Cubanálisis El Think-Tank   

       

        Juan Benemelis y Eugenio Yáñez

De la Primavera Árabe al invierno islamista ( I ). ENSEÑANZAS PARA CUBA

La tierra de los faraones

Por primera vez en toda su larga historia de más de 7,000 años, los egipcios acudieron a las urnas para elegir un presidente del país entre varios candidatos, en lo que ha constituido un acontecimiento realmente histórico y de significativa trascendencia (no como tantos acontecimientos “históricos” que se mencionan a menudo en la politiquería tradicional de cualquier país, sobre todo tercermundista).

La elección como presidente de Egipto de Mohamed Morsi, el candidato de la Hermandad Musulmana, un ingeniero graduado en Estados Unidos, resultó a partir de unos comicios muy reñidos, en el cual Morsi obtuvo el 52 % de los votos ante su rival Ahmed Shafik, el último primer ministro cuando el gobierno de Hosni Mubarak, quien logró el 48 %. Tal votación podría significar hasta el fin del estratégico tratado de Paz de Camp David entre Israel y Egipto, un pacto formal cimentado por el faraón Anwar el Sadat y el ex terrorista Menahem Begin en 1979, bendecido por el entonces presidente de EEUU Jimmy Carter.

Sin embargo, también esos resultados, en buena ciencia política, indican que la sociedad egipcia se ha escindido en dos grandes grupos tras su ambigua “Primavera”: el que apoya a los islamistas más radicales, representados en la “Hermandad”, aunque ésta supo presentar, de cara a las elecciones presidenciales, un rostro más amable; y el grupo que prefiere gobernantes “tradicionales” laicos, relativamente “modernos” y que mantienen buenas relaciones con el Occidente, aunque la corrupción, la falta de transparencia,  y el autoritarismo mesiánico hayan caracterizado sus gobiernos en los últimos sesenta años.

El primer ministro de Gaza y militante de Hamás, Ismail Haniyeh, telefoneó de inmediato a Morsi, agasajándolo por devenir en el primer presidente islamista de Egipto. Igualmente, el presidente palestino, Mahmoud Abbas, también elogió a Morsi. Cuando reconocidos terroristas se muestran satisfechos por la elección de un presidente, hay razones de sobra para preocuparse. Por su parte, los líderes de los ricos estados petroleros de Kuwait y Bahréin, temerosos de la Hermandad Musulmana, también enviaron cables a Morsi congratulándolo. A las alabanzas islamitas se sumó también Abu Yacén, la cabeza visible de la oposición Siria en la ciudad de Hama. Como puede verse, tal elección parece haber complacido a muchos líderes de naciones y grupos islámicos.

Sin dudas, los acontecimientos en todo el Medio Oriente, y ahora con la disyuntiva de la Hermandad Musulmana en la presidencia de Egipto, nos llevan hacia un ámbito regional diferente. Lo cierto es que la larga era de Nasser-el Sadat-Mubarak finalizó con la dominación de la Hermandad Musulmana, y ello plantea que estos nuevos líderes tienen que variar sus “principios fundamentalistas” para legitimar la paz de Camp David, o de lo contrario precipitarse a lo insoluble, lo que podría traerle infinitos dolores de cabeza a los nuevos gobernantes, e interminables penurias a los egipcios, que no necesitan más de las que ya tienen.

La victoria de Morsi confirma el camino que se inició en Túnez, el de la tan cacareada “Primavera Árabe”, por la cual, tras la caída de regímenes laicos de fuerza, las fuerzas políticas con mayores posibilidades para ascender al poder en toda el área son los fundamentalistas islámicos. Realidad que nunca se quiso ver, y menos entender, desde la “izquierda caviar” europea hasta el “liberalismo hamburguesa” norteamericano o el “antiimperialismo churrasco” latinoamericano, que soñaban con un Thomas Jefferson en el gobierno de Túnez, un Juan Jacobo Rousseau en el de El Cairo, o un Lázaro Cárdeanas en el de Trípoli.

