Cubanálisis El Think-Tank

                                   General Rafael del Pino, Estados Unidos

 

                                                       

TRIUNFADOR

 

 

OTROS PUEDEN ¿POR QUÉ NO USTED? “Sacabuche” Robinson: un triunfador

      Condensado de "La Llave del éxito en la Vida y los Negocios", por Dale Camino.

 

Ojeando viejas revistas de los años 60 me encontré con una pieza titulada “Sacabuche Robinson: un triunfador”, publicado en la revista Mella, Nro.171, febrero 1960, pág.48-52

 

Remedando aquel artículo y viendo que nuestro Comandante en Jefe es también sin duda un triunfador, me he apresurado a enviarle esta sugerencia viendo que está consumiendo sus últimos kilometrajes en esta tierra. Ojalá llegue a tiempo antes de que pierda la capacidad total de entender lo que deseo transmitirle. En definitiva él no tiene la culpa de que todos los que le rodean tengan miedo de decirle las verdades y la mayoría de las veces aplauden cosas sin sentido o le proponen idioteces adrede.

  

Desde hace un tiempo acá le dio por consumir la mayor parte del papel que importa Cuba para escribir ni se sabe cuántos libros apologéticos sobre sus “hazañas” en la lucha contra Batista, en la guerra de guerrillas, en maniobras diplomáticas, en derrotas infligidas al imperialismo. Que si la ofensiva inicial, que si la ofensiva final, que si la victoria estratégica. Me da la impresión que el Comandante tomó o le incitaron a que tomara el camino de su viejo amigo y Gran Timonel Kim Il Sung, de Mao, de Stalin, de Ceausescu, y ni se sabe de cuántos ilustres dictadores más que han escrito o le han escrito centenares de volúmenes que nadie lee ni se leerán jamás.

 

Ahora se dice, no sé si fue por alguien que lo escuchó en el programa de Pérez Roura con Ninoska, o en el de Francisco Aruca con Edmundo, que Fidel Castro va a escribir un libro conjuntamente con Hugo Chávez.

 

El Comandante puede estar seguro que si se llena de valor y nos deja para la posteridad sus experiencias de triunfador, su obra recorrerá el planeta sin tener la menor duda de que será el mejor best seller de todos los tiempos.

 

Lo primero que tiene que hacer es lanzar por la borda el culipandeo de justificar decisiones erróneas o calculadas fríamente, y lanzarse a fondo con la verdad. En definitiva, un triunfador, al igual que Sacabuche Robinson, no tiene por qué estar buscando coartadas para justificar sus acciones.

 

Le voy a demostrar que cuando recae en las boberías las historias le salen mal y hace el ridículo.

 

Veamos la narración que usted le hizo al periodista Ignacio Ramonet, donde trata de justificar por qué nunca entró en el Moncada, alegando que la culpa la tuvo una posta cosaca de dos soldados que pasaron cerca de su auto.

 

“En ese instante voy manejando, llevo empuñada la escopeta con la izquierda y una pistola en la mano derecha; estoy ya al lado de ellos, la puerta semiabierta; pretendía hacer dos cosas a la vez: evitar que dispararan a la gente de Ramirito y Montané, y ocupar las dos ametralladoras Thompson que portaban.

Había otra forma de acción, que después comprendí perfectamente cuando tuve un poco más de conocimientos y experiencia: lo que debí hacer fue olvidarme de ellos y seguir. Si esos dos soldados veían un carro, otro carro y otros más avanzando rápido delante de ellos, no habrían disparado”

(Tomado del libro “Cien Horas con Fidel, conversaciones con Ignacio Ramonet”, editado por Oficina de Publicaciones del Consejo de Estado, Tercera edición, La Habana, 2006, páginas 145-177)

 

Está más que claro que esos dos soldados no iban a hacer absolutamente nada si todos ustedes iban vestidos con los mismos uniformes del ejército, incluyendo gorras y grados.

 

Se desprende que la pregunta lógica de un periodista profesional sin parcialización alguna hubiese sido:

      

Pero Comandante, ¿si usted llevaba una escopeta en la mano izquierda y una pistola en la mano derecha ¿con que extremidad conducía el automóvil?”

Por supuesto que Ramonet no hubiera hecho esa pregunta. Primero, porque nunca jamás hubiera podido visitar la Isla con todos los gastos pagos y entrevistar a altos dirigentes cubanos, y en segundo lugar, porque todos sabemos la respuesta que le daría Fidel encolerizado:

 

       ¡Manejaba con mis cojones, Ramonet, con mis cojones!”.

