Cubanálisis El Think-Tank

                                   General Rafael del Pino, Estados Unidos

 

                                                       

Camino del Mausoleo con sus mitos y realidades

 

Han transcurrido casi tres décadas desde que terminaron las locuras del “internacionalismo proletario” en que nos metió Fidel Castro y su hermano alrededor del mundo. Las consecuencias de aquellos espasmos napoleónicos y toda su alienación son harto conocidas. Los enormes sufrimientos ocasionados a las familias cubanas con las separaciones de los seres queridos, la pérdida o mutilación de miles de sus hijos y las devastadoras consecuencias económicas que le ocasionaron a la nación con políticas tan nefastas permanecen aun impunes.

 

Las nuevas generaciones de cubanos prácticamente desconocen la envergadura del huracán que nos azotó durante más de catorce años de aventuras en varios países africanos y otros intrincados parajes alrededor del globo. Más de medio siglo de total control de la información se ha encargado de cubrir con mantos “gloriosos” las campañas “libertarias” en África, Latinoamérica y el Caribe de “Alejandro”, nombre de guerra que el propio Fidel Castro en su enajenada egolatría escogió rememorando al célebre guerrero macedónico.

 

Se ha filtrado que el “Alejandro” caribeño prepara su mausoleo en el Pico Turquino, el punto geográfico más alto de la isla. Los restos del “insigne” guerrero tienen que descansar donde ningún otro cubano pueda llegar jamás. Si la historia lo ha “absuelto”, como él predijo en aquel alegato donde comenzó el delirio, qué mayor recompensa que una cima faraónica.

     

Sin embargo, hay algo que no lo deja dormir tranquilo en la preparación de su despedida. Desde hace unos años se ha hecho evidente el desmedido interés de Fidel Castro y la máxima dirección del gobierno cubano por emplear el total monopolio de la información para tergiversar con publicaciones y documentales fílmicos las principales derrotas sufridas en esas aventuras. No creo necesario detallarlas en este trabajo. En mi libro “Los años de la guerra” están registrados los principales episodios con lujo de detalles y documentos oficiales que demuestran la realidad escondida detrás del manto “glorioso”.

 

Las intervenciones armadas en Republica Dominicana, Venezuela, Argentina, Nicaragua, el Congo, Bolivia, terminaron todas en un baño de sangre innecesario y un rotundo fracaso. En las campañas de Angola y Etiopía, en las que el régimen declara importantes victorias militares, sacrificamos miles de cubanos y sufrimos daños económicos irreparables para perder políticamente.

 

Si nos acogemos a los conceptos de los grandes teóricos militares como Clausewitz, que definieron la guerra como la continuación de la lucha política por otros medios, entonces el haber apuntalado en el poder en Etiopía al genocida más grande registrado en el continente africano, o haber traicionado a un aliado como Siad Barre en el cuerno africano y contribuido a que Somalia se convirtiera en un estado fallido, debemos aceptar que perdimos políticamente. Sin dejar de mencionar también que el héroe principal de esa campaña, el General de División Arnaldo Ochoa Sánchez, fue ejecutado por Fidel Castro para dar un ejemplo de despotismo sin límites e intimidar a la oficialidad de las Fuerzas Armadas que comenzaba a dar señales de descontento e inquietudes. Esta es la principal razón por la que de la intervención militar en la guerra de Etiopia el régimen prefiere callar y dejarlo todo al olvido.

 

Con la otra aventura, la de Angola, que duró más de 14 años, sucede el mismo fenómeno. Los sacrificios en vidas humanas y destrucción económica que sufrimos en ese largo conflicto para salvar a una camarilla elitista que anunció ante el mundo y cumplió al pie de la letra su renuncia al socialismo, son la derrota y la traición más humillante que el “Alejandro” del Caribe haya podido tener. Se combatió y se murió en la lejana Angola para salvar a los emergentes capitalistas angolanos, entre ellos la hija del actual mandatario José Eduardo Dos Santos, Isabel Dos Santos, considerada por la revista financiera Forbes como la mujer más rica de África, y en noviembre del 2015 elegida por la BBC como una de las 100 mujeres más influyentes del mundo.

