Cubanálisis El Think-Tank

ARTÍCULO ESPECIAL EN EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

Diplomacia secreta vaticana: el capítulo cubano

 

De la participación de Roma en el proceso histórico de normalización de relaciones entre Cuba y Estados Unidos no quedan dudas. En sus discursos, el presidente estadounidense Barack Obama y su homólogo cubano Raúl Castro, mencionan cada uno el nombre del papa Francisco.

 

Constance Colonna-Cesari

 

Nota introductoria de Lenier González Mederos

 

El pasado mes de febrero de 2016 vio la luz en París el libro “Los secretos de la diplomacia vaticana”, obra de la escritora e investigadora francesa Constance Colonna-Cesari, que ha salido bajo el sello de la editorial Seuil. El libro constituye una valiosísima investigación sobre el despliegue del aparato diplomático vaticano bajo la conducción del papa Francisco. A lo largo de casi 400 páginas aparece bien esbozada la matriz peronista del pensamiento y la proyección del papa Bergoglio; su agenda reformista intra-eclesial; y los principales escenarios donde ha accionado la diplomacia de la Santa Sede bajo su conducción: en la frontera ruso-ucraniana, en el Oriente próximo, en Asia, en África, en Oceanía y en América Latina (con destaque especial en Cuba y Venezuela).

 

Resalta dentro del libro su capítulo III (titulado “Una historia exitosa en Cuba”), dedicado exclusivamente a esbozar la intervención de Francisco durante el restablecimiento de relaciones diplomáticas entre Cuba y Estados Unidos; todo ello aderezado con viñetas de la relaciones Iglesia-Estado en nuestro país y con las expectativas de los poderes occidentales con respecto al rol de la Iglesia Católica local en las dinámicas de cambio transicional que vive la Isla bajo la conducción del presidente Raúl Castro.

 

Hoy ponemos en manos de nuestros lectores, de manera íntegra, el capítulo III dedicado a Cuba. Es necesario agradecer al señor Guy Christophe, Primer Consejero de la embajada de Francia en Cuba, por hacernos llegar un ejemplar del libro especialmente dedicado por su autora a Roberto Veiga y a mí; y, además, por su disponibilidad para tramitar la autorización correspondiente para realizar esta publicación en Cuba Posible.

 

Un conjunto de elementos de este capítulo III resultan interesantes de cara al lector cubano. Es el caso del rol desempeñado por la religiosa Tekla Famiglietti, superiora de la Orden de Santa Brígida, en los diálogos políticos entre la Santa Sede y el ex-presidente Fidel Castro. Tekla Famiglietti es recordada entre nosotros por el incidente que tuvo lugar durante la apertura de un convento de su congregación en la Habana Vieja; acontecimiento donde participó el cardenal Crescenzio Sepe y que causó una “chispa” en las relaciones Iglesia-Estado. Llaman la atención, también, los diálogos entre el cardenal Ortega y el embajador Jean Mendelson, donde el purpurado cubano puso al corriente a la Cancillería francesa de los diálogos secretos entre Cuba y Estados Unidos.

 

Otros elementos del capítulo III hubiesen merecido un abordaje crítico más profundo. Son los casos del sobredimensionamiento del rol del papa Juan XXIII durante la crisis de los misiles, el sobredimensionamiento del rol de la Iglesia cubana durante la Constitución de 1940, la supuesta participación “masiva” de la Acción Católica en la insurrección contra Fulgencio Batista, el no abordaje del conflicto Iglesia-Gobierno Revolucionario entre 1960 y 1965 (núcleo “duro” que marca todos los acontecimientos posteriores), el supuesto “apoyo” del cardenal Bergoglio a la disidencia cubana mientras fue arzobispo de Buenos Aires y la descontextualización de dos períodos muy diferenciados en las relaciones Iglesia-Estado durante la década de los años 90 y los 2000, que marcaron un distanciamiento del cardenal Ortega de la línea de confrontación al Gobierno y el inicio de la construcción de un camino de entendimiento, que llega a su clímax con la llegada al poder del presidente Raúl Castro (aquí se hace imprescindible consultar el libro Iglesia y política en Cuba, de Aurelio Alonso). 

 

Creo, además, que resulta adecuado colocar en su justo lugar el rol desempeñado por el papa Francisco, y por la diplomacia vaticana, en el proceso de negociaciones secretas que llevaron al restablecimiento de las relaciones entre Cuba y Estados Unidos. El propio Pontífice ha sido claro ante esto, al reconocer públicamente su rol “complementario” en el proceso. El mérito de este acontecimiento histórico recae, en primer lugar, sobre los hombros de los presidentes Raúl Castro y Barack Obama; y, en segundo lugar, sobre los hombros de los equipos negociadores de ambos países, que supieron tejer, durante casi un año, una solución “factible” con el refinamiento de la relojería suiza. En un tercer círculo de actores estaría en Papa Francisco, la diplomacia vaticana y el cardenal Ortega; quienes dieron una cobertura simbólica y política al acontecimiento, participando de un proceso de “blindaje político” efectivo para los presidentes cubano y estadounidense. En ese tercer círculo se encuentran, también, senadores estadounidenses y otras personas anónimas. En un último círculo de actores se encuentran un conjunto amplio de personas también anónimas que trabajaron intensamente, en ambos países, lo mismo llevando y trayendo correspondencia secreta, que trabajando en el ámbito de la opinión pública, o edificando puentes de entendimiento (con la participación activa de la academia y la sociedad civil de ambos países).

 

Para terminar, no puedo dejar de mencionar lo que para mí constituye el principal aporte de este capítulo III dedicado a Cuba. De manera implícita y explícita, queda bien esbozada la Iglesia Católica que “necesitan” los poderes occidentales en la Cuba de hoy. Una Iglesia que acompañe críticamente y activamente los procesos de cambio transicional que lleva adelante Raúl Castro. O lo que es lo mismo, una Iglesia que comprenda a cabalidad que el embargo/bloqueo ha sido derrotado y que los caminos de la reforma serán los que abrirán, irremediablemente, las puertas del futuro.

 

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Capítulo III: Una historia exitosa en Cuba

 

Constance Colonna-Cesari

 

La Habana, Navidades de 2014

 

Extraña tranquilidad esa que baña las calles de La Habana en el mes de diciembre de 2014. Es la víspera de una Navidad en Cuba muy diferente de las otras. Nada parece traicionar la importancia del acontecimiento del cual el mundo entero se hace eco a través de noticias de última hora y ediciones especiales en los noticieros; todo a partir del 17 de diciembre a las 12 horas locales. Cuba, donde subsistía el único régimen comunista contra el cual todas las tentativas de derrocamiento fomentadas por el gran vecino norteamericano habían fracasado, salía al fin del aislamiento que los Estados Unidos le habían impuesto.

 

Ese día, ambos países anuncian mediante una intervención televisiva simultánea de sus presidentes, su deseo de enterrar el hacha de guerra y restablecer sus relaciones diplomáticas, congeladas desde el fiasco de la operación militar estadounidense de la Bahía de Cochinos, en 1961, y el establecimiento del embargo estadounidense el año siguiente. Se cerraba así, entonces, el último avatar atlántico del mundo de la Guerra Fría.

 

El centro de la ciudad ve desfilar ese día, a lo sumo, un centenar de personas, sobre todo, jóvenes. No pronunciaban la frase del presidente Obama (“¡Todos somos americanos!”), prefirieron izar los retratos de Fidel y de Raúl y la bandera de su orgullosa Revolución, como acompañamiento de sus modestas manifestaciones de júbilo popular. Las manifestaciones se disipan rápidamente para gran disgusto de los medios internacionales privados. En lugar de la explosión gracias a esta “nueva revolución”, la vida cubana retoma tranquilamente su curso, con su desfile de viejos autos marca Chevrolet paseando por el Malecón, la extensa avenida que bordea el mar. Es esa decoración de tarjeta-postal, fiel al videoclip del legendario “Buena Vista Social Club”, la que atrae cada año a tres millones de turistas a la Isla.

 

¿El comunicado del 17 de diciembre transformará, de la noche a la mañana, la vida de los cubanos? No. Para ellos, el pragmatismo es la regla, ya que al contrario de las preocupaciones de los turistas o de los columnistas de los medios occidentales, sus preocupaciones permanecen cruelmente vinculadas a la situación económica del país. Entonces, antes de cantar un remake de “Hasta la victoria siempre”, más vale esperar para ver. “Cuando nuestras vidas hayan cambiado, cuando podamos al fin construir un futuro normal y decente, cuando se ponga fin al embargo estadounidense y cese esta asfixia en Cuba, entonces sí, en ese momento, habrá pasado algo de lo que podamos alegrarnos realmente”, nos han respondido muy a menudo a través de las conversaciones en las calles de La Habana.

