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ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

 

 

                                                   

 

                                        

 

 

El Islam: la soberanía divina

  Juan F. Benemelis

 

Desde los tiempos del primer proyecto pan-helenista de la historia en el siglo V a. de C., por el estadista ateniense Pericles (495–429 BC), el mundo antiguo articulado en torno al mar Mediterráneo mantuvo una unidad cultural y espiritual por encima de los sistemas de gobierno o de los pueblos que ejercieron su hegemonía en ese entorno. A diferencia de las incursiones de los pueblos germánicos y eslavos en el imperio romano, las invasiones árabes causaron una fractura cultural y espiritual que aún perduran. Al desplazar al cristianismo de todo el mundo extra-europeo, los árabes provocaron el quebrantamiento espiritual del mundo Mediterráneo, una ruptura que ha perdurado hasta el presente.

 

Para cualquier consideración que busque explicar lo que hoy conocemos todavía como mundo islámico se necesitan manipular tres consideraciones: el idioma árabe, la religión, y el derecho religioso (sharia) como teoría del Estado.

 

Las potencias europeas, tanto en el siglo XIX como en el XX, actuaron con gran rudeza ante cualquier posibilidad de cimentar un bloque regional en el espacio norteafricano o en el medio-oriental, que pudiese sustraer la región a su influencia; y esta desconfianza aún emponzoña las relaciones entre ambas orillas mediterráneas. Lo que es un error muy frecuente de historiadores y analistas es atribuir sólo a Europa el bloqueo de esta unidad y no aquilatar que el mundo árabe de por sí ha estado saturado de pugnas y divisiones que impidieron tal realización. Tenemos el ejemplo de cómo el mundo islámico no ha podido aún superar el traumatismo producido por la desaparición del Imperio Otomano y por eso no le ha sido fácil reconstituir la unidad de objetivos en esta frágil región. La falsedad reside en presentar la oposición y el rechazo islámico a Occidente, como si ello le concediera el negado progreso.

Así, lejos de lo que comúnmente se piensa, la unidad del mundo islámico es tan ficticia como la de su credo; no hay por consiguiente una nación islámica, o árabe, como no existe una nación cristiana. Allí, la familia, el clan y los intereses tribales siempre preceden a la nación. En los países islámicos los ministros y parlamentarios no son como los de Occidente; aquí resultan meras tuercas burocráticas, instrumentos pasivos del Estado. Los verdaderos rectores de los resortes del poder resultan los miembros de las familias gobernantes, ya se trate de clanes reales (saudita, kuwaití, qatarí, marroquí, etcétera) o presidenciales (egipcia, Libia, tunecina, yemení, Siria, etcétera). Es la parentela de los gobernantes y no los políticos, la que detenta el poder y se apropia de una gran tajada de los ingresos del Estado.

Por eso no es posible aprehender la profunda huella del tribalismo en el comportamiento político del actual Medio Oriente de no analizarse tal fenómeno desde sus orígenes más puros con el nomadismo beduino. Una sociedad arcaica donde cada tribu asume la ley natural de sobrevivir a expensas del más débil, en la cual no existen mediadores externos o gobiernos que apliquen la ley, y donde el perjudicado se erige en juez y en ejecutor, y se define por este viejo proverbio árabe: “Yo y mi hermano contra mi primo; yo, mi hermano y mi primo contra el vecino; yo, mi hermano, mi primo y mi vecino contra el forastero” (1). Así, la fe islámica surgió en una región que no contaba con estructuras estatales, sino tribales, llevando a que se mantuviese durante siglos el debate sobre si el Islam es una religión o una política y se re-planteara en la actualidad.

 

Para los pensadores musulmanes menos ortodoxos, es claro que el Islam se trata de un mensaje divino, de una religión y no de un sistema de gobierno o un Estado. Para numerosos creyentes, la ley islámica forma parte de la religión, tiene una instancia divina. La solución final que se adopte en esta delicada cuestión es decisiva para poder laicizar la sociedad musulmana, presupuesto casi indispensable para que se puedan respetar todos los derechos y libertades individuales.