 

No le puede resultar fácil a “Alejandro” dormir tranquilo en su preparación de la pirámide del Turquino. De solo pensar que terminados los últimos rituales y ceremonias la Caja de Pandora se abrirá irremisiblemente, le quita el sueño no solo a él sino a algunos otros en proceso de extinción. De ahí el marcado interés de hacerlo todo “sin prisa pero sin pausa”.

 

El último taparrabos que el régimen castrista ha tratado de mantener a toda costa para poder esconder el engaño de las “heroicas campañas” es el mito de que gracias a la intervención cubana en Angola desapareció el régimen del apartheid en África del Sur.

 

Halemos de una vez por todas los lacitos que atan y mantienen ese taparrabos, para conocer la verdad de lo sucedido con el Apartheid en África del Sur.

 

DESMERENGAMIENTO ECONÓMICO DEL APARTHEID

 

Aunque el Partido Nacional de gobierno afirmaba que estaba comprometido con el capitalismo, el apartheid llevaba consigo una masiva interferencia en el mercado: en realidad había muy poco “libre mercado” bajo el apartheid. Las prohibiciones por el color de la piel socavaban  los mercados libres.

 

A principios de los años 70 los problemas de la industria privada comenzaron a agravarse. El crecimiento económico exigía cada vez más personal educado y técnicamente calificado. En este punto, la población blanca ya había agotado sus capacidades para proveer ese personal; el apartheid inhibía a la población no blanca de llenar ese vacío. El sistema educacional no-blanco carecía totalmente de fondos. La Educación Bantú era especialmente notable por su ineficiencia. Más aun, los sindicatos blancos controlaban el acceso a las posiciones de los empleos técnicos permitiendo solo aprendices blancos. El resultado era una enorme carencia de trabajadores calificados. En 1971 un estudio revelo que África del Sur tenía un déficit de cerca de 6,000 mecánicos automotores. Las proyecciones de los investigadores arrojaban unas necesidades futuras mucho más alarmantes.

 

No obstante, las demandas por economistas y hombres de negocio (incluyendo afrikaners) comenzaron a ser muy insistentes en eliminar estas barreras. Las grandes compañías, incluyendo multinacionales, comenzaron a aportar largas sumas de dinero para construir escuelas para la población negra en las áreas urbanas. No era caridad, era simplemente el resultado de sus propios intereses, que comenzaban a ser afectados por el apartheid.

 

Producto de estos y otros problemas, el estado de la economía continuó deteriorándose en medio de una elevada inflación y estancamiento. La mayoría de los países industrializados experimentaron estos problemas a finales de los años 70 y principios de los 80 al dispararse los precios del petróleo, pero ya la economía surafricana iba en picada al producirse la crisis petrolera; esta solo vino a empeorar la situación. Cuando el rand, moneda nacional sudafricana, fue creado a finales de los años 60, valía $1.80 dólares; a finales de los años 70 ya estaba por debajo del dólar. El fracaso simbolizado en la caída del valor de la moneda ya había comenzado a afectar los salarios y las economías de los blancos

 

Los granjeros afrikánder habían sido un importante medio de apoyo político al Partido Nacional, y la conexión con la tierra siempre había sido una fijación de los afrikánder nacionalistas. Como resultado, el Partido había favorecido a los granjeros con diferentes formas de proteccionismo, y este proteccionismo a su vez había contribuido notablemente a aumentar los precios y la inflación.

 

PRIMERAS FISURAS

 

Las Huelgas de África Sur Occidental (Namibia)

 

Las huelgas surgieron por la oposición de los ovambos al sistema de control laboral del gobierno. Los obreros que se inscribían para trabajar en Windhoek o en las minas no podían decidir que trabajo iban a coger. Ellos simplemente eran asignados por los burócratas de una oficina empleadora. Un sistema muy similar empleado actualmente por el gobierno cubano. En Cuba los trabajadores que quieren emplearse en la industria turística del área dólar o en cualquier empresa extranjera establecida en el país, son asignados por los burócratas de una oficina empleadora del gobierno para, igual que el Partido Nacional Surafricano, tener el completo control sobre las personas.

