Cubanálisis El Think-Tank

                                   General Rafael del Pino

 

                                                       

LIBRO "LOS AÑOS DE LA GUERRA"

 

PREFACIO

 

“Es criminal quien sonríe al crimen; quien lo ve y no lo ataca; quien se sienta a la mesa de quienes se codean con él o le sacan el sombrero interesado; quienes reciben de él el permiso de vivir”.

                                                                                                    José Martí

 

Quince años duraron nuestras guerras africanas. Tres años más que nuestras dos guerras de independencia juntas contra la metrópoli española.

 

Este libro contiene las tres etapas fundamentales en que se desarrollaron los episodios.

 

La inicial, el PERÍODO QUIJOTESCO (Mediados de 1975 hasta la retirada de las tropas sudafricanas del territorio angolano a finales de marzo de 1976)

 

Periodo caracterizado por heroísmos y sacrificios idealistas y desinteresados. Acciones audaces, temerarias, valientes. Superación de momentos extremadamente difíciles con aplomo y determinación. Periodo comprendido desde la llegada de los primeros contingentes de instructores que fueron acosados más tarde por tropas enemigas considerablemente superiores en número y armamento, hasta la llegada de los refuerzos que pararon las ofensivas enemigas y los obligaron a retirarse fuera de las fronteras de Angola.

 

La posterior etapa- PERÍODO DE COMPLACENCIA E INGERENCIA (Desde abril de 1976 hasta el segundo gran fracaso de la ofensiva de las FAPLA en dirección a Mavinga, organizada y dirigida por los asesores soviéticos.

 

Este largo periodo de más de una década se caracterizó por el asentamiento de las unidades regulares cubanas en territorio angolano y dedicación a las tareas habituales de preparación combativa y vida de guarniciones, como si estuvieran en Cuba. El enemigo estaba al lado de allá de la frontera con Namibia, no había nada que temer.

 

Contribuyó grandemente a este periodo de complacencia la euforia que todavía embargaba a los dirigentes cubanos encabezados por Fidel Castro lanzando la segunda gran campaña militar, al intervenir en el conflicto étnico del noreste de África entre Etiopia, Somalia y Eritrea, derrotando al ejército somalí en el desierto del Ogaden. En esa campaña Fidel Castro nos lanzó a una guerra en apoyo al dictador Mengisto Haile Marian, que había tomado el poder mediante una sangrienta lucha intestina entre los militares que depusieron al emperador Haile Selasie. El coronel Mengisto Haile Marian, por el cual la dirigencia cubana envió al matadero a centenares de cubanos, terminó huyendo del país cargado de oro, con un saldo de medio millón de personas asesinadas, considerado el genocidio más terrible que recoge la historia de África.

 

La euforia de estas dos victorias africanas casi consecutivas llevó a Fidel Castro y sus colaboradores a pensar que eran invencibles en África.

Comenzó la práctica de enviar hacia Angola a oficiales subalternos y primeros oficiales con problemas en el mando de tropas en Cuba.

 

Se inicia la práctica por la máxima dirección del gobierno de utilizar las “Misiones internacionalistas” para limpiar las imágenes de dirigentes que pusieron en crisis los organismos y ministerios que dirigían ineficientemente, o para ubicar a jefes militares que habían perdido la confianza de la dirigencia de la Revolución. Angola pasó a ser el “Purgatorio” de los caídos en desgracia.

 

Surge también la práctica de enviar hacia Angola a pilotos recién egresados de las escuelas de aviación con una incipiente preparación y, salvo algunas excepciones, a jefes de unidades aéreas de bajo rendimiento.

 

Se inicia la creación y formación de un cuerpo de Tropas Contrainsurgentes denominado “Los Olivos”, para el asesoramiento y apoyo a la lucha contra las facciones enemigas de la UNITA. Este cuerpo se nutrió, salvo raras excepciones también, por altos oficiales que estuvieron años alejados de la vida militar al ocupar cargos de dirección en ministerios civiles donde tuvieron pésimos resultados.