 

De la participación de Roma en ese proceso histórico no quedan dudas. Esto quedó claro desde el anuncio del acontecimiento. En sus discursos, ambos protagonistas principales, el presidente estadounidense Barack Obama y su homólogo cubano Raúl Castro, mencionan cada uno el nombre del papa Francisco. Y le dan las gracias por su acción en el acercamiento realizado. “Quisiera agradecer a Su Santidad, el papa Francisco, cuyo ejemplo moral nos muestra la importancia de buscar un mundo tal y como debería ser, en lugar de contentarnos con un mundo tal y como es” señaló el presidente estadounidense. ¡Lo nunca antes visto! ¡En la memoria de embajadores en activo, la diplomacia vaticana no había recibido jamás tal consagración en tan corto plazo, es decir, en tiempo real!

 

A raíz del reconocimiento de la acción decisiva desempeñada por la Santa Sede y el papa Francisco en este asunto, pronto se descubre que esta consistió en activar un proyecto que ya había germinado en la mente de Barack Obama, pero que había tenido poco progreso. Habían tenido lugar reuniones exploratorias en Canadá con el fin de iniciar las negociaciones. Sin embargo, no es hasta después de la audiencia crucial del presidente estadounidense en el Vaticano que se pone en marcha el proceso que conduce al éxito final, luego de un flujo ininterrumpido de delegaciones estadounidenses y cubanas que se encontraron en secreto en Roma, en Toronto y en Ottawa, entre marzo y octubre de 2014. En este período, nada se filtró del desarrollo de esas negociaciones. El secreto fue total, una rara proeza.

 

De ambos lados se deben superar importantes diferencias. Teniendo en cuenta el fuerte pasivo histórico entre Estados Unidos y Cuba, el peso del embargo económico estadounidense contra Cuba desde 1962, su inclusión en la lista de los Estados considerados como “patrocinadores del terrorismo”, un ángel guardián no es superfluo. Que esas negociaciones se hayan realizado bajo los buenos oficios del Papa y de sus diplomáticos, el cardenal secretario de Estado Pietro Parolin, asistido, a su vez, de monseñor Becciu (nuncio en Cuba por largo tiempo y, además, muy activo en el tema), contribuyó sin lugar a dudas al cumplimiento del milagro. Por el contrario, Canadá, donde se desarrollaron siete encuentros, no hizo más que ofrecer su suelo para acogerlos discretamente. El gobierno de ese país no ejerció ninguna mediación política concreta en las negociaciones en curso, precisó el Primer ministro canadiense Stephen Harper.

 

¿Cómo el Papa, que lo imaginamos suspendido delante de su pantalla de televisión ese 17 de diciembre de 2014 a las 18 horas de Roma, saboreó esos dos anuncios? Adicionalmente, esa fecha es la de su 78 aniversario. Radio Vaticano lo celebra difundiendo su tango preferido y parejas ocupan la plaza de San Pedro para bailar bajo sus ventanas ¿Esa tarde, se habrá hecho un brindis y derramado champán en la residencia de San Marta, autorizándose una ligera infracción en la conducta muy franciscana de una “Iglesia pobre para los pobres”? ¿Francisco descolgó el mismo su teléfono, como siempre lo hace desde que es Papa, para llamar directamente al cardenal Jaime Ortega, el arzobispo de La Habana? ¿No sería lógico que él haya tenido deseos de compartir con esta figura de la Iglesia cubana, un viejo conocido del cual es muy cercano, la alegría y el éxito de este momento decisivo para el futuro de su país? A pesar de nuestros esfuerzos por averiguarlo, lo ignoramos. El Arzobispo, de hecho, permanece ausente para los periodistas extranjeros que tratan de verlo desde el 17 de diciembre. De llamada telefónica en llamada telefónica, siempre sin éxito, uno acaba escuchando que él está de viaje fuera de la Isla por un largo período. Hará falta esperar algunos días para constatar que no es así. Él celebra en la catedral de La Habana las tradicionales homilías de la vigilia de Navidad del 24 de diciembre (a medianoche), así como la misa del día siguiente el 25 a las 10 de la mañana; misas alegres y prolongadas debido a las procesiones y los cantos sobre la plaza bañada de sol, al mediodía.

 

Esa primera aparición pública en el púlpito de la catedral, destacando la importancia de los acontecimientos que se acababan de anunciar, el Arzobispo rinde, a su vez, homenaje a la mediación benéfica de Francisco. El 24 en la tarde, dice estas palabras: “Un país muy importante, los Estados Unidos, y un país bien pequeño pero muy importante en las relaciones internacionales, Cuba, anunciaron su acercamiento. Esto cambia el curso de la Historia. Hay que saludar al papa Francisco, su papel, el del Obispo de Roma acompañado de la comunidad de obispos de la Iglesia católica. ¡La reconciliación, la paz, esa es nuestra misión! La eficacia, la discreción de esta acción permitió su éxito, se trata de un gran éxito del cual hay que alegrarse”.

 

Al día siguiente, en la misma tribuna, frente a los fieles aún más numerosos, precisa que la acción del Papa también se centró en la liberación de los prisioneros cubanos detenidos en los Estados Unidos y de los estadounidenses detenidos en Cuba. “Esos son los frutos de Jesús que recogemos en esta acción de paz del papa Francisco. Las enseñanzas fructíferas de este año 2014 deben llenarnos de un sentimiento de gratitud.”, concluyó bajo una lluvia de aplausos, antes de cederles la palabra a los sacerdotes y laicos, a su vez deseosos de felicitarlo.

 

En las pocas palabras que nos da ese día, a pesar de la barrera apretada que forma a su alrededor un pequeño grupo de guardaespaldas, el cardenal Jaime Ortega parece ya proyectar este éxito diplomático fuera del solo marco de las relaciones cubano-estadounidenses. “Expresé mi alegría al embajador de vuestro país”, nos dice en un francés perfecto, aconsejándonos dirigirnos a este hombre. “Le dije cuán valioso encuentro este contexto de las nuevas relaciones. Le dije: “El muro de Berlín se cayó, y ahora es este del Caribe, y con él, el muro que separa a Cuba de la Unión Europea”, se alegra ante nosotros el líder de la Iglesia cubana, previendo ya ese otro acercamiento diplomático o económico con las instancias europeas. Asociado por el embajador de Francia, Jean Mendelson, a la importante visita de Laurent Fabius a La Habana en abril de 2014, la primera de un ministro de Asuntos Exteriores de un país europeo luego de la reanudación por la Unión Europea del diálogo con Cuba, el eclesiástico ya se había mostrado muy sensible a las perspectivas que parecían abrirse para su país, incluso antes de las noticias de diciembre de 2014.

 

El anuncio de otro viaje, el de Federica Mogherini, la jefa de relaciones exteriores de la Unión Europea, pronto dará razón a la iniciativa francesa -que continuará con la visita de François Hollande a la Isla (en mayo de 2015)- y a la satisfacción que había manifestado al respecto monseñor Ortega. Es en febrero de 2015 que la diplomática italiana visita La Habana para reunirse también con el Arzobispo de la ciudad, y con él -por supuesto- todos los ministros y secretarios de estado vinculados a los posibles acuerdos de desarrollo en los cuales la Unión Europea parece deseosa de participar. El muro del Caribe, al derrumbarse, definitivamente ha abierto horizontes hasta ayer inesperados para las relaciones cubano-europeas. Sus contornos aún están por diseñarse. El período negro de “la Posición Común” de la Unión Europea sobre Cuba, (un instrumento de presión sobre el régimen cubano con el fin de promover los derechos humanos, impuesto bajo el liderazgo del presidente español José María Aznar y suavizado en 2008 por Nicolás Sarkozy, durante la presidencia francesa de la Unión Europea), comienza en todo caso a alejarse. Para muchos analistas de las relaciones internacionales, este episodio de “la Posición Común” había contribuido a asfixiar aún más la deteriorada economía de la Isla, sin llegar a tener ninguna repercusión en materia de democracia.

 

Una pequeña frase que dice mucho…

 

El papa Francisco se alegra, quizás tanto como el cardenal Ortega, de lo acontecido a raíz del anuncio de diciembre de 2014. El 28 de enero asistimos en Roma a la audiencia general semanal del día miércoles, en la cual se reúnen, cada semana, más de 12 mil personas; audiencia que se desarrolla en el atrio de la plaza de San Pedro o en la inmensa Aula Pablo VI, al lado de la Basílica. A la catequesis del obispo de Roma sigue el ritual de la multitud, el momento en que grupos de peregrinos y clases de colegiales (provenientes de las cuatro esquinas del mundo) esperan, con el mayor fervor. Pacientemente, durante una hora, el Papa camina entre los pasillos y las filas de los fieles para detenerse delante de algunos, intercambiar algunas palabras con ellos, bendecir a un recién nacido, al que le tiende un rosario, o bendecir hasta la eterna camiseta del club de San Lorenzo.

 

En un excelente sitio al pie del altar de mármol blanco, que sobrepasa una impresionante escultura de bronce del artista Pericle Fazzani (llamada “La resurrección”), bajo la égida de un Cristo de siete metros, en una tribuna reservada ese día a una importante delegación argentina, el Papa se detuvo delante de mí, y tuve la oportunidad de dirigirme a él con mi cámara en posición “record”. Entonces lo felicito por el éxito diplomático obtenido en Cuba. El Papa se detiene, me mira, me sonríe con esa sonrisa amplia casi omnipresente en su rostro, parece dudar, luego, sin ocultarse ante el micrófono que le tiendo, aun cuando el asunto de la diplomacia sea tan incongruente en ese contexto como la presencia de un periodista, me responde instantáneamente: “Sí, pero es necesario seguir rezando”.

