Cubanálisis El Think-Tank

ARTÍCULO ESPECIAL EN EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

 

                                Huber Matos Araluce, San José, Costa Rica

                                

 

CUBA: HOY, AYER Y MAÑANA

La lucha de los cubanos por la democracia se transformó en una larga contienda. De un lado los demócratas y del otro los enemigos de la libertad. Los unos contra los otros por más de medio siglo. Hoy es un hecho olvidado el que al principio de esta pugna los cubanos demócratas estaban seguros de que la victoria estaba a la vuelta de la esquina. La oposición creía con certeza indiscutible que los Estados Unidos no iban a permitir una Cuba comunista a 90 millas de sus costas.

Desde el principio a los cubanos nos ha costado trabajo concebir nuestros esfuerzos en un marco estratégico propio. Siempre ha predominado la visión del momento, el análisis del presente. En las actuales circunstancias continuamos con la misma tendencia. No es que los cubanos seamos la excepción entre los pueblos. La falta de una visión a largo plazo es bastante común. Cuando el "error" es del liderazgo de un pueblo pequeño las consecuencias son generalmente limitadas a su población. Cuando la falla corresponde a una nación poderosa los perjuicios trascienden sus fronteras.

Nuestra visión parcializada es consecuencia de la cercanía geográfica y la influencia histórica de los Estados Unidos. Esto no siempre ha sido todo lo beneficioso que pudo ser. Muchas veces hemos confundido nuestros intereses con los de nuestro vecino del norte. Nos hemos sentido traicionados o frustrados cuando Washington no ha procedido como quisiéramos. Muchos pueblos han sentido igual. Nosotros hemos puesto demasiada confianza en un país que tiene sus propias prioridades, a veces en conflicto con las nuestras. Nos hemos puesto incondicionalmente al lado de una nación que cuando lo ha creído conveniente nos ha dado la espalda en busca de sus conveniencias.

Esa afinidad con los Estados Unidos ha tenido también aspectos positivos. Nos permitió llegar a alcanzar en ese país una influencia considerable. El exilio cubano hoy es el factor más importante en la formulación de la política de Washington hacia Cuba. Poder nada despreciable. Sin la presión de los cubanos que viven en Estados Unidos habría sido más fácil para la dictadura castrista lograr mayor apoyo del que el que ha tenido de las democracias occidentales.

Como resultado de nuestra influencia, Washington ha insistido en que relaciones normales con Cuba solo pueden ser posibles con un cambio político en la isla. De alguna forma la influencia indirecta en Washington y el cabildeo directo de los cubanos ha logrado que la Posición Común de la Unión Europea reemplazara una política anterior amistosa y tolerante con la dictadura castrista.

En este aspecto no podemos desconocer la firme solidaridad de países europeos que regresaron a la libertad después del colapso de la URSS. El hecho es que con el tiempo los Estados Unidos y la Unión Europea han ido acercándose hacia una visión menos diferenciada de cómo tratar a la tiranía en Cuba.

La ascendencia de los cubanos en la política estadounidense no fue el resultado de un plan sino de un proceso de asimilación. En la medida en que los cubanos fueron adquiriendo la nacionalidad estadounidense y sus hijos llegaron a la mayoría de edad el asunto cubano en los Estados Unidos se fue cubanizando. Con anterioridad a este fenómeno Washington manejó la cuestión cubana de acuerdo a sus intereses. Los cubanos exiliados fueron peones de la Guerra Fría.

En la medida en que los exiliados comenzaron a tener poder político propio ya no fue la CIA la que controló sus esfuerzos en la lucha contra el castrismo. Fueron los exilados quienes comenzaron a influenciar la política y las actividades de Washington respecto a Cuba.

El balance de esa relación exiliados/Estados Unidos está por hacer. Lo que si conviene señalar es que la parte castrista en el conflicto recibió todos los recursos imaginables y necesarios para prevalecer sobre la otra. Los demócratas, desde el principio, recibieron una ayuda mínima y condicionada a recibir órdenes. La siguen recibiendo en los mismos términos. Los demócratas han luchado con escasos recursos contra fuerzas complejas y poderosas.

La famosa invasión de Playa Girón de 1961, que el régimen celebra como una gran victoria contra el "imperialismo", no fue otra cosa que un proyecto pésimamente planeado y mal ejecutado por el gobierno de los Estados Unidos. Mil quinientos cubanos exiliados fueron enviados a Cuba y abandonados en una playa sin el apoyo aéreo adecuado y sin la logística necesaria. En esas condiciones la resistencia que opusieron los expedicionarios no evitó el fracaso militar.

Las consecuencias políticas de ese desastre fueron muy serias. Lo que no fue, se hizo ver como una derrota a los Estados Unidos. La victoria consolidó al régimen castrista y tuvo un efecto muy debilitante en las fuerzas de oposición en la isla. El clandestinaje anticastrista que operaba en las ciudades y en el campo de Cuba nunca fue notificado del desembarco. El argumento de que esto no se hizo para conservar la confidencialidad de los planes es absurdo. El entrenamiento de los cubanos exiliados en Centroamérica para una operación en Cuba era un secreto a voces.

Este no fue la única acción controlada por los Estados Unidos contra la tiranía que terminó favoreciéndola. Después del fracaso de Bahía de Cochinos el gobierno de Kennedy autorizó a la CIA a llevar a cabo una serie de acciones en un plan conocido como “Operation Moongoose”. El resultado de algunos de sus fantasiosos planes fue una victoria para el régimen castrista. Se supone que la CIA llegó a contratar a la mafia estadounidense para que eliminara a Fidel Castro. “Operation Moongoose” fue una medio novela que perjudicó a los demócratas cubanos.

