Cubanálisis El Think-Tank 

ARTÍCULO ESPECIAL EN EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

 

CUBA TRAS CONGRESO DEL PARTIDO COMUNISTA

 

María I. Faguaga Iglesias, Historiadora y Antropóloga, Cuba

 

I. REPRESIÓN CASTROSOCIALISTA

 

¿Quién será la próxima víctima?

 

La desvergüenza desconoce límites, pero su extensión nunca es espontánea. No sucede con esta como con las malas hierbas, aunque pululen de similar manera. La diferencia, fundamental, es que la desvergüenza es aporte ignominioso de esta especie que nos autodenominamos “humanos”, que establecemos formas organizativas o lo contrario, que instituimos (para bien o para mal) estructuras sociales, que impulsamos y promovemos líderes y que establecemos la obligatoriedad de tener jefes… que somos “pensantes” pese a que mal empleemos, en no pocas ocasiones, esa capacidad.

 

Iniciando la segunda década del siglo XXI, los humanos continuamos enredándonos en guerras, provocando la muerte, como si no supiéramos orientarnos y desenvolvernos más que por medios violentos. Eso, en cualquier latitud, de África a Medio Oriente, Europa o América, sin obviar la pequeña Isla de Cuba. Es como si la fuerza de la palabra no nos alcanzara en nuestras interrelaciones, casi demostrando incapacidad para poner a prueba la búsqueda de otras posibilidades, negándonos a otras oportunidades, más “civilizadas”, para decirlo según ese término que tanto nos gusta y que tan festinada y hasta equívocamente utilizamos.

 

Con soberbia exhibimos egoísmo e ignorancia, miramos la paja en el ojo ajeno negándonos a ver la viga en el propio, nos convertimos en candil de la calle y oscuridad de la casa, y, voluntariosos, pregonamos que otros hagan lo que decimos pero no lo que hacemos y, en verdad, tantas veces, dados nuestros dislates y atrocidades, es mejor que no seamos imitados.

 

Violencia castrista: ¿primer asesinato tras Congreso Comunista?¿Asesinato o fallecimiento? “Lo que nunca haremos es negarle al pueblo el derecho a defender a su revolución”, “el primer deber de todos los patriotas cubanos” es defender sus calles, sus plazas, su revolución. Esta cita no es una invención de los “enemigos históricos de la revolución cubana”, ni de los “contrarrevolucionarios”. Son palabras pronunciadas por Raúl Castro Ruz, el general-presidente de Cuba, en la tarde del pasado 16 de abril, ante los alrededor de 1000 delegados al séptimo Congreso del Partido Comunista de Cuba, evento al que se negara el acceso a la prensa extranjera acreditada en La Habana, cuyas sesiones inaugural y final  trasmitió en directo la televisión nacional.

 

A menos de dos semanas de concluida la cita partidista, eran golpeados en calles habaneras los opositores Darsi Ferrer y Ángel Moya. Otros opositores irían corriendo la misma suerte, en La Habana o en el interior. La última semana se informó de la paliza y fallecimiento de otro opositor, Juan Wilfredo Soto García, esta vez en el centro del país. Plazas y calles en Cuba se defienden a golpes; eso es algo que todos sabemos.

 

Repentinamente, en la noche de este lunes, 9 de mayo de 2011, una “nota informativa” leída en la televisión cubana se refería a un supuesto martirologio inventado por “elementos contrarrevolucionarios”, con la presumible complicidad de “los medios de la desinformación imperial, fundamentalmente de Europa y Estados Unidos”, y afirmaba la muerte del opositor dando como determinante un diagnóstico de “pancreatitis aguda”.

 

Destacan tanto la respuesta ofrecida por el gobierno isleño a la presunta “campaña difamatoria” contra la revolución, que se dice en esta ocasión buscan crear un nuevo “mártir”, como la rapidez en ofrecerla. Usualmente los gobernantes castristas ignoran ese tipo de acusaciones y, cuando las responden, lo hacen a destiempo y prácticamente nunca se divulga el contenido de estas internamente, de igual forma que la prensa nacional usualmente omite hechos de esa naturaleza.