 

Esta pequeña frase del Soberano Pontífice, pronunciada el 28 de enero de 2015, puede parecer anodina. Sin embargo, no lo es. Ya sea para la paz en Siria, o para la resolución del conflicto árabe-israelí, Francisco se ve como el creador de una nueva “diplomacia de la plegaria”, que lleva de ahora en adelante su sello particular, como lo señalan un gran número de vaticanistas, y entre ellos Sandro Magister, cuyos análisis publicados en l’Espresso son leídos en todo el mundo. Sobre Cuba, el mensaje pontificio es claro: el punto que logramos no es más que el comienzo, el trabajo continúa y, más que nunca, la Iglesia católica será partícipe de un proceso que permita conquistar otras victorias para el desarrollo económico, la justicia social y la libertad democrática en ese país. Pero, en ese camino que queda por recorrer, el papel y el lugar de la Iglesia local son, a partir de este momento, la base central.

 

Mediante la oración, o seguramente por los efectos de su sensibilidad latinoamericana y las prioridades que lo conllevan a desempeñar en su acción internacional, el Papa argentino se reveló como un extraordinario mediador en esta asombrosa “success story” cubano- estadounidense. Para el laico que se desempeña como secretario del Consejo Pontificio para América latina, el uruguayo Guzmán Carriquiry, el arbitraje ofrecido por el Vaticano fue decisivo para tranquilizar a las dos partes en la solución del conjunto de problemas que bloqueaban el acercamiento, gracias a las garantías de confianza absoluta que ofrece la Santa Sede, a fortiori representada por el papa Francisco. Este, sin embargo, no forma parte de una página en blanco, todo lo contrario. Desde Juan Pablo II hasta Benedicto XVI, sin olvidar a Juan XXIII, ningún Papa había ignorado los desafíos planteados a la Iglesia y al mundo por el destino inusitado de Cuba.

 

1962: crisis de los misiles y Vaticano II

 

La escalada de tensión creada por la crisis de los misiles en Cuba, momento paroxístico de la Guerra Fría, fue detenido en el último momento, como dijimos anteriormente, por una intervención del papa Juan XXIII. Su llamado a la paz fue felizmente escuchado. A finales del mes de noviembre de 1962, el incidente estaba cerrado.

 

La crisis había comenzado el 22 de octubre con la aparición televisiva del presidente John Kennedy revelando la inminencia de la instalación de misiles soviéticos en Cuba, país considerado como integrante de la zona de influencia americana. Era imposible para los Estados Unidos aceptar esta situación y la amenaza que ella representaba. Se trataba de su seguridad, pero también de sus principios (los de la doctrina Monroe), que se fundamenta desde 1823 en el fin de toda interferencia europea en el continente americano. Luego de 24 horas de silencio, Fidel Castro aparece a su vez agitando el espectro del bloqueo de su gran vecino, quien se dice dispuesto a rodear la Isla mediante el envío de ocho portaaviones y 40 mil marines basados en la Florida. Sin dudas, un momento muy grave.

 

Mientras que los estadounidenses comienzan a considerar la peligrosa destrucción militar de esos misiles, se desarrollan negociaciones entre el primer presidente católico americano, John Kennedy, y Nikita Khruschev. Pasan por Roma y Juan XXIII, quien cuenta con la presencia, providencial en dicho contexto, de dos miembros de la Iglesia ortodoxa del Patriarcado de Moscú, que participan como observadores en el Concilio Vaticano II, el primero en revertir esta dimensión ecuménica. Juan XXIII dispone también de otro canal para hacer pasar sus mensajes a los rusos a través de Alexeï Adjoubei, el director de Izvestia, el periódico oficial del Soviet Supremo, quien resulta ser el yerno de Khruschev.

 

El 24 de octubre de 1962, mientras que la crisis de los misiles se encuentra en su paroxismo y el mundo está al borde del apocalipsis nuclear, Juan XXIII escribe un texto apelando por la paz, que envía a los embajadores estadounidenses y soviéticos, y lee él mismo durante la audiencia. El 25, para sorpresa general, el texto apareció en la primera plana de Pravda.

 

Al día siguiente, los rusos aceptan detener una parte de su flota que transportaba sus misiles a Cuba. Los submarinos del “oso soviético” son inmovilizados en el medio del Atlántico. Luego se cursan dos telégrafos. Los ultimátum se precisan por ambas partes. La flota dará la vuelta si los americanos hacen lo mismo en Turquía, y retiran sus cohetes Júpiter -considerados (con razón) por los rusos como armas ofensivas y no defensivas-, y si se comprometen a respetar la soberanía cubana. El honor queda a salvo y el mundo fuera de peligro, pero la alerta es suficientemente seria como para justificar la instalación del “teléfono rojo”, un enlace directo entre los dos actores de la Guerra Fría en caso de que se produjera un nuevo incidente.

 

Encontrar una solución a la crisis sin que Rusia perdiera su prestigio y, además, obtener concesiones americanas con el fin de proteger el mundo de un riesgo nuclear bien real: tal era el desafío… que figura a partir de entonces como una ecuación irresoluble modelada en la teoría de los juegos… Sin embargo, en nombre de esta teoría no existía ninguna estrategia racional para salir de esta crisis. Si se considera que el arte de la diplomacia es evitar la guerra, el Vaticano bajo el papado de Juan XXIII, entonces se destacó. Este acontecimiento continúa siendo la victoria diplomacia más importante que aún permanece acreditada hasta la fecha por la Santa Sede. La segunda tiene que ver con su acción durante la conferencia de Helsinki, para la cooperación y la seguridad en Europa, en 1975. Gracias al Vaticano que participa de pleno derecho, los acuerdos que se derivan de esta conferencia integran las cuestiones de respeto de los derechos humanos y de las libertades fundamentales, la libre circulación de personas, e incluso la libertad de pensamiento, de religión o de convicción. Otro gran éxito durante la década siguiente: la resolución pacífica del conflicto territorial sobre el canal de Beagle entre Argentina y Chile, en 1984.

 

Hay que destacar pues, la extrema habilidad de Juan XXIII, que se había dado a conocer como Visitante Apostólico en las nunciaturas de Budapest, Estambul y Atenas. Es nombrado nuncio en París, inmediatamente después de la postguerra, en un período de enorme tensión, en sustitución del nuncio ante el gobierno de Vichy, del cual el General De Gaulle exigió la retirada por Pío XII.

 

Buen diplomático, monseñor Angelo Giuseppe Roncalli, futuro Juan XXIII, calma los ánimos con el mismo talento que el desactivará la bomba cubana en el otoño de 1962. Seis meses más tarde, aparece su encíclica Pacem in Terris. Esta crisis, con el feliz desenlace, es evidentemente la inspiradora de la encíclica. Crea una especie de “teología del diálogo” en materia de conflictos internacionales. El documento conciliar Gaudium et spes proseguirá este acercamiento, definiendo un triple “no” de la Iglesia: “no” a la guerra preventiva o de represalias, la guerra solo es legítima en respuesta a una agresión armada; “no” a la guerra total, la acción militar debe limitarse a detener el peligro; “no” a la respuesta desmesurada, cuyo riesgo es ocasionar un daño más grave que el bien que se pretende defender.

 

La encíclica Pacem in Terris, de Juan XXIII, comienza a referirse también al hombre colocado en el corazón de una perspectiva humanista. Evocando, por determinados aspectos, a la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948, profundiza esta noción de los derechos humanos agregándole la particularidad del mensaje cristiano; su insistencia permanente en la dignidad del ser humano que debe trascender todos los derechos, deberes, y dar un sentido a la democracia. Términos que reaparecerán, palabra por palabra, medio siglo después en la boca de Francisco, el cual, a la manera del “Papa Bueno”, se esforzará en tender puentes entre los hombres y los regímenes a priori firmemente enemigos.

 

Aunque sus aportes diplomáticos hayan sido determinantes, Juan XXIII permaneció en la historia por otro hecho mayor: el llamado a un nuevo Concilio. Abierto bajo su reinado el 11 de octubre de 1962 en la mañana, continuado a pesar de su muerte en junio de 1963 y clausurado, tres años más tarde, por su sucesor Pablo VI, el Concilio Vaticano II fue calificado por el General De Gaulle, cuyas relaciones con Juan XXIII fueron excelentes, como “el acontecimiento más importante del siglo XX”. La actualización, la puesta en hora de los péndulos de la Iglesia católica, su apertura al mundo y a las sociedades liberales de los años 60 mediante la adopción, por más de dos mil obispos, de textos de una importancia capital, tendrá como resultado sacar a la Iglesia católica de un letargo en el cual había caído desde León XIII. De hecho, no hubo mucho de nuevo desde ese Papa y su encíclica Rerum Novarum, que sentaba las bases de la doctrina social de la Iglesia en la era industrial. La experiencia de los últimos años del largo reinado de Pío XII, hasta su muerte en 1958, agravó el proceso de una fractura, cada vez más grande, entre el inmovilismo de la doctrina católica y las evoluciones de las sociedades de la postguerra. Era imprescindible ese despertar, del cual Juan XXIII percibió la necesidad.