Sin embargo, en honor a la verdad y en cierto descargo de los grupos anteriormente mencionados, tampoco todas las cancillerías del Primer Mundo entendieron lo que estaba sucediendo, y menos aun pudieron prever estratégicamente las nuevas realidades que se le venían encima a nuestro planeta con aquella “Primavera”, que daría paso a un mundo lo más alejado posible del inicio a las transiciones a la democracia que se vivieron en los países europeos del bloque soviético. Fantasía geopolítica que sumió bajo su influjo, también, a cierta “disidencia puercoasao” en Cuba y a varias legiones beligerantes de la Calle Ocho y sus alrededores.

Luego de que los cuerpos legislativos en Túnez y Marruecos (país este último donde su Rey se adelantó a la “Primavera” con una apresurada reforma de “finales del invierno” magrehbino) cayeron en manos de los fundamentalistas, la elección del egipcio Mohamed Morsi le define al mundo, una vez más, que se debe pensar de manera distinta cuando se está lidiando con los países de la civilización islámica, que no debe olvidarse nunca que no son solamente los países “árabes”, pues esa extensa civilización islámica cubre desde el occidente africano hasta los grandes archipiélagos del Pacífico y el Índico, y gana adeptos continuamente en las Antillas Menores.

El avance islamista

Muchas críticas se han elevado señalando que el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, pudo haber intervenido para “salvar” al presidente Hosni Mubarak de Egipto, ante lo que se vislumbraba como un colofón inevitable: la Hermandad Musulmana en el poder. El gobernante israelí, Benjamín Netanyahu podría haberle dicho ya al presidente Barack Obama: “te lo advertimos”.

Es cierto que el viejo Mubarak sostenía un gobierno corrupto y déspota, aunque si se compara su gestión con los también siniestros contemporáneos suyos, existe una diferencia abismal (excluyendo el caso del tunecino Zine Al-Abidine Ben Alí) con los Saddam Hussein, Bashir el Assad o Muamar Gadafi.

Nadie niega que tanto el egipcio Mubarak como el tunecino Ben Alí fueran déspotas, corruptos y nepotistas, pero nunca emprendieron asesinatos en masa. El presidente egipcio se negó a utilizar el ejército contra las protestas de enero 2011, pero también a abandonar su país. El tunecino Ben Alí, por su parte, tampoco ordenó grandes masacres tipo Gadafi, y dejó el país a los opositores, aunque es cierto que lo hizo para irse con el oro robado, se dice que hasta una tonelada, que llevó consigo junto a su familia a su exilio en Arabia Saudita. Y es que dentro de ese extenso océano islámico, tanto Egipto como Túnez son los países con una estructura estatal y social más desarrolladas y cuasi modernas -aunque sin llegar al nivel de Turquía-, que van más allá de los “líderes supremos”, de los imanes, de los clanes, y de los jeques tribales.

Cuando Hosni Mubarak -pensando como si fuera un faraón de ilimitado poder- decidió proponer a su hijo Gamal como su sucesor, sus ambiciones se pasaron de la raya, y se transformó en un fardo para los intereses corporativos del generalato egipcio, verdadero guardián del poder en la tierra de los faraones desde la “revolución” de 1952.

No fue la “primavera árabe” en El Cairo lo que fulminó a Mubarak: con esos disturbios el “rais” no hubiera perdido ni el sueño ni el poder, a pesar de las presiones internas e internacionales que pudiera recibir. Porque no puede olvidarse que ese Egipto despótico y cargado de conflictos era, y todavía es, la garantía para el mundo occidental de un entendimiento mínimo con Israel, y con ello de la estabilidad en el Medio Oriente que puede garantizar los suministros de petróleo; fueron los militares quienes aprovecharon la coyuntura y le dieron el último empujón a Mubarak, “un héroe de la guerra”, con vistas a preservar sus propios intereses como generales en el sistema.

El temor ante un gobierno en manos de la Hermandad Musulmana no es infundado. Esta organización, creada en 1928 por Hassan Bana y Yusuf Qutub, se transformó en un movimiento pan-árabe que proclamaba la creación de estados musulmanes en todo el Medio Oriente. La Hermandad ha existido por 84 años como una corriente política ilegalizada en casi toda el área; de ahí su experiencia en el trabajo clandestino y la disciplina de sus miembros, la paciencia y el pragmatismo.

