la cafetería de los bajos.

 

Se lava un poco la cara con el apestoso jabón de lavar de a seis pesos y se cepilla con Perla lo que le queda de dientes. Pepe tiene sesenta y seis años. Los muchachos hace rato ya se han ido para otra parte en un vano intento por escapar de la miseria. El cuarto colectivo de los cuatro se ha transformado en el almacén de tarecos y taller donde él reúne las latas de cerveza o refresco. En el medio destaca un yunque viejo donde él las escacha con una mandarrita pesada. El dinerito que dan por esto en materias primas junto al de las botellas da para la comidita de las tardes, los cigarros de la vieja y mi petaca de ron o alcohol preparado. Pepe se retiró con una pensión de ciento cuarenta y ocho pesos mensuales y eso no les alcanza ni para los mandados, mucho menos las medicinas que se han puesto tan caras en el mercado negro, porque en la farmacia nunca las hay.

 

Pepe tiene la piel curtida de tanto sol pero él ni se fija en este detalle. Nadie lo hace ya. Se viste su overol azul de todos los días, coge el saco grande y se va a la calle. Él sabe dónde se botan las laticas.

 

Pedro enciende el coche, conecta el aire acondicionado y la radio. Le gusta saber de las noticias mientras se traslada al trabajo. No le toma más de diez minutos. Él tiene chofer escolta y un auto Lada nuevo asignado con matrícula oficial, pero no le agrada emplearlo en sus traslados por la mañana. Es importante tener su transporte privado cerca para las ocasiones cuando necesita pasar inadvertido y eso puede ocurrir a cualquier hora del día. Se cerciora de que sus celulares estén encendidos aunque muy pocas personas conocen sus números privados. Uno es para sus superiores y el otro para las conquistas y amigos íntimos, aunque en este negocio estos últimos verdaderos resultan muy pocos. Él es un tipo afable que pretende estar siempre en control de su carácter y le agrada que las demás personas crean que es un ciudadano humilde y bondadoso. No usa camisitas de a tres por kilo como Carlos Lage, quien intentaba proyectar una falsa imagen de humildad, pues al final todo el mundo piensa que la mayoría de los funcionarios son unos corruptos y les encanta vivir bien. Viste una guayabera blanca de mangas largas impecable como manda la nueva etiqueta oficial tropical, pantalón azul prusia y zapatos negros muy cómodos. Lleva un buen Rolex en su siniestra y un lindo anillo de compromiso. Con esto marca personalidad, un status y alerta a las personas su poder.

 

Ingresa directo en el sótano del edificio del Ministerio y camina tranquilo y altivo hacia su ascensor privado el cual le depositará en su despacho. Ya sabe que sus ayudantes y secretarias se deben de haber pasado la noticia de que está en el edificio, pero eso le agrada. La disciplina es importante y él tiene siempre que dar la apariencia de estar en control. Además, hay cámaras instaladas por todas partes controladas por la Seguridad del Estado y estas son instrumentos en manos muy peligrosas.

 

Son las nueve de la mañana cuando hace su entrada a su despacho. Un par de secretarias ejecutivas se afanan en la antesala y responden constantemente a teléfonos. Las dos le saludan. Están muy bien vestidas y son lindas pero muy eficientes y discretas. Para llegar hasta él existen infinidad de filtros los cuales comienzan mucho antes de la recepción del piso uno. Nada más se sienta, una de las muchachas le trae el tercer café del día y un cartapacio de documentos en varias carpetas para que él los revise. Ella es quien le lleva la agenda y le recuerda varias de las reuniones y eventos a los que debe asistir, incluso le tiene preparados un par de discursitos que tendrá que leer en una inauguración y un funeral. Tendrá que practicarlos un poco antes de salir. A las seis de la tarde tiene una cita privada con Laura, la nueva modelo de La Maisón y cenará con ella en el Meliá Cohíba sobre las nueve. Por estos días se acerca un buen viaje de compras estatales para el cual debe comenzar a alistarse y enviar a algún ayudante a visar su pasaporte, sacar los boletos aéreos en primera clase, reservar el hotel, etc. Volverá a ver a sus viejos amigos y se asegurará sus buenas comisiones las cuales irán a parar a una de sus cuentas secretas en un banco suizo, aunque él si se esfuerza en traer para su pueblo lo mejor que pueda, por supuesto. No como otros avariciosos que él conoce quienes eligen los productos o los equipos de acuerdo a las lascas que le puedan sacar, a las ofertas de regalos, etc. A fin de cuentas todo el mundo tiene que vivir y en esta esfera hay que ser discretos o no sobrevives mucho tiempo en el cargo.

 

Pedro estira la mano y presiona un botón del intercomunicador. “María, dile a Alberto que tenga listo el auto oficial para que me lleve al Consejo de Ministros. Tengo que estar allí antes de las diez y media. ¿OK?”