 

El gobierno de África del Sur respondió a las huelgas de la forma usual, disparando contra los huelguistas y enviando de regreso a sus reservas a más de 4,000. No se hizo esperar que las grandes compañías, especialmente las mineras, comenzaran a presionar al gobierno por las pérdidas que le estaba ocasionando la falta de empleados. Finalmente, el gobierno tuvo que negociar y hacer concesiones. No fueron grandes, pero fue la primera vez en 20 años que se sentó a negociar y hacer concesiones.

 

Después de los mineros se produjo la huelga de los empleados municipales de Durban. Igual que hizo con los mineros, el gobierno reaccionó violentamente y los cesanteó a todos. Durban es una localidad situada en un área calurosa y húmeda como la Florida. En cuanto la basura comenzó a acumularse y la peste empezó a afectar a toda la ciudadanía el gobierno cedió otra vez a las demandas de los trabajadores. Los africanos obtuvieron una experiencia importantísima: en lugar de dejar que sus líderes o voceros se enfrentaran a las autoridades pudiendo ser arrestados, aprendieron a actuar unidos.

 

Las huelgas alcanzaron a la industria privada. La primera afectada fue la industria de la construcción. Las huelgas, al igual que en Cuba, eran ilegales. Pero arrestar y procesar a los huelguistas no dio resultado. Los edificios no podían ser construidos si los trabajadores estaban tras las rejas. Tampoco podían ser remplazados rápidamente los operadores de equipos. Entrenar nuevos significaba meses de paro. El punto clave es que los trabajadores estaban empezando a tener éxito obteniendo sus demandas laborales, no muchas, pero era evidente que el régimen no podía imponer libremente su voluntad. A principios de los ochenta el gobierno se vio obligado a cambiar las leyes y permitir a la mayoría no-blanca (afrikáans) formar sus propios sindicatos. No les quedaba otra alternativa que aceptar la realidad.

 

Los sindicatos blancos también comenzaron a darse cuenta de los vientos de cambio. Con la escasez de mano de obra calificada en muchos oficios, estaba claro que más temprano que tarde, a los no-blancos tendría que permitírsele entrar a esos oficios (de todas formas en realidad ya el trabajo verdadero en la mayoría de los oficios era realizado por no-blancos, mayormente supervisados por estos.) Los líderes sindicales comenzaron a argumentar que era mejor permitir la entrada de los no-blancos en los sindicatos a que ellos formaran sus propios gremios, De esa forma por lo menos mantenían algo del control. 

 

La dominación blanca no era amenazada inmediatamente por estos cambios; sin embargo había un hecho cierto: el gobierno comenzaba a perder su habilidad de controlar el futuro y cómo este estaba evolucionando.

 

LA UNIDAD DE LOS AFRIKANDERS SE FRACTURA

 

Aunque siempre hubo pocos afrikánder disidentes (un par de comunistas por una parte, un Beyers Naude por la otra, algunos escritores y artistas, etc.) los afrikánder habían estado unidos de una forma destacada. Sin embargo, con el estancamiento económico los afrikánder urbanos comenzaron a ser más afectados por los subsidios y el proteccionismo dado a los afrikánder de la agricultura. Esta situación condujo a un conflicto de intereses entre los dos pilares del Partido Nacional.

 

Otras divisiones comenzaron a ocurrir. El resultado de los programas favoreciendo los negocios propiedad de los afrikánder hizo que muchos otros se incorporaran abriendo nuevas empresas. Estos hombres de negocio encontraron las mismas ineficiencias y obstáculos al desarrollo creados por el apartheid, y con la mentalidad pragmática de negociantes norteamericanos e ingleses comenzaron a pedir cambios. Es más, los afrikánder envueltos en negocios comenzaron a pedir con urgencia la modificación y hasta el desmantelamiento del apartheid.

 

Ya a finales de los años 70, la creciente división comenzó a manifestarse dentro del partido nacional. Las dos tendencias dieron en llamarse los “Verligtes” (Iluminados) y los “Verkramptes” (Trancados). Los verkramptes querían mantener el apartheid tanto como fuera posible. Para muchas de estas personas el apartheid nunca había sido sobre desarrollo separado, había sido una cuestión de dominación y baasskap. [1] No obstante, el hecho de que el apartheid había sido siempre un sueño de probeta no importaba; la dominación seguía siendo el objetivo a mantener. Eventualmente, algunos de los líderes verkramptes, dirigidos por el Dr. Treurnicht, el hombre responsable de la política del idioma para los afrikáans, y que encendió los disturbios de SOWETO en 1976, rompió con el Partido Nacional y creó el Partido Conservador. Su apoyo se concentro fundamentalmente desde las áreas rurales.