 

Ese Papa anciano, elegido durante el Cónclave de 1958 para ser no más que un “Papa de transición”, se muestra animado por otra sed: la del cambio. Abriendo la ventana de su biblioteca en la canícula del verano romano, se apoyaba en esta imagen para justificar su decisión de convocar a la Iglesia para ese nuevo Concilio: “¡un poco de aire fresco: he aquí la consigna!”. Las relaciones de la Iglesia católica con el mundo, sus relaciones con las otras religiones y principalmente con el judaísmo, su modo de gobierno, todo será replanteado por las virtudes de los textos capitales adoptados por esta asamblea, tales como Gaudium et Spes, Nostra Aetate, Lumen Gentium, así como Dignitatis Humanae, el último documento aprobado por el Concilio, en diciembre de 1965. El aire fresco sopló efectivamente más allá de todas las expectativas.

 

La teología de la liberación

 

En América Latina, las repercusiones no se hacen esperar. El lema de “la inculturación”, leitmotiv del Concilio, será interpretado por la Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM), a favor de una mayor emancipación, así como de una adecuación más amplia del mensaje católico a los desafíos políticos, sociales y eclesiales impuestos por las realidades del continente. Esta evolución, ya iniciada durante la conferencia de Río de Janeiro, en 1955, donde por vez primera se reunió esta asamblea episcopal latinoamericana, se continúa luego de Vaticano II. Esto favoreció la recepción y la difusión de la Teología de la Liberación, nacida de los escritos del peruano Gustavo Gutiérrez y del brasileño Leonardo Boff. Adoptando después la “opción preferencial por los pobres”, los obispos del continente darán su luz verde al establecimiento de las “comunidades eclesiásticas de base”, representando a una Iglesia popular. Se trató de un proceso más bien condenado por Roma, y luego cada vez más combatido fuertemente por ella con el transcurso de los años. ¿Los teólogos de la liberación no son considerados pronto ante los ojos de los Papas como peligrosos “Cristo-marxistas”?

 

Monseñor Don Hélder Cámara, el obispo de Recife, un hombre pequeño pero una gran figura de esta Iglesia de los pobres latinoamericana, resumirá perfectamente la paradoja en la cual se encierra esta corriente. “¡Cuando doy pan a los pobres, soy un santo; cuando pregunto por qué los pobres tienen hambre, soy un comunista!” Desde Brasil hasta Perú, pasando por Colombia, Nicaragua, El Salvador e incluso por Cuba, aunque de otra forma, muchos adeptos de la “opción preferencial para los pobres” pagarán el alto precio por haber permitido este “contagio marxista” del Evangelio. Es juzgada como fomentadora de las dramáticas tensiones que la Guerra Fría exporta sobre ese continente. Moscú apoya, de una parte, a los guerrilleros; mientras que Washington, por otra parte, arma a los Contras… El hecho de que las Iglesias locales participen también en esos conflictos, desgarrándose al paso, no podía ser una buena noticia para Roma.

 

En Cuba, más que en cualquier otra parte, los acontecimientos del mundo y los de la Iglesia, curiosamente reunidos en ese otoño decisivo del año 1962 son todo menos anodinos. Una vez alejado el peligro de la crisis de los misiles, la Isla de la Revolución castrista permanecerá siendo el epicentro de la atención de numerosas cancillerías en el mundo. Rusos y norteamericanos se espían mutuamente desde La Habana, la ciudad de todos los placeres y eterna referencia de agentes secretos. “Una base de información restituida tardíamente por los rusos, convertida oficialmente en “Universidad de Ciencias Informáticas” cubanas, será también el lugar a partir del cual los rusos, los primeros, lograrán ser informados de la preparación del primer ataque de los estadounidenses en Kuwait”, recuerda un diplomático de la embajada de Francia en La Habana, conocedor de la historia de Cuba y de sus misterios en la posguerra fría. Entre las huellas de esta última, el extraño status de la base estadounidense de Guantánamo. Creada en 1902, durante mucho tiempo utilizada como un centro de suministro de carbón antes de transformarse en prisión durante la guerra llevada cabo por George W. Bush en Afganistán en el 2001, aún no terminaba de envenenar las relaciones cubano estadounidense en el 2015, a pesar de la voluntad anunciada de Barack Obama de solucionar el problema desde el 2009.

 

El resto del mundo, observa a Cuba en el transcurso de los años y de las décadas con otra mirada. La longevidad inesperada de su Revolución, la aparición de la figura mitológica del Che, el leitmotiv de la soberanía del país reafirmada en cada uno de los discursos del Líder Máximo y la increíble tenacidad de su pueblo causan asombro. Toda esta realidad teñida ya sea por una desconfianza inmutable o, por el contrario, por una cierta forma de admiración, según el prisma ideológico a través del cual se observa el conjunto. Pero sea cual sea ese escenario, una conclusión se impone: el pequeño país parece resistir a todo, incluido el embargo estadounidense puesto en práctica en 1962 para ponerlo de rodillas. El objetivo de doblegar a Fidel o, desde el año 2006, a su hermano Raúl, con el fin de obtener su partida del poder, sin embargo, cabe observar que ese objetivo jamás se ha logrado.

 

Castrismo y catolicismo: relaciones tormentosas

 

Después de Juan XXIII, a pesar del restablecimiento de relaciones diplomáticas con el régimen establecido en La Habana en 1959, dialogar con Fidel Castro resultará para los Papas sucesivos aún menos simple que con el antiguo presidente Fulgencio Batista -y mucho menos simple, desafortunadamente, en los tiempos finalmente bendecidos del gobierno español-. La historia y el sentido del progreso no marchan en la misma dirección para todos. A fortiori para una institución como la Iglesia católica, que todas las guerras de independencia no siempre han beneficiado.

 

La dictadura militar de Batista, de 1952 a 1959, había tenido la ventaja de mantener un marco en favor de la autoridad de la Iglesia católica, siempre representada por una jerarquía mayoritariamente blanca y conservadora, heredera de la época colonial. La Constitución adoptada en 1940 le garantiza, a fin de cuentas, derechos aceptables. El episcopado cubano también estuvo asociado a su elaboración. Con Fidel Castro y su Revolución se abre, por el contrario, una página totalmente desconocida. Pero lo que resulta incómodo para Roma, lo es aún más para el clero local en sus relaciones con el nuevo poder. Sin embargo, la Iglesia cubana había tomado progresivamente sus distancias con Batista, hasta llegar a participar en muchas tentativas de derrocamiento del régimen. Grandes contingentes de movimientos de jóvenes de la Acción Católica habían participado en estas tentativas. Otra prueba más increíble aún, la intervención del Arzobispo de Santiago de Cuba, monseñor Enrique Pérez Serantes, luego de la tentativa fallida del ataque al cuartel Moncada, en julio de 1953. Después de ese fiasco, Fidel y Raúl Castro son detenidos y amenazados de ejecución. Pero el Arzobispo, que era amigo de su padre Ángel Castro, interviene personalmente y logra así, in extremis, salvar sus cabezas.

 

En los años que siguen, la adhesión y la participación de católicos cubanos, así como de una parte del clero (su bajo clero y su clero seglar en particular) en la epopeya revolucionaria que conlleva a la toma del poder de enero de 1959, se hacen cada vez más amplias. La Iglesia cubana descubre, sin embargo, que no va a obtener de todo eso ninguna contrapartida. Los años sesenta son los del desencanto. Suenan como el fin del sueño de una Revolución “humanista” y no “comunista” [1]; un “humanismo” que supone otorgar su parte de libertad religiosa al pueblo cubano, así como las riendas de su destino a su Iglesia. ¿Un padre no estaba presente en la Sierra como el capellán del Ejército Rebelde al lado del Che y de Fidel? ¿Y el mismo Fidel no llevaba siempre en su cuello el medallón de la Virgen del Cobre, prueba de la afirmación de su fe católica? Este sueño será progresivamente enterrado con la elección del acercamiento con la URSS, acompañando el camino del Comandante.

 

Aunque sin comparación posible con las persecuciones sufridas por el conjunto de las Iglesias en el ex-imperio soviético, de repente no es bueno ser católico en Cuba. A pesar de una relativa tolerancia por la libertad de culto, los creyentes son estigmatizados, intimidados, impedidos a acceder a la universidad o de hacer carrera. Escuelas y hospitales católicos, acusados de propaganda contrarrevolucionaria, son poco a poco cerrados, al igual que un número creciente de seminarios. Arrestos, expulsiones y encarcelamientos se multiplican a un ritmo que se acelera luego del desembarco fracasado de la Bahía de Cochinos en 1961. Después de dos años de ese régimen, la Iglesia cubana ya está desangrada.