 

Una de las falacias extendidas es la de identificar la etnia árabe con la civilización islámica. La horda maraudina que acompañó al profeta Mahoma en sus primeras andanzas quedó en el camino, disolviéndose en las urbes que brotaban desde Córdoba hasta Samarcanda. Y como demuestra la historia de los diferentes califatos, la unidad “árabe” ha sido sólo realidad en la retórica, al punto que las diferencias étnicas entre un marroquí y un egipcio, o entre un yemenita y un tunecino, o un persa y un sudanés son tan inmensas como entre los portugueses y los eslavos.

 

El fracaso de la ideología estatista con su fachada de pluralismo, en su tentativa de reedificar la nación en torno suyo, con su estructura represiva y autoridad coercitiva, no sólo provocó una crisis política e ideológica, sino de identidad descomponiendo el tejido social nacional. La élite política sacralizada en castas cerradas, en su incapacidad material y objetiva de salir del atolladero, propició el ascenso de las solidaridades clánicas, confesionales y tribales. Así, se generalizaron las contradicciones entre los nuevos países árabes, cuyo único punto de unión resultó el supuesto problema de seguridad que ha representado Israel.

 

Egipto ha sido el  rival histórico tradicional de Irak, por la dirección del mundo islámico. Pero, a partir del ayatolá Jomeini, el cetro fue retado por tendencias fundamentalistas. Ven Ladeen es el último de los que, como el ex iraquí Zadar Usen, el libio Mamar Gadafi, el egipcio Hosni Mubarak y el sirio Hafez el-Asad, reclamaron el manto del mundo árabe detentado por el egipcio Gamal Abdul Nasser: mano que conlleva luchar contra la presencia de Occidente y arrojar al mar a Israel, y “defender” a los árabes pobres ante las oligarquías del Golfo, cuyas naciones califican de "pozos petroleros con bandera".

 

De esta manera, lo que ha movido a Siria en el valle libanés del Bekaá no fue su solidaridad con los palestinos, sino el control de los puertos libanese­s y la vieja aspiración de reconstruir la Gran Siria con parte del Líbano e Israel. El iraquí Sadam Husein no declaró la guerra al Irán y a Kuwait por mero ejercicio militar, sino buscando desesperadamente una salida al Golfo Persa. La teocracia iraní abrigaba también los designios de tragarse a los liliputienses emiratos petroleros del Golfo; y la Libia de Gadafi ha soñado lo mismo con el norte del Chad. Esas trágicas andanzas ilustran el aprieto de configurar una estructura estatal, geográfica y socialmente estable sobre las humeantes ruinas de los imperios coloniales.

 

No puede entenderse el quehacer político del área y la comparecencia de grupos terroristas, sus vinculaciones y filosofías sin ubicar en un plano trascendente la dinámica de los clanes familiares, con las vinculaciones de sangre dentro de cualquier organización. Un análisis, país por país y movimiento por movimiento, no escapa a este elemento clave.  Las brutales dictaduras militares del clan tikrit de Sadam Husein en Irak y del clan alawita, del mandatario Hafez El-Asad en Siria, por ejemplo, estaban legitimadas por clanes devenidos en plutocracias familiares. Los clanes talibanes están relacionados entre sí. Así, "Laden" es un clan prominente de la provincia del Hadramut en Yemen, y que traza su genealogía hasta los días del Profeta, ingrediente que le concede una aureola de “autenticidad” explotada por Ben Laden que prescinde ex profeso de su nombre y asume el de su clan.

 

Ésta comparación siempre tendrá visos éticos y morales y es blanco de los ayatolá iraníes, los imanes yemenitas, los del Talibán afgano y del propio Osama Ben Laden. Sin embargo, no hace justicia a la habilidad financiera de los jeques petroleros del Golfo, pues un país como la Libia de Gadafi, repleta del oro negro, está hundido en la penuria. Así también, el modelo de “socialismo árabe”, que fuera inventado por Nasser y Anwar el-Sadat y aplicado a diestra y siniestra, ha transformado tales economías en “elefantes burocráticos”.

 

Por su parte, el llamado panarabismo sólo trajo violentos resentimientos, el más candente de ellos ha sido el duelo con Israel, que se ha tomado como un "insulto" del Occidente. Con las guerras del Golfo primero, y la actual campaña contra el terrorismo, esta porción del planeta afronta una transición capital, en la cual un grupo de países con amplia diversidad de intereses, donde la visión totalitaria, a lo Sadam Husein, entra en declive; de ahí que Pakistán y Arabia Saudita, por ejemplo, se vean obligados a la búsqueda de nuevas ideas y estructuras políticas a la vez que coquetean con ciertas modalidades del fundamentalismo islámico.