 

Paradójicamente, la aviación de “Los Olivos”, que era independiente de las unidades cubanas regulares de aviación basificadas en la base aérea de Lubango en el sur del país, fue conformada con pilotos que habían sido bajados de vuelo durante sus servicios pasados, al ser considerados no confiables a la Revolución. En algunos casos por haber contraído matrimonio con mujeres que no eran incondicionales al sistema político imperante o en otros casos simplemente por mantener relaciones amistosas con ciudadanos considerados de dudosa fidelidad. Citando solo dos ejemplos de estos oficiales que sufrieron del ostracismo dentro de Cuba y se portaron heroicamente arriesgando sus vidas fuera de la patria resaltaron los capitanes Julio Chiong Almaguer y Edilberto Lee Kin, ambos descendientes de emigrantes chinos.

 

La base principal de esta aviación de “Los Olivos” se ubicó en Huambo, desde donde era más cómodo para rebasificarse hacia otros aeródromos lejanos como Luena y Menongue cuando tuvieran que actuar contra las fuerzas de la UNITA.

 

Esta etapa se caracterizó también por misiones de combate mal planeadas, como la pérdida de una escuadrilla de MiG-23 completamente nuevos en una simple misión; la perdida de numerosos helicópteros tratando de cumplir misiones imposibles, e inventos de bombas incendiarias caseras y todo tipo de caprichos disparatados de jefes ineptos e irresponsables. Etapa en que paralelamente la fuerza aérea angolana y sus primeros pilotos, ajenos a la cruenta guerra civil que destrozaba el país, realizaban sus vuelos de entrenamiento alejados de los combates, como si estuviesen en tiempos de paz.

 

En este periodo fue notable la injerencia directa de Cuba en las luchas intestinas por el poder dentro del MPLA. Tanques y tropas cubanas hacen fracasar el intento de golpe de Estado de Nito Alves y una fracción del MPLA y las FAPLA.

En esta etapa se destapó un creciente antagonismo con los asesores soviéticos que habían asumido la total preparación de las FAPLA y que imponían sus conceptos erróneos y desfasados en una lucha que distaba mucho de los conceptos estratégicos de la guerra en teatros de operaciones europeos. Además de que dichos asesores soviéticos no solo se dedicaban al asesoramiento en la asimilación de las técnicas militares y su empleo combativo, sino que llegaron a imponer su voluntad en el empleo operativo estratégico de las FAPLA, ocasionando derrotas y resultados devastadores al costo de miles de muertos y las pérdidas de incalculable técnica militar.

 

Sin embargo en esta interminable etapa fue precisamente el arrojo, la creatividad y la valentía de muchos combatientes de filas y oficiales subalternos los que evitaron males mayores ante continuos reveses surgidos casi constantemente por la baja calidad de mando y dirección de los jefes máximos encargados de la conducción de la guerra, principalmente Fidel y Raúl Castro, que a más de diez mil kilómetros de la línea del frente pretendieron controlar todos los aspectos del conflicto armado. Incluyendo hasta la cantidad de caramelos que debía recibir cada soldado, como el propio Fidel Castro confesó en su intervención del Consejo de Estado el 13 de julio de 1989 para ratificar la pena de muerte al General de División, Héroe de la Republica de Cuba, Arnaldo Ochoa Sánchez. 

 

La tercera y última etapa la he clasificado como la ETAPA FINAL DEL SHOCK CON LA REALIDAD.