Pueden resultar tan disciplinados o más que los fenecidos partidos comunistas o que las organizaciones clandestinas subversivas en Europa occidental o América Latina, pero cuentan además con la ventaja de que no necesitan ni amar a la URSS ni disfrutar de las maravillas de la sociedad de consumo que tanto “odian” los insurgentes urbanos europeos o latinoamericanos; a los “hermanos” les basta con quitarse los zapatos y entrar a las mezquitas a rezar para fortalecerse espiritualmente.

La Hermandad esperó por décadas por este momento, sabe exactamente a lo que aspira como futuro pan-islámico, y trabaja en base a un plan riguroso, a la vez incógnito para el mundo de la tradicional política internacional euro-americana.

El coro central ideológico de la Hermandad Musulmana consiste en un profundo fervor anti-liberal, anti-plural, anti-femenino. La Hermandad aspira a consolidarse en el poder y explotar una revolución que no inició. Sus representantes no se esconden para decir que la ley en la tierra egipcia tiene que ser la Sharía islámica, es decir, un regreso a lo peor de la Edad Media en este sentido.

Asimismo, los “Hermanos” han proclamado que nunca se sentarán a negociar con los israelitas. Han reiterado que se necesita revisar el tratado egipcio-israelí firmado en Camp David y todas sus derivaciones y consecuencias. Claro, por el momento están obligados a tolerarlo, porque no pueden sencillamente ignorarlo y repudiarlo, aunque a mediano plazo tratarán de dejar sin efecto este acuerdo de paz con el Estado judío. El problema es que, hasta este momento, no tienen una alternativa creíble que ofrecer en función de la estabilidad de la región.

Estados Unidos se halla en el dilema de concederle o no a la Hermandad Musulmana el mismo tratamiento financiero y estratégico que sostenía con Mubarak, el cual había hecho de Egipto el punto fuerte de la influencia norteamericana en el Medio Oriente, hasta que fue expulsado del poder en febrero del 2011. No es una decisión que pueda ser tomada a la ligera, porque Mubarak, aunque fuera considerado como fuera, nunca dejó de ser “nuestro hijo de puta”, pero con la Hermandad lo de “nuestro” no sólo es discutible, sino que existe pleno derecho a ponerlo en duda.

El “golpe de Estado legal” de los generales

Pero la situación interna de Egipto aún es confusa y existe un balance de fuerzas, un pulso entre la Hermandad Musulmana y la alta élite militar. Estas fuerzas poderosas presionan hacia puntos diferentes. De manera silenciosa, y sin llamar la atención internacional, el generalato egipcio, antes de las elecciones presidenciales, se movió con rapidez, en lo que puede llamarse un “golpe de Estado legal”, utilizando los instrumentos jurídicos en vez de los tanques. Deberían atender detalladamente los que se preocupan de los temas cubanos, ante este escenario de los generales imponiendo condiciones a una autoridad civil y electa por la población, escenario que no puede descartarse en Cuba después de la solución biológica de los dirigentes más ancianos.

En su estrategia de bloquear la aspiración de la Hermandad Musulmana de someter totalmente a la nación, el poderoso Consejo Militar, encabezado por el Mayor General Mohammed Al-Assar, acaparó vitales atribuciones legislativas y ejecutivas, haciéndose del control de la esfera estratégica del país: la política exterior, el ejército y las fuerzas de seguridad.

Con su movida pre-electoral, los generales suprimieron de la presidencia el título de “Comandante Supremo de las Fuerzas Armadas”, interrumpiendo la tradición establecida por el “rais” Gamal Abdul Nasser hace ya 60 años, que a la vez resulta una práctica común en casi todo el mundo.

Haciendo uso de su autoridad legislativa, el Consejo Militar formó un nuevo Consejo Nacional de Defensa, integrado por 11 leales generales, incluyendo al Ministro de Defensa, y permitiendo que el presidente electo participara en el mismo. La presencia del presidente en este Consejo que representa la autoridad más elevada en la nación para lidiar con los problemas de seguridad nacional, garantizaba su aceptación de las medidas aprobadas por la mayoría del Consejo de generales, por lo que puede considerarse que su participación, único civil entre tantos generales, era más simbólica que ejecutiva.

Sin la conformidad de los militares, el nuevo presidente no podrá declarar la guerra o movilizar tropas o policías en caso de algún incidente doméstico. Asimismo, está excluido de participar en las decisiones militares, y en la promoción o nombramiento de altos cargos de mandos y servicios. Es decir, podrá tomar decisiones en muchas cosas, menos en las más importantes relacionadas con la seguridad: peculiar presidencia.