Presentar cualquier conflicto intra-islámico como un diferendo de malos y buenos es demasiado simplista. No puede perderse de vista que, con la actual alineación (que se inició con la guerra del Golfo y se expresó en la última reunión pan-islámica), los “árabes” básicamente se enfrentan a ellos mismos, en una violenta crisis de identidad, donde varios mitos se evaporan, y se pone fin a la idea ilusoria de que las crisis del área (Palestina, el fundamentalismo, Darfur en Sudán) pueden solucionarse dentro del propio mundo islámico; trayendo el resquebrajamiento de la primitiva práctica de presentar una sola cara al mundo no islamizado.

La estructura del poder en el mundo árabe es de carácter dictatorial y absolutista, de regímenes aislados de la sociedad. La multiplicidad de pueblos del área simplemente complica que se alcance un margen de conformidad necesario para ese prototipo de política. Anómalo resulta el clan o la secta que de forma espontánea se subordine a otra, e inconcebible aún el poblado o ciudad que voluntariamente ceda al control de una región, o viceversa.

 

El golpe de Estado sería táctica de cambio de las élites militares, auto-tituladas de “progresistas” como fue el caso de Egipto, Irak, Yemen, Sudán, Siria y Libia. Cuando la Revolución argelina de 1962 consolidó la visión pan-arabista y africanista, las monarquías tribales, como Jordania, Arabia Saudita, Marruecos y el Golfo Arábigo quedaron arrinconadas y sólo Túnez, con su partido único, pudo afrontar este intento de una experiencia original de socialismo árabe. El pensador islámico Lufti el-July lo plantea de este modo: “La ausencia de mecanismos de alternancia en el poder, el monopolio de las palancas de mando por élites frecuentemente inmorales e incompetentes, la falta de libertades públicas, la violación trivializada de los derechos humanos, la censura política e intelectual ejercida por las autoridades, el poder personal, la confusión cada vez más flagrante entre el Estado y el partido único o la tribu, la generalización de los sistemas de arbitrariedad política y jurídica, discriminación abierta y represión colectiva, son fenómenos corrientes que no se escapan al observador” (2).

 

Para Samir Amín, estas sociedades, por tanto, no han alcanzado una evolución propia ni han logrado integrarse en el mercado mundial, por lo cual están condenadas a seguir bajo una modalidad totalitaria (3). La competencia por el poder tiene lugar en el seno de una sociedad fragmentada y por la caída de las élites tradicionales de tendencias modernistas durante la época colonial, pero insensibles a las aspiraciones populares y su posterior sustitución por las élites tribales rurales (4). A pesar del empleo de la religión islámica contra la ocupación colonial europea, las élites políticas (como el Baas, el FNL argelino) mostraron una duplicidad en su argumentación al asociar la laicidad.

 

A veces el grupo en el poder responde a una tribu como la monarquía beduina jordana, o los emiratos del Golfo; o a un clan como la brutal dictadura militar de los alawita de Siria o los maronitas del Líbano; o las vinculaciones de maridaje entre de los clanes del Talibán; o una secta religiosa como los wahabitas de Arabia Saudita, o el mahdismo sudanés, o el imanato de Yemen; o es la plutocracia familiar de una localidad como la de tikrit del desaparecido Sadam Husein en Irak; o de una región como los de las planicies costeras en Argelia o el sur de Paquistaní. En ocasiones resulta la cofradía de una barriada como en tiempos de la falange cristiana de Gemayel en Líbano; o compañeros de una unidad militar como en el otrora Egipto de Nasser, el Irak del general depuesto Karim Kassem, o la Libia de Muamar Gadafi; y en otros casos se trata de una combinación de los patrones anteriores. Lo que todos tienen en común es que sus miembros están hermanados por un espíritu de solidaridad y de cuerpo, de total obligación y lealtad mutua que toma precedencia por sobre la fidelidad a una más amplia comunidad nacional, incluyendo la del Estado-nación.

 

Hoy existen gobiernos de oligarquías regionales cerradas al resto de la población en Líbano, Jordania, Siria, Israel, Kuwait, Arabia Saudita, Irak, Paquistán. Cuando se proclaman términos como árabe, libanés, judío, palestino, sirio, afgano no se habla de entidades estables, sino de interpretaciones altamente volátiles y sujetas a disímiles definiciones, de dominios políticos con bases movedizas. Por eso se entiende a la violencia como el único resorte para la entronización de los cambios, y esta añeja tradición autoritaria en la política islámica está empalmada con la persistencia de las afiliaciones tribales. La pauta será la de tribus o grupos castrenses que se imponen ejercitando su poderío físico sobre clanes, tribus y ciudades de otras comarcas, en cuyo caso la tutela impuesta desde arriba por antonomasia es autoritaria, con una infranqueable laguna entre cabecilla y sujeto, pues el caudillo siempre será un extraño, alguien temible, motivo de revueltas, y raramente reverenciado.

 

Así los anales de la zona estarán repletos de querellas con un inusitado nivel de brutalidad y encarnizamiento entre las cuales la palestina-israelí resulta un elegante duelo de gentilhombres si se compara con el genocidio armenio por parte de los turcos a principios del siglo XX que casi aniquila a esa nación; el sanguinario golpe de Estado contra el régimen militar de Karim Kassem con su casi millón de muertos a principios de la década sesenta; la incruenta contienda civil en Yemen del norte también en la década sesenta; la guerra civil libanesa en los setenta y ochenta. A esta escenario también se inscriben la cruzada anti-soviética en Afganistán que desembocó en una guerra civil creando un caos social, el saqueo y pillaje tribal de las cuales emergió la noche tenebrosa del Talibán; las masacres de kurdos por parte de los musulmanes iraquíes y de los turcos; la inmolación en masa de las “turbas divinas” del ayatolá Jomeini en el frente de batalla con Irak; la total extirpación de la ciudad de Hama por parte del sirio Hafez el-Asad; las carnicerías de cristianos sureños sudaneses a manos del gobierno musulmán del norte; la enrevesada guerra incivil de Somalia; la jihad santa de los fundamentalistas argelinos con su degolladero de mujeres y niñas.

El autoritarismo ha trascendido a la actual contemporaneidad del Medio Oriente. En los países islámicos más homogéneos -Egipto y Túnez-, y en aquellos como las monarquías de Jordania, Marruecos, Arabia Saudita, Omán, o en los emiratos del Golfo, los gobernantes disfrutan de un alto grado de anuencia. Este margen de legitimidad permite que la espada, si bien latente, se halle envainada, que se reparta poder, se tolere alguna libertad de prensa y de expresión y se construya una atmósfera algo más relajada, entre tanto no se cuestione al autócrata. Sin embargo, en aquellos países islámicos donde las sociedades se hallan altamente fragmentadas entre diversas sectas, clanes, ciudades y tribus, y donde el manejo gubernamental moderno no ha ganado autenticidad (Siria, Irak, Líbano, Yemen, Sudán, Somalia) se testimonia el perfil más descarnado y cruel de  práctica autoritaria. Aquí la sobriedad y la magnanimidad son artículos de lujo y los magistrados no se hallan resguardados en sus sillones. Lo que hace más peligroso a estos autoritarismos es que responden con armamentos devastadores.

 

Hay que utilizar con extrema precaución la noción de minoría, pues aquí se trata mucho más de una noción cultural, que quiere desarrollar el reconocimiento y el respeto de las diferencias, que de un concepto operatorio para un análisis sociopolítico. Sobre todo hay que disociar este concepto de minoría de su utilización clásica en Europa. En efecto, es tan aberrante hablar de una minoría berebere en el norte de África como de una minoría kurda en Irak. En el primer caso, se trata del pueblo árabe mismo, a condición de no concebir lo árabe como una adhesión étnica, sino política y cultural; en el segundo caso, de un pueblo repartido entre diferentes Estados de la región. Lo mismo ocurre con las minorías religiosas, ya que tampoco en este caso puede borrar una diferencia de religión los múltiples vínculos de identidad culturales y las afinidades políticas y antropológicas.

 

En el Sudán, el nacionalismo local es una conquista del fundamentalismo mahdista del siglo XIX. En el Asia arabizada, la historia del nacionalismo en el Golfo es la de la instalación de las actuales dinastías, mientras que en Irak, Siria y Palestina, los nacionalismos locales se asimilan totalmente al árabe, lo que explica su dificultad en identificarse y en reconocer sus particularismos, y lo que hace difícil la elaboración de una política regional realista o coherente.

 

En términos generales es la tesis de todos los movimientos islamistas, que hacen hincapié en la soberanía divina en oposición a la soberanía humana. Otras interpretaciones más ideológicas ven el origen de esta estructura despótica del poder en el método escolástico y estereotipado de la interpretación coránica. Esta tradición creó una cultura política cerrada a todo diálogo posible y que no acepta la diferencia. Por eso consideran que la solución radica es la construcción de una nueva interpretación abierta, adaptada a los datos de la ciencia moderna y a los valores de la modernidad.

 

La politización del Islam ha dado fin a la devoción real. La traba cardinal de este mundo islámico abrumado por la violencia no es Israel, sino el autoritarismo que ha estancado sus economías, y la ausencia de creatividad y educación científica y filosófica. Así se desgarraría el área en contiendas tribales como las del Yemen o Afganistán, o la de los kurdos que nunca se sometieron a Turquía, al Irán o al Irak; se precipitarían golpes militares a lo Nasser, Gadafi, Husein y del general paquistaní Pervez Musharraf; se daría pie a turbulentas relaciones fronterizas como las de Marruecos y Argelia, las de Turquía con Irán, las de Irak con Kuwait y con Arabia Saudita.

 

Del mismo modo las administraciones coloniales y las élites “occidentalizadas” impusieron las instituciones políticas de la democracia liberal en cada uno de tales estados, incluyendo parlamentos, constituciones, himnos nacionales, partidos políticos y gabinetes ministeriales. El trauma consistió en que los poderes imperiales abandonaron la zona previo a que tales estructuras pudieran enraizarse, y antes de que esas sociedades experimentasen las reformas económicas, políticas y sociales necesarias para conferir algún sentido a las mismas. En los años subsiguientes a la descolonización el mundo islámico repudió tanto al socialismo como a la democracia, tildándolas de ideas foráneas. Por eso allí no imperan las “partidocracias” al estilo Occidental, pese al ejemplo único del Neo-Destour tunecino o del Baas sirio-iraquí.

 

Es cierto que los creyentes musulmanes nunca perdonaron al turco Kemal Atatürk el haber abolido el califato para establecer una república tipo occidental, y por eso su busto se mantiene en algunas escuelas coránicas con el solo objeto de que los estudiantes puedan escupirla. La caída del califato, sin dudas, precipitó al mundo musulmán a un periodo de gran desorientación y divisiones. Por otra parte el Occidente aún ve al Medio Oriente en términos de estrategia y recursos energéticos y no existe una misión de ilustración de reconstrucción para el Medio Oriente, igual a la que se despliega en Europa oriental.

 

Los capitanes políticos estilo Husein y Asad no se engañaban sobre la naturaleza tribal y fraccionada y el carácter autocrático de sus sociedades, y distinguían las diferencias entre el cosmopolitismo urbano y la bandería tribal, entre los patrones retóricos que asumían y la autenticidad, y calculaban que el poder central que ocupaban sólo podía prevalecer por razón de la fuerza, dejando el resto a los comentaristas. Es innegable que la mayoría de las fronteras artificiales y las instituciones gubernamentales que las rigen se irán consolidando al punto de forjarse verdaderos contratos sociales con sus respectivas poblaciones, y crearse esferas públicas, espacios neutrales donde los individuos puedan despojarse de sus memorias tribales para ser tratados bajo leyes comunes como ciudadanos iguales.

 

Lo innegable es que las sociedades islámicas se están quedando atrás cada vez más, tanto en los terrenos científicos, tecnológicos y económicos. La globalización, el progreso económico de Occidente y su euforia triunfalista no han anulado las pasiones religiosas o nacionalistas, ni el mundo post-industrial ha inundado al Oriente Medio. Éste se resiste a adaptarse a los rápidos cambios del planeta, y por eso el pesimismo impregna poderosamente su cultura, por eso el grito de su crisis, la de reconocer que ha perdido sus objetivos, se halla en el terrorismo y en la estampida de sus desempleados hacia el Occidente.

 

Las políticas económico-sociales que se adoptaron seguían modelos diferentes: economía de mercado, modelo soviético o variante china llevados de la mano por los poderes públicos. Pronto casi todos estos países entraron en un callejón sin salida debido a la magritud de las inversiones, las irrentables empresas estatales, las enormes deudas públicas, el desempleo e inflación, las escandalosas desigualdades sociales en los productores de petróleo unido a la corrupción, lo que obligó a aceptar los impopulares reajustes dictados por las instituciones financieras internacionales.  Por ejemplo, muy pocos apoyaron al presidente argelino Houarí Bumedián cuando éste lanzó su campaña por un nuevo orden económico internacional (5).

 

En una reflexión caricaturesca que era un reflejo de la manera errónea conque la intelectualidad árabe enfocaba el progreso, el nacionalista Abel Rahman. Kawakibi expresaba que "no hay más diferencia entre nosotros, los árabes de Arabia en particular, y las grandes naciones vivas y contemporáneas que la que se deriva de los diferentes grados de progreso científico y moral. Ahora bien, la asimilación de la ciencia no requiere más de veinte años, mientras que (la renovación de) la moral requeriría cuarenta"(6). Kawakibi popularizó en 1890 una campaña para revivir el califato árabe.Este era un camino que ha había sido desandado en épocas del Imperio Otomano el cual trató, desde Egipto, de insuflar el modernismo utilizando los mismos argumentos.

 

Estamos ante dos criterios divergentes de las causas del colapso del proyecto modernizador árabe; aquel que culpa a las estructuras tradicionales y la desidia de las transnacionales, y quienes destacan la quiebra de la civilización occidental y promueven la ruptura con el modernismo y el retorno a las raíces coránicas del Profeta. Es cierto que la modernidad produce sobresaltos y desorienta, pero no al punto de seguir culpando a los turcos y a los europeos por las condiciones de atraso de su región, pero ni los otomanos ni los europeos dominaron al Yemen, y éste es el país más atrasado de todos ellos.

 

En todo el Medio Oriente, sólo existen instituciones civiles en Turquía, Israel y en cierto sentido en Jordania. Siria, por su parte, es como la Unión Soviética de Leonid Brezhnev. Hace un puñado de décadas el anillo del Pacífico figuraba entre los territorios más pobres del planeta, pero su nuevo espíritu de empresa no se avizora en el Medio Oriente, por eso muchos apuntan que existe una correlación entre el subdesarrollo y el Islam. Malek Bennabí, el eminente pensador argelino, ha escrito una obra que hoy es un clásico: Le Probléme des idées dans le monde musulman, en la cual encara el punto del fracaso de la sociedad árabe para construir instituciones económicas y sociales poderosas (7).

 

El resguardo psicológico de este mundo musulmán, el de las jerarquías sociales, los valores y las tradiciones, es precisamente la causa de la tragedia y del fracaso árabe para encontrar soluciones realistas, puesto que el mundo por el que supuestamente se desplaza el fundamentalismo islámico fue condenado por la marcha de la historia. Su otrora apoyo militar: la Unión Soviética, se evaporó; Israel ha probado que por sí solo puede afrontar el reto militar de todos los estados árabes combinados; Irán ha desencadenado y legitimado lo que ridiculizaban los nacionalistas seculares: la religión hecha política.

 

En el meollo de la cultura árabe se halla la creencia convencional islámica, y es ahí y no en otro lugar donde residen los problemas actuales pues el Islam es ya una civilización de museo, debido a que su política no ha variado desde la Antigüedad; por eso un griego o un romano le entenderían mucho mejor que un norteamericano.

 

Por siglos el mundo islámico ha mantenido su mente cerrada, pero si quiere sobreponerse a su estancamiento tiene que detener ese constante repetirse a si mismo para abrirse a otras influencias.

 

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1. Friedman, Thomas L. From Beirut to Jerusalem. Anchor  Books. 1990, 88).

2. Lufti el-July (ed.): El callejón sin salida árabe ob. Cit.

3. Samir Amín & Faycal Yachir: El Mediterráneo en el mundo La aventura de la transnacionalización, Madrid, IEPALA Editorial, 1989

4. Samir Amín. La déconnexion. pour sortir du systéme mundial. La Découverte, París, 1986.

5. Abdallah Laruí: Islam et Modemité, Paris, 1987

6.Goldschmidt, Arthur and Lawrence Davidson. A Concise History of the Middle East, Eighth edition. page 207-208. Westview Press: Boulder, Colorado 2005.

7. Malek Bennabí. Le Probléme des idées dans le monde musulman. El Bay-yinate, Algiers, 1990.