Cubanálisis El Think-Tank

                                   General Rafael del Pino, Estados Unidos

 

                                                       

Músicos del Titanic

 

El Sanctasanctórum de todas las dictaduras, así sean de derecha, de izquierda, totalitarias o autoritarias, es el secretismo. El evitar la transparencia a toda costa, actuar entre bastidores manteniendo alejados al pueblo y a la opinión pública de las decisiones más importantes que se toman desde el poder. Acabamos de verlo en Venezuela, donde el ejecutivo envía un plan de emergencia nacional al poder legislativo, y cuando éste solicita que los ministros acudan a la Asamblea Nacional para ser interpelados, se niegan si el procedimiento no se lleva a cabo a puertas cerradas, de espaldas al pueblo y sin participación de la prensa nacional.

 

El chavismo lleva años culpando al “imperialismo” y a una supuesta “conspiración de la burguesía” por el desmadre que le han ocasionado a la nación con sus políticas populistas, clientelistas, y la corrupción rampante. Ahora, cuando puede salir a la luz el latrocinio con que han arruinado el país, y que el pueblo venezolano pueda conocer abiertamente quiénes son los responsables de la debacle, esgrimen que hay que discutirlo todo a puertas cerradas por ser un peligro para la seguridad nacional el que se conozca lo que se debate.

 

Dejo a los economistas el abordar las barbaridades cometidas en el desmantelamiento demoledor que ha sufrido el tejido económico y productivo de Venezuela por el chavismo.  Me limitaré a opinar solo en el terreno de mi experiencia, en el campo militar, y cómo la cúpula castrense tiene una gran responsabilidad en la bancarrota que sufre el país.

  

A  finales del pasado mes de septiembre, hace escasamente tres meses, escuché en una alocución televisada del general Padrino López, ministro de las Fuerzas Armadas Nacionales, decir que “El presidente Nicolás Maduro ha ordenado reforzar nuestra alianza con la Federación Rusa y con China para elevar aún más nuestros niveles de apresto operacional e iniciar la reposición e incluso aumentar la flota de aviones supersónicos Sukhoi”. Esa alocución se producía en los momentos en que equipos de rescate buscaban por aire y tierra a los capitanes Ronald Ramírez y Jackson García, pilotos desaparecidos durante la noche mientras trataban de interceptar con un Sukhoi supersónico a una pequeña avioneta que presumiblemente violaba el espacio aéreo venezolano.

 

Es imposible entender que en las fuerzas armadas de ese país el empleo irracional de los medios de combate adquiera niveles tan poco profesionales. Algo semejante es de esperar que pueda suceder en Cuba, donde un régimen totalitario impone decisiones militares basadas en lealtades políticas por encima del raciocinio y del arte militar contemporáneo, pero no en ningún otro país donde predomine el profesionalismo y la meritocracia.

 

Es entendible que Raúl Castro haya puesto como jefe de la Fuerza Aérea a su chofer personal a principios de los años sesenta, porque no confiaba en ninguno de los pilotos, o que después ascendiera a general al electricista que le encendía y le apagaba la planta eléctrica en el Segundo Frente durante la insurrección y lo situara al frente de la DAAFAR.

 

Pero que hoy el estamento militar de Venezuela sea incapaz de asesorar al presidente de la republica haciéndole entender que arruinando el país económicamente se pierde la guerra principal de alimentar a su propio pueblo, y que una crisis como la que atraviesa Venezuela puede provocar una guerra civil de consecuencias incalculables convirtiendo el país en un estado fallido como Siria o Somalia, no lo entiende nadie.

 

Venezuela adquirió en el 2006 una flota de 24 cazas Sukhoi-30, como parte de un programa de compras a Rusia que también incluyó helicópteros Mi-17 y Mi-35, 100,000 fusiles AK-103 y sistemas de defensa antiaérea con misiles Pechora y Buk.

 

Se conoce, según fuentes castrenses, que el Ministerio de Defensa proyecta comprar 12 nuevos Sukhoi para elevar cada una de sus dos flotillas de 12 a 18 aparatos.

 

En total, durante la década pasada, Venezuela compró armas a Rusia por más de 4,000 millones de dólares, y obtuvo créditos para armamento por otros 2,200 millones, según el Instituto Internacional de Estudios Estratégicos, basado en Londres.

 

Un Sukhoi cuesta alrededor de 40 millones de dólares. Por lo que ese proyecto que tienen en mente le costaría al pueblo venezolano nada menos que 480 millones de dólares. ¿Les ha pasado por la mente que con ese costo el país puede comprar prácticamente toda la leche, queso, mantequilla y productos lácteos que produce Uruguay para la exportación? ¿Qué sentido puede tener para un país que hoy no puede alimentar a su población, que está al borde de la catástrofe, que acaba de declarar una emergencia nacional, despilfarrar billones de dólares en armamentos para una guerra que nunca llegará?