 

INTERVENCIONES EN EL EXTRANJERO

 

A los crecientes problemas económicos se unía la política de crear y mantener una  barrera a lo largo de sus fronteras contra posibles ataques del África independiente. Además de resistir la insurgencia en África Sur Occidental (Namibia) por muchos años, apoyaban al régimen de Ian Smith en Rodesia del Sur (Zimbabwe), y al finalizar la dominación portuguesa en Mozambique y Angola, África del Sur comenzó a ayudar a los grupos guerrilleros que en ambos países se oponían a los marxistas que habían obtenido el poder.

 

Esos envolvimientos significaban un drenaje económico sustancial, especialmente en una economía que ya estaba confrontando serios problemas.

 

Ya en los años 80 los jóvenes afrikánder comenzaron a resistirse al servicio militar obligatorio, y sus padres a resistirse también a que los enviaran a combatir fuera de su país. Esta situación ya había provocado que las fuerzas armadas sudafricanas (SADF) desde finales de los años 70 permitieran la entrada de no-blancos en sus filas. Pero las contradicciones comenzaban a manifestarse: ¿cómo podía esperarse que esos militares combatieran y murieran por un país donde ellos eran ciudadanos de segunda categoría? Esta había sido una de las razones de porque habían sido excluidos, pero las necesidades los habían forzado a cambiar.

 

PRESIONES EXTRANJERAS

 

Las presiones extranjeras comenzaron a tener algún efecto. Fueron lanzadas campañas,  especialmente en Estados Unidos y Gran Bretaña, contra las compañías que hacían negocios con Sudáfrica. Algunas de ellas comenzaron a vender y salir del país. El desinvertir incrementó los efectos negativos sobre el rand y sobre la economía en general. No se puede afirmar que haya causado los crecientes problemas económicos, pero en verdad ayudo a empeorar la situación existente.

 

Para complicar más los problemas del régimen sudafricano, a las compañías transnacionales que continuaron haciendo negocios en Sudáfrica se les presionó fuertemente para que tuvieran que observar los códigos de conducta en sus operaciones de Sudáfrica, es decir, establecer igual pago para empleados no-blancos haciendo el mismo trabajo que los blancos, así como establecer el empleo y las promociones basados en sus habilidades y no en su raza. Arriba de esto comenzaron a boicotearse los productos sudafricanos en Norteamérica (frutas y vinos). Y para colofón, cuando Sudáfrica necesitaba préstamos externos, las demandas de cambio de política se hicieron muy difíciles de resistir, y las opciones se estaban agotando para el gobierno de Pretoria.

 

DESARMANDO EL MUÑECO

 

Era evidente que el régimen del apartheid estaba sentenciado por todos los intereses de la economía de mercado desde mediados de los 80. Pero, ¿cómo desmantelar este grotesco muñeco sin derramamientos de sangre, sin represalias de una parte o de otra, sin afectar los suministros de materiales estratégicos que podían repercutir muy negativamente en la economía y seguridad nacional de Estados Unidos? De acuerdo a un escrito realizado por W.W. Malan, Vicepresidente de la Cámara de Minas Surafricana, los Estados Unidos importaban anualmente más de un billón de dólares en cromo, manganeso y platino para su economía industrial y defensa nacional. Ya en 1978 la Junta de Asesores de Materiales Nacionales de Estados Unidos (NMAB) había concluido que los Estados Unidos eran estratégicamente más vulnerables a la interrupción del cromo que a un embargo de cualquier recurso natural incluyendo el petróleo.

 

Por otra parte, resultaba preocupante que producto de la obstinación del régimen de Pretoria y la continua violencia en el sur de África, se pudiera escalar aun más el enfrentamiento de la guerra fría, complicando el conflicto. A principios de 1987 el gobierno de Zimbabwe había entablado ya conversaciones con los soviéticos para una posible compra de aviones de combate MIG-29. Gran Bretaña se opuso enérgicamente, y la nueva dirección del gobierno soviético encabezada por Mijail Gorbachov, mostró la prudencia de congelar la negociación.