 

Un documento del Vaticano recuerda el episodio de las expulsiones masivas del Marqués de Comillas y del Covadonga, dos barcos a bordo de los cuales son reenviados a España, en mayo de 1961, alrededor de 300 sacerdotes y religiosos. Muchos otros van a seguir voluntariamente el mismo camino. En poco tiempo, el número de sacerdotes en la Isla cae de 670 a alrededor de 200, el número de religiosas de 158 a 43 y el de religiosos de 87 a 17. Aunque Roma reconoce no haberse visto obligada a someter las nominaciones de los obispos al gobierno y haber podido continuar ordenando a los sacerdotes, se considera que las medidas de los primeros años conducen a “una disminución considerable de la vida de la Iglesia” y a la transformación del ateísmo en “religión” [2].

 

La creación de campos de trabajo en 1965, las famosas Unidades Militares de Ayuda a la Producción, o UMAP, no mejoran el escenario. Numerosos católicos, hasta el futuro cardenal arzobispo de La Habana, Monseñor Jaime Ortega, en aquel entonces un joven sacerdote, son enviados. Este último permanece detenido durante dos años, entre 1965 y 1966. Dejando de ejercer un papel de primer plano en la escena política y social, obligada a renunciar a su misión de enseñanza con la nacionalización de las escuelas privadas en el mes de mayo de 1961, la Iglesia cubana, sin convertirse exactamente en una “iglesia de catacumbas”, silenciosamente dobla el espinazo y Roma con ella.

 

Las relaciones diplomáticas mantenidas con Fidel Castro, aunque no garantizan nada para el presente, permanecen no obstante como una garantía para el futuro. Tal como lo declarará un diplomático de la curia romana, monseñor Accatino, durante una conversación en el 2010 con el embajador norteamericano sobre el régimen cubano revelado por WikiLeaks, la línea del Vaticano siempre ha sido intentar “abrir el diálogo”, “poco importa el carácter desagradable del interlocutor”. Esta regla de oro vale para Cuba.

 

Pero, ¿cómo iniciar el diálogo y con quién? Es necesario esperar a la caída del imperio soviético para que el nuevo contexto de los años 90 permita una apertura que culminará con la visita de Fidel Castro al Vaticano, y la de Juan Pablo II a Cuba. Sin embargo, antes de estos acontecimientos aparece sobre el escenario un curioso personaje, una especie de “agente en La Habana”, cuya realidad parece sobrepasar la ficción epónima de Graham Green.

 

Todos los servicios secretos con los que cuenta el planeta poseen, sin lugar a duda, una ficha de información sobre la abadesa Tekla Famiglietti, madre superiora de la Congregación de Santa Brígida, una santa sueca del siglo XIV cuyo convento se sitúa en la plaza Farnese, en el centro de Roma. Su superiora es emprendedora, ambiciosa, dotada de muy buenas redes y no duda en utilizarlas…

 

Desde finales de los años 80, debido a los orígenes suecos de la orden, Lars Bergquist, el primer embajador de Suecia acreditado ante la Santa Sede, apenas desembarcado en la Ciudad Eterna se acerca a esta abadesa. Así puede inmediatamente ofrecer a su gobierno, a pesar de la novedad de sus servicios, una mina de oro en materia de información. Gracias a Tekla Famiglietti, la información proviene de los círculos más cercanos a Juan Pablo II, pues ella se beneficia de los favores de “el Apartamento”. Ese verdadero santuario del poder pontifical, que el papa Francisco brutalmente eligió abandonar, es el corazón de esta monarquía absoluta donde gravita una pequeña corte autorizada a penetrar al domicilio papal del tercer piso de los Palacios Apostólicos. En ese entonces, entre el Papa polaco y la Abadesa italo-sueca, un amigo común hace el enlace: un hombre oriundo, al igual que ella, de la región napolitana: el cardenal Crescenzio Sepe (entonces Prefecto de la poderosa Congregación para la Evangelización de los Pueblos, un ministerio de la curia que goza de una total autonomía financiera).

 

Crescenzio Sepe y Tekla Famiglietti, unidos por sus ataduras regionales comunes, marchan codo a codo. Con una gran ventaja sobre la Secretaría de Estado, este dúo, el primero, logra perforar el “Muro del Caribe” propiciando el inicio del diálogo entre Roma y el régimen establecido en La Habana. Tekla Famiglietti, la agente “no oficial” del Vaticano, tiene el privilegio de encontrarse con Fidel Castro en varias ocasiones, algunas veces incluso de forma privada. Es hacia ella que se vuelcan todos los embajadores norteamericanos luego de cada uno de sus regresos de la Isla, con el fin de conocer sobre el estado real de salud del Líder Máximo, sujeto desde hace mucho tiempo de miles de rumores -los que serán cada vez mayores a partir del año 2000-. La abadesa no tarda en obtener de él beneficios que le son negados a la Iglesia cubana. Así, luego de muchos intentos y viajes, la autorización de construir un convento para sus “Brigidinas” en Cuba. Y no en la periferia de La Habana, donde el arzobispo Jaime Ortega logró, en un primer momento, obtener un sitio; sino en el corazón de la Habana Vieja, en uno de esos hermosos edificios de estilo colonial español que alberga la capital cubana. Para ello, eludió al líder de la Iglesia cubana y se dirigió directamente a Fidel Castro. El edificio y la dirección finalmente concedidos, calle Real de Coello, corresponden más bien a la imagen un tanto elitista que la abadesa se hace de su orden.

 

Tekla Famiglietti obtiene así algo mejor que un símbolo. Abrió una línea directa con el poder cubano, adelantándose a los diplomáticos de las Terceras logias, trabajando ellos también sin respiro. Sus alianzas con un magnate mexicano de casinos le permitieron ganar esta partida. Este último se llama José María Guardia, es el legendario “Zar de los casinos” de México, un hombre del hampa de Ciudad Juárez, proclamado el año 2000, sin embargo, Comendador de la Orden de Santa Brígida.

 

Acercamiento en la cumbre: la hora de la misa en La Habana

 

Al margen de las entradas oficiales de esta religiosa que los medios diplomáticos estadounidenses tomaron la costumbre de designar como “la Papisa”, el Vaticano también actúa; y lo hace en un escenario que se renueva a partir de los años 80, período de flexibilización del régimen cubano y de una evolución de su Iglesia. Entre ambos, las relaciones no son idílicas, pero mejoran, gracias a una repentina inclinación “religiosa” del Líder Máximo.

 

Este comienza a decir en Cuba lo que su hermano Raúl proclamará ante el mundo el 10 de mayo de 2015, al finalizar su audiencia privada con Francisco: “¡Si el Papa continua así, voy a volver a rezar en la Iglesia!”. Una confesión inesperada, ya que ambos hermanos nacieron en una familia católica y se formaron con los jesuitas. Jamás renegaron oficialmente la fe de su infancia, a pesar de la afirmación del carácter ateo de la Revolución, al menos en sus inicios. La madre y la hermana de Fidel y de Raúl eran especialmente devotas, y esta última, Ángela Castro Ruz, lo seguirá siendo hasta su muerte, en febrero de 2012.

 

A mediados de los años 80, aparece en La Habana un libro de entrevistas del teólogo de la liberación, el dominico Frei Betto, con Fidel Castro. El Líder Máximo afirma allí convicciones más favorables al catolicismo que en el pasado. Su credo cambió: no, la Revolución cubana no es más enemiga de la religión. “Un cristiano que quiera ser marxista puede seguir siendo cristiano, y un marxista que quiera ser cristiano puede seguir siendo marxista”, plantea Fidel, que se entusiasma por la teología de la liberación al punto de declarar que “existe en Jesús una opción incondicional para los pobres”. Un mensaje que compara a los comunistas con los primeros cristianos.

 

Del mismo modo, el diplomático francés Philippe Létrilliart (autor luego de cuatro años vividos en La Habana, de una verdadera biblia titulada Cuba, l’Eglise et la Révolution), aclara que el mensaje de Fidel Castro atañe a varios interlocutores: “A los ortodoxos del Partido, les afirma que se puede ser marxista y cristiano… A los cristianos progresistas, católicos o protestantes, les brinda un ánimo significativo… A los católicos conservadores, es decir, a la mayoría del clero cubano, les indica la posibilidad de un acercamiento… En fin, haciendo ese tipo de comparaciones, el Comandante  brinda su visión más personal de su papel histórico: el de profeta” [3].

 

Para la Iglesia cubana, la realización del Encuentro Nacional Eclesial Cubano (ENEC), de 1986, representa también la oportunidad de propiciar un giro, no a favor del régimen, sino hacia una línea más pragmática en las relaciones que establece con éste. En el origen de este giro, está una figura local: la de Monseñor Carlos Manuel de Céspedes, intelectual y secretario de la Conferencia Episcopal. Este eclesiástico, así como su hermano Manuel Hilario de Céspedes, el obispo de Matanzas, son los bisnietos del fundador en el siglo XIX del gran partido de independencia. Este hombre, nombrado Carlos Manuel de Céspedes, había ofrecido en 1868 un primer marco a la lucha por el fin de la colonización española, así como por la abolición de la esclavitud.