 

Es irrefutable la exhortación que realizara el general-presidente a ejercer la violencia contra quienes piensen diferente, en la Isla siempre calificados de “contrarrevolucionarios”, “apátridas”, “anticubanos”, “quinta columna” y “anexionistas”. Lo es también que, a nivel barrial, se ha venido estimulando a personas excluidas por el sistema, a antisociales y a potenciales emigrantes, para que a cambio de favores del gobierno, incluidos altos salarios y promesas de salidas del país, se apresten a golpear a opositores y activistas defensores de los Derechos Humanos.

 

Es igualmente innegable el desparpajo de unos gobernantes que reconocen públicamente sus incompetencias, el desastre en el que han sumido a la sociedad a la cual debieron haber estado sirviendo con efectividad, y además de no asumir el compromiso de la renuncia, a sus posiciones y a sus posesiones, ambas inmerecidas, desatan la represión en toda la Isla, y con total indignidad nos colocan en el trágico trance de una guerra fraticida.

 

A las ya constantes torturas psicológicas padecidas por la abrumadora mayoría de la población cubana residente en su país, inducidas con la permanente carencia de casi todo lo indispensable para sobrevivir (alimentos, medicinas, productos de aseo, vivienda… empleo decentemente remunerado y dinero), con la imposición de la hipocresía, el robo y la delación como normas, se nos agregan las “revolucionarias” y “patrióticas” golpizas y el asesinato a patadas y porrazos.

 

¿Martirologio mediático o asesinato “revolucionariamente” planificado?

 

No. La oposición, la “contrarrevolución”, el exilio -que contempla a los muchos desterrados-, el insilio y la prensa internacional, no están facturándonos mártires. En nombre de una “revolución” que nos obliga al estancamiento social y al retroceso económico-político, los hermanos Castro Ruz nos condenan a todos los cubanos, unos a la delincuencia, otros al martirio, todas y todos al tormento, a la penitencia, cual expiadores de unas culpas que no nos corresponden. 

 

Nos han transformado la Isla en cárcel y el Estrecho de la Florida en tumba colectiva donde yacen los restos de miles de desesperados de todos los colores, edades, sexos, ideologías, cuya ansia común era la libertad. Ahora, nos convierten las calles en matadero, en donde la muerte puede llegar a cazarnos a manera de animales vagabundos.

 

Cunde el infortunio en la Isla. Acusaciones y contraacusaciones no serán su paliativo ni funcionarán como ocultadoras mamparas. La guerra cibernética en la que se enfrascan los castristas, las comunicaciones telefónicas interceptadas, los editoriales y notas informativas de su prensa escrita, no conseguirán desviar la atención de sus desastres. 

 

La respuesta a Reina Luisa Tamayo, madre del asesinado opositor afrocubano Orlando Zapata Tamayo, reclamando la exhumación del cadáver de este y la realización de otra necrosis con la participación de forenses internacionales, fue el acoso extremo y la violencia física aplicadas a ella y sus familiares, y, finalmente, otorgarles el ignominioso “permiso de salida” para que emigren definitivamente llevando las cenizas del familiar absurdamente empujado -por la violencia estructural, metódica y sistémica-a la muerte.

 

En ocasión de la muerte de Zapata, abandonado a su suerte en una prisión donde permaneció en huelga de hambre más de 80 días, con la negativa de los jefes del penal a permitirle beber agua, y ante presiones internacionales, los medios nacionales se aprestaron a enredarse en una vergonzosa campaña de descrédito y estigmatización del muerto.

 

Repiten el modelo con ambos fallecidos. Reiteran con Juan Wilfredo Soto García la acusación de “delincuente” que antes emplearan contra Zapata; insisten en su condición de expresidiario en una sociedad en la cual todo pareciera dispuesto para obligarnos a delinquir con vistas a sobrevivir. Por esa vía: ¿quedarán en la Isla, finalmente, personas sin mancillar? ¿Es esa la objetividad a la cual el general Raúl Castro apremió a los periodistas en el congreso del PC?