 

Se da cuenta, Comandante, de lo infantil de esa coartada suya. Hubiera sido más normal decirle:

 

¡Me apendejé Ramonet, me apendejé! Pero todo eso estaba en mis cálculos. Yo tenía que conservarme vivo. No importa cuántos murieran en la acción, yo necesitaba ocupar los titulares del país y convertirme en el enemigo número uno de la dictadura, a la cabeza de la oposición. Los desconocidos no hacen noticias, ni política.”

Usted tiene un millón de historias que dejarían boquiabierto al mundo entero, incluyendo a su amigo el Papa Joseph Ratzinger. ¿Se imagina aquel episodio del fallido secuestro de un avión de pasajeros de Cubana de Aviación, donde el ingeniero de vuelo Ángel María Betancourt, después de escapar, estuvo localizado a las pocas horas por la Seguridad de Estado, y éstos, por instrucciones suyas, lo escondieron en la iglesia del sacerdote Miguel Ángel Loredo para poder confiscarle todas las propiedades a la iglesia católica? Esa fue una movida genial, que difícilmente se le hubiera ocurrido a Sacabuche Robinson.

 

Genial también fue la marginalización de sus propios combatientes del Ejército Rebelde para utilizar a los cuadros del viejo partido comunista en la organización del poder totalitario. Cuéntenos como posteriormente se las arregló para liquidar a éstos, dándole cabida nuevamente a los defenestrados anteriores, una vez que el viejo PSP (Partido Socialista Popular, Comunista) le tenía garantizado el poder absoluto.

 

Cuéntenos sobre los huesitos que le tiró a Faure Chaumont y a otros dirigentes del Directorio Revolucionario para desaparecer esa organización.

 

Narre sin ruborizarse aquel papelazo, el 24 de Octubre de 1983, durante los sucesos de Granada, cuando envió al Coronel Pedro Tortoló Comas para que se inmolara en combate junto a todos los infelices obreros que allí trabajaban, y a los cuales se les había suministrado todo el armamento ligero necesario para que se produjera la batalla.

 

¿Se acuerda, Comandante, allá en el cuarto piso del MINFAR, antes de partir, dándole un abrazo y despidiéndolo, convencido de que el coronel ofrendaría su vida y la de todos los cubanos en Granada?:

 

       “¡Hasta el último hombre, Tortoló, hasta el último hombre!”

 

¿Recuerda cuando compareció ante las cámaras de la televisión nacional para compararle con el general Antonio Maceo? Calificativo glorioso y jamás empleado con ningún otro militar cubano.

 

Háganos quedar en ridículo por no entender nosotros, en aquel momento, por qué se enviaba a Tortoló, si el coronel Méndez, un oficial de academia muy calificado, era jefe de la misión militar.

 

Nárrenos todo sin cortapisas. La verdad: que nada tenía que ver con la calificación, lealtad o disciplina de un jefe. Que todo se debía al “casting”. Esa terrible adicción de los productores en Hollywood seleccionando actores, prefiriendo la presencia física que las dotes artísticas.

 

El Coronel Méndez era un hombre de muy pequeña estatura, extraño, gordito aunque muy inteligente y capaz. Pero, para el papel de Antonio Maceo hacía falta un mulato con más de seis pies, musculoso y fuerte. Tortoló llenaba todas las exigencias del “casting”, y ese fue el que usted escogió.

 

Los triunfadores no solo narran éxitos, sino también sus errores.

 

En esas memorias salidas de la confesión sincera no puede faltar la gran jugada de cómo, al ver que se venía abajo todo el mundo comunista, se las agenció para mandar al paredón de fusilamiento a un grupo de sus más leales servidores, y de paso, como buenos corderitos, meter en un redil a cincuenta y tantos generales para que apoyaran el crimen. Esa magistral movida, de la cual Sacabuche Robinson se vería como un parvulito, tiene que traérnosla inning por inning, jugada por jugada, hasta el último out. 

 

Va a necesitar unos cuantos tomos, se lo aseguro, pero va a poner a muchos de cabeza, comenzando por los que hoy, muy cerca de usted, le están serruchando el piso.

 

Váyase tranquilo al otro mundo, muerto, pero de risa. Ese será su sello final de triunfador.