Cubanálisis El Think-Tank

ARTÍCULO ESPECIAL EN EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

Cuba: la derrota estratégica

 

( I )

 

Basta un ligero cambio en las políticas de Estados Unidos hacia la Isla para que se revele con rasgos visiblemente grotescos, la derrota del modelo cubano, frente al abrazo eterno del Tío Sam

 

Manuel Cuesta Morúa, en Cubanet

 

LA HABANA, Cuba – Cuba está en época de balances. Los balances sobrevienen al final de todo. Y aquí todo se acabó. Se podría pensar que no. Ahí están los mismos que hicieron aquello, y todo parece indicar que ahí seguirán hasta el último de sus días biológicos. Una hipótesis involuntaria. Mi balance, no obstante, es que Cuba ha sido derrotada estratégicamente. Aunque no lo parezca.

 

Esa es la otra hipótesis aproximativa que es ya una tesis demostrable. El proceso kafkiano que describe Cuba no tiene la más mínima posibilidad de algún otro desarrollo a partir de sus propias bases y de sus perspectivas iniciales. De eso ni hablar y ni siquiera silbar. Precisamente la destrucción de sus fundamentos y la liquidación de sus expectativas son los índices del fin de sus tiempos. Solo que no se debe confundir el fin de un sueño con el fin de unas biografías. Hay vidas que se prolongan más allá de sus historias vitales.

 

La derrota estratégica de Cuba es, en consecuencia, doble: fin de aquello por lo que otros murieron, -y de lo que estos vivieron y continúan viviendo-, y fin de la ilusión estratégica. A la muerte de esta última ilusión es a la que me quiero referir ahora; asumiendo, como asumo, que el análisis de lo que llaman Revolución Cubana está, a estas alturas, por debajo de toda crítica intelectual.

 

Groso modo, la ilusión estratégica de Cuba puede describirse, por un lado, como la recuperación del ideario nacionalista, su conversión en política de Estado y su concreción en un modelo de nación y sociedad independientes, con todos sus derivados potenciales: en el modelo económico, en el proyecto cultural, en la realidad psicosocial y en el sentido de país. Por otro lado, esa ilusión fue vista, sentida y vivida como la salida de esa nación independiente a la escena mundial para convertirse en un competidor modélico, sólido y solvente frente a potencias globales. Es esta doble ilusión estratégica la que se ha hecho añicos.

 

Vayamos primero de fuera hacia dentro. Como sabemos, la competencia de Cuba con potencias globales tuvo un escenario mínimo en el mundo árabe -del que tuvo que salir con urgencia, porque el calibre allí de potencias como Israel, los Estados Unidos y los nacionalismos árabes obligaban a jugar en serio-, y un escenario máximo en el continente africano, lugar donde la  competencia fue, digamos que difusa.

 

La idea puede lucir extravagante pero en África Cuba no tenía una lid fundamental con los Estados Unidos, sino con la ex Unión Soviética. Para la época, el África de nuestras influencias estaba rematando los proyectos colonialistas de Portugal, más lejanamente de Italia en el caso de Etiopía y más tempranamente de Alemania en el caso del Congo Kinshasa . De lo que se trataba entonces era de definir una propia esfera de influencia y acción de cara a un proyecto global de socialismo tercermundista que tenía de enemigos por igual a China, a los Estados Unidos y a la ex Unión Soviética.

 

Esta última se embarcaría más tarde en el proyecto geoestratégico cubano por sus propios intereses, como actor principal en la Guerra Fría. Hasta ahí. Es por esa razón que la salida cubana de África no se produce después sino antes del fin de tal Guerra, cuando los nacionalismos africanos comienzan a recuperar su base histórica y a alejarse de su máscara ideológica. Porque no hubo nada más distante de la realidad que el asunto, cruento por demás, del socialismo africano.

 

Cuba es derrotada en África por el nacionalismo. Hubo un momento en el que, por ejemplo, las tropas cubanas se encontraron en los dos bandos de un conflicto nacionalista encendido entre Etiopía y Somalia. Si este entuerto daba la señal de lo que es la incompetencia estratégica, podríamos ir atrás, al Congo Kinshasa, para tener una idea del error conceptual de partida: África, si acaso, tenía y podía solo completar su nacionalismo frente a las ex metrópolis y frente a su propia realidad étnica.

 

No podía ser sumada a la tropa ideológica del socialismo ni al combate antiimperialista por las fronteras físicas y políticas del mundo. De hecho, si algún continente parece mostrar la persistencia de las viejas influencias metropolitanas es África: Gran Bretaña y sobre todo Francia tienen algo todavía que decir por aquellos lares. De modo que nada teníamos que hacer por allí sin una previa legión de antropólogos.

 

Angola es el caso de estudio más ejemplar. Duro como es, en tanto toca la fibra de muchos de nuestros afectos, el caso de ese país muestra que el nacionalismo se superpuso a la prematura definición ideológica empujada por Cuba. Jonas Savimbi, el eterno guerrero contra la influencia cubana, no está compartiendo ahora el poder en Luanda por empecinado, pero el triunfo de su apuesta es el recordatorio de que nuestros hijos, amigos, padres y hermanos murieron en vano.