Los generales también han monopolizado la potestad de preparar la nueva constitución, dejando a los civiles, es decir, la Hermandad Musulmana, el manejo del presupuesto y otros asuntos no estratégicos. Algo así como para que se entretengan y no molesten en las cosas importantes, que seguirán siendo “asuntos de generales”.

Seguidamente, disolvieron el panel que supuestamente iba a redactar la constitución, al estar dominado por fundamentalistas islámicos. Estas medidas irritaron a la Hermandad Musulmana, que cuestionó la potestad de los generales para proclamar una Constitución. Claro, una cosa es cuestionar y otra muy diferente disponer de la fuerza suficiente para que ese “cuestionamiento” tenga un poder de freno efectivo o de impedir que algo se consume.

Washington, que no ha entendido aún lo que sucede en el Medio Oriente (y se trata de una cuestión del establishment en general, no de demócratas o republicanos), ha pedido a los jefes militares que cedan todo ese poder que han acumulado a las autoridades elegidas. Pero los militares, como era de esperar, ya que no son tontos, han hecho oídos sordos y se han decidido a mantenerse como la institución dominante de la política egipcia. Querer complacer a Estados Unidos ante esta solicitud es lo mismo que entregar las armas, quitarse los uniformes y preguntar en qué prisión deben recluirse, algo que de seguro no están dispuestos a hacer en ninguna circunstancia.

Lo que se halla en juego para los generales es conservar la inmunidad ante cualquier escrutinio civil, y salvaguardar sus vastos intereses económicos. Hay que ver hasta donde los generales podrán ejercer o no su potestad detrás de la fachada de un gobierno civil. La disyuntiva es si podrán o no hacerlo, y hasta dónde, nunca si desearían hacerlo o no. Pero todo ello conllevará, a no dudarlo, a una confrontación más tarde o más temprano, trastornando a un Egipto ya desconcertado desde la salida de Mubarak, donde nadie sabe cómo resolver este problema específico, pero al menos los generales consideran que saben cómo se resuelven los problemas.

El presidente Morsi no quedó inmóvil tras la jugada de los generales, aunque se las arregló para hacer las cosas sin demasiados aspavientos. A los pocos días de asumir la presidencia, mediante un decreto ejecutivo, ordenó el restablecimiento del parlamento disuelto por los generales, con lo que elevó la confrontación de la presidencia con el generalato a un nivel inesperado, cuestionando en los hechos y en la práctica la legitimidad del Consejo Nacional de Defensa y el papel de los generales en las decisiones ejecutivas y legislativas.

En este doble engranaje y confrontación entre la Hermandad Musulmana y el generalato egipcio no le resultará probable a quienes aspiran idílicamente a un Egipto democrático y liberal, una especie de utópica Suiza del Nilo o Costa Rica del desierto, asegurar una nueva Constitución en la cual se regule responsablemente al poder ejecutivo, se logre el balance de los poderes del Estado, y se establezcan aquellos principios jurídicos que garanticen los derechos individuales reconocidos y aceptados en el mundo moderno, así como los de las minorías religiosas y los de las mujeres.

El arbitraje norteamericano y el reconocimiento de un empate

La Secretaria de Estado de EEUU llegó a El Cairo el sábado 14 de julio manifestando el firme apoyo de su país a una transición “completa”, y con planes de reunirse, además de con el gobierno, con el mariscal Mohamed Tantawi, jefe del Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas, así como con representantes de la sociedad civil, de los coptos -la minoría cristiana egipcia- y militantes de los derechos de la mujer.

En su reunión con el presidente dijo que “la democracia es un proceso duro que requiere diálogo, compromiso y una política real”, llamó a respetar el pacto con Israel para garantizar la paz y la seguridad en la región, recordando que eso ha supuesto “grandes beneficios para Egipto”, y prometió mantener la ayuda económica. El canciller egipcio dijo que el presidente se comprometió a respetar los acuerdos y pactos internacionales mientras la otra parte los cumpla.