 

Quedamos sin saber, con argumentos científicos confiables, la causa de la muerte de Orlando Zapata pues las cenizas no hablan. Otro tanto sucederá con la de Soto García, cremado o no. Los gobernantes insistirán en su afirmación de fallecimiento. Muchos, cada vez más, veremos pistas de asesinato. Si en una sociedad percibida como cuartel cada ciudadano es tenido por “soldado de la patria” y fácil pero preocupantemente es clasificado como “desertor”, los médicos estarían obligados siempre que se lo exijan a mentir, pues “las órdenes se cumplen, no se discuten”, especialmente en tiempos de guerra, y la hostilidad declarada contra su pueblo por el gobierno de Cuba ya adquiere niveles francamente beligerantes, si se dudara, bastaría leer los editoriales de la prensa nacional.

 

¿”Vale todo”? Que los ASESINATOS sirvan de lección

 

Lo más relevante, ahora, no son increpaciones de orden médico aunque claro que así deban continuar reclamándolo los familiares de Soto García, de Zapata Tamayo y de cada uno de los que caigan en esta contienda. Sin que obviemos las presiones que en estos casos reciben las familias, y sin dejar de considerar que no todas las personas están hechas para soportarlas, resistirlas y rechazarlas.

 

Pero cubanas y cubanos debemos tener presente que, de conjunto, lo más relevante y significativo es estar consciente de que urge estar avisados respecto a la realidad de que podemos ser apaleados en cualquier momento y por cualquier motivo, que puede provocársenos la muerte, a cualquiera, y procurar acallar su denuncia con los más falaces argumentos “científicos”, desde una alergia crónica, una estomatitis fuera de control, una pancreatitis sin tratamiento médico, hasta un problema cardíaco severo, siempre certificado por los médicos y sin posibles investigaciones comprobatorias alternativas.

 

Lo más relevante y significativo es mantener altas y claras las voces, denunciando cuanto sea preciso, incluidas las golpizas y los asesinatos, e intentar que esas denuncias trasciendan al exterior, quizás única manera de evitar la prolongación de la represión, aunque debemos estar conscientes de que esta inicia el camino de la escalada y que, lo más probable, es que remonte.

 

Como rancheadores en tiempos del sistema oficialmente colonial, los Castro Ruz nos lanzan sus perros al tiempo que la que pretenden mostrarnos como joven promesa de la monarquía familiar, la señora sexóloga Mariela Castro Espín, inicia la Cuarta Jornada contra la Homofobia en condiciones de semiclandestinidad, y sin que atraigan su atención el reconocimiento de todas las diversidades, sin manifestarse en contra de todas las discriminaciones.

 

¿Cuántos cubanos y cubanas son manifiestamente homosexuales? ¿Cuántos son manifiestamente opositores políticos? ¿Cuántos de estos últimos son manifiestamente disidentes? Esas serían interrogantes de respuestas no menos interesantes por lo aleccionadoras no obstante lo inexactas.

 

Si la más visible heredera de los gobernantes isleños está realmente interesada en la diversidad, el mejor favor que actualmente pudiera hacer a la nación es manifestarse en contra de todas las discriminaciones, aprovechando la ocasión para iniciar denunciando públicamente las golpizas y asesinatos presuntamente “revolucionarios”, el martirologio al que nos fuerzan su padre, su tío y su hermano.

 

Denunciar no es difamar

 

Los cubanos, que vociferamos en cualquier discusión sobre béisbol, incluso si es de Grandes Ligas, generalmente callamos ante los atropellos castristas. Tan bien estructurado está el sistema de controles y coacciones, que tememos incluso si somos víctimas, condición por todos compartida, incluso si nos manifestamos como serviles y disciplinados victimarios.

 

Habitualmente optamos por no ver que cualquiera de nosotros pudiera ser la próxima víctima. Ahora, cuando ya sabemos que esa próxima víctima puede ser aniquilada físicamente, ojalá nos dispongamos a realizar la denuncia oportuna, a todos los niveles, en cualquier espacio, aprovechando la ocasión de la apertura de oídos receptivos en otros lugares, cuando aquí tantos insisten en mantenerlos taponados.