 

Después de los fracasos de las ofensivas de las FAPLA organizadas y dirigidas por los soviéticos, el gobierno cubano se da cuenta que está contra la pared. Por una parte no solo peligran la estabilidad del gobierno angolano sino que ya Fidel Castro se había percatado de la negativa del gobierno soviético encabezado por Mijaíl Gorbachov de continuar embarcado en un guerra que solo le daba pérdidas no solo materiales y humanas (perdieron unos cuantos oficiales soviéticos) sino de prestigio e influencia a escala mundial. Ya se habían negado a suministrarle a Cuba el regimiento de 36 aviones MiG-29, entregando solo seis, y además habían cortado los suministros de armamento e incluso de tanques de combustible auxiliares para los MiG-23 que pudieran darles más radio de acción en eventuales golpes contra objetivos surafricanos en territorio de Namibia en caso de escalarse el conflicto.

 

Fidel Castro hizo una correcta apreciación del inminente peligro que corría donde podía quedar empantanado con decenas de miles de hombres a expensas de que se le repitiera una batalla como la que perdieron los franceses en Dien Bien Phu. Debacle que significaría su final no solo en Angola sino en la propia Cuba.

 

No es mi intención condenar de manera general el uso de la violencia como hacen la mayoría de los pacifistas. En cada época, la guerra constituye una clase bien determinada de violencia, por lo que antes de emitir un juicio es imprescindible estudiar todos los aspectos que conducen e influyen en el conflicto.

 

Uno de los principales fallos de la mayoría de los estudios sobre la guerra, reside en considerar esos conflictos como un episodio de la política exterior, mientras que representa íntegramente un hecho de política interior, el más atroz de todos.

 

No se trata tampoco de consideraciones sentimentales o de un supersticioso respeto hacia la vida humana; se trata de una consideración muy sencilla, a saber, que la masacre es la forma más radical de la opresión; y los soldados no es que se expongan a la muerte, es que se les envía al matadero.

 

Las guerras que libramos en el África y que comenzaron en gran escala por Angola no tuvieron el objetivo de liberar a nadie. Se comenzó ofreciendo primero entrenamiento con instructores militares a una facción de los tres movimientos de liberación que se disputaban el poder en la antigua colonia portuguesa, y al escalarse el conflicto con la intervención de tropas regulares de Zaire y de África del Sur en apoyo al FNLA (Frente Nacional de Liberación de Angola) y la UNITA (Unión Nacional para la Independencia Total de Angola) trajo como consecuencia una escalada en la asistencia militar que el gobierno cubano decidió ofrecer al MPLA (Movimiento Para la Liberación de Angola)

 

Por supuesto que cuando se habla de la guerra y de batallas lo primero que viene a la mente es Stalingrado, Leningrado, Omaha Beach, Guadalcanal, Dien bien Phu y muchas otras que ya casi no hay biblioteca que pueda almacenar tantos volúmenes. Pero lo importante de las batallas, por lo menos para mí, no es la cantidad de combatientes involucrados ni la duración del episodio, ni la cantidad de muertos o heridos. Ni siquiera quién salió victorioso, ni qué idea estratégica o táctica se impuso. Desde que los hombres aprendieron a matarse unos a otros, el ego, las pasiones, los intereses y el chovinismo han sido factores determinantes para escribir la historia en ambos bandos. Por eso prefiero escuchar y leer las historias del núcleo principal de esos eventos en los momentos en que está en juego la apreciada existencia. Conocer cómo actúan, como sienten y como se manifiestan los seres humanos en los momentos cruciales de la vida. 

 

Para mí son más importantes las vivencias del Sargento Pavlov en un sótano de Stalingrado en la novela Días y Noches de Konstantín Simónov, que las memorias del Mariscal Shukov en el Arco de Kursk. Prefiero conocer del adolescente alemán de 15 años que se enfrenta a los tanques T-34 soviéticos en las calles de Berlín, que las memorias de Rommel en el desierto del norte africano.

 

Los análisis de diferentes acontecimientos trascendentales, especialmente los relacionados con la guerra, ese conflicto que Karl von Clausewitz aseguraba que era la continuación de la lucha política por otros medios, estarán siempre influenciados por la ideología y los intereses de quienes lo realicen. De aquí que para los dirigentes del régimen imperante en Cuba las guerras africanas fueron guerras justas y necesarias, y para los más afectados, el pueblo cubano, fueron otra de las múltiples locuras de Fidel Castro en su egolatría napoleónica, que junto a la ineficiencia del sistema colectivista implantado destruyeron el país social y económicamente.  

