Cubanálisis El Think-Tank

           General Rafael del Pino, Estados Unidos

 

                                                       

Los doce apóstoles

 

El pasado sábado 4 de febrero, al tiempo que la comunidad internacional y sus principales líderes condenaban las atrocidades que comete la dictadura de Bashar al-Assad, China y Rusia vetaban el proyecto de resolución presentado en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas que condenaba esas masacres.

 

Es lógico. Rusia y China tienen razones muy poderosas para mantener su amistad y apoyo al régimen sirio. No se trata de que ambos gobiernos sean aficionados a los abusos y las masacres, ni siquiera una simpatía política o religiosa, es simple y llanamente “business as usual” en el más descarnado capitalismo salvaje.

 

Rusia es el mayor proveedor de armamentos al régimen sirio. El valor total de los contratos de Siria con la industria de defensa rusa sobrepasa ya los 4,000 millones de dólares. Las ventas de armas anuales en el 2009 y 2011 fueron de $162 millones en cada uno de esos años, además de la firma con Siria de un contrato por $550 millones para suministrar aviones de entrenamiento de combate.

 

Además de estos jugosos contratos, los rusos tienen una base naval arrendada en el puerto sirio de Tartus, que les proporciona el único acceso directo de su marina de guerra al mar Mediterráneo.

 

China, por su parte, ocupa ya el tercer lugar de los mayores importadores de Siria. Y según un estudio de la Jamestown Foundation, un instituto de investigación y análisis radicado en Washington, los chinos consideran a Siria como uno de los más importantes nudos comerciales del medio oriente.

 

China y Rusia ya habían vetado otra resolución del Consejo de Seguridad en octubre pasado, que hubiera llamado a un inmediato cese de la represión, que en aquel momento alcanzaban el estimado de 6,000 muertos desde que comenzaron las protestas callejeras.

 

Con el fracaso del Consejo de Seguridad, dicha resolución ha quedado prácticamente en el limbo. Pero los muertos siguen lloviendo: se calcula que ya pasan de 7,300, y los cañonazos de los tanques hacia las barriadas de diferentes ciudades sirias no se detienen.

 

En la otra cara de la ecuación está el Ejército sirio, que ha sufrido insubordinaciones y deserciones, así como una moral bajísima entre los reclutas sunís del servicio militar obligatorio. Sin embargo, las unidades élite, como la Cuarta Brigada y la Guardia Republicana, permanecen cohesionadas y se mantienen reprimiendo a la población civil.

 

La última reunión de la Asamblea General de Naciones Unidas votó 137 a 12 aprobando una resolución exigiendo el inmediato cese de la represión violenta desatada por el presidente sirio Bashar Al Assad.

 

Los 12 que votaron en contra fueron, por supuesto, aquellos países que por intereses económicos y estratégicos, como China y Rusia, les conviene la supervivencia del sanguinario régimen, y los otros 10 restantes (Irán, Venezuela, Cuba, Corea del Norte, Nicaragua, Bolivia, Ecuador, Zimbabwe, Bielorrusia) porque un triunfo popular en Siria los pone contra la pared ante el efecto dominó, y prefieren poner sus barbas en remojo antes de condenar las masacres a infelices ciudadanos.

 

O sea, que el nuevo escenario mundial se ha dividido en dos grandes bloques, dando lugar a un nuevo concepto de enfrentamiento. Ya no es guerra fría con creación y almacenamiento de descomunales reservas de armas nucleares y tecnologías dirigidas a acabar con la quinta y con los mangos, ni tampoco la guerra caliente que nos transporte a la edad de piedra.

 

Ahora se trata de una guerra tibia, donde solo sufren los que son triturados por los regímenes más despóticos y sanguinarios del planeta, que se han unido estrechamente para sobrevivir la ola de indignación y rebeldía que ahora recorre el mundo árabe, pero que evidentemente hará metástasis en otras regiones.

 

Ante esta situación muy diferente a los escenarios anteriores, el mundo civilizado y el mundo barbárico de los “12 apóstoles del Apocalipsis” que votaron en la ONU se han polarizado en un nuevo tipo de enfrentamiento.