 

Para poder desmontar este muñeco se requería un esfuerzo multilateral de todas las latitudes. Una ofensiva en todos los frentes: diplomático, académico, económico, científico, y hasta religioso. Los Estados Unidos pusieron a prueba una variante contemporánea de la zanahoria y el garrote. La Sección 311 del Acta Integral Anti-Apartheid de 1986 (Comprehensive Anti-Apartheid Act of 1986) del Congreso de Estados Unidos sería el garrote, y la doctrina de Constructive Engagement enarbolada por el Ejecutivo seria la zanahoria.

 

Alrededor de estas dos direcciones estratégicas para el desmantelamiento del apartheid se crearon diferentes grupos de trabajo, desde “tanques pensantes” (think tanks) hasta centros de Investigación como el Investor Responsability Research Center en Washington, encargados de monitorear y sacar a la luz pública todas las compañías norteamericanas que indirectamente estaban explotando a los trabajadores sobre la base de sus razas. Los principios de Sullivan se tomaron como base para la ofensiva contra las transnacionales e inversionistas que se beneficiaran en países donde no se respetaban los derechos humanos, políticos y laborales.

 

Una brecha que era necesario eliminar y que indudablemente significaba un obstáculo para lograr los objetivos de desmantelar el muñeco racista eran los divergentes criterios de los liberales tradicionales que amenazaban a los empecinados blancos con el slogan de “Sufrirás el futuro”.

 

En este frente tuvo una importancia decisiva la “Free Market Foundation” del convincente profeta del libre mercado León Louw y el brillante conferencista Clem Sunter. A las más de cien presentaciones de Clem Sunter llegaron a asistir casi 30,000 personas, y sus audiencias incluían entusiastas desde el gabinete de ministros hasta activistas de los asentamientos urbanos creados para la raza negra durante el apartheid. Al igual que Sunter, León Louw resultó un convincente conferencista con sus horas de bombardeos de gráficos, ejemplos y exhortaciones.

 

Fueron tan convincentes estos ciclos de conferencias que el responsable del departamento de investigaciones del ANC (Congreso Nacional Africano, ANC por sus siglas en inglés) Pallo Jordan no podía entender la recepción que tuvo esta ideología de libre mercado dentro de los sudafricanos que se catalogaban de izquierda. “Lo más sorprendente, dijo, es que estas ideas asociadas con el Thacherismo-Reaganismo (Thacherite-Reaganite) encontraron recepción dentro del discurso radical y fueron consideradas como un pilar de la liberación” (Weekly Mail, julio 17, 1987, p.7.) Este apoyo se hizo más evidente cuando Winnie Mandela escribió un entusiasta prefacio dando su apoyo abierto al libro sobre privatización y desregulación escrito por Leon Louw y su esposa Kendall bajo el titulo: “La Solución”.

 

Las prédicas de Louw demostraban que un Estado racista excluyente de las grandes mayorías era tan ineficiente y dañino como un Estado socialista de economía planificada e improductiva. Los intereses, en un momento divergentes, de los sectores que clamaban el “Socialismo Étnico” y los que deseaban conservar un Estado súper burocratizado afrikánder, fueron comprendiendo con las prédicas de estos conferencistas que si “el gobierno fuera adecuadamente limitado, la vida se despolitizaría y se desactivaría la lucha por el poder”.

 

En Septiembre de 1985, durante el anuncio de las sanciones que Estados Unidos aplicaba al régimen de Pretoria, el Presidente Ronald Reagan dijo: “Sí, nosotros en América, por lo que somos y por lo que creemos, tenemos influencia para hacer el bien. Nosotros tenemos también un inmenso potencial de hacer las cosas peor. Antes de tomar pasos firmes, debemos pensar en la cuestión clave: ¿Estamos ayudando a cambiar el sistema? ¿O estamos castigando a la población negra que queremos ayudar? La política de Estados Unidos a través de varias administraciones ha sido usar nuestra influencia y nuestra presión contra el apartheid, no contra personas inocentes que son las víctimas del apartheid”. (“Washington Post, 10 Septiembre 1985. A2)

 

A finales de 1985 Pretoria se encontraba ya bajo una política insostenible. Meses después de las andanadas del Presidente Reagan, el Congreso norteamericano, en la Sección 113 del Acta Integral AntiApartheid, pone sobre la mesa las exigencias que los Estados Unidos requerían para la terminación de las acciones. Estas eran:

1- Liberación de todas las personas sancionadas por sus creencias políticas o detenidas arbitrariamente sin juicios, incluyendo en primer lugar a Nelson Mandela.