 

A los que les interese saber cómo se sintieron, cómo vivieron y las vicisitudes y sufrimientos que pasaron muchos combatientes cubanos en África, los invito a recorrer con ellos en sus propios testimonios y experiencias los acontecimientos que nos dejaron marcados para siempre.

    

Por eso este libro está dedicado fundamentalmente a esos miles de héroes conocidos y anónimos que lo dieron todo sin esperar nada. Y muchos hasta su propia vida.

 

Mis críticas y rechazo jamás serán hacia estos hombres. Sino hacia aquellos que nos llevaron al matadero sin necesidad alguna. A los culpables de que las madres, esposas e hijos de los que nunca regresaron, jamás puedan volver a ver a sus seres amados. A los responsables de los cientos de mutilados, de los desamparados que hoy se consumen en un país arruinado por los disparates. A los responsables que han dejado a las nuevas generaciones un país destruido por aventuras y guerras innecesarias. A esos responsables que arruinaron a nuestro país en 14 años de guerra por apoyar a una camarilla corrupta en Angola. Camarilla que al final renunció al socialismo, al marxismo leninismo, y que como colofón empleó a las fuerzas del 32 Batallón Búfalo, después de ser desbandado en Namibia, para que supliera la carne de cañón de los cubanos después de su partida.

 

Y lo que es más terrible e imperdonable, apoyar a la camarilla del Teniente Coronel Mengisto Haile Marian en Etiopia, el genocida más grande en toda la historia del África. Episodio en que no pudieron esgrimir ningún pretexto de la defensa contra el apartheid, pues se trataba de un conflicto étnico que ha existido y aun existe en la región por cientos de años.

 

Apoyo que reafirmó al mantener en el país africano durante doce años una Brigada moto mecanizada con 3,000 efectivos como símbolo de la entrega de la soberanía cubana a Moscú, al permitirles a los soviéticos una unidad similar en efectivos y armamentos en las proximidades de Santiago de las Vegas, a menos de quince kilómetros de La Habana, la capital del país.

   

Este es el testimonio de lo que viví, de mis observaciones y apreciación personal. Tengo la moral para hacerlo. Especialmente por haberme despojado yo mismo de mis medallas y condecoraciones, como hicieron centenares de combatientes norteamericanos que fueron arrastrados al matadero de Vietnam, y por haber renunciado voluntariamente a ser uno más de los generales de Fidel Castro, dejando en el latón de basura, el día que partí de mi casa en Cuba, todos los privilegios, concesiones y prerrogativas que dicho grado militar me concedía.

 

Lo que narro en este testimonio es absolutamente verídico. Fue posible gracias a decenas de entrevistas a diferentes combatientes, algunas de ellas muy dramáticas y conmovedoras, como los relatos del enfermero René González Sarmiento durante la batalla de Cangamba, que después de haber quedado ciego por las heridas sufridas continuó curando a muchos compañeros que se les iba la vida; a los testimonios de muchos destacados oficiales que participaron durante varias misiones internacionalistas en las diferentes aventuras africanas. A los testimonios de pilotos y jefes de la Fuerza Aérea de África del Sur y a tanquistas de las unidades sudafricanas que no pudieron romper las defensas de los cubanos en las proximidades de Cuito Cuanavale, y que vivieron de cerca los horrores de una guerra donde simplemente se enfrentaban dos tendencias Supremacistas de la extinta Guerra Fría.

  

Podré haber interpretado cualquier episodio de forma distinta a como otros lo vieron, pero fue lo que vi, escuché e investigué.

 

Saquen ustedes sus propias conclusiones.

 

Rafael del Pino, Abril de 2014