 

Junto a los laicos Roberto Veiga y Lenier González nace la revista Espacio Laical. La corriente que se expresa, más suave con el régimen, acompaña en menor o mayor medida la evolución paralela de Fidel Castro con respecto a la religión en general, y del catolicismo en particular. La Iglesia reconoce, poco a poco, la legitimidad del llamado permanente a la soberanía y a la identidad nacionales de Cuba en las palabras de Fidel; valora la legitimidad y el éxito del Líder Máximo en esta resistencia antiestadounidense; además comienza a tomar distancias con los exiliados cubanos de Miami, marcados por un anticastrismo cada vez más violento y extremista.

 

En este nuevo contexto, aunque siempre dividido, el Episcopado va a recomenzar a hacerse escuchar. Sus presiones se hacen permanentes: denuncia los atentados a las libertades políticas y económicas, realiza negociaciones para la liberación de presos políticos, solicita asignaciones de tierras a los campesinos, autorizaciones de viajes al extranjero, y la participación de la Iglesia en programas de educación y de salud. Y ese papel de mediación de la Iglesia cubana no cesará posteriormente.

 

Ascendido al rango de cardenal por Juan Pablo II en 1994, con el objetivo de darle un mayor peso a su posición, Jaime Ortega, el arzobispo de La Habana, logra entonces imponerse como el protagonista mayor de esta vía del compromiso -lo que le será fuertemente reprochado a la vez por algunos movimientos de derechos humanos, y fundamentalmente por el grupo de Damas de Blanco, así como por otros miembros de la jerarquía cubana-. Eso no impide que, desde ese entonces hasta el 2014, el cardenal Jaime Ortega pudiera movilizarse eficazmente, por un lado, para luchar por las libertades en Cuba y, por otro, para obtener de ellas beneficios tangibles, en primer lugar, la creación de seminarios. Tal como lo analiza Jean Mendelson, embajador de Francia en La Habana hasta enero de 2015, la aparición en este país de un interlocutor diferente del Partido único, con este nuevo lugar de repente ocupado por la Iglesia, constituyó un paso de gigante: abre una brecha para la sociedad cubana.

 

De este acercamiento entre ambos campos, nace un terreno propicio para la preparación de un gran proyecto, del cual Roma planea el diseño desde hace algunos años: un viaje de Juan Pablo II a La Habana. Los nuncios comenzaron a trabajar en ello, orientando muchas de sus relaciones en la extraña fascinación que ejerce la personalidad y la acción política de Karol Wojtyla en el caudillo, una fascinación fundada en el estatus de Star planetario del Papa eslavo, ciertamente enemigo del comunismo, pero también fuertemente anti-capitalista y, por lo tanto, hostil, a su manera, a los arrogantes valores de Norteamérica.

 

La audiencia de Fidel Castro en el Vaticano, en noviembre de 1996, va a permitir asegurar de ambos lados que ha llegado el momento. Con astucia, el Vaticano logra sacar ventajas del discurso de Fidel. Este último sobrepasó el tiempo protocolar. No para de hablar, a tal punto que las audiencias programadas luego de la suya en esa misma mañana del 19 de noviembre de 1996, deben ser todas aplazadas. Juan Pablo II hace seña discretamente a sus colaboradores de no interrumpir al dirigente cubano bajo ningún pretexto. Finalmente, luego de haber terminado y ya que le corresponde el turno de hablar al Papa, este último aprovecha la oportunidad: “Yo le responderé en Cuba”, le dice a Fidel Castro que se queda confundido, mientras lo acompaña hacia la salida.

 

Es otro paso de avance en este viaje en el cual Juan Pablo II y Fidel Castro tienen interés, ellos lo saben bien. Para el primero con el fin de ayudar a Cuba a salir de su aislamiento; para el otro, con el objetivo de ofrecer a su régimen una legitimación internacional y moral que la presencia pontificia le otorga. El acuerdo no puede fracasar. Solo resta ver los últimos preparativos. Monseñores y cardenales romanos viajan a La Habana. Entre ellos, el cardenal Etchegaray, el prefecto del Consejo Pontificio Justicia y Paz, especie de “embajador extraordinario” del Vaticano, un gigante vasco acostumbrado a los terrenos y a las situaciones más difíciles para la Iglesia católica. China, por ejemplo. Jorge Mario Bergoglio, entonces obispo auxiliar de Buenos Aires, un perfecto desconocido en esa época fuera de Roma. Él conoce bien Cuba, y a monseñor Ortega, con el que se ha encontrado frecuentemente. Argentina, desde el comienzo de la Revolución cubana. De hecho, ha apoyado todas las iniciativas para propiciar la apertura de la Isla, reclamando el levantamiento del embargo. Y monseñor Bergoglio intervino personalmente en este sentido, a través de un apoyo constante a los disidentes cubanos, creyentes o no.

 

Coordina, sobre todo, la edición de un libro que sale en 1998, titulado “Diálogo entre Juan Pablo II y Fidel Castro”. El mismo es portador de una reflexión sobre la sociedad cubana y su devenir; critica, a la vez, el carácter marxista del régimen que niega “la dignidad transcendente del hombre” y el mantenimiento de las sanciones económicas estadounidenses. Una prueba del compromiso de largo plazo del futuro Papa con Cuba y sus relaciones con los Estados Unidos, ya que ese libro contiene en sí el germen de la acción decisiva que logrará dirigir en el 2014, una vez elegido.

 

El método para lograrlo, preconizado desde el primer capítulo del libro El valor del diálogo, es lo que sirve de marco en la acción de la Secretaría de Estado del Vaticano en la misma época. Terminar con el aislamiento de Cuba, enterrar el clima de hostilidades con su Iglesia y sus creyentes, liberar un espacio común sobre la base de las similitudes entre el marxismo y el cristianismo, y ayudar así a promover la democracia y las libertades. Tales son los postulados de este diálogo teorizado por monseñor Bergoglio en 1998, un marco preparatorio para la visita de Juan Pablo II a Cuba y para la diplomacia episcopal con respecto a ese país a más largo plazo.

 

Austen Ivereigh escribe en su biografía de Francisco, The Great Reformer [4], que ya se trata de una visión “increíblemente imparcial” y realista del problema cubano y de su futuro principalmente económico, en la espera del deshielo. “Ve a Cuba bajo la dirección de un gobierno democrático arraigado en los valores cristianos y humanistas del pueblo cubano”, prosigue.  “Existe en Bergoglio una dimensión católica nacional de la política que no es ni de izquierda ni de derecha, no más comunista que apoyada en el capitalismo de mercado, y eso sin cometer adulterio”. Una síntesis que nos parece provenir, una vez más, del peronismo sólidamente arraigado en el eclesiástico argentino.

 

Pero, a pesar de haber sido invitado a participar en la gran misa de Juan Pablo II en La Habana, el obispo auxiliar de Buenos Aires queda en ese momento desafortunadamente retenido en su país por la muerte del arzobispo titular de la sede, el cardenal Antonio Quarracino. Llamado para sucederlo, monseñor Bergoglio debe permanecer en el lugar. Por esta razón será privado del espectáculo de triunfo que espera a Juan Pablo II en la Plaza de la Revolución de La Habana, el 22 de enero de 1998.

 

A los llamados vibrantes del Papa eslavo a favor “de una apertura de Cuba al mundo y de una apertura del mundo a Cuba”, se adicionan sus plegarias por las libertades, todas las libertades: “La libertad de cada individuo, la de las familias y de todos los grupos sociales que tienen derecho a su propia esfera de autonomía y de soberanía”. La multitud se entusiasma: “¡libertad!, ¡libertad!”, grita en un clima de comunión desafiando todo pronóstico, mientras que, según se cuenta, Fidel Castro, rebasado y un poco celoso del aura de Juan Pablo II ante su pueblo, hubiera tratado de imponerse para desfilar en el papamóvil a su lado, en la Plaza de la Revolución.

 

Nada comparable, en términos de regocijo, con la segunda visita que efectúa luego Benedicto XVI en marzo de 2012, al testimonio de respeto internacional acordado una vez más al régimen. La normalización de las relaciones vaticano-cubanas resulta, sin embargo, consolidada. Es entonces esta herencia dejada en Francisco lo que permitió la última ronda de las negociaciones que conducen a la victoria diplomática de diciembre de 2014, a partir de la cual éste espera ahora ir más lejos en la tarea de liberación total, religiosa, política y económica en Cuba. Con la ventaja clave de su fibra latinoamericana y la inmensa ventaja de haber encontrado como socio en este asunto al presidente Barack Obama, el papa definitivamente sacó provecho del terreno pacientemente preparado por sus predecesores, desde Juan XXIII.

 

Un secreto en el secreto: la misión del Arzobispo

 

Al igual que el arzobispo de La Habana, que vio rechazar la dimisión que había presentado a Benedicto XVI por causa de edad en el 2011, luego de su 75 aniversario, el embajador de Francia en Cuba tampoco debió encontrarse en funciones en ese mes de diciembre de 2014. Él había sido mantenido en La Habana aun cuando el momento de su jubilación administrativa había llegado desde hacía algunos meses. No es hasta mediados de diciembre que le llega al fin la notificación del Quai d’Orsay de su regreso a Francia. Es la hora de comenzar su gira de despedida con los interlocutores y con las diversas figuras cubanas con las cuales se ha relacionado desde su llegada a La Habana, en el 2010.