 

2- Terminar el estado de emergencia y liberar a todas las personas que hubieran sido detenidas bajo ese estado.

 

3- Permitir a todos los surafricanos de todas las razas el libre derecho a formar sus partidos políticos, expresar libremente sus opiniones, y participar en todos los procesos políticos.

 

4- Derogar la Ley de Áreas de Grupos y la Ley de Registro de Población y no establecer otra medida similar.

 

5- Consentir en entrar en negociaciones de buena fe con los verdaderos representantes de la mayoría negra, sin precondiciones.

 

El régimen de Pretoria reaccionó violentamente. El Presidente P. W. Botha declaró: “Nosotros no hemos cedido nunca a las demandas del exterior ni pensamos hacerlo. Los problemas de Sudáfrica serán resueltos por los sudafricanos y no por los extranjeros. A nosotros no nos van a detener de hacer lo que pensamos que es lo mejor para nuestro país ni nos van a forzar a hacer lo que no queremos hacer.”

 

Preguntado sobre los efectos que él estimaba traería la ley pasada por el Congreso de Estados Unidos contra el apartheid respondió: “Ustedes me están dando una elección. Si no hacemos lo que ustedes quieren, nosotros seremos más pobres, y si lo hacemos perderemos el control. Nosotros hemos vivido pobres y podemos vivir pobres otra vez, pero no podemos perder el control.”

 

No obstante la reacción violenta de los dirigentes del régimen de Pretoria, la situación económica seguía deteriorándose a un paso más rápido. El sector privado, anticipándose a un posible congelamiento de las cuentas bancarias en Estados Unidos, comenzó a sacar su dinero del país, primeramente hacia Suiza, donde ya se manejaba la mayoría de las transacciones de Sudáfrica en oro (Journal of Comerce, 28 of July 1986, 3A)

 

EL OBSTÁCULO DE LA EXPANSIÓN COMUNISTA

 

Aunque los Estados Unidos estaban decididos a terminar con el apartheid, había un obstáculo que le indicaba prudencia. La presencia de las tropas cubanas en Angola y Etiopía, la recepción de enormes cantidades de armamento con las últimas tecnologías de guerra, la presencia cada vez más creciente de miles de asesores soviéticos en la región, y las declaraciones cada vez más hostiles de los países de la llamada Línea del Frente (Angola, Mozambique, Zimbabwe) hizo caer a los norteamericanos en una encrucijada.

 

El apartheid era totalmente retrogrado e inaceptable tanto por su daño al desarrollo del libre mercado como por las afectaciones que se podrían crear en la economía y seguridad nacional de Estados Unidos con las interrupciones en el suministro de materiales estratégicos. Pero, por otro lado, si la región completa seguía desestabilizándose y los comunistas lograban imponerse en Sudáfrica, el problema seguiría indisoluble, y hasta pudiera ser peor el remedio que la enfermedad.

 

Los norteamericanos veían la doctrina y los métodos del expansionismo soviético comparándolos con las infecciones oportunistas que se desarrollan en un cuerpo como resultado de las defensas debilitadas por una enfermedad crónica sistemática.

 

En el caso del cono sur africano, la agresión del gobierno de Pretoria contra los Estados circundantes (desestabilización), aunque explicada en el idioma de la lucha contra el comunismo, era la enfermedad crónica sistemática. Los corazones y las mentes destruidas de millones de africanos afectados por estas prácticas de desestabilización significaban el cuerpo inmunológicamente debilitado, y por ende altamente susceptible a la infección oportunista del comunismo.

 

Por la correlación de fuerzas en el terreno los Estados Unidos sabían que las tropas cubanas no tenían posibilidades de derrotar militarmente al ejército de Sudáfrica, pero se estaba caminando por el filo de una navaja. Existía la posibilidad de que en algún momento en que los sudafricanos se sintieran realmente amenazados hicieran uso de su armamento nuclear, y ya en ese punto del conflicto sería muy difícil ponerle freno a la catástrofe que provocaría.