Aunque Hillary Clinton dijo que el papel de los militares debía concentrarse en la seguridad nacional, instó al presidente a trabajar para consensuar la futura Constitución y la formación del Parlamento (es decir, a coordinar con los militares), y le pidió respetar los derechos de todos los ciudadanos, incluidos las mujeres y las minorías. En realidad, aunque reconoció que son problemas a resolver por los propios egipcios, no se decantó ni por un lado ni por el otro, dejando “sellado” el partido para que continuara tras terminar su visita de dos días.

Egipto tiene en su agenda enormes y presionantes problemas. Pero Egipto no es como Irán, donde un Islam político ejerce el poder mediante el petróleo, ni Arabia Saudita, que también es un Islam político que despliega su autoridad con los pozos de petróleo. El mando islámico egipcio no tiene petróleo y no puede sobrevivir ni crear oportunidades de trabajo sin el turismo, sin las inversiones extranjeras y sin la ayuda estadounidense, es decir, no puede pretender vivir de espaldas a Estados Unidos y el mundo occidental, ni tampoco a China y Rusia. Lo cual implica, guste o no a los “hermanos” musulmanes, un entendimiento mínimo con los israelíes, aceptable para el resto del planeta. Por fortuna, en este sentido no hay necesidad de inventar nada, pues ya existen los acuerdos de Camp David, además de la experiencia sobre la forma en que terminaron o están terminando los “duros” del Frente de Firmeza que en su tiempo se opusieron a tales acuerdos, como los clanes de los Gadafi, los Saddam y los Assad.

Egipto necesita desesperadamente los $2,000 millones que recibe anualmente de Estados Unidos como ayuda. Por eso, jugar con el Tratado de Paz con Israel podría traerle el fin de la ayuda norteamericana, más todos los problemas que ello implica, sin poder pretender que un equivalente de esa ayuda pueda llegar de Teherán, Ryad o los petro-estados del Golfo. También necesita apremiantemente las inversiones foráneas y el turismo, y no podría pretender eso solamente de Beijing, Moscú o Caracas, que no sería suficiente para sus necesidades. Y es que la Hermandad Musulmana, tanto en Gaza como en Egipto, no intuye que el Islam político no es un antídoto al desempleo y la falta de oportunidades, ni puede desarrollar la economía ni dar fin a la miseria social, porque, como ideología, se preocupa más de la verdad de sus postulados que de su aplicación ante la práctica y la realidad de sus países.

Cualquier parecido a la realidad del neocastrismo en La Habana de seguro que no es pura coincidencia, aunque no sea intencional ni haya correlación alguna entre los principios y fundamentos de la “Hermandad” y las posiciones que se mantienen en La Rinconada, que no se basan ni en fundamentos ni en principios más allá de mantener el poder a toda costa, da igual si se logra ese propósito con generales que pueden alegar historia, o si con “hermanos musulmanes”, o aunque fuera con marcianos o aborígenes de Tasmania, que desaparecieron hace ya mucho tiempo; al fin y al cabo, la consigna es: si se mantiene el poder, todo; si se pierde el poder, nada.

¿Turquía o Afganistán?

Muchos piensan que es posible forzar al nuevo presidente, Mohamed Morsi, para que se mantenga en el camino de los turcos, inspirados en Mustafá Kemal Ataturk, y no en el de los talibanes. Y asimismo lograr que no implemente las promesas de la Hermandad Musulmana de ayudar materialmente a las fuerzas políticas fundamentalistas en otros países árabes.

Aliarse con el pasado y la reacción no traería nada nuevo ni positivo para Egipto. Aunque, lamentablemente, si algo enseña el estudio de las ciencias políticas, es que no siempre se toman las decisiones más razonables ni las que más bien logran para sus pueblos: basta ver las experiencias con Stalin, Hitler, Mussolini, Mao, Fidel Castro, Hugo Chávez, o Saddam Hussein, para comprender eso.

Si bien es cierto que existe el balance militar interno, y las necesidades económicas, como factores que pueden frenar a la Hermandad Musulmana con Mohammed Morsi a la cabeza, y pese a que su elección no tomó por sorpresa a los analistas, ello no ha dejado de provocar gran nerviosismo, pues en una de sus primeras alocuciones ha propuesto revisar el tratado de paz con Israel, y forjar relaciones íntimas con Teherán.