Los guerrilleros anti castristas del Escambray que entre 1960 y 1966 se convirtieron en un bastión casi inexpugnable contra la dictadura, tampoco fueron asistidos por el gobierno de los Estados Unidos. Prácticamente todos fueron aniquilados. La Voz del CID, un proyecto de persuasión política que alcanzó un éxito sin precedentes, fue clausurado por presión del gobierno de los Estados Unidos, a pesar de que tenía el respaldo de más de un gobierno latinoamericano.

Este tipo de conducta se ha repetido durante medio siglo. Sin embargo los fracasos los ha tenido que pagar la oposición democrática. Esto ha contribuido en forma significativa al pesimismo de los cubanos.

Nuestra dependencia de los Estados Unidos y las consecuencias de esa dependencia nos deben hacer recapacitar. Nos acusamos por fracasos y situaciones que en muchos casos han sido el resultado de habernos enfrentado manipulados y con recursos insuficientes contra un imperio.

Achacar a los Estados Unidos todos los fracasos no es razonable, pero es indiscutible que por mucho tiempo fueron ellos quienes dictaron las normas de conducta de la oposición castrista. Por una razón o por otra siempre hubo quienes las aceptaran.

No todo han sido debilidad y errores en el campo democrático. La mayor fortaleza de la oposición ha sido su constancia en el amor a Cuba y a su pueblo. Por más de medio siglo los cubanos demócratas han tenido una fe absoluta en la lucha por la libertad. Ni las comodidades y éxitos del exilio ni la represión en Cuba han hecho que se rindan.

En este contexto el contraste entre quienes luchan por la democracia en Cuba y sus adversarios es importante. Los primeros han podido mantenerse defendiendo la misma bandera siempre. Los segundos han tenido que ir cambiando de credo. Para sobrevivir han cedido en sus principios. Lo que podría considerarse flexibilidad táctica los ha ido debilitando a largo plazo.

Por ejemplo, mientras el relevo generacional ha sido un verdadero problema para los comunistas cubanos, no es el caso de los demócratas. Para éstos ha sido todo lo contrario. La oposición se ha ido fortaleciendo con las nuevas generaciones, nuevas ideas y nuevas estrategias. En este aspecto el VI Congreso del Partido Comunista fue el epitome del fracaso de la gerontocracia. No tienen relevo y no lo quieren.

La insistencia de la oposición democrática en que su objetivo es establecer una democracia, y su capacidad para integrar jóvenes en sus filas, ha facilitado su vigencia por medio siglo. La limitación en recursos y los fracasos han podido ser superados.
Cada etapa en que los enemigos de la democracia cubana han tenido que adaptarse han tenido que pagar un precio. Ya no tienen otro argumento que aferrarse al poder por el poder en sí. Temen un futuro que no les pertenece y un presente que no pueden manejar a su antojo como antes hicieron.

Al principio, después de traicionar los ideales democráticos de la revolución, los castristas lucharon con la bandera del comunismo. Fue una contienda terrible, con miles de demócratas fusilados. Miles a prisión y cientos de miles al exilio. Los demócratas parecían perder todas las batallas.

En realidad, toda su arrogancia era a costa de que la URSS pagara las cuentas. Los “logros revolucionarios” se usaron para justificar crímenes y atropellos. Al final, después de tres décadas, cuando se quedaron sin la subvención de la URSS, el socialismo comunista cubano entró en crisis.

En aquella circunstancia una buena parte de los comunistas enterraron en silencio su ideología. Aunque siempre alegando resabios contra el "imperialismo", fueron entendiendo que la democracia, a pesar de sus fallas, era superior al comunismo. Los que pudieron fueron tomando el camino del exilio, a otros les fue imposible. Los más comprometidos, temerosos o fanáticos, se abrazaron al castrismo.

La etapa que siguió fue entre demócratas y castristas. Ha durado dos décadas y también la han ganado los demócratas. Hoy el castrismo está en vías de extinción. No porque Castro esté enfermo y su hermano sea un incompetente. El castrismo está liquidado porque más de dos décadas de errores han llevado al país al borde del colapso.

El presente es una guerra entre demócratas y esbirros. La bandera del castrismo está caduca. El viejo tirano va camino al cementerio, el heredero no está muy lejos de su tumba. El heredero ni inspira ni es competente. Ahora es una guerra entre los que quieren el cambio total y quienes reparten golpes para evitarlo. Creen que los cambios se harán cuando y como ellos quieran o no se harán del todo.

El régimen está acorralado. Cada vez con menos gente y menos recursos. Su lenguaje es contradictorio. Hablan de productividad y progreso pero insisten en el control estatal de las áreas claves de la economía.

No nos sorprendamos por el camino que tomen, las promesas que hagan y los avances que logren. Si avanzan abren espacios que hay que ocupar, si no lo hacen siguen en un callejón sin salidas.

Están luchando por su supervivencia física, la de sus familias y las de fortunas acumuladas en el extranjero. Han perdido los dos grandes enfrentamientos anteriores y perder el último es una cuestión de vida o muerte para el pequeño grupo que controla el poder.

En esta etapa debemos evitar el error de ver las cosas en el corto plazo. No olvidemos más de medio siglo de experiencias. Encaminemos nuestros pasos con la estrategia, los aliados y los recursos necesarios.