 

En las conversaciones de distensión que sostenían los soviéticos con Estados Unidos desde principios de 1987 comenzaron a dar claras muestras de que estaban comprometidos a un relajamiento de tensiones internacionales. El 8 de febrero de 1988 la URSS anunciaba su compromiso de retirar sus tropas de Afganistán y el inicio de una clara política de desvinculación de sus compromisos con sus aliados a lo largo del mundo. De forma gradual, pero sin interrupciones, la URSS fue comunicando a sus aliados desde mediados de 1987 el fin de su apoyo militar y económico. Fidel Castro y los sandinistas nicaragüenses en América Latina; los regímenes de Angola, Mozambique y el teniente coronel Mengistu en Etiopía; Vietnam en Asia... todos recibieron la noticia de que la URSS iba a interrumpir su ayuda financiera, diplomática y militar.

 

Esta era la tan esperada luz verde que necesitaba Estados Unidos para intensificar la búsqueda de la paz en el sur de África. Misión que cumplió con esmerada diligencia el Secretario de Asuntos Africanos de Estados Unidos Chéster Croker.

 

La suerte de los supremacistas de África del Sur quedó sellada el 28 de Enero de 1987 cuando el presidente del Congreso Nacional Africano (ANC) Oliver Tambo fue invitado a Washington por el presidente Ronald Reagan. Este fue el encuentro de más alto nivel que una organización antiapartheid haya tenido en Estados Unidos.

 

Tanto el ANC como el Departamento de Estado informaron que las reuniones se basaron en el pedido de Oliver Tambo de imponer sanciones más severas  al régimen surafricano y los Estados Unidos de expresar sus dudas sobre lo que George Shultz calificó como “La influencia soviética en el ANC”.

 

Tambo le aseguró a Shultz: “Yo no soy comunista”. Posteriormente Tambo declaró que él y Shultz habían “encontrado una amplia área de acuerdos sobre la naturaleza del sistema de apartheid y la necesidad de abolirlo”.  En retorno, se comprometió al acuerdo del Congreso Nacional Africano (ANC) a una “democracia multipartidista” y al mantenimiento de una estructura básicamente capitalista en la era post-apartheid en África del Sur.

 

La promesa de Oliver Tambo se materializó con la desaparición del apartheid.

 

Los conflictos armados en el sur de África, y en especial la guerra fronteriza en Angola, no terminaron por la victoria o derrota de ninguno de los supremacistas contrincantes. La liberación de 30 millones de consumidores en el sur de África y los intereses económicos de Occidente fueron más decisivos que las armas nucleares de Pretoria o las decenas de miles de tropas cubanas.

 

Fidel Castro y la anquilosada elite gobernante del PCC pueden decir lo que quieran, tergiversar la historia que quieran con el control absoluto de la información, pero al final del camino todo saldrá a la luz y los cubanos conocerán la verdad atroz a la que una dictadura totalitaria los sometió durante tanto tiempo.

 

En su camino hacia el mausoleo Castro definitivamente ha perdido el sueño. Aunque ya no importa que sea momificado, incinerado o enterrado. Qué más da con el daño y desolación que deja en su despedida faraónica. Lo verdaderamente importante para la nación es hacer prevalecer la realidad histórica, no los mitos, la falsedad y el engaño de la dictadura totalitaria más cruel y despiadada que haya sufrido una nación americana.     

 

BIBLIOGRAFÍA:

 

1)      Teniente coronel Mario Rivas Morales, Cuba en Sucesión, 2 de Agosto de 2010.

2)      Anzovin Steven, ed. South Africa: Apartheid and Divestiture.

3)      Crocker, Chester A. South Africa’s Defense Posture: Coping with Vulnerability.

4)      Plotkin Rhoda, The United States and South Africa: The Strategic Connection.

5)      Reagan Ronald “U.S. Economic Relation and South Africa: Apartheid, Some Solutions.” Vital Speeches of the Day, August 15, 1986, 1-5.

6)      The African Fund (associated with the American Committee on Africa) “Questions and Answers on South Africa Sanctions.” Perspectives, No 1/86 1-5

7)      Wolpe, Howard “Seizing Southern African Opportunities” Foreign Policy. 1988, 60-71.