 

¿Tienen que esperar a que les sorprenda el elevado índice de ciudadanos muertos, incluyendo innumerables niños, para entender que con ese dineral despilfarrado en armamentos innecesarios hubieran podido comprar todas las medicinas que evitaran las muertes de tantos infelices?

 

No conmueven a los “estrategas militares” las caras de dolor y tristeza que se observaron en los diputados de ambas bancadas cuando la presidencia de la Asamblea Nacional venezolana cedió el derecho de palabra a Richard Medina, padre de un infante de 3 años que falleció de cáncer al no conseguir los medicamentos requeridos. ¿No les afectó en nada cuando Medina expresó que se debe dejar de politizar la salud?, “porque mi hijo no eligió color, no tuvo elección, no eligió a nadie. Les ruego, les suplico que tomen lo que está solicitando el diputado Olivares porque todos lo padecemos (…) Hay personas que están luchando en este momento por sobrevivir porque no consiguen medicamentos”.

 

¿Donde han estado los asesores cubanos de la salud? No me refiero a los infelices médicos que son víctimas del esclavismo castrista, sino a los asesores que cada ministerio venezolano tiene en sus dependencias. Porque no se me vengan a decir ahora que la injerencia castrista en los asuntos de Venezuela es solo en organizar las redes de espionaje, contrainteligencia y represiones. La injerencia abarca todas las esferas del gobierno. Solo tienen que ver las banderas cubanas que ondean en algunos cuarteles venezolanos.

 

La diputada Delsa Solórzano no se explicaba la presencia de armas de alto calibre y de guerra dentro de los recintos carcelarios de varios estados del país, por lo que solicitó la interpelación del ministro de la defensa, Vladimir Padrino, para conocer qué hace la Guardia Nacional Bolivariana para impedir estos hechos, además de realizar una investigación dentro de las cárceles.

 

No sería mala idea aprovechar esta interpelación para cuestionar al General Padrino López sobre el derroche de billones de dólares que expuse anteriormente.

 

Pero si los parlamentarios venezolanos quieren conocer de verdad las consecuencias del armamentismo gustosamente puedo darle algunos detalles interesantes.

   

Nosotros tuvimos en Cuba lo último en tecnología militar, desde aviones, misiles, tanques, vehículos blindados y lo que venga a la mente. Éramos el enemigo número uno de Estados Unidos al cederle al imperio Soviético nuestra isla como bastión de la guerra fría.

 

Desde que nos armaron hasta los dientes después de la fracasada invasión de Bahía de Cochinos, las únicas acciones relevantes llevadas a cabo supuestamente en defensa del territorio nacional han sido el derribo por aviones MiG-29 de dos avionetas Cessnas 337 Skymaster de “Hermanos al Rescate” que se encontraban en labores de salvamento en aguas internacionales el 24 de febrero de 1996; el hundimiento por aviones MiG-21 del guardacostas de Bahamas “Flamingo”, el 10 de mayo de 1980, donde perecieron todos sus tripulantes; y el hundimiento de un barco de recreo con civiles indefensos, incluyendo mujeres y niños que pretendían escapar del manicomio castrista, hundido por helicópteros de la Fuerza Aérea en la desembocadura del Río Canímar en la ciudad de Matanzas el día 6 de julio de 1980.

 

Esas han sido las únicas acciones “gloriosas” de las fuerzas armadas cubanas en más de medio siglo despilfarrando el dinero con que nos mantenía el Imperio Soviético, arruinando a la nación. Fuera de esos episodios no hay otras acciones significativas en el área del Caribe en medio siglo de  confrontación con Estados Unidos.

 

El poderío militar obtenido por Cuba en todo ese tiempo solo ha servido para exportar guerrillas, inmiscuirse en guerras civiles de otros países y apoyar contra la voluntad de Naciones Unidas a regímenes totalitarios como Corea del Norte enviándoles armamento.

 

En América Latina el armamentismo solo ha servido para incentivar el chovinismo, la prepotencia y el dominio de las castas militares. El crimen más imperdonable es convertirlas en instrumento de un partido político. Las fuerzas armadas no son ni de izquierdas, ni de derechas: pertenecen a la nación, al pueblo que juraron defender.

 

Parcializarlas con una visión e ideología política determinada las convierte en instrumento de despotismo de los que ostentan el poder.

 

Ojalá la formidable victoria popular obtenida el pasado diciembre por la oposición venezolana logre detener la politización de las fuerzas armadas venezolanas.

 

De lo contrario seguirían tocando como los músicos del Titanic mientras todo se hunde a su alrededor.

 

Se lo podemos afirmar los oficiales cubanos de todos los rangos que vivimos ese desastre en carne propia.