Para Israel ambas cosas califican como factores que ponen en peligro la existencia del Estado judío. Y eso es algo con lo que no se puede estar jugando, aunque dentro de pocos meses haya elecciones presidenciales en Estados Unidos.

El Egipto de Mubarak mantuvo desmilitarizada la península de Sinaí, permitiendo al ejército israelí concentrarse en las hostiles fronteras de Gaza, Siria y Líbano. Luego que Hamás, el brazo palestino de la Hermandad Musulmana, se transformase en gobierno, Mubarak colaboró con Israel en bloquear la franja de Gaza, en cuanto los pistoleros de Hamás capturaron un soldado israelí en 2006. No parece probable que los “hermanos” musulmanes actúen de la misma forma.

Tras la renuncia de Mubarak el Sinaí se ha convertido en refugio de pandillas, contrabandistas, inmigrantes africanos y grupos islámicos militantes que operan libremente. Como si fuera la Triple Frontera suramericana, entre Argentina, Brasil y Paraguay. Al momento de la victoria electoral de Morsi, Hamás incrementó sus ataques coheteriles desde el Sinaí contra la nación judía, lo que puede desestabilizar las relaciones de Israel con Egipto. Ya el ex ministro de Defensa israelí, Benjamín Ben-Eliazar, en una entrevista a Radio Israel expresó que el tratado de paz se iba a “congelar” en un futuro inmediato.

Hamás espera que la presidencia egipcia de Morsi posibilite circunvalar el bloqueo que Israel mantiene sobre ese territorio, tratando de impedir el flujo de armamentos hacia Gaza. Es difícil que Israel logre el apoyo egipcio para sellar las fronteras con Hamás en Gaza, y detener la transferencia de armamentos por el Sinaí.

Israel contempla con ansiedad la implosión de su vecindario. La lucha contra el autoritarismo que ha desatado la llamada “primavera árabe”, aunque aun no se hayan visto las flores de tal primavera, no ha pasado más allá de los bazares, pues tanto los gobiernos que se mantienen donde no han ocurrido “revoluciones”, como los nuevos que han ocupado el poder, no tienen como prioridad la sociedad civil, ni están focalizados en crear espacios de independencia institucional para salvaguardar las libertades.

¿Para qué? A fin de cuentas, lo de la “Primavera” árabe es un invento de la prensa occidental y las izquierdas novelescas, no de los islamistas que pretenden y luchan por la Sharia, y “saben” perfectamente que no hay poder como el de Allah.

La tradicional política norteamericana y occidental de alianzas verticales con estados árabes (Egipto, Turquía, Jordania), aunque sean “nuestros hijos de puta”, mientras que sean “nuestros”, ha entrado en barrenas. Por ello, Israel se prepara para lo peor, y por eso se fortalece militarmente. Porque para un presidente norteamericano o un primer ministro europeo un fallo en esto le cuesta la reelección, pero a los israelíes les cuesta su derecho a la vida y a la existencia.

Así también el diferendo palestino se mantiene en combustión. No es posible predecir si la actual dirigencia palestina pueda transformarse en un asociado que avale la paz entre los dos estados. Aunque sería ideal que tal cosa fuera posible, teniendo en cuenta la conducta tradicional de los “sospechosos habituales”, es difícil esperar que ese sea el camino que decidan seguir.

Siria y Libia

Con vistas a perpetuar su estancia en el poder y el de la minoría alawita en su país, el difunto presidente sirio Hafez Assad adoptó una combinación de burocracia e ideología para consolidar su autoridad. Ese fue el nacionalismo árabe revestido de baasismo, una extrañamente mezclada y antagónica herencia de la “revolución” irakí de Karim Kassem y el nasserismo egipcio, que en Siria sirvió para legitimar el estatus regente de la minoría alawita, y actuar como instrumento para coaccionar a los segmentos pensantes de la sociedad siria.

El conflicto con Israel acarreó a la dirigencia siria credibilidad de “dura” ante los ojos árabes, a pesar de que siempre fue derrotada por las tropas israelíes cada vez que se enfrentaron en combates, estableciéndose para los sirios, con el soporte de la propaganda moscovita y la testarudez del mundo árabe, algo así como el mito de la invencibilidad de los vencidos, permitiéndole asentar su hegemonía regional sobre el Líbano, mientras las prisiones sirias se atestaban de opositores. Tanto Assad padre como hijo han preferido resolver los antagonismos y problemas por la violencia y la eliminación física de los antagonistas.