 

Sería una gran contribución que quienes en el mundo se sienten amigos de Cuba, se identifiquen con sus once millones de pobladores y no con sus autoritarios y represivos gobernantes, que nos apoyen en nuestra tarea de desenmascarar a estos, de resistir y de liberarnos. 

 

Estaría haciendo ciertamente su papel la prensa internacional, especialmente sus corresponsales acreditados en La Habana, si lejos de descubrir inexistentes señales “aperturistas” en un gobierno que va a bandazos y propinando latigazos, si lejos de descubrir inexistentes posibilidades turísticas para unos cubanos generalmente hambreados y hostigados con vejaminosas y absurdas “cartas de invitación”, “permisos de salida” y “de entrada”, descubriera y describiera la realidad en la cual sobremorimos los cubanos de la Isla, incluidas las golpizas por denunciar la ineficiencia castrista, por diferencias políticas y, finalmente, la muerte por asesinato, malamente tratado de transformar en performance de muerte “natural”.

 

Nada bueno debíamos esperar de un congreso partidista que no nos pertenecía. Nada bueno debemos esperar de unos gobernantes que durante cinco décadas han actuado como apátridas, como antinacionales, que siempre nos han oprimido y que, finalmente, se revelan abiertamente represores sin importarles consecuencias. ¿Es esta la resultante de las conversaciones con el ex presidente estadounidense James Carter?, podríamos preguntarnos.

 

No debíamos albergar dudas, represión y asesinatos han formado partes del programa castrista. Ahora, simplemente, los están poniendo en práctica sin recato. Es este el final planeado por los hermanos “gallegos” para la nación cubana. En su diabólica lógica, la patria son ellos, y, si no les queremos somos dementes, si nos oponemos a su forma de gobierno somos “apátridas” y, ya que consideran la violencia como “revolucionaria” y “patriótica”, merecemos la muerte, por fusilamiento, por ahogo, a latigazos, a garrotazos o a punta pie, pero no merecemos la vida, que se intuye sean ellos sus dadores.  

 

Pueden vislumbrarse más arrebatos patrióticos expresados a trompadas, y, aunque duela, puede avistarse un horizonte inmediato de más muertes. Los asesinados no serán mártires mediáticos, sino cubanos y cubanas marcadas por los protagonistas del régimen para morir, seres que por no coincidir con el proyecto castrista, por no fingirles apoyo y por oponerse abiertamente a este, son considerados desechables.

 

Todos sabemos de suicidios inducidos y de infartos cardíacos estimulados, de estados demenciales provocados y de enfermedades por sometimiento al elevadísimo estres que ocasionan las presiones psicológicas; en todos los casos, son mártires, y, en ocasiones, también héroes, lo acepte o no el gobierno.

 

Desenterremos a mártires y héroes, desatémosles de la degradación que, en ellos y en nosotros, suscita la injusticia del olvido. Ese es derecho que nos atañe y que no debemos dejarnos arrebatar. Hagamos para que la patria sea “ara y no pedestal” (José Martí), que sea espacio de trabajo conjunto y de realizaciones plenas para todos y todas, y no plataforma sustentadora de los egoísmos, petulancias y megalomanías de unos cuantos, como hasta el presente ha sido.

 

Recordemos a nuestros muertos para aprender de ellos e impulsarnos a hacer con efectividad, no para deshacernos en lágrimas ni para persistir -por temor a la coacción y al terror- en la sumisión. Desenterremos y recordemos a nuestros muertos para que no nos sigan forzando al sacrificio de ofrendar o de que nos arrebaten la vida. No tenemos culpas que expiar sino la libertad y la liberación por ganar.

 

Fortalezcámonos y trabajemos por nosotros, que es hacerlo por Cuba, y ello no debería estar contemplando la inmolación con más huelgas de hambre. Mientras, abriguemos la esperanza, que no la confianza, de que no nos deparen otro asesinato que lamentar, que denunciar, sabiéndolos siempre irreparables. Aprendamos a ser candil de nuestra casa para que opaquemos hasta el oscurecimiento a los desvergonzados represores y consigamos, por fin, imponerles eso límites que desconocen.