 

El fracaso estratégico del castrismo en ese rico y vasto territorio se refleja en tres datos que nunca deberíamos olvidar: primero, la mujer más rica de Angola es hija directa de la elite revolucionaria, concretamente de Eduardo dos Santos, el actual presidente y  heredero de Agostinho Neto, padre fundador y constructor del sueño cubano-angolano; segundo, la pacificación de Angola no pudo ser aprovechada por el socialismo y el nuevo orden mundial tercermundista, sino por la Standard Oil, la Texaco y Wall Street, lo que ha hecho de Luanda la ciudad más cara del mundo, y tercero, el gobierno revolucionario de esa bella capital le pide a los cubanos que quieran viajar allí por cuenta propia la abultada billetera, para nosotros desde luego, y garantizada en un Banco, de 65,000 dólares.

 

Ello invariablemente. Sin que medie consideración alguna por la sangre cubana derramada, en lo que constituye una humillación nacional que no tiene precedentes en su tipo. Nuestra incursión africana demuestra así que de nada vale una estrategia militar más o menos valuable sin un regio sentido estratégico que en términos políticos visualice los escenarios reales y potenciales que se configuran en un determinado contexto. Hay que saber leer el mundo antes de salir a combatir en y por él.

 

Ese sentido estratégico en lo político nunca ha acompañado a la elite cubana en su política exterior. Si el fracaso africano se puede cubrir con la heroicidad épica de la guerra, el fracaso estratégico latinoamericano es rotundo. Sin enmascaramiento posible. Neutralizada la vía armada en todas sus variantes, la hegemonía cubana a través de la política, las urnas y la cultura no llega a modelar y a estabilizar el modelo que se ha querido imponer en el hemisferio occidental. La persistente injerencia de la isla en él ha sido perturbadora y ha influido en su élite pero no ha logrado generar un nuevo modelo de convivencia continental que garantice la legitimación estable y permanente del modelo matriz que sale de Cuba.

 

A la larga, el propósito de todo diseño geoestratégico, que es el de promover y proteger el modelo original a través de su expansión  -lo que podríamos llamar una defensa política en la frontera exterior-  no se cumple a lo largo de más de 50 años, independientemente de la diversidad de tácticas aplicadas. De fracaso en fracaso, (recordemos los ejemplos de Chile, Nicaragua, El Salvador y ahora Venezuela, este último un desastre estratégico impresionante) la estrategia expansiva hacia el exterior solo ha logrado alinear al resto del mundo en una política meramente defensiva por el conflicto cultural con los Estados Unidos.

 

Lo que no significa la victoria estratégica de una visión política, sino el mero triunfo del derecho internacional.  Y este éxito a través del derecho internacional, no de una visión política de Estado, le abre paso, paradójicamente, a la victoria estratégica de los Estados Unidos frente al gobierno cubano. Ahora hacia dentro. Solo basta un ligero cambio en las políticas de Estados Unidos hacia Cuba para que se revele en toda su nitidez, a veces con rasgos visiblemente grotescos, la derrota estratégica del modelo cubano, para los cubanos, frente al abrazo eterno del Tío Sam.

 

El análisis de esta otra derrota estratégica, la más importante para nosotros como nación y como país, será objeto de otro trabajo.

 

( I I )

 

Los Estados Unidos han derrotado estratégicamente al gobierno cubano en el lugar menos esperado: dentro de Cuba. La teoría del socialismo en un solo país, que empezó con Lenin, fue reforzada de algún modo por Stalin, y a la que se oponía Trostky, con mucho criterio histórico e intelectual, implicó desde el principio el reconocimiento político de la imposibilidad del socialismo en cualquier país. Aunque algo había que hacer con el poder conquistado y saboreado.

 

Pero desde su perspectiva Marx, el responsable etéreo de tanta grosería histórica, tenía razón: el socialismo triunfaba sobre una base mundial o no era. Basta conocer los orígenes históricos y estructurales del socialismo para darse cuenta que los socialismos nacionales son una simple estafa política sin un serio sedimento intelectual. Sin ser teóricos, Ernesto Guevara y Fidel Castro intuyeron este fundamento. Su exportación del producto revolucionario podía ser y se verificó como una mera ambición de imperialismo desclasado, que respondía, sin embargo, a una idea vigorosa y tensa: el socialismo es la ruptura de las fronteras.

 

Por lo que el triunfo pleno del derecho internacional impuesto después de la Segunda Guerra Mundial, una vez concluida la Guerra Fría, significó para el gobierno cubano la imposibilidad de defender su modelo al interior del país frente a su enemigo histórico.  Si exportar revoluciones constituye un pecado, defenderla al interior se convierte en una odisea. La razón compleja es que, como mero nacionalismo, la Revolución Cubana solo tenía por misión racional cerrar el ciclo político de la independencia y dignidad nacionales que se fundaba en un proyecto económico e institucional bastante exitoso: el peso cubano equiparado al dólar, como realidad económica, y la Constitución de 1940, como hecho institucional, constituían dos datos promisorios del país que podíamos ser.