Las instituciones sirias no disponen de gran latitud ante la prerrogativa presidencial de Bashir Assad. El ejército y los aparatos de seguridad se han construido para defender a los Assad y a su claque político-militar. Fuera de la esfera del clan rector no existe espacio político autónomo. Pero el error de Bashir Assad fue el hacer esta situación despótica demasiado visible, lo que precipitó en su contra a la juventud y a los bolsones empobrecidos de su sociedad.

Muamar Gadafi, por su parte, transformó a Libia en una extensión suya, un tablero de juego para su demencial y cleptocrática familia. Cuando Bengazi se alzó en armas, la reacción de Gadafi fue desatar una represión sangrienta. Tanto para el difunto Gadafi como para el actual regente sirio, Bashir Assad, todo lo que no sea sumisión total es peligroso. La versión latinoamericana de este enfermizo enfoque se encuentra en toda su amplitud en La Habana, y en menor escala -hasta el momento- en Caracas.

En Libia aún no está claro cómo la Hermandad Musulmana pueda cuajar como vocero del pueblo, ya que su organización, el Partido Justicia y Construcción, no goza de la misma popularidad que sus carnales egipcio o tunecino, porque Gadafi se esmeró en limitar al máximo toda posible alternativa a su voluntad personal.

Mahmud Jibril, el primer ministro rebelde que renunció el año anterior, ha declarado a las agencias noticiosas que la victoria de Morsi en Egipto irreversiblemente estimulará al ramal libio de la Hermandad Musulmana, entorpeciendo el cometido de las corrientes democráticas libias que laboran por una sociedad civil, por la equidad de derechos para todos los libios, y por un proceso electoral limpio.

Sin embargo, de hecho, no puede decirse que en Libia se hayan jugado ya todas las cartas ni se hayan dicho las últimas palabras. Bajo las arenas libias hay demasiado petróleo, y sobre sus arenas demasiados intereses de demasiados países, para que estos complejos problemas puedan dirimirse tan fácil o tan tranquilamente, ni en tan poco tiempo. Todavía deberemos ver muchas más cosas sorpresivas en el muy extenso y relativamente deshabitado escenario libio.

La Hermandad Musulmana sabe que inclinar a Libia hacia el fundamentalismo islámico pondría en sus manos cuantiosas reservas financieras que produce el petróleo, y no sería difícil agenciar una cierta coalición con su contraparte egipcia, propiciándole medios para equilibrar su economía. Pero habría que ver cómo se comportan y cómo actúan las fuerzas legítimas en todos estos países y en toda la región que, aun dentro de los principios islámicos que son el cemento fundamental de la unión árabe en toda la región, se oponen a estos designios de los fundamentalistas, y se sentirían mejor con gobiernos laicos en toda la zona.

La victoria de Morsi también ha traído desvelo entre los estados del Golfo Árabe. Estos jeques, especialmente los saudíes y los de los emiratos, temen que el ejemplo se extienda a sus opositores islámicos fundamentalistas. Los fundamentalistas islámicos, miembros de Islah, o Partido de Reforma, en los Emiratos Árabes, están alzando sus voces demandando mayor presencia en el Consejo Consultivo que allí existe.

Es lógico que los estados del Golfo prefieran un Egipto “débil”, como en época de Mubarak, pues un Egipto fuerte y fundamentalista, encarnado en la Hermandad Musulmana, puede transmutarse en el país más influyente del Medio Oriente, y hacer pasar a todos los otros países de la región a planos secundarios, a pesar de su petróleo. 

La “Primavera Árabe” que ya se va perfilando entonces, en su versión más realista y geopolítica, seguirá mostrando diferentes aspectos positivos y que merecen apoyo y aplausos, pero de seguro que no logrará ser aquel paraíso abstracto que hace pocos meses se soñaba, sin fundamentos lógicos ni realistas, en París, Boston, Montevideo, Milán, Lima, Glasgow o Viena, entre vasos de cerveza, botellas de vino, trufas, chocolates y cortaditos.

Y mientras más pase el tiempo de la primavera, se vendrá acercando nuevamente el invierno, más tarde o más temprano.

(Continuará)