 

China y Rusia se mantendrán en el forcejeo con las democracias occidentales, pero la sangre no llegará al río. Hay muchos intereses de por medio. Sin embargo, para los otros 10 apóstoles del grupo, la cosa se les torna cada vez más compleja y peligrosa.

 

Como ya no existe ideología en este mundo (y me refiero a aquella que ofrecía la tierra prometida y el paraíso terrenal a los proletarios del mundo), todo se ha circunscrito a intereses simples: los de dos grandes naciones desarrolladas forcejeando por sus conveniencias económicas, y los de un grupo heterogéneo de países dirigidos por castas disímiles, que van desde religiosos como Irán, hasta castas que todavía gobiernan sobre los escombros de lo que fueron países como Cuba y Corea del Norte, y los populistas que conducen sus naciones al abismo como Venezuela. 

 

Los otros, Nicaragua, Bolivia y Ecuador, no pueden sobrevivir si dejan de ser parásitos de los petrodólares de Chávez; por lo tanto, lo seguirán a ciegas. A Bielorrusia le sucede otro tanto con Moscú. Y Zimbabwe votará siempre aliado con las peores dictaduras.

 

Los países de la OTAN, y en especial los Estados Unidos, poseen la tecnología y el armamento que les posibilita ejecutar cualquier tipo de operación militar sin arriesgar un solo hombre. Quedó demostrado en Libia, donde la aviación de combate norteamericana allanó el camino, eliminando toda la defensa antiaérea del régimen de Gadafi, para que posteriormente la aviación de la OTAN hiciera polvo a las unidades blindadas con que Gadafi se proponía masacrar ciudades enteras liberadas por los rebeldes.

 

Al parecer, la explicación a la moderación de Estados Unidos y la OTAN en no intervenir militarmente en el conflicto es meramente geopolítica. Siria no representa para ellos lo que representaba Libia.

 

Ahora bien, detrás de la obstinada oposición de China y Rusia en condenar a Siria hay algo más importante incluso que los intereses económicos que ambas naciones tienen con ese país. Y se trata de los impresionantes progresos que Estados Unidos ha alcanzado en el desarrollo de las nuevas tecnologías de la guerra robótica, en la que ellos se han quedado muy rezagados.

 

China y Rusia tienen que evitar por todos los medios que Estados Unidos emplee esa superioridad tecnológica para imponer sus designios globalmente. Por lo menos, hasta que ellos logren reducir la gran ventaja que le llevan.

 

Recordemos la experiencia de Libia, en que hubo momentos donde Gadafi no podía moverse hacia ninguna parte: el episodio durante la noche en que visitaba a uno de sus hijos, y un “Predator” dirigido desde un puesto de mando en Nevada le colocaba un misil en la sala de la casa a los pocos minutos de haber arribado. Así como el aniquilamiento de los líderes de Al Qaeda que han sido pulverizados conduciendo de noche sus vehículos por los desiertos de Yemen.

 

Es muy significativo que los diez apóstoles que apoyan vehementemente a los dos grandes que encabezan la comparsa son regímenes esencialmente represivos y autoritarios. Lo que trasluce la gran preocupación que les embarga al contemplar la posibilidad de sufrir un castigo ejemplar por sus acciones, en caso de que pretendan reprimir como en Siria cualquier protesta masiva.

 

Todo dependerá del valor relativo que tenga cada uno de ellos en los intereses geopolíticos de Estados Unidos. Algunos como Zimbabwe, Nicaragua o Bolivia no tendrían mucho de que preocuparse, pues representan para Norteamérica lo mismo que Somalia, Sudan, Myanmar o Camboya. No así otros, que por sus recursos naturales o cercanía geográfica puedan afectar seriamente los intereses de Estados Unidos, e incluso su seguridad nacional.

 

Por el momento, difícilmente Estados Unidos se involucrará directamente en la crisis Siria. Está dejando atrás la pesadilla de Irak y Afganistán para buscarse ahora mismo otro dolor de cabeza.

 

Además, en años electorales los halcones desaparecen de Washington .