 

Pero la Revolución cubana se fundamentó en un arcaísmo político: identificar modelo, nación y liderazgo. Esa visión primaria de la convivencia posible derivó en un proyecto inevitable: la construcción deliberada del subdesarrollo como condición necesaria de la independencia nacional. Y esa ha sido la peor apuesta estratégica desde que Cuba fue imaginada como Cuba.

 

Destruido su modelo, Cuba está arrinconada como nación. Y frente a los Estados Unidos, que son una nación que se piensa a sí misma un siglo por delante. No voy a relacionar datos sino hechos que conforman una tendencia histórica que al menos a mi me preocupa. La derrota del nacionalismo cubano, social y culturalmente, define el proceso. El modelo de éxito y bienestar, y no solo para la generación de nuestros hijos, radica en los Estados Unidos.  Muchos de nuestros padres y abuelos viajan allí para insertarse en la generosa estructura de seguridad social que se ofrece en aquel país para los ancianos. Un hecho humillante, que conviene no analizar desde el punto de vista moral. Como modelo cultural ni hablar. Los paradigmas siempre estuvieron en el Norte, como decían mis abuelos. Ni el realismo socialista ni la popularidad de la orquesta Van Van lograron destruir la mentalidad modernista que tiene a los Estados Unidos como santo y seña. Hoy el fenómeno está cristalizado frente a los gritos patéticos de impotencia de la comisaría ministerial de cultura, totalmente abandonada por la implosión del pensamiento. Nunca como hoy se ha extrañado tanto a los pensadores de la nación.

 

Y los Estados Unidos han hecho un diseño técnicamente impecable: debilitar la virulencia política del nacionalismo antinorteamericano del gobierno a través del otorgamiento de visas de 5 y 10 años a los viejos y futuros combatientes de la revolución eterna. El problema de esto, para nosotros se entiende, o quizá para algunos de nosotros, se diría mejor, está en que el nacionalismo se debilita en una de sus posibilidades actuales y modernas: la ciudadanía como base de los derechos dentro de un país y de un modelo político. Destroza nuestro proyecto de futuro el hecho de que un cubano con ciudadanía española  -que actúa como ciudadanía adelantada y subsidiaria de la norteamericana-  tenga más derechos como español que como cubano. Aquí no se trata solo del despoblamiento por emigración, sino del adiós a Cuba como proyecto auto centrado. Esa experiencia común vivida a lo largo de una continuidad intergeneracional como base espiritual de una nación se fue a bolinas. En las agencias de viaje al extranjero hay más filas que en las bodegas de la isla.

 

Este plato ingesto no se confecciona siquiera con alimentos propios. La economía cubana, se sabe hasta la saciedad, no es economía rigurosamente hablando. Lo único que nos queda como modelo es la extracción de recursos ajenos, en forma de productos, dinero, inversiones, remesas, tecnología y know-how para ver si se puede prolongar la ilusión o construir una nueva. En este sentido, el duro concepto de soberanía asumido aquí nos abandona sin misericordia.

 

Los dos últimos fracasos: la Zona de Desarrollo del Mariel y la Ley de Inversiones Extranjeras han sido pensadas tardíamente como desfallecimiento ante la economía norteamericana. Estas dos herramientas supuestamente ejemplares, y aplaudidas como despegue potencial, colocan todas nuestras redes económicas posibles en el circuito comercial, tecnológico y financiero de los Estados Unidos, después del debilitamiento ex profeso del incipiente tejido económico nacional que se viene creando a partir de cientos de miles de actores económicos individuales dentro de la isla. De ahí que las protestas imploradoras por la eliminación del embargo estadounidense constituyan una burla impune si se analiza que el gobierno cubano bloquea la importación libre de mercancías desde los mismos Estados Unidos que puede hacer el pequeño sector privado de Cuba.  En todo caso, estamos atados a esa nación tanto los de arriba como los de abajo. Los primeros a través del capitalismo de Estado, y sus necesidades de inserción global, y los segundos a través de la economía colaborativa, y nuestras necesidades de supervivencia.

 

Cuba está pues derrotada frente al vecino. Es de tal magnitud el asunto que casi ya no importa el análisis de la mediocridad que ha supuesto el castrismo en nuestro tortuoso imaginario histórico. Cuando uno se confronta con el adversario, trata de encontrar primero el núcleo básico de su pensamiento, si es filosófico mejor, para contrastarlo desde dos ángulos: desde las ideas mismas y desde las realidades. El castrismo no nos da esa oportunidad, excepto en los exabruptos de un par de poetas caídos y algún sociólogo escolástico.

 

Y ante la derrota construida por los otros, los del poder, solo cabe la imaginación creativa desde una certeza: si la revolución cubana es ese mito de Sísifo que fue perdiendo con el paso del tiempo las energías para escalar la montaña, la Cuba del futuro necesita pensarse y construirse simultáneamente centrándose en sus propios desafíos, bien pegada a la tierra y sin competencias geoestratégicas con un vecino, con el que solo debería interesarnos vivir en paz y mutuo respeto como dos sociedades libres.

 

Competir con nosotros mismos es la tarea histórica que nos falta.