 

Jean Mendelson y el cardenal Jaime Ortega se conocen bien y se tienen una estima recíproca. Definiéndose como un ateo de origen judío y de cultura católica, el francés frecuenta asiduamente las iglesias cubanas. “Asistía a las misas en los barrios de la capital, era para mí una oportunidad de encontrar personas normales, fuera de las redes que frecuentamos los diplomáticos a lo largo de la semana. Frecuentaba las pequeñas iglesias, luego de la misa conversaba con fieles y obtenía así otros ecos de la vida cubana”, confiesa. Ya que los curas, sin duda, daban a conocer a sus superiores la información con respecto a ese “devoto” poco común, el embajador de Francia en La Habana no tarda en ganarse una reputación en el seno de las oficinas de la calle Habana, la sede residencial y las oficinas del arzobispo.

 

Por esta calle abollada de la Habana Vieja transita el auto de Jean Mendelson, el 16 de diciembre de 2014 alrededor de las 16 horas. Luego de pasar el portal y el patio del edificio de estilo colonial, el embajador sube la pequeña escalera que conduce a la oficina del primer piso, en la cual lo espera Jaime Ortega. Una cálida conversación comienza. En francés, ya que el eclesiástico cubano, formado en Quebec, aprovecha la visita de ese interlocutor para conversar en su idioma. Ambos conversan de todo y de nada, en particular de sus recuerdos respectivos de las Navidades nevadas que conocieron uno en Canadá y el otro en los Alpes del Sur. Una nostalgia común que el clima del Caribe revive en este período. Es el momento de despedirse cuando de repente el arzobispo cambia de parecer: “¿Usted tiene tiempo?” le pregunta al embajador que ya se encontraba en la puerta. “Por supuesto”, le responde un poco sorprendido. Entonces, invitándolo a sentarse nuevamente, Jaime Ortega comienza ante su huésped estupefacto un largo monólogo que va a durar hasta la noche. Abandona inmediatamente el francés para volver al español.

 

Jean Mendelson abre bien sus oídos. El ruido de la climatización y la imposibilidad de tomar notas lo obligan a redoblar la atención para no perder ni una migaja de las palabras del prelado. Sus palabras son a veces confusas, dada la fatiga que comienza a verse en el rostro de monseñor Ortega a medida que pasan las horas, apuntará en la nota dirigida al Quai dˊOrsay esta misma noche. Pero son increíbles. “Algo va suceder en muy poco tiempo”, le anuncia el dignatario de la Iglesia cubana. “Si no antes de las Navidades, será al menos antes de la inauguración de la Cumbre de las Américas de Panamá, en abril de 2015.” Y el arzobispo narra el hilo de los acontecimientos. Se produjeron uno tras otro desde la larga audiencia de Barack Obama en el Vaticano, algunos meses antes, el 27 de marzo de 2014. Durante esa entrevista, cara a cara, de más de una hora en la Biblioteca Pontificia, Francisco empleó su franqueza habitual para dirigirse al presidente norteamericano en un tono inédito. “No es el Papa, sino el latinoamericano el que le habla”, le hubiera dicho palabra por palabra Francisco a Obama. “Ustedes han querido aislar a Cuba, pero son ustedes los que serán aislados”, predicó el Pontífice argentino, incitando al presidente de los Estados Unidos a un cambio rápido de posición. Embargo estadounidense, liberación e intercambios rápidos de prisioneros cubanos retenidos en Estados Unidos y estadounidenses detenidos en Cuba (como el agente de la USAID Alan Gross [5]), retirada de Cuba de la lista estadounidense de Estados terroristas, todos los problemas mayores que bloquean las relaciones cubano-estadounidenses fueron evocados ese día, hasta la base de Guantánamo, por la que Barack Obama había iniciado negociaciones con Uruguay y El Salvador,  que podían conllevar al traslado hacia esos dos países de presos de la base.

 

Tal como continúa contando Jaime Ortega a Jean Mendelson, él viaja a Roma un poco después, el 27 de abril, con motivo de las ceremonias de canonización de Juan XXIII y de Juan Pablo II. Fue llamado por el Papa quien, luego de una larga conversación, lo escoge para una misión delicada: entregar en sus propias manos dos cartas redactadas por él, una a Raúl Castro y la otra a Barack Obama. Ambos hombres tienen lazos estrechos y muy antiguos. Recordemos que fue a Jaime Ortega a quien Francisco ya había dejado al cuidado de hacer pública la declaración pronunciada durante las Congregaciones Generales que antecedieron al cónclave: un discurso decisivo, ya que anuncia el programa pontificio de este último, para reunir los últimos votos necesarios para su elección. El que envía además para representarlo en El Salvador, para la apertura de las importantes ceremonias de beatificación de monseñor Romero, el obispo mártir de San Salvador, asesinado en plena misa por un comando de extrema derecha en 1980. Y es también el Cardenal cubano quién es enviado para participar en las festividades por el 350 aniversario de la creación de la primera parroquia canadiense, en septiembre de 2014. En Canadá, en el mismo período que alberga el ir y venir de las delegaciones cubano-estadounidenses, reunidas en siete ocasiones para preparar el acercamiento. La presencia de Ortega no ocurre por azar.

 

Un mes antes de su viaje a Canadá, a mediados de agosto, obtuvo la autorización de Roma para pasar a la famosa etapa de entrega de las dos cartas del Papa a sus destinatarios. Jaime Ortega toma en esta oportunidad el lugar de los nuncios en Washington y La Habana, por manos de quienes hubieran debido transitar las cartas. Es necesario decir, que el segundo, monseñor Bruno Musaro, se puso el mismo fuera de juego cometiendo un error imperdonable para un diplomático. Cuando viajó a Italia, en agosto, para pasar las vacaciones en casa, el representante del Papa en La Habana pronunció en público una violenta diatriba anticastrista. Citadas en la prensa local italiana, sus declaraciones llegaron a oídos del régimen cubano al mismo tiempo que a los de su propio ministerio de tutela, a las terceras logias de los Palacios Apostólicos.

 

Ante la petición de Raúl Castro exigiendo su partida sine die, Roma gana algunas semanas de tiempo para no perder prestigio. Monseñor Musaro, finalmente, es llamado de La Habana y nombrado en Egipto en febrero de 2015, para ser remplazado por monseñor Giorgio Lingua, que goza de una experiencia anterior en Estados Unidos, lo que evidentemente ofrece ventajas.

 

Ortega continúa su relato. De regreso a La Habana, explica, la entrega de la primera misiva a su destinatario cubano ocurre con una simplicidad bíblica. Sin embargo, debe esperar algunos días, el tiempo que un avión presidencial le sea fletado para llevarlo a la isla paradisiaca de Cayo Saetía, una reserva biológica situada en la provincia de Holguín, en el Oriente del país, donde Raúl Castro se encuentra de vacaciones. Luego de un poco menos de dos horas de vuelo, este último lo recibe en presencia de su ministro de Relaciones Exteriores, Bruno Rodríguez. “Le dirás a Obama que estoy de acuerdo”, le sopla el presidente cubano luego de leer la carta de Francisco. Solo queda hacer llegar la segunda carta.

 

En Estados Unidos, el arzobispo de Boston, el cardenal Sean OˊMalley, miembro del Consejo de los nueve cardenales formado por el Papa, así como su homólogo emérito de Washington, el cardenal Theodore Edgar McCarrick, están también en el secreto. El primero, perfecto hispano-hablante, fue contactado por los oficiales estadounidenses más comprometidos en el cambio de eje radical con respecto a Cuba. Saben que dirigirse al arzobispo de Boston es el canal más directo para acercarse al Papa. El senador Patrick Leahy, formado en la prestigiosa Universidad jesuita Georgetown, de Washington, es uno de los más activos entre estas personalidades. En cuanto al segundo, el antiguo arzobispo de Washington, mantiene relaciones muy estrechas con el jefe del equipo de Barack Obama, Denis McDonough, lo que representa un mecanismo valioso y muy complementario entre el líder de la Iglesia católica y el ocupante de la Casa Blanca.

 

Los dos cardenales, que visitan La Habana para festejar el cincuentenario de la ordenación sacerdotal de Jaime Ortega a principios de agosto, también tienen otros proyectos. ¿McCarrick pretende arrancarle a Ortega la famosa carta del Papa para entregársela personalmente a Obama? Algunos lo sugieren hoy [6]. Sin embargo, partirá de La Habana con las manos vacías ante la negativa categórica del poseedor de la carta de modificar un ápice la orden papal. Debe entonces dirigir esta misión diplomática clandestina del número uno de la Iglesia cubana. La coartada de una conferencia en Georgetown será la ocasión propicia. La conferencia es programada en la universidad en la mañana del 18 de agosto. A su salida, como en una película policiaca, la eminencia cubana desaparece en un vehículo con los cristales polarizados, discretamente estacionado cerca del campus del lago Potomac. Un secuestro rápido para una audiencia privada con el presidente norteamericano en el Despacho Oval. ¡Tal es el escenario digno de Hollywood que los dos cardenales estadounidenses lograron construir para permitir a su homólogo de La Habana venir a entregar en sus propias manos al presidente Obama la carta del Papa! Ubicado en el centro de ese thriller, el eclesiástico de 78 años está impresionado del giro de los acontecimientos. Otra sorpresa ante sus ojos: el hecho de que el cardenal McCarrick parece conocer a todo el personal de la Casa Blanca. Acompañándolo por los pasillos, saluda por sus nombres a todos los consejeros y funcionarios que el pequeño séquito cruzaba en su camino, comentó también al hombre al cual eligió para confiarle ese relato.