 

II. DESALOJO CASTRISTA

 

En la mañana de este miércoles, 11 de mayo de 2011, fuerzas castristas se presentaron en una vivienda ubicada en Jovellar entre Espada y Hospital, en el capitalino municipio de Centro Habana, en la barriada de Cayo Hueso, para desalojar a una familia integrada por un joven matrimonio, su pequeña hija, y la abuela de esta.

 

Con la presencia de una médico y una enfermera, de efectivos de la PNR (Policía Nacional Revolucionaria) y de empleados de la oficina de vivienda, se procedió al desalojo de la familia, cuyas pertenencias fueron colocadas, ante la atónita mirada de los vecinos, los reclamos no escuchados de los moradores de la vivienda y la protesta de sus familiares, en la calle, al tiempo que quienes ejecutaron el desahucio cerraban la casa y colocaban en su puerta un sello que debe impedir el acceso a esta.

 

La familia lanzada a la calle habitaba en el sitio hace alrededor de un año, cuando los anteriores moradores abandonaron el país. Los ciudadanos ahora desahuciados residían en un pequeño local, situado en la esquina de Jovellar y Espada, que compartían con más familiares en condiciones de hacinamiento.

 

Mientras ocurría el desalojo corría entre los muchos vecinos allí presentes cierto rumor de beneplácito, considerando inoportuno que ese reducido núcleo ocupara una vivienda que decían dispone de entre cuatro o cinco habitaciones. Quienes eso piensan mostraron satisfacción ante el sello colocado en la puerta exterior, pero otros exteriorizaron perplejidad y desaliento sobre todo por ver expulsar del que fuera su hogar a una pequeña niña. No faltaron los que consideraron que la actuación gubernamental respondía a una delación efectuada por alguien del barrio o a una venta ilegal de las que suelen realizar los empleados de las oficinas de vivienda. Y hubo quienes recordaron casos similares ocurridos antes de 1959, aduciendo que no tendrían que estar sucediendo ahora.

 

El hecho ocurre a menos de un mes de finalizado el séptimo Congreso del Partido Comunista de Cuba, en el cual se reconociera que los gobernantes no han garantizado el relevo generacional para su proyecto ideológico político, ¿es esa la forma en que piensan prepararlo? Ocurre a veinticuatro horas de que el diario Granma informara de una presunta “nueva campaña difamatoria” contra la revolución cubana, pero es este un suceso concreto, real, constatable, que no guarda relación con “campañas” ni con supuestas “difamaciones”. Este no es chisme ni suposición. Esta es injusticia, afrenta, ultraje, que contemplan las leyes vigentes en el país.

 

A unas cuadras del residencial barrio del Vedado, donde la sexóloga Mariela Castro Espín, hija del general-presidente, efectúa la Cuarta Jornada Contra la Homofobia, una joven familia, incluida una niña, son puestos en la calle. Esto no lo informan los medios nacionales, que dan atención a la cita de Mariela y están preocupados con el ajusticiamiento a Bin Laden. Empero, los vecinos de Centro Habana y la Habana Vieja están mayoritariamente conscientes de que no son vistos ni tratados de igual manera que sus vecinos del Vedado. Así de elitista es la que se dice “igualitaria” sociedad cubana castrosocialista.

 

Mientras el “Granma” continúa acusando a la prensa internacional y a la oposición política interna y externa de creadora de “mártires”, los cubanos nos enfrascamos en la cada vez más difícil sobrevivencia, prosiguen en las calles la policía y las turbas previamente movilizadas apaleando a sus conciudadanos discrepantes, disidentes u opositores, y existe un extenso sector de la población que prefiere ignorar la realidad, que sigue optando por “escapar”, lo cual si no puede hacer marchándose del país al menos lo intenta enajenándose al tiempo de novelones y al ritmo de reguetón, concentrando su pasión en el béisbol y el fútbol, entes objetivados, colonizados, condenados a la paciente espera de que “algo pase”. Sí. Es esa la “familia revolucionaria” manufacturada por los hermanos Castro Ruz.