 

María le responde que sí y Pedro se pone a firmar documentos que sus ayudantes ya deben haber analizado más temprano, no obstante de cuando en cuando algún nombre o detalle le llama la atención y lee un fragmento pero pronto se aburre y recuerda el poco tiempo con que cuenta. La mañana comienza a fluir sin dificultades. Parece que será un buen día.

 

Pepe camina despacio por las calles interiores del reparto donde vive. Es una zona periférica de la ciudad la cual en los cincuenta fue desarrollada para construir residencias para la clase media alta cubana, pero solo se lograron terminar unas pocas y llegó La Revolución deteniéndolo todo. Las inmobiliarias y los bancos que las financiaban desaparecieron rumbo a Miami con la mayoría de los empleados y el dinero, y el barrio permaneció a un cuarto de construir hasta cuando a Fidel, o alguien, se le ocurrió la idea de desarrollar las llamadas Microbrigadas. Entonces el suburbio se llenó de edificaciones todas iguales de a cinco plantas sin ascensores. Los mismos vecinos quienes irían a habitar los departamentos con desde uno hasta cuatro cuartos, eran quienes manejaban los materiales y supuestamente guiados por un arquitecto o ingeniero, desarrollaban los planos lo mejor que podían. La mayoría de estos vecinos jamás habían utilizado una pala o una cuchara de albañil, pero laboraban con un entusiasmo tremendo aunque el edificio quedara de medio lado y con el repello exterior ondulado. Ya de aquello habían transcurrido más de treinta años y las mismas paredes mostraban retazos pálidos de las pinturas originales y mucha mugre acumulada. En algunas esquinas aparecían dos o tres tanques de basura de plástico, pero casi siempre le faltaban ruedas, se habían roto sus paredes y los camiones colectores pasaban con un intervalo tres veces más amplio que el panificado. Pepe miraba atentamente desde lejos y comenzaba a recoger las pocas latas de aluminio que encontraba, así como las botellas de ron que no fueran de Havaba Club. No usa guantes y cuando los tanques no están demasiado desbordados, registra sus entrañas para sacar más provecho. Frecuentemente se ha hecho heriditas en los dedos que demoran en curarse, pero Pepe confía en su organismo y le hacen falta las laticas.

 

Para esto de las recogidas de materias primas hay mucha competencia. Son muchos los veteranos quienes se levantan temprano y en vez de hacer la cola del periódico de las cuatro de la madrugada se van a las cafeterías en divisa a capturar lo que puedan, las laticas que los afortunados consumidores han abandonado durante la noche. Treinta y tres envases escachados representan un kilogramo de aluminio que se paga a once pesos en efectivo. Hay quien recoge cartón y lo lleva mojado a los putos de recolección, mojado pesa más, pero para eso hace falta un carretón y mucha fuerza para mover el artefacto por las calles llenas de huecos debido al abandono oficial.

 

Pepe nunca va al médico aunque se sospecha algunas dolencias. El hospital está ahí mismo, pero para que un doctor lo vea a uno hay que pasarse todo el dichoso día en la cola. De todas formas cuando descubre lo que tienes te enteras de que no hay medicamentos adecuados y hay que sustituirlos por otros, por hemoterapias, aeroterapia y no se sabe cuántas boberías más. Casi siempre te preguntan si tienes algún familiar en el extranjero para que te los envíe, pero Pepe no tiene a nadie del lado de allá. Tampoco nadie le envía dinerito como al vecino de al lado. La hija se fue hace años y le remesa doscientos pesos todos los meses que le llega por esa compañía de nombre americano que tiene una oficinita al lado de la tienda shoping.

 

Después de las cuatro de la tarde retorna a la casa con varios sacos que arrastra y jabas llenas de laticas para escacharlas en el cuarto de los tarecos. Los vecinos de abajo protestaban a veces por los trastazos contra el piso, pero parece que ya se han acostumbrado al ruido. Aunque llamen a la policía es la jama la que está en juego.

 

Cuando se sienta a escachar las latas es cuando se da su primer cañangazo. Cuando puede compra el ron a granel que venden en las bodegas bien bautizado de antemano, pero cuando no, va a casa del otro vecino quien prepara un brebaje que araña la garganta y lo deja a uno sin aire al principio, pero que es bueno porque se hace con alcohol de botica que debe ser bueno. ¡Si lo usan para curar! Este proceso de escachado le toma una hora más o menos.

 

Después llena el saco especial con las laticas reducidas a su mínima expresión y va al punto de compra. A veces tiene que fajarse con el comprador para que no le tumbe en el peso. Él conoce bien lo que trae. Con el dinerito compra una libra de arroz a cinco pesos, un poco de masa cárnica que sabe medio ácida por la soya, y algún boniato. A la masa cárnica hay que saber cocinarla y se le echa un poco de azúcar prieta para matar el sabor de la soya molida junto con los pellejos del puerco. Con el resto del dinero compra dos o tres cigarros a granel para la vieja y el ron de mañana. Si sobra algo lo va guardando para los días malos. Ya tiene que estar pensando en ahorrar para un nuevo overol, pues este se está desbaratando con el uso constante.

 

Una mañana cuando estaba entretenido buceando dentro de un tanque de basura, con el cuerpo medio metido adentro, alguien le haló por una pata y cuando fue a protestar pensando que era la competencia se halló delante de un policía de completo uniforme. El tipo quería ponerme una multa de cuatrocientos pesos pues dice que yo estaba poniendo mi vida en peligro y esparciendo enfermedades, pero yo le respondí con toda mi franqueza que si me ponía esa cantidad astronómica mejor me llevaba preso desde ahora pues no la iba a pagar. Nunca iba a llegar a cifra tal alta ni aunque juntara la pensión y el dinero de las laticas. Entonces pasaría hambre. El policía no le puso nada, pero le alejó por un rato de su rutina. A fin de cuentas nadie se muere la

víspera y es del carajo acostarse con el estómago vacío.

 

Se ha hecho habitual en casi todos los barrios de la ciudad el personaje de un señor más o menos de avanzada edad, quien vistiendo un overol de trabajo generalmente azul, pues estos se comercializan mucho de contrabando, deambula por las calles y avenidas con una varita de aproximadamente un metro de largo terminada en punta alargada de acero con la cual pincha las latas. Con estas varas se evita en tener que agacharse constantemente (esto ayuda con la artrosis) y hacer contacto directamente con el material que va a parar generalmente a un saco de nylon. Las varitas podrían servir como hipotéticas armas de defensa contra la competencia o asaltantes de pacotilla en zonas de máxima peligrosidad.

 

La vieja ya ni protesta por nada. Tampoco le quedan esperanzas de que esto vaya a cambiar algún día y la situación mejore. Ya pasamos de cincuenta años en la misa mierda y cada día no hemos hecho más que empeorar. Y pensar que ella participó muy entusiasta en los comités de nacionalización de los timbiriches del pueblo, allá por el sesenta y ocho. Si le hubieran dicho para qué iba a servir todo.

 

Por la noche se paran un rato en el balcón a ver la gente pasar, se hacen algunos cuentos sobre los chismes del barrio y a dormir temprano que mañana será otro día. Hace mucho que nadie los visita. No tienen teléfono. Por suerte estos apartamentos de micro, aunque feos y despintados, dicen que duran unos ochenta años. Gracias a Dios

 

Pedro retorna al hogar sobre las diez de la noche. Su esposa siempre está viendo la novela Brasileña o la cubana, aunque últimamente Multivisión está transmitiendo mucha mejor programación. Se quita su guayabera impecablemente blanca y le da un beso en los labios. También más tarde conecta el Cable y se pone a ver Univisión para enterarse de las noticias de allá y ver los novelones mejicanos que ven los terroristas de Miami. Los muchachos están cada uno en su cuarto conectados a Internet, chateando con sus amigos internacionales o haciendo cosas que uno ni sospecha. El otro día Pedro se enteró casi por casualidad que el menor se había hecho de un blog en donde escribía criticando duramente al sistema. Tuvo que pararlo pues de seguro se les iba a colar la Seguridad del Estado en la casa a investigar y eso no podía suceder jamás. Él no podía poner en peligro su trabajo. No sabía hacer otra cosa y ¿cómo iba a mantener el nivel de vida de la familia? En este país no había otra forma.

 

Hoy, sin embargo, por algún evento internacional, transmiten un viejo discurso de Fidel. Ya el viejo no sale por la televisión, tan acostumbrado como estaba uno a su presencia constante en todas partes. Es verdad que esto está cambiando.

 

Mientras se desabotona la guayabera le mira al rostro ya veterano. El Comandante está hablando a una gran multitud la cual como de costumbre le escuchaba en trance…. “Pues en este país se ha conquistado la igualdad plena de los hombres y se lucha por conseguir toda la justicia…”

 

El ministro Pedro sonríe. Es verdad que somos una nación del carajo. Cincuenta años de bloqueo y aún estamos aquí. Se fue andando lentamente a su cuarto donde ya funcionaba su aire acondicionado. Hoy estaba cansado. Ha sido un arduo día. Como casi todos desde cuando él defiende esforzadamente a esta revolución desde su puesto de trabajo.

 

Pepe se fue a acostar. Se había quedado dormido en la destartalada butaca de la sala escuchando el juego de pelota. El televisor Caribe hacía años que está roto. Los traguitos le noqueaban temprano. La vieja fuma su último cigarrillo observando absorta las desconchaduras del techo. Se pasea por otros mundos esperanzadores y mejores que ella sola conoce, universos que se despliegan multicolores y luminosos detrás de sus gastadas pupilas. La miró desde el dintel del cuarto pero ni siquiera se molestó en decirle hasta mañana. Para qué sacarla de sus sueños si pronto será otra vez mañana.