 

Las dos cartas pontificias son idénticas, una en español y la otra en inglés. Abogaban en favor de los argumentos que tendrían ambos países en enterrar el hacha de guerra con el fin de favorecer, a muy corto plazo, la reanudación de relaciones diplomáticas cubano-estadounidenses, congeladas luego del fiasco de Bahía de Cochinos en 1961 y el establecimiento del embargo, al año siguiente. Ese alegato se acompaña de una proposición de apoyo del Papa para lograr este acercamiento. Como señala el comunicado difundido por el Vaticano al día siguiente del 17 de diciembre de 2015, estas cartas a los presidentes de ambos Estados consistieron en “invitarlos a resolver las cuestiones humanitarias de interés común, entre ellas la situación de algunos detenidos, con el fin de iniciar una nueva fase en las relaciones entre ambas partes”.

 

Ya que los puntos fueron discutidos de viva voz con el presidente Obama, el contenido de la carta entregada es finalmente un mero recordatorio de principios. Con respecto al régimen castrista, donde por el contrario no se parte de nada, la relevancia de este escrito tiene otro alcance. El Papa y las eminencias grises de su diplomacia, quizás, se concertaron por largo tiempo con el fin de impulsar, con delicadeza, el argumento de un contexto internacional propicio para la apertura del régimen cubano. “Luego de la muerte del líder venezolano Hugo Chávez, era evidente que Venezuela no financiaría eternamente a Cuba con sus envíos de petróleo de facto gratuitos, y que era necesario protegerse de una gran crisis económica mediante una cooperación económica más estrecha con los Estados Unidos”, planteó el hombre de negocios polaco Przemyslaw Hauser, antiguo representante de la Orden de Malta en La Habana. Recordaba, además, “la enorme actividad de la diplomacia vaticana para hacerlo comprender a los líderes cubanos”, y principalmente la del nuncio apostólico en Cuba desde el 2007, monseñor Giovanni Angelo Becciu, promovido más tarde al puesto de adjunto de la Secretaría de Estado, al lado de Pietro Parolin.

 

La carta firmada por Francisco dirigida al presidente cubano, de la cual ambos hombres analizaron cada coma, debe darlo a entender, al igual que debe brindar las pruebas de la apertura estadounidense. Es necesario ir con sumo cuidado. El acuerdo oral de Raúl Castro constituye un gran paso. Lo más difícil está hecho. En el Despacho Oval, en realidad son las pocas palabras del presidente cubano, más que la carta del Papa, las que se recogen con alivio de la boca del cardenal Ortega, cuando llegó finalmente en el más grande secreto el día 18 de agosto de 2014. Su nombre no figura en la lista de los visitantes de la Casa Blanca del día. Fue retirado. Del mismo modo, es imposible encontrar rastro de la conferencia organizada en la Universidad Georgetown. Esta no dio lugar a ninguna comunicación, ni antes ni después. Ni una línea la menciona en los archivos del sitio de ese santuario jesuita en el corazón de la vida política estadounidense…

 

Ricardo Zúñiga, hijo de un golpista hondureño refugiado en Estados Unidos, quien estuvo trabajando en la Sección de Intereses de Estados Unidos en La Habana, se convirtió en consejero en jefe del presidente estadounidense para los Asuntos Hemisféricos. Él está presente ese día. Fue el enviado personal del presidente Obama durante los 18 meses que duraron las negociaciones secretas con las delegaciones cubanas; al igual que Benjamín Rhodes, otro cuarentón que se unió al equipo Obama desde su campaña de 2008, y principal autor de los discursos presidenciales.

 

Ambos jóvenes consejeros fueron los interlocutores oficiales de los cubanos durante los nueve coloquios secretamente organizados entre Canadá y Roma para la solución de la difícil cuestión del intercambio de los prisioneros, el punto más problemático de los acuerdos; una cuestión finalmente resuelta gracias a la garantía del Papa, dada durante la última reunión a finales de octubre de 2014 en el Vaticano. Con este capítulo clave resuelto, todos los obstáculos restantes van a poder ser derribados luego, uno por uno, hasta llegar el estruendo del anuncio del 17 de diciembre.

 

El día antes, por primera vez desde hacía más de medio siglo, los presidentes estadounidense y cubano se llaman por teléfono para acordar sus mensajes simultáneos del día siguiente. Barack Obama y Raúl Castro también ultiman detalles sobre el intercambio de prisioneros que tuvo lugar ese mismo día, a primera hora.

 

Al desencadenamiento mediático que suscitan sus intervenciones televisivas, sucede una extraña aparición que también dará la vuelta al mundo casi al mismo tiempo: una foto ilustrada a la manera de una historieta mostrando una conversación entre el Che y Fidel Castro. Un diálogo en el cual la ficción parece sobrepasar a la realidad. Se ve al Che interrogar a Fidel: “¿Según tu opinión, cuándo Estados Unidos y Cuba restablecerán sus relaciones?” Respuesta de Fidel: “¡Cuando el presidente estadounidense sea negro y el papa argentino, como tú!”

 

Bajo ese Papa argentino y en ese contexto de resurgimiento de las relaciones cubano- estadounidense, la misión del embajador estadounidense en el Vaticano se hace más fácil. En el 2002, el hombre que ocupaba ese puesto había enviado a su ministerio un mensaje en un tono muy alarmante. Su telegrama, titulado “¡el Vaticano reclama su dinero!”, exponía la ira de la Santa Sede luego del descubrimiento del bloqueo por parte de las autoridades estadounidenses de una transferencia de la IOR enviada por la rica diócesis de Nueva York a la de La Habana, con el fin de ayudar a monseñor Ortega a financiar su seminario. La prohibición de la transferencia no tenía nada que ver con una lucha estadounidense contra las prácticas poco transparentes de la IOR; el dinero había sido bloqueado por el simple motivo de la sospecha de una actividad comercial con Cuba, prohibida a raíz del embargo.

 

El Vaticano había tenido que alzar su voz indignándose por el hecho de que se atrevieran a robar los fondos de la Iglesia y exigiendo el desbloqueo inmediato. Bajo el pontificado del Papa argentino, y bajo el mandato del presidente negro, mientras que Raúl Castro anuncia que regresará a misa y que Francisco celebró muchas en septiembre de 2015 durante su escala cubana, tal escándalo no podría por supuesto repetirse. La profecía de Juan Pablo II de que “Cuba se abra al mundo y el mundo a Cuba” al fin se cumplió. Y el milagro de la mediación vaticana que la hizo posible inmediatamente se acompañó de otro: durante el histórico apretón de manos antes de llegar a los acuerdos de paz entre el presidente colombiano Juan Manuel Santos y el jefe de las FARC Rodrigo Londoño, bajo la mirada benévola de Raúl Castro el 23 de septiembre de 2015 en La Habana, el nombre de Francisco aparecía una vez más… Es mencionado como el inspirador de esa primera verdadera prueba de paz en el más largo y más sangriento conflicto del continente latinoamericano.

 

Notas:

 

[1] En 1959, Fidel Castro multiplica sus declaraciones, asegurando que “su gobierno no es para nada comunista”, “que nuestra Revolución es una Revolución humanista”. El 24 de abril en Nueva York, da esta definición: “Ni dictadura personal, ni dictadura de clase, ni dictadura de grupo, ni dictadura de casta ni oligarquía de clase: gobierno del pueblo sin dictadura y sin oligarquía, libertad y pan sin terror: eso es el humanismo”, en Philippe Létrilliart, Cuba. L’Eglise et la Revolution, L’Harmattan, 2005, p.176.

[2] ibid., p194. Entre los expulsados del Covagonda figuran Augustín Aleido Román, el futuro obispo de Miami, 33 cubanos, 86 españoles y otros 12 religiosos principalmente franceses y canadienses.

[3] Philippe Létrilliart, op.cit., p. 226.

[4] Austen Ivereigh. The Great Reformer. Francis and the Making of a Radical Pope. Henry Holt and Company, 2014.

[5] Liberado en la misma mañana del anuncio, el 17 de diciembre, en intercambio de los tres últimos cubanos detenidos en los Estados Unidos (Gerardo Hernández, Antonio Guerrero y Ramón Labañino) de los “Cuban Five”, el grupo de los cinco cubanos prisioneros en los Estados Unidos desde hace dieciséis años.

[6] Peter Kornbluh y Wiliam LeoGrande, Mother Jone, 12 de agosto de 2015, artículo que actualiza la nueva edición del libro de los autores, “Diplomacia encubierta con Cuba. Historia de las negociaciones secretas entre Washington y La Habana”, Fondo de Cultura Económica, 2